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Ene2014Contemplar a Dios y atender al prójimo
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Ene
San Bernardo de Claraval, en su interpretación alegórica del Cantar de los Cantares, reconoce que la esposa siempre está dispuesta a disfrutar de las delicias de la contemplación, pero no puede negarse a ver las necesidades de su prójimo. Copio un texto significativo a este respecto: “Tras haber realizado una buena acción, se puede descansar con mayor seguridad en la contemplación, y cuanto más consciente es uno de no haber descuidado las obras de caridad por amor de la propia tranquilidad, con tanta mayor confianza se entregará a la contemplación de las cosas sublimes y se atreverá a estudiarlas”. Para Bernardo, en esta vida, todas las formas de amor son complementarias. No puede descuidarse el amor al prójimo en nombre del amor a Dios. Porque precisamente el amor al prójimo, la “buena acción”, proporciona “mayor seguridad en la contemplación”.

A la luz de este pensamiento de San Bernardo, parecen inadecuadas las contraposiciones o tensiones entre vida contemplativa y acción social; o entre vida monástica y compromiso político. Me pregunto qué hay detrás de afirmaciones de este tipo: una monja contemplativa debe dedicarse a la oración y dejar las obras sociales a otras religiosas llamadas de “vida activa”. En muchos conventos, desde hace tiempo, se reparte a los necesitados la comida que no encuentran en los servicios sociales de los ayuntamientos. Si eso se hace sin ruido, nadie hace problema. Pero en cuanto el reparto va un poco más allá de la comida y se convierte en denuncia profética, aparecen las voces discrepantes. Estas voces olvidan que oración y caridad, contemplación y acción, están estrechamente implicadas. La una sin la otra se desvanece. Marta y María que, a lo largo de la historia de la espiritualidad, han sido utilizadas como icono de la acción y de la contemplación, van siempre unidas. Separadas una de otra, dejan de ser la Marta y la María del evangelio, amigas de Jesús juntas e inseparables.
Cierto, en esta vida no todos lo podemos hacer todo; cada uno tiene su carisma y sus posibilidades. Pero un cristiano con un determinado carisma debe reconocer en el carisma de otro cristiano algo propio y, por eso, debe valorarlo y apoyarlo. Además, en la vida humana y en la cristiana, no podemos hacer separaciones tajantes. Por eso son admirables y respetables aquellos cristianos que tienen capacidad de integrar distintos carismas y tareas. Más que criticar o contraponer carismas y tareas, lo que hay que hacer es aplaudir la capacidad de síntesis que tienen algunos y explorar los nuevos caminos que ahí se abren.
La expresión “familia cristiana” sugiere prácticamente a todos los que la oyen un tipo de familia muy definido y muy característico: se trata de la unión sacramental de un varón y una mujer, que bautizan a sus hijos y los educan cristianamente. Esto es, dicho de forma muy resumida, lo que evocan las palabras “familia cristiana”. Y, sin embargo, sin negar lo precedente, los evangelios nos invitan a ampliar el concepto de familia cristiana y a situar la idea corriente de familia cristiana en este contexto más amplio.
La noche de Navidad simboliza todo lo hermoso y deseable que hay en el corazón humano: inocencia, cariño, bondad, amabilidad, ternura, sonrisas, alegría, vida y el futuro por delante. Todo está simbolizado en la inocencia de un niño que nace. Con la ventaja, en nuestro caso, de que este niño tiene a Dios en lo más profundo de su ser. Su ser es ser de Dios. Desde entonces la bondad, amabilidad, alegría y vida de lo humano están impregnadas de eternidad. El pasado, el presente y el futuro de este niño es el pasado de todos los humanos (venimos de Dios), el presente de todos ellos (estamos en Dios) y su futuro (estamos hechos para Dios y Dios es la meta y el sentido de nuestra vida).
Siempre me ha llamado la atención eso que dice el capítulo primero del cuarto evangelio a propósito de la Palabra de Dios y, en definitiva, de Dios mismo: “vino a los suyos” (in propia venit). Los suyos somos nosotros. Eso significa que sin nosotros Dios no está completo, le falta algo que es propiamente suyo. En Jesucristo queda claro, de una vez siempre, que Dios es del mundo y el mundo es de Dios. Ahí me parece que tenemos una de las diferencias entre el primer testamento y el nuevo. En la Escritura cristiana queda más claro que en la de Israel la universalidad del amor salvífico de Dios. Para el Nuevo Testamento, el Dios de Israel abre fronteras para convertirse en Dios de todos los seres humanos.
Tan interesante como la cuestión de los ángeles malos es la de los ángeles buenos. En la Escritura, el ángel es signo de la presencia de Dios en la vida de una persona, desde una de estas dos perspectivas: Dios tiene un mensaje para esta persona, o Dios manifiesta que cuida de esa persona. Cuando se afirma que “el ángel del Señor anunció a María”, se está diciendo: Dios se hizo presente a María. ¿De qué modo? Eso ya no lo dice la Escritura, aunque, en demasiadas ocasiones, sea lo que interesa a nuestra curiosidad. Pero este interés denota la preferencia por cuestiones secundarias, que desgraciadamente olvidan la principal.

Comenzamos un nuevo año litúrgico, celebrando este artículo del Credo: el Señor “de nuevo vendrá con gloria para juzgar a los vivos y a los muertos”. Lo digo todos los años y siempre hay quien se sorprende: la primera parte del adviento celebra la segunda venida del Señor, esa venida gloriosa, en la que pondrá cada cosa en su sitio. Ese es el sentido del “juicio”: cada persona ocupará el lugar justo que le corresponde. Como este lugar justo lo determina un Dios bueno y misericordioso, ese mismo Dios que por amar hasta más no poder quiso hacerse hombre, un Dios que comprende nuestras penas, pecados y miserias, es de esperar que a todos nos ponga en un buen lugar. La esperanza cristiana en el retorno glorioso del Señor no es un motivo de temor, sino de júbilo.