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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
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31
Dic
2018
¿Dónde está lo nuevo del año nuevo?
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añonuevo

Todos los años, cuando llegan estas fechas, nos deseamos un “feliz año nuevo”. Pregunto: ¿dónde está lo nuevo del año? ¿Quizás en que cambiamos un calendario por otro? ¿Qué me aporta a mí este cambio? Nada, a no ser que cambie yo. Que haya algo nuevo en el año nuevo depende de mí.

No es nada fácil que aparezcan novedades en el terreno social o político, porque lo que buscan unos y otros es conservar o incrementar lo que tienen. No quieren cambiar, en todo caso quieren que cambien los otros. Seguro que seguiremos con las mismas guerras, las mismas pocas ganas de acoger a los inmigrantes o de ayudar a los necesitados, las mismas disputas y descalificaciones entre los partidos políticos. Esta mirada pesimista, para ajustarse a la realidad debe completarse con otras perspectivas y actitudes que también continuarán durante el próximo año: seguirá habiendo gente que ayuda a los náufragos, se preocupa por los ancianos y enfermos, lucha por conseguir mejores leyes sociales, se sacrifica por los demás.

Muchas de estas cosas positivas no parecerán nuevas, porque serán continuación de lo que ya había y, además, pocos son conscientes del valor que tienen, pero en ellas está la verdadera novedad. La bondad siempre es nueva, siempre se renueva, siempre rejuvenece. Lo nuevo del año nuevo serán las personas buenas.

En esta línea es posible desearnos unos a otros un feliz año nuevo. Porque si la novedad está en la bondad, entonces seguro que también seremos felices. Sólo en el bien hay felicidad. En el mal puede haber excitación, pasión y, por supuesto, obcecación, pero no verdadera felicidad. Porque la felicidad buena es la que produce contemplar y buscar el bien de los demás que, paradójicamente, coincide con el bien propio. El que busca la felicidad de los demás, ese y sólo ese, trabaja por su propia felicidad.

Desde este humilde espacio en el que vierto mis reflexiones, más o menos acertadas, deseo a todos mis lectores un “feliz año nuevo”. Si logramos que el año 2019 sea nuevo con la eterna novedad de la bondad, entonces también tendremos un año feliz.

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28
Dic
2018
Jesucristo, Palabra del Padre, nacido de María
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escrito

Continúo ofreciendo algunas reflexiones sobre el misterio de la Encarnación, inspiradas en Tomás de Aquino. Me baso en una obra catequética del santo doctor, su Comentario al Símbolo de los Apóstoles. Para explicar un aspecto del misterio trinitario, a saber, que el Hijo ha nacido del Padre, el Maestro de Aquino nota que la generación en el seno de Dios no puede entenderse del mismo modo que la generación humana, aunque algunos aspectos de la generación humana ayudan a entender la divina. Y así, utiliza la analogía del pensamiento, que para entenderse concibe una palabra. El alma, pensando, engendra la palabra. Viene entonces la aplicación al misterio trinitario: El Hijo de Dios es la Palabra del Padre, una Palabra concebida interiormente y, por tanto, de la misma naturaleza del Padre, del mismo modo que la palabra pensada es de la misma naturaleza del alma que piensa.

Ahora viene la aplicación al misterio de la Encarnación. Da por sentado que “nada es tan semejante al Hijo de Dios como la palabra concebida en nuestra mente y no proferida”. Y añade: “nadie conoce la palabra mientras permanece en la mente del hombre, si no es aquel que la concibe”. Al ser proferida o pronunciada es conocida. “Y así, el Verbo (Palabra) de Dios, mientras permanecía en la mente del Padre no era conocido sino por el Padre; pero ya revestido de carne, como el verbo se reviste con la voz, entonces se manifestó y fue conocido”. O sea, la carne, la humanidad de Jesús es la voz de la Palabra de Dios.

Pero hay más, pues la palabra se conoce por el oído; y, sin embargo, a la palabra no se la ve ni se la toca; pero si se escribe en un papel, entonces sí se la ve y se la toca. Así la Palabra de Dios no se pudo ver ni tocar hasta que fue escrita en un cuerpo como el nuestro. Lo que aparece en un escrito (en una carta, por ejemplo) es la palabra que yo le dirijo a otro. “Así, el hombre al que se unió la Palabra de Dios, se llama Hijo de Dios”. O sea, la humanidad de Jesús es el escrito que utiliza la Palabra de Dios para llegar a nosotros, un escrito que tiene una libertad y una iniciativa de la que no goza el papel.

A partir de ahí se me ocurren otras reflexiones. Cuando la teología se pregunta si cualquiera de las personas divinas pudo encarnarse y responde que sí, me parece que habría que matizar. La persona divina a la que le corresponde encarnarse sería no una cualquiera, sino esa persona que, por ser Palabra, tiene tendencia a ser dicha y a ser escrita.

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24
Dic
2018
La Encarnación esclarece el misterio del ser humano
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arbolnavidad

“El misterio del hombre, dice el Vaticano II, sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”. O sea, la encarnación no es sólo algo que concierne directamente a Jesús de Nazaret, sino a todo ser humano. En Jesús se ilumina una realidad que es propia de todas las personas, a saber, que el ser humano está hecho para Dios, y que sólo al encontrarse con Dios se encuentra de verdad consigo mismo. Hemos sido hechos para Dios, como dice san Agustín y, sólo al encontrarnos con Dios, encontramos nuestro verdadero descanso. Mientras eso no ocurre, vivimos inquietos, perdidos, no sabemos a dónde vamos, buscamos la felicidad en placeres que pasan o, lo que es peor, en placeres que matan.

Lo interesante de este texto del Vaticano II, es que dice: el misterio “del hombre”. De todo hombre. No dice el misterio del hombre en pecado. Hago notar esto porque algunos han pensado que la encarnación está en función del pecado, de modo que, si el hombre no hubiese pecado, Dios no se habría encarnado. Pero la afirmación del Vaticano II nos orienta en otra dirección: el misterio del hombre, del ser humano con pecado y sin pecado, solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado.

La encarnación es querida por sí misma y no en función de un bien menor o de una ocurrencia a posteriori. Es querida por sí misma porque allí se revela algo que, sin la encarnación, jamás habríamos podido descubrir, a saber, que el humano es capaz de Dios porque Dios es capaz del hombre. Y precisamente en esta capacidad realizada, o sea, en el encuentro con Dios, está la medida de cada persona, su plenitud, su perfección. Cristo, que acoge plenamente a Dios en su vida, es (como también dice el Vaticano II) el “Hombre perfecto”, el hombre logrado, el hombre que Dios buscaba y quería desde siempre, el modelo acabado de aquello a lo que está llamado todo ser humano.

La encarnación sería así el fin siempre pretendido y buscado por Dios para que, en este mundo, los seres humanos pudiéramos conocerle del modo más perfecto posible, y para que también tuviéramos un acabado modelo de humanidad plenamente realizada.

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22
Dic
2018
María en casa de la sabiduría
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basilicavirgen

El evangelio del cuarto domingo de adviento es un texto breve: Lc 1,39-45. Comparto con los lectores tres sencillas ideas sobre este texto.

María se puso en camino y entró en casa de Zacarías. Eso ocurre después de haber acogido la palabra del ángel, anunciándole que concebirá a uno que “será grande” porque será “hijo del Altísimo”. ¿Por qué motivo se dirige María a casa de Zacarías? Una piadosa respuesta sería: porque, enterada del embarazo de su parienta, iba a ayudarla. Pero me parece que hay una respuesta teológica mucho más apropiada, que pocos notan. Zacarías significa “memoria, recuerdo”. María acude a la casa de la memoria. María acude a los sabios de Israel, a los ancianos, representados por Zacarías e Isabel. En la casa de la sabiduría ocurren cosas sorprendentes. Es el lugar donde se confirman las buenas noticias

Una vez allí, Isabel, cuyo nombre significa “Dios es plenitud” y, por eso, el evangelista nos dice que está “llena del Espíritu Santo”, comparte la inmensa alegría de su hijo Juan, y saluda a María bendiciéndola a ella y bendiciendo, sobre todo, al fruto de su vientre. O sea, Isabel se pone a hablar bien (eso es bendecir, bien decir) de María y de su hijo. Confirma, por tanto, a María, en su fe en las palabras del ángel.

Finalmente, Isabel añade el más grande elogio de la fe: “dichosa tú que has creído” en las palabras del Señor. Es la primera de las bienaventuranzas que aparecen en el evangelio. Y probablemente la más importante de todas, puesto que se repite como final del evangelio, aunque esta vez dirigida a todos los creyentes en Jesús: “felices los que creen sin haber visto” (Jn 20,29). La bienaventuranza de María puede ser también la de todos los creyentes. María se convierte así en prototipo de lo que le espera a todo el que cree en Jesús y en la mejor realización de la fe.

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20
Dic
2018
Dios se hizo hombre para que le imitemos
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navidadreyes

Además de los motivos de la Encarnación expuestos en el artículo anterior, el Maestro de Aquino ofrece otro interesante motivo, relacionado con la búsqueda de la bienaventuranza por parte de todo ser humano. Pues para conseguir la bienaventuranza, que no es otra cosa que el encuentro con Dios, es necesario vivir una vida acorde con aquel al que se desea abrazar. De la misma manera que los amigos tratan de complacerse, la búsqueda de la amistad con Dios requiere ponerse en sintonía con él. Dicho de otra forma: los amigos se parecen. ¿Cómo puede el ser humano parecerse a su amigo Dios? Imitándole. Así se comprende este sorprendente texto de san Pablo: “sed imitadores de Dios”, porque los “hijos queridos” imitan al Padre y los amigos imitan al amigo. ¿Y cómo podemos imitar a Dios? San Pablo responde: amando como Cristo amó (Ef 5,1-2).

Pues bien, la encarnación está en función de esta imitación de Dios. Las personas necesitamos modelos. Cuanto más segura es la opinión que tenemos de la bondad de alguien que se nos propone como modelo, con tanta más seguridad lo imitamos. Pero todos los humanos somos frágiles y alguna vez fallamos. “Incluso los más santos fueron defectuosos en algo”, recuerda Tomás de Aquino (en la Suma contra Gentiles). Por eso añade: El más seguro modelo que se nos ha podido ofrecer es el Dios humanado. Encuentra un buen apoyo a esta convicción en la palabra del Señor recogida en Jn 13,15: “os he dado ejemplo para que vosotros hagáis como yo he hecho”.

San Agustín, citado en la Suma de Teología, dice: “Dios se hizo humano para ofrecer al ser humano un ejemplo que el hombre pudiera ver e imitar”. Y comentando 1 Cor 11,1 (que habla de “imitar a Cristo”), Sto. Tomás dice que, puesto que el “Modelo original”, el Verbo eterno del Padre, estaba muy alejado de nosotros, “Dios quiso hacerse hombre para ofrecer a los hombres un modelo humano”.

La encarnación, la referencia a Jesucristo para imitar a Dios, es tanto más necesaria cuanto que nosotros solemos hacernos falsas ideas de Dios, basadas en la grandeza y el poder. El misterio de la encarnación nos indica que el Dios al que debemos imitar es el que se inclina ante los humildes, perdona a los pecadores, socorre al huérfano y al desvalido, se compadece del necesitado y se enfrenta a los que mantienen situaciones injustas. O sea, no es el dios de los poderosos de este mundo, sino el Dios que baja del cielo y se hace humano, comprometiéndose así con el mundo como no es posible comprometerse más.

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16
Dic
2018
Por nuestra salvación bajó del cielo
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navidad18

El motivo de la Encarnación queda bien expresado en estas palabras del Credo: “por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo”. El motivo de la Encarnación es la salvación del ser humano. Dios se hace hombre para que nosotros podemos llegar a la perfecta bienaventuranza, que no es otra cosa que el encuentro con Dios.

Tomás de Aquino, en el libro cuarto de la Suma contra los gentiles, tiene un precioso artículo en el que explica la relación que hay entre encarnación y salvación de los humanos. Comienza afirmando que en el misterio de la encarnación hay “una sabiduría tan profunda, que excede todo conocimiento humano”.

Luego expone su tesis fundamental: “la encarnación fue la mejor ayuda para el hombre que busca la plena felicidad”. Como esta perfecta felicidad está en el encuentro con Dios, pudiera parecer a alguno que el ser humano jamás podrá alcanzarla, debido a “la inmensa distancia” que hay entre Dios y el humano. “Resultando de esto, dice Tomás de Aquino, que el hombre se entibiaría en la búsqueda de la bienaventuranza, frenado por la misma desesperación. Pero Dios, por el hecho de haber querido asumir, voluntariamente y en persona, la naturaleza humana, demostró de la manera más evidente que el hombre puede unirse a él. Por tanto, fue convenientísimo que Dios asumiera la naturaleza humana para cimentar nuestra esperanza en la bienaventuranza”.

Más aún, Dios quiso preparar al ser humano para que deseara encontrarse con él. Ahora bien, dice el santo, “el deseo de alguna cosa es causado por el amor de la misma”. ¿Cómo hacer desear al hombre el amor de Dios? “Nada nos mueve tanto al amor de alguien como hacer la experiencia de que él nos ama. Mas el amor de Dios a los hombres de ningún modo pudo demostrarse más eficazmente que por el hecho de haber querido Él unirse al hombre en persona, pues lo propio del amor es unir al amante con el amado, en cuanto es posible. Luego fue necesario para el hombre que tiende a la bienaventuranza perfecta que Dios se hiciera hombre”.

El santo doctor, consciente de que sólo puede haber amistad entre los iguales, se pregunta cómo puede haberla entre Dios y el ser humano, dada la distancia que hay entre ambos. Precisamente el misterio de la encarnación rompe esta distancia, igualando, en cierto modo, a Dios con el ser humano. “Por consiguiente, concluye nuestro santo, para que hubiese una amistad más familiar entre Dios y el hombre, convino que Dios se hiciera hombre, pues por naturaleza el hombre es amigo del hombre, y así (dice el santo citando uno de los prefacios de las eucaristías navideñas) conociendo visiblemente a Dios (en la humanidad de Cristo), él nos lleve al amor de lo invisible (el Dios inefable, sumamente amable)”.

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12
Dic
2018
Mística, búsqueda de lo esencial
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busca

Los místicos son bien conscientes de dónde está lo esencial: ni en las visiones, que seguramente tienen mucho de imaginario; ni en beneficios temporales o físicos, aunque sea la curación de una enfermedad. Dice Unamuno: “Santa Teresa no se complace en relatarnos apariciones sensibles, ni que baje el Esposo a charlar a cada paso con ella, revelándole vaticinios impertinentes y avisos de gaceta; sus relaciones místicas fueron serias, sin segunda intención ni tramoya alguna”. Por otra parte, “su caridad, en cuanto enderezada a los hombres, era, sobre todo, horror al pecado. Los milagros de dar salud al enfermo, vista al ciego o semejantes, cuanto al provecho temporal, ningún gozo del alma merecen, porque, excluido el segundo provecho (el espiritual) poco o nada importan al hombre, pues de suyo no son medio para unir al alma con Dios”.

Finalmente, la mística es una tarea plenamente humana, porque busca la plenitud de lo humano. Por eso la mística, integra todas las dimensiones humanas, reconciliando las diferencias. En la búsqueda del místico se hace más verdadero que nunca eso que dice san Pablo de que en Cristo “ya no hay varón ni mujer”. Dicho de otra manera: si Cristo es el único verdadero esposo de la Iglesia, los humanos somos siempre la esposa. Pero una esposa que no absorbe ni la masculinidad ni la feminidad. Por eso, me ha resultado de sumo interés esta perla que he encontrado en Unamuno: “la mística idealizó, no lo eterno femenino, ni lo eterno masculino, sino lo eterno humano. Santa Teresa y San Juan de la Cruz, nada hombruna aquélla, nada mujeril éste, son excelentes tipos del homo, que incluye en sí el vir y la mulier”. Tras leer estas palabras no extrañará que, en una de sus poesías, Unamuno califique a Juan de la Cruz de “madrecito que sigues tu senderito de la mano suave y fuerte de tu padraza Teresa”.

A esta luz se entiende este dato que aporta Unamuno que, si bien hoy pudiera parecer políticamente incorrecto, bien entendido resulta de una gran actualidad: <Santa Teresa no quería que sus hermanas fuesen mujeres en nada, ni lo pareciesen, ‘sino varones fuertes’, y tan varoniles, que ‘espanten a los hombres’>. Si tomamos lo “varonil” en su sentido más propio y etimológico de fuerte, consistente o valeroso, no cabe duda de que lo auténtico femenino comporta fortaleza, consistencia y valor. Del mismo modo que lo auténtico masculino comporta sensibilidad, ternura y delicadeza. De ahí que un varón, como Juan de la Cruz, puede hablar de su experiencia mística en términos femeninos: “en una noche oscura, con ansias, en amores inflamada... ¡Oh noche que juntaste Amado con amada, amada en el Amado transformada... En mi pecho florido, que entero para él sólo se guardaba... Quedéme y olvidéme, el rostro recliné sobre el Amado, cesó todo y dejéme, dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado”.

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9
Dic
2018
Mística, aspiración desmesurada
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desmesurado

Si mística es encuentro con el misterio de Dios, convendrá dejar claro que nada creado es suficiente para hacernos una mínima idea del Increado. Por eso, los místicos quieren ir más allá del mundo de las representaciones sensibles. Miguel de Unamuno, reflexionando sobre la mística, se fija en un famoso texto de San Pablo que afirma que “lo invisible de Dios puede ser conocido por medio de las cosas visibles”, texto que pudiera resultar inadecuado, pues, como dice Juan de la Cruz, “ninguna cosa criada ni pensada puede servir al entendimiento de propio medio para unirse con Dios... Todo lo que el entendimiento puede alcanzar, antes le sirve de impedimento que medio, si a ello se quisiese asir”. Nótese el matiz: “si a ello se quisiese asir”, o sea, si quisiera quedarse en lo sensible, en lo corporal.

Se trata de desnudarse de deseos, para que la voluntad quede en potencia respecto a todo. No hay que ver ahí ningún desprecio del mundo y, menos aún, de la razón, “sino más bien el doloroso efecto (contraste) entre lo desmesurado de sus aspiraciones y lo pequeño de la realidad” (para decirlo con palabras de Unamuno). Así se comprende lo que enseña san Juan de la Cruz: “para venir a poseerlo, a saberlo y a serlo todo, no quieras poseer, saber ni ser algo en nada”.

Precisamente porque se trata de un encuentro, provocado por el amor, no hay anulación de la persona, sino potenciación. De ahí que la experiencia mística no funde ni confunde, no sorbe ni absorbe. El encuentro amoroso solo es posible en la alteridad y el respeto al amado. “Buscaban por renuncia del mundo posesión de Dios, no anegamiento en él”, dice Unamuno comentando unos textos de Teresa de Jesús y de Juan de la Cruz, contraponiendo esta alteridad que aparece en los dos españoles con el “ser Dios del maestro Eckart”. Los españoles “bordean el panteísmo”, pero sin caer en él. Por eso, “aún cuando hablen de perderse en él, es para encontrarse al cabo de El posesores”. Una posesión que implica alteridad y se entiende desde “las comparaciones del desposorio y matrimonio espiritual. Casi todos los místicos han sido pareja castísima” (continuará).

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5
Dic
2018
Concepción de María y otras concepciones
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virgenpordetras

La concepción es una participación de los padres en el acto creador de Dios. Y toda la creación es santa, salida de las manos de Dios. No es extraño que Juan Pablo II dijera que, en la procreación, los padres, como colaboradores de Dios, transmiten a sus hijos la imagen y la semejanza de Dios. Por su parte el Papa Francisco ha llegado a decir que la sexualidad es mediadora de gracia.

No es bueno identificar concepción y pecado. Entre los esposos cristianos, el matrimonio, para ser indisoluble, tiene que ser rato y consumado. El rato y no consumado puede ser disuelto en determinadas circunstancias; luego solo cuando es rato y consumado puede decirse que es matrimonio en sentido pleno, matrimonio definitivo. La consumación del matrimonio realiza el sacramento, o sea, la presencia de Cristo que une a los esposos con su amor.

Según la doctrina católica, los humanos nacemos en pecado original (ese pecado del que fue preservada la Virgen María), entramos en un mundo de pecado (María también entró en un mundo de pecado). Por eso todos necesitamos salvación (María también, como reconoce la constitución que proclamó el dogma de la Inmaculada). Inmaculada concepción, dicho de María, significa que fue concebida sin pecado original, o sea, que desde el primer instante de su vida fue preservada del pecado. Pero eso no significa que las demás concepciones sean pecado.

Entre esposos cristianos, concebir es un modo de vivir el sacramento del matrimonio. Ocurre que, cuando una persona es concebida, según el dogma católico, está afectada por el pecado conocido como original. Ahora no es cuestión de entrar en qué significa “pecado original”. Lo que interesa es aclarar que la concepción no es pecado. Pues el pecado original no se transmite por medio del acto sexual. Se transmite, como dice el concilio de Trento, por propagación. En el contexto de este concilio, propagación se opone a “imitación”. El concilio no dice exactamente que la generación es causa física del pecado. El concilio rechaza que el pecado original se transmite sólo por influjo del mal ejemplo. Eso no quita que también puede influir el mal ejemplo.

La oración colecta de la fiesta de la Inmaculada indica las repercusiones antropológicas del dogma, o sea, en qué sentido nos afecta y se aplica a nosotros lo que se dice de María. Ella, en previsión de la muerte de Jesucristo (ahí está la salvación para María y para todos: en la Pascua de Cristo), fue preservada de todo pecado. Mirándola a ella, la Iglesia pide que todos podamos presentarnos ante el Señor limpios de todo pecado. Pues como bien dice la carta a los romanos, todos hemos sido llamados, desde antes de la creación del mundo, a ser santos e inmaculados ante Dios por el amor. Lo que se realiza en María es exactamente aquello mismo a lo que está destinado todo cristiano.

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1
Dic
2018
Acompañar no es controlar
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maestroconniños

Hay una palabra que hoy se repite con frecuencia en los procesos de maduración y formación, y a la que se atribuyen efectos cuasi-mágicos: acompañamiento. Acompañamiento se contrapone a dominio e imposición. El acompañamiento requiere paciencia, capacidad de discernimiento y de adaptación, respetar la libertad del otro. En la encíclica “Amoris Laetitia” el término acompañar aparece constantemente: hay que acompañar a los novios en su proceso de maduración, a los matrimonios en dificultades, a los padres en la educación de los hijos.

Un documento posterior de la Santa Sede sobre vida consagrada dice algo que vale también para los seminaristas y para la educación de los hijos: la tarea particular de los superiores “consiste en acompañar mediante un diálogo sincero y constructivo, a quienes están en formación”. Y advierte: “la formación es una obra artesanal, no policíaca”. Formar no es controlar, es acompañar. Si es una obra artesanal requiere tiempo, paciencia, cuidado e imaginación. No es lo mismo mandar que formar. El mando hace, de momento, personas dóciles, con una docilidad que esconde la rebeldía, que un día explotará. La formación hace personas flexibles, capaces de recibir, acoger y comprender.

La formación, el acompañamiento, busca hacer personas responsables, no personas dependientes. Y eso hasta el punto, dice este documento que estoy citando, que “la verdadera obediencia no excluye, sino que por el contrario exige, que cada uno manifieste su propia convicción madurada en el discernimiento, aunque dicha convicción no coincida con lo que el superior pide”. Una buena educación en el acompañamiento ayuda al formando a desarrollar su personalidad y a tener convicciones fundadas y razonadas. De modo que, quizás un día la opinión del formando, del hijo, podrá discrepar de la opinión del formador, del padre. Si el padre asume esto con normalidad entonces ha sido un buen formador, ha sido para su hijo una buena compañía.

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