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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

12
Dic
2018
Mística, búsqueda de lo esencial
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busca

Los místicos son bien conscientes de dónde está lo esencial: ni en las visiones, que seguramente tienen mucho de imaginario; ni en beneficios temporales o físicos, aunque sea la curación de una enfermedad. Dice Unamuno: “Santa Teresa no se complace en relatarnos apariciones sensibles, ni que baje el Esposo a charlar a cada paso con ella, revelándole vaticinios impertinentes y avisos de gaceta; sus relaciones místicas fueron serias, sin segunda intención ni tramoya alguna”. Por otra parte, “su caridad, en cuanto enderezada a los hombres, era, sobre todo, horror al pecado. Los milagros de dar salud al enfermo, vista al ciego o semejantes, cuanto al provecho temporal, ningún gozo del alma merecen, porque, excluido el segundo provecho (el espiritual) poco o nada importan al hombre, pues de suyo no son medio para unir al alma con Dios”.

Finalmente, la mística es una tarea plenamente humana, porque busca la plenitud de lo humano. Por eso la mística, integra todas las dimensiones humanas, reconciliando las diferencias. En la búsqueda del místico se hace más verdadero que nunca eso que dice san Pablo de que en Cristo “ya no hay varón ni mujer”. Dicho de otra manera: si Cristo es el único verdadero esposo de la Iglesia, los humanos somos siempre la esposa. Pero una esposa que no absorbe ni la masculinidad ni la feminidad. Por eso, me ha resultado de sumo interés esta perla que he encontrado en Unamuno: “la mística idealizó, no lo eterno femenino, ni lo eterno masculino, sino lo eterno humano. Santa Teresa y San Juan de la Cruz, nada hombruna aquélla, nada mujeril éste, son excelentes tipos del homo, que incluye en sí el vir y la mulier”. Tras leer estas palabras no extrañará que, en una de sus poesías, Unamuno califique a Juan de la Cruz de “madrecito que sigues tu senderito de la mano suave y fuerte de tu padraza Teresa”.

A esta luz se entiende este dato que aporta Unamuno que, si bien hoy pudiera parecer políticamente incorrecto, bien entendido resulta de una gran actualidad: <Santa Teresa no quería que sus hermanas fuesen mujeres en nada, ni lo pareciesen, ‘sino varones fuertes’, y tan varoniles, que ‘espanten a los hombres’>. Si tomamos lo “varonil” en su sentido más propio y etimológico de fuerte, consistente o valeroso, no cabe duda de que lo auténtico femenino comporta fortaleza, consistencia y valor. Del mismo modo que lo auténtico masculino comporta sensibilidad, ternura y delicadeza. De ahí que un varón, como Juan de la Cruz, puede hablar de su experiencia mística en términos femeninos: “en una noche oscura, con ansias, en amores inflamada... ¡Oh noche que juntaste Amado con amada, amada en el Amado transformada... En mi pecho florido, que entero para él sólo se guardaba... Quedéme y olvidéme, el rostro recliné sobre el Amado, cesó todo y dejéme, dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado”.

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9
Dic
2018
Mística, aspiración desmesurada
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desmesurado

Si mística es encuentro con el misterio de Dios, convendrá dejar claro que nada creado es suficiente para hacernos una mínima idea del Increado. Por eso, los místicos quieren ir más allá del mundo de las representaciones sensibles. Miguel de Unamuno, reflexionando sobre la mística, se fija en un famoso texto de San Pablo que afirma que “lo invisible de Dios puede ser conocido por medio de las cosas visibles”, texto que pudiera resultar inadecuado, pues, como dice Juan de la Cruz, “ninguna cosa criada ni pensada puede servir al entendimiento de propio medio para unirse con Dios... Todo lo que el entendimiento puede alcanzar, antes le sirve de impedimento que medio, si a ello se quisiese asir”. Nótese el matiz: “si a ello se quisiese asir”, o sea, si quisiera quedarse en lo sensible, en lo corporal.

Se trata de desnudarse de deseos, para que la voluntad quede en potencia respecto a todo. No hay que ver ahí ningún desprecio del mundo y, menos aún, de la razón, “sino más bien el doloroso efecto (contraste) entre lo desmesurado de sus aspiraciones y lo pequeño de la realidad” (para decirlo con palabras de Unamuno). Así se comprende lo que enseña san Juan de la Cruz: “para venir a poseerlo, a saberlo y a serlo todo, no quieras poseer, saber ni ser algo en nada”.

Precisamente porque se trata de un encuentro, provocado por el amor, no hay anulación de la persona, sino potenciación. De ahí que la experiencia mística no funde ni confunde, no sorbe ni absorbe. El encuentro amoroso solo es posible en la alteridad y el respeto al amado. “Buscaban por renuncia del mundo posesión de Dios, no anegamiento en él”, dice Unamuno comentando unos textos de Teresa de Jesús y de Juan de la Cruz, contraponiendo esta alteridad que aparece en los dos españoles con el “ser Dios del maestro Eckart”. Los españoles “bordean el panteísmo”, pero sin caer en él. Por eso, “aún cuando hablen de perderse en él, es para encontrarse al cabo de El posesores”. Una posesión que implica alteridad y se entiende desde “las comparaciones del desposorio y matrimonio espiritual. Casi todos los místicos han sido pareja castísima” (continuará).

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5
Dic
2018
Concepción de María y otras concepciones
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virgenpordetras

La concepción es una participación de los padres en el acto creador de Dios. Y toda la creación es santa, salida de las manos de Dios. No es extraño que Juan Pablo II dijera que, en la procreación, los padres, como colaboradores de Dios, transmiten a sus hijos la imagen y la semejanza de Dios. Por su parte el Papa Francisco ha llegado a decir que la sexualidad es mediadora de gracia.

No es bueno identificar concepción y pecado. Entre los esposos cristianos, el matrimonio, para ser indisoluble, tiene que ser rato y consumado. El rato y no consumado puede ser disuelto en determinadas circunstancias; luego solo cuando es rato y consumado puede decirse que es matrimonio en sentido pleno, matrimonio definitivo. La consumación del matrimonio realiza el sacramento, o sea, la presencia de Cristo que une a los esposos con su amor.

Según la doctrina católica, los humanos nacemos en pecado original (ese pecado del que fue preservada la Virgen María), entramos en un mundo de pecado (María también entró en un mundo de pecado). Por eso todos necesitamos salvación (María también, como reconoce la constitución que proclamó el dogma de la Inmaculada). Inmaculada concepción, dicho de María, significa que fue concebida sin pecado original, o sea, que desde el primer instante de su vida fue preservada del pecado. Pero eso no significa que las demás concepciones sean pecado.

Entre esposos cristianos, concebir es un modo de vivir el sacramento del matrimonio. Ocurre que, cuando una persona es concebida, según el dogma católico, está afectada por el pecado conocido como original. Ahora no es cuestión de entrar en qué significa “pecado original”. Lo que interesa es aclarar que la concepción no es pecado. Pues el pecado original no se transmite por medio del acto sexual. Se transmite, como dice el concilio de Trento, por propagación. En el contexto de este concilio, propagación se opone a “imitación”. El concilio no dice exactamente que la generación es causa física del pecado. El concilio rechaza que el pecado original se transmite sólo por influjo del mal ejemplo. Eso no quita que también puede influir el mal ejemplo.

La oración colecta de la fiesta de la Inmaculada indica las repercusiones antropológicas del dogma, o sea, en qué sentido nos afecta y se aplica a nosotros lo que se dice de María. Ella, en previsión de la muerte de Jesucristo (ahí está la salvación para María y para todos: en la Pascua de Cristo), fue preservada de todo pecado. Mirándola a ella, la Iglesia pide que todos podamos presentarnos ante el Señor limpios de todo pecado. Pues como bien dice la carta a los romanos, todos hemos sido llamados, desde antes de la creación del mundo, a ser santos e inmaculados ante Dios por el amor. Lo que se realiza en María es exactamente aquello mismo a lo que está destinado todo cristiano.

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1
Dic
2018
Acompañar no es controlar
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maestroconniños

Hay una palabra que hoy se repite con frecuencia en los procesos de maduración y formación, y a la que se atribuyen efectos cuasi-mágicos: acompañamiento. Acompañamiento se contrapone a dominio e imposición. El acompañamiento requiere paciencia, capacidad de discernimiento y de adaptación, respetar la libertad del otro. En la encíclica “Amoris Laetitia” el término acompañar aparece constantemente: hay que acompañar a los novios en su proceso de maduración, a los matrimonios en dificultades, a los padres en la educación de los hijos.

Un documento posterior de la Santa Sede sobre vida consagrada dice algo que vale también para los seminaristas y para la educación de los hijos: la tarea particular de los superiores “consiste en acompañar mediante un diálogo sincero y constructivo, a quienes están en formación”. Y advierte: “la formación es una obra artesanal, no policíaca”. Formar no es controlar, es acompañar. Si es una obra artesanal requiere tiempo, paciencia, cuidado e imaginación. No es lo mismo mandar que formar. El mando hace, de momento, personas dóciles, con una docilidad que esconde la rebeldía, que un día explotará. La formación hace personas flexibles, capaces de recibir, acoger y comprender.

La formación, el acompañamiento, busca hacer personas responsables, no personas dependientes. Y eso hasta el punto, dice este documento que estoy citando, que “la verdadera obediencia no excluye, sino que por el contrario exige, que cada uno manifieste su propia convicción madurada en el discernimiento, aunque dicha convicción no coincida con lo que el superior pide”. Una buena educación en el acompañamiento ayuda al formando a desarrollar su personalidad y a tener convicciones fundadas y razonadas. De modo que, quizás un día la opinión del formando, del hijo, podrá discrepar de la opinión del formador, del padre. Si el padre asume esto con normalidad entonces ha sido un buen formador, ha sido para su hijo una buena compañía.

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27
Nov
2018
Las buenas y las malas compañias
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compañias

El ser humano siempre es plural. Por eso nunca se comprende desde la soledad. Según el poético relato del Génesis, al crear al ser humano, Dios los creó “varón y mujer”. El ser humano, según el designio de Dios está siempre acompañado. “No es bueno que el hombre esté sólo”, leemos en este relato. Un hombre sólo no es una buena creación. La razón está en que el ser humano ha sido creado a imagen de Dios. Y Dios no es un Dios solitario, es el Dios de la relación.

El Nuevo Testamento terminará por afirmar que Dios es Amor. La teología aclarará que, si Dios es Amor, eso sólo es posible desde la pluripersonalidad. Un solo Dios, único, pero no solitario: un Dios en tres personas. El Amor siempre se entiende desde la relación. El amor a uno mismo y sólo a uno mismo, es un mal amor, es egoísmo. El ser humano sólo se descubre a sí mismo cuando sale de sí mismo, cuando se dirige al otro para amarle y cuando sabe que el otro camina hacia él para amarle también. En el amor mutuo está la plenitud de la persona y la mejor realización de la imagen de Dios-Amor.

Esa imagen del ser humano que ofrece la religión judeo-cristiana encaja perfectamente con lo que dice la moderna psicología. Uno de los problemas más serios que tienen los humanos es el de la soledad. No sólo la soledad exterior: el silencio asusta y, por eso, se busca la compañía del teléfono móvil, o de los auriculares, o de un compañero cualquiera. Más deprimente es la soledad interior, ese vacío personal que se manifiesta de tantas formas y que produce nefastos resultados, angustia vital. Psicólogos y psiquiatras constatan que una gran mayoría de angustiados son seres que no pueden sufrir la soledad y son, por lo mismo, buscadores de comunicación. Una de las cosas que más necesita hoy la gente es ser escuchada.

Ocurre que esta necesidad que tenemos de los demás, puede convertirse en un infierno cuando el otro, en vez de complementarnos y amarnos, pretende dominarnos y aprovecharse de nosotros. Dicho de otra manera: hay buenas y malas compañías. Las buenas son las que nacen del amor, las malas son las que se convierten en dominio y sumisión. No todas las relaciones son humanas y constructivas. Las hay inhumanas y destructivas. La relación del padre con el hijo, o del amigo con el amigo, es constructiva. La relación del señor con el esclavo es destructiva.

De ahí que el Nuevo Testamento contrapone la filiación o la amistad a la esclavitud. Hay una dependencia, la que brota del amor (la relación paterno-filial o la amistad) que es liberadora. Hay otras dependencias que son esclavizantes. Por eso dice san Pablo de los cristianos: “no habéis recibido un espíritu de esclavos, sino un espíritu de hijos”. Y Jesús de sus discípulos: “no os llamo esclavos, a vosotros os llamo amigos”.  Lo contrario de la esclavitud no es la libertad sin más, sino una dependencia liberadora, la dependencia del amor.

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23
Nov
2018
El perdón, entre psicología y teología
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rosasobreverde

El diálogo entre fe y ciencia interesa sobre todo y, a veces, únicamente a la teología, puesto que la teología debe tener en cuenta algunos datos que son objeto de estudio de la ciencia (por ejemplo: el origen del hombre y del mundo; o cuestiones de orden moral y pastoral). Por su parte, en la mayoría de los casos, la teología tiene poco que aportar a la ciencia en cuanto tal. Sin embargo, hay un ámbito en el que es posible una aportación recíproca entre teología y ciencia, saber, el campo de la psicología. El perdón podría ser un buen ejemplo del mutuo enriquecimiento entre psicología y teología.

La búsqueda de reconciliación entre grupos divididos y enfrentados ha desarrollado “terapias del perdón”, pues la psicología ha descubierto los beneficios prácticos del perdón. Ahora bien, el perdón no es nada sencillo, no es simplemente un “pacto de no agresión”. La teología puede ayudar a comprender lo costoso del perdón. Un perdón que no cuesta es frágil.

Por otra parte, la psicología sugiere que el perdón es una iniciativa humana. Por tanto, se trata de ayudar a las personas a perdonar. La teología es consciente de que el perdón es algo que recibimos de Dios y de los demás. El perdón, además de, y más que una iniciativa, es el don que otro me hace. No es sólo algo que se concede. Es algo que se recibe. Ambos aspectos deben conjugarse.

En tercer lugar, la psicología propone que la persona perdone, porque eso hará que se sienta mejor. La teología insiste en la obligación moral de perdonar, más allá del pragmatismo de “sentirme mejor”, para entrar en el terreno de la fraternidad e incluso de lo teologal: “perdonad y seréis perdonados” (Lc 6,37). La teología va más allá del acto concreto y puntual del perdón, para convertirlo en una virtud, en una actitud permanente que se manifestará en distintos contextos.

El perdón sería un caso concreto en el que psicología y teología pueden ser complementarias y aprender mutuamente una de la otra.

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19
Nov
2018
Secretaría de Estado para la soledad
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soledad

Hace unos meses, el Reino Unido creo una Secretaría de Estado para luchar contra la soledad, una epidemia que afecta a 9 millones de ciudadanos británicos. No estoy muy seguro de que hayan sido los sentimientos altruistas los que movieron a la primera ministra a crear esta Secretaría de Estado, pues según el informe que sirvió de base para tomar esa medida, la soledad está asociada a enfermedades cardiovasculares, demencia, depresión y ansiedad, y puede ser tan perjudicial para la salud como fumar 15 cigarrillos al día. Esto tiene un coste económico para el Estado. Diez años de soledad de una persona mayor, según un estudio de la London School of Economics, suponen para las arcas públicas un sobrecosto de 6.000 libras esterlinas en sanidad. El estudio concluye que prevenirla es un buen negocio: cada euro invertido en prevenir la soledad, genera tres euros de ahorro.

Es comprensible que el factor económico influya en la toma de decisiones, pero sería lamentable que ese fuera el principal y no digamos el único factor que mueve a tomarlas. Es loable que la soledad sea considerada asunto de Estado. Pero debería ser asunto de Estado no por motivos económicos, sino por dignidad humana. Dígase lo mismo de muchos otros problemas que afectan a grupos de ciudadanos que, en muchas ocasiones, sólo se resuelven cuando los afectados se movilizan. Estoy pensando en niños con necesidades especiales, por ejemplo. Esas y otras cuestiones, se resuelven tarde y mal, no precisamente por interés altruista, sino por interés político, para acallar protestas o ganar votos. A esta sociedad nuestra los problemas ajenos no le interesan. A los políticos los problemas solo les interesan en la medida en que dan votos. Para la gente de bien, el problema ajeno debería convertirse en problema propio.

Muchas personas no tienen a nadie que las acompañe y comprenda. No tienen siquiera con quién hablar. Atender a esas personas es un asunto de humanidad. Pero incluso si nadie se preocupa por ellas, quizás ellas podrían hacer algo para superar su situación. No precisamente yendo a lugares donde hay mucho ruido, pues esos lugares suelen estar frecuentados por personas que no tienen nada que decirse, sino buscando a otras personas que se encuentren en su misma situación. Pues cuando dos soledades comparten su soledad, la soledad comienza a desaparecer.

En Gran Bretaña hay nueve millones de personas a las que les afecta ese problema. No sé cuántas hay en España, quizás la mitad. Muchas de esas personas se encuentran confinadas en sus casas, pero otras están en hospitales, sin que nadie las visite. En Gran Bretaña han creado una Secretaría de Estado para la soledad. ¿Y si, en España, a alguna institución social o caritativa se le ocurriera abrir un local para solitarios, para que pudieran compartir soledades y así hacerlas desaparecer?

Una última reflexión: si la soledad es nostalgia de amor, probablemente es también nostalgia de Dios.

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15
Nov
2018
Criogenia o como no morir nunca
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criogenización

Todos los seres humanos buscan vivir y vivir bien. Buscan vivir el mayor tiempo posible. Buscan no morir nunca. La muerte siempre se presenta como algo no deseado, como un ataque. Precisamente porque no se la desea, no suele hablarse mucho de ella. Hoy, la medicina y la técnica han logrado prolongar la vida hasta límites insospechados hace ciento treinta años. Es posible que logren prologarla todavía más. Pero siempre será una vida limitada. Lo único que logra la longevidad biológica es retrasar el gran problema nunca resuelto, que es el problema de nuestra finitud y, por tanto, el encuentro con la muerte.

Y, sin embargo, hoy hay quien habla no sólo de la posibilidad de vivir 500 años, sino incluso de no morir. Uno no sabe si estamos ante propuestas serias o ante ciencia-ficción. Por muy irreales que sean tales propuestas son una prueba más de la aspiración del ser humano a vivir siempre. La propuesta se llama criogenización, o sea, congelar el cuerpo o el cerebro en vistas a una reanimación futura. De hecho, en Valencia ofrece ya sus servicios la primera empresa europea de criogenización. Lo que estaba ya vigente en Estados Unidos ha llegado a Europa. La empresa aclara que no se trata de conservar cadáveres, sino pacientes a los que se les ha parado el corazón, con la esperanza de que, dentro de un tiempo, con la técnica adecuada, puedan retomar su actividad biológica, conservando su identidad y su memoria. Por 200.000 euros la empresa se compromete a conservar al “paciente” durante cien años.

Este tipo de propuestas se enmarcan dentro de lo que hoy se conoce como posthumanismo o transhumanismo. Se trata de especulaciones de hasta dónde podemos llegar gracias a técnicas de inteligencia artificial, por ejemplo, a que nos implanten un chip que mejorará nuestra memoria o nuestra visión hasta límites insospechados. La criogenización es seguramente la propuesta más atrevida. Cuando escucho esas cosas, me pregunto si las mejores promesas del transhumanismo no van a ser sus mayores frustraciones.

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11
Nov
2018
La muerte, ¿consecuencia del pecado?
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ermitasobremar

Me parece importante aclarar la relación que hay entre muerte y pecado, porque todavía hay creyentes que consideran que la muerte es consecuencia directa del pecado. Si el ser humano no hubiera pecado, piensan esos creyentes, no habría muerte. Esa manera de relacionar muerte y pecado no es del todo correcta, sobre todo si por muerte se entiende la muerte biológica.

Una primera aclaración: en la Escritura, la muerte y la vida no son, ni única ni principalmente, realidades biológicas, sino espirituales. Muerte tiene que ver con ausencia de Dios, y vida con presencia de Dios. Recuerden la parábola del hijo pródigo. El padre (imagen de Dios) exclama cuando el hijo regresa a la casa paterna: hagamos fiesta, “porque este hijo mío estaba muerto, y ha vuelto a la vida”. Lejos del Padre hay muerte. La muerte aquí se identifica con el pecado. De ahí que pueda uno estar muy vivo biológicamente y muy muerto espiritualmente, porque ha perdido el Espíritu Santo, dador de vida. San Pablo, en Rom 7,9-10 dice que murió en cuanto revivió el pecado. Por tanto, lo grave y temible no es la muerte física, sino la muerte que produce el pecado alejándonos de Dios.

¿Cómo hay que entender entonces este dato de la tradición que relaciona la muerte biológica con el pecado? El pecado más que con la muerte, tiene que ver con el modo de morir, con la manera de afrontar la muerte. El pecador y el que vive alejado de Dios, ignora el sentido positivo que puede tener la muerte: “si hemos muerto con Cristo, también viviremos con él” (Rom 6,8). De ahí que, al pecador, la muerte le resulta algo no deseado, un ataque, y así la vive como algo angustioso y oscuro.

En la medida en que nos acercamos a Dios y nos asemejamos a Cristo, desparece la angustia y el miedo que provoca el tener que morir (Heb 2,15). De ese miedo vino a librarnos Cristo, pues a la luz de la fe, la muerte puede experimentarse como realización normal, no traumática, de nuestra hambre de trascendencia, como paso normal hacia la plena divinización. Por eso, si el ser humano no hubiera pecado, hubiera asumido plenamente la muerte, al no experimentar ninguna ambigüedad. También hoy, en la medida en que vivimos unidos a Dios, resulta posible vivir sin miedo a la muerte; vivir en la esperanza de que la resurrección de Cristo es primicia de nuestra propia resurrección.

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7
Nov
2018
Lo comprometido del testimonio
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apostolesconredes

Dicen los evangelios que el Señor, acompañaba, con la fuerza de su Espíritu, a los discípulos enviados a anunciar el Evangelio: “yo estoy con vosotros todos los días” (Mt 28,19); “el Señor colaboraba con ellos y confirmaba la Palabra con los signos que la acompañaban” (Mc 16,20). Sólo así es posible la misión: porque el Señor nos acompaña. No sólo nos acompaña, es él quien actúa y habla a través de nuestras pobres palabras, pero no lo hace sin nosotros. La misión siempre está empujada por el Espíritu. Pero el empuje está condicionado por nuestras posibilidades, capacidades, preparación, interés y esfuerzo. De modo que nosotros podemos frustrar, dificultar, impedir, o mal presentar la Buena Nueva.

Hablar de Jesucristo en nuestros ambientes requiere ser consciente de que a muchos de nuestros oyentes no les va a interesar el anuncio, quizás porque no lo comprenden, quizás porque los prejuicios sociales y personales, o los pecados eclesiales, les mueven a rechazarlo sin ni siquiera querer oírlo. Anunciar a Jesucristo requiere paciencia, dedicación, preparación y compromiso. Por otra parte, si bien el Evangelio tiene implicaciones en todos los ámbitos de la vida, su testigo no anuncia un programa político, ni defiende intereses económicos. Importa tenerlo claro, porque pudiera ocurrir que, los oyentes, creyendo rechazar el evangelio, lo que en realidad rechazasen fuera una determina política, o una desvirtuada presentación del Evangelio. Esta reflexión se aplica igualmente al problema de la necesaria inculturación del Evangelio: pudiera ocurrir que los oyentes, en vez de rechazar el Evangelio, rechazasen una determinada cultura con la que el misionero traduce el Evangelio.

El misionero es un portavoz, un testigo, un mediador. No se anuncia a sí mismo. Es un “criado”. Caemos así en la cuenta de lo comprometido que es el testimonio, porque si los oyentes rechazan al amo o el mensaje del amo, los inmediatamente rechazados son los enviados, los misioneros. Jesús cuenta una parábola que se aplica plenamente a lo que estoy indicando: un rey preparaba la boda de su Hijo. Mandó a los criados a avisar a los invitados. Y los invitados, rechazando la invitación real, mataron a los criados (cf. Mt 22,6; 21,35). La fe exige un testimonio que puede conducir al martirio (insisto: que puede conducir, no que necesariamente conduce). Si no estamos dispuestos a asumir este riesgo, es que no hemos comprendido del todo lo que significa ser cristiano.

Evidentemente, esos criados no actúan por dinero. Porque por dinero no se arriesga uno a perder la vida. Actúan convencidos, seducidos: “Señor, ¿a quién iremos?, sólo tú tienes palabas de vida eterna” (Jn 6,67). Cuando se ha hecho la experiencia de determinados amores, uno ya no comprende como puede ser su vida sin ellos. La primera condición de la misión es el encuentro con el Señor. Encuentro que te ha seducido. Que es permanente. Por tanto, exige ser siempre renovado. La Buena Nueva, antes de ser buena y nueva para los demás, empieza por ser buena y nueva para el testigo. En el fondo, el misionero anuncia al Señor contando su propia historia de salvación y de encuentro. Si no puede contar su propio encuentro, entonces transmite una doctrina, no invita a un encuentro personal.

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