A través de esta vida de estudio y de la lectura crítica de la realidad, podemos ser signos de libertad frente a las ideologías de moda
Cap. Ávila 1986

Nihil Obstat

Blog de: Martín Gelabert Ballester, OP / Sobre el autor

Con la caridad tenemos un problema de lenguaje

domingo, 29 de mayo de 2016 | Hay 0 comentarios

La caridad es una manera de designar al amor cristiano. Hay que reconocer que en nuestras catequesis y predicaciones tenemos un problema de lenguaje con el término caridad. ¿Qué entienden los no cristianos y también bastantes cristianos cuando oyen la palabra caridad? En muchos casos se confunde la caridad con la limosna y se la desprecia porque se la considera una excusa para no practicar la justicia. Por eso es muy importante que en estos terrenos de la relación entre caridad y justicia nos expliquemos bien, no sea que buscando defender la caridad los oyentes entiendan “otra cosa”.

 

Ya el Vaticano II reconoció en Apostolicam Actuositatem, 8, la justeza de algunas de las críticas a ciertas concepciones de la caridad, y dejó escrito que era necesario “cumplir antes que nada las exigencias de la justicia, para no dar como ayuda de caridad lo que ya se debe por razón de justicia; suprimir las causas, y no sólo los efectos, de los males, y organizar los auxilios de tal forma que quienes los reciben se vayan liberando progresivamente de la dependencia externa y se vayan bastando por si mismos”.

 

Los problemas de comprensión del término caridad van todavía más allá. Quizás uno de los fundamentales está en que, cuando se habla de caridad, espontáneamente todos pensamos en el prójimo. Sin embargo, la referencia fundamental de la caridad es Dios: la caridad ama a Dios por sí mismo y al prójimo por Dios, dice la más elemental catequesis de la Iglesia. De nuevo aquí hay que aclarar que “amar por Dios” es el más exigente de los amores.

 

Amar “por” Dios es valorar lo mejor que tiene el prójimo como imagen e hijo de Dios. Y es una exigencia de universalidad: todos los seres humanos, en virtud de su origen y destino divino, deben ser amados. Esta motivación nos previene contra un amor que estaría basado únicamente en la amabilidad del otro. La caridad nos impulsa a amar a todos los seres humanos incluso si no aparecen como amables. El amor cristiano exige la imitación del amor universal de Dios. Prescribe todo odio y resentimiento, incluso los que parecerían humanamente fundamentados. Supera el egoísmo falsamente natural y alcanza incluso al enemigo.



La caridad supone y supera la justicia

miércoles, 25 de mayo de 2016 | Hay 2 comentarios

Los dos calificativos son absolutamente necesarios para entender la relación entre caridad y justicia: la primera supone y supera a la segunda. Supone quiere decir que sin justicia no puede vivirse la caridad. Por tanto, cuando decimos que la caridad supone la justicia no estamos prescindiendo de la justicia para saltar directamente (por decirlo con una imagen gráfica) a la caridad. Sin la base, sin la realización efectiva, sin la práctica real de la justicia no hay caridad que valga. La justicia, pues, forma parte de la predicación del Evangelio. Sin duda, la justicia es una virtud propia de todo ser humano. Pero los cristianos, en nombre de una supuesta originalidad del evangelio, no podemos dejarla de lado. Lo cristiano supone lo humano y construye sobre lo humano. Nunca prescinde de lo humano.

 

Que la justicia sea una virtud humana que el evangelio ratifica debería alegrarnos, porque ahí encontramos un elemento de comunión entre todos los hombres. Pero el que la justicia sea una virtud humana no debe conducirnos a olvidarla en nuestra predicación del evangelio. Porque por muy propia de lo humano que sea la justicia, lo cierto es que en demasiadas ocasiones lo que vivimos los humanos es la injusticia. Hay demasiada corrupción en la política y la economía, hay demasiado egoísmo en nuestras vidas a costa de lo que es propio del prójimo y en justicia se le debe, como para que los cristianos dejemos de predicar, anunciar y reclamar la justicia.

 

¿En qué supera la caridad a la justicia? La caridad va más allá de la justicia, porque el amor cristiano supera “lo debido” para entrar en el terreno de la gratuidad, de la misericordia y del perdón. La justicia puede obligar a un padre a dar el pan a sus hijos; ningún tribunal puede obligar a un marido a amar a su mujer, ni a un mujer a perdonar las ingratitudes de sus hijos o de su marido. La parábola del samaritano misericordioso, que va más allá de lo que se podía esperar “razonablemente” es un buen modelo del amor cristiano: una persona que pierde su tiempo y su dinero para favorecer a quien podía considerarse su enemigo y que probablemente nunca hubiera hecho por el samaritano lo que éste hacía por el judío.



Pedimos perdón y no ha cambiado nada

sábado, 21 de mayo de 2016 | Hay 2 comentarios

En este mes de mayo se han cumplido 50 años de la conocida como Revolución Cultural china. Las autoridades reclutaron a grupos de adolescentes, casi niños, que se arrogaron la defensa ciega de la ideología del presidente Mao Zedong. La defensa se tradujo en una oleada de terror, mediante la violencia y purgas sin fin, contra enemigos reales o imaginarios. Se calcula que pudo haber hasta tres millones de personas asesinadas. Aquellos guardias rojos son hoy personas mayores. Algunos, conscientes de las barbaridades que hicieron, han pedido perdón. Tales peticiones se han silenciado, no interesan al partido comunista chino, instigador de aquella barbarie y todavía hoy en el poder.

 

Wang Jiyu, uno de los que ha pedido perdón, ha lanzado la siguiente advertencia: “Estoy seguro de que la Revolución Cultural se repetirá si continúa este sistema político”. ¿Razón? Sea quién sea el líder, usará el sistema para consolidar su mandato y garantizar sus intereses. El antiguo guardia rojo, por otra parte, denuncia las críticas y presiones que han sufrido, por parte de las autoridades, aquellos que han pedido perdón. Y concluye con un penoso lamento: “aunque hayamos pedido perdón, no ha cambiado nada”.

 

También en España ha habido miembros de la banda terrorista ETA que han pedido perdón. Hay casos similares en otros países como Chile, Argentina, Sudafrica o Ruanda. Juan Pablo II pidió perdón por los pecados de la Iglesia o por sus errores, como la injusta condena de Galileo. En una entrevista reciente que me hicieron en “Catalunya Cristiana” me preguntaron si no sería conveniente que los dominicos pidiéramos perdón por nuestra responsabilidad en la inquisición. Ofrecí una respuesta matizada (también hubo dominicos víctimas de la inquisición). Entre otras cosas dije: “en este asunto de pedir perdón, me preocupa más el presente que el pasado. Me preocupa más que hoy no tengamos que pedir perdón, que pedir perdón por un pasado que ya no existe”. Me preocupan más los errores del presente que los del pasado. Sería deplorable que hoy repitamos lo que antaño criticamos de nuestros maestros y superiores.

 

Lo fácil es pedir perdón por el pasado. Lo difícil es vivir hoy de tal forma que mañana no haya que pedir perdón. Y, en todo caso, pedir perdón por el pasado supone un serio compromiso con el presente, un reparar en la medida de lo posible el daño causado. Si no hay reparación (insisto, en la medida de lo posible), no hay verdadera petición de perdón. Recordar el pasado está bien, pero una de las mejores lecciones de algunos pasados es aprender a no repetirlos nunca más. Cuando algún joven se desahoga conmigo porque considera que ha sufrido una injusticia, si considero que su queja está fundada, le doy este consejo: la injusticia cometida contigo es una lección para que, cuando tú tengas responsabilidades sobre otros, aprendas a no hacer lo que han hecho contigo.



Predicación y misericordia intercambiables

martes, 17 de mayo de 2016 | Hay 3 comentarios

Domingo de Guzmán fundó una Orden de Predicadores en orden a la salvación de las personas. La salvación viene del encuentro con Jesucristo. Para encontrarlo es necesario que alguien lo presente, lo dé a conocer. Esa es la función del predicador: dar a conocer el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Por otra parte, una de las características de la vida de Sto. Domingo fue su actitud misericordiosa, manifestada no sólo en su modo de tratar a las personas, sino en la ayuda espiritual y material que les prestó, como por ejemplo, cuando siendo joven, antes de pensar en fundar ninguna Orden, vendió sus libros en Palencia para que los pobres pudieran comer. Por este motivo se dice que la predicación de los compañeros de Domingo debe ser una predicación compasiva.

 

Importa entender bien la relación entre predicación y misericordia. No se trata solamente de que la misericordia debe ser un contenido de la predicación. Se trata de entender que la predicación misma es misericordia, la primera de las obras de misericordia: enseñar al que no sabe. Lo más importante, en realidad lo único que importa saber, el único conocimiento decisivo es el conocimiento de Dios y de su enviado Jesucristo. Por eso, la primera y fundamental enseñanza es la que da a conocer a Jesucristo.

 

El ministerio de Jesús no comienza con su actividad sanadora, sino con su actividad predicadora. En Jesús “la misericordia de Dios no se empieza expresando a través de unas obras externas de ayuda, sino a través de la palabra” (dice Xavier Pikaza). La primera obra de Jesús ha sido enseñar. El motivo (no necesariamente el contenido) de su enseñanza era la misericordia: “al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas” (Mc 6,34). Esta enseñanza de Jesús contrasta con la de los rabinos: la gente se quedaba asombrada al escuchar a Jesús, porque enseñaba con autoridad y no como los escribas (Mc 1,22). O sea, la enseñanza de Jesús estaba avalada por su vida. Sabía lo que decía y lo sabía desde su propia experiencia de Dios. Por eso su enseñanza resultaba convincente y transformadora (Mc 1,27). Era una palabra que devolvía la esperanza, levantaba de las opresiones, una palabra liberadora, cargada de sentido.

 

La misericordia no es simplemente dar un pan material, sino hablar, compartir la palabra, conocerse. La palabra crea comunión entre las personas, y entre las personas y Dios. De ahí la urgencia de hablar de Dios, compartir la palabra de Dios, dar a conocer a Jesucristo. Entonces la predicación es por sí misma misericordia y la misericordia se expresa en la predicación que anuncia y hace llegar “la Palabra en la que está la vida” (Jn 1,4). La relación entre predicación y misericordia no es externa; es intrínseca. Si se entiende bien se trata de palabras intercambiables. Cuando no son intercambiables es porque probablemente las dos están falseadas o desvirtuadas.



Diaconisas

viernes, 13 de mayo de 2016 | Hay 8 comentarios

Una periodista me ha llamado para preguntarme por la próxima celebración del domingo “pro orantibus”, que se celebra el 22 de mayo, día en el que recordamos la necesidad de la vida contemplativa en la Iglesia. No ha podido evitar preguntarme por la información según la cual el Papa ha dicho que creará una comisión para el estudio del diaconado femenino. Luego hemos terminado hablando del gran papel que hacen en la Iglesia las mujeres consagradas, pero también algunas laicas, hasta el punto de que, en muchos lugares de América y África, pero también de Europa, son mujeres (religiosas fundamentalmente) las que animan la vida parroquial, ocupándose de la catequesis, animando grupos de oración, atendiendo a los pobres, visitando a los enfermos y dándoles la comunión; y allí donde es necesario presiden las celebraciones de exequias, de bautismo y liturgias dominicales con comunión. Del papel de la mujer en la Iglesia se habla mucho porque es necesario hacerlo más visible. Pero no hay que olvidar que, en este caso, la realidad va por delante de la visibilidad.

 

Me parece bien que el Papa nombre una comisión, en la que probablemente habrá una buena representación de teólogas y religiosas, para clarificar el tema del posible diaconado femenino y sus competencias. En este asunto habrá que tener en cuenta algunos aspectos y matices. En primer lugar, cuando se habla de diaconisas en algún escrito de los primeros siglos e incluso en el Nuevo Testamento (cf. Rm 16,1-2), la expresión no tiene el mismo alcance que el que actualmente damos a la palabra diacono. Hay un aspecto que puede abrir caminos, que el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 1.554) reconoce, a saber, que los grados de participación en el sacerdocio de Cristo son el presbiterado y el episcopado. “Por eso, el término sacerdos designa, en el uso actual, a los obispos y a los presbíteros, pero no a los diáconos”. También habrá que tener en cuenta que el sacramento del Orden comprende tres grados: episcopado, presbiterado y diaconado. ¿Valdría decir que hay un grado del sacramento del Orden que no es sacerdotal y que a este grado no se le aplica la doctrina “definitiva” de que el sacerdocio está reservado a los varones?

 

Este y otros temas hay que afrontarlos con mucha paz. Cuando se habla de ministerios no se trata de privilegios ni de derechos, sino de servicios y de llamadas. Una pregunta que me ha hecho la periodista es si pensaba que abriendo la puerta al diaconado femenino iban a aumentar las vocaciones a la vida consagrada. Le ha sorprendido mi respuesta negativa. La vida consagrada no es un ministerio, es un carisma. Muchos de los que siguen ese carisma son laicos: hermanos de La Salle, hermanos de San Juan de Dios, etc., etc. Una cosa es el sacerdocio y otra la vida religiosa. Hay religiosos que son sacerdotes, pero la vocación a la vida religiosa y consagrada es distinta de la llamada al sacerdocio y de la llamada a ejercer el diaconado. Si uno entra en la vida religiosa con el sólo objetivo de ser diácono o sacerdote, se ha equivocado de lugar. Cosa distinta es que en ese lugar algunos sean sacerdotes o diáconos.



Arrollamiento

martes, 10 de mayo de 2016 | Hay 2 comentarios

El jueves, 5 de mayo, viajaba en el tren Euromed de Valencia a Barcelona. La llegada estaba prevista a las 21:39. De pronto, sobre las 21:30, cuando parecía que estábamos llegando, porque el tren iba reduciendo su velocidad, nos quedamos parados. Me pregunté si habíamos llegado con algo de adelanto. Pero no estábamos aún en destino. Alguna persona comentó que el tren se paraba, pero solo serían dos minutos, precisamente porque llevaba algo de adelanto y quería entrar en la estación justo a la hora indicada. Pasaron dos minutos y quince más y el tren seguía parado. Por megafonía se dijo lacónicamente: “señores viajeros, estamos en la estación de Gavá y vamos a estar unos minutos parados por motivos técnicos”.

 

Pasó media hora y la gente se preguntaba cuáles eran los motivos reales de la parada. Un pasajero, mirando su móvil, dijo que “La Vanguardia” informaba de que había habido un “arrollamiento”, y que el tren salía en un cuarto de hora. El tren tardó todavía en moverse. Llegó con casi hora y media de retraso. El arrollamiento, en realidad, por lo que dijo sin querer decir el interventor, consistía en que una persona se había arrojado a la vía y un tren anterior la había matado. Ignoro si “La Vanguardia” del viernes dio la noticia en su edición impresa. Probablemente no. Ninguna de las personas con las que comenté el asunto sabían nada. Una me dijo que en España cada día se suicidaba mucha gente, pero que había una política de silencio en torno a este tema. Los datos que yo he recabado hablan de casi 4.000 suicidios por año, de los que tres cuartas partes son varones y la otra cuarta parte mujeres.

 

¿Quién era esa persona que decidió quitarse la vida de esta forma? ¿Qué edad tenía? ¿Vivía solo, tenía familia, hijos o esposa? ¿Trabajaba? Sin duda había mucha tristeza en su vida. Probablemente la vida le había maltratado. Quizás porque él también había maltratado a la vida. En estos asuntos, como se suele decir, las culpas están repartidas. Suicidio: expresión extrema de lo desesperante que puede ser la vida, de lo dura que nos la hacemos los unos a los otros, de nuestra ceguera ante el sufrimiento ajeno. El suicida no pretende quitarse la vida; busca el modo de librarse de lo insoportable de la vida.

 

¿Qué parte de responsabilidad corresponde a la sociedad o a los poderes públicos o incluso a las Iglesias? Hay personas para las que la vida no tiene sentido, que no ven ningún futuro, que tampoco tienen ningún presente. Solo tienen un pasado lleno de lamentos. Nuestros políticos, en vez de dedicarse a prometer lo que no piensan cumplir, podrían preocuparse un poco de tantos pobres de cuerpo, alma y espíritu. ¿Hay algo para ellos en sus programas? Y los creyentes en Dios, ¿qué palabras de esperanza decimos y qué obras de amor realizamos? ¿Cómo convencer a las personas de que la vida vale por sí misma? Habrá que ayudarles no sólo a soportar lo insoportable, sino a que encuentren una vida digna que merezca el nombre de humana.



Los pastores no siempre tienen soluciones

sábado, 07 de mayo de 2016 | Hay 10 comentarios

Ha sorprendido que el Papa Francisco afirme que no todas las situaciones pueden resolverse aplicando normativas generales. La sorpresa aumenta si añadimos que hay situaciones que requieren de un discernimiento, a veces prolongado, siempre serio y honrado; que, además, en relación con ese discernimiento, es necesario confiar en la conciencia de cada uno. Y finalmente que puede haber momentos y casos en los que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella. Dicho de otro modo: la fe de la Iglesia es siempre la misma, pero la doctrina que la explica no es monolítica; el pluralismo teológico es tan antiguo como “los evangelios”, las cuatro primeras maneras de entender, aplicar e interpretar la vida y el mensaje de Jesús.

 

Los anteriores principios tienen aplicaciones que van más allá de las que se hacen en la Amoris Laetitia. El antecedente más inmediato lo encontramos en el Concilio Vaticano II. En el discurso inaugural, Juan XXIII propone a la Iglesia “usar la medicina de la misericordia”; por otra parte, hace una distinción de gran calado (que luego el Concilio hizo suya, en Gaudium et Spes, 62) entre sustancia de la fe y formulación de la fe: “una cosa es la sustancia del depósito de la fe y otra el modo de expresarla”. El Concilio dejo otra afirmación que enlaza con lo que el Francisco ha mantenido en Amoris Laetitia, a saber: de la Palabra de Dios, que la Iglesia custodia, emanan los principios de orden religioso y moral. Pero no siempre la Iglesia tiene a mano la respuesta adecuada a cada cuestión (Gaudium et Spes, 33). Por este motivo, en Gaudium et Spes, 43, se apela a la conciencia bien formada de los seglares, puesto que “los pastores no están siempre en condiciones de poder dar inmediatamente solución a todas las cuestiones, aún graves, que surjan”. “No es esta su misión”, añade el texto conciliar.

 

Se comprende así una importante advertencia que hace el Concilio Vaticano II: la misma concepción cristiana de la vida puede conducir a soluciones divergentes. La causa de la divergencia no puede estar en la misma concepción cristiana de la vida. Tiene que estar en la experiencia, circunstancias y situaciones en las que cada uno tiene que aplicar su concepción cristiana de la vida. Cuando se dicen estas cosas hay que suponer, primero, que estamos hablando para cristianos adultos y formados; segundo, que estamos hablando para cristianos que buscan honradamente ser fieles al evangelio. De ahí que el Concilio advierte que, en estos casos, “a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva a favor de su parecer la autoridad de la Iglesia” (Gaudium et Spes, 43). Y después haga una llamada al “diálogo sincero”, que siempre ayuda a profundizar en los problemas, a progresar en la comprensión, a relativizar algunas cosas y siempre a vivir con más seriedad la propia fe.



El señorío de Cristo resucitado

martes, 03 de mayo de 2016 | Hay 0 comentarios

Para el Nuevo Testamento no hay ninguna duda: Cristo resucitado es “el Señor”. Evidentemente no como los señores de este mundo, sino como el Señor de los señores, el Señor que es igual a Dios y, por tanto, el Señor absoluto al que todo le está sometido. San Pablo considera varias dimensiones a propósito del señorío de Cristo resucitado: es Señor de todos (Flp 2,11) y de todo (Col 1,15-20), es Señor de cada uno de nosotros (Rm 14,8-9) y es el único Señor (1 Cor 8,6). Estas dimensiones del señorío de Cristo tienen una serie de consecuencias importantísimas para la vida del cristiano.

 

Si Cristo es Señor de todos, entonces yo no puedo ser señor de nadie, no puedo pretender que nadie me esté sometido y se pliegue a mi voluntad; y mucho menos se pliegue a mi voluntad esclavizante; yo no soy señor de mi esposa, ni de mis hijos, porque el Señor de mi esposa y de mis hijos es Cristo resucitado. Como muy bien ha dicho el Papa en su reciente exhortación apostólica, el amor de la pareja alcanza su mayor liberación “cuando cada uno descubre que el otro no es suyo, sino que tiene un dueño mucho más importante, su único Señor”.

 

Si Cristo es señor de todo, entonces yo no puedo usar de las cosas de la naturaleza según mi capricho y mi voluntad despótica; debo tratar con respeto a la naturaleza, a las plantas, a los animales, debo cuidar del medio ambiente, del agua, del aire, porque yo no soy su señor; su Señor es Cristo resucitado.

 

Si Jesús resucitado es el Señor de cada uno de nosotros, o sea, es mi Señor, entonces yo no soy el dueño absoluto de mi mismo, ni de mis bienes, ni de mi sexualidad, de mi cuerpo, de mi vida. Yo no puedo hacer con mi cuerpo, con mi sexualidad o con mi vida “lo que me dé la gana”; debo tratarles con respeto, cuidado y delicadeza; debo honrar mi propio cuerpo. Mi vida no me pertenece: vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo y, por tanto, no os pertenecéis (1 Cor 6,19).

 

Si Jesús resucitado es el único Señor, entonces Jesucristo no comparte su señorío con nada ni con nadie, porque es el “único” Señor. Mi vida solo le pertenece a él, no a los poderes de este mundo, sean políticos, económicos o eclesiásticos. El único señorío de Cristo es liberador, no somos esclavos de nadie. Jesucristo resucitado nos hace libres frente a todo lo que no es Dios, frente a toda autoridad civil, militar, judicial o incluso eclesiástica. El único señorío de Cristo está en contra de toda absolutización de los poderes y de las cosas de este mundo, en contra de todo servilismo. Eso sí, la libertad cristiana es una libertad para el servicio de los hermanos; somos libres para el amor.



Valoración positiva de la sexualidad conyugal

sábado, 30 de abril de 2016 | Hay 2 comentarios

Estuvo recurrente y acertado el cardenal Schönborg cuando dijo que hasta ahora la Iglesia había puesto más su mirada en los dormitorios de los cónyuges que en el comedor de las familias. La exhortación de Francisco dedica largos párrafos al amor familiar, pero no se olvida de la sexualidad conyugal. Lo interesante es que la sexualidad es tratada muy positivamente, como un regalo de Dios. Hace ya tiempo que Santo Tomás de Aquino escribió que el acto conyugal, o sea, la manera cristiana de vivir la sexualidad, es un acto de la virtud de la religión. El acto conyugal, según el santo doctor, pudiera ser una manera de ¡rendir culto a Dios! Francisco, citando a Juan Pablo II, lo dice así: “la vida conyugal viene a ser, en algún sentido, liturgia”.

 

Dice el Papa que la unión sexual, santificada por el sacramento, es ni más ni menos, que “camino de crecimiento en la vida de la gracia para los esposos”. Por lo tanto, la educación y maduración de la sexualidad conyugal "no es la negación o destrucción del deseo sino su dilatación y su perfeccionamiento". Dado que el sacramento del matrimonio es signo de la unión de Cristo con su Iglesia, y el amor conyugal abarca las expresiones del cuerpo y del espíritu, el Papa llega a decir: “un amor sin placer ni pasión no es suficiente para simbolizar la unión del corazón humano con Dios”. Y como los sacramentos cobran su sentido a la luz de la Pascua, es posible afirmar que en los momentos de gozo, de descanso, de fiesta, y también en la sexualidad, los cónyuges experimentan una especie de participación en la vida plena de la Resurrección de Cristo.

 

Sexualidad es mucho más que genitalidad. Comprende una serie de expresiones de afecto, cariño, encuentro, comunicación, admiración y duración que tienen su pleno sentido en el contexto del amor. La sexualidad es tanto más humana, placentera y humanizadora cuando se vive como expresión de amor. Por eso, el acto conyugal siempre debe ser libre, de lo contrario no es un verdadero acto de amor. Como entre el marido y la mujer (dice Tomás de Aquino) la amistad se da en grado sumo, en este amor la sexualidad encuentra su más limpia manifestación, exenta de cualquier ambigüedad.



Los hijos reflejan la primacía del amor de Dios

miércoles, 27 de abril de 2016 | Hay 1 comentarios

La Amoris Laetitia dedica mucha atención a la fecundidad del matrimonio. Los hijos son el resultado más precioso del amor matrimonial. No son algo añadido “desde fuera” al amor de los esposos, sino que brotan del corazón mismo de su amor recíproco. El amor rechaza todo impulso de encerrarse en sí mismo; el amor auténtico siempre es fecundo, porque es creador. El Papa supera la comprensión de los hijos como un fin del matrimonio. Los hijos no son un fin, un objetivo, un resultado, son inherentes al amor.

 

Cada nueva vida nos permite descubrir la dimensión más gratuita del amor, a saber, la belleza de ser amados antes: los hijos son amados antes de que lleguen. Esto refleja el primado del amor de Dios que siempre toma la iniciativa, que nos ama primero antes de haber hecho algo para merecerlo. Los padres son los mediadores del amor de Dios, hasta el punto de que “a ellos Dios les ha concedido elegir el nombre con el que él llamará a cada uno de sus hijos por toda la eternidad”. La madre, por su parte, “acompaña a Dios para que se produzca el milagro de una nueva vida” y se hace así partícipe del misterio de la creación. Padre y madre muestran a sus hijos el rostro paterno y materno de Dios.

 

“Cada niño, dice el Papa, está en el corazón de Dios desde siempre, y en el momento en que es concebido se cumple el sueño eterno del Creador”. La mediación amorosa del amor de Dios, por parte de los padres, se cumple igualmente en el caso de la adopción: “los que asumen el desafío de adoptar y acogen a una persona de manera incondicional y gratuita, se convierten en mediaciones de ese amor de Dios que dice: ‘aunque tu madre te olvidase, yo jamás te olvidaría’ (Is 49,15)”. “La adopción y la acogida muestran un aspecto importante del ser padres y del ser hijos, en cuanto ayudan a reconocer que los hijos, tanto naturales como adoptados o acogidos, son otros sujetos en sí mismos y que hace falta recibirlos, amarlos, hacerse cargo de ellos y no sólo traerlos al mundo”. Este amor y este respeto al otro “sujeto de sí mismo” se manifiesta tanto más en el caso de los niños acogidos con alguna minusvalía.

 

A las precedentes consideraciones teológicas, Francisco añade otras referidas a la educación de los hijos. En primer lugar un aspecto social y jurídico: los padres tiene el derecho y el deber de educarlos, el Estado y la escuela son subsidiarios y, en todo caso, acompañan la función indelegable de los padres. Luego un aspecto práctico, que requiere una buena dosis de psicología: hay que confiar en los hijos, educarlos para la libertad. Cuando uno sabe que los demás confían en él se muestra tal cual es, sin ocultamientos.

 

Es importante lo que se dice de los hermanos: con ellos se aprende la convivencia, y así “la familia introduce la fraternidad en el mundo”. Más aún: en la familia madura la primera experiencia eclesial de la comunión entre personas, en la que se refleja el misterio de la Santa Trinidad.



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