El mundo reclama hoy hombres valientes que se entreguen totalmente y osen hablar de Dios
Fr. Vincent de Couesnongle
Blog de: Martín Gelabert Ballester, OP

Las tonterías piadosas son más tontas

miércoles, 01 de julio de 2009 | Hay 5 comentarios

Entre las muchas tonterías que se escriben, dicen y hacen, las piadosas son más tontas.

Leí hace tiempo: “María creyó en el Dios de lo imposible. ¿Es que Dios puede ser distinto al Dios de lo imposible”. Como frase no está mal. Pero no hay que confundir el “no hay nada imposible para Dios” con “el Dios de lo imposible”. ¿Qué clase de Dios es ese? ¿Uno que resuelve la cuadratura del circulo? Ese Dios no existe. Ya decía Tomás de Aquino que no se trata de que Dios no pueda, sino de que hay cosas que no pueden ser hechas. ¿O cuando hablamos del Dios de lo imposible pensamos en un Dios que resucita muertos? Entonces no nos expresamos bien, porque la resurrección de los muertos es algo posible.

Dicen algunos: “Celebrar de cara a Dios, o sea, de espaldas”. El gusto estético y litúrgico es libre. Pero si se busca una justificación teológica del gusto hay que ser un poco más serios. Porque ¿dónde se supone que está Dios? ¿No decían los antiguos catecismos que está en todas partes? Está delante, detrás, a la derecha y a la izquierda; en el fondo del abismo y en lo alto del cielo. Y sobre todo está en los hermanos. Mirar a los hermanos a la cara es encontrar el rostro de Dios.

Me cuentan de una persona a la que no le parece suficiente afirmar que en la eucaristía hay una presencia sacramental de Jesús, porque la presencia sacramental le parece menor que la real. Y como en la eucaristía hay presencia real, le parece que uno está más cerca de Jesús cuando más se aproxima físicamente al sagrario. También el prójimo es una presencia sacramental de Cristo, pero apostaría que para esa persona se trata de una presencia no real.

Llegan a mi correo las declaraciones de un sacerdote exorcista que afirma que el aborto atenta contra un dogma fundamental de la fe, el de la Inmaculada Concepción. Dado que Satanás no pudo impedir el nacimiento del hijo de la Virgen Madre, se dedica “a perseguir a sus vivas imágenes, que son todas las mujeres encintas, con el fin de devorar al niño por nacer”, para impedir así que “sean súbditos del Reino de Dios”. A eso se le llama confundir la gimnasia con la magnesia, aunque aquí sería mejor usar otra forma más irreverente para indicar que es mejor evitar ciertas mezclas.



Caridad lingüística y un poco de sal

lunes, 29 de junio de 2009 | Hay 10 comentarios

Bernardo es un buen amigo que tiene su propio blog y que, en ocasiones, enriquece el mío con sus comentarios. Su última aportación sobre la caridad lingüística o comunicacional me ha parecido espléndida y me ha recordado un coloquio de un grupo de frailes dominicos con un doctor en medicina, buen representante de lo que algunos consideran “lo católico”, del que esperábamos consideraciones científicas y escuchamos consideraciones morales. Por ejemplo sobre la vacuna contra el papiloma humano. El médico se manifestó contra esta vacuna porque fomentaba la promiscuidad. Se encontró con la siguiente respuesta: eso sería como decir que los católicos debemos estar en contra de toda vacuna que cure el Sida porque así fomentamos la homosexualidad. Sobre la vacuna contra el papiloma humano he tenido ocasión de escuchar unas declaraciones de una monja benedictina, doctora en medicina, Teresa Forcades, que tampoco la recomienda, pero sus explicaciones me han resultado más convincentes, primero por la forma elegante y pacífica de exponerlas, y después por dar razones de tipo científico. Cuando sabemos ir a lo esencial de los asuntos, lo demás viene por añadidura. Y cuando sabemos encontrar la caridad comunicacional tenemos muchas más posibilidades de ser comprendidos y acogidos.

San Pablo no hablaba de caridad lingüística, pero sí aconsejaba que para “responder a cada cual como conviene”, nuestra “conversación sea siempre amena y sazonada con sal” (Col 4,6). Es importante sabernos explicar, dar buenas razones. Pero esas buenas razones son mejor aceptadas por el interlocutor cuando sabemos acoger la parte de verdad que hay en el otro y ofrecemos nuestra verdad con elocuencia, persuasión y hasta un poco de gracia y buen humor. Muchas veces los modos desmienten los contenidos. Por muy buena que sea la doctrina, una mala presentación puede hacerla aborrecible. Ocurre como con el crédito. Uno no solo lo tiene, sino que también se lo dan. Y el crédito importante es el que te dan porque te lo has sabido ganar. Los clásicos hablaban de captatio benevolentiae, de conseguir el interés y la buena disposición del auditorio.



Hacerse entender, intentar entender

sábado, 27 de junio de 2009 | Hay 7 comentarios

Si no nos hacemos entender, no habrá modo de que el Evangelio pueda llegar. Pero si no intentamos entender al otro, no habrá modo de que el otro pueda entendernos. Porque cada uno entiende desde la posición en la que se encuentra. De ahí la necesidad de conocer al otro, sus modos de pensar, sus motivos, su universo cultural, si queremos hacernos entender por él.

Esto, que a niveles de principio, parece tan claro, no lo es tanto cuando se desciende al terreno de lo moral. En este terreno hay asuntos bastante claros para toda persona razonable y no digamos cristiana: el aborto es un crimen. Pero hay otros que no lo son tanto: determinadas manipulaciones genéticas, modos de entender la familia, la educación, los inicios y el fin de la vida, no siempre son compartidos por otras personas amantes de la vida, de la familia y de la buena educación. Ocurre que en estos y otros temas es grande la tendencia a hacer afirmaciones tajantes. Cuando uno está convencido de algo, todo le parece claro, y cualquier posición contraria le parece condenable. Así imposibilitamos el diálogo y, lo que es peor, damos la sensación de estar permanentemente condenando al otro.

Antes de descalificar hay que intentar comprender. Para ello hay que escuchar, guardar silencio, dejar que el otro se explique. Y cuando ofrecemos nuestra posición hay que hacerlo desde la serenidad, sin beligerancia, con respeto a la posición ajena. Así nos hacemos más creíbles. Personalmente estoy convencido de que argumentar desde la teleología (= meta, finalidad a la que tiende una realidad) es lo más respetuoso con la dignidad humana. Pero incluso los que aceptan este tipo de argumentación no siempre sacan las mismas conclusiones, ya que su análisis de los datos, bien razonado y argumentado, no siempre coincide.



Libertad para el amor

jueves, 25 de junio de 2009 | Hay 2 comentarios

El pecado, la ruptura con Dios, es un posible resultado de la libertad humana. Esto hace que algunos cristianos se pregunten si no sería bueno que Dios nos hubiera dado “menos” libertad. Más aún, algunas personas piadosas llegan incluso a preguntarse si es legítima la oración para que Dios nos tenga bien “atados” e impedir así que podamos pecar. Estos planteamientos olvidan que el ser humano no es un robot, que siempre hace aquello que su creador desea. Si Dios nos ha creado libres es porque desea que seamos sus interlocutores, para poder así establecer con cada uno de nosotros una relación de amor. La libertad es la condición ineludible, el precio que hay que pagar, para que pueda haber amor. Este precio tiene un riesgo: la posibilidad de cerrarse al amor. No querer pagar este precio es cerrar todas las puertas al amor. El don más grande que el hombre ha recibido, su libertad, es lo que hace posible su perdición. La grandeza y la debilidad del hombre son idénticas. Ni siquiera Dios puede suprimir una sin suprimir la otra.

Tomar en serio la autonomía de lo creado supone afirmar: los seres de los más altos niveles de organización tienen un mayor grado de autodeterminación, lo cual culmina en la libertad humana; y tienen una mayor capacidad de resistirse a los propósitos iniciales de Dios respecto a ellos. A este respecto San Pablo, tras proclamar su convicción creyente de que hemos sido llamados a la libertad, advertía que esa libertad puede usarse para servir a la carne, aunque en realidad el propósito inicial divino ha sido crearla para el amor.

La capacidad de resistencia a la voluntad de Dios es el reverso necesario de la posibilidad del amor auténtico. Hay un poema vasco sobre un pájaro que siempre recuerdo cuando me plantean este tipo de problemas: “Si le hubiera cortado las alas, habría sido mío, / pero habría dejado de ser pájaro / y yo, lo que amaba, era el pájaro”.



El cristianismo no es una moral

martes, 23 de junio de 2009 | Hay 8 comentarios

Tengo la sensación de que en estos tiempos no está nada claro lo que es “ser cristiano”. Parece que todo se reduce a temas de moral sexual. Para colmo algunos hacen de este tema una batalla contra los poderes públicos, no otorgándoles legitimidad cuando se separan un ápice de lo que ellos consideran no solo moral cristiana, sino sencillamente moral obligatoria para todos. Me pregunto: por parte católica, este discurso sobre moral sexual ¿a quien va dirigido? ¿A los católicos? Si los católicos necesitan este discurso, estamos ante una grave situación. ¿Tanto abortan las mujeres católicas, tantos preservativos usan los varones católicos? Y, en caso de ser así, que lo dudo, me temo que el asunto no se soluciona con tanta proclama. ¿O pretende ir dirigido a los no creyentes? Entonces es dudoso que nos escuchen y  probable que provoquemos el mal entendido de reducir lo cristiano a lo moral.

No hace falta estar continuamente repitiendo, para ser considerado buen católico, que el aborto es un acto criminal. Convendría, por otra parte, no obviar que en estos asuntos hay grados y matices, porque cuando se trata de este tipo de cuestiones todo entra en el mismo paquete y todo parece super-malo en el mismo grado: relaciones de pareja entre adultos, abuso de menores, homosexualidad promiscua y no promiscua, preservativos, embriones, píldoras postcoitales, aborto. Y cada caso es distinto y merece un tratamiento distinto. Y además, las situaciones personales también son diferentes y deben ser analizadas atendiendo a sus variadas circunstancias.

Hay que dejar claro que el cristianismo no es una moral. Es seguir a Cristo y acoger la buena noticia de que Dios ama y perdona a los pecadores. A partir de ahí, nace una exigencia de conversión. Pero es muy importante mantener el orden. La conversión viene después. Sin conocimiento y previo encuentro con Cristo, no hay posibilidad de conversión. Me parece que hablamos poco de Cristo, bastante de estructuras de la Iglesia y demasiado de moral. Y que interesa más la política que la evangelización, el poder que el servicio, el criticar a los demás que el comprenderles, el número que la calidad, el cumplir que el vivir, el parecer que el ser, el mandamiento que el amor, la ley que la gracia.



Santo que dignifica la religión

sábado, 20 de junio de 2009 | Hay 6 comentarios

De santo han calificado algunos medios a Vicente Ferrer. Sí, de un santo que dignifica la religión, frente a tantos que la maltratan o se aprovechan de ella. Sobre todo si entendemos por santo no solo a aquellos a los que la Iglesia rinde honores canónicos, sino a todo el que vive conforme al Evangelio de Jesús. Si “por sus obras les conoceréis”, si la voz del pueblo, sobre todo de los pobres del pueblo, es la voz de Dios, no cabe duda de que el barcelonés Vicente Ferrer es un santo, un hombre de Dios. Y como hombre de Dios ha sido hombre para los demás. “La pobreza no hay que entenderla, sino remediarla”, era uno de sus lemas. En su tarea a favor de los “intocables” (como los leprosos en tiempos de Jesús, en la India los más pobres de los pobres) Ferrer apostó no por el auxilio en situaciones de emergencia, sino por la permanencia, la continuidad y la discreción, fomentando instituciones que favorecen la promoción social.

De la India conocemos algunos santos famosos: Teresa de Calcuta, sin duda. Y Mahatma Gandhi. ¿O alguien duda de que está en el cielo y su intercesión puede ser poderosa? Desde ahora también Vicente Ferrer. Con motivo de su muerte, los políticos españoles (Rajoy, Zapatero, Montilla, los Príncipes de Asturias, los Reyes de España) han elogiado la labor de este compatriota. También era un hijo de la Iglesia española. No tengo constancia de ningún pronunciamiento de los obispos españoles. Ni sé si en sus funerales, que se celebrarán el lunes, habrá representación eclesiástica española o de la Compañía de Jesús, a la que perteneció. Tendría su lógica que la hubiera. Se trata de un santo.



El cristiano no tiene la exclusiva de casi nada

jueves, 18 de junio de 2009 | Hay 7 comentarios

He detectado, por lo que me han dicho y por lo que se trasluce de los comentarios del último post, que he podido dar lugar al malentendido de que los cristianos son más felices o tienen mejor calidad de vida que los no cristianos. De ningún modo pienso yo eso. El cristiano, en los asuntos mundanos, no tiene ninguna ventaja sobre los demás, ni la exclusiva de nada. Por decirlo con un ejemplo extremo, según Tomás de Aquino hasta del demonio puede afirmarse que posee parte de verdad.

Aclaro mi posición: el cristiano no tiene la exclusiva de casi nada, ni de la salvación, ni del bien, ni de la verdad, ni de la felicidad, ni de la fe en Dios, ni del correcto matrimonio; y mucho menos del mejor modo de conducir la economía, la política y no digamos la ciencia. A propósito de tan importantes realidades puede aprender mucho de los demás. Precisamente por eso, el cristiano no puede hacer proselitismo. Y al presentar sus convicciones debe hacerlo desde la humildad y el respeto a las convicciones ajenas. El mejor modo de dar testimonio de la fe cristiana es por la coherencia de la vida y del diálogo, en el que uno aporta, pero también recibe; y lo que aporta lo hace desde el respeto y la valoración de lo bueno que hay en el otro, convencido de que en lo bueno siempre está actuando Dios.

Por otra parte, el cristiano está convencido de que en Jesucristo ha encontrado “lo mejor”. Si no lo estuviera sería un incoherente. Tendría que pasarse, sin dudarlo un instante, al lugar de lo mejor. Lo que no es obstáculo para comprender que los no cristianos también entienden que para ellos “lo mejor” está en otra parte. Después de todos los argumentos, al cristiano solo le cabe decir: “yo lo veo así, en el Evangelio de Jesús he encontrado sentido para mi vida, en el seguimiento de Cristo me siento contento y realizado”. E invitar a quien lo desee, a hacer la experiencia del encuentro con Cristo. Pero comprendiendo que otros digan algo parecido desde otras posiciones. Más aún, que para algunos la experiencia eclesial ha resultado frustrante. Y a propósito del ateísmo tener claro que ya no se trata de una batalla “contra Dios”, sino de una propuesta de humanismo íntegro “sin Dios”.



No es lo mismo ser cristiano que no serlo

martes, 16 de junio de 2009 | Hay 7 comentarios

Un comentario de Ugarte al post titulado “todos estamos en la lista de Dios” me provoca a aclarar que, si bien todos somos hijos e hijas de Dios; más aún, que Dios quiere de verdad que todos y todas se salven; todavía más, que Dios ama a todas y todos por igual, con todo su inmenso amor; digo bien a todas por igual, incluida la Virgen María, que es la provocación adecuada para que se entienda que ama a todos por igual; aún más, que Dios se hace presente por medio de su Espíritu en todo ser humano y que al final de la vida el examen para todos será sobre el amor. Dicho lo anterior surge la pregunta: entonces, ¿da lo mismo ser cristiano que no serlo, conocer al Dios de Jesucristo que no conocerlo, ser miembro de la Iglesia que no serlo? Respuesta clara y sin ambigüedad: no da lo mismo. Porque no vive con la misma alegría ni de la misma manera el niño que sabe que su padre le ama que el que no lo sabe, aunque su padre le ame quizás igual o más. Y el que Dios ame a todos por igual no significa que todos respondan a su amor del mismo modo; y en la intensidad de la respuesta hay también mayor alegría.

Cuando sabemos que en el pobre nos encontramos con Dios, esta toma de conciencia no añade, por así decirlo, “más encuentro”. Pero sí añade calidad de vida.  Saber que somos hijos de Dios, sabernos amados, es una gracia nueva con relación a la gracia de encontrarle sin conocerle. En la toma de conciencia hay un aumento de gracia. Por tanto, la ganancia del “ser cristiano” no hay que plantearla en términos de salvación, o de ser más o menos amado, sino en términos de calidad de vida. Al final de la historia, muchos se encontrarán o nos encontraremos con una gran sorpresa: “tuve hambre y me distéis de comer”. Pero en todo caso, la recompensa será la misma para los sorprendidos (los que no sabían a quien daban de comer), como para los que de algún modo sí lo sabían. Mientras tanto no es lo mismo saber que Dios nos ama y a quien damos de comer, que no saberlo. Saberlo hace que la vida presente cobre una nueva dimensión, una dimensión salvífica.



Esforzarse por ser imagen de Dios

domingo, 14 de junio de 2009 | Hay 6 comentarios

El pasado domingo escribí sobre las cartas de Wanda Poltawska a Juan Pablo II. Me gustaría volver sobre esta sorprendente mujer. En la Polonia ocupada por los nazis, Wanda, con 18 años, colaboró con la resistencia. Arrestada y torturada por la Gestapo, fue enviada a un campo de concentración. Recordando las barbaridades que los carceleros hacían con las prisioneras, Wanda hace esta reflexión: “En aquel campo de concentración comprendí que el hombre no es automáticamente imagen de Dios, sino que debe esforzarse por serlo”.

La reflexión tiene una buena base teológica. Ya los Padres de la Iglesia hacían una distinción entre imagen y semejanza que recoge el Catecismo de la Iglesia Católica. La imagen es un concepto estático, mientras la semejanza es una realidad dinámica. La imagen es la base que Dios da a todo ser humano para construir sobre ella la semejanza. La imagen es una posibilidad que hay que actualizar para así llegar a ser divinos. En este sentido la imagen –la posibilidad- no se pierde nunca, mientras la semejanza se pierde por el pecado, y se recupera por la gracia.

Dicho de otro modo: Dios nos ha hecho de tal forma que podemos orientar nuestra vida hacia lo peor y hacia lo mejor, hacia lo diabólico o lo divino. Al crearnos a su imagen, Dios nos ha dado un inmenso regalo. Pero se trata de un don sobre el que hay que trabajar cada día para no perderlo. La vida como imagen de Dios es un regalo que no hace regalos. Más aún, es un regalo que puede alzarse contra el dador del regalo. Es lo que ocurrió en los campos de concentración nazis. Y sigue ocurriendo cada vez que despreciamos o pisoteamos al hermano. Lo diabólico, lo anti-divino, lo que nos separa de Dios, paradójicamente es posible porque Dios nos ha hecho a su imagen. Una imagen que puede actualizarse contra Dios, vivirse en el enfrentamiento. Entonces se produce una contradicción horrorosa, un desgarramiento espantoso; lo divino que hay en el hombre se degrada hasta tal punto que se hace irreconocible. Pues cuando se corrompe lo bueno aparece lo pésimo. Tiene razón Wanda Poltawska: hay que esforzarse cada día por ser imagen de Dios.



Todos estamos en la lista de Dios

miércoles, 10 de junio de 2009 | Hay 7 comentarios

Un o una comentarista de este blog ha escrito: A veces nos creemos tanto lo de hijos favoritos que pensamos que somos hijos únicos. Su gracia llega a bautizados y no bautizados. Todos estamos en "la lista de Dios", sin acepciones. Para Dios todos somos "sin papeles".

El comentario se presta a muchas reflexiones: Dios no hace acepción de personas, a todos ama por igual. Y cuanto más conscientes somos de este amor, mejor tratamos a nuestros hermanos, sobre todo a los más desamparados, entre los que se incluyen los que no tienen esos tristes papeles que, a los que sí los tienen, les convierten en ciudadanos de segunda, pero al menos legales.

 A propósito de este mal pensamiento de creernos únicos que, a veces, invade a los creyentes de todas las religiones, recuerdo el chiste de este visitante del cielo que, tras recorrer un montón de salas llenas de gente, terminó visitando una muy alejada de las demás, en la que estaban sus hermanos de congregación. Al preguntar al guía por el motivo del alejamiento, se encontró con esta respuesta: “es que esos se creen los únicos habitantes del cielo y les hemos puesto lejos de los demás para no desilusionarles”.

Teológicamente hablando la “elección” (de Israel o de la Iglesia) no es ningún privilegio. En todo caso comporta mayores responsabilidades, porque cuando uno es consciente del favor divino tiene mayores motivos para estar agradecido y su infidelidad resulta más difícil de entender. Lo que pudiera parecer un privilegio es la estrategia del amor: cultivar a uno para, a través de él, llegar más fácilmente a todos. Pues, según la Biblia, el mismo Dios que sacó a Israel de Egipto es el que saca a los filisteos de Caftor y a los arameos de Quir (Am 9,7). Israel no tiene que jactarse de su elección, ya que Dios ejerce igualmente su solicitud sobre los demás pueblos. Egipto junto con Asiria e Israel serán objeto de la misma bendición (Is 19,21-25). Yahvé cuenta entre sus fieles a Egipto y Babilonia, a filisteos, tirios y etíopes (Sal 87). Vamos, que todos los pueblos son pueblos de Dios. Mejor aún: no hay más que un solo pueblo de Dios. Por eso todos somos conciudadanos.