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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

20
Feb
2019
Identidades perversas
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identidadesperversas

La identidad se convierte en perversa y peligrosa cuando me defino por lo que no soy: “soy dominico, corista nunca”; o “soy británico, pero no europeo”. Este tipo de expresiones reflejan el rechazo que hay detrás de aquello que digo no ser. Como no me gustan los religiosos “coristas” (nombre ficticio) o no me gustan las instituciones europeas, porque me han imbuido la falsa idea de que Europa oprime, restringe las libertades y quiere controlar nuestro dinero, entonces expreso mi rechazo a esta (falsa) idea, diciendo lo que no soy. Pero al afirmar lo que soy en función de lo que no soy, lo que de verdad demuestro es mi rechazo al otro, mi nula disposición para entenderme con el otro, mi odio al diferente. Pero el diferente, lejos de ser alguien que me niega, es alguien que me enriquece. No es el que me quita, sino el que me complementa.

Esto que “no soy” puede ser, en ocasiones, tolerable, pero también alcanzar límites intolerables. Si lo que entra en juego en mi definición de lo que soy o no soy, es la raza o la religión y, en ocasiones, también la nación, el “no ser” puede desembocar en el conflicto. “Soy de raza blanca, y no de raza negra”. Para empezar, no existen razas puras. Todos somos mestizos, y todos tenemos algo que es de muchos otros, incluso de aquellos que menos imaginamos. O también: “soy cristiano, pero no musulmán”. El cristiano y el musulmán, aunque a veces no lo reconozcan ni el uno ni el otro, sobre todo los fanáticos de uno y otro bando, tienen una base religiosa común: la fe en un solo Dios, y si es único tiene que ser el mismo. Definirme por el no ser de raza negra o el no ser musulmán es una manifestación de odio, de rechazo, de intolerancia, que ha llevado en ocasiones al conflicto, a la destrucción y a la muerte.

A veces miramos al otro como a un competidor, como alguien que ocupa un espacio que yo quisiera ocupar. Es una mala mirada. Pero hay una mirada peor: no la de mirar al otro como alguien que me gustaría reformar, incluso como alguien inferior, sino la de mirarle como si no fuera humano, como si delante de mi no hubiera “otro yo”. Entonces lo único que veo es algo que puedo suprimir, que es mejor suprimir, aunque quizás antes sea bueno examinar si tiene algún elemento que pueda sustraerle para mi propia utilidad. Cuando no respeto al otro en su identidad de persona, tampoco me respeto a mi. El otro se convierte en un objeto y yo en un depredador.

El libro del Génesis, al afirmar que Dios creo a todo ser humano a su imagen, rompe con esta idea de que sólo los poderosos (los reyes o los nobles) son un buen reflejo de la divinidad. Los que no están en el estamento superior, o en la buena religión, o sea, los esclavos, los indios, los infieles, los que no son de mi etnia, etc., etc., esos no son hombres. Han sido estos perversos esquemas los que han impedido que podamos entendernos. Tengo la impresión de que, bajo formas más o menos mitigadas, siguen estando vigentes. Gracias a Dios ¡no en la mayoría de los habitantes de este planeta!

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16
Feb
2019
Identidad, ¿riqueza o amenaza?
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identidad02

Si por identidad se entiende lo que somos, entonces hay que decir que cada uno de nosotros es un misterio que nunca acabamos de conocer. La pregunta por la propia identidad, la pregunta: ¿quién soy yo?, es una pregunta que nunca encuentra una respuesta terminada y definitiva. Porque en realidad yo soy más de lo que digo ser y, sobre todo, soy más y otra cosa de lo que otros dicen de mi. Sin duda, lo que digo yo sobre mi y lo que otros dicen, expresa algunas realidades que me conciernen, pero nunca agota lo que soy y lo que puedo ser.

Normalmente se entiende por identidad aquello que nos caracteriza, nos identifica, nos hace distintos a los demás. Entonces hay que decir que nuestra identidad es múltiple, está compuesta por distintos factores, por distintas relaciones y por distintos quehaceres: yo soy español, y también soy dominico, soy profesor, soy cristiano y un montón de cosas más. Soy muchas cosas. Y, según quién me pregunta o dónde me preguntan, respondo con una u otra de esas realidades que me caracterizan y me sitúan dentro de un determinado grupo humano, social o profesional. No hay contradicción entre estas realidades que me caracterizan y, en cierto modo, expresan quién soy.

Quizás, en algún momento, pueda darse un conflicto o, mejor una tensión entre alguna de estas realidades que me afectan personalmente. Pudiera darse el caso de que el ser dominico, en algún momento, me obstaculizara el ser profesor o el ser alcalde de mi pueblo y frustrara mi vocación política. Pero normalmente estas tensiones suelen ser puntuales. Y, en caso de ser decisivas, me obligan a optar por lo que me identifica más o resulta más propio y más adecuado a mi persona. Si de verdad fuera incompatible el ser religioso y el pertenecer al partido político de mis simpatías, al elegir uno de los dos aspectos manifestaría lo que quiero ser.

La buena identidad es siempre abierta, flexible, acogedora. Por eso tiene capacidad de integración y de enriquecimiento. Soy lo que soy, he nacido donde he nacido, tengo los rasgos que tengo, practico una determinada religión. Cierto, otros han nacido en otro lugar, tienen unos rasgos ligeramente diferentes a los míos y probablemente dicen de su Dios lo mismo que digo yo del mío, aunque sin duda de otra manera. Y, sin embargo, ¡somos tan parecidos!, en el fondo, somos iguales. Reconozco mi identidad y la dignifico cuando reconozco la identidad del otro y la respeto. En el otro me reconozco a mi mismo, aprendo lo que soy, precisamente en lo que me diferencia, pero también en lo que me iguala. (Continuará).

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12
Feb
2019
¿Quién da la mano a los muertos?
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arcoiris

A menudo en la vida parece no haber esperanza. Cuando no eres aceptado, cuando te desprecian por lo que eres o lo que haces, cuando sientes que no te valoran. Un amigo me escribía un correo con título incluido: “en medio del desorden”. En realidad quería decir: desde el caos de mi vida. Pues bien, en medio del desorden, en pleno caos allí está Dios. Si además tienes la suerte de que un amigo se dé cuenta de tu caos y te dé la mano (porque eso es suficiente precisamente cuando hay caos), entonces puedes experimentar que el amor es más fuerte que la muerte. La resurrección de Cristo muestra que la vida triunfa siempre sobre la muerte, el amor sobre el odio, la esperanza sobre la desesperación. Cristo es el que da la mano a los muertos, a esos a quiénes aparentemente parece que ya no se les puede dar la mano.

Los cristianos somos personas de esperanza. Creemos en la resurrección de los muertos. O sea, creemos que la vida nos ha la dado Dios y que Dios no se arrepiente de sus dones. Como sabemos que Dios es poderoso y es misericordioso, estamos ciertos de nuestra esperanza. Dios nos dio la vida y no nos la quita, porque nunca se arrepiente de sus dones. Tampoco la perdemos. La vida viene de Dios y Dios la mantiene siempre. Por eso, la muerte es solo un paso. No es lo que parece. Parece el final. Pero es un paso.

Incluso para la gente que no cree en Dios, la muerte es lo desconocido.  Si es lo desconocido, no pueden afirmar que desemboca en la nada. La muerte para el no creyente debería ser un interrogante, porque no saben lo que allí ocurre. El creyente tampoco sabe mucho, pero sabe lo suficiente. El creyente en Jesús de Nazaret tiene una gran esperanza, la esperanza en un Dios poderoso y bueno. Como es poderoso tiene poder para mantener la vida y resucitar muertos. Como es bueno, nos ama con todo su amor. Y el amor auténtico quiere estar siempre con el amado. Nos ama y por eso nos quiere vivos, nos quiere a su lado.

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8
Feb
2019
Gnosticismo y pelagianismo o donde solo cuento yo
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solocuentoyo

En el capítulo segundo de su exhortación Gaudete et exultate, el Papa Francisco se refiere a “dos sutiles enemigos de la santidad: el gnosticismo y el pelagianismo…, dos herejías que siguen teniendo alarmante actualidad… En los dos casos ni Jesucristo ni los demás interesan verdaderamente”. O sea, en ambos casos sólo intereso yo.

¿Cómo traducir eso del gnosticismo? Se trata de una espiritualidad encerrada en uno mismo, donde sólo interesa una determinada experiencia o una serie de conocimientos más o menos reconfortantes. Pero la perfección de las personas no se mide por sus experiencias intimistas o por profesar determinadas doctrinas, sino por la caridad. El encuentro con Dios no se realiza buscando en las profundidades de uno mismo (porque allí sólo se encuentra uno consigo mismo), sino saliendo de uno mismo y buscando el rostro de los hermanos necesitados, preguntándose qué puede hacer por ellos.

El gnóstico pretender tener respuestas a todas las preguntas y soluciones a todos los problemas. Se podría comparar a esos cristianos que recomiendan determinadas oraciones o prácticas piadosas como remedios infalibles que todo lo arreglan. Olvidan que Dios nos supera infinitamente, que siempre nos sorprende y que no se le puede manipular ni condicionar. “Cuando alguien tiene respuestas a todas las preguntas, demuestra que no está en un sano camino”, dice el Papa. El gnóstico siempre “lo tiene todo claro”, sobre todo tiene claro dónde no está Dios. Se convierte así en juez de los demás. Y olvida que Dios está misteriosamente en la vida de todas las personas, aún cuando su existencia sea un desastre, o estén hundidas bajo el peso de vicios o drogas.

¿Cómo traducir eso del pelagianismo? Es la tentación de confiar sólo en las propias fuerzas, o de sentirse superiores por cumplir determinadas normas o por practicar un determinado estilo de ser católico. Olvida que no todos pueden todo, que en este mundo hay mucha gente débil y frágil. El pelagiano dice que confía en Dios, pero le falta humildad para reconocer su realidad concreta y limitada. “La gracia, precisamente porque supone nuestra naturaleza, no nos hace superhombres de golpe”. Porque tiene en cuenta nuestra naturaleza, la gracia puede parecer lenta. En realidad, actúa de forma histórica y progresiva.

El pelagiano pretende hacer valer sus buenas obras como merecedoras de la recompensa divina. Olvida que los santos evitan depositar la confianza en sus acciones: “En el atardecer de esta vida me presentará ante ti con las manos vacías, Señor, porque no te pido que lleves cuenta de mis obras. Todas nuestras justicias tienen manchas a tus ojos”, decía Teresa de Lisieux. Todo lo que tenemos, empezando por la vida, es un regalo de Dios. Por eso, nada podemos alegar ante él. La buena actitud ante Dios es la acción de gracias y la admiración.

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5
Feb
2019
El Papa abre caminos de diálogo con el Islam
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Abudabi

El Papa ha viajado a los Emiratos Árabes Unidos como un creyente sediento de paz, como un hermano que busca la paz y quiere promoverla con todas sus fuerzas. Este viaje ha sido ocasión para que el Papa y el gran Imán de Al-Azhar firmaran un documento conjunto sobre la fraternidad humana, base de la paz mundial y de la convivencia común. En efecto, solo desde la conciencia de que somos hermanos podemos vivir juntos y en paz. Los odios, las divisiones, las guerras son una blasfemia contra Dios y una falta de conciencia de fraternidad.

Si las religiones quieren construir la paz nunca pueden ser excluyentes, deben ser incluyentes. Una religión “que excluye” es una falsa religión, un falso modo de unirse con Dios. Como muy bien ha dicho el imán Ahmad Al-Tayyib, el encuentro de la fraternidad es el el objetivo y la tarea de todas las religiones. Entre otras cosas porque “en la vida de Jesús y en el Corán encontramos fuentes sobre la hermandad entre los hombres”.

El discurso del Papa en Abu Dabi será, sin duda, un punto de referencia para la teología del diálogo interreligioso. En alguna ocasión, el arca de Noé ha sido empleada como imagen de una Iglesia en la que fuera de ella no había salvación. El Papa ha cambiado esta imagen, y ha calificado el arca de Noé de “arca de la fraternidad”, en la que todos los humanos necesitamos entrar juntos como miembros una misma familia, fundada en la común paternidad de Dios. Por eso, la pluralidad religiosa tiene un sentido positivo. Debe entenderse como expresión de “la multiplicidad y diferencia que hay entre los hermanos, unidos por el nacimiento y por la misma naturaleza y dignidad”.

A partir de ahí se comprende que el ideal de las religiones “no es la uniformidad forzada ni el sincretismo conciliatorio”, sino el compromiso “con la misma dignidad de todos, en nombre del Misericordioso que nos creó y en cuyo nombre se debe buscar la recomposición de los contrastes y la fraternidad en la diversidad”. De ahí la necesidad de conjugar “la propia identidad” con la “valentía de la alteridad”, que implica conocer y reconocer al otro. Conocerle como distinto, porque así me conozco mejor a mi mismo. Y reconocerle como hermano, empeñándome para que “sus derechos fundamentales sean siempre respetados por todos y en todas partes”.

El diálogo interreligioso supone “desmilitarizar el corazón del hombre”, supone también que “cada uno según su propia tradición, recemos los unos por los otros”, porque somos hermanos. Por la oración nos adherimos a la voluntad de Dios, “quién desea que todos los hombres se reconozcan como hermanos… en la armonía de la diversidad”.

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3
Feb
2019
Cuanto más preparados, mejor actúa Dios
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competencia

En el mundo moderno la competencia es imprescindible para desarrollar cualquier tarea, oficio, profesión. A todo el que busca un trabajo le piden un currículo, una titulación, unos papeles que manifiesten su capacidad para desarrollar este trabajo. Los maestros y profesores son muy conscientes de ello. Cualquier asignatura, cualquier trabajo académico requiere su propia especialidad. Más aún, en el terreno de la docencia más que en cualquier otro, no basta tener la titulación adecuada. A todos nos piden y exigen cursos de perfeccionamiento y de actualización para poder seguir impartiendo la materia, so pena de que otros con igual titulación, pero más preparados o más dinámicos, ocupen nuestro puesto.

Si la preparación y la puesta al día es necesaria para desarrollar cualquier tarea do­cente, mucho más lo es en el terreno de la pastoral y de las clases de religión. Y no sólo porque las tareas pastorales y la docencia de la religión son manifestaciones de la identidad de nuestros Centros, no sólo porque en estos terrenos estamos tocando lo que supuestamente nos parece más importante y decisivo para la vida propia y la vida de los demás. La razón fundamental de la necesidad de una buena formación es la ley de la encarnación: Dios se puso a merced de un acontecimiento humano, asumió el riesgo de lo humano. La ley de la encarnación, aplicada a nuestra tarea pastoral, suena así: cuanto más preparados estamos, mejor actúa Dios; y cuando no estamos preparados obstaculizamos y hasta impedimos la acción divina. Dios nunca actúa directamente, actúa a través nuestro, a través de causas segundas, dicen los teólogos.

Si Dios actúa a través de lo humano, cuanto mayor sea la calidad de lo humano, cuanto más preparados estemos, mejor se transparentará la obra divina. La calidad del instrumento, en este caso nuestra preparación, condiciona la transmisión y la recepción. A veces oigo decir a algunos catequistas, más voluntariosos que preparados: “el Espíritu Santo me ayudará y me inspirará lo que tengo que decir”. Olvidan que la acción del Espíritu se da a través del estudio, de nuestro esfuerzo. Y por tanto, cuando no estamos formados, cuando no nos hemos actualizado, cuando no hemos estudiado bien el tema, el Espíritu “inspira” tonterías, ridiculeces o cosas de poco nivel (dicho sea pidiendo perdón al Espíritu por atribuirle lo que sólo debe atribuirse a nuestra desidia o a nuestra pe­reza).

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30
Ene
2019
Signos de innovación en la vida consagrada
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vidaconsagrada

Aprovechando la cercanía del día de la vida consagrada, respondo directamente a una pregunta: ¿dónde ve usted signos de innovación en la vida consagrada? Si innovar es introducir novedades modificando realidades ya existentes, lo que ha resultado una modificación en las formas de vida consagrada, son los últimos documentos de la Santa Sede sobre la vida monástica femenina y el “Orden de las Vírgenes”. Hilando un poco más fino cabría decir que lo que resulta más novedoso a muchos observadores son precisamente estas modalidades de vida consagrada sin comunidad, como es el orden de las vírgenes o los eremitas.

Ahora bien, sospecho que lo que hay detrás de la pregunta es si veo en la vida consagrada “brotes verdes”, o sea, aspectos que quieren nacer y pueden renovar una supuesta vida consagrada envejecida o cansada. Para empezar, no es lo mismo envejecido que cansado. Hay realidades que mejoran con el tiempo. Es posible que una vida consagrada con gente más mayor, no sea una vida consagrada menos lúcida y menos entregada, menos orante y menos apostólica que hace unos años, sino todo lo contrario. Lo del cansancio a lo mejor es signo de una entrega que sigue estando ahí, a pesar de los inevitables esfuerzos que, en muchas ocasiones, comporta una auténtica vida evangélica. Lo bueno nunca ha sido fácil, pero eso sí, hace feliz, cosa que puede comprobarse en muchas personas consagradas mayores.

Por lo demás, los signos de innovación no pueden medirse con números. Una cantidad resulta significativa según con que otra cantidad se la compara. Cierto, en España el número de monjas ha decrecido en los últimos años. Aún así, seguimos teniendo casi un tercio del número total que hay en el mundo. Quizás lo que habría que analizar es, no porque hoy “entran” tan pocas, sino porque hace cincuenta años entraron tantas. El ambiente social, cultural y eclesial influye en la entrada de vocaciones. En tiempos de cristiandad los conventos estaban llenos, no necesariamente llenos de buenos frailes. Ya no estamos en tiempos de cristiandad. Hoy, el ser menos favorece paradójicamente el ser mejores, más responsables, más fraternos, más trabajadores, más conscientes de lo que implica una verdadera vida consagrada.

Una última consideración a propósito de los signos de innovación. La vida consagrada es tan antigua como la Iglesia. Siempre se ha renovado, siempre han surgido nuevas formas y congregaciones; otras han desaparecido. Hoy ocurre lo mismo: unas nacen y otras mueren. Eso es un signo de que la vida se renueva. La vida consagrada es probablemente uno de los espacios eclesiales donde hay mayor creatividad, capacidad de adaptación, renovación y sensibilidad con los problemas y necesidades de este mundo tan complejo. Sigue habiendo jóvenes, muchachos y muchachas que oyen la llamada de Dios, atraídos por las antiguas y nuevas formas de vida consagrada. Mientras haya Iglesia habrá vida consagrada. La fuerza de la vida consagrada es un buen baremo, una buena medida de la fuerza de la Iglesia.

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26
Ene
2019
Tomás de Aquino, místico y teólogo
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TomasfrayAngelico

En su sentido más propio mística hace referencia al misterio, al encuentro con el misterio insondable de Dios. Tomás de Aquino era un buen teólogo porque tuvo una profunda experiencia de Dios. Añado que no hay buena experiencia de Dios sin buena teología. Mística y teología se fecundan mutuamente. Tomás es un hombre de fe, que ha aprendido más en la contemplación que en el estudio, un santo que se ha dejado moldear por el Espíritu. Su sabiduría es más fruto del amor que de la ciencia. Su vida se realizaba en una especie de círculo. Ascendía hacia Dios por el camino de la contemplación, en la oración y en el estudio; y, puesto al temple de lo divino, descendía hacia el prójimo en la predicación y en la cátedra.

La enseñanza de Santo Tomás es en gran parte el desborde de una experiencia mística. Tomás no es un filósofo, sino un creyente, que vive intensamente la fe. Un fraile ejemplar, va a coro todos los días, es fraterno y sencillo en el trato con los demás. Puede decirse de él, como de Santo Domingo, que “no hablaba sino de Dios o con Dios”. En el momento en que la conversación se salía de esos temas, se retiraba de forma discreta. Pone al servicio del Evangelio su inteligencia clara y extraordinaria. Quiere saber por qué cree y qué es lo que debe creer. Aquí empieza su estudio. En él, estudio y oración van a la par. No se apoya en la filosofía para creer; pero, creyendo, razona y busca. Vive lo que enseña; enseña lo que vive. Verdad y Vida se abrazan. Hay en sus escritos muchos signos inequívocos de sus experiencias místicas. Sin embargo, nunca se refería a ello, ni las utilizaba como criterio de su enseñanza.

Una escena de su vida confirma esta dimensión contemplativa de nuestro santo. Cuando redactaba su comentario al libro de Isaías, se detuvo durante largo tiempo frente a un texto difícil. Tomás se puso a orar. Una noche, mientras descansaba en su celda, su secretario, fray Reginaldo, que dormía en la celda de al lado, creyó escuchar una especie de conversación. Cuando se acabó, fray Tomás llamó a Reginaldo: “enciende la luz y escribe en la libreta de costumbre lo que te dictaré”. Y durante una hora, como si estuviera leyendo un libro, Tomás dictó a Reginaldo el sentido del texto que hasta entonces no había logrado desentrañar. La contemplación es, en Tomás de Aquino, el principio y el fin de su vida y de su teología.

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22
Ene
2019
¡Hay poesía! Debe haber cielo
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salavaticano

Rosalía de Castro, con palabras que impresionaron a Unamuno, acaba uno de sus poemas con un salto de lo estético a lo religioso que da mucho que pensar: “¡Hay arte! ¡Hay poesía!... Debe haber cielo. ¡Hay Dios!”. El dato: hay poesía. La conclusión, o mejor, la interpretación válida para creyentes y posiblemente para algunos no creyentes: debe haber cielo. Para el no creyente el “debe” es un deseo; para el creyente, un hecho.

Poesía y religión remiten al “más allá” de lo inmediato. En ellas suele haber siempre una segunda lectura que se esconde tras la primera, una segunda lectura que remite al más allá de lo inmediato. Poesía y religión pueden convertirse en fáciles escapatorias de lo real, en adornos anodinos, en opios del pueblo, y quedar así desvirtuadas. Pero si son auténticas nunca olvidan la vida, en ellas siempre hay de una u otra forma, una denuncia de lo inauténtico, ellas son profecía que busca abrir caminos nuevos para futuros soñados que ansían despertar. La poesía auténtica es una llamada al cielo que debería ser y venir.

La poesía siempre tiene algo de religión, a veces una religión secular, que esconde el nombre de religión, pero nunca apaga del todo lo religioso. Por su parte, la religión siempre tiene algo de poesía, aunque a veces se exprese en formas duras o rígidas, que tampoco pueden apagar el destello divino que en ellas subyace. La poesía es “creación”. La religión, la judeo-cristiana al menos, empieza con una creación. En la primera frase de la Biblia, según la traducción griega, en el primer verso del Génesis aparece la palabra “poiesis”: en el principio creo Dios el cielo y la tierra. Crear, poiesis, fabricar una cosa distinta de su autor.

La acción de Dios, creación del cielo, de la tierra, de la luz, del firmamento, eso es poesía. La acción poética, en Dios, es creación del mundo exterior, mediante la palabra: “dijo Dios”. En el ser humano, lógico porque está hecho a imagen del Logos, la poesía es descubrir en lo creado rasgos inéditos o aspectos inauditos. Y es también creación de mundos interiores en los que se condensan las más profundas vivencias del hombre en su relación con Dios y en su dimensión humana, en los momentos trascendentes y en los acontecimientos ordinarios de la vida.

Creación es poesía. Y la mejor poesía, la mejor creación de Dios, es el ser humano, varón y mujer, el ser humano siempre plural, pero siempre semejante en su pluralidad. Siempre inquieto, siempre buscando cielos nuevos, tierras vírgenes, estrellas nunca vistas, siempre hambriento de amor, de verdad, de justicia, de paz. Eso es poesía. Y la humanidad, hoy más que nunca, está necesitada de esa buena poesía.

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18
Ene
2019
Agua y vino en Caná
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bodacana

El evangelio de la eucaristía del próximo domingo, que narra como Jesús convirtió el agua en vino en una boda en Caná de Galilea (Jn 2,1-12), me ha recordado el uso que San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino hacían de los símbolos de este relato para tratar la relación entre filosofía y teología, o entre razón y fe, que puede prolongarse en términos de cultura y fe, secularidad y religión. Al ocuparse de como la teología debe utilizar la filosofía ambos maestros apelan a la escena de Caná, pero le sacan distinto partido en función de sus diferentes intereses.

El ilustre teólogo franciscano desconfiaba a la razón y advertía del peligro de que una excesiva confianza en la filosofía pudiera contaminar la reflexión teológica. Por eso afirmaba que no podía mezclarse el “agua de la filosofía” (en la que está “la eterna condena”), con el “vino de la sagrada ley”, haciendo notar que “Cristo hizo vino del agua y no al revés”. Todavía algunos creyentes entienden que hay una incompatibilidad básica entre el mundo secular y el religioso o entre la peligrosa razón y la fe.

Para el maestro de Aquino no hay incompatibilidad entre razón y fe; por eso es posible utilizar la razón al servicio de la fe. El santo doctor conoce esta identificación del agua con la “sabiduría del siglo” y del vino con la “sabiduría divina”. Y se pregunta hasta que punto es bueno servirse de argumentos filosóficos (o del lenguaje de la cultura) para exponer y defender la fe. Comienza por notar, como si fuera una objeción, que del mismo modo que merecen reproche “los taberneros que echan agua al vino, también han de ser censurados los doctores que mezclan la doctrina sagrada con pruebas filosóficas”. Pero no se trata de mezclar, pues la mezcla altera la naturaleza del vino, sino de convertir el agua en vino, como en las bodas de Caná. Y así dice: “los que en la sagrada doctrina utilizan los argumentos filosóficos, sometiéndolos a la fe, no mezclan vino con agua, sino que convierten el agua en vino”.

No se trata de rebajar la fe al nivel de la razón, sino de elevar la razón al nivel de la fe. Dicho con palabras de santo Tomás: se trata “no de encerrar en los límites de la filosofía verdades de fe”, o de “creer que sólo es verdad lo que puede demostrarse mediante la razón”, sino de “reconducir la filosofía a los fines de la fe”. Dicho de otro modo, de utilizar la cultura para explicar las verdades de fe en un lenguaje comprensible, e incluso de argumentar mediante la razón que muchas cosas que se dicen contra la fe, son falsas.

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