El dominico no es un erudito, quiere ser un sabio, porque sabio es aquel que sabe dar luz
Fr. Martín Gelabert

Nihil Obstat

Blog de: Martín Gelabert Ballester, OP / Sobre el autor

La justicia de Dios es su perdón

domingo, 26 de junio de 2016 | Hay 1 comentarios

La paz es efecto de la justicia, decía San Agustín. Y en el salmo 84 se afirma que la justicia y la paz se besan. Sin unos mínimos de justicia lo que aparece es el resentimiento y el odio. Por eso, los caminos de la paz pasan por un trabajo serio a favor de la justicia y de la dignidad de todos los ciudadanos. Ahora bien, no hay nada más alejado de la justicia que la venganza. Por eso la justicia debe traducirse en misericordia y perdón. Una justicia que no tiende hacia el amor resulta inhumana. La justicia sola no es suficiente para el logro de una auténtica humanidad ”si no se le permite a esa forma más profunda que es el amor plasmar la vida humana en sus diversas dimensiones” (Juan Pablo II).

 

El perdón es uno de los mejores caminos hacia la paz. El Papa Francisco ha recordado que la justicia de Dios es su perdón. Ya antes, Juan Pablo II, tras reconocer que “no hay paz sin justicia”, añadió: “no hay justicia sin perdón”. El perdón es propio de los magnánimos y de los fuertes. Si a corto plazo puede parecer una pérdida, a la larga, asegura un provecho real. El perdón puede parecer una debilidad; en realidad tanto para concederlo como para aceptarlo, hace falta una gran fuerza espiritual y una valentía moral a toda prueba. Lejos de ser un menoscabo para la persona, el perdón lleva hacia una humanidad más plena y más rica, capaz de reflejar en sí misma un rayo del esplendor del Creador. Así se comprende que el primer beneficiario del perdón es el que perdona: “el perdón no es un favor al malvado, sino una necesidad de la víctima para superar el dolor” (Santiago Roncaglioglio).

 

Sin perdón, la venganza engendra más violencia y encadena un círculo vicioso sin fin. Por el contrario, perdonar es empezar de nuevo, rehacer la historia, escribir de nuevo la trayectoria de las cosas y de las personas. Perdonar es intentar lo imposible, deshacer lo que ha sido, abrir nuevas metas allí dónde parece que todo está terminado. En este sentido el poder de perdonar es el potencial más eficaz.

 

Una cosa más a propósito del perdón, inspirada por una distinción interesante que hace Tomás de Aquino. El santo doctor dice que la paz implica concordia, pero que la concordia no es suficiente para que haya una paz duradera y auténtica. La concordia consiste en la unión de distintos intereses o deseos de diferentes personas. Pero para que haya paz se requiere también y previamente la armonía interior, la paz del corazón. Eso me lleva a afirmar que el perdón solo pueden otorgarlo los pacíficos o los pacificados.



Cifras de la Plaza y Catedral de Valencia

miércoles, 22 de junio de 2016 | Hay 5 comentarios

Los hechos son los hechos. Gustarán o no gustarán, pero el gusto o disgusto no cambia los datos. Por eso, cualquier interpretación u opinión mínimamente seria no puede basarse en datos falsos o distorsionados. He conocido noticias de primera mano, y luego he leído informaciones o comentarios que las falsificaban totalmente, con la mala intención de hacer daño. Otras veces, como el caso que ahora voy a contar, se ofrecen datos inexactos probablemente porque no se han contrastado con la fuente adecuada.

 

Me refiero a la llamada que hizo el Arzobispo de Valencia para que el pasado jueves, día 15, las personas que lo deseasen acudieran a rezar el rosario en la plaza de la Virgen y luego asistieran a la celebración de la Eucaristía en la Catedral. La primera impresión que yo tuve al ver la plaza totalmente abarrotada fue que allí podía haber unas diez mil personas. Pero como no soy experto en este tipo de cálculos, me guarde el pensamiento para mi. Al día siguiente, me dijeron que el periódico “La razón” había publicado que fueron algo más de dos mil personas las que acudieron al acto. También me han dicho que la policía municipal ofreció la cifra de 600 personas. Si es verdad, me parece grotesco e impropio de la policía, a no ser que algún político les dictase la cifra.

 

Luego he sabido que los responsables de la Eucaristía prepararon 3.500 formas para consagrar. Como estas formas se terminaron, tuvieron que ir a buscar dos copones al sagrario, en uno de los cuales había unas 500 formas; en el otro, algo menos. Total, más de cuatro mil comuniones. Además hubo bastante gente que se quedó sin comulgar, porque las formas se agotaron. O sea, que probablemente en la Catedral había unas cinco mil personas. De cinco mil a dos mil (como informaba el periódico citado) van tres mil. Una considerable diferencia. En la plaza tuvo que haber más gente, porque la Catedral es incapaz de contener toda la gente que había en la plaza, y eso tanto más cuanto que la Catedral estaba ya llena de gente cuando empezó el rezo del rosario en la plaza.

 

Y puestos a dar noticias ciertas que otros no dan, contaré algo sobre las pancartas de signo político que se pusieron estratégicamente en primera fila de la plaza. Como los organizadores tenían muy claro que se trataba de un acto religioso, antes de empezar el rosario, rogaron a los portadores que se alejaran con sus pancartas. Cuento esto, porque algunos periódicos han destacado estas pancartas. La noticia completa y cierta es que a los organizadores no les gustaron y por eso pidieron a sus portadores que se alejaran.

 

A mi hay cifras que no me interesan mucho. Pero las que ofrezco son un buen ejemplo de la necesidad de ser críticos con lo que se publica. La información es necesaria y los periodistas hacen una meritoria labor. La pena es que, a veces, los modos de dar la noticia tienen sesgos ideológicos.



Encuentros y desencuentros

lunes, 20 de junio de 2016 | Hay 2 comentarios

La vida cristiana está hecha de encuentros. En primer lugar, encuentro con el Señor Jesús. Con este encuentro, y no con decisiones éticas o consideraciones doctrinales, se comienza a ser cristiano. En segundo lugar, encuentro con los hermanos. Cuando uno se ha encontrado con Jesucristo, necesariamente se sigue el encuentro con los hermanos, entre otras cosas porque el modo como Cristo resucitado se hace hoy presente en el mundo es por medio de los hermanos: cada vez que dos o tres se reúnen en su nombre, allí él se hace presente. Estos encuentros son mucho más que meras coincidencias en un lugar. Encuentro significa relación profunda, compartir la vida, con todo lo que conlleva, compartir los bienes espirituales y también los materiales.

 

Además, la vida cristiana comporta un encuentro con todas las personas, más allá de su pertenencia explícita a la comunidad de fe cristiana. Un cristiano está siempre abierto a acoger a todo ser humano, sobre todo a los más pobres y necesitados, no solo para dar ante aquellos que no son creyentes un explícito testimonio de Jesucristo, sino también para servirles gratuitamente, sin ninguna pretensión, sin ningún afán proselitista.

 

Desgraciadamente nuestro mundo está lleno de desencuentros. Desencuentros entre los políticos que, en ocasiones, tienen repercusiones negativas en los terrenos de la justicia, de la paz y del buen orden en la ciudad. En España, y en otros países, tenemos una triste tradición de desencuentros, que suelen afectar, para mal, a los ciudadanos. También hay desencuentros entre las familias: el número de divorcios y separaciones matrimoniales, o la cantidad de hijos que no se hablan con sus padres, es una buena prueba de ello. Incluso muchas familias que, aparentemente, permanecen juntas, no acaban de encontrarse, cada uno va por su camino.

 

El Evangelio de Jesús es una llamada al encuentro de cada ser humano con Dios y con los hermanos. Llamada exigente, que no admite excusas. Incluso si el hermano es culpable de la separación, el cristiano está invitado a buscar puentes de encuentro: si cuando vas a presentar tu ofrenda ante el altar, dice Jesús, te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda y vete primero a reconciliarte con tu hermano. Lo interesante de esta palabra es que no se pregunta quién es el culpable de que el hermano tenga algo contra ti. Quizás el culpable es tu hermano, porque es un neurótico, un maniático o un egoísta. Pues bien, incluso en este caso, se te llama a dejar las ofrendas e ir a reconciliarte con tu hermano.

 

Las ofrendas, el incienso, los rezos, las procesiones, las doctrinas valen en la medida en que no olvidamos lo único importante, a saber, el amor mutuo. Si las procesiones y las ofrendas son una dormidera, si las doctrinas son motivo de desencuentro, entonces no vienen del espíritu de Dios, sino del espíritu del diablo. El diablo muchas veces se sirve de la piedad, para lograr su objetivo, que no es otro, que el desencuentro.



No basta llenar la boca que tiene hambre

jueves, 16 de junio de 2016 | Hay 3 comentarios

La caridad, o el amor cristiano, sin dejar de lado las ayudas eficaces y urgentes que requieren tantos hermanos nuestros, debe también comprenderles y acompañarles en su sufrimiento. Para que la caridad alcance su plenitud con una persona necesitada no basta con llenar la boca que tiene hambre; también hay que escuchar la boca que habla.

 

Tenía razón Miguel de Unamuno cuando escribió: “El hombre quiere que se sientan y se compartan sus penas y sus dolores. Hay algo más que una artimaña para obtener limosna en eso de los mendigos que a la vera del camino muestran al viandante su llaga o su gangrenoso muñón. La limosna más bien que socorro para sobrellevar los trabajos de la vida, es compasión. No agradece el pordiosero la limosna al que se la da volviéndole la cara por no verle y para quitárselo de al lado, sino que agradece mejor el que se compadezca no socorriéndole a no que socorriéndole no se le compadezca, aunque por otra parte prefiera esto. Ved, si no, con qué complacencia cuenta sus cuitas al que se conmueve oyéndolas. Quiere ser compadecido, amado”.

 

Evidentemente, el hambriento busca comida; el desnudo busca vestido; el enfermo busca remedios. Y hay que dárselos. Aunque también hay que preguntarse por qué hay gente sin comida, sin vestido, sin techo y sin trabajo. Y hay que luchar por cambiar esas políticas y esa economía que producen sufrimiento y desgracia. Dicho esto, también es cierto que en todas esas personas necesitadas hay mucha necesidad de ser escuchadas, de ser comprendidas, de ser queridas. Hay mucha soledad. Por eso, el pobre acepta gustoso nuestra conversación. Se muestra agradecido cuando nos interesamos por sus necesidades, pero más agradecido aún cuando nos interesamos por su persona.

 

Una persona amiga, jubilada, con tiempo libre, me contaba lo mucho que estaba aprendiendo del mendigo que pide a la puerta de su parroquia. Un día, me decía esa persona, me puse a hablar con él y nos hicimos amigos. He aprendido muchas cosas, por ejemplo, cómo puede uno lavarse sin tener agua corriente, o cómo puede uno dormir sin tener cama. Y sobre todo, he aprendido a apreciar la sabiduría del pobre, la necesidad de afecto que todos tenemos. Cuando el pobre me ha contado su historia personal y familiar, cuando he comprendido sus motivos y he sabido de sus desgarros y abandonos, entonces he encontrado nada menos que a todo un hombre, y quién ha salido enriquecido de este encuentro he sido yo.

 

Esta consideración sobre el pobre que espera pan, pero sobre todo espera que alguien le escuche, es aplicable a todos y cada uno de nosotros. En el fondo, lo que todos buscamos es afecto y comprensión. Si hay amor, las estrecheces de la vida se sobrellevan mejor. Me parece acertado este refrán francés: “toda petición es una petición de amor” (toute demande est une demande d’amour).



Modelo para los jóvenes (según el Papa)

domingo, 12 de junio de 2016 | Hay 0 comentarios

En la última semana de julio se celebrarán en Cracovia las XXI Jornadas mundiales de la juventud. Es de esperar que sean muchos los jóvenes que se reúnan con Francisco para reafirmar su fe cristiana. Estas Jornadas están encuadradas, como no podía ser de otra manera, dentro del “año santo de la misericordia”. Sin duda, el Papa hará una llamada apremiante para que, en estos tiempos tan convulsos, los jóvenes cristianos sean instrumentos de misericordia hacia todos los prójimos.

 

En un mensaje enviado a los jóvenes con motivo de estas jornadas, el Papa propone al beato Pier Giorgio Frassati como modelo de misericordia para nuestros días. Francisco recuerda que Pier Giorgio decía: «Jesús me visita cada mañana en la Comunión, y yo la restituyo del mísero modo que puedo, visitando a los pobres». Pier Giorgio era un joven que había entendido lo que quiere decir tener un corazón misericordioso, sensible a los más necesitados. A ellos les daba mucho más que cosas materiales; se daba a sí mismo, empleaba tiempo, palabras, capacidad de escucha. Servía siempre a los pobres con gran discreción, sin ostentación. Vivía realmente el Evangelio que dice: «Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto» (Mt 6,3-4). Un día antes de su muerte, estando gravemente enfermo, daba disposiciones de cómo ayudar a sus amigos necesitados. En su funeral, los familiares y amigos se quedaron atónitos por la presencia de tantos pobres, para ellos desconocidos, que habían sido visitados y ayudados por el joven Pier Giorgio.

 

¿Quién era Pier Giorgio Frassati? Un joven laico dominico italiano. Nació en 1901 y falleció en 1925, pues había contraído poliomelitis visitando precisamente a los pobres, en casas sucias y malolientes. Tras un año de “iniciación”, en mayo de 1923 emitió sus votos como laico dominico; tomó el nombre de fray Jerónimo, en recuerdo del dominico Jerónimo Savonarola, figura que le había cautivado desde el inició de su vocación dominicana. Con sus amigos más queridos fundó un grupo de oración. Aunque su familia era acomodada, él nunca tenía dinero porque siempre encontraba algún pobre al que ayudar. El beato Pier Giorgio es un modelo concreto de ser dominico y de vivir la misericordia. En esta figura queda claro que la misericordia no es un mero sentimentalismo, ni un “buenismo”, desgraciado término que algunos utilizan para desprestigiar el discurso sobre la misericordia.



Otro nombre de la Iglesia: Cristo identificado con los pobres

miércoles, 08 de junio de 2016 | Hay 2 comentarios

He tenido la ocasión de conocer la memoria de Caritas Diocesana de Valencia del año 2015. Detrás de los números y las cifras hay muchas cosas buenas, mucho trabajo desinteresado, mucha misericordia evangélica. Se atiende a mujeres en contexto de prostitución, a niños necesitados, a ancianos solitarios, a familias pobres o desestructuradas, a gente que necesita ayuda. A nadie le preguntan por su religión, por su nacionalidad, por su raza. Más o menos la mitad de las personas atendidas son de nacionalidad española y la otra mitad no son españoles. Entre esta otra mitad hay muchos inmigrantes, que precisan ayuda de todo tipo: económica, humana, jurídica, médica; y también necesitan vivienda. Caritas de Valencia dispone de pisos y locales en donde se albergan personas sin hogar o inmigrantes, sobre todo subsaharianos.

 

La memoria la ha presentado el director de la institución en una reunión presidida por el Arzobispo de Valencia. Hecha la presentación, el Prelado, tras dar las gracias a todos los voluntarios y colaboradores de Caritas, ha animado a la institución a ampliar sus tareas. Entre otras cosas les ha pedido que ya este verano abran comedores para dar de comer a niños pobres que tendrán problemas por el cierre de los comedores escolares. A continuación el Cardenal se ha referido a la silenciosa, pero eficaz tarea de Caritas. Y ha dicho: es cada vez más necesario mostrar el rostro de una Iglesia misericordiosa. La Iglesia tiene un nombre: Jesucristo identificado con los pobres.

 

Tras la reunión, llegué a mi casa y leí que la “Red española de ayuda al refugiado” ha presentado una denuncia penal contra el Cardenal Cañizares, entre otros motivos, por buscar la criminalización de las personas solicitantes de asilo y refugio. Hay cosas que no encajan. Lo que yo veo y oigo es su gran preocupación precisamente por los más necesitados, y entre esos colectivos, están las personas solicitantes de asilo y refugio. Por otra parte, estoy convencido de que este tipo de denuncias no tienen posibilidad alguna de prosperar, porque están basadas en frases o palabras sacadas de contexto e interpretadas sesgadamente. En vez de trazar caminos que separan, ¿no resultaría de más ayuda para los refugiados buscar una sana colaboración con instituciones como Caritas y agradecer el aliento que le prestan sus últimos responsables?

 

Caritas es una institución confesional. También las instituciones laicas o estatales son “confesionales”, tienen sus presupuestos ideológicos. Todos somos confesionales y el que no lo reconoce vive engañado. Pero cuando se trata de hacer el bien, ¿qué importa de dónde venga? Lo que importa es el bien. Si los creyentes consideran que el bien es siempre movido por el Espíritu del Amor, ¿dónde está el problema?



Sembradores todos, segadores algunos

lunes, 06 de junio de 2016 | Hay 3 comentarios

Los predicadores y catequistas lamentan, en ocasiones, la falta de resultados, la poca eficacia de su tarea. Esta queja denota que han olvidado esta palabra de Jesús: “uno es el sembrador, otro el segador”. Lo que nosotros, como cristianos, estamos llamados a hacer es sembrar. Segar es una gracia que solo se concede a algunos. Sin duda, la predicación es una tarea apasionante, pero no es fácil. En ocasiones no aparecen los resultados esperados. ¿Significa esto que no es eficaz? De ningún modo. Significa que los resultados aparecen cuando menos se espera, en la hora de Dios, en el momento en que Dios los haga eficaces.

 

Cuando preguntamos por la eficacia de la evangelización no podemos pensar en resultados inmediatos o deslumbrantes. Los resultados pueden venir a corto o largo plazo. Pero lo lógico es que sean a largo plazo, porque la auténtica conversión requiere tiempo, implica desprenderse de muchas ideas y actitudes, es un cambio radical de vida. La fe cristiana necesita tiempo para madurar. Jesús nos pone en guardia contra nuestras impaciencias, a veces calificadas de “santas”. No quiere que se arranque la cizaña antes de hora, como pretenden sus discípulos. Hay que dar tiempo al crecimiento. Solo en la hora final será posible la siega y la separación (cf. Mt 13,24-30). Por eso, los frutos de su trabajo puede recogerlos el predicador o puede no ver la cosecha. Uno es el sembrador y otro el segador (Jn 4,37).

 

Como muy bien dice el Papa Francisco no debemos obsesionarnos por los resultados inmediatos. Tenemos que estar prestos a soportar con paciencia situaciones difíciles y adversas, o los cambios de planes que impone el dinamismo de la realidad. Pero hay más: tenemos que saber que Dios puede actuar en medio de aparentes fracasos. La fecundidad es muchas veces invisible, “no puede ser contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo... A veces nos parece que nuestra tarea no ha logrado ningún resultado, pero la misión no es un negocio ni un proyecto empresarial, no es tampoco una organización humanitaria, no es un espectáculo para contar cuánta gente asistió gracias a nuestra propaganda; es algo mucho más profundo que escapa a toda medida. Quizás el Señor toma nuestra entrega para derramar bendiciones en otro lugar del mundo donde nosotros nunca iremos”.



Escuchar antes de predicar

jueves, 02 de junio de 2016 | Hay 5 comentarios

El predicador es un testigo, no es un profesor. El profesor puede explicar perfectamente una doctrina o una teoría, y hasta resultar convincente, estando un completo desacuerdo con ella. El testigo, por el contrario, está implicado en lo que explica, no es sólo un buen orador. El testigo transmite una noticia que antes le ha afectado personalmente, más aún, que le ha cambiado, le ha transformado. “Quien quiera predicar, dice el Papa Francisco, debe estar dispuesto a dejarse conmover por la Palabra y hacerla carne de su existencia concreta”. Y añade, citando a Tomás de Aquino: “De esta manera, la predicación consistirá en esta actividad tan intensa y fecunda que es comunicar a otros lo que uno ha contemplado”. Condición ineludible de todo testimonio de Jesucristo es un encuentro previo con Jesucristo.

 

La Iglesia antes de anunciar la Palabra, y para poder hacerlo, debe primero escucharla devotamente, obedeciendo a aquellas palabras del apóstol Juan: “os anunciamos lo que hemos visto y oído” (1Jn 1,3). La Palabra solo puede escucharse en un clima de fe y oración. La escucha de la Palabra, en la celebración litúrgica y en el diálogo de la oración, ocupa un lugar central en la vida de todo predicador, ya que así acontece un conocimiento personal e íntimo con el Señor. Sin este acercamiento personal, Cristo se convierte en tema y deja de ser persona. Anunciamos entonces una doctrina (con el peligro de ideología que conlleva), no invitamos a un encuentro personal. Solo si previamente nos hemos encontrado personalmente con Dios, podemos hablar de Dios.

 

Además de escuchar primero y principalmente a la Palabra de Dios, el predicador debe conocer a los destinatarios de su predicación. Para conocerlos hay que escucharlos. Por eso, antes de hablar, el predicador pregunta. Como el misterioso personaje a los discípulos de Emaús: de qué hablabais por el camino, cuáles son vuestras preocupaciones, vuestras inquietudes, vuestros problemas. Así nos ponemos en sintonía con el destinatario de la Palabra. Nuestra predicación es muy distinta cuando antes hemos escuchado que cuando empezamos nuestro discurso desde la teoría o la doctrina pre-establecida. No porque no tenga importancia la doctrina, sino porque se presenta con unas modulaciones y unos matices si antes se conoce al destinatario y sus problemas.



Con la caridad tenemos un problema de lenguaje

domingo, 29 de mayo de 2016 | Hay 3 comentarios

La caridad es una manera de designar al amor cristiano. Hay que reconocer que en nuestras catequesis y predicaciones tenemos un problema de lenguaje con el término caridad. ¿Qué entienden los no cristianos y también bastantes cristianos cuando oyen la palabra caridad? En muchos casos se confunde la caridad con la limosna y se la desprecia porque se la considera una excusa para no practicar la justicia. Por eso es muy importante que en estos terrenos de la relación entre caridad y justicia nos expliquemos bien, no sea que buscando defender la caridad los oyentes entiendan “otra cosa”.

 

Ya el Vaticano II reconoció en Apostolicam Actuositatem, 8, la justeza de algunas de las críticas a ciertas concepciones de la caridad, y dejó escrito que era necesario “cumplir antes que nada las exigencias de la justicia, para no dar como ayuda de caridad lo que ya se debe por razón de justicia; suprimir las causas, y no sólo los efectos, de los males, y organizar los auxilios de tal forma que quienes los reciben se vayan liberando progresivamente de la dependencia externa y se vayan bastando por si mismos”.

 

Los problemas de comprensión del término caridad van todavía más allá. Quizás uno de los fundamentales está en que, cuando se habla de caridad, espontáneamente todos pensamos en el prójimo. Sin embargo, la referencia fundamental de la caridad es Dios: la caridad ama a Dios por sí mismo y al prójimo por Dios, dice la más elemental catequesis de la Iglesia. De nuevo aquí hay que aclarar que “amar por Dios” es el más exigente de los amores.

 

Amar “por” Dios es valorar lo mejor que tiene el prójimo como imagen e hijo de Dios. Y es una exigencia de universalidad: todos los seres humanos, en virtud de su origen y destino divino, deben ser amados. Esta motivación nos previene contra un amor que estaría basado únicamente en la amabilidad del otro. La caridad nos impulsa a amar a todos los seres humanos incluso si no aparecen como amables. El amor cristiano exige la imitación del amor universal de Dios. Prescribe todo odio y resentimiento, incluso los que parecerían humanamente fundamentados. Supera el egoísmo falsamente natural y alcanza incluso al enemigo.



La caridad supone y supera la justicia

miércoles, 25 de mayo de 2016 | Hay 2 comentarios

Los dos calificativos son absolutamente necesarios para entender la relación entre caridad y justicia: la primera supone y supera a la segunda. Supone quiere decir que sin justicia no puede vivirse la caridad. Por tanto, cuando decimos que la caridad supone la justicia no estamos prescindiendo de la justicia para saltar directamente (por decirlo con una imagen gráfica) a la caridad. Sin la base, sin la realización efectiva, sin la práctica real de la justicia no hay caridad que valga. La justicia, pues, forma parte de la predicación del Evangelio. Sin duda, la justicia es una virtud propia de todo ser humano. Pero los cristianos, en nombre de una supuesta originalidad del evangelio, no podemos dejarla de lado. Lo cristiano supone lo humano y construye sobre lo humano. Nunca prescinde de lo humano.

 

Que la justicia sea una virtud humana que el evangelio ratifica debería alegrarnos, porque ahí encontramos un elemento de comunión entre todos los hombres. Pero el que la justicia sea una virtud humana no debe conducirnos a olvidarla en nuestra predicación del evangelio. Porque por muy propia de lo humano que sea la justicia, lo cierto es que en demasiadas ocasiones lo que vivimos los humanos es la injusticia. Hay demasiada corrupción en la política y la economía, hay demasiado egoísmo en nuestras vidas a costa de lo que es propio del prójimo y en justicia se le debe, como para que los cristianos dejemos de predicar, anunciar y reclamar la justicia.

 

¿En qué supera la caridad a la justicia? La caridad va más allá de la justicia, porque el amor cristiano supera “lo debido” para entrar en el terreno de la gratuidad, de la misericordia y del perdón. La justicia puede obligar a un padre a dar el pan a sus hijos; ningún tribunal puede obligar a un marido a amar a su mujer, ni a un mujer a perdonar las ingratitudes de sus hijos o de su marido. La parábola del samaritano misericordioso, que va más allá de lo que se podía esperar “razonablemente” es un buen modelo del amor cristiano: una persona que pierde su tiempo y su dinero para favorecer a quien podía considerarse su enemigo y que probablemente nunca hubiera hecho por el samaritano lo que éste hacía por el judío.



Normas del blog

Otros blogs


Suscribirse por RSS Suscribirse por RSS ?
Suscribirse a los comentarios Suscribirse a los comentarios

Recibir actualizaciones en el correo Recibir actualizaciones en el correo

Últimas publicaciones

La justicia de Dios es su perdón
Cifras de la Plaza y Catedral de Valencia
Encuentros y desencuentros
No basta llenar la boca que tiene hambre
Modelo para los jóvenes (según el Papa)
Otro nombre de la Iglesia: Cristo identificado con los pobres
Sembradores todos, segadores algunos
Escuchar antes de predicar
Con la caridad tenemos un problema de lenguaje
La caridad supone y supera la justicia


Archivo

2016
2015
2014
2013
2012
2011
2010
2009
2008
2007
2006
¿Te ha gustado? ¡Compártelo!