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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

18
Ene
2018
La increencia ayuda a comprender la fe
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arcodepiedra

Tanto la creencia como la increencia tienen su propia lógica. En uno y otro caso se trata de opciones serias que comprometen la vida entera y que, por tanto, hay que justificar. Hay razones para creer y también para no creer. Más aún, entre creencia e increencia hay una relación escondida: en muchas ocasiones las razones del no creyente son las preguntas y problemas del creyente. Y, a la inversa, las buenas razones del creyente, deberían hacer pensar al no creyente.

Hoy la creencia no cuenta con el apoyo social del que parece que gozaba en tiempos pretéritos. Pero no es este el principal motivo por el que la fe es cuestionada. El cuestionamiento de la fe procede de la propia fe. No existe una fe invulnerable, al abrigo de toda sospecha, aunque sólo sea porque la oscuridad forma parte de la fe. Así, una reflexión sobre la incredulidad ayuda a la propia comprensión del creyente, pues éste debe ser consciente de las dificultades que surgen contra la fe, precisamente para llegar a la madurez de la fe. En este sentido Tomás de Aquino afirmaba que “los sabios”, o sea, los que conocen las dificultades para creer “tienen mayor mérito al creer, puesto que no abandonaron la fe ante las razones aducidas contra ella por los filósofos o por los herejes”. Y el Vaticano II dice: “las dificultades no dañan necesariamente a la vida de fe; por el contrario, pueden estimular la mente a una más cuidadosa y profunda inteligencia de aquélla”.

Más aún, si no fuera posible el ateísmo tampoco sería posible la fe. El ateísmo no es un asunto de conciencia deformada, ni de inteligencia limitada. Es una de las posibilidades del ser humano, perfectamente comprensible desde la fe. Pues si la fe tiene sus razones, no es el resultado de un razonamiento, sino la respuesta libre a una oferta gratuita, que desborda toda expectativa (cf. 1Co 2,7-9) y que se presenta como el Misterio por excelencia. Este misterio, Dios mismo que se nos da, si bien va al encuentro de las más íntimas aspiraciones del ser humano, no se reduce a la lógica de la existencia humana, sino que va más allá de ella. Por eso no se puede imponer. El “no entenderlo” tiene su lógica. Más aún, forma parte de la fe.

Además, si la fe es una oferta, eso quiere decir que se ofrece a una persona ya constituida, que puede decir: no. Para mantener la gratuidad de la fe es necesario afirmar la consistencia de lo humano. Si el ser humano necesitara de Dios para ser humano (aunque ciertamente, desde otro punto de vista necesita de Dios para ser), Dios no sería gratuito, sino necesario, y se impondría necesariamente a todas las criaturas racionales. La gratuidad del Dios que se nos da, obliga a mantener la consistencia y la libertad humanas. Dios se revela mejor como Dios creando un hombre capaz de ateísmo que creando un esclavo que le adoraría sin libertad.

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14
Ene
2018
San Antonio y el demonio
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sanantonioyeldemonio

La tradición cuenta que san Antonio Abad fue acosado y tentado por el demonio. Recordando esta tradición la oración para después de la comunión de la Misa de San Antonio pide a Dios que nos conceda “superar las insidias del enemigo, como le otorgaste al abad san Antonio la gloriosa victoria sobre el poder de las tinieblas”.

La figura de san Antonio es muy popular en la isla de Mallorca. No solo por el santo, sino por la figura del demonio que siempre le está rondando. Así, el día de la fiesta del santo, en los distintos pueblos de la isla hay personas que se disfrazan como demonios, que bailan y cantan en honor al santo. La copla más conocida dice así: “Sant Antoni i el Dimoni / jugaven a trenta un, /el Dimoni va fer trenta, /Sant Antoni trenta un” (San Antonio y el demonio jugaban a treinta y uno, el Demonio alcanzó los treinta puntos, San Antonio logró treinta y uno).

El treinta y uno es un juego de naipes. La meta es obtener un valor de puntos lo más cercano posible a 31. Pues bien, la canción deja muy claro que el demonio es muy poderoso, hábil y astuto. Jugar con él es peligroso, porque siempre tiene muchas cartas para vencer. Sin embargo, san Antonio, cuando el demonio quería jugar con él, siempre le vencía, porque el santo tenía mejor apoyo que el demonio.

Yendo más allá de la imaginería popular, yo diría que hoy las fuerzas del mal son poderosas y toman forma en la política, la economía, la cultura y, a veces, hasta en la religión. A la vista de muchos desastres humanos que asolan a nuestras sociedades, se diría que no hay nada que hacer, que la batalla contra ellos está perdida de antemano. Y, sin embargo, hoy es más necesario que nunca anunciar y recuperar la esperanza. Esa esperanza que nos conforta y nos dice que el bien siempre es más poderoso que el mal. Esa esperanza que nos moviliza para oponernos a todo mal, para plantarle cara, aunque a veces parezca que vamos a perder. La esperanza es la virtud de los fuertes. Pero exige paciencia. Y, sobre todo, exige decisión, para no quedarnos cruzados de brazos ante mal. La resignación no es ni humana ni cristiana.

Miguel de Unamuno decía que si el hombre se cruza de brazos, Dios se echa a dormir. Importa, pues, que salgamos de nuestro letargo y nos decidamos a oponernos con toda nuestra vida a todo lo que atenta contra la dignidad y la grandeza de la persona humana, para que así Dios se despierte. Cuando luchamos contra el mal, cuando no perdemos la esperanza, Dios está siempre a nuestro lado. Y así, aunque el “demonio” parezca que está a punto de triunfar, porque sus cartas en el juego alcanzan hasta treinta, la esperanza nos asegura que aquellos que trabajan por el bien tienen cartas mejores y logran los treinta y un puntos.

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9
Ene
2018
¿Qué pan pedimos en el padrenuestro?
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La respuesta más habitual a la pregunta que encabeza este artículo es: el pan de cada día, o sea, lo necesario para vivir. No pedimos la opulencia o la riqueza, sino lo que de verdad necesitamos. Este lectura es legítima y con toda seguridad hay que incluirla en la petición de la oración que Jesús enseñó.

Ahora bien, este “pan de cada día” podría tener otro sentido. Los exégetas reconocen que es la traducción de un término difícil, que tiene un sentido de presente, pero también un sentido de futuro (y entonces habría que traducirlo como el pan del mañana, el pan del futuro). De hecho, esta expresión, tal como la han interpretado los primeros escritores cristianos, podría referirse al pan de la Eucaristía (el verdadero pan escatológico), de modo que una posible traducción sería: el pan de la vida eterna, anticípanoslo hoy. Este pan de la vida eterna se anticipa en la eucaristía, en donde recibimos la prenda de la gloria futura.

San Jerónimo traduce la misteriosa palabra (“epioúsios”) por “supersubstantialis”. Este pan super sustancial, esta sustancia nueva, superior, Jerónimo interpreta que se nos da en el Santísimo Sacramento, verdadero pan de vida: “éste es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera” (Jn 6,50); “vuestros padres comieron el maná en el desierto” (Jn 6,31) y seguían teniendo hambre, y murieron (como nosotros). El pan material no sacia, ni llena el corazón, ni asegura la alegría. “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,54).

En esta petición del padrenuestro quedan ligadas nuestras propias necesidades con las necesidades de los hermanos (por eso pedimos “nuestro” pan y no mi pan), pero al mismo tiempo este pan (sobre todo cuando es compartido) nos hace anhelar este banquete celeste, en donde no habrá ya más necesidad, pues rebosaremos de todo bien. Esta mesa celestial se anticipa en el banquete de la eucaristía, y se nos anuncia y promete en el pan de la palabra de Dios.

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5
Ene
2018
Jesús, bautizado como pecador
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Es una pena que no prestemos suficiente atención a la fiesta del bautismo del Señor. Con el bautismo de Jesús seguimos en plena celebración del misterio de la Encarnación. Sin embargo, suele ser habitual que, en este domingo, las homilías se centren en el bautismo cristiano. Esa es una mala lectura del bautismo de Jesús. Pues Jesús no fue bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Hubiera sido cuando menos sorprendente que fuera bautizado en el nombre del Hijo. Jesús fue bautizado por Juan (un inferior a él) con un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados.

Los primeros cristianos tuvieron serias dificultades para comprender y aceptar el bautismo de Jesús. De hecho, un evangelio apócrifo niega explícitamente que Jesús fuera bautizado por Juan apelando a que Jesús no había cometido pecado. Esta dificultad es la que mueve a los exégetas a afirmar que el bautismo de Jesús es uno de los hechos más “históricos” de su vida, en el sentido moderno que damos a la palabra historia: acontecimiento realmente sucedido. Si fue así, si Jesús fue a que le bautizara un inferior y encima para el perdón de los pecados, hay que explicar qué sentido tiene y cómo se compagina este bautismo con el hecho de que Jesús “no cometiera pecado ni encontraran engaño en su boca”, como bien dice 1 Pe 2,22.

Jesús se pone conscientemente en la cola de los pecadores, desciende a las profundidades de la tierra, pues el río Jordán descansa sobre una depresión a unos 408-416 metros debajo del nivel del mar; esto lo convierte en el río con la elevación más baja en todo el mundo. Resulta significativo eso de situarse en la cola de los pecadores y en lo más bajo de la tierra. El que no tiene pecado y está por encima de todo, se sitúa en el lugar contrario al que le corresponde. ¿Por qué? Jesús se solidariza con los pecadores y confiesa los pecados. No su propio pecado, sino el pecado del mundo, el pecado de sus hermanos los hombres, que él asume. El es el “cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Para quitarlo, primero lo asume.

El bautismo de Jesús es una de las mejores manifestaciones de hasta dónde llega la Encarnación: Jesús no asume una carne humana ideal, sino la carne de una humanidad pecadora. Cuando el cuarto evangelio dice que “el Verbo se hizo carne”, esta carne es “carne de pecado”. Hasta ahí llega la solidaridad de Jesús, hasta ahí llega su amor. Y porque llega hasta ahí, tiene el gran poder de quitar el pecado del mundo.

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1
Ene
2018
Pasos por el camino de la paz
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palomapaz

Los conflictos y las guerras existen desde que el mundo es mundo. Los conflictos tienen su sede en el corazón del hombre. Por desgracia, antes o después, todos sucumbimos a la tentación de hacer el mal y de rechazar al prójimo. ¿Por qué, si estamos hechos para vivir en comunión y, siempre, de una u otra forma, necesitamos de los demás? Los seres humanos, como sujetos finitos, tenemos una tendencia al egoísmo y a la autorreferencialidad que sólo con dificultad somos capaces de desenmascarar como falsa y como arraigada ilusión, por no hablar de superarla. Este egoísmo que, en ocasiones, se traduce en envidia, nos quita la paz. Pero si no logramos la armonía interior, la paz del corazón, nunca lograremos una paz auténtica y duradera entre las personas y los pueblos. Sólo los pacíficos y pacificados pueden ser pacificadores.

Al final de su vida, consciente de que lo iban a matar, Jesús se despide de sus mejores amigos y les deja en herencia tres grandes dones, íntimamente relacionados: el amor, la alegría y la paz: “os dejo la paz, mi paz os doy”; pero con una aclaración importante: “no os la doy como la da el mundo” (Jn 14,17). La paz que ofrece el mundo es la de los vencedores que acallan a sus enemigos. La paz de Jesús es fruto del amor, que perdona las ofensas, respeta al diferente y le ama en su diferencia. Los cristianos deberíamos hace de cada día un día mundial de la paz. Para ello nada mejor que acoger esta profecía inspirada por el Espíritu Santo que anuncia que el niño nacido en Belén “guiará nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc 1,79).

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28
Dic
2017
Migrantes y refugiados en busca de paz
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Debido a una iniciativa de Pablo VI, el nuevo año comenzará con la celebración de la “Jornada mundial de la paz”. El lema propuesto por el Papa Francisco no puede ser de mayor actualidad: “migrantes y refugiados: hombres y mujeres que buscan la paz”. El lema indica que, al menos de entrada, muchos no emigran por motivos económicos o incluso políticos, sino buscando un lugar dónde vivir en paz. Para encontrarlo, dice el Papa, estas personas “están dispuestas a arriesgar sus vidas”. El Papa se pregunta por qué hay tantos refugiados y migrantes. Y responde: los conflictos armados y la violencia organizada provocan el desplazamiento de personas. Añade, citando a Benedicto XVI: hay otras razones, ante todo “el anhelo de una vida mejor, a lo que se une en muchas ocasiones el deseo de querer dejar atrás la desesperación de un futuro imposible de construir”.

El Papa constata que la mayoría de esos migrantes lo hacen siguiendo un procedimiento regulado, pero otros se ven forzados a tomar otras vías. Dicho de otra manera: a veces las vías legales parecen imposibles, bloqueadas o demasiado lentas. A esto hay que añadir, dice Francisco, que en muchos países de destino se enfatizan los riesgos para la seguridad nacional o el coste de la acogida de los que llegan, despreciando así la dignidad humana que se ha de reconocer a todos. Los que fomentan el miedo hacia los migrantes, en ocasiones con fines políticos, en lugar de construir la paz siembran la violencia.

Acoger al hermano extraño y distinto no es fácil, porque lo extraño produce desconfianza. Pero cuando a la extrañeza se le junta la ilegalidad, la acogida resulta aún más complicada. Quién ayuda a esas personas, se arriesga a cometer un delito. Por eso el Papa habla de una estrategia que vaya más allá de la compasión y entre en el terreno de la acción. La primera de las acciones que el Papa recomienda va en línea “de ampliar las posibilidades de entrada legal, no expulsar a los desplazados y a los inmigrantes a lugares donde les espera la persecución y la violencia, y equilibrar la preocupación por la seguridad nacional con la protección de los derechos fundamentales”.

A la hora de la verdad, no todos podemos y, lo que es más serio, no todos estamos dispuestos a complicarnos la vida para acoger a esas personas. Pero, al menos, todos deberíamos apoyar a quienes les acogen y dejar clara nuestra postura a favor del reconocimiento de la dignidad inviolable de los que huyen de un peligro real en busca de asilo y seguridad, evitando su explotación. ¿Cómo dejar clara nuestra postura? Un cristiano debe estar convencido, y decir alto y claro que “tanto emigrantes como poblaciones locales que los acogen, forman parte de una sola familia, y todos tienen el mismo derecho a gozar de los bienes de la tierra, cuya destino es universal, como enseña la doctrina social de la Iglesia” (palabras de Benedicto XVI, citadas por Francisco).

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24
Dic
2017
Cuento de Navidad
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El cuento es de un dominico alemán del siglo XIV, el Maestro Ekchart. Dice este místico renano en su Sermón XXII:

“La máxima merced que Dios le hizo jamás al hombre fue el hecho de que se hiciera hombre. Quiero relataros un cuento que viene perfectamente al caso:

Había un marido rico y una mujer rica. Luego, la mujer tuvo un accidente de modo que perdió un ojo; por eso se puso muy triste. Entonces, el marido la vino a ver y dijo: ‘Mujer, ¿por qué estáis tan triste? No debéis entristeceros por haber perdido vuestro ojo’. Ella contesto: ‘Señor, no me entristece el hecho de haber perdido mi ojo, me entristece más bien porque me parece que por ello me amaréis menos’. Entonces dijo él: ‘Mujer, yo os amo’. Al poco tiempo, él mismo se vació un ojo y fue a ver a la mujer y dijo: ‘Mujer, para que creáis ahora que os amo, me he igualado a vos, ya no tengo sino un solo ojo’.

Lo mismo sucede con el ser humano: apenas podía creer lo mucho que lo amaba Dios hasta que Dios mismo al fin se vació un ojo y adaptó la naturaleza humana. Esto es lo que significa: ‘Se hizo carne’ (Jn 1,14). Nuestra Señora dijo: ‘¿Cómo podrá ser esto?’. Entonces dijo el ángel: ‘El Espíritu Santo descenderá sobre ti’ desde el trono altísimo, desde el Padre de la luz eterna”.

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21
Dic
2017
Humanidad de Dios, humanidad en Dios
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belen02

Jesús de Nazaret es la cara humana de Dios. En Jesús, Dios ha venido a nuestro mundo de la mejor manera que podía venir, haciéndose hombre. Y todo por amor. La pregunta que plantea esta humanidad de Dios es si hay “algo” en Dios que le mueve a ser humano, si lo humano está en el seno de la Trinidad, de modo que al hacerse hombre el Verbo divino está mostrando algo propio de la intimidad más profunda de Dios. Puesto que el ser humano es imagen de Dios, hay en el hombre una tendencia que le lleva hacia Dios. Es posible plantear la misma pregunta pero desde el lado de Dios: ¿hay en Dios una tendencia que le lleva hacia lo humano? Y si es así, ¿esta tendencia nos ayuda a comprender mejor las profundidades de Dios?

Algunos teólogos se atreven a Decir que la divinidad de Dios incluye su humanidad. En Jesucristo se manifiesta que ni el hombre está cerrado hacia lo alto, ni Dios cerrado hacia abajo. Lo humano pertenece al propio ser del Dios Trinitario. Como dice Tito 3,4, según la expresiva traducción latina (expresividad que ocultan las traducciones españolas), en Jesucristo apareció “la humanidad de nuestro Dios” (apparuit humanitas nostri Dei). En Jesucristo no aparece sólo un Dios humanado, sino la humanidad de Dios. Dios puede comunicarse con nosotros, porque entre él y nosotros hay un parentesco esencial, tal como dice Hech 17,28: “somos de su raza”. Lo más sorprendente no es que un hombre sea Dios, sino que Dios sea hombre. Lo primero (que el hombre Jesús sea divino) podría considerarse como una blasfemia (y así lo consideraron los judíos, según Jn 10,33), pero lo segundo es una locura inconcebible e inimaginable (cf. 1 Cor 1,23).

En efecto, no sorprende mucho que lo pequeño sea elevado (que Jesucristo sea Dios), esa es la ambición que todos tenemos, el sueño de todos los hombres, la proyección de nuestros anhelos: “ser como dioses”. Lo sorprendente es que lo divino se reduzca o empequeñezca; lo sorprendente es que Dios no retenga su categoría de Dios, sino que despojándose de sí mismo, se haga un hombre cualquiera (Flp 2,6-7). Por eso la Encarnación hay que entenderla no tanto como un remedio del pecado, cuanto como la cumbre de la revelación de Dios. Dios se hace aquello que es: “vino a lo suyo” (Jn 1,11). “A lo suyo”, porque lo suyo es “lo nuestro”. La encarnación manifiesta la primacía del amor: “tanto amó Dios al mundo” (Jn 3,16).

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17
Dic
2017
Ambición del hombre, anhelo de Dios
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jesusjoseymaria

La gran ambición del hombre es ser como Dios. En los comienzos de la historia, los humanos escucharon con inmenso placer la voz seductora de una serpiente que les decía: “seréis como dioses”. Ser dios, dueño de todo y de todos, estar por encima del bien y del mal, hacer lo que a uno le place, controlarlo todo y vivir sin ningún control. Esa suele ser la idea que los humanos nos hacemos de dios. Falsa idea, pero muy humana. El Dios verdadero tiene, desde siempre, un anhelo: ser hombre. Hay algo en él que le impulsa a ser humano, como si lo humano perteneciera a la esencia de lo divino. Por eso, al crear al ser humano, lo hizo a su imagen. Hay algo en Dios que permite que el hombre sea imagen suya. De ahí el gran amor de Dios hacia el hombre. Quiso ser hombre porque amaba mucho al hombre, por eso quiso identificarse con su amado.

Esa es la gran diferencia entre el ser humano y Dios. El hombre quiere ser dios, pero se equivoca de modelo. Piensa en un ser poderoso, arbitrario, egoísta, encerrado en sí mismo, caprichoso, anulador de la libertad. Y Dios quiere ser hombre, precisamente para que el hombre aprenda a ser hombre, viendo en Cristo la más perfecta imagen de Dios y el más acabado modelo de humanidad: Cristo revela el hombre al hombre mismo. Mientras la ambición lleva al ser humano a querer sobrepasar los límites de su propia realidad como criatura, el amor lleva a Dios a reducir sus límites, a dejar su categoría divina y hacerse carne limitada.

Esa es la gran sorpresa, lo inaudito del misterio de la Encarnación: que Dios quiera ser hombre. Eso es lo verdaderamente imprevisto, lo inimaginable. Si nos fijamos en ese Dios que quiere ser hombre encontraremos el modo de ser nosotros verdaderamente humanos siendo al mismo tiempo divinos. No con la divinidad que es proyección de nuestra soberbia y de nuestros egoísmos, sino con la divinidad del que se hace pequeño, del que no retiene su categoría para así ponerse al nivel de lo pequeño. Porque cuando Dios mostró su cara oculta, cuando dejó ver su rostro, apareció la gracia, la ternura, la misericordia, la cercanía, la bondad. Lo que apareció cuando Dios se dejó ver fue, nada menos, que un niño pequeño.

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13
Dic
2017
Dios, nuestra razón de ser
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arena

Dios es “nuestra razón de ser” en el más profundo y radical sentido: si existimos es gracias a un acto creador. De nuestra nada original, salimos extraídos por un acto de ternura paternal. Desde otra perspectiva también Dios es nuestra razón de ser: él es la meta, el destino, el lugar al que tendemos aún sin saberlo. Finalmente, razón de ser es lo que motiva una vida, lo que le da sentido. Por eso se dice que la razón de ser de una madre es su hijo. O que la razón de ser de un médico es curar. Razón de ser es dar sentido a algo. Hay una canción de amor en la que el amante le dice a la amada: “te quiero porque quiero que me quieras, porque como tú no hay nadie más bonito en esta tierra; caminando de la mano, tú eres mi razón de ser”. La amada es la razón de ser del amante. Podríamos aplicarlo a Dios: Dios es la razón de ser de cada ser humano, porque en Dios encuentra su felicidad, su plenitud, su bienestar, su todo.

Este triple sentido de Dios como “razón de ser”, lo expresa así el Nuevo Testamento: “todo ha sido creado por él, para él y en él”. Todo procede de Dios y todo tiende hacia Dios. El es el origen y la meta, el pasado y el futuro de todo lo creado. Y es también el presente, porque todo se mantiene gracias a él. Si se retirase, todo volvería a la nada. Saber que tenemos una razón de ser debería alegrarnos y sostenernos en nuestros momentos de desaliento: no estamos ahí por casualidad, alguien nos ha querido y nos quiere como somos. Por otra parte, no estamos ahí perdidos, sin saber a donde vamos, sin casa ni hogar, sin tener a dónde ir. Hay un lugar en el que se nos espera con los brazos abiertos, lugar de amor, belleza y paz, en donde encontraremos una felicidad estable y perpetua. Finalmente, no estamos ahí solos, estamos acompañados por un Padre bondadoso, que mantiene todas las cosas “en él” por medio de Cristo.

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