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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

20
Sep
2019
Gracia: don y acogida
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emergiendo

Gracia es un término clave para comprender la vida cristiana. Por eso importa mucho entenderlo bien. La gracia de Dios no es algo que se consigue, no es el resultado de nuestros méritos, esfuerzos u oraciones. La gracia es un don y una acogida. En primer lugar, un don: la gracia es Dios mismo que nos ama incondicionalmente. Y como consecuencia, la gracia es una acogida: la persona está invitada a acoger este amor gratuito, respondiendo a amor con amor. Aquellos que acogen en sus vidas el amor de Dios, sienten como su vida queda transformada, viven una “vida nueva”, renovada, la vida de los hijos de Dios.

La gracia tampoco es algo que se tiene, una especie de posesión. Es una relación. Implica tres momentos. Es posible aplicar a cada uno el término gracia. Pero sin olvidar que esos tres momentos no sólo están íntimamente relacionados, sino que son inseparables. En primer lugar, gracia es Dios mismo que nos ama; dicho de otra manera: es el amor gratuito de Dios a cada uno de los seres humanos. En segundo lugar, gracia es la persona transformada como resultado de haber acogido este amor primero e incondicional de Dios. En tercer lugar, gracia puede designar “la acción de gracias”, la alegría que brota del corazón agradecido que se sabe amado y puede amar.

La teología luterana ha insistido en el primero de los aspectos de la gracia, olvidando, a veces, las dimensiones transformadoras del amor de Dios. La teología católica ha subrayado el segundo de los momentos y, a veces, ha dado la impresión de entender la gracia como “algo propio” del ser humano. Pero el momento teologal (Dios nos ama) y el antropológico (la persona transformada) son inseparables. Más aún, el momento antropológico no puede desligarse del momento teologal: “el que está en Cristo es una criatura nueva”. La nueva creación, que acontece por la gracia, sólo es posible cuando la persona permanece unida a Dios, siendo además, resultado de esta unión o de este primer amor divino.

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16
Sep
2019
¿Comunidades religiosas jerárquicas? ¡Según y como!
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comunidadentorno

La plenitud del amor cristiano es la reciprocidad: sed esclavos los unos de los otros (Gal 5,13); lavaos los pies unos a otros (Jn 13,14); soportaos unos a otros y perdonaos mutuamente (Col 3,13); amaos los unos a los otros (Jn 13,34). Un amor recíproco es un amor de amistad. La reciprocidad y la amistad sólo es posible desde la igualdad. Para poder establecer relaciones de amor auténtico, Jesús no retuvo su categoría de Dios, sino que se hizo uno de tantos (Flp 2,6-7). Y así pudo decir a sus discípulos: “ya no os llamo siervos, a vosotros os llamo amigos” (Jn 15,15). Desde esta perspectiva se comprende que Jesús advierta a los suyos sobre el peligro de relaciones basadas en la desigualdad: no llaméis a nadie padre o maestro, porque todos vosotros sois hermanos (Mt 23,8-10).

Cuando buscamos aplicar en lo concreto de la vida los ideales evangélicos, aparecen las dificultades. Las relaciones entre personas requieren un mínimo de organización, como ocurre en una familia o en una comunidad religiosa. En toda organización suele ocurrir que alguien tiene la última palabra, sobre todo en casos de conflicto, que queramos o no, siempre aparecen en las relaciones humanas. Una sociedad eclesial “amplia” (pienso por ejemplo en una comunidad o Congregación religiosa) requiere organización. La organización corre el riesgo de crear estructuras jerárquicas. Pero cuando hay jerarquía no hay igualdad. ¿Cómo puede haber entonces amistad? Me refiero a las relaciones humanas y no tanto al hecho de que en la Iglesia hay una serie de funciones al servicio de la fe, que tienen su fundamento en las palabras de Jesús. Supongo que, pensando en las relaciones humanas, san Pablo, reconocía que “la autoridad que el Señor le dio” era “para edificar la comunidad, no para destruirla” (2 Cor 10,8). La primera carta de Pedro (5,1-4) recuerda a los presbíteros que deben ser modelos y no tiranos.

La autoridad en las comunidades eclesiales y/o religiosas está para cuidar, servir, ayudar, orientar. ¿Es posible desde estructuras jerárquicas fomentar la igualdad para que sea posible la reciprocidad? En las comunidades eclesiales sigue estando presente la terminología de superior y de maestro, lo que puede dar a entender que hay súbditos y discípulos. Entre un superior y un súbdito, un maestro y un discípulo puede haber una relación honorable y amable. Pero ¿cómo evitar el peligro de dominio y servilismo, para que pueda darse la fraternidad evangélica entre iguales (no entre “idénticos”, sino entre iguales que son diferentes)? Un amo puede ser amable y afectuoso con sus esclavos, pero eso no impide que el amo sea señor y el esclavo siervo. El amor es algo más que amabilidad y afecto. Y no es posible sin la igualdad, al menos sin “una cierta igualdad”. Ese el reto y la tarea permanente de nuestras comunidades religiosas: buscar esos tipos de igualdad que hagan posible el amor, para que así se parezcan cada vez más al ideal de la comunidad de Jesús.

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12
Sep
2019
El ideal de la comunidad cristiana no es la pobreza
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economiacruz

Jesús anuncia su evangelio a los pobres. Para que sean felices, no para que sufran y lo pasen mal. Hay que decir claramente que el ideal de la vida cristiana no es la pobreza, sino el que no haya pobres, el que cada uno tenga lo que necesita. El libro de los Hechos hace un retrato idealizado de lo que debe ser una comunidad cristiana, sin ocultar que en ella siempre hay quien no cumple el ideal. Según este retrato, entre los creyentes “no había ningún necesitado”, no había indigentes (4,34), pues “lo tenían todo en común” y repartían lo que tenían “según la necesidad de cada uno” (Hech 2,44). El ideal de la comunidad cristiana no es la pobreza, sino el que no haya pobres, el que cada uno tenga lo que necesita. La mala economía empieza cuando algunos pretenden necesitarlo todo o, al menos, la mayor parte de lo que hay.

En la segunda carta a los corintios (8,9) podemos leer que el Señor Jesús, siendo rico, se hizo pobre, para enriquecernos con su pobreza. En las sociedades capitalistas uno se enriquece empobreciendo a muchos. Jesús se empobrece para enriquecer a todos. Él nos enriquece con su propia pobreza, pues todo lo suyo es una donación. Jesús, siendo rico con la riqueza insondable de Dios, se entrega totalmente para bien de los demás. La pobreza, vivida según el ejemplo de Cristo, es expresión de la entrega total de uno mismo, que tiene los ojos abiertos sobre las necesidades de los demás y el corazón misericordioso para socorrerlos. Es la pobreza de aquel que pone toda su confianza en Dios, y así puede anteponer los demás a uno mismo.

Los cristianos debemos esforzarnos en traducir esos principios evangélicos, de modo que el ser humano y su verdadero bien tengan la primacía en la actividad económica, así como en la organización social y política. Como decía Benedicto XVI (Caritas in veritate, 25), “el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es la persona en su integridad”. Considerar “al ser humano como un bien de consumo, que se puede usar y lugar tirar” ha dado lugar a una economía del descarte, en la que las personas son no sólo explotadas, sino consideradas deshechos, sobrantes (Francisco, Evangelii Gaudium, 53). Hay economías que matan. Por eso debemos buscar “una economía diferente, que da vida y no mata, que incluye y no excluye, humaniza y no deshumaniza, cuida la creación y no la despoja” (Francisco).

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8
Sep
2019
Las protestas en Hong-Kong como parábola
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Hongkong

Una de las noticias de este verano han sido las reiteradas manifestaciones de numerosos ciudadanos de Hong-Kong (entre ellos muchos jóvenes), en defensa de lo que consideraban uno de los bienes más preciados, puesto en peligro por el gobierno chino: la libertad. Los hongkoneses que protestaban eran bien conscientes del peligro que corrían. Para defender la libertad enfrentándose a fuerzas poderosas hace falta mucha fortaleza. Pero el bien que se pretende defender y mantener llena de fuerza y valor a sus defensores, a pesar de los peligros a los que se exponen. Aquí cabría aplicar esta máxima latina que dice que “quién resiste, gana”. No es seguro que, a corto plazo, el que resiste vaya a ganar, sobre todo cuando tiene enfrente a fuerzas sin escrúpulos. Pero posiblemente sí gane a medio o largo plazo.

Esa es la experiencia de todos aquellos que, en nuestro mundo, han encabezado movimientos de resistencia contra la opresión. Basta pensar en nombres como Ghandi, Nelson Mandela o Martin Luther King. Ellos sufrieron la cárcel y la represión, pero sus ideas y propuestas terminaron por imponerse. El bien siempre vence, a pesar de las apariencias y de los múltiples obstáculos que se le oponen. Porque en el bien hay una fuerza divina y en el mal una fuerza diabólica. Y por mucho que se empeñen las fuerzas diabólicas, al final terminan siendo derrotadas.

Seguramente sobre los acontecimientos y nombres utilizados puede haber diversidad de opiniones y de valoraciones políticas. Los nombro como reflejo de realidades sociales que, en cierto modo, pueden servir de reflexión para nuestra vida cristiana. El cristiano debe enfrentarse con valor, valentía y firmeza contra todos aquellos obstáculos, internos y externos, que le impiden mantenerse fiel al Evangelio. En este sentido es bueno recordar una virtud un tanto olvidada, la de la fortaleza. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, la fortaleza nos mantiene firmes y constantes en la búsqueda del bien, nos hace capaces de vencer las tentaciones y de superar los obstáculos en la vida moral. Ante las pruebas y persecuciones, la fortaleza nos infunde valor para vencer el temor. Nos capacita para defender las causas justas, incluso cuando, a veces, en esta defensa está en juego la propia vida. Al respecto, resulta muy oportuna esta palabra de Jesús: “En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: Yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).”

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4
Sep
2019
Evangelio y realismo político
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economiaflorida

En economía, como en política, hay que ser realistas. Es necesario confrontarse con la realidad. El evangelio debe vivirse y traducirse en realidades concretas. Y lo concreto de lo político y lo económico es el pluralismo de intereses y de puntos de vista, no siempre fácilmente conciliables. De ahí la necesidad de un permanente diálogo, que implica capacidad de ceder, pero sobre todo de buscar consensos en donde nadie quede perjudicado y se respeten los derechos básicos de las minorías. Este mundo es de todos y todos tenemos derecho a nuestro sitio.

Una cosa son los ideales y otra las realidades concretas y las aplicaciones particulares. El evangelio hay que vivirlo en el realismo político y económico. Esto quiere decir que habrá que buscar soluciones imaginativas teniendo en cuenta todos los datos, las distintas opiniones, la necesidad de defenderse ante el egoísmo ajeno traducido en delito. Pero también significa que hay que recordar siempre el ideal para que las concreciones se acerquen lo más posible al ideal.

Al respecto es bueno recordar el comienzo de las parábolas de Jesús: “el reino de los cielos se parece a”. O sea, el Reino de los cielos es una realidad que nos sobrepasa y nos desborda, pero en este mundo es posible anticipar modos y maneras de ser y de actuar que, de algún modo, “se parezcan”, se aproximen al ideal. Estos modos y maneras serán deficientes, pero hay deficiencias y deficiencias. Está la deficiencia del que se separa del ideal o incluso actúa contrariamente al ideal, y está la deficiencia del que se esfuerza por llegar a él, aunque no llegue, por su propia limitación y por el egoísmo que, aun sin querer, se infiltra en todo lo que hacemos y pensamos.

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31
Ago
2019
Economía, arte y no artimaña
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atardecer

La economía tiene repercusiones concretas en la vida de las personas, a veces muy negativas. Precisamente por eso la economía debe estar al servicio de la persona, de todos los seres humanos.

La economía no puede convertirse en una artimaña que sólo beneficia a unos pocos. Artimaña es una acción hábil y malintencionada para conseguir algo. Como es malintencionada lo que con ella se consigue perjudica a muchos y beneficia a pocos. La economía debe ser un arte, una actividad realizada en beneficio de todos. Las artimañas son egoístas. El arte (al menos, en principio y en su intención esencial) busca ser admirado por todos, porque refleja y representa algo bueno y favorable.

Cierto, el arte puede mal tratarse y convertirse en artimaña, en un producto comercial del que se benefician unos pocos privilegiados. Pero el arte auténtico es gratuito, como gratuita es la belleza de la naturaleza que el artista creador pone ante nuestros ojos, o como gratuita pretendían que fuera, fray Angélico y Miguel Ángel, la contemplación de las grandes pinturas y esculturas que realizaron. Así debería ser la economía, un arte al servicio del bienestar y del bien vivir de todos.

Economía no es caridad, pero la caridad debería ser el alma de toda economía con rostro humano. En el trasfondo de la economía debería estar un concepto de justicia en el que el dar a cada uno lo que le corresponde no estuviera condicionado por resultados mercantiles o por la estricta aplicación de la legalidad, sino por la voluntad original de Dios que entregó todos los bienes de la tierra para que sirvieran de alimento a todos sus habitantes: “del Señor es la tierra y cuanto la llena” (Sal 24,1). El ser humano está llamado a cuidar y administrar esos bienes según la voluntad del Señor (Gen 2,15). Y la voluntad del Señor es que a nadie le falte lo necesario para vivir. Lo necesario para vivir es lo que le corresponde a cada uno.

En este mundo las cosas no funcionan así. Por eso, hay pobreza, guerra, hambre, personas abandonadas o expulsadas de sus tierras; el trabajo se ha convertido en un privilegio, hay más miseria y necesidad que nunca. No es extraño que muchos reclamen una sociedad alternativa, basada en valores distintos de los mercantiles, una sociedad que vaya más allá de los “papeles” y de los “derechos”, una sociedad en donde lo justo no sea lo que a cada uno se le debe o lo que uno se ha ganado, sino que todos estén bien, que haya pan para todos, no importa cuales sean los medios para estar bien y para tener comida.

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27
Ago
2019
Ser hijo de Dios y comportarse como tal
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cupulao

A veces surge la pregunta de si todos los humanos son hijos de Dios o sólo algunos. No sería bueno que esta pregunta, y no digamos la respuesta a la misma, estuviera condicionada por el presupuesto de que la salvación está restringida a los bautizados. Como no parece fácil negar que Dios es el Padre de todos los seres humanos, se recurre a la estratagema de distinguir dos tipos de paternidad en Dios: una, que alcanzaría a todo lo creado, y otra, propia de los bautizados. Todo lo creado es creatura de Dios; por tanto, todos los seres humanos son creaturas de Dios. Pero sólo los bautizados tendrían la dignidad y la realidad de hijos.

Decir que Dios es Padre de todos los hombres, pero que algunos hijos de este Padre no son en realidad hijos, parece un tanto contradictorio y un modo de jugar con las palabras. Es preferible reconocer la filiación universal de todo ser humano con relación al Padre Creador, aunque haya que precisar que no todos los humanos sean conscientes de quién es su verdadero Padre. Hay muchos hijos que, desgraciadamente, no saben quiénes son sus padres. Los hay incluso que reniegan de sus padres. Pero no cabe duda que es más fácil vivir y comportarse como hijo cuando uno conoce al padre y está familiarizado con él que cuando uno no lo conoce.

También hay hijos que, sabiendo quiénes son sus padres, no se comportan como hijos de tales padres. ¿En qué se parece el hijo al Padre? ¿En el rostro, en la estatura? ¿No será más bien en el carácter, en el talante? En el capítulo ocho del evangelio de Juan se encuentra una tensa discusión entre Jesús y los fariseos a propósito de quién es hijo de quién. Los fariseos reivindican con fuerza ser hijos de Abraham. Jesús lo reconoce: “Sois descendencia de Abraham” (Jn 8,37). Pero la cuestión es que no os comportáis como hijos de Abraham, pues el hijo actúa con el mismo talante, el mismo espíritu que el padre. Y los fariseos, dice Jesús, actúan con el espíritu del diablo. Por eso, su padre es el diablo y cumplen los deseos de este padre (Jn 8,44). Se puede ser hijo de Abraham y comportarse como hijo del diablo.

En suma, todos los seres humanos son hijos de Dios, todos hemos nacido porque él lo ha querido y, sobre todo, porque nos ha querido, porque nos ha amado. No sólo ha consentido que seamos, nos ha querido expresamente, sea cuál sea la mediación que nos ha dado el ser. El bautismo refuerza esta condición al darnos el Espíritu Santo, que nos guía por los caminos de Dios. Cierto, es posible estar bautizado y entristecer al Espíritu Santo, no dejarnos guiar por él. Y también es posible no estar bautizado y actuar según el Espíritu de Cristo. Con una diferencia: los bautizados saben cuál es el Espíritu que les guía. Y cuando se tiene claro cuál es el buen espíritu, cuando uno tiene claro quién es su padre, cuando tiene claro de dónde viene y a dónde va, vive con otra alegría. Al final, eso de ser cristiano es una cuestión de calidad de vida

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22
Ago
2019
Brazos abiertos y puños cerrados
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openarms

Open Arms (o sea: brazos abiertos) es el nombre de un barco español que, en estos pasados días, se ha hecho tristemente famoso por las dificultades que ha encontrado para desembarcar a más de 150 náufragos, que huían de la miseria, de la guerra, de la violencia, de la imposibilidad de vivir dignamente en sus países. Junto con el barco, también se ha hecho tristemente famoso el Ministro del Interior del Gobierno italiano, que ha impedido con todas su fuerzas (que por lo visto son muchas) que desembarcaran los náufragos. Y cuando alguno ha desembarcado, por estar enfermo o ser menor, el Ministro ha dejado bien claro que se hacía “a pesar suyo”.

Sorprende el poder del Ministro, que ha actuado incluso en contra de la opinión del Presidente del Consejo de Ministros. Cosas de la ley, supongo. Y también cosas de la política. De una política en la que las personas importamos en la medida en que tenemos un voto, aunque luego con nuestro voto hagan lo que interesa no al votante, sino al votado. No es menos cierto que también ha sido cosa de la ley (y quizás de la política) que, finalmente, las personas recogidas por el barco hayan desembarcado por orden de un fiscal italiano.

Si el barco se llama “brazos abiertos”, el Ministro del interior bien podría llamarse “puño cerrado”. Dicho con todo respeto a la persona, y sólo como expresión simbólica que sirva de contrapunto al nombre del barco. Brazos abiertos que acogen, puño cerrado impertérrito ante las urgentes necesidades ajenas, buscando todo tipo de subterfugios para mantener incólume su posición. Brazos abiertos para abrazar, puños cerrados para agredir.

No nos engañemos. Estas dos figuras (brazos abiertos y puños cerrados), desgraciadamente, coexisten en cada uno de nosotros. Basta ver las opuestas reacciones de los políticos españoles ante cada una de las desventuras del Open Arms. Todos tenemos nuestro lado acogedor y nuestro lado egoísta. Incluso, a veces, el lado acogedor no es puro del todo, y el egoísta convive con remordimientos, siempre en función de los propios intereses. Lo de los propios intereses se puede comprender. Pero hay intereses que nos vuelven insensibles y ciegos al sufrimiento de los demás.

En nuestro corazón hay una tendencia a la compasión y una tendencia a la insensibilidad. Aunque quizás no podamos anularlas del todo, la cuestión es cuál de estas dos tendencias va a prevalecer. En la medida en que la tendencia compasiva domine, es posible que la alegría sea nuestra mejor recompensa.

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20
Ago
2019
Nacer de Dios: recibir el esperma divino
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ciriosencendidos

Junto con el modelo jurídico de la adopción (del que hemos hablado en el post anterior), encontramos en el Nuevo Testamento textos que hablan de la filiación divina con fórmulas similares a las de una filiación natural. Hasta el punto de que la primera carta de Juan (3,9) llega a decir del que “ha nacido de Dios”, que “su esperma” permanece en él. Y como tiene tal germen “no puede pecar, porque ha nacido de Dios”. Los escritos joánicos, más que de “hijos de Dios”, hablan de los “nacidos de Dios” (Jn 1,12-13; 3,3-8; 1 Jn 2,29-3,1; 3,9-10; 4,7; 5,1.4.18). Pero no se trata de un nacimiento humano o terreno, sino “espiritual”, en virtud del Espíritu Santo. No es un nacimiento por impulso de la carne; es el resultado de una acogida: “a los que lo recibieron, los hizo capaces de ser hijos de Dios” (Jn 1,12-.13); “lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu” (Jn 3,6). Aún con la precisión de que este nacimiento es del Espíritu, la terminología es tan realista que quién la escu­cha no entiende cómo puede ser posible: “¿cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?” (Jn 3,4).

El modelo de la adopción deja clara la iniciativa y libertad de Dios al hacernos sus hijos. El modelo del “nacer de Dios” aclara el otro aspecto de la relación, a saber, somos hijos si acogemos el don de Dios por la fe: “a los que le recibieron”, a los que creen, les hizo hijos (Jn 1,12); “el que obra la justicia” nace de él (1 Jn 2,29); “no co­mete pecado el que ha nacido de Dios” (1 Jn 3,9; 5,18); “el que ama” ha nacido de Dios (1 Jn 4,7); “el que cree que Jesús es el Cristo” ha nacido de Dios (1 Jn 5,1). Tam­bién san Pablo lo deja claro: “sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gal 3,26); “los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rm 8,14).

La iniciativa divina, gratuita e incondicional, pide una acogida libre y agrade­cida por parte del hombre para que el amor pueda alcanzar su perfección. Pues sólo en la reciprocidad alcanza el amor su plenitud. Los dos aspectos de la filiación divina son necesarios, pues así queda claro tanto la gratuidad del amor como la im­portancia de la acogida para lograr la perfección del amor.

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16
Ago
2019
¿Qué significa ser hijo adoptivo de Dios?
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jesusfamilia

La primera cualidad que san Pablo destaca en la persona justificada, en aquel que ha acogido a Cristo y ha recibido el Espíritu de Dios, es la de ser “hijo de Dios”. Según san Pablo se trata de una “filiación adoptiva” (Rm 8,14-17; Gal 4,4-7; Ef 1,3-5). La fórmula no tiene que confundirnos y hacernos pensar que se trata de una filiación de segunda categoría. En el contexto de la cultura antigua, la filiación adoptiva tenía tanta o más importancia que la filiación natural. En esta línea, San Agustín dejó claro que tiene más derechos sobre el hijo el padre adoptante que el padre engendrador: “cuando un hombre se hace hijo de otro de cuya sangre no ha nacido, prevalece la voluntad del adoptante sobre la naturaleza de quien le engendró”. Recuerdo que Nerón era hijo adoptivo de Claudio, que lo prefirió a los hijos tenidos con su mujer.

Cuando san Pablo califica de adoptiva nuestra filiación con Dios, subraya la gratuidad de la elección divina. Dios no nos toma como hijos de forma forzada o necesaria, porque no tiene más remedio que hacerlo, o porque le obliga a hacerlo el hecho de habernos creado. Nos adopta como hijos porque libremente se ha fijado en nosotros, porque nos ama, porque le agradamos. Cierto, en el Nuevo Testamento hay otro modelo de comprensión de la filiación divina (hablaré de este otro modo en un próximo post). Ahora importa aclarar que el modelo de la adopción deja clara la iniciativa y la libertad divina al hacernos sus hijos. Supera con mucho la idea de una adopción puramente jurídica o incluso moral.

La adopción es un modelo que apunta a una realidad mucho más profunda: somos hijos de Dios, porque Dios nos ama como no se puede amar más. La fuerza de la filiación está en el amor. No en la carne o la sangre, sino en el amor, que es más fuerte que todas las sangres. Por eso san Pablo (en los dos primeros textos citados al principio: Rm 8,14-17 y Gal 4,4-7) contrapone el espíritu de adopción al espíritu de esclavitud: los hijos adoptivos son libres; verdaderos hijos y, por eso, herederos de los bienes divinos.

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