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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

12
Ene
2020
Calles con nombres evocadores
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calledelafe

La calle es un lugar de tránsito. Todas tienen un nombre. Muchos se refieren a personajes que han tenido una influencia social, política o religiosa. Otros nombres de calles describen accidentes geográficos: ancha, larga, estrecha, empinada. Hay nombres que evocan situaciones favorables o desfavorables, e incluso actitudes directamente religiosas. Es posible hablar, por ejemplo, de calle de la amargura o de calle de la alegría. En mi ciudad natal, como seguramente en muchas otras, se encuentra la calle alegría y la calle amargura, pero también la calle de la fe, la de la esperanza y la del amor.

En línea con estas connotaciones éticas y religiosas, la calle podría ser un símbolo del encuentro, del paso hacia el otro, del camino que me lleva al otro para conocerle, saludarle, ayudarle, desearle bien. En la calle hay personas muy distintas, pero en ella cabemos todos, debemos hacernos sitio unos a otros. Más que un lugar de tránsito para ir de un sitio a otro, la calle podría ser, sobre todo, lugar para ir hacia el otro, lugar para el encuentro, y convertirse así en camino para dar y buscar amor. En la medida en que se conviertan en espacios para el encuentro y el amor, en esa misma medida el Reino de Dios se hace presente en nuestras calles.

Hablando de calles con connotaciones éticas o nombres religiosos, ofrezco una idea para los profesores de religión o para los catequistas: invitar a sus alumnos a buscar, en su ciudad, denominaciones de calles que sean evocativas de sentimientos religiosos o éticos. Y suscitar en ellos la curiosidad de conocer lo que estos nombres significan o el motivo por el que han recibido esa denominación. Es un ejercicio en el que confluyen religión, cultura, y conocimiento de la propia ciudad.

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8
Ene
2020
Ángeles: algunas consideraciones
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angel

La existencia de los ángeles es doctrina eclesial. Esta verdad podría iluminar una cuestión que, a veces, se plantea cuando en ambientes cristianos se habla de la posibilidad de vida inteligente extraterrestre, a saber: ¿estos posibles seres inteligentes de otras galaxias necesitan redención o habría que aceptar otras economías de salvación para ellos? La existencia de los ángeles nos indica que la humana no es la única posibilidad de vida inteligente. Y nos indica que es posible que haya vidas inteligentes que no se hayan rebelado contra Dios, aunque en el caso improbable de que hubiera indicios serios de la existencia de tales seres, desde el punto de vista de la teología sería necesario determinar cuál es su relación con el Logos encarnado en Jesús de Nazaret. Los ángeles nos abren perspectivas de vida inteligente limitada e imperfecta (porque sólo Dios es perfecto) más allá de la humana. Y nos invitan a ser humildes, no creyéndonos los únicos seres inteligentes del universo.

Por otra parte, el ángel es signo de la presencia de Dios en la vida de una persona, desde una de estas dos perspectivas: Dios tiene un mensaje para esta persona, o Dios manifiesta que cuida de esa persona. Cuando se afirma que “el ángel del Señor anunció a María”, se está diciendo: Dios tenía algo que comunicar a María y se hizo presente en su vida. ¿De qué modo? Eso ya no lo dice la Escritura, aunque, en demasiadas ocasiones, sea lo que interesa a nuestra curiosidad. Pero este interés denota la preferencia por cuestiones secundarias, que desgraciadamente olvidan la principal. El ángel, además, es signo del cuidado que Dios tiene por cada uno de nosotros. Hablar de “ángel de la guarda” es un modo de decir que Dios cuida de cada persona de forma permanente, con un cariño inmenso.

El artista dominico Miguel Iribertegui sugiere que "los ángeles representan una antropología escatológica: ni hombre ni mujer, eternamente joven, eternamente bello”. Jesús hablando del matrimonio utilizó parecidas ideas: los que sean hallado dignos de la resurrección no se casarán, serán como ángeles. El encuentro con Dios potenciará todas las dimensiones de nuestra existencia, pero las relaciones entre los seres humanos no serán como en este mundo. Nuestros encuentros se realizarán en un nivel que irá más allá de lo biológico, nos relacionaremos en el nivel más profundo y auténtico de nuestra personalidad.

Finalmente, hablando de los ángeles, recuerdo haber leído en Kierkegaard esta idea: “¡ángeles, ángeles! ¡Algunos dicen que no existen! Bien, pues compórtate tú como un ángel y así habrá ya un ángel en este mundo”. Los ángeles nos invitan a vivir angélicamente, o sea, divinamente. O sea: haciendo que nuestra vida está en consonancia con el Evangelio de Jesús.

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4
Ene
2020
Orfeo mejor que Ulises
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ulises

El Papa Francisco, en su exhortación apostólica Christus vivit (nº 223) compara el mito de Ulises con el de Orfeo: “Ulises, para no rendirse al canto de las sirenas, que seducían a los marineros y los hacían estrellarse contra las rocas, se ató al árbol de la nave y tapó las orejas de sus compañeros de viaje. En cambio, Orfeo, para contrastar el canto de las sirenas, hizo otra cosa: entonó una melodía más hermosa, que encantó a las sirenas”.

Hoy son muchas las sirenas que nos distraen de la búsqueda del bien y de la verdad. Ante estas sirenas, ante las descalificaciones de la fe católica, es posible taparse los oídos, no querer escuchar los argumentos que se levantan contra la fe, o responder con malos modos. En cierto modo es lo que hizo Ulises: para defenderse de los malos encantos de las sirenas, y no teniendo modo de responderles, prefirió no escuchar para así salvar su vida. Pero también es posible responder de otro modo ante los ataques a la fe: escuchar con atención lo que el otro tiene que decir y ofrecerle argumentos mejores en defensa de la fe. Es lo que hizo Orfeo: en vez de dejarse encantar por los cantos de las sirenas, encontró una mejor melodía, y las encantadas fueron las malas sirenas.

Los cristianos tenemos que estar preparados para justificar y defender nuestra fe frente a aquellos que la descalifican. Estos argumentos quizás no convenzan a quienes nos critican, pero al menos deben convencernos a nosotros. De este modo, si no convencemos al otro, al menos reforzaremos nuestra fe. Porque el cristiano tiene buenas razones para creer. Y los argumentos en pro de la existencia de Dios son tanto o más sólidos que los argumentos en contra de su existencia. Es posible decir que el mundo es el resultado de un proceso azaroso. Pero es tan serio o más decir que la existencia de la realidad y de la vida tiene una razón; y que de los puros procesos materiales no puede surgir vida inteligente. Por tanto, postular una razón explicativa de la existencia de la materia y de la vida es muy razonable. El creyente cree que esta razón última que todo lo explica es un ser trascendente, que no puede menos que ser personal e inteligente.

Frente a los argumentos descalificatorios de la fe no basta responder con oración, y menos con insultos. Se necesitan otros argumentos. Encontrar argumentos requiere formación y estudio. El estudio humaniza y ofrece sabiduría, sirve (como dice el Papa) “para hacerse preguntas, para no ser anestesiado por la banalidad, para buscar sentido a la vida”. El mejor modo de hacer frente a los desafíos de la ciencia y de la cultura, no es descalificando a la ciencia y a la cultura, sino “con el testimonio de una fe viva y adulta, educada (eso es la teología, una fe adulta educada) para poder percibir con lucidez las dificultades y poderlas vencer” (Gaudium et Spes, 21).

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29
Dic
2019
Un año más: balance y propósitos
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Está a punto de comenzar un año más. Cada uno sabrá cuántos años ha vivido. Todos los días son una buena ocasión para dar gracias a Dios por el regalo de la vida. Un regalo que no tiene precio y, por eso, vale mucho. Por otra parte, hay días que parecen indicados para hacer balance. Los periódicos y las televisiones se encargan de ofrecernos los acontecimientos más relevantes del pasado año. Nuestra página web (dominicos.org) ofrece cada año la lista de noticias más leídas y de artículos más visitados. Pero hay un balance que sólo puedo hacer yo: ¿cuáles son los momentos en los que he prestado ayuda desinteresada a un hermano necesitado, cuáles los momentos en los que he pedido perdón a quienes he ofendido, cuáles los momentos en los que he sido capaz de levantarme de mis caídas, o de superar mis “malos momentos”?

El Papa, en su mensaje del uno de enero con motivo de la jornada mundial de la paz, relaciona la paz con la esperanza. Desgraciadamente, en muchos lugares y a muchos niveles, incluidos lugares y niveles eclesiales, la paz no es una realidad. Por eso es objeto de esperanza. La esperanza no tiene nada de pasiva, es muy activa, porque sólo se mantiene si hay posibilidades de lograr lo esperado. Y esas posibilidades requieren mi compromiso personal y mi trabajo. La esperanza, además, es muy tenaz, no se desanima ante las dificultes, sino que redobla los esfuerzos cuando éstas aparecen. La paz necesita constructores valientes, decididos, incansables, que luchen contra el mal y se comprometan a favor del bien. Esos constructores mantienen la esperanza.

Si el fin de año suele ser objeto de balance, el comienzo del año pudiera ser objeto de buenos propósitos que contribuyan a poner paz en nuestro trabajo, en nuestras comunidades y en nuestras vidas. Mejor pocos y realistas que muchos e inabarcables. Aunque a lo mejor no hace falta concretar ningún buen propósito; basta con aprovechar las ocasiones para hacer el bien y acercarnos al que requiere ayuda que a lo largo del año se nos presentarán, aún sin buscarlas.

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26
Dic
2019
La Encarnación, prolongación del misterio trinitario
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generación

Tomás de Aquino, en su comentario al Credo, explica el misterio de la Encarnación como si fuera una prolongación del misterio del Verbo engendrado en el seno del misterio Trinitario. Dice el Santo: “Es claro que nada es tan semejante al Hijo de Dios como el verbo concebido en nuestra mente y no proferido. Ahora bien, nadie conoce el verbo mientras permanece en la mente del hombre, si no es aquel que lo concibe; pero es conocido al ser proferido. Y así, el Verbo de Dios, mientras permanecía en la mente del Padre no era conocido sino por el Padre; pero ya revestido de carne, como el verbo se reviste con la voz, entonces por primera vez se manifestó y fue conocido”. La imagen que utiliza Santo Tomás para explicar como el Padre engendra al Verbo no es material, sino espiritual: el Padre engendra al Verbo del mismo modo que el ser humano engendra en su mente una idea, un concepto, una palabra no dicha.

Ahora bien, mientras la idea permanece en la mente del que la ha concebido, nadie la conoce. Sólo es conocida cuando es proferida, cuando la idea se dice con una palabra. La palabra es la manifestación de la idea concebida en la mente, de modo que todos pueden conocer la idea gracias a la palabra pronunciada. Es claro que la palabra es idéntica al pensamiento, a la idea, pero no es menos cierto que, al expresarse, la idea queda como anquilosada, reducida, empequeñecida. La idea es superior a la palabra, aunque la palabra sea la misma idea.

Pues bien, cuando el Verbo eterno de Dios se encarna ocurre algo parecido. El Verbo divino se hace humano al encarnarse en el hombre Jesús. De modo que podemos decir que el hombre Jesús es la traducción, la manera humana de ser Dios. Si hubiera que traducir a nuestro modo lo que es Dios, lo que Dios piensa y lo que haría, eso es Jesús. Ahora bien, el Verbo divino al hacerse hombre, la Palabra divina al hacerse humana, queda constreñida por los límites humanos, del mismo modo que el pensamiento, al proferirse en palabras queda constreñido, limitado y encerrado en la deficiencia de la palabra. El Verbo de Dios, al hacerse humano, está limitado y sometido a las debilidades y complejidades de lo humano. Así se explica que “el niño crecía” no sólo en edad, sino también en sabiduría y en gracia, en experiencia de Dios. Lo divino se reduce, toma una talla humana y, por tanto, limitada.

Y todo eso por amor. Dios ama al ser humano hasta tal punto que consiente limitarse para llegar a lo humano, para que los humanos podamos conocerle, y podamos también imitarle. Si no se hubiera puesto a nuestro nivel ni habríamos podido conocerle, ni tampoco imitarle.

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22
Dic
2019
Encarnación o Dios como amante apasionado
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navidad05

No estamos muy acostumbrados a decir que Dios es un amante. Quizás porque la palabra puede tener connotaciones negativas. Pero incluso entendida en su sentido más positivo de sentir una intensa atracción emocional hacia una persona y desear compartir la vida con ella, nos cuesta aplicarla a Dios. Y, sin embargo, el misterio de la Encarnación nos empuja a entender que Dios es amante de los seres humanos, porque desea compartir nuestra vida y desea que nosotros compartamos la suya; un amante que quiere unirse con lo humano hasta el punto de hacerse él mismo humano. Lo propio del amante es querer ser como el amado. Hay algo en el ser humano que empuja a Dios hacia lo humano. Sólo así se entiende esto que dice el evangelio de Juan: “vino a lo suyo”. Si al venir a nosotros vino a lo suyo, eso significa que lo humano es lo suyo y, por eso, desea ser humano.

El término “eros” indica un amor apasionado que busca la presencia y la compenetración con el otro. Benedicto XVI, en su primera encíclica (Deus caritas est), rehabilitó la palabra “eros” como una buena expresión del “amor apasionado de Dios por su pueblo”, y califica a Dios de “amante con toda la pasión de un verdadero amor”. Recordemos que el Cantar de los cantares (6,3) canta en términos de entrega mutua el amor de Dios para con su pueblo: “yo soy para mi amado y mi amado es para mí”. Dios y el hombre son el uno para el otro. En este ser el uno para el otro, la persona humana, lejos de quedar anulada, queda supremamente potenciada en su propia humanidad; y Dios, lejos de quedar empequeñecido, manifiesta lo que es, un Dios que no puede más que amar, porque la relación es un elemento constitutivo de su ser. “Se da ciertamente una unificación del hombre con Dios”, dice Benedicto XVI, pero en esta unificación ninguno queda anulado, los dos “siguen siendo ellos mismos”, pero potenciados.

“Con su Encarnación, Dios se ha unido con todo hombre”. Así se expresa el Magisterio del Vaticano II y de Juan Pablo II, inspirándose en la teología patrística. La Encarnación es, sobre todo, un misterio de amor, cuya iniciativa está en Dios. Entender la encarnación desde la perspectiva del pecado es hacerse una pobre idea de Dios y una pobre idea del hombre. La Encarnación no es algo coyuntural; es, como dice Juan Pablo II, “la dimensión que Dios quería dar a la vida humana desde sus comienzos”. La Encarnación sólo se entiende desde la perspectiva del amor, de un Dios que crea un ser a su imagen para poder amar y ser amado y, por eso, desde el comienzo de la historia, va en busca del ser humano, buscando una respuesta a su amor.

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18
Dic
2019
La encarnación esclarece nuestro propio misterio
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navidad04

“El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”, dice el Concilio Vaticano II. El misterio de la Encarnación nos descubre algo importantísimo sobre nosotros mismos, a saber: que el ser humano es capaz de Dios, porque Dios es capaz del hombre. Y precisamente en esta capacidad de Dios está la medida de cada persona, su plenitud, su perfección.

Hay otro aspecto fundamental del ser humano que también se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. La Encarnación requiere la colaboración humana. Si Dios quiere hacerse hombre, la única manera que hay para ello es naciendo de una mujer. Pero este Dios hecho hombre en Jesús de Nazaret sigue siendo Dios. Por eso, la fe cristiana confiesa que Jesús es Dios y hombre. La conjunción copulativa es necesaria: ni sólo Dios, ni sólo hombre. Verdadero Dios y verdadero hombre. El verdadero hombre requiere de una mujer. El verdadero Dios requiere que esa mujer sea virgen. La virginidad de María es el correlato humano de la afirmación de fe de que este niño que nace de ella “sólo” tiene por padre a Dios. El tener “sólo” por padre a Dios requiere la ausencia de semen viril, pues si hubiera semen viril el niño tendría por padre a un hombre.

Esta explicación del papel de María como madre y como virgen, nos está revelando algo sobre todo ser humano, a saber: que la paternidad de Dios está en el origen de toda vida. La paternidad de Dios estuvo en el origen de la primera vida humana. Y aunque la ciencia explique que la aparición de los humanos se produjo por evolución del mundo animal, eso no quita que el paso del pre-homínido al humano suponga un salto cualitativo, que no se explica sólo por evolución biológica, sino por la intervención de Dios. Esto es lo que ocurre con todo nacimiento: Dios está en el origen. Eso que para la fe es claro, a saber, que en la Encarnación Dios interviene directamente, es lo que ocurre con toda vida humana. De este modo, el misterio del Verbo encarnado ilumina el misterio de todo ser humano, nos aclara de dónde venimos y también a dónde vamos. Venimos de Dios, y no del barro, o dicho con términos actuales, venimos de Dios y no solo de los genes. Para volver a Dios y no al barro.

Jesús es el Hijo porque viene del Padre y porque depende del Padre. Además de Hijo es el primogénito entre muchos hermanos. Por tanto, lo que ocurre con él debe ocurrir también con los hermanos, que somos nosotros. Somos hijos de Dios porque dependemos del Padre y venimos del Padre. No sólo porque, a través de la cadena de generaciones, tenemos nuestra razón última o nuestra primera paternidad en Dios, sino también porque con cada ser humano aparece una novedad absoluta, que humanamente no tiene razón de ser (no hay ninguna razón para que yo, con mis características individuales e irrepetibles esté ahí), pero teológicamente tiene razón de amor: Dios me ha querido así, tal como soy, único e irrepetible.

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14
Dic
2019
Jesús, ¿célibe o casado?
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mariamagdalena

“Pocos teólogos y expertos en cuestiones bíblicas, tanto católicos como protestantes, ponen en duda que Jesús estuviera casado. Para un judío de su tiempo era inconcebible no tener familia y descendencia… Pero, ¿con quién estaba casado? Sin duda con la Magdalena”. Eso escribe la periodista Cristina Enríquez, en un amplio reportaje de la revista “Muy historia” (diciembre, 2019, página 51). Este es un tema sobre el que preguntan muchas personas. La pena es que, a veces, los cristianos, no saben cómo responder a este tipo de afirmaciones y, cuando lo hacen, suelen apelar a razones de autoridad. Pero una respuesta convincente a la cuestión de si Jesús era célibe o estaba casado debe apelar a motivos de tipo histórico. A partir de esos motivos, será posible ofrecer explicaciones doctrinales.

La periodista comete un error: su afirmación de que “pocos teólogos ponen en duda que Jesús estuviera casado” no es exacta, porque la gran mayoría de los teólogos y expertos cristianos, que han estudiado a fondo las fuentes de las que disponemos para acceder históricamente a Jesús, tienden a sostener que era célibe, con buenas razones. Cierto: en aquella sociedad, lo normal es que Jesús hubiera estado casado, como lo estaban sus discípulos. Sin embargo, hay un argumento bastante convincente que hace pensar lo contrario. Se trata de la buena información que da el Nuevo Testamento sobre la parentela de Jesús: su madre María, su padre José, sus hermanos y hermanas (fuera cual fuera el grado de parentesco). Hegesipo, un autor del siglo II, conoce el nombre de un primo de Jesús (Simón) y de un tío (Cleofás). También sabemos el nombre de sus amistades masculinas y femeninas: María Magdalena, Juana, Susana, Salomé, Juan “el discípulo amado”, Lázaro, etc. Ante tal abundancia de datos sobre sus familiares y amistades, el silencio sobre la posible esposa me parece significativo, significativo de que no la tenía

La ausencia de esposa sería, además coherente con otros aspectos provocativos y conflictivos de la vida de Jesús. El celibato no fue para Jesús algo marginal. Jesús es célibe porque el reino ha llegado: “hay quienes se hacen eunucos por el reino de los cielos” (Mt 19,12). O sea, para expresar en su vida la presencia de Dios entre nosotros como lo más valioso, definitivo y relativizador de todo lo demás. Si Jesús no hubiera tenido conciencia de que el Reino estaba ya en medio de nosotros (Mt 12,28), no habría sido célibe. Hubiera invitado a la oración y al arrepentimiento. Pero Jesús sintió el Reino de una manera cualitativamente distinta. Sintió una seducción de Dios que lleno su vida y su alma. Dios se apoderó físicamente de todo su ser. Y desde ahí colmó su afectividad y le abrió a todo tipo de personas, acercándose a ellas para amarlas y hacer el bien.

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10
Dic
2019
Mucho decorado, pero ningún niño Jesús
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lucesicono

Eso es lo que hay estos días en nuestras ciudades: mucha decoración, pero ningún niño Jesús. Este ambiente profano hace más oportuna, si cabe, la preciosa y emotiva carta al pueblo cristiano que ha escrito el Papa Francisco, reivindicando la tradición popular de los belenes durante los días de Navidad.

El texto comienza con estas palabras: “El hermoso signo del pesebre, tan estimado por el pueblo cristiano, causa siempre asombro y admiración”. Selecciono unas palabras del escrito: “Desde el belén emerge claramente el mensaje de que no podemos dejarnos engañar por la riqueza y por tantas propuestas efímeras de felicidad. El palacio de Herodes está al fondo, cerrado, sordo al anuncio de alegría. Al nacer en el pesebre, Dios mismo inicia la única revolución verdadera que da esperanza y dignidad a los desheredados, a los marginados: la revolución del amor, la revolución de la ternura. Desde el belén, Jesús proclama, con manso poder, la llamada a compartir con los últimos el camino hacia un mundo más humano y fraterno, donde nadie sea excluido ni marginado”.

Con motivo de las fiestas cristianas de Navidad ya estábamos acostumbrados a ver árboles iluminados. Este año los árboles han cedido el paso a las luces, al desafío pacífico que parece darse entre los alcaldes de Madrid y Vigo para ver quién pone más y mejores luces en la ciudad. En un principio, los árboles y las luces eran símbolos cristianos. El roble, en los pueblos germánicos, representaba al dios Odín. San Bonifacio “cristianizó” este símbolo y, en su lugar, colocó un pino que, por ser perenne, pretendía representar el inmutable amor del Dios revelado en Jesús. Algo de eso hicieron los primeros cristianos cuando cambiaron el sentido de las fiestas romanas al sol naciente por la fiesta de la Navidad, en la que nace el verdadero sol que ilumina a todo ser humano que viene a este mundo.

El árbol y las luces han dejado de ser símbolos religiosos cristianos. Se han convertido en adornos para celebrar no se sabe muy bien qué, quizás el final y el principio del año civil. Sería una pena que fueran las luces y el árbol del nuevo palacio de Herodes, “sordo al anuncio de la alegría”. La carta del Papa reivindica un signo claramente cristiano, el belén que todavía sigue estando presente, aunque probablemente menos que hace unos años. Signo que nos llama, por una parte, a la alegría; y, por otra, a realizar la revolución del amor.

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6
Dic
2019
María, al servicio de Cristo
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inmacualda2019

Todos los años, en Adviento, nos encontramos con la fiesta de la Inmaculada. Esta fiesta de María es una buena ocasión para ofrecer una pequeña reflexión sobre su necesario papel en el misterio de la Encarnación. En la jerarquía de verdades de la fe, la verdad fundamental sobre María es el haber sido elegida para ser Madre de Dios. María está totalmente al servicio de la comprensión de la verdad sobre Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

El único modo de ser humano y de entrar en el mundo es a través del vientre de una mujer. El cuerpo de Cristo, dice Tomas de Aquino, fue tomado de María. La sustancia del cuerpo de Cristo no bajo del cielo; fue formado por el poder del cielo, es decir, por obra del Espíritu Santo. El nacimiento de Cristo, añade el santo, “fue natural por parte de madre”. Esta maternidad, “verdadera y natural” de María es el sello que garantiza el realismo de la Encarnación. En este sentido, la figura de María es clave para afirmar la gran verdad de la perfecta humanidad de Jesús.

La otra gran verdad sobre Jesús está estrechamente relacionada con la virginidad de María. La virginidad no está en función de María, sino al servicio de Cristo, en este caso al servicio de la verdadera divinidad. Otros aspectos que, a veces, han suscitado el interés de los fieles, como el voto de virginidad, corren el riesgo de oscurecer lo único esencial en esta cuestión. Antes y más allá de ser un asunto físico, la virginidad es una verdad teológica. Más aún, es “un milagro objeto de fe”, afirma Tomás de Aquino. Sin duda (como reconoce el teólogo Joseph Ratzinger) el parto de María es un escándalo para el espíritu moderno, pero no se trata de algo irracional ni incoherente, sino de una manifestación del poder creador de Dios.

La virginidad está totalmente al servicio de la confesión de fe cristológica. Es el correlato humano de la verdad de fe de que el niño que nace de María “sólo” tiene a Dios por Padre. La consecuencia humana de esta filiación divina es la no paternidad humana (la ausencia de semen viril) y, por tanto, la virginidad de la madre.

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