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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

24
Dic
2020
Encarnación: el precio insuperable del humano
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¿Son los ciborgs los humanos del futuro? Esta mezcla de organismo vivo y dispositivos cibernéticos, ¿es la plenitud de lo humano? Una cosa es que, gracias a su inteligencia, el ser humano pueda utilizar la técnica para vivir mejor y lograr nuevas metas, y otra cosa es dejar de ser lo que es, para convertirse en otro ser en el que lo predominante ya no sea lo orgánico sino lo técnico, más aún, un ser en el que la máquina determine lo psíquico.

En este tiempo de Navidad es bueno recordar eso que decía el Concilio Vaticano II: “el misterio del ser humano se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Cristo, al revelar el misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre”. Al manifestar a Dios como Padre amoroso, Cristo nos descubre a todos como hijos y hermanos. Así manifiesta como constitutivo del ser humano una doble dimensión indisociable: la de la filiación divina y la de la comunión fraterna de alcance universal. En la relación con Dios y en el encuentro con las demás personas se muestra un modo de ser humano en el que encontramos nuestra más lograda identidad.

Aún más: en Cristo encontramos el modelo más logrado de esta filiación y fraternidad. Cristo manifiesta lo que es ser humano en plenitud. Mirándole a él, descubrimos lo que somos y podemos ser nosotros. Por esta razón se le puede calificar de “Hombre perfecto”, no sólo porque tiene una verdadera naturaleza humana (perfecto hombre), sino porque ha llevado al ser humano hasta su total y plena capacidad (hombre perfecto), hasta su más alta cota de humanización, que es el encuentro y la comunión con Dios. Se comprende así que San Pablo diga que todos estamos llamados a “reproducir”, o sea, a producir de nuevo, la imagen del Hijo (Rm 8,29), para alcanzar así nuestra verdadera dimensión.

José Ortega y Gasset, en una conferencia dada en Madrid el 12 de marzo de 1910, lanzó unas ideas que dan mucho que pensar, tanto más cuanto que dichas por alguien que nunca hizo profesión de creyente. “Se busca al hombre”, dijo provocativamente. Y citando a Hegel añadió: “Cristo es el ensayo más enérgico que se haya realizado para definir al hombre”. Recordando la frase de Pilato sobre Cristo: “Este es el hombre”, Ortega nota que la turba prefirió a otro hombre, a Barrabás. Termino con uno de los mejores párrafos de esta conferencia referido directamente a “la humanización de Dios, al verbo haciéndose carne”: “antes de que esto ocurriera sólo parecían estimables algunos individuos geniales; sólo la genialidad moral, intelectual o guerrera de éstos valía. Pero al encarnarse Dios la categoría de hombre se eleva a un precio insuperable; si Dios se hace hombre, hombre es lo más que se puede ser”.

Cristo eleva a todo ser humano, sin excepción, a una dignidad sin igual. Si Dios se hace hombre es porque el humano es capaz de Dios y, entonces, ser humano es lo más grande que se puede ser.

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20
Dic
2020
El Verbo se hizo carne
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El término “encarnación” no se encuentra en el Nuevo Testamento. Al parecer fue San Ireneo (siglo II), quién lo utilizó por primera vez en el libro 3º de su Tratado contra las herejías. Evidentemente, la palabra “encarnación” está sustancialmente presente en algunas fórmulas del Nuevo Testamento. Quizás la más fundamental sea la de Jn 1,14: “el Verbo se hizo carne”. Esta afirmación une indisolublemente dos conceptos aparentemente contradictorios: el “logos” (Verbo) divino, absoluto, eterno, infinito, y la “sarx” (carne) humana, mortal, finita, relativa, temporal, caduca. Esta unión de lo humano y lo divino es la Encarnación. Se trata de la verdad fundante de la fe cristiana. Hasta el punto que, dicho con palabras de Tomás de Aquino, si quitamos la fe en la encarnación, desaparece la fe cristiana. O dicho con palabras bíblicas: quien “no confiesa que Jesucristo ha venido en carne” (2 Jn 7), “no es de Dios” (1 Jn 4,3).

El cristianismo, por tanto, se sitúa entre dos extremos que, tomados cada uno por sí mismo, parecen muy razonables: un trascendentalismo extremo, según el cual lo divino quedaría desdivinizado si se hiciera humano; y una inmanencia secularista, que entiende lo histórico y lo temporal como incapaz de contener al absoluto. Frente a ambas posiciones la fe cristiana afirma que el Absoluto, el Verbo que estaba en el seno del Padre, se ha hecho carne, ha venido a nuestro mundo y que, al hacerlo, viene a su propia casa (Jn 1,11).

La presencia de lo divino en lo humano se prolonga en todos los aspectos de la fe cristiana. ¿Qué otra cosa es la Escritura sino la Palabra de Dios en palabras humanas? ¿Y qué otra cosa son los sacramentos sino la presencia de Cristo resucitado en una realidad terrena? Pero yo quisiera fijarme en otra prolongación de la Encarnación, a saber, la que se da en todo ser humano. Parto del hecho de que no se ha conservado ningún rostro histórico de Jesús. Y, sin embargo, este rostro está más presente en nuestro mundo de lo que imaginamos. Podemos verlo y no enterarnos. Cada vez que nos encontramos con el prójimo necesitado, enfermo, indigente, inmigrante; con la persona solitaria, presa, despreciada, ahí en todos esos rostros es posible percibir el rostro sufrimiente de Cristo que mendiga nuestro amor.

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16
Dic
2020
Navidad, religiosidad de temporada
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Los días de Navidad y de Semana Santa se han convertido para muchos en lo que podríamos llamar religiosidad de temporada. O sea, se trata de unos días en los que se asiste a algún acto de culto, o se presencia una procesión, o se aplaude a una imagen, o se adorna la casa con un belén, pero lo propio de la religión, que es el encuentro con Dios, ni se plantea. Importa la sensibilidad. O mejor, la sensiblería.

En la religiosidad de temporada, los medios ocultan el fin. Abundan los medios. Pero no median. Porque lo propio de una buena mediación es ir más allá de ella misma, orientar hacia otra realidad más grande. Un medio que se queda en sí mismo es un puro fuego de artificio sin ningún contenido. A este respecto es bueno recordar un máxima de Tomás de Aquino: el acto del creyente no se termina en el enunciado dogmático, en la mediación, sino en la realidad divina que quiere expresar el enunciado o a la que orienta la mediación. Confucio, un pensador chino que vivió antes de Cristo, lo decía de otra manera: cuando el sabio señala la luna, el idiota mira al dedo. En todos los dominios de la vida hay muchos necios. Cicerón y una mala traducción de la Vulgata (Ecl 1,15) hicieron famoso el dicho de que el número de los tontos es infinito.

Digo todo esto para exhortarme a mi mismo, y exhortar a quién me lea con un poco de simpatía, a aprovechar bien esos días de Navidad para no quedarnos en la superficie de las imágenes religiosas, ni en sentimentalismos familiares, ni en lamentos por las restricciones que impone la epidemia. Son días para contemplar el misterio de la Encarnación. Y contemplando este misterio divino, ver su prolongación en cada ser humano, con el que Dios se ha unido. Eso no quita, todo lo contrario, que aprovechemos estos días para estrechar o revitalizar los lazos familiares, o para reconciliarnos con alguna persona distante (quizás un miembro de nuestra propia comunidad o familia).

Pero para que estos encuentros sean auténticos, para que vayan más allá de la euforia provisional provocada por la bebida o por el ambiente, deben brotar de un corazón cambiado por el espíritu de Dios, un corazón que contempla en el misterio del nacimiento de Jesús el gran amor de Dios a todo ser humano. Y, por tanto, el gran amor que debemos manifestarnos unos a otros, precisamente porque todos y cada uno somos amados por Dios. Los cristianos estamos llamados a amar lo que Dios ama.

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13
Dic
2020
San José: sobre todo padre, según el Papa
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sanjosepadre

La carta del Papa sobre San José está dividida en siete apartados. Cada uno lleva un título que siempre empieza con el término “Padre”. José es Padre amado por el pueblo cristiano. Padre en la ternura, pues en el comportamiento que tuvo con su hijo, Jesús vio la ternura de Dios. Padre en la obediencia, pues hizo del cumplimiento de la voluntad de Dios su alimento diario. Padre en la acogida, pues “acogió a María sin poner condiciones previas”. Padre de la valentía creativa, ya que supo encontrar soluciones ante las dificultades. Padre trabajador, “un carpintero que trabajaba honestamente para asegurar el sustento de su familia”. Y finalmente, Padre en la sombra, pues para Jesús fue “la sombra del Padre celestial en la tierra: lo auxilia, lo protege, no se aparta jamás de su lado para seguir sus pasos”.

Como ya hizo en la encíclica Fratelli tutti, Francisco, en esta carta vuelve a decir una palabra muy necesaria en este tiempo de epidemia. Al respecto, san José puede darnos dos grandes lecciones. La primera, mantener la confianza en Dios en las tormentas de la vida, como él hizo ante las dificultades que se le presentaron para proteger la vida del niño y de su madre. La segunda lección, aplicable a la situación sanitaria, es su saber estar en segundo plano, sin buscar protagonismo, pero siempre muy atento. San José nos recuerda que todos los que están aparentemente ocultos o en segunda línea tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación. Cosa aplicable a tantas personas que no aparecen en las portadas de las revistas, ni en las pasarelas del último show, pero que han sido decisivas para sostener nuestras vidas en estos tiempos difíciles: médicos, enfermeras, cuidadoras, limpiadoras, fuerzas de seguridad, religiosas y tantos otros.

Viene bien aquí recordar uno de los títulos que el Papa da a san José: Padre de la valentía creativa. Cuando nos enfrentamos a alguna dificultad podemos o bajar los brazos, o buscar soluciones. A veces, dice el Papa, las dificultades son precisamente las que sacan a relucir recursos en cada uno de nosotros que ni siquiera pensábamos tener. Muchas veces nos preguntamos por qué Dios no interviene directa y claramente. Olvidamos que Dios actúa a través de eventos y personas. El cielo intervino confiando en la valentía creadora de José, que encontró un lugar para que María pudiera dar a luz y, posteriormente, supo organizar una huida a Egipto para salvar al niño y a su madre.

Dice Francisco: “si a veces parece que Dios no nos ayuda, no significa que nos haya abandonado, sino que confía en nosotros, en lo que podemos planear, inventar, encontrar”. Debemos preguntarnos seriamente si estamos protegiendo con todas nuestras fuerzas a tantas personas que nos necesitan, indigentes, exiliados, afligidos, moribundos. “En cada una de estas realidades está siempre el Niño y su madre”. Cada cristiano está llamado a convertirse en un nuevo san José, padre de la valentía creativa.

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10
Dic
2020
Carta del Papa sobre San José
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sanjose

El día de la fiesta de la Inmaculada el Papa firmó una carta apostólica dedicada a San José, con motivo del 150 aniversario de su proclamación como patrono de la Iglesia universal. Es recomendable leerla. Rebosa devoción a San José.

Me limito a destacar dos cosas de la carta, de suma actualidad. La primera, el trato exquisito que José manifestó hacia María, verdadero modelo de una relación igualitaria y corresponsable entre varones y mujeres. José acogió a María sin poner condiciones previas: “La nobleza de su corazón le hace supeditar a la caridad lo aprendido por ley; y hoy, en este mundo donde la violencia psicológica, verbal y física sobre la mujer es patente, José se presenta como figura de varón respetuoso, delicado que, aun no teniendo toda la información, se decide por la fama, dignidad y vida de María”.

Así, “la acogida de José nos invita a acoger a los demás, sin exclusiones, tal como son, con preferencia por los débiles, porque Dios elige lo que es débil (cf. 1 Co 1,27), es padre de los huérfanos y defensor de las viudas (Sal 68,6) y nos ordena amar al extranjero. Deseo imaginar que Jesús tomó de las actitudes de José el ejemplo para la parábola del hijo pródigo y el padre misericordioso (cf. Lc 15,11-32)”.

La segunda cosa se refiere a la relación con su hijo Jesús: “Nadie nace padre, sino que se hace. Y no se hace sólo por traer un hijo al mundo, sino por hacerse cargo de él responsablemente. Todas las veces que alguien asume la responsabilidad de la vida de otro, en cierto sentido ejercita la paternidad respecto a él. Ser padre significa introducir al niño en la experiencia de la vida, en la realidad. No para retenerlo, no para encarcelarlo, no para poseerlo, sino para hacerlo capaz de elegir, de ser libre, de salir”.

A este respecto resulta interesante la lectura que hace el Francisco del apelativo de “castísimo” que la tradición ha puesto a san José: “es la síntesis de una actitud que expresa lo contrario a poseer. La castidad está en ser libres del afán de poseer en todos los ámbitos de la vida. Sólo cuando un amor es casto es un verdadero amor. El amor que quiere poseer, al final, siempre se vuelve peligroso, aprisiona, sofoca, hace infeliz. Dios mismo amó al hombre con amor casto, dejándolo libre incluso para equivocarse y ponerse en contra suya. La lógica del amor es siempre una lógica de libertad, y José fue capaz de amar de una manera extraordinariamente libre. Nunca se puso en el centro. Supo cómo descentrarse, para poner a María y a Jesús en el centro de su vida”.

Concluye así su reflexión el Papa: “El mundo necesita padres, rechaza a los amos, es decir: rechaza a los que quieren usar la posesión del otro para llenar su propio vacío; rehúsa a los que confunden autoridad con autoritarismo, servicio con servilismo, confrontación con opresión, caridad con asistencialismo, fuerza con destrucción”.

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7
Dic
2020
Toda santa es María
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virgensanisidoro

La fiesta de la Inmaculada nos invita a fijar nuestra mirada en la madre de Jesús. Más que entrar en la controvertida historia del dogma de la Inmaculada Concepción, interesa ofrecer una explicación teológica que ayude a vivir la fe con mayor convicción.

La concepción de Jesús parece que necesita, ya desde sus inicios, una cuna apropiada, coherente con su ser de Dios. Dado que la gestación no es sólo biológica o fisiológica, sino también cultural (pues el niño en el vientre materno oye la música, las palabras, siente las caricias, el humor, la alegría de la madre, y no sólo el humo del tabaco) parece necesaria una santidad excepcional en la mujer que concibe al Hijo de Dios. De hecho, antes de la proclamación del dogma de la Inmaculada, los teólogos estaban de acuerdo en que María fue santificada en el seno materno “con tal abundancia de gracia que ya quedó inmune desde aquel momento a todo pecado, no sólo mortal, sino incluso venial” (dicho con palabras de Tomás de Aquino).

El dogma afirma que María entró en la existencia como un ser humano redimido. Redimida antes de que ella se apropiara de la redención o fuese capaz de realizar una acción meritoria. Ahora bien, durante su vida posterior tuvo que responder libre y conscientemente a la gracia recibida. Se puede comparar el caso de María con el de los niños bautizados. Una vez bautizado, el niño está objetivamente redimido, pero sólo al madurar podrá asimilar personalmente el misterio de la redención. María pasó por un proceso semejante de desarrollo, aunque sin la intervención del pecado ni de sus efectos pecaminosos. Eso no significa que no sufriera tentaciones; significa que recibió una gracia que le permitió resistir a las fuerzas del mal con las que, inevitablemente, se encontró a la largo de su vida.

Dios ha dado a María una sobreabundancia de vida religiosa, una plenitud de caridad única. Este es el lado positivo de la doctrina de Pío IX sobre la Inmaculada, que concluye con un dogma formulado en términos negativos. El amor de Dios otorgado a María en su concepción, se convirtió en amor acogido cuando despertó la conciencia de María. Dios hizo que la atmósfera de pecado que, inevitablemente, envolvió a María, no encontrase en ella la menor complacencia. Sin duda, el medio familiar en el que ella creció era piadoso y santo y favoreció su crecimiento espiritual. Pero, tarde o temprano, se encontró en presencia del pecado y sus tentaciones, como también le ocurrió a su Hijo. Entonces la fuerza de su amor por Dios le preservó de toda complicidad, por pequeña que fuese. El torrente que puede derribar una casa construida sobre arena no pudo con una casa construida sobre roca.

Lo ocurrido con María, toda santa, toda de Dios, es un signo que indica a los cristianos cuál es nuestro objetivo: ser santos e inmaculados delante de Dios por el amor (Ef 1,4). Este es el camino que conduce a la vida eterna.

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5
Dic
2020
Preparar caminos
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caminos

Las lecturas del segundo domingo de adviento recalcan el sentido que tienen esos primeros días de adviento: no se trata de mirar al pasado, a algo que aconteció, a alguien que vino, sino de mirar al futuro, a lo que todavía no ha sucedido, al que vendrá. El que vendrá es el Señor glorioso, revestido de poder, para juzgar a los vivos y a los muertos, o sea, para poner a cada uno en su sitio, aunque, sin duda, lo hará con mucho amor, mucha misericordia y muy consciente de nuestra fragilidad. A lo mejor el sitio de cada uno, aunque no lo sepa, es un espacio lleno de amor.

La segunda lectura de este domingo está tomada de la segunda carta del apóstol Pedro. En ella escucharemos algo muy importante: si todo este mundo se va a desintegrar, si este mundo tiene un final, porque es pasajero, ¡qué santa y piadosa ha de ser nuestra conducta! Ese no es el discurso que se escucha en el mundo. Lo que se oye por ahí es que, puesto que este mundo se acaba, ¡comamos y bebamos que mañana moriremos! O sea, ¡a vivir que son dos días! Y vivir en este caso significa pasarlo en grande sin pensar en las malas consecuencias que, para uno mismo o para los demás, puede acarrear este “pasarlo en grande”. Vamos, lo que está ocurriendo con la epidemia del covid-19: algunos se dedican a la juerga sin importarles si contagian o no contagian a los demás.

La carta de Pedro dice todo lo contrario: puesto que somos peregrinos en este mundo, puesto que este mundo es provisional, no perdamos el tiempo con juergas y borracheras, sino dediquémonos a preparar caminos al Señor que viene a nuestro encuentro. Viene si nosotros vamos hacia él. Porque si el Señor viene, pero nosotros no vamos, no hay encuentro. ¿Y cómo se preparan caminos? La primera lectura del profeta Isaías lo dice por medio de estas imágenes: “que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale”. O sea: no aprovecharse del otro, no pisotear ni oprimir al hermano. Y si alguien está arriba o tiene mucho, que se abaje para compartir. Y quién vive desordenada o torcidamente, que ponga orden en su vida.

Esos caminos que preparan la venida del Señor, son también, dice el profeta, consuelo para el pueblo. Porque el consuelo no viene ni de los políticos, ni de los superiores, ni de las estructuras, ni de las leyes. El consuelo viene de Dios. Y Dios viene donde abrimos resquicios a la verdad, la justicia, la paz, el bien, el perdón, la misericordia. Por ahí entra Dios en nuestras vidas, aunque no lo sepamos.

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4
Dic
2020
Perder la vida en una Navidad
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Navidadfeliz

En una página de Facebook he leído una frase escrita con la mejor intención, pero quizás un poco imprecisa: “Es mejor perder una navidad en tu vida, que perder tu vida en una navidad”. Se entiende lo que quiere decir y la buena intención con que lo dice: cuidado con los excesos durante los días de Navidad y fin de año, porque más vale perder una cena o una fiesta que perder la vida. Esto está claro. Corremos el riesgo de que lo mucho o poco que hemos ganado en estos días de toque de queda se estropee en una noche de fiesta.

Pero tal como está formulada la frase expresa, quizás sin quererlo, una falsa idea de la Navidad. Con epidemia o sin ella, sano o enfermo, con trabajo o sin trabajo, solo o en compañía, en cualquier situación el cristiano puede celebrar la Navidad. Porque lo importante es contemplar el misterio de la Palabra eterna que se hace palabra humana para manifestar el amor inconmensurable de Dios hacia cada una de sus criaturas. Y eso no se celebra con una cena, o con unos cantos y, menos aún, con una juerga o con una fiesta descontrolada. Las Navidades se han convertido para muchos en unas vacaciones de invierno. Y está muy bien. Pero eso no es la Navidad cristiana.

Los cristianos no tenemos que perder ni la vida ni la Navidad. Este año la tenemos que celebrar en unas circunstancias sociales y sanitarias distintas y nuevas. Quizás habrá que adelantar la hora de la celebración o suprimir la Misa de medianoche, quizás habrá que celebrarla con más sobriedad y, por supuesto, suprimir los besos al niño Jesús. Eso, siendo importante, no es lo principal. Lo principal es tener un corazón bien dispuesto para contemplar y agradecer el misterio. Lo demás está al servicio de esta contemplación y agradecimiento. Si además podemos celebrar nuestra alegría cristiana (insisto: alegría cristiana) con la familia, compartiendo el pan y la amistad, mejor que mejor. Y si no se puede compartir el pan, siempre se puede compartir la amistad.

Dice la frase que me ha provocado: “es mejor perder una navidad en tu vida”, así con minúscula, porque esa navidad a la que se refiere la frase no es la buena. No te pierdas la Navidad con mayúscula, la buena Navidad, la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo. Continua la frase: “que perder la vida en una navidad”, también con minúscula esa navidad que te puede quitar la vida. Porque es una mala navidad, una navidad menor. La Navidad verdadera, con mayúscula, nunca te quitará la vida. Te dará la buena vida, la vida eterna, la vida que trae esa Palabra que ilumina a toda persona que viene a este mundo, pues en ella estaba la vida, y la vida era la luz de los humanos.

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29
Nov
2020
Adviento o qué ocurre después de la tormenta
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velacorta

Los refranes tienen su punto de sabiduría, pero no siempre aciertan. Porque las cosas son según el cristal con el que las miramos. Ese refrán que dice que después de la tormenta viene la calma puede servir para animarnos un poco con las noticias que dicen que pronto comenzará a distribuirse la vacuna contra el coronavirus, aunque la verdad es que no podemos descuidarnos ni pensar que con eso estará vencida la epidemia. Esperemos que las vacunas sean eficaces y esperemos que haya para todos.

Un buen eslogan del adviento podría ser: “después de cada noche viene un amanecer”. Lo malo es que hay noches que son muy largas. La noche de los que se han quedado sin trabajo, la noche de los enfermos o de los infectados, la noche de los tristes e incomprendidos. Para un cristiano es verdad, en términos absolutos, que después de la noche de esta vida viene el amanecer de la luz de Dios. Pero mientras tanto hay que vivir esta vida. La voluntad de Dios es que la vivamos con serenidad y alegría. Un cristiano sabe que la felicidad sólo es verdadera cuando es compartida. Pues según el libro de los Hechos (20,35) el Señor Jesús afirmó: hay más dicha en dar que en recibir. Dar, darnos, acoger, escuchar, comprender, decir una palabra de aliento, ayudar con algo más que palabras, compartir, repartir, en fin, ahí está la dicha. Porque sólo el que busca la felicidad de los demás, sólo ese trabaja para su propia felicidad.

Lo primero que hace el adviento es recordar que un día Cristo vendrá glorioso para juzgar a vivos y a muertos. Por eso digo que para un cristiano es verdad que después de la noche viene el amanecer. Porque el Señor que vendrá glorioso será un auténtico amanecer de alegría para todos los que han sabido acogerle cada día en su venida en la humildad de nuestra carne. Pues en la carne del necesitado y del enfermo, allí nos está esperando el Señor glorioso, que vendrá y que un día vino en la persona de Jesús de Nazaret.

Si el adviento comienza por recordar qué ocurre después de las tormentas de esta vida, también recuerda como navegar en medio de ellas conservando la barca a flote. El motor que conserva la barca a flote es el amor. Hay que estar muy atentos para descubrir donde falta amor y dónde sobra egoísmo. Conservar la barca a flote, en las tormentas de la vida, es un modo seguro de que llegue a buen puerto. El buen puerto, la tierra nueva, la tierra prometida a la que nos conduce Cristo es el seno del Padre. Es importante que el adviento afirme que de nuevo vendrá glorioso y su reino no tendrá fin.

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25
Nov
2020
Arte, resplandor cargado de futuro
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felix

El artista se dedica a practicar alguna de las bellas artes, por ejemplo, la poesía o la pintura. El poeta sabe expresar la verdad por medio de imágenes que llaman la atención a la inteligencia y la hacen pensar. Dígase lo mismo del pintor: para expresar la verdad, o mantener la esperanza en tiempos de desesperanza, utiliza colores armoniosos que complacen a los ojos del cuerpo y hacen pensar a los ojos del alma. El buen arte es un bombardeo de sensaciones que despiertan la conciencia.

El arte está al alcance de todos. Tiene la marca de la gratuidad. Si solo es negocio no es arte. Tampoco es arte si no transmite valores positivos. En la mentira o en el resentimiento no hay belleza. Cuando falta la verdad no hay arte, hay artimaña. En contextos hostiles, cuando hablar con claridad es peligroso, el arte manifiesta la verdad de forma alusiva o indirecta. Se necesitan entonces algunas claves para entender el juego de las palabras o la armonía de los colores.

A veces el arte necesita tiempo para conseguir su objetivo. Como resulta llamativo, tiene la ventaja de mantenerse en el tiempo, y esperar su momento. El buen arte está cargado de futuro. A todos interpela, pero no a todos de la misma manera, porque no todos son amantes de la verdad. Hay quién prefiere a Platón. Unos se quedan en la superficie, otros prefieren las artimañas, otros no entienden nada. Lo hay que entienden, pero reniegan del arte con mil argumentos. Otros entienden y comulgan con el mensaje. Esos sienten que su alma se serena a la espera de mejores momentos.

En el arte se pone la vida. Por eso el artista, en ocasiones, trasluce las sombras de la vida. Pero sabe orientar, más allá de las sombras, a la luz que pugna por salir. Como dice Gabriel Celaya, el artista toma partido y su arte golpea las tinieblas. Espera con paciencia el momento del florecer. Mientras tanto es posible que alguna lágrima suavice la presión de la espera cuando esta espera es contra toda esperanza.

El cuadro que acompaña al artículo es de Félix Hernández

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