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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

3
Mar
2020
Estructuras de pecado
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caoscosmico

Cuando en círculos cristianos hablamos de gracia y pecado solemos pensar en actos y situaciones personales. Sin embargo, el concepto de gracia y el de pecado pueden también aplicarse a las estructuras. El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 408) advierte de “la influencia negativa que ejercen sobre las personas las situaciones comunitarias y las estructuras sociales que son fruto de los pecados de los hombres”. El Catecismo no utiliza la expresión “pecado estructural”, pero habla de estructuras que son fruto de los pecados de los individuos.

Lo que hacen algunos individuos termina convirtiéndose en una estructura dañina cuya influencia va más allá de lo individual. Esa estructura hay que calificarla de “pecado estructural”. Esa expresión la utilizaron las Conferencias Episcopales de Medellín y Puebla. Por su parte, Juan Pablo II, en su encíclica Sollicitudo rei socialis, habló de “mecanismos perversos” que condicionan nuestro mundo, cuyas causas no son únicamente económicas y políticas, sino también morales. Juan Pablo II calificó a estas causas morales de “estructuras de pecado”. Sin duda, los individuos influyen, para bien y para mal, en lo económico y lo político. Pero también, sin que nos demos cuenta, lo económico y lo político influyen en la conducta, muchas veces negativa, de los individuos.

Según el Papa, tales estructuras crean en las personas e instituciones obstáculos que favorecen el mal e impiden el bien, difíciles de superar. Más aún, estas estructuras introducen “en el mundo condicionamientos y obstáculos que van mucho más allá de las acciones y de la breve vida del individuo que las ha provocado”. La dinámica de estas estructuras se impone, aún en contra de la voluntad de las personas. ¿Cómo vencer a tales estructuras? De la influencia del pecado estructural solo es posible escapar cuando alguien introduce actitudes que crean estructuras de gracia, de bondad y misericordia, que también influyen en la conducta de los demás y van más allá de la vida del individuo que las ha provocado.

Cuando de la teoría pasamos a los ejemplos, se corre el riesgo de quedarse en los ejemplos y criticar sus debilidades, olvidando lo fundamental. ¿Las instituciones financieras, que invierten en compra de armas y de drogas, son estructuras de pecado? Ahí, sin querer, el inversor o ahorrador está condicionado por una situación perversa que, en parte, no controla ni conoce. ¿Las vallas, o las políticas que consiguen que el mar Mediterráneo se llene de frágiles pateras, que impiden la entrada de inmigrantes, son estructuras de pecado? La ambición política, la búsqueda del poder a toda costa -pecado individual- puede terminar creando estructuras corruptas, sobre todo cuando el cumplir lo prometido a los electores pasa a segundo plano. ¿Quién controla el poder, una vez alcanzado?

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28
Feb
2020
Dios es Padre, pero no como mi padre
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candelabro02

Jesús nos reveló que Dios es Padre. Decir que Dios es Padre no es algo evidente. Incluso pudiera resultar chocante para la razón. Puestos a decir algo de Dios, la razón dice que es un poderoso señor que reclama respeto, sumisión y obediencia. Lo lógico es decir que Dios es Señor, y a los señores, ya se sabe, hay que obedecerlos. Es posible que haya señores buenos y comprensivos, pero siguen siendo señores; incluso con esos buenos señores hay que guardar las distancias oportunas.

Jesús dejó claro que Dios es Padre y que estamos invitados a establecer con él una relación filial, o sea, una relación de cercanía, confianza y familiaridad, hasta el punto de que podemos tutearle, establecer con él relaciones de igual a igual, como hacen los buenos hijos con los buenos padres. Dicho esto, también hay que dejar claro que la paternidad de Dios es “otra cosa” muy distinta de las paternidades humanas. Dios es padre, pero no como ningún padre de la tierra, por muy bueno que sea. Hay una palabra de Jesús que ayuda a aclararlo: “si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan” (Mt 7,11).

Si una idea así se le hubiera ocurrido a un pensador, sacerdote, filósofo, seguramente hubiera comparado a Dios con el mejor padre de la tierra. Pero no es esa la comparación que Jesús hace. Porque comparar a Dios con realidades o personas buenas, apetecibles y admirables, corre el riesgo de que pensemos que Dios es algo parecido, un poco mejor, pero parecido a ellas. Y así nos quedamos no sólo con una pobre idea de Dios, sino con una falsa idea de Dios, pues Dios supera infinitamente todo lo que de él podamos decir.

La comparación que hace Jesús con los padres malos de la tierra evita que identifiquemos o comparemos a Dios con un padre terrestre. La paternidad de Dios está en otro nivel, en un nivel incomparable. Esa referencia al padre malo de la tierra evita identificar a Dios con un padre terrestre, porque comparado con Dios, todo lo terrestre es “malo”, entiéndase: imperfecto. Solo Dios es bueno, sólo él es perfecto. Por eso, Dios siempre es “cuanto más”, un cuánto más que nos remite a las alturas del infinito, pero que, al mismo tiempo, nos indica que estamos bien orientados. Al decir que Dios es Padre vamos bien encaminados, estamos diciendo, en nuestros limitados términos humanos, algo que es verdad. Pero siendo conscientes de que esta verdad supera todo lo que podamos imaginar. Por eso, la realización de esta verdad en Dios requiere dejar claro que, por mucho que digamos o pensemos, Dios es “cuánto más”.

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24
Feb
2020
Cuando digo Dios
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cuandodigodios

Cuando digo Dios lo digo todo y, sin embargo, no digo nada. Lo digo todo, porque Dios es el Todo y todo es por él. Todo tiene en él su origen, todo se sostiene gracias a él, todo tiende hacia él. En él todo se recapitula. Y, sin embargo, no digo nada, porque lo que digo es paja, insignificante, no se parece en nada a lo que él es. Si cuando digo Dios alguien entiende algo, es porque no he hablado bien de Dios. Esta es la situación paradójica del decir Dios. El abismo del misterio divino excede toda teología, todo dogma, toda letra de la Escritura.

Aunque sea paja, cuando yo digo Dios digo, en primer lugar, Padre. Pero no como ninguno de los padres de este mundo. Incomparable con cualquier padre y con el que todos los padres, para ser tales, deberían compararse. Y digo Padre porque Jesús me lo enseñó a decir. “Sabed que el Señor es Dios, que él nos hizo y somos suyos”, dice el Salmo 99. El nos hizo, pero no como hace el director de un laboratorio. Nos hace por amor. No por necesidad. Somos suyos: pero no como las cosas tienen un propietario. Somos suyos con una relación de filiación. Como el hijo es del Padre. Pero también el padre es del hijo. Es nuestro Dios porque es nuestro Padre. Así se explica que el primer mandamiento no diga: adorarás al Señor tu Dios, sino: amarás al Señor tu Dios. El señorío va detrás del amor, detrás de la paternidad. Decir Padre es recordar que antes de ser Señor es Amor.

Cuando digo Dios digo también Hijo. Porque en el rostro de Jesús he encontrado la mejor traducción humana de lo que es Dios. Y como él llamaba a Dios su Padre, entiendo que traduce humanamente lo divino porque él es Hijo. Pues un Padre se refleja en el Hijo. Y el Hijo se parece al Padre no en lo físico, sino en el talante, en el modo de ser.

Cuando digo Dios digo, finalmente, Espíritu. Porque creo que este Dios incomprensible e inaccesible, este Dios del que nada decimos cuando decimos algo, no sólo se ha reflejado humanamente en Jesús de Nazaret, sino que es también próximo, cercano, más íntimo que mi propia intimidad. Y porque es tan íntimo, tan unido a mi espíritu como sólo puede hacerlo otro Espíritu, por eso es posible experimentarlo, vivirlo, sentirse unido a él con la unidad del Amor.

Cuando digo Dios, muchos me hablan de la Iglesia. Lo comprendo. Pero ¡qué triste confusión! Pues sólo Dios es santo. La Iglesia es de Dios, pero no es Dios y, además, es pecadora. Más aún, la Iglesia no puede reducirse, limitarse a algunos de sus miembros. ¡Otra triste confusión!

Cuando digo Dios, lo digo todo y sé que no digo nada porque mi vida refleja muy poco de lo que es Dios. Y, sin embargo…, sin embargo, algo de Dios se refleja en mi. Me gustaría que mi vida fuese eso que dice Eckhart: “Dios se convierte en Dios cuando las criaturas dicen Dios”. Decir Dios: ¡que maravilla, que responsabilidad, que difícil! ¡Que gran esperanza!

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20
Feb
2020
Para ser hijos, amar al enemigo
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escalera

En la Eucaristía de este próximo domingo nos encontramos con uno de los textos más conocidos del Evangelio: la invitación de Jesús a amar a los enemigos. Lo hemos oído muchas veces y quizás no nos hemos detenido a pensar lo que significa. Y cuando lo pensamos, lo consideramos imposible. Porque parece que amar al enemigo va contra la más natural de las tendencias humanas. No nos nace y, si lo intentamos, nos parece imposible. Nuestros sentimientos van por otro lado. Los sentimientos no podemos controlarlos. Por tanto, se diría que es imposible amar al enemigo.

Ocurre que el amor no es cuestión de sentimientos, aunque en el amor puede haber sentimiento. El amor es, sobre todo, cuestión de actitudes. De hecho, Jesús no dice: te tiene que gustar tu enemigo; tampoco dice: tienes que manifestar afecto a tu enemigo o tener confianza con él. El verbo que el evangelista pone en boca de Jesús (agapao) no expresa sentimientos, sino actitudes. Lo que Jesús dice es: tienes que desearle bien a tu enemigo. Desearle bien puede ser desear que se convierta, desear que deje de hacer el mal. De ahí que el mandamiento del amor al enemigo va unido a otro precepto: orad por los que os persiguen. La oración nunca puede expresar malos deseos, la oración siempre busca el bien.

¿Y cuál es el motivo del amor al enemigo? ¿Será que, al aumentar la dificultad, aumenta el mérito? El cristianismo no es cuestión de méritos, sino de gracia. ¿Será entonces que el odio corrompe y hace daño al que odia? No es una mala razón, pero no es la que Jesús ofrece: “amad a vuestros enemigos, para ser hijos del Padre celestial”. La clave del amor al enemigo es el Padre celestial. ¿En que se parece el hijo al padre? ¿En el rostro, en la estatura? No. El hijo se parece al padre cuando tiene los mismos sentimientos, el mismo carácter, el mismo modo de ser, las mismas actitudes que el Padre. Y el Padre celestial hace salir su sol sobre buenos y malos, manda la lluvia sobre justos e injustos; o sea, cuida de todos, ama a todos sin excepción, porque todos son hijos suyos. Los hijos de este padre están llamados a aspirar a esa filiación, a imitarle, a tener sus mismos sentimientos. Por eso su amor no admite límites ni discriminaciones.

Una última cosa: el amor al enemigo no es el ideal del amor. El ideal del amor es la reciprocidad. Si el enemigo me amara, habría dejado de ser enemigo. Es enemigo porque no me ama. Pero yo sí debo amarle, o sea, tener hacia él sentimientos de benevolencia. La plenitud del amor cristiano es el amor entre los amigos, el amor recíproco. El amor al enemigo es el caso extremo de la universalidad del amor, pero no es el ideal del amor. Tampoco es lo “característico” del amor cristiano. Lo repito: lo característico del amor cristiano es la reciprocidad: amaos los unos a los otros.

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17
Feb
2020
Encarnación en la Amazonia
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floresamazonia

Según el Vaticano II, la ley de toda la evangelización es “la adaptación de la predicación de la palabra revelada”. El Papa Francisco lo ha dicho de forma más expresiva: “lo que la Iglesia ofrece debe encarnarse de modo original en cada lugar del mundo, de manera que la Esposa de Cristo adquiera multiformes rostros que manifiesten mejor la inagotable riqueza de la gracia. La predicación debe encarnarse, la espiritualidad debe encarnarse, las estructuras de la Iglesia deben encarnarse”. Encarnarse es entrar en la realidad a la que uno quiere llegar, nunca para anularla, quizás para corregirla, siempre para alentarla y elevarla. Así como Jesús, al encarnarse, llevó lo humano a su más alta meta, de modo que bien podemos calificarlo de “hombre perfecto”, también la inculturación debe llevar a la cultura a su plenitud más lograda.

A esta luz, se entiende la necesidad de que el evangelio se encarne en la cultura de los pueblos amazónicos, distinta, en muchos aspectos, de la occidental. El Papa, tras alertar del peligro que tienen los evangelizadores de imponer las formas culturales en las que ellos han crecido, y cortar así “las alas al Espíritu Santo”, ofrece reflexiones de sumo interés: “Es posible recoger de alguna manera un símbolo indígena sin calificarlo necesariamente de idolatría. Un mito cargado de sentido espiritual puede ser aprovechado, y no siempre considerado un error pagano... Un misionero de alma trata de descubrir qué inquietudes legítimas buscan un cauce en manifestaciones religiosas a veces imperfectas, parciales o equivocadas, e intenta responder desde una espiritualidad inculturada”. Recordará el lector que, durante la celebración del Sínodo amazónico, los pueblos originarios presentaron al Papa, durante una liturgia de alabanza, signos propios de su cultura e incluso de la religión de sus ancestros, con gran escándalo de algunos.

Estos principios tienen aplicación en dos dimensiones importantes de la vida cristiana, la liturgia y la aspiración a la santidad. El Papa hace una llamada a “recoger en la liturgia muchos elementos propios de la experiencia de los indígenas en su íntimo contacto con la naturaleza y estimular expresiones autóctonas en cantos, danzas, ritos, gestos y símbolos. Ya el Concilio Vaticano II había pedido este esfuerzo de inculturación de la liturgia en los pueblos indígenas, pero han pasado más de cincuenta años y hemos avanzado poco en esta línea”. Y expresa su deseo de que nazcan “testimonios de santidad con rostro amazónico, que no sean copias de modelos de otros lugares, santidad hecha de encuentro y de entrega, de contemplación y de servicio, de soledad receptiva y de vida común, de alegre sobriedad y de lucha por la justicia. A esta santidad la alcanza cada uno por su camino, y eso vale también para los pueblos, donde la gracia se encarna y brilla con rasgos distintivos. Imaginemos una santidad con rasgos amazónicos, llamada a interpelar a la Iglesia universal”.

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13
Feb
2020
Amazonia como texto, no como pretexto
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amazonia

Ha salido la esperada exhortación postsinodal sobre la Amazonia. A mi no me ha sorprendido que, el que supuestamente iba ser tema estrella del documento, a saber, la posibilidad de ordenar varones casados, no haya aparecido. Para muchos (lo que estaban a favor y los que estaban en contra) este era casi el único tema de interés. Si así hubiera sido, la Amazonia se hubiera convertido en un pretexto para dilucidar otro problema, propio de toda la Iglesia, como es la supuesta o real escasez de sacerdotes. Digo supuesta o real, porque sospecho que el problema del clero también es un problema de distribución.

En lo que respecta a la Amazonía el documento papal invita los Obispos latinoamericanos a suscitar vocaciones misioneras, a promover equipos misioneros itinerantes, y también a aumentar el número de diáconos permanentes, sin olvidar el papel de los distintos ministerios y el gran papel catequético, pero también de liderazgo, que pueden tener las mujeres en las iglesias y comunidades locales.

Vuelvo a la cuestión de la Amazonia, que es el tema de la exhortación del Papa. Tema con entidad propia. El Papa parte de un principio fundamental: la Iglesia tiene múltiples rostros y debe encarnarse de forma original en cada lugar del mundo. Luego recuerda que los problemas ecológicos son también problemas sociales; quienes más sufren las consecuencias de los desastres ambientales son los pobres. En la Amazonia, la explotación de su territorio y la destrucción de su medio ambiente, ha conducido a muchas personas a emigrar a las ciudades. Allí vuelven a ser explotadas, y se encuentran con todo tipo de miseria y hasta de esclavitud.

El documento del Papa recuerda que la belleza de la naturaleza es un reflejo de Dios. Y eso hasta el punto de que el Resucitado penetra todas las cosas. «Todas las criaturas del universo material encuentran su verdadero sentido en el Verbo encarnado, porque el Hijo de Dios ha incorporado en su persona parte del universo material, donde ha introducido un germen de transformación definitiva. Él está gloriosa y misteriosamente presente en el río, en los árboles, en los peces, en el viento, como el Señor que reina en la creación sin perder sus heridas transfiguradas, y en la Eucaristía asume los elementos del mundo dando a cada uno el sentido del don pascual”.

Hay muchas más cosas en esta preciosa exhortación apostólica. Me he limitado a ofrecer una pequeña muestra, que sirva como invitación de una lectura seria y detenida del texto.

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11
Feb
2020
Escuchar el silencio de Dios
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variasflores

Se sea o no consciente de ello, el silencio de Dios es una de las experiencias más evidentes del hombre moderno: a Dios no se le escucha, parece que está callado. Esta experiencia propia del increyente, afecta también a los creyentes. Muchos creyentes se preguntan cómo es posible que Dios no diga nada ante los gravísimos males que asolan nuestro mundo. El mundo funciona como si Dios no existiera. Dios consiente que le nieguen los ateos, porque si no lo consintiera seguro que hacia resonar su voz. Cuando decimos estas cosas quizás no caemos en la cuenta de que la voz de Dios resuena en la voz de los creyentes, aunque para percibir esa voz sean necesarias ciertas disposiciones. Hay sonidos que, para poder ser escuchados, requieren la complicidad del oyente. Más aún, se diría que hoy, el ruido y el furor de este mundo hacen todavía más difícil percibir los rumores de Dios.

Hay una razón creyente que explicaría el silencio de Dios. Su silencio no es una prueba de desinterés. Al contrario, es una prueba de su gran atención ante lo que tenemos que decirle. Nuestra vida, toda entera, eso es lo que tenemos que decirle. Y él escucha con mucha atención, sin interrumpirnos, dejándonos hablar hasta el final. El silencio de Dios no es un silencio vacío, sino un silencio hablante, el silencio del amor que espera nuestra respuesta. En este sentido, escuchar el silencio de Dios pudiera ser una seria llamada de atención: ¿tengo algo que decirle? Si es así, entonces su silencio es prueba de la atención que me presta. Y si no tengo nada que decirle, es lógico que se calle, porque las palabras sólo se dirigen a los amigos.

Como lo propio de Dios sólo es amar, y el amor siempre deja libre, parece que no dice nada a quienes no se interesan por él. No dice nada, pero él sí que se interesa por todos y cada uno, también por aquellos a quienes él no interesa.

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7
Feb
2020
Dar gracias en un mundo de derechos
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florebalncas

En este mundo todos nos creemos con derechos: derecho al trabajo, a una buena vivienda, a ganar un sueldo justo, derecho sobre mi cuerpo y derecho al asilo. Esta mentalidad del “derecho” nos impide ver la realidad. Y la realidad es que todo lo que tenemos es gratis. San Pablo se preguntaba: “¿qué tienes que no hayas recibido?” Y seguía preguntando: “y si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido?” (1 Cor 4,7). Bien pensado, todo lo que tenemos es un don, empezando por el don fundamental de la vida. La vida no nos la hemos ganado, no la hemos conseguido con nuestras fuerzas o nuestro trabajo, nos la hemos encontrado. O sea, alguien nos la ha regalado. Para los creyentes, la vida es un regalo de Dios. Para los no creyentes, la vida es un regalo de la naturaleza. Aceptado el regalo de la vida, podemos afirmar que todo lo que ella comporta es también un regalo. De ahí que la buena actitud ante la vida regalada es la acción de gracias.

Dar gracias implica dos cosas: una, reconocer mi verdad de persona limitada, que tiene muchas necesidades y carencias que no puede resolver con sus propios medios. Esa es mi verdad. Precisamente porque no puedo resolver con mis fuerzas muchas de mis necesidades, busco quién pueda ayudarme. Si encuentro esa ayuda, lo lógico es reconocer que lo que tengo, lo tengo gracias a otros; y por tanto, lo correcto es darle las gracias, tener un gesto hacia esa persona que me ha ayudado. Dar gracias es reconocer mis limitaciones y reconocer la bondad del que me ayuda a superarlas.

Toda vida humana debería estar marcada por la gratitud. Por su parte, la vida cristiana, debería convertirse es una “eucaristía”, o sea, en una acción de gracias. Porque el cristiano reconoce que todos los bienes tienen su fuente última en Dios, que nos los hace llegar a través de la naturaleza o a través de los hermanos, o a través de nuestra propia inteligencia, que es, como todo lo que tenemos, regalo de Dios. Si vivimos agradecidos, si nuestra vida es una acción de gracias, entonces será también una vida humilde. Humilde no es humillado. Humilde es el que es consciente de su verdad. Y al ser consciente de su verdad, tiene su vida bien orientada.

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3
Feb
2020
Santos sin altar
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“Los santos sin altar” es el título de un libro que ha publicado el sacerdote valenciano Emili Marín. Me lo ha regalado con mucha ilusión. El libro está dedicado al dominico Juan Bosch, experto en sectas y ecumenismo. Se trata de un homenaje a 12 figuras recientes de nuestra Iglesia, que probablemente nunca serán canonizadas, pero que también pueden ser presentadas como modelos de santidad (entre otras el sacerdote Antoni Llidó, asesinado por el régimen de Pinochet, el cardenal Tarancón o el obispo Rafael Sanus). Ellos y muchos otros son buenos modelos de como ser cristianos en situaciones sociales, eclesiales y políticas difíciles.

La santidad es algo propio de todo cristiano. Y a Dios se le encuentra en todas partes, en el templo y en la calle, en la oración y en el cuidado del necesitado, en la liturgia y en el combate por la justicia, en la predicación y en la manifestación en favor de los derechos de las personas. Decir que sólo en la primera parte de estos binomios hay santidad es reductivo y falso. Otra cosa es que la mayoría de los santos canonizados se encuentren en la primera parte de los binomios. Pero los canonizados son una minoría entre los santos. Para empezar, todo bautizado es santo y está llamado a la santidad. Los cristianos somos santos que caminamos hacia la santidad. Somos y caminamos hacia lo que somos. Todos. Somos de Dios y caminamos hacia Dios, el único santo.

Son más los santos sin altar que los santos con altar. Bien se podría decir, a propósito de los santos con altar, que no están todos los que son. No me atrevo a añadir que no son todos los que están, pero sí a decir que, entre los que están, no todos suscitan la misma devoción. Eso de la devoción depende de la sintonía, de la simpatía que suscita en cada uno la persona propuesta como modelo de santidad. Por eso, cada uno tiene los santos de su devoción. Los de mi devoción no son ni mejores ni peores, son más bien aquellos con los que me siento más identificado. En el fondo, la devoción me retrata.

Eso de que la devoción me retrata no tiene nada de malo, pero es una advertencia contra los enaltecimientos y las descalificaciones. A lo mejor, o a lo peor, los que no me gustan no son tan malos, y los que me gustan no son tan buenos, si no para mí, al menos para otros. Hablar de santos de mi devoción es como decir que las cosas tienen el color del cristal con el que uno las mira.

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30
Ene
2020
Dejar a tu siervo irse en paz
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El dos de febrero la Iglesia celebra la fiesta de la presentación del Señor, conocida popularmente como fiesta de la Candelaria. Los padres de Jesús, queriendo cumplir estrictamente con la ley de Israel, llevan al niño al templo para consagrarlo a Dios. Sorprendentemente, en vez de ser recibidos por los sacerdotes, son acogidos por dos extraños personajes. Uno de ellos, tomando al niño en brazos, bendice a Dios y confiesa que el niño es el Salvador y la luz de los pueblos. Junto con esa confesión, Simeón exclama: “ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz”. En otras palabras: ya puedo morirme tranquilo.

He conocido a una persona que, tras haber vivido un acontecimiento importante (una madre que, tras haber luchado toda su vida por sacar adelante a un hijo o una hija, comprueba con inmensa alegría, que el hijo ha encontrado por fin el buen camino), ha exclamado: “ya puedo morir en paz”. El motivo se puede resumir así: Porque eso que tanto me había preocupado o tanto había anhelado ha quedado resuelto o cumplido. Por eso mi vida se siente colmada; ya no necesito nada más. El anciano Simeón da una razón más seria aún para justificar eso de que puede irse en paz: “porque mis ojos han visto a tu Salvador”. En otras palabras: cuando uno ha encontrado al Salvador, ya no necesita nada más, su vida ha quedado colmada, llena de sentido. Por eso puede morir en paz, porque el verdadero Salvador salva de la muerte, de todas las muertes.

La vida humana tiene sus momentos de alegría y de esperanza; también tiene preocupaciones y sinsabores. Todos buscamos ser felices, pero la felicidad siempre se nos escapa. ¿Habrá algún camino que conduzca a la felicidad, alguna esperanza de salvación, algún encuentro que permita exclamar: ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz? Esa es la gran pregunta que, de una u otra forma, todos nos hacemos. Ahí se resumen todas nuestras búsquedas. En las puertas del templo de Jerusalén había una pareja de ancianos que se pasaron la vida esperando al Salvador. Esos ancianos comprendieron que la salvación venía de fuera. No es encerrándonos en nosotros mismos como encontraremos la salvación.

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