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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
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31
Dic
2014
Año nuevo para vivir
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Los días que Dios nos regala son para vivir. ¡Para vivir bien! Vivir bien no es exactamente lo mismo que darse la buena vida. Vivir bien significa vivir con los demás. Más aún, vivir para los demás, lo que, paradójicamente, redunda en beneficio propio. Pues el que busca la felicidad de los demás, ese y sólo ese, trabaja para su propia felicidad. Para el creyente, además, vivir bien implica leer desde la fe y afrontar con esperanza las dificultades inevitables de la vida, así como descubrir la presencia de Dios en cada persona y en cada acontecimiento.
 

Ayer me contaron que una joven había sufrido un aborto “natural” no deseado, tras seis meses de embarazo. La muchacha y su pareja, más bien indiferentes en materia de religión, habían buscado, querido, deseado, anhelado tener este hijo. Cuando se dieron cuenta de que había problemas con el embarazo hicieron todo lo posible para que la criatura naciera, lo que les llevó a olvidarse de su indiferencia religiosa. Además de poner los medios humanos necesarios, se prometieron a sí mismos y prometieron a su familia que si la niña nacía, la bautizarían. Incluso pensaron en un sacerdote, amigo de la abuela, para que oficiara la ceremonia. Los últimos días de embarazo la madre los paso en un pequeño hospital comarcal. Cuando se produjo el aborto, las enfermeras, conociendo los deseos de los jóvenes padres, acudieron a consolarles y les hicieron este comentario: ¿cómo es posible que Dios permita que un niño deseado muera, cuando aquí, en este hospital, cada semana, vienen los servicios sociales a hacerse cargo de un mínimo de cinco niños recién nacidos, abandonados por sus padres?
 

Ante muchas de las grandes preguntas que empiezan por un “cómo es posible que Dios”, no se trata (al menos, de entrada) de ofrecer respuestas prefabricadas, sino de comprender, ayudar y solidarizarse. No es fácil, a veces, ver la presencia de Dios. Pero lo bueno que ha habido en los momentos complicados, termina volviendo, y algún día produce su efecto. Quizás, entonces, sea posible comprender que Dios estaba presente en los esfuerzos de esta pareja supuestamente indiferente (porque realmente no lo era tanto) para proteger la vida de su hija. También estaba presente en estas madres que, en vez de impedirlo, dejan nacer a sus hijos, aunque luego les abandonen porque no les pueden atender. Está también presente en aquellas familias que acogen a esos niños abandonados. Dios está presente donde aparece vida y donde protegemos la vida ajena.
 

Este nuevo año comienza o, peor, continúa con muchas tragedias, muertes en guerras absurdas, accidentes sin sentido, muchas personas desesperadas (también ayer me contaron el caso de una mujer de 40 años que se había suicidado). Se me ocurre que un buen propósito para este año sería sencillamente vivir, dejar vivir, ayudar a vivir. Vivir sin que las dificultades nos quiten la paz. Dejar vivir: no quitar la paz a los demás. Ayudar a vivir: ser instrumentos de paz.

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27
Dic
2014
Unidos por la fe, no por el voto
4 comentarios

A propósito de un post (ya antiguo) en el que planteaba si un católico podía o debía votar o no a un determinado partido, un buen amigo se mostró de acuerdo en la necesidad de ofrecer criterios a la hora de votar, pero nunca señalar nombres, y añadió: “para que estemos unidos en la misma fe, con independencia del partido al que votemos”. Me parece una reflexión acertada: lo que une a los cristianos, y a los católicos, es la misma fe en Jesucristo, muerto y resucitado, no el mismo voto político. El voto de los cristianos y de los católicos está dirigido a distintos partidos, entre otras cosas porque ningún partido puede identificarse con el Evangelio. Ninguno puede pretender que su programa es un fiel reflejo de las enseñanzas de la Iglesia, porque, además, las enseñanzas de la Iglesia, en muchas cuestiones, no son uniformes y, entre los católicos, hay libertad de pensamiento, de opinión y de acción en asuntos incluso muy serios. Como dice el Vaticano II una misma concepción cristiana de la vida puede conducir a opciones diferentes y a soluciones divergentes sobre un mismo problema.
 

Esto de estar unidos por la fe va mucho más allá de la posibilidad de pensar de forma diferente en cuestiones políticas o económicas. Dentro de la Iglesia hay muchos modos de vivir la fe. Nos une la fe, no los modos de vivirla. Las distintas Congregaciones religiosas y los distintos grupos cristianos son un buen ejemplo de que la “única fe” puede vivirse de distintos modos. Ninguna de estas Congregaciones o grupos puede pretender tener la exclusiva de lo que es ser católico, ni puede pretender que los demás realizan de forma menor que la suya el ser católico. Como muy bien ha dicho el Papa en la Evangelii Gaudium, “una verdadera novedad suscitada por el Espíritu no necesita arrojar sombras sobre otras espiritualidades y dones para afirmarse a sí misma”. Uno es tanto más auténtico y está tanto más convencido de lo suyo, cuanto con mejores ojos mira a los demás y sabe valorarles en su justa medida. Porque, en el Cuerpo de Cristo, lo que le ocurre a un miembro distinto del mío es también cosa mía.

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22
Dic
2014
Ha brotado una rosa
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Así titula Walter Kasper uno de los apartados de su libro “La Misericordia”, ese libro que el Papa Francisco elogió en una de sus primeras intervenciones públicas. Kasper se inspira en una antigua canción navideña alemana del siglo XVI, que traducida suena así: “Ha brotado una rosa… en mitad del frió invierno a media noche”. Una pequeña rosa en mitad del invierno, y además a media noche. Esta rosa, nacida en tan extrañas y difíciles circunstancias, recuerda el vaticinio del profeta Isaías (11,1): “saldrá un vástago del tronco de Jesé (= el padre del rey David), y un retoño de sus raíces brotará”. De un tronco truncado, en apariencia muerto e inútil, brotará de modo prodigioso un vástago.

La rosa que brota en mitad del frío invierno a media noche, es una buena imagen de la maravilla que acontece en Navidad: dónde no es posible humanamente que nazca la vida (en el frío invierno o de una mujer virgen), Dios suscita de modo prodigioso una Vida con mayúsculas, una rosa destinada a ser “la luz que nace de lo alto, para iluminar a todos los que habitan en tinieblas y en sombras de muerte” (Lc 1,78-79). Esta Vida nace en la noche del invierno precisamente para iluminar la noche del mundo. Este nacimiento trastorna todas las expectativas normales: el Salvador no nace en un palacio, sino en un establo; y los primeros que le reconocen son unos pobres pastores, gente marginada y despreciada. Nace sin hacer ruido (aunque luego su voz será potente y poderosa), a media noche, tal como lo anunciaba el libro de la Sabiduría (18,14): “Cuando un silencio apacible lo envolvía todo y la noche llegaba a mitad de su carrera, tu palabra omnipotente se lanzó desde el trono real de los cielos”.

Estar rosa, naciendo en tan complicadas circunstancias, anuncia ya las dificultades por las que tendrá que pasar Jesús para ser acogido, unas dificultades de tal calibre que terminaron en el rechazo total, en la cruz. Pero también ahí, en el frío invierno de la cruz, había signos de esperanza. Esta esperanza comenzó y se anticipó en el pesebre de Belén: allí, el Dios que muchas veces se nos antoja lejano, emerge del silencio, despierta en mitad de la noche del mundo y nos comunica la gracia y la verdad. Todavía hay esperanza para este mundo frío y oscuro, que es el nuestro, si somos capaces de volver nuestra mirada hacia este rayo de luz y de amor que aparece en Belén.

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19
Dic
2014
Un Dios del camino
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Se ha escrito mucho sobre las cuatro letras hebreas que forman el nombre de Dios: YHWH. Hay algunos autores que dicen que el verbo que hay detrás de esta raíz no es el verbo “ser” (de ahí las traducciones por “soy el que soy” o “soy el que seré”), sino hasah, que significa amar apasionadamente. Es un tema interesante, aunque propio de expertos. En cualquier caso, el nombre de Yahvéh, que ningún judío piadoso se atrevía a pronunciar, pone de manifiesto la absoluta trascendencia divina. Pero, por otra parte, también muestra la solicitud de Dios por su pueblo: Dios es el que visita a su pueblo, el que ha visto sus sufrimientos y ha escuchado su clamor. Más aún, es el Dios que guía al pueblo y se hace presente en los diversos avatares de su historia, el Dios del camino. No es un Dios vinculado de un lugar, sino el Dios que se hace presente allí donde el pueblo camina.

El ser de Dios es existencia para su pueblo. Va siempre por delante. Por eso se le dice a Moisés que no puede ver su rostro, porque esto es algo imposible en las condiciones de este mundo. Pero Moisés puede ver la espalda de Dios, o sea, las huellas de su paso por la historia. En Jesucristo, este Dios que acompañaba al pueblo y caminaba delante de él, se ha manifestado como “Emmanuel”, que traducido significa: “Dios con nosotros” (Mt 1,23). Para los creyentes en Jesús como el Cristo, ha quedado definitivamente claro que en él “se ha manifestado la gracia salvadora de Dios a todos los hombres” (Tit 2,11). La gracia es la misericordia eficaz de Dios, su bondad y su amor. Y, al contrario de lo que ocurría con Yahvéh, a Jesús sí se le puede mirar cara a cara.

Hay una continuidad entre Yahvéh que libera a su pueblo de la esclavitud y le acompaña en su camino, y Jesús, que es también “el Camino” que conduce a la Verdad y a la Vida. Un camino está para ser recorrido. Pero en nuestro caso el Camino es la persona de Jesús. ¿Cómo se recorre este camino hecho hombre por nosotros y por nuestra salvación? Poniéndonos en su seguimiento, o sea, viviendo su misma vida, teniendo sus mismos sentimientos, actuando con su mismo espíritu. En Jesús, Dios no solo nos acompaña en nuestro camino, sino que él mismo se ha hecho Camino. Mirándole a él, sabemos de forma muy concreta dónde esta la puerta de la vida, por dónde tenemos que ir para encontrarnos definitivamente con Dios.

El Nombre innombrable de Yahvéh se ha unido de forma irrevocable con nuestra humanidad, acompañando a todo ser humano, de forma que si Yahvéh es el Dios del camino, Jesús es el Camino que llevamos con nosotros dondequiera que vayamos.

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15
Dic
2014
Una persona, dos naturalezas
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Los textos catequéticos resumen así el dogma cristológico: en Cristo había una única persona divina y dos naturalezas, una humana y otra divina. Con esta fórmula, aunque utilice términos de la filosofía griega, se está diciendo que Jesús es al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre. El hombre Jesús es el Hijo de Dios. Las herejías cristológicas niegan, con mayor o menor insistencia, uno de los dos términos de la cuestión: la divinidad o la humanidad, aunque me parece a mi que a muchos creyentes de hoy les escandaliza más la negación de la divinidad que la de la humanidad. Por eso, cuando se insiste en que la humanidad de Cristo es tan importante como la divinidad, surge enseguida la pregunta por cómo comprender que en una sola persona pueda haber dos naturalezas, hasta el punto de que la naturaleza divina no sólo no anula la humana, sino que la potencia. Uno es tanto más humano cuanto más divino es.

¿Cómo entender que Jesús es el Hijo de Dios sin entrar en tecnicismos teológicos? No es posible desvelar el misterio. Pero sí resulta posible mostrar que no es contradictorio que una naturaleza humana concreta exista de forma personal en un nivel divino. Dicho de otra forma: Jesús es una persona divina (afirmación de fe) que vive una vida auténticamente humana. O sea, el hecho de ser persona divina no es “obstáculo” para vivir realmente como hombre. Un ejemplo, tomado de la propia experiencia de uno mismo, puede ayudar a entender el misterio de la Encarnación. El sujeto humano no es solo un “yo” pensante y queriente, también es un “yo” sensible. No es lo mismo pensar que sentir. Pero estas dos maneras de ser pueden coexistir en una unidad más fundamental. En la persona, en el mismo “yo” humano se unen la conciencia pensante y la conciencia sensible, pero el “yo” no se identifica ni con la conciencia pensante ni con la sensible. Hay como dos “hogares” de un mismo yo. El “yo” no se reduce a ninguno de estos dos hogares, aunque forman una unidad en él. Este “yo” no es una tercera realidad, es inmanente a lo pensante y a lo sensible, sin ser ni uno ni otro.

¿Se puede intentar buscar ejemplos más sencillos? Sí, a condición de tomarlos como ejemplos que no agotan el misterio. El que tiene el hábito del estudio, puede encontrar dificultades para estudiar, debido a la somnolencia o a la enfermedad. De forma similar la persona divina tendría dificultades para entender debido a que se encuentra en una condición humana, limitada y precaria. Otro ejemplo: imaginemos que un ordenador antiguo acepta un programa de última generación, imaginemos un “software” (instrucciones que no se pueden ver ni tocar) moderno en un “hardware” (soporte físico) antiguo. El programa moderno operará, en este soporte antiguo, con mucha lentitud y con algunos fallos, que no serán debidos al programa, sino al soporte. El programa, si solo encuentra un soporte anticuado, tendrá que conformarse con este mal ordenador si quiere tener alguna posibilidad de mostrar sus muchas virtualidades, aunque las muestre de forma imperfecta.

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12
Dic
2014
La metodología del Papa
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El predicador debe escuchar para que su predicación no se convierta en una serie de respuestas a preguntas que nadie hace. Porque estas respuestas probablemente no interesen demasiado. Y, si lo que dice el predicador no interesa, entonces la gente se aburre y deja de atender. No quiero decir con eso que la predicación tenga que halagar el oído o divertir a los oyentes. La predicación debe explicar la Palabra de Dios y aplicarla a la situación de la comunidad que celebra, respondiendo a sus necesidades, problemas e inquietudes. También la predicación debe invitar a los fieles a que se conviertan, a que cambien aquellos aspectos de su vida que no están en consonancia con el Evangelio.

Pero para responder a las necesidades y preguntas de la gente, o poder invitar a la conversión, es necesario conocer la situación en la que viven los destinatarios de la predicación. Muchas veces, para conocer esta situación, será necesario, antes de hablar, escuchar, comprender, preguntar. En este sentido, la metodología que ha vuelto a emplear el Papa Francisco para preparar la continuación del Sínodo el próximo año (consultar a base de preguntas a los distintos sectores de la Iglesia), puede ser adecuada para este acercamiento a las personas y responder de verdad a sus necesidades. Si no escuchamos, no podemos responder. El preguntar hace, al menos, que nos enteremos de cuáles son los problemas y necesidades de las personas a las que debemos cuidar y acompañar.

Cuesta entender que haya cristianos a los que les molestan este tipo de preguntas con las que el Papa quiere ayudar a la reflexión de los padres sinodales. Aunque quizás no sean las preguntas lo que les molesta, sino las respuestas que se imaginan que pueden darse y que no quieren que se den. Porque esas respuestas obligan a pensar y buscar nuevos caminos. Lo fácil es no pensar y decir lo de siempre. Pero hay algo aún peor que repetir lo ya sabido: irritarse, criticar al Papa porque puede provocar respuestas no convencionales, o acusarle de confundir a los fieles.

El Evangelio es para todos. Y la Iglesia debe esforzarse para que llegue a todos. Pero las personas a las que importa que llegue el Evangelio no son solo las noventa y nueve ovejas seguras que están ya en el redil, sino también y sobre todo, la oveja que está (al menos aparentemente, según nuestra primera mirada superficial) fuera. Aunque tengo la impresión de que hoy la proporción ha cambiado y las que están en los márgenes del redil (al menos, insisto, según nuestros criterios pastorales clásicos) son 99 y no una.

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9
Dic
2014
¿Restricciones mentales en Jesús?
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Para la mentalidad judía, Jesús planteaba un problema difícil de resolver: ¿cómo es posible que un hombre pueda ser Dios? “No te apedreamos por ninguna obra buena, sino porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios” (Jn 10,33) le dicen los judíos a Jesús en tono acusatorio. Es una acusación perfectamente comprensible: por mucho que miremos a Jesús de Nazaret, lo que allí aparece es un hombre, solo un hombre y nada más que un hombre. Un hombre extraño, complejo, difícil de encasillar, que plantea muchos interrogantes, pero un hombre al cabo.

Se diría que el problema de la mayoría de los cristianos es otro: ¿cómo es posible que si Jesús es de naturaleza divina pueda tener reacciones humanas, pueda sufrir y vivir la dureza de la condición humana? San Agustín, en su comentario a los salmos, nota la dificultad que tenemos los creyentes en atribuir a Jesús aquellas palabras de la Escritura que lo presentan “confesando su debilidad”; por eso “dudamos en referir a él estas palabras, tratamos de cambiar su sentido”.

He escuchado una explicación que, me parece a mi, “trata de cambiar el sentido” de la situación de Jesús crucificado, sufriente y sintiéndose abandonado por Dios mismo. La explicación dice que en la cruz Jesús hizo una especie de “restricción mental”, algo así como un olvidar voluntariamente su condición divina. Este tipo de explicaciones, movidas por la fe en la divinidad de Jesús, no acaban de respetar su auténtica humanidad. Jesús ni hacía comedia, ni restricciones mentales, ni olvidaba nada, ni ponía nada entre paréntesis. Sufría de verdad. El segundo concilio de Constantinopla llegó a decir que “uno de la Trinidad” sufrió la muerte de cruz y padeció. No se puede afirmar que mientras el hijo de María estaba sufriendo, el Hijo de Dios no podía sufrir y gozaba de la gozosa visión de la divinidad. El Concilio afirma que la única persona de Jesús, su humanidad unida hipostáticamente al Verbo, era el sujeto del sufrimiento y de la muerte.

La Encarnación es uno de los misterios fundamentales de la fe cristiana. Un misterio siempre se nos escapa, pero algo podemos decir, pues el misterio no es lo impenetrable, sino lo inagotable. Para hacer justicia al misterio de la Encarnación debemos presentar la humanidad de Jesús de forma que sea como la nuestra. Pero si es como la nuestra, entonces hay que mantener con fuerza sus limitaciones, sus cansancios y decepciones, el que ignorase cosas o creciera en sabiduría y en experiencia de Dios. Jesús se solidariza de verdad con nosotros; lo suyo no es una solidaridad ficticia o aparente. No es un “hacer como si”; es un “ser así”. Dice el Vaticano II: el Hijo de Dios “trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado”.

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4
Dic
2014
Inmaculada por ser de Dios
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La fiesta de la Inmaculada Concepción puede ser una buena ocasión para aclarar un malentendido que todavía se da entre muchos creyentes. Me refiero a la confusión extendida en la mentalidad común entre inmaculada concepción y virginidad de María. Supuestamente, María no tendría pecado por ser virgen. Esta confusión avala la falsa idea de que el pecado original consistiría en la relación sexual de Adán con Eva y fomenta una concepción negativa de la sexualidad en la vida cristiana. Convendría que los cristianos no difundiéramos estas ideas que luego sirven para ridiculizar la fe por parte de los enemigos de la fe.

El dogma de la Inmaculada Concepción es reciente. Los padres griegos lo ignoran y ha sido rechazado por grandes figuras como san Bernardo y santo Tomás de Aquino. Precisamente el argumento que daba Tomás de Aquino para no aceptar la Inmaculada Concepción ayudó a precisar el sentido del dogma. María, decía Tomás, necesitaba ser redimida, como cualquier otro ser humano. Por tanto, es inaceptable toda comprensión del misterio de María que dé a entender que ella no necesitaba de Cristo por no tener pecado. La declaración dogmática proclamada por Pío IX deja claro que María fue redimida con la más perfecta de las redenciones: con gracia previniente y elevante.

En la pureza de María irradia la santidad de Dios, el único santo. Así lo que ocurre con ella podría entenderse como un signo que indica a todos los cristianos donde está su meta: en vivir santos e inmaculados delante de Dios por el amor. La virginidad de María es otra cosa: es la “otra cara”, el correlato humano de la afirmación de fe en la divinidad del niño que ella lleva en su seno. Es un modo de decir que el niño que nace de María, siendo hijo de los hombres y, por tanto, tan humano como cualquier otro, a diferencia de todos los otros humanos, sólo tiene por Padre a Dios. No se puede confundir, por tanto, el dogma de la Inmaculada con el misterio de la virginidad de María. Son dos misterios relacionados, pero distintos. En María, la razón de ser inmaculada no es ser virgen, sino ser de Dios.

En cualquier caso, conviene dejar claro que todos los dogmas marianos son teológicamente correctos y legítimos sólo cuando pueden entenderse cristológicamente. Estos dogmas tienen su importancia en la medida en que en ellos se debaten cuestiones cristológicas. Es lo que sucedió en el Concilio de Éfeso cuando se debatió la verdadera Encarnación de Dios con ayuda del título “Madre de Dios”. Así y todo, hay que procurar que ni los dogmas marianos ni ningún otro, ni tampoco las manifestaciones de la piedad popular, impidan el acceso al centro y a la clave de toda fe, que es el misterio de Cristo.

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1
Dic
2014
Ser creyente es ser forastero
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Según la carta a los Hebreos ser forastero es consustancial al ser creyente. El más acabado modelo de fe, Abraham, es presentado como el que sale de su tierra, viviendo como extranjero, “peregrino y forastero sobre la tierra”, porque iba en busca de otra patria, de una “ciudad asentada sobre cimientos, cuyo arquitecto y constructor era Dios” (Heb 11, 8.9.13.14.10). A la vista de un texto como este, se puede ver en el extranjero un sacramento, o sea, una señal de lo que uno como creyente debería ser. Y si el extranjero me recuerda lo que soy o debo ser, ¿cómo no alegrarme de su presencia?

Los cristianos, cada vez que celebramos la Pascua (o sea, la Eucaristía dominical), recitamos el Credo. También el israelita, en cada Pascua, recitaba su profesión de fe, su Credo, confesando: “mi padre era un arameo errante”, y emigró a Egipto, viviendo allí como un trabajador extranjero, sometido a dura esclavitud. Y pasados unos años volvió a emigrar, salió de Egipto y entró en otra tierra, que ya estaba ocupada, y allí se estableció, encontrando prosperidad y paz (cf. Dt 26,5-9). No es extraño que a lo largo del Antiguo Testamento se le recuerde a Israel algo que no debe olvidar: “recuerda que tú también fuiste extranjero”. ¿La razón de este recordatorio? Tienes que tratar bien al extranjero, tienes que ser para él lo mismo que Yahvé ha sido para ti: “al forastero que reside entre vosotros, lo miraréis como a uno de vuestro pueblo y lo amarás como a ti mismo, pues también vosotros fuisteis forasteros en la tierra de Egipto” (Lv 19, 34). O sea, ama al inmigrante, porque es como tú. Y si es así ¿amarle no es amarse a sí mismo?

La emigración es un fenómeno tan antiguo como la humanidad. Es incluso el motor del progreso y de la evolución. Es posible remontarse a lo que ocurrió hace 100.000 años, cuando unos humanos dejaron Africa y se establecieron en Europa, y de estos antepasados africanos venimos nosotros. Pero no hace falta llegar ahí. La mayoría de los lectores españoles seguro que tienen parientes, quizás hermanos de sus abuelos o de sus padres, que durante la primera mitad del siglo XX emigraron a América. O que desde los años 40 a los años 70 del siglo pasado buscaron trabajo en Suiza o en Alemania. Hace unos años, en plena euforia desarrollista, los nietos de aquellos que fueron a América regresaron a España, en una situación parecida a la de sus padres cuando llegaron a América. Y se han quedado. Ahora que el trabajo es precario no caigamos en la tentación (como pretende hacer el primer ministro británico) de decirles que se vayan. ¿Cómo se van a ir si son un sacramento? Además, ¿no vemos en ellos a nuestros propios abuelos?

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26
Nov
2014
Cuando dices monaguillo, yo me huelo otra cosa
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El mal siempre sobra. Por eso siempre es excesivo. El bien es necesario y, por mucho que haya, siempre es bueno que haya más. Las noticias sobre el mal son llamativas. Las noticias sobre el bien suelen pasar desapercibidas. Estoy convencido de que el bien supera con creces al mal, porque si no fuera así, el mundo sería un infierno. Pero como el mal duele, parece siempre muy grande e importante.

En estos días se está hablando mucho de Granada y del tremendo mal que algunos clérigos han ocasionado (¿he de poner “supuestamente” para no ser denunciado?), pues supuestamente. Como se trata de delincuentes, supuestamente, habrá que juzgarlos como tales. El que sean clérigos (eso ya no parece que sea supuestamente) añade delito en la medida en que han podido aprovecharse de su posición para engañar a las viudas (haciéndose con su dinero), y a los y las menores (para aprovecharse sexualmente de ellos). Además, el que sean clérigos añade escándalo, porque de ellos se espera una mayor rectitud y coherencia. Es una espera equivocada, porque los clérigos son tan débiles y pecadores como cualquier otro creyente, pero la gente buena y sencilla, a veces, les coloca en pedestales imaginarios y, desde tales pedestales, les juzga y les valora.

Cuando digo que el mal supera al bien, no pretendo de ningún modo minusvalorar el mal ni paliar el delito. Pero sí quiero notar que la vida, en todos los niveles, funciona porque hay más gente buena que mala. Las instituciones funcionan, también las religiosas, porque unos pocos trabajan y se sacrifican. Y porque detrás de esos pocos hay un grupo grande de gente buena, quizás no tan sacrificada ni trabajadora, pero buena. Cierto, en las instituciones hay gente que plantea muchos problemas, y encima se creen el ombligo del mundo. Cuando en ellas aparen grandes o pequeños delincuentes, no se debe a que las instituciones les busquen, sino a que se les cuelan o porque las personas, frágiles como somos, podemos pervertirnos. Los grandes delincuentes suelen terminar siendo públicos. Los pequeños, a veces.

Las víctimas tienen miedo. Por eso muchas se callan. Es comprensible. Pero, por suerte, en la Iglesia, cada vez hay más ambiente favorable para sostener a las víctimas y tomar partido contra los victimarios. Benedicto XVI empezó a crear este ambiente y el Papa actual aún lo ha favorecido más. Este dato ratifica que el bien supera al mal. Hace muchos años me llamó la atención el título de un pequeño folleto: “Cuando tú dices Dios, yo me huelo otra cosa”. El Papa Francisco está contribuyendo a que la gente no se huela otra cosa cuando los curas decimos monaguillo.

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