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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
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30
Dic
2020
Cultura del cuidado, camino de paz
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belenbasilicavalencia

Por una iniciativa de Pablo VI, el primer día del año la Iglesia celebra la Jornada mundial de la paz. El lema de este año propuesto por el Papa Francisco es La cultura del cuidado como camino de paz. Cultura del cuidado para erradicar la cultura de la indiferencia, del rechazo y de la confrontación, que suele prevalecer hoy en día. Tema de gran actualidad. Si no cuidamos la naturaleza, el hábitat de los animales, el equilibrio ecológico, nos podemos encontrar con desagradables sorpresas como la del virus que nos está preocupando y afectando. Y si no cuidamos los unos de los otros, no habrá manera de salir de esta epidemia que nos afecta. Cuidar los unos de los otros. ¿Recuerdan ustedes cómo comenzó la historia según la Biblia? Con Adán y Eva, sí, y luego con dos hermanos, Caín y Abel. Cuando Caín mata a su hermano, y Dios le pide cuentas de lo ocurrido, Caín responde: “¿soy yo acaso el guardián de mi hermano?”. Ese fue su gran error: tú eres el guardián de tu hermano, su cuidador, eres responsable de lo que le pasa a tu hermano.

También el uno de enero la Iglesia celebra la fiesta de la maternidad divina de María. Ella supo vivir la cultura del cuidado que conduce a la paz. Primero recibiendo y cuidando a su hijo. Y luego, tal como nos narra el evangelio de la fiesta, escuchando con atención a los pastores. María escuchaba atentamente a los primeros mensajeros del evangelio. Y, al escuchar, se maravillaba y se sorprendía, y tras la sorpresa, guardaba en su corazón el mensaje y lo meditaba. Porque el evangelio no solo debe escucharse, debe guardarse, para que se haga vida de nuestra vida. Hay aquí dos actitudes que deberíamos imitar: ser mensajeros, como los pastores; desde nuestras posibilidades, que son más de las que pensamos. Y, como María, guardar en el corazón la Palabra de Dios que se nos anuncia. Para sacar las oportunas consecuencias.

Empezamos un año. Con la esperanza de que las vacunas nos ayuden a vivir con más paz. Una de las cosas que quizás hemos añorado durante el año que ha terminado han sido los gestos personales de paz: los besos y abrazos que no hemos podido dar a nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestros abuelos, a nuestros amigos. Y también el abrazo de paz que no hemos podido darnos en las Eucaristías. A lo mejor eso nos ha ayudado a comprender que la paz es más que un gesto, es una actitud profunda y duradera, un don de Dios, que debemos repartir entre la gente cercana y conocida, y también entre la gente lejana.

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28
Dic
2020
Lo que nos espera
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calendario2021

Hemos dejado un año marcado por una epidemia que ha alcanzado al mundo entero. El año acaba con la llegada de unas vacunas que, al parecer, lograrán que, a lo largo del 2021, desaparezca, en gran parte, el virus. Es razonable y elogiable que el gobierno español haya adoptado el criterio de que la vacuna llegue, en primer lugar, no a los que la puedan pagar, sino a los que más la necesitan. Este criterio debería completarse, a nivel mundial, de modo que las vacunas puedan llegar rápidamente no sólo a los países ricos, sino a todos los lugares de la tierra. El Papa ha reclamado vacunas para todos, de modo que “las leyes del mercado y las patentes” no se antepongan a “las leyes del amor y de la salud de la humanidad”. Y ha denunciado a “los nacionalismos cerrados que nos impiden vivir como la verdadera familia que somos”.

El año 2021 será, a petición del Papa, un año dedicado a San José, con motivo del 150 aniversario de la declaración del santo como patrón de la Iglesia universal; y también un año especial dedicado a la familia, al cumplirse los cinco años de la publicación de la encíclica Amoris Laetitia. Las dos conmemoraciones son confluyentes, pues san José es modelo de esposo amante, respetuoso de su esposa; y modelo de padre que sabe educar en la libertad.

No convendría olvidar que la familia es una realidad con muchas vertientes y muchas extensiones, hasta el punto de que todos los seres humanos formamos parte de la única familia humana. Por eso, también cabe en el año dedicado a la familia una llamada para acoger a los migrantes. El Papa postula a san José como patrono de los migrantes: “santo patrono especial para todos aquellos que tienen que dejar su tierra a causa de la guerra, el odio, la persecución y la miseria”.

En las buenas familias todos se preocupan de todos, pero prestan una especial atención a los más débiles del grupo. Si todos formamos parte de la única familia humana, entonces es lógico que la familia albergue a los que no tienen hogar (migrantes), y procure proteger (vacunar) a los más expuestos. En definitiva, San José, la familia, la vacuna, todo son estímulos para la solidaridad.

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26
Dic
2020
Sagrada Familia
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Sagrada Familia

La fiesta de la Sagrada Familia, situada dentro del ciclo de Navidad, nos recuerda un aspecto importante del misterio de la Encarnación. Dios, en Jesús, asume nuestra realidad humana. Con todas las consecuencias. Por eso nace, crece y se desarrolla en el seno de una familia. Como ocurre con todos los seres humanos. El evangelio del día de la fiesta confirma con elegancia esta inmersión de Jesús en una familia, con todo lo que esto supone de influencias en el resto de la vida, en nuestro caso de influencias positivas: el niño crecía en edad (gracias a los cuidados de sus padres), crecía en sabiduría (gracias al influjo del ambiente cultural en el que se movía) y crecía en experiencia de Dios; sin duda, en esto último, colaboraban grandemente la piedad, la religiosidad y los buenos ejemplos de sus padres.

El evangelio de Lucas además de notar las influencias familiares en Jesús, también anuncia proféticamente lo que quedará claro cuando el niño sea adulto: que será una bandera discutida, que ante él la gente tomará posición, unos se manifestarán a favor de su vida y de su enseñanza, y otros se manifestarán en contra y le rechazarán. Jesús y su mensaje, bien anunciados y bien entendidos, no dejan a nadie indiferente. Obligan a tomar postura. Dicho de otra manera: cuando uno se encuentra con Jesús queda retratado. Por eso, aquellos a los que no les gusta el retrato que aparece, deciden deshacerse del espejo que los retrata.

Otra cosa que anuncia proféticamente el evangelio es lo que ocurre con aquellos que acogen al Señor, simbolizados en dos ancianos, Simeón y Ana, prototipos de la buena sabiduría. Cuando Simeón se encuentra con el niño y lo toma en sus brazos, exclama con emoción: “Ahora Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz”. Es como si dijera: ¡Ya me puedo morir!, ¡el encuentro con el Señor ha colmado mi vida!, ¡ya no necesito nada más!, ¡la vida ya me lo ha dado todo! En efecto, cuando uno ha hecho la experiencia de determinados amores, todo lo demás le sabe a poco, y lo único que desea es gozar para siempre de ese amor. Pero desear gozar para siempre del amor de Dios es querer “irse en paz” de este mundo. Por su parte, Ana no paraba de hablar del niño con todos los que se encontraba. Porque cuando uno ha conocido a Jesús, lo espontáneo, lo natural, lo que le nace, es transmitir a otros esta buena noticia. La alegría es contagiosa y tiende espontáneamente a compartirse.

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24
Dic
2020
Encarnación: el precio insuperable del humano
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¿Son los ciborgs los humanos del futuro? Esta mezcla de organismo vivo y dispositivos cibernéticos, ¿es la plenitud de lo humano? Una cosa es que, gracias a su inteligencia, el ser humano pueda utilizar la técnica para vivir mejor y lograr nuevas metas, y otra cosa es dejar de ser lo que es, para convertirse en otro ser en el que lo predominante ya no sea lo orgánico sino lo técnico, más aún, un ser en el que la máquina determine lo psíquico.

En este tiempo de Navidad es bueno recordar eso que decía el Concilio Vaticano II: “el misterio del ser humano se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Cristo, al revelar el misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre”. Al manifestar a Dios como Padre amoroso, Cristo nos descubre a todos como hijos y hermanos. Así manifiesta como constitutivo del ser humano una doble dimensión indisociable: la de la filiación divina y la de la comunión fraterna de alcance universal. En la relación con Dios y en el encuentro con las demás personas se muestra un modo de ser humano en el que encontramos nuestra más lograda identidad.

Aún más: en Cristo encontramos el modelo más logrado de esta filiación y fraternidad. Cristo manifiesta lo que es ser humano en plenitud. Mirándole a él, descubrimos lo que somos y podemos ser nosotros. Por esta razón se le puede calificar de “Hombre perfecto”, no sólo porque tiene una verdadera naturaleza humana (perfecto hombre), sino porque ha llevado al ser humano hasta su total y plena capacidad (hombre perfecto), hasta su más alta cota de humanización, que es el encuentro y la comunión con Dios. Se comprende así que San Pablo diga que todos estamos llamados a “reproducir”, o sea, a producir de nuevo, la imagen del Hijo (Rm 8,29), para alcanzar así nuestra verdadera dimensión.

José Ortega y Gasset, en una conferencia dada en Madrid el 12 de marzo de 1910, lanzó unas ideas que dan mucho que pensar, tanto más cuanto que dichas por alguien que nunca hizo profesión de creyente. “Se busca al hombre”, dijo provocativamente. Y citando a Hegel añadió: “Cristo es el ensayo más enérgico que se haya realizado para definir al hombre”. Recordando la frase de Pilato sobre Cristo: “Este es el hombre”, Ortega nota que la turba prefirió a otro hombre, a Barrabás. Termino con uno de los mejores párrafos de esta conferencia referido directamente a “la humanización de Dios, al verbo haciéndose carne”: “antes de que esto ocurriera sólo parecían estimables algunos individuos geniales; sólo la genialidad moral, intelectual o guerrera de éstos valía. Pero al encarnarse Dios la categoría de hombre se eleva a un precio insuperable; si Dios se hace hombre, hombre es lo más que se puede ser”.

Cristo eleva a todo ser humano, sin excepción, a una dignidad sin igual. Si Dios se hace hombre es porque el humano es capaz de Dios y, entonces, ser humano es lo más grande que se puede ser.

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20
Dic
2020
El Verbo se hizo carne
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El término “encarnación” no se encuentra en el Nuevo Testamento. Al parecer fue San Ireneo (siglo II), quién lo utilizó por primera vez en el libro 3º de su Tratado contra las herejías. Evidentemente, la palabra “encarnación” está sustancialmente presente en algunas fórmulas del Nuevo Testamento. Quizás la más fundamental sea la de Jn 1,14: “el Verbo se hizo carne”. Esta afirmación une indisolublemente dos conceptos aparentemente contradictorios: el “logos” (Verbo) divino, absoluto, eterno, infinito, y la “sarx” (carne) humana, mortal, finita, relativa, temporal, caduca. Esta unión de lo humano y lo divino es la Encarnación. Se trata de la verdad fundante de la fe cristiana. Hasta el punto que, dicho con palabras de Tomás de Aquino, si quitamos la fe en la encarnación, desaparece la fe cristiana. O dicho con palabras bíblicas: quien “no confiesa que Jesucristo ha venido en carne” (2 Jn 7), “no es de Dios” (1 Jn 4,3).

El cristianismo, por tanto, se sitúa entre dos extremos que, tomados cada uno por sí mismo, parecen muy razonables: un trascendentalismo extremo, según el cual lo divino quedaría desdivinizado si se hiciera humano; y una inmanencia secularista, que entiende lo histórico y lo temporal como incapaz de contener al absoluto. Frente a ambas posiciones la fe cristiana afirma que el Absoluto, el Verbo que estaba en el seno del Padre, se ha hecho carne, ha venido a nuestro mundo y que, al hacerlo, viene a su propia casa (Jn 1,11).

La presencia de lo divino en lo humano se prolonga en todos los aspectos de la fe cristiana. ¿Qué otra cosa es la Escritura sino la Palabra de Dios en palabras humanas? ¿Y qué otra cosa son los sacramentos sino la presencia de Cristo resucitado en una realidad terrena? Pero yo quisiera fijarme en otra prolongación de la Encarnación, a saber, la que se da en todo ser humano. Parto del hecho de que no se ha conservado ningún rostro histórico de Jesús. Y, sin embargo, este rostro está más presente en nuestro mundo de lo que imaginamos. Podemos verlo y no enterarnos. Cada vez que nos encontramos con el prójimo necesitado, enfermo, indigente, inmigrante; con la persona solitaria, presa, despreciada, ahí en todos esos rostros es posible percibir el rostro sufrimiente de Cristo que mendiga nuestro amor.

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16
Dic
2020
Navidad, religiosidad de temporada
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Los días de Navidad y de Semana Santa se han convertido para muchos en lo que podríamos llamar religiosidad de temporada. O sea, se trata de unos días en los que se asiste a algún acto de culto, o se presencia una procesión, o se aplaude a una imagen, o se adorna la casa con un belén, pero lo propio de la religión, que es el encuentro con Dios, ni se plantea. Importa la sensibilidad. O mejor, la sensiblería.

En la religiosidad de temporada, los medios ocultan el fin. Abundan los medios. Pero no median. Porque lo propio de una buena mediación es ir más allá de ella misma, orientar hacia otra realidad más grande. Un medio que se queda en sí mismo es un puro fuego de artificio sin ningún contenido. A este respecto es bueno recordar un máxima de Tomás de Aquino: el acto del creyente no se termina en el enunciado dogmático, en la mediación, sino en la realidad divina que quiere expresar el enunciado o a la que orienta la mediación. Confucio, un pensador chino que vivió antes de Cristo, lo decía de otra manera: cuando el sabio señala la luna, el idiota mira al dedo. En todos los dominios de la vida hay muchos necios. Cicerón y una mala traducción de la Vulgata (Ecl 1,15) hicieron famoso el dicho de que el número de los tontos es infinito.

Digo todo esto para exhortarme a mi mismo, y exhortar a quién me lea con un poco de simpatía, a aprovechar bien esos días de Navidad para no quedarnos en la superficie de las imágenes religiosas, ni en sentimentalismos familiares, ni en lamentos por las restricciones que impone la epidemia. Son días para contemplar el misterio de la Encarnación. Y contemplando este misterio divino, ver su prolongación en cada ser humano, con el que Dios se ha unido. Eso no quita, todo lo contrario, que aprovechemos estos días para estrechar o revitalizar los lazos familiares, o para reconciliarnos con alguna persona distante (quizás un miembro de nuestra propia comunidad o familia).

Pero para que estos encuentros sean auténticos, para que vayan más allá de la euforia provisional provocada por la bebida o por el ambiente, deben brotar de un corazón cambiado por el espíritu de Dios, un corazón que contempla en el misterio del nacimiento de Jesús el gran amor de Dios a todo ser humano. Y, por tanto, el gran amor que debemos manifestarnos unos a otros, precisamente porque todos y cada uno somos amados por Dios. Los cristianos estamos llamados a amar lo que Dios ama.

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13
Dic
2020
San José: sobre todo padre, según el Papa
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sanjosepadre

La carta del Papa sobre San José está dividida en siete apartados. Cada uno lleva un título que siempre empieza con el término “Padre”. José es Padre amado por el pueblo cristiano. Padre en la ternura, pues en el comportamiento que tuvo con su hijo, Jesús vio la ternura de Dios. Padre en la obediencia, pues hizo del cumplimiento de la voluntad de Dios su alimento diario. Padre en la acogida, pues “acogió a María sin poner condiciones previas”. Padre de la valentía creativa, ya que supo encontrar soluciones ante las dificultades. Padre trabajador, “un carpintero que trabajaba honestamente para asegurar el sustento de su familia”. Y finalmente, Padre en la sombra, pues para Jesús fue “la sombra del Padre celestial en la tierra: lo auxilia, lo protege, no se aparta jamás de su lado para seguir sus pasos”.

Como ya hizo en la encíclica Fratelli tutti, Francisco, en esta carta vuelve a decir una palabra muy necesaria en este tiempo de epidemia. Al respecto, san José puede darnos dos grandes lecciones. La primera, mantener la confianza en Dios en las tormentas de la vida, como él hizo ante las dificultades que se le presentaron para proteger la vida del niño y de su madre. La segunda lección, aplicable a la situación sanitaria, es su saber estar en segundo plano, sin buscar protagonismo, pero siempre muy atento. San José nos recuerda que todos los que están aparentemente ocultos o en segunda línea tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación. Cosa aplicable a tantas personas que no aparecen en las portadas de las revistas, ni en las pasarelas del último show, pero que han sido decisivas para sostener nuestras vidas en estos tiempos difíciles: médicos, enfermeras, cuidadoras, limpiadoras, fuerzas de seguridad, religiosas y tantos otros.

Viene bien aquí recordar uno de los títulos que el Papa da a san José: Padre de la valentía creativa. Cuando nos enfrentamos a alguna dificultad podemos o bajar los brazos, o buscar soluciones. A veces, dice el Papa, las dificultades son precisamente las que sacan a relucir recursos en cada uno de nosotros que ni siquiera pensábamos tener. Muchas veces nos preguntamos por qué Dios no interviene directa y claramente. Olvidamos que Dios actúa a través de eventos y personas. El cielo intervino confiando en la valentía creadora de José, que encontró un lugar para que María pudiera dar a luz y, posteriormente, supo organizar una huida a Egipto para salvar al niño y a su madre.

Dice Francisco: “si a veces parece que Dios no nos ayuda, no significa que nos haya abandonado, sino que confía en nosotros, en lo que podemos planear, inventar, encontrar”. Debemos preguntarnos seriamente si estamos protegiendo con todas nuestras fuerzas a tantas personas que nos necesitan, indigentes, exiliados, afligidos, moribundos. “En cada una de estas realidades está siempre el Niño y su madre”. Cada cristiano está llamado a convertirse en un nuevo san José, padre de la valentía creativa.

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10
Dic
2020
Carta del Papa sobre San José
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sanjose

El día de la fiesta de la Inmaculada el Papa firmó una carta apostólica dedicada a San José, con motivo del 150 aniversario de su proclamación como patrono de la Iglesia universal. Es recomendable leerla. Rebosa devoción a San José.

Me limito a destacar dos cosas de la carta, de suma actualidad. La primera, el trato exquisito que José manifestó hacia María, verdadero modelo de una relación igualitaria y corresponsable entre varones y mujeres. José acogió a María sin poner condiciones previas: “La nobleza de su corazón le hace supeditar a la caridad lo aprendido por ley; y hoy, en este mundo donde la violencia psicológica, verbal y física sobre la mujer es patente, José se presenta como figura de varón respetuoso, delicado que, aun no teniendo toda la información, se decide por la fama, dignidad y vida de María”.

Así, “la acogida de José nos invita a acoger a los demás, sin exclusiones, tal como son, con preferencia por los débiles, porque Dios elige lo que es débil (cf. 1 Co 1,27), es padre de los huérfanos y defensor de las viudas (Sal 68,6) y nos ordena amar al extranjero. Deseo imaginar que Jesús tomó de las actitudes de José el ejemplo para la parábola del hijo pródigo y el padre misericordioso (cf. Lc 15,11-32)”.

La segunda cosa se refiere a la relación con su hijo Jesús: “Nadie nace padre, sino que se hace. Y no se hace sólo por traer un hijo al mundo, sino por hacerse cargo de él responsablemente. Todas las veces que alguien asume la responsabilidad de la vida de otro, en cierto sentido ejercita la paternidad respecto a él. Ser padre significa introducir al niño en la experiencia de la vida, en la realidad. No para retenerlo, no para encarcelarlo, no para poseerlo, sino para hacerlo capaz de elegir, de ser libre, de salir”.

A este respecto resulta interesante la lectura que hace el Francisco del apelativo de “castísimo” que la tradición ha puesto a san José: “es la síntesis de una actitud que expresa lo contrario a poseer. La castidad está en ser libres del afán de poseer en todos los ámbitos de la vida. Sólo cuando un amor es casto es un verdadero amor. El amor que quiere poseer, al final, siempre se vuelve peligroso, aprisiona, sofoca, hace infeliz. Dios mismo amó al hombre con amor casto, dejándolo libre incluso para equivocarse y ponerse en contra suya. La lógica del amor es siempre una lógica de libertad, y José fue capaz de amar de una manera extraordinariamente libre. Nunca se puso en el centro. Supo cómo descentrarse, para poner a María y a Jesús en el centro de su vida”.

Concluye así su reflexión el Papa: “El mundo necesita padres, rechaza a los amos, es decir: rechaza a los que quieren usar la posesión del otro para llenar su propio vacío; rehúsa a los que confunden autoridad con autoritarismo, servicio con servilismo, confrontación con opresión, caridad con asistencialismo, fuerza con destrucción”.

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7
Dic
2020
Toda santa es María
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virgensanisidoro

La fiesta de la Inmaculada nos invita a fijar nuestra mirada en la madre de Jesús. Más que entrar en la controvertida historia del dogma de la Inmaculada Concepción, interesa ofrecer una explicación teológica que ayude a vivir la fe con mayor convicción.

La concepción de Jesús parece que necesita, ya desde sus inicios, una cuna apropiada, coherente con su ser de Dios. Dado que la gestación no es sólo biológica o fisiológica, sino también cultural (pues el niño en el vientre materno oye la música, las palabras, siente las caricias, el humor, la alegría de la madre, y no sólo el humo del tabaco) parece necesaria una santidad excepcional en la mujer que concibe al Hijo de Dios. De hecho, antes de la proclamación del dogma de la Inmaculada, los teólogos estaban de acuerdo en que María fue santificada en el seno materno “con tal abundancia de gracia que ya quedó inmune desde aquel momento a todo pecado, no sólo mortal, sino incluso venial” (dicho con palabras de Tomás de Aquino).

El dogma afirma que María entró en la existencia como un ser humano redimido. Redimida antes de que ella se apropiara de la redención o fuese capaz de realizar una acción meritoria. Ahora bien, durante su vida posterior tuvo que responder libre y conscientemente a la gracia recibida. Se puede comparar el caso de María con el de los niños bautizados. Una vez bautizado, el niño está objetivamente redimido, pero sólo al madurar podrá asimilar personalmente el misterio de la redención. María pasó por un proceso semejante de desarrollo, aunque sin la intervención del pecado ni de sus efectos pecaminosos. Eso no significa que no sufriera tentaciones; significa que recibió una gracia que le permitió resistir a las fuerzas del mal con las que, inevitablemente, se encontró a la largo de su vida.

Dios ha dado a María una sobreabundancia de vida religiosa, una plenitud de caridad única. Este es el lado positivo de la doctrina de Pío IX sobre la Inmaculada, que concluye con un dogma formulado en términos negativos. El amor de Dios otorgado a María en su concepción, se convirtió en amor acogido cuando despertó la conciencia de María. Dios hizo que la atmósfera de pecado que, inevitablemente, envolvió a María, no encontrase en ella la menor complacencia. Sin duda, el medio familiar en el que ella creció era piadoso y santo y favoreció su crecimiento espiritual. Pero, tarde o temprano, se encontró en presencia del pecado y sus tentaciones, como también le ocurrió a su Hijo. Entonces la fuerza de su amor por Dios le preservó de toda complicidad, por pequeña que fuese. El torrente que puede derribar una casa construida sobre arena no pudo con una casa construida sobre roca.

Lo ocurrido con María, toda santa, toda de Dios, es un signo que indica a los cristianos cuál es nuestro objetivo: ser santos e inmaculados delante de Dios por el amor (Ef 1,4). Este es el camino que conduce a la vida eterna.

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5
Dic
2020
Preparar caminos
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caminos

Las lecturas del segundo domingo de adviento recalcan el sentido que tienen esos primeros días de adviento: no se trata de mirar al pasado, a algo que aconteció, a alguien que vino, sino de mirar al futuro, a lo que todavía no ha sucedido, al que vendrá. El que vendrá es el Señor glorioso, revestido de poder, para juzgar a los vivos y a los muertos, o sea, para poner a cada uno en su sitio, aunque, sin duda, lo hará con mucho amor, mucha misericordia y muy consciente de nuestra fragilidad. A lo mejor el sitio de cada uno, aunque no lo sepa, es un espacio lleno de amor.

La segunda lectura de este domingo está tomada de la segunda carta del apóstol Pedro. En ella escucharemos algo muy importante: si todo este mundo se va a desintegrar, si este mundo tiene un final, porque es pasajero, ¡qué santa y piadosa ha de ser nuestra conducta! Ese no es el discurso que se escucha en el mundo. Lo que se oye por ahí es que, puesto que este mundo se acaba, ¡comamos y bebamos que mañana moriremos! O sea, ¡a vivir que son dos días! Y vivir en este caso significa pasarlo en grande sin pensar en las malas consecuencias que, para uno mismo o para los demás, puede acarrear este “pasarlo en grande”. Vamos, lo que está ocurriendo con la epidemia del covid-19: algunos se dedican a la juerga sin importarles si contagian o no contagian a los demás.

La carta de Pedro dice todo lo contrario: puesto que somos peregrinos en este mundo, puesto que este mundo es provisional, no perdamos el tiempo con juergas y borracheras, sino dediquémonos a preparar caminos al Señor que viene a nuestro encuentro. Viene si nosotros vamos hacia él. Porque si el Señor viene, pero nosotros no vamos, no hay encuentro. ¿Y cómo se preparan caminos? La primera lectura del profeta Isaías lo dice por medio de estas imágenes: “que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale”. O sea: no aprovecharse del otro, no pisotear ni oprimir al hermano. Y si alguien está arriba o tiene mucho, que se abaje para compartir. Y quién vive desordenada o torcidamente, que ponga orden en su vida.

Esos caminos que preparan la venida del Señor, son también, dice el profeta, consuelo para el pueblo. Porque el consuelo no viene ni de los políticos, ni de los superiores, ni de las estructuras, ni de las leyes. El consuelo viene de Dios. Y Dios viene donde abrimos resquicios a la verdad, la justicia, la paz, el bien, el perdón, la misericordia. Por ahí entra Dios en nuestras vidas, aunque no lo sepamos.

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