Logo dominicosdominicos

Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor


Filtrando por: 2020 quitar filtro

1
Oct
2020
Muestras de un tenor de vida admirable
2 comentarios

faro

El conocido como “Discurso a Diogneto” es un escrito del siglo II que un cristiano culto dirige a un alto personaje de la sociedad romana. Desconocemos el nombre del autor y el del destinatario, pero eso resulta secundario, pues lo importante es la descripción que el autor del escrito hace de la vida de los cristianos. Son gente muy normal, dice. No se distinguen de las demás personas por su modo de comer, de vestir o de hablar. Aceptan las costumbres de los lugares en los que viven. Son buenos ciudadanos: obedecen las leyes de la ciudad. Y, sin embargo (añade el autor) “dan muestras de un tenor de vida admirable”.

Los cristianos viven como los demás, pero no son como los demás. El autor del “discurso” ofrece una serie de llamativas paradojas para explicar el admirable tenor de vida de los cristianos. Cito libremente algunas: se casan y engendran hijos como todos, pero no practican el aborto; comparten la comida, pero no el lecho; son pobres y enriquecen a muchos, carecen de todo y abundan en todo (eso solo es posible porque comparten lo que tienen y, por eso, entre ellos nadie pasa necesidad); son maldecidos y bendicen (o sea, devuelven bien por mal); viven en el mundo, pero no son del mundo; aman a su patria, pero no hasta el punto de perder la cabeza por ella, pues saben que solo hay una patria verdadera de la que todos somos ciudadanos y, por eso, tratan a todos (a todos: incluso a quienes les desprecian) como hermanos.

Este escrito plantea un aspecto fundamental de la vida de los primeros cristianos. Para seguir a Jesús no hace falta vivir de forma extraña, ni hacer cosas raras. Es posible santificarse en medio del mundo e iluminar todas las cosas con la luz de Cristo. Lo importante no es solo lo que hacemos, sino el modo como lo hacemos. Es posible vendar fríamente una herida; es posible vendar la herida e interesarse por el herido. Si nos interesamos por el herido, probablemente el herido se interese por nosotros; y, al entablar conversación, podemos terminar compartiendo lo que somos, nuestros intereses, esperanzas e ilusiones. En este compartir puede aparecer el nombre de Jesús.

Lo que muchos discursos y documentos, bien trabados y pensados, no logran, lo puede lograr la manera de vendar una herida. El “tú a tú”, la cercanía amistosa, en ocasiones es el mejor camino de evangelización. Y la cercanía implica interesarse por el otro desinteresadamente, sin buscar sacarle algo, sin proselitismos baratos, sin segundas intenciones. Antes de ofrecer respuestas, hay que conocer las preguntas que el otro plantea; antes de dar catequesis hay que conocer al otro.

Ir al artículo

27
Sep
2020
Dios, objeto de la fe
5 comentarios

candelabrojudio

¿En qué creemos los cristianos? Ante una pregunta como esta, la tentación es responder: creemos en los dogmas y verdades que la Iglesia propone; o, creemos en lo que dice el catecismo. Pero esta pregunta está mal formulada e induce a una mala respuesta. La buena pregunta es: ¿en quién creemos? En la fe cristiana no se trata de verdades o cosas, se trata de una realidad personal, del Dios que Jesucristo nos ha revelado. Por eso, podemos decir con toda tranquilidad que los cristianos no creemos en dogmas, en la medida en que los dogmas son fórmulas, expresiones que constan de palabras. Los cristianos no creemos en fórmulas, palabras o enunciados, por muy expresivos y perfectos que sean. Creemos en el Dios que estos dogmas o enunciados expresan, por cierto, muy limitada e imperfectamente. Limitadamente porque se trata de enunciados humanos, y la realidad de Dios supera todo lo que de él podemos decir.

Así se comprende que Tomás de Aquino diga que el objeto de la fe es Dios. Para entender qué significa objeto es bueno poner esta palabra en paralelo con la palabra sujeto. El sujeto es aquel que conoce; el objeto es la realidad conocida. Aplicado a la fe habría que decir: el sujeto creyente es la Iglesia; y de forma más concreta: cada miembro de la comunidad de creyentes. El objeto, aquel al que nos adherimos por la fe, es Dios.

Según Sto. Tomás, Dios es objeto de la fe desde una doble consideración. En primer lugar, en cuanto contenido. Dios es la realidad total y completa en la que creemos. Si creemos en dogmas o en fórmulas de fe (como el Credo) es en la medida en que esas fórmulas expresan humanamente a Dios y se refieren a él y, en esa medida, nos ayudan a comprender mejor a Dios.

Desde otro punto de vista, dice santo Tomás, Dios es también objeto de la fe. Porque es la razón, la causa, el motivo de la fe. La razón de la fe no es lo simpático que es el cura de mi parroquia o el mismísimo Papa; el motivo de la fe no es porque el Papa lo dice; no es el disgusto que le daría a mi abuela si dejara de creer. El motivo de la fe, la verdadera razón, la causa última y definitiva de mi adhesión a Dios, es Dios mismo, porque él se ha revelado en Jesucristo y ha infundido su Espíritu en mi corazón para que pueda acoger esta revelación.

Me fío de Dios (motivo de la fe), que es el único que habla bien de Dios (contenido de la fe). Me fío del Dios que en Jesucristo se nos ha dado a conocer y lo acojo con todo mi ser.

Ir al artículo

23
Sep
2020
¿Eutanasia? ¡La vida vale por sí misma!
2 comentarios

eutanasia

En estos tiempos de pandemia, en donde lo que se impone es la defensa de la vida; en estos tiempos en donde todos los gobiernos toman medidas, más o menos incómodas, con el objetivo de defender la vida humana; parece contradictorio que las leyes que favorecen la eutanasia y el suicidio asistido se hayan convertido en una prioridad del parlamento y del gobierno español. No sé si esos son los mejores tiempos para favorecer una cultura de la muerte. Más bien lo que habría que favorecer, y a eso debería tender la legislación, es una cultura de la vida, o sea, leyes que favorezcan los cuidados paliativos para ayudar a los enfermos que se encuentran en la última etapa de sus vidas.

La Iglesia siempre ha defendido que la vida es un don de Dios, un don que hay que valorar y cuidar. La vida humana tiene sus limitaciones, por eso la muerte es el “precio” de la vida y el sufrimiento condición inevitable de la vida humana. La inteligencia humana, capaz de encontrar remedios contra el sufrimiento, es un signo de la grandeza de Dios que siempre busca la felicidad del ser humano. Se comprende, pues, que la Iglesia levante su voz advirtiendo de la maldad de las leyes que favorecen el suicidio. En esta línea van dos documentos recientes, uno de la Conferencia Episcopal Española, titulado “sembradores de esperanza”, y otro de la Congregación para la doctrina de la fe, titulado “el buen samaritano”. Dos títulos significativos: la esperanza nos sostiene en medio del dolor; y el buen samaritano es imagen de Jesucristo que cuida las heridas del enfermo.

La vida siempre es un bien. Ella vale por sí misma y no en función de su utilidad. El cristiano sabe que toda vida humana es imagen de Dios y, por eso mismo es sagrada e inviolable. Cualquier atentado contra el ser humano es un atentado contra el mismo Dios. Cierto, la esperanza cristiana afirma que la vida está destinada al encuentro pleno con Dios. Pero eso no significa que uno pueda, por decirlo así, acelerar este encuentro. Dejando aparte que quien se suicida no piensa en eso, la vida terrena y la eterna llegan cuando Dios lo decide. Y aquí no vale apelar a ninguna eutanasia compasiva para ayudar al paciente a morir. Pues la compasión no consiste en provocar la muerte, sino en acoger al enfermo, sostenerlo en medio de las dificultades, ofrecerle afecto, atención y medios para aliviar el sufrimiento.

Una cosa más: dudo que haya una demanda social para una ley de eutanasia. Más que demanda social lo que hay son ideologías baratas que buscan votos a base de promulgar leyes inicuas que seguramente la mayoría de sus votantes no piensan aplicar.

Ir al artículo

19
Sep
2020
Enseñanzas de la brevedad de la vida
3 comentarios

vidabreve

Dice el libro de los Salmos (89,10) que “aunque uno viva setenta años y el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil, porque pasan aprisa y vuelan”. La vida siempre nos parece corta y marcada por la muerte. La paradoja del ser humano es que es una criatura de barro, por tanto, frágil, pero con ansias de inmortalidad. Dice el libro de la Sabiduría (2,32) que Dios creo al hombre para la inmortalidad, pero el hecho es que la muerte a todos alcanza, porque el ser humano está hecho de polvo y al polvo retorna (Gen 3,19). Un documento de la Pontificia Comisión bíblica afirma que “la literatura profética ofrece dos contribuciones importantes al motivo de la precariedad humana”.

¿Cuáles son esas dos lecciones que podemos extraer de la brevedad de la vida? La primera aportación se presenta como una advertencia dirigida a los poderosos. En cierto modo, el orgullo humano hace que todos nos creamos muy poderosos. El ser humano tiene la vana ilusión de ser igual a Dios. Para desenmascarar este engaño, la revelación nos invita a considerar la contingencia de cada ser humano como la verdad esencial que da acceso al temor de Dios, “principio de sabiduría” (Prov 1,7). Cuando somos conscientes de que nuestros días están contados (Eclo 17,2) es cuando adquirimos un “corazón sensato” (Sal 89,12). No reconocer que somos criaturas y, por tanto, finitos, es una presunción arrogante. Por eso, como canta María, el Señor derriba a los poderosos y enaltece a los humildes, para que así se revele mejor su misericordia.

La segunda aportación de la literatura profética, dirigida a aquellos que experimentan la precariedad de la existencia, es una palabra de consolación: “consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios” (Is 40,1). Cierto, toda carne es como hierba que se seca y flor que se marchita, pero la palabra de Dios permanece para siempre (Is 40, 8). Dice la comisión bíblica, citando a Is 40,5: “la gloria de Dios se revela allí donde la debilidad acoge, a la luz de la fe, la potencia del Señor que se manifiesta como palabra regeneradora”. Esta palabra anuncia que “el desierto florecerá” (Is 35, 1) y vendrá un Espíritu capaz de hacer revivir los huesos secos (Ez 37,1-10). Porque Dios promete: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos. Pondré mi Espíritu en vosotros y viviréis” (Ez 37, 12-14).

La vida es frágil. No querer reconocerlo es situarnos al margen de la verdad. Reconocerlo es el primer paso para vivir en la humildad y abrir una puerta a la esperanza de que, desde fuera de nosotros, pueda llegar un remedio a nuestra fragilidad. Esta es la esperanza de los creyentes: no somos dioses, pero podemos acoger a Dios.

Ir al artículo

15
Sep
2020
Carácter sacramental de la homilía
4 comentarios

biblia

En su exhortación apostólica Verbum Domini, Benedicto XVI dejó claro el carácter sacramental de la Palabra de Dios. La Palabra de Dios es sacramental porque contiene aquello que significa. Dicho de otra manera: el texto bíblico expresa, en palabras humanas, el ser y la voluntad de Dios. Por eso, Benedicto XVI afirmó que la sacramentalidad de la Palabra se puede entender en analogía con la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y vino consagrados. Del mismo modo que la materia del sacramento eucarístico contiene la sustancia de Cristo, también la materia del texto escriturístico (su letra humana) es portador de la Palabra divina. La clave está en el misterio de la Encarnación: el Verbo se hizo carne; por tanto, la carne de Jesús, su humanidad, es el modo humano en el que se hace presente el Verbo del eterno Padre.

El Papa Francisco ha dado un paso más y se ha referido al “carácter cuasi sacramental” de la homilía. Porque una homilía bien hecha hace arder los corazones de los oyentes, expresa los sentimientos que brotan en el oyente tras escuchar la palabra del Señor, es una síntesis actualizada del diálogo que Dios tiene con su pueblo, es una comunicación entre corazones, el de Dios y el de los seres humanos. Dice Francisco: “el Señor se complace de verdad en dialogar con su pueblo y al predicador le toca hacerle sentir ese gusto del Señor a su gente” (Evangelii Gaudium, 141).

Lo sacramental es una realidad humana que contiene y transmite una realidad divina. Pero los sacramentos no son magia. Por eso, si falla el elemento humano, sufre y se oscurece la realidad divina que transmite. Los evangelios de Mateo y Lucas, o las cartas de San Pablo, son sacramentos, escritos humanos transmisores de la palabra de Dios. Pero una mala lectura puede hacer que la palabra de Dios, transmitida sacramentalmente, llegue de forma confusa o desvirtuada, o incluso que no llegue. Del mismo modo, una homilía sin la debida preparación impide que los oyentes capten adecuadamente, o no capten de ningún modo, la actualización del diálogo de Dios con su pueblo.

Para preparar bien una homilía es necesario que el predicador atienda a una doble instancia. Por una parte, prestar toda la atención al texto bíblico, acogido en el amor de la oración y en el estudio de la verdad; y, por otra, conocer a los destinatarios, para hablarles en “clave de cultura materna”, en un tono que transmite ánimo, aliento, fuerza, impulso. Un predicador que no se prepara no es “espiritual”, es deshonesto e irresponsable con los dones que ha recibido (Evangelii Gaudium, 145).

Ir al artículo

11
Sep
2020
Nadie puede vivir sin placer
5 comentarios

arcoíris parque

Oímos la palabra “placer” y enseguida la asociamos a sexo. Pero el placer es una realidad mucho más amplia. Hay muchos tipos de placeres. El mejor, el de la amistad. O no, porque hay uno mejor, como dice el salmo 36: “sea el Señor tu delicia, y él te dará lo que pide tu corazón”. El más frecuente, la buena comida y la buena bebida.

Tomás de Aquino afirmó: “Nadie puede vivir sin algún placer sensible y corporal”. Y añade: decir lo contrario “no es razonable”. Lo que Tomás de Aquino rechaza son los placeres inmoderados y contrarios a la razón (placer del incesto, placer del sadismo, placer de la pereza, etc.). El problema, por tanto, no es la dimensión corporal de la naturaleza, que viene de Dios, sino el mal uso que hacemos de los miembros de nuestro cuerpo, sea la mano, sea el sexo.

En la naturaleza hay otras dimensiones además de las corporales, a saber: las intelectuales y espirituales. Tomás de Aquino afirma que el ser humano necesita el placer para aliviar sus múltiples e inevitables males y tris­tezas. Y al respecto aclara: no se trata de que los placeres corporales y sensibles sean mayores que los intelectuales y espirituales. Más bien es lo contrario lo que es verdad. Lo que ocurre es que cada uno está obligado a utilizar los remedios de que dispone. Quién conoce los placeres sensibles se servirá de ellos como reme­dio. Quién conoce los placeres espirituales e intelectuales podrá servirse de ellos.

Los hombres combaten la tristeza de muchas maneras: leyendo un libro, escu­chando música, jugando al tenis o bebiendo alcohol. Por esta razón el remedio contra la droga, el alcohol o el sexo inmoderado no es tanto la condena o la re­presión, sino la búsqueda de las causas que provocan estas situaciones desgracia­das para, en un clima de comprensión y respeto, remediar la causa ofreciendo so­luciones alternativas que, al ser más razonables, resultan también más vivifica­doras. Se trata de saber discernir, por debajo de muchas reacciones desconcertan­tes, la vida que todos buscamos y ayudar a encontrar esa vida a quién, en nuestra opinión, le busca por caminos equivocados.

No hay que olvidar que Jesús era amante de la fiesta. Tanto que fue acusado de comilón y bebedor (Mt 11,19-20). También era sensible a la amistad y se rodeaba de buenas amigas y buenos amigos. De ahí que sólo desde una consideración positiva del placer podrá encontrar audiencia la necesaria crítica a una búsqueda del placer a toda costa, que ya no contribuye a la felicidad, sino a su destrucción, y en cuya vorágine está en peligro de caer el hombre moderno.

Ir al artículo

7
Sep
2020
El demonio del mediodía
12 comentarios

solmediodia

El salmo 91 es la oración confiada de quienes “habitan al amparo del Altísimo y viven a la sombra del Omnipotente”. Esos se sienten seguros y, por eso, no temen cuando aparece el peligro. El salmo califica poéticamente el peligro de “espanto nocturno, flecha que vuela de día, peste que se desliza en las tinieblas”, y (ahí está la última metáfora que me interesa) “epidemia que devasta a mediodía”. Pues bien, si ustedes van al texto latino de la traducción conocida como Vulgata, hecha por san Jerónimo, verán que no habla de epidemia, sino de “demonio meridiano”.

Los monjes, que rezaban el breviario en latín, se encontraban con esta expresión todos los domingos en el rezo de completas. Sin duda hay muchos tipos de “demonios”, sobre todo si nos atenemos al significado de otra de las palabras que los designan: diablo. Etimológicamente diablo es “el que separa”, el que miente para crear discordia y desunión, el que crea odio y pone a unas personas contra otras. Su presencia, por tanto, resulta muy fácilmente detectable. El “demonio del mediodía” crea un tipo especial de discordia.

¿Qué es el demonio meridiano? No es la lascivia, como pretende Umberto Eco en su novela “El nombre de la rosa”. Se trata de una experiencia que hacían los monjes de los siglos IV y V, que vivían en los desiertos y descubrieron que, a la hora del mediodía, cuando el sol aprieta con más fuerza, resultaba difícil seguir rezando. El monje ya no siente la alegría de cantar las alabanzas divinas, puesto que le invade el sopor y anda triste y malhumorado. Su voluntad decae, pierde la alegría. Este detalle explica que los teólogos medievales, como Tomás de Aquino, identificaran el demonio meridiano con la acedia, la falta de empuje, la desgana para hacer el bien, la pereza.

Las personas afectadas por el demonio meridiano nunca están contentas, viven inquietas, siempre cansadas, siempre huyendo de sus responsabilidades: necesitan cambiar de casa, de trabajo, de lugar, de amistades. Nada les satisface, todo les aburre. Según el Papa Francisco una de las tentaciones que acechan a los agentes de pastoral es la acedia, el cansancio, la falta de motivaciones, que se manifiesta en la búsqueda de proyectos irrealizables, en no aceptar la costosa evolución de los procesos y querer que todo caiga del cielo, en la falta de paciencia y en no saber esperar. Y también en gobernar a base de documentos, prestando más atención a sus “hojas de ruta” que a las personas. “El inmediatismo ansioso de estos tiempos, concluye Francisco, hace que los agentes pastorales no toleren fácilmente lo que signifique alguna contradicción, un aparente fracaso, una crítica, una cruz”.

Ir al artículo

4
Sep
2020
Fe en Dios y progreso temporal
4 comentarios

solentremaquinas

¿Qué aporta el Evangelio a la ciencia y a la técnica? ¿Acaso el amor de Dios sólo tiene repercusiones en la interioridad perso­nal, mientras que la economía, la política o la ciencia tienen sus propios dominios au­tóno­mos? Incluso, según como se enfoque la política o la ciencia, hasta podrían ha­cer la competencia al mensaje evangélico, puesto que estos dominios seculares re­suelven con más “eficacia” que la oración muchos de los problemas con los que se enfrenta la sociedad de hoy.

Toda mejora social y todo avance científico que contribuye a mejorar las relaciones entre los seres humanos son transmisores de gracia. En tales realidades Dios nos sale al encuentro. Ahora bien, si tales proyectos pueden ser el punto de inserción de la gracia, pueden también esca­par a sus exigencias de universalidad y ausencia de discriminación. En este sentido, todos los proyectos humanos son ambiguos. Pueden servir para bien y utilizarse para mal. Por eso, la gracia los confronta con las exigencias del amor de Dios revelado en la cruz de Cristo. Todos necesitan ser iluminados por el Evange­lio. Así, la gracia actúa para suscitar tales proyectos donde faltan, para estimularlos donde duermen, para rectificarlos donde se desvían.

El hombre de hoy es capaz de planificar y realizar grandes cosas. En este me­dida, el campo de acción de la gracia, pero también el campo de acción del pecado, es cada vez más amplio. Lo que la gracia pretende es liberar al hombre del pecado, del pecado de la humanidad y del pecado personal. Esta liberación exige hoy que se des­velen las formas concretas que reviste el pecado en la vida individual y social, así como poner en práctica todos los recursos que pueden favorecer las formas autén­ticas de la existencia humana. La predicación de la gracia es más necesaria que nunca.

El Evangelio no entra a discutir cuestiones técnicas u organizativas. Pero sí tiene una palabra que decir cuando la técnica y la economía se convierten en instrumentos de desgracia, de enriquecimiento desmesurado de unos pocos, de excesivo control de las per­sonas, en definitiva, de deshumanización. Tampoco la política es la solución de todos los problemas (pobreza, inmigración, paro, tragedias familiares, pueblos em­pobreci­dos, etc.). ¿Quién pone límites al poder? ¿Con qué criterios se rige la econo­mía? La eficacia puede ser inhumana, injusta, opresora. Por eso la ciencia y la política deben ser conscientes de sus límites y tomar opciones inspiradas por un humanismo. Y aquí interviene la gracia. La ciencia y la técnica no son malas. Lo son en cuanto se con­vierten en fundamento de sí mismas, se cierran sobre sí mismas y se erigen en prin­cipio único y determinante de todo lo demás. Cuando así ocurre el hombre se pierde como apertura a los demás y a Dios, y anticipa su desgracia.

Ir al artículo

1
Sep
2020
Dios, factor de humanidad
5 comentarios

soltravesando

Dada la situación de progreso a la que ha llegado el ser humano, Dios parece que ha perdido importancia e interés, al menos en lo que se refiere a las realidades de este mundo. ¿Para qué necesitamos a Dios en este mundo? ¿No se basta el hombre solo? ¿No puede reducir por sí mismo la miseria y enfren­tarse con lo desconocido, con estos espacios antiguamente reservados al mundo de la supersti­ción? ¿No es incluso capaz de dominar la naturaleza? ¿Qué puede aportar a esta sociedad la fe cristiana? ¿Acaso esta fe está para solucionar los problemas del “más allá” y su influencia en el “más acá” queda únicamente reservada al dominio de la inte­rioridad religiosa, e incluso ahí, a la liberación de lo que se conoce como pecado? En definitiva, ¿nos ayuda Dios a vivir más humanamente?

Tomás de Aquino se pregunta por la necesidad de la gracia, que es un modo de preguntar por la necesidad de Dios. Según Tomás, Dios no es solo necesario para alcanzar la vida eterna, sino también para vivir humanamente, para encontrar la plena esta­bilidad humana en este mundo. La gracia tiene repercusiones en el aquí y ahora de nuestra existencia mundana. Si el amor confiere estabilidad y equilibrio a la vida, la acogida del amor de Dios no puede menos de traducirse en una serie de re­percusio­nes físicas, psicológicas y afectivas en nuestro ser y en nuestra manera de vivir. La confianza en Dios permite vivir sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte; o en todo caso, asumir los problemas y miedos de otra manera.

Según Tomás de Aquino en la actual situación de pecado, la gracia de Dios es necesaria para la realización efectiva de lo que hoy calificamos de derechos y deberes huma­nos. Dicho de otro modo: toda vida humana se encuentra sometida a múltiples soli­citaciones, y no todas son buenas. El hombre siente su inclinación al mal. Hay cosas que su razón y su conciencia le dicen que no son buenas y, sin embargo, el hombre se siente atraído por ellas. Unas veces la atracción del mal se le presenta tan súbita­mente que no puede resistirla. Otras veces, el hombre quiere dejar de obrar el mal, pero parece como si el mal pudiera más que él, debido a las malas costumbres adqui­ridas o a la fuerza con que se presenta.

Teóricamente, es posible resistir una por una a las seducciones del mal. Pero llevar una vida según el bien y resistir habi­tualmente al mal, requiere serenidad, equilibrio, claridad de ideas y de objetivos. No cabe duda que la gracia de Dios, al otorgar estabilidad y equilibrio personal, es un socorro necesario para que la orientación de la persona hacia el bien encuentre conti­nuidad y firmeza.

Ir al artículo

28
Ago
2020
Convicciones privadas y repercusiones públicas
5 comentarios

torbellino

Entiendo por convicciones privadas las que no tienen consenso científico ni social. Tales convicciones son muy respetables. Pero pueden ser peligrosas. Y de hecho lo son cuando tienen consecuencias que van más allá de la persona que sostiene la convicción. Eso vale igualmente cuando se trata de convicciones religiosas. Si una persona, por motivos religiosos, está en contra de las transfusiones de sangre, tiene todo el derecho a negarse a que se la practiquen, por mucho que los médicos le digan que está su vida en juego. Pero no tiene el derecho de impedir que se la hagan a su familia. Y, si se trata de un menor que está a su cargo, tampoco tiene ese derecho. Hay leyes que amparan a los menores. Los padres no tienen derechos absolutos sobre sus hijos.

Digo eso porque están apareciendo noticias preocupantes sobre el maldito bicho que nos está trastornando la vida. Unas son falsas, bien negando que el virus sea real, u ofreciendo remedios que cualquier persona con un poco de cabeza adivina que son inútiles y hasta peligrosos. Algunas tienen relación con comportamientos religiosos. Cuando en una Iglesia los responsables del culto no guardan las debidas precauciones, o no advierten a los fieles de la necesidad de protegerse y mantener las distancias requeridas, no solo están desobedeciendo a sus superiores religiosos, sino que están poniendo en peligro a la gente.

Otras noticias están relacionas con sentimientos. No se puede engañar diciendo que lo que se hace bajo capa de religión no tiene peligro, bajo el falso pretexto de que la religión nos protege. Acabo de leer que en algún país americano han muerto pastores evangélicos por no tomar elementales medidas de prevención contra el virus. Esos pastores se acercaban a los enfermos u ofrecían servicios sin pensar en el peligro que sus actos comportaban. Dígase lo mismo de aquellos ministros que minusvaloran el riesgo de contagio. Los signos religiosos son humanos, están hechos de realidades terrenas. Las realidades terrenas (el pan, el aceite, el agua, o la madera de las imágenes), por muy bendecidas que estén, no están protegidas contra la degradación del tiempo o de la naturaleza.

Las convicciones personales tienen un límite, a saber: las consecuencias públicas que puedan derivarse de ellas.

Ir al artículo

Posteriores


Suscripción

Suscribirse por RSS

últimos artículos

Archivo