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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
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2
Dic
2021
Concebida sin pecado original
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virgenenredondo

Algunos grandes teólogos, nada sospechosos de no amar a la Virgen María, no estaban convencidos de que hubiera sido concebida sin pecado original. Entre estos grandes el más citado es Tomás de Aquino. Pero San Anselmo, San Bernardo y San Buenaventura pensaban lo mismo.

El amor no se manifiesta a base de adjetivos. Se manifiesta respetando la verdad y ofreciendo motivos por los que uno piensa o actúa de una determinada manera. ¿Cuáles eran las razones que tenía Tomás de Aquino para pensar que María, como todos los humanos, fue concebida en pecado original? No es cuestión ahora de entrar en la problemática del pecado original que desencadenó San Agustín. Vamos a fijarnos solo en su aplicación a la concepción de María. Tampoco es cuestión de entrar en la agitada prehistoria que condujo a la proclamación del dogma.

Las razones que tenían los teólogos medievales eran, fundamentalmente, estas dos: si, según san Agustín, el pecado original se transmite por el placer sexual del momento de la concepción, entonces es evidente que María “fue engendrada con la intervención de los dos sexos, que no puede ser sin pasión” (Tomás de Aquino). El segundo motivo partía de otro prejuicio, a saber, que quién no ha incurrido en pecado no puede ser beneficiario de la salvación de Cristo. Hoy la teología no funciona con esos presupuestos: ni el pecado original se transmite por el acto sexual, ni la necesidad de Cristo está condicionada por el pecado. Con pecado o sin pecado todos necesitamos de Cristo; su acción es eminentemente salvífica y elevante, no sólo sanante.

Los medievales afirmaban la eminente santidad de María. Más aún, “que pese a ser concebida con pecado original, fue purificada de él de un modo especial. Algunos son lavados del pecado original una vez nacidos, como los que son santificados por el bautismo… María fue santificada en el mismo vientre materno, antes de nacer”. Por eso, nació toda santa: “la bienaventurada Virgen María fue santificada con tal abundancia de gracia que ya quedó inmune, desde el seno materno, a todo pecado, no sólo mortal, sino incluso venial” (Tomás de Aquino).

Escoto dio un giro copernicano a la discusión de si el pecado condicionaba la necesidad que María tenía de Cristo. Pues si admitimos que la Madre del Señor fue santificada desde el primer instante, exenta de pecado, no solo no atentamos contra la universalidad y eficacia de la cruz de Cristo, sino que solo entonces reconocemos a Cristo como el sobreabundante y eminentísimo Redentor. Cristo redime a María con la más perfecta de las redenciones: con gracia previniente y elevante, de forma más “eminente”, (Lumen Gentium, 53), más plena. ¿Cómo comprender esa mayor necesidad de Cristo cuanto mayor es la santidad? Porque cuanto más se avanza en el camino de la santidad, cuanto más se conoce al Señor, más se comprende la necesidad que de él tenemos y tanto menos dispuestos estamos a dejarle. Cuanto más conocemos a Dios, más le deseamos.

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28
Nov
2021
Adviento: esperas y esperanzas
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advientoflores

Lo de todos los años. Ya ha llegado la Navidad en los grandes almacenes y en casi todos los comercios. Las lucecitas, los árboles iluminados, los muñecos de papá Noel y toda la parafernalia de una fiesta superficial. En estos últimos días hasta he tenido la impresión de que en algunos comercios la Navidad comienza con el “black friday”. Esta es una batalla perdida. Por eso, lo único que cabe hacer para ganarla es reírse de ella, de la batalla y de los consumidores compulsivos que se dejan arrastrar por la falsa verdad de una pequeña esperanza engañosa.

Frente a la pequeña esperanza, la fe cristiana propone la gran esperanza, la que no falla. En este tiempo de adviento esta esperanza tiene dos direcciones, una que mira al pasado, pero que en realidad no es motivo de nostalgia, sino de agradecimiento admirativo, y otra que mira al futuro, que no es motivo de temor, sino de gran alegría, la alegría de encontrarnos con el mismo Amor que en Jesús se encarnó. Dicho con otras palabras, en adviento celebramos dos importantes artículos del Credo de la fe cristiana. La primera parte del adviento celebra que el Señor resucitado “de nuevo vendrá con gloria para juzgar a los vivos y a los muertos”. En la segunda parte nos preparamos a celebrar este otro artículo de la fe: el Verbo, que está en el seno del Padre, “se encarnó de María, la virgen, y se hizo hombre”.

Los dos artículos tienen como punto de unión el amor de Dios. El amor de Dios que quiso manifestarse en Jesús, y el amor de Dios que vendrá al final de los tiempos y al final de cada vida humana, para recibirnos con misericordia en sus brazos amorosos. La esperanza cristiana se dirige, sobre todo, a este último acontecimiento. Es la gran esperanza. Si no vivimos de esta gran esperanza, la vida carece de sentido y todas nuestras pequeñas esperas terminan defraudando. Desde luego la espera de la lotería es la más tonta de todas las esperas, porque bien sabemos que las posibilidades de que toque algo bueno son mínimas. Pero incluso si, por casualidad sonase la flauta y algo cayera, lo que nos toque no nos salvará la vida. A lo sumo provocará un momento de euforia y luego nuestra vida seguirá tan vacía o más que antes del toque.

La verdadera, la gran esperanza del ser humano que resiste a pesar de todas las desilusiones solo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y nos sigue amando hasta el extremo (Jn 13,19).

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23
Nov
2021
Flores de las espinas
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¿Hay alguien en la Iglesia que no tenga alguna queja? Si respondemos sinceramente, lo bueno que vivimos es superior a lo que nos molesta. Eso no quita que a muchos les gustaría que algunas cosas cambiasen en la Iglesia. Hay personas, sobre todo mujeres, e incluso mujeres consagradas, que desearían sentirse más integradas en las instancias eclesiales o parroquiales; hay matrimonios en situación irregular, que no acaban de encontrar su sitio en la comunidad cristiana; hay personas que practican la fe, calificadas de disfuncionales, palabra que indica conflictividad; hay clérigos y religiosos que se sienten marginados; hay cristianos que quisieran ver mayor compromiso contra la guerra o la pobreza.

¿Cómo lograr que esas y otras personas se sientan más representadas, más escuchadas, más comprendidas, más integradas en la comunidad cristiana? Digo bien: “se sientan”. Porque el problema está ahí: no en lo que piensan los cristianos integrados, normales, sin problemas, sino en lo que sienten algunos. La convocatoria del Sínodo de la Iglesia universal por el Papa Francisco es una buena oportunidad para que todos podamos expresarnos con libertad y con verdad. Aunque nadie se lo pida, todas y todos tienen la oportunidad de entregar, bien en las parroquias, bien en el Obispado, sus propias respuestas a las preguntas formuladas en el documento preparatorio del Sínodo; o sus propias propuestas; o sus quejas.

Si quejas y desánimos se integran dentro de un diálogo que, por una parte, los amortigüe y, por otra, las transforme en motivo de autocrítica o, al menos, de reflexión por parte de los responsables eclesiales, lo que parecen cardos o espinas podrían convertirse en flores. El florecer sería facilitado si lográsemos crear un clima de comprensión, confianza, cercanía, acompañado de una apertura mental, que nos permitiera comprender lo bueno que puede haber en las perspectivas y posiciones distintas a las propias.

A mí me llamó la atención que, en su libro sobre Jesús de Nazaret, Joseph Ratzinger-Benedicto XVI citase a la bestia negra de la teología católica de hace unos años, a saber, Rudolf Bultmann. Cuando está en desacuerdo con la teología de Bultmann lo hace de forma respetuosa y razonada; y si lo cita, estando en desacuerdo, es porque considera que la posición de Bultmann es tan seria que merece ser considerada y escuchada. Lo sorprendente es que, en otras ocasiones, muestra su acuerdo con lo que dice Bultmann. Este es un buen ejemplo de cómo movernos en la Iglesia. Con apertura de mente, respetando al otro, escuchándolo, razonando antes de condenar, y acogiendo lo bueno que puede tener. Así lograremos que la Iglesia sea un hermoso jardín. Hagamos magia, hagamos que broten flores entre las espinas, mejor aún, convirtamos las espinas en flores.

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18
Nov
2021
Humor y cristianismo
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El cristianismo es compatible con todo lo humano, con todo lo que dignifica a la persona. Hay un proverbio latino que Pablo VI utilizó en alguna ocasión: “soy hombre, nada humano me es ajeno”. El humor es un rasgo propiamente humano que facilita la comunicación y la buena relación entre las personas y expresa una característica propia de todo ser humano, a saber, que estamos hechos para la alegría y la felicidad. San Pablo recomendaba a los cristianos que, sobre todo con los no cristianos, nuestra “conversación fuera siempre agradable”. Y añadía: “con su pizca de sal”. O sea, con un poco de humor y hasta de ironía.

Posiblemente Jesús de Nazaret debía reírse de las ocurrencias que tenían los comensales con los que compartía la mesa. Él también debía contar allí cosas graciosas. A Jesús le encantaba compartir la mesa. Y eso solo se hace con los amigos y la gente de confianza. Y entre amigos siempre reina el buen humor. Eso sí, si buscamos en los evangelios alguna palabra chistosa es posible que no la encontremos. Pero si nos fijamos bien, veremos que Jesús empleaba la ironía y tenía giros y expresiones que, sin duda, sorprendían y posiblemente despertaban más de una sonrisa. Por ejemplo: es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el reino de los cielos. Y cuando llamaba a Herodes zorro seguramente más de un oyente, que se debía sentir molesto y oprimido por Herodes, debía reírse interiormente y a lo mejor hasta aplaudir exteriormente.

Recuerdo algunos ejemplos de la vida y escritos de Santo Tomás de Aquino, del que seguramente muchos se hacen una imagen de gran seriedad. Un día los compañeros de Santo Tomás, para reírse de él, le dijeron: Fray Tomás, acérquese a la ventana, porque hay un burro volando. Cuando el santo se acercó hubo una risotada general. Lo que no se esperaban era la reacción de Tomás, que está llena de humor: entre que un burro vuele y un religioso mienta, me parece más imposible lo segundo que lo primero.

Otro rasgo de humor: cuando santo Tomás comenta el artículo sobre la vida eterna, dice que allí quedarán saciados todos nuestros deseos y pone el siguiente ejemplo: todos deseamos honores y así los sacerdotes desean ser obispos y los hombres corrientes desean ser reyes. Pues ambas cosas se conseguirán allí. Si eso no es humor (sobre todo eso de que los sacerdotes en el cielo serán obispos), debe ser algo muy parecido.

Santo Tomás dice que la tristeza es lo que más daña al cuerpo. Por tanto, habrá que concluir que la alegría es lo que más le favorece. En otro lugar dice: del mismo modo que el cuerpo necesita descanso, también el alma la necesita. Y añade: el alma encuentra el descanso en la diversión. Dice también: el juego es necesario para llevar una vida humana.

Y una cosita a propósito de los límites morales. El humor nunca puede ser ofensivo ni utilizarse para descalificar a nadie. El humor no es burla, tampoco es ridiculizar a los débiles. Cuando esto ocurre se convierte en algo zafio y barato. El humor es inteligente. No hay nada más serio que el buen humor.

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13
Nov
2021
¿Contemplar? ¡Para lo que hay que ver!
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contemplar

Todos vemos y nos enteramos de muchas cosas. Algunas nos gustan y otras nos disgustan. Unas nos afectan más de cerca y otras ocurren lejos de nosotros. De las que ocurren “lejos” (tanto en sentido geográfico como personal) nos solemos enterar por los medios de comunicación. La pluralidad de esos medios ayuda a hacernos una idea más exacta de la realidad. Pero como una de las finalidades de esos medios es vender y hacer negocio, suelen informar de aquello que resulta más llamativo. Y lo más llamativo casi siempre está relacionado con el mal.

El exceso de información no ayuda a sensibilizarnos ante la desgracia ajena y la injusticia. Estamos tan acostumbrados a este tipo de noticias que casi no nos afectan. Y hay muchos motivos para que nos afecten, porque todo lo que tiene que ver con el prójimo necesitado debería despertar nuestros deseos de ayudar. Una prueba de que lo que vemos a lo lejos nos afecta, es nuestra actitud con lo que ocurre cerca de nosotros. Llegamos donde podemos, pero donde podamos llegar hay que actuar.

En este sentido tener los ojos bien abiertos ante la realidad es una actitud contemplativa en el sentido más religioso de la palabra. Si por contemplación se entiende la oración y la escucha de la Palabra de Dios, la contemplación es fundamental en la vida de todo cristiano. Pero la oración y la escucha de la Palabra se realizan en un determinado contexto vital, histórico, social y cultural. Este contexto condiciona nuestro modo de entender y de escuchar. Más aún, si la oración y la Palabra de Dios no tienen repercusiones en nuestro modo de situarnos en la realidad, son una oración y una escucha vanas.

La oración influye en nuestras actitudes vitales y nuestras actitudes influyen en nuestro modo de orar. Oración y vida se condicionan mutuamente. La Palabra de Dios está destinada a dar fruto. Para dar fruto es necesario conocer la tierra en la que cae la semilla de la Palabra. Y el crecimiento de la semilla está condicionado por la tierra en la que se siembra. La Palabra de Dios remueve la tierra que es la vida de cada persona; y la tierra, la vida de cada persona, modela el fruto que da la semilla de la Palabra. No sólo oración y vida, sino también Palabra de Dios y vida se condicionan mutuamente.

Se atribuye a Karl Rahner (aunque hay quién dice que es de André Malraux) la frase de que el cristiano del siglo XXI o será místico o no será. En todo caso, un buen cristiano es un místico con los ojos bien abiertos. O sea, una persona que busca siempre el rostro de Dios, pero consciente de que este rostro también se encuentra en la imagen de Dios, que es todo ser humano. En este sentido una verdadera vida contemplativa está siempre muy atenta a la Palabra de Dios y a los signos de los tiempos, a aquellos acontecimientos históricos en los que está en juego el bien de las personas.

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9
Nov
2021
Ser ejemplar por añadidura
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Todo creyente está llamado a dar buen ejemplo. Pero sólo puede dar buen ejemplo si previamente ha sido seducido por otro ejemplo que está más allá de él, de modo que su buen ejemplo es el reflejo de una bondad que le supera. San Pablo, supongo que con mucha humildad y mucho temblor, se presentaba como modelo para ser imitado, pero en realidad invitaba a imitar al modelo supremo a quién él imitaba: “sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo” (1 Cor 11,1). Al imitar a Cristo, el creyente imita a Dios, pues Cristo es el modelo humano, la mejor realización humana de lo que Dios es y de lo que Dios quiere: “sed imitadores de Dios” (Ef 5,1), dice Pablo, y para que no vayamos a las nubes irreales de nuestra imaginación, nos hace descender a lo concreto de la tierra y aclara enseguida donde se realiza la imitación de Dios: en vivir en el amor como Cristo nos amó.

La vida cristiana no consiste en dar ejemplo, en salir en la foto, sino en seguir el ejemplo de Cristo. Si seguimos a Cristo, seguramente no saldremos en la foto, pero daremos buen ejemplo, provocaremos preguntas, llamaremos la atención. No una atención notoria, llamativa, sino una atención cercana y callada. El ejemplo del cristiano es capilar, de persona a persona. Desde este punto de vista, el cristiano no tiene “vida privada”. Más aún, es posible que sus buenos ejemplos no todos los interpreten como suscitados por el Espíritu Santo. La explicación viene más tarde, lo importante es que vean la “buena obra”.

Insisto: el cristiano lo que pretende es imitar a Cristo, vivir evangélicamente. Si esta vida llama la atención y suscita preguntas, la atención y las preguntas vienen por añadidura, como un segundo momento, como una consecuencia de lo verdaderamente importante. Viviendo de esta forma los cristianos son (por decirlo con palabras de un autor del siglo II) “el alma del mundo”. En este mundo donde abunda el mal, abunda todavía más el bien. La diferencia es que el mal se nota y el bien no se nota. Pero, aunque no se note, el mundo se mantiene y sigue adelante gracias al bien silencioso de los buenos. Si no hubiera más bien que mal, este mundo sería una selva en la que no se podría vivir, en la que nos devoraríamos unos a otros.

Dígase lo mismo de la Iglesia y de nuestras instituciones religiosas. En ellas hay imperfección, porque están formadas por humanos; desgraciadamente, a veces, hay mal, y se nota. Por suerte, con imperfecciones y todo, hay más bien que mal. Y, a veces, no se nota tanto. Nuestras instituciones religiosas en particular y nuestra Iglesia en general, se mantienen vivas, siguen adelante gracias al trabajo sacrificado de los buenos. De esos que son verdaderos ejemplares, aunque su actuación no tenga como primera pretensión dar lecciones a nadie. Las lecciones vienen por añadidura.

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4
Nov
2021
Ejemplaridad
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ejemplaridad

Hay buenos y malos ejemplos. Los buenos invitan a la imitación. Los malos provocan rechazo. Los ejemplos remiten a las personas. Una persona es ejemplar cuando es digna de ser imitada, al menos en alguno de sus aspectos. Pero hay personas que son ejemplos de lo que no hay que hacer.

En todos los ámbitos de la sociedad hay personas notorias o públicas que ofrecen malos y buenos ejemplos. Hay políticos, periodistas, empresarios, profesores corruptos, que mienten o defraudan. Y también hay políticos preocupados por el bien del pueblo, periodistas que buscan la verdad, empresarios con sensibilidad social, profesores sacrificados que ayudan a sus alumnos. Cuando se trata de personajes públicos suele ocurrir que los malos ejemplos llegan muy lejos, y a los buenos, a veces, se les presta poca atención.

En el terreno religioso o eclesiástico ocurre algo parecido: los malos ejemplos tienen un alcance largo y hacen mucho ruido, con el agravante de que, más aún que del resto de actores sociales (políticos, empresarios, científicos), del eclesiástico se espera un plus de moralidad, buen hacer, bondad o sacrificio, incluso más allá del estricto cumplimiento de la ley. En los últimos años hemos conocido casos de fundadores de congregaciones religiosas que pregonaban la más estricta moralidad en sus intervenciones públicas y, en su vida privada, hacían todo lo contrario de lo que predicaban. También hemos conocido casos de clérigos y asimilados (varones y mujeres) acusados de abusar de su poder y de dañar a quienes debían cuidar. Digo hemos conocido, porque haber, debe haber más.

A esta tribu de personajes religiosos se les pueden aplicar esas palabras de san Pablo en Rm 2,24 (aunque sospecho que a ellos esa aplicación no les inmuta demasiado): “El nombre de Dios, por vuestra causa, es blasfemado entre las naciones”. O sea, los pecados de aquellos que se presentan como “gente de Dios” y así los consideran erróneamente algunos, parece como si desprestigiaran a Dios, sobre todo ante los no creyentes, ante “las naciones”. En todo caso, no desprestigian a un Dios bien presentado y predicado, sino a un Dios mal presentado y, por tanto, un falso Dios.

En contraste con los malos ejemplos, los buenos, aparentemente, tienen un alcance corto, pero muy profundo y duradero, de modo que, a la larga, resulta más eficaz. Tienen un alcance corto porque el bien no hace ruido. Pero su influencia, al ser más cercana y personal, más de tú a tú, es más convincente. Los buenos ejemplos no se suelen encontrar donde hay publicidad, sino donde hay servicio desinteresado. Ahora bien, aquel que da “buen ejemplo” no actúa para dar ejemplo, actúa porque así se lo dicta su conciencia. Los buenos hacen el bien en toda circunstancia, aunque nadie se entere y nadie les vea. Al contrario del malo que puede hacer algo bueno para figurar, ser aplaudido o salir en la foto, el bueno no hace el bien para que le aplaudan, sino movido por su sentido del bien; dicho en términos religiosos, movido por el Espíritu Santo.

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31
Oct
2021
Orar por los difuntos
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velaoración

El día siguiente de la fiesta de todos los santos, la Iglesia lo dedica a recordar a los fieles difuntos y a orar por ellos. Esta oración es un gesto de amor y de solidaridad, pero también supone que estos difuntos todavía pueden ser ayudados, se les puede dar un último empujón para llegar a la plenitud de la gloria y del encuentro con Cristo.

Lo que subyace detrás de esta convicción se conoce como doctrina del purgatorio. Benedicto XVI, en su encíclica Spe Salvi, ha ofrecido una interpretación del purgatorio en línea con lo que dice la teología actual: se trata de un encuentro con Cristo, juez y salvador, que nos transforma y nos libera. Un encuentro purificador, que quema con el fuego del amor toda la paja que hemos acumulado a lo largo de la vida. Porque aún estando afincados en Cristo, en ocasiones se han adherido a este buen fundamento realidades no del todo coherentes con el fundamento. Por eso hay un momento de dolor en este encuentro, pero es un dolor bienaventurado, en el que está la salvación. Es el “dolor del amor” que se transforma en alegría, pues entonces experimentamos y acogemos “el predominio de su amor sobre todo el mal en el mundo y en nosotros”.

Ahora bien, si el purgatorio es ya el primer momento del encuentro con el Señor (un encuentro purificador), ¿qué sentido tiene la oración por los difuntos si ya se han encontrado con el Señor? Por una parte, sentimos la necesidad de hacer llegar a los seres queridos que ya se fueron un signo de bondad, de gratitud o también de petición de perdón. Pero la gran cuestión es si este signo tiene alguna repercusión en la situación del difunto.

Respuesta del Papa: “Ningún ser humano es una mónada cerrada en sí misma. Nuestras existencias están en profunda comunión entre sí, entrelazadas unas con otras a través de múltiples interacciones. Nadie vive solo. Ninguno peca solo. Nadie se salva solo. En mi vida entra continuamente la de los otros. Y viceversa, mi vida entra en la vida de los demás, tanto en el bien como en el mal. Así, mi intercesión en modo alguno es algo ajeno para el otro, algo externo, ni siquiera después de la muerte. En el entramado del ser, mi gratitud para con él, mi oración por él, puede significar una pequeña etapa de su purificación”.

Una aclaración para los que hacen cálculos con la oración a base de años, meses y días. Dice Benedicto XVI: “No es necesario convertir el tiempo terrenal en el tiempo de Dios: en la comunión de las almas queda superado el simple tiempo terrenal. Nunca es demasiado tarde para tocar el corazón del otro y nunca es inútil”.

Con lo dicho debería quedar claro que nuestra esperanza también es esperanza para los otros. Dice Benedicto XVI. “Como cristianos, nunca deberíamos preguntarnos solamente: ¿cómo puedo salvarme yo mismo? Deberíamos preguntarnos también: ¿qué puedo hacer para que otros se salven y para que surja también para ellos la estrella de la esperanza? Entonces habré hecho el máximo también por mi salvación personal”.

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27
Oct
2021
La moral: realizar mi ser auténtico
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viveros

El modo de entender a Dios tiene consecuencias en el terreno moral. Convendría romper con la idea de que la religión crea exigencias morales o, cuando menos, las agrava y carga de culpabilidad. La propuesta adecuada sería la contraria: en el terreno moral el papel de la religión consiste en prestar una ayuda positiva. El grave malentendido de la moral es pensar en ella como un cúmulo de mandamientos impuestos caprichosamente desde fuera, cuando en realidad es la exigencia que nace de dentro para realizar mi ser auténtico.

El bien de la criatura y la voluntad de Dios sobre ella son una sola e idéntica cosa, pues Dios quiere únicamente que la criatura se realice a sí misma. Desde esta perspectiva, la religión, lejos de ser una carga, es una ayuda y una esperanza. El pecado y la culpa deberían entenderse a la luz de un Dios que perdona los pecados y presentarse, no como prohibición u ofensa a Dios, sino como el daño que la criatura se inflige a sí misma: ofendemos a Dios cuando obramos contra nuestro bien, decía Tomás de Aquino.

En materia de moral personal nos encontramos, a veces, con problemas muy delicados. Pero, en todo caso, los mejores planteamientos no son los del “todo o nada”. De Jesús se dice que “la caña cascada no la quebrará” (Mt 12,20). ¿Podríamos traducir diciendo que, en determinadas circunstancias que no podemos aprobar, al menos hay que respetar los ritmos de crecimiento, comprender las crisis y las caídas, y dejar tiempo para que uno rehaga su camino?

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23
Oct
2021
Vida en abundancia
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Si educar es alimentar y ayudar a crecer, será necesario que cada uno se pregunte cuál es el mejor alimento. Además, el alimento no se toma a la fuerza. Por eso, es importante que el evangelio se presente como una propuesta positiva.

La pretensión de Jesús fue dar vida y vida en abundancia (Jn 10,10). Así se convierte en parábola o en referencia de lo que todo ser humano es y busca: un ser llamado a una vida dichosa y feliz. ¡Nada más concreto y al mismo tiempo más universal! Lo específicamente cristiano es de tal naturaleza que no resulta extraño para nadie. En el fondo, es lo que todos buscan y lo que todos, aún sin saberlo, esperar encontrar. Lo que con Jesús aparece es que no hay vida auténtica e imperecedera fuera de la referencia a Dios. Y esta referencia, para nosotros, personas del siglo XXI, es el interrogante fundamental que Jesús nos plantea. El mensaje de Jesús se presenta como una buena noticia para el hombre de parte de Dios. Dios ama a todos y cada uno de los seres humanos y quiere para ellos un futuro lleno de vida. Lo que todos buscamos coincide con lo que Dios quiere y lo que Jesús, en su nombre, anuncia: un mensaje de felicidad y de vida.

De ahí la importancia de preguntarnos: ¿de que Dios hablamos? ¿De un Dios justiciero y castigador, un Dios que envía sequías, inundaciones, terremotos o pandemias para castigar los pecados de la humanidad? Ante un Dios así, el ser humano, o bien se rebela o, a lo sumo, debe limitarse a estar pasivamente en la naturaleza sin intentar cambiarla.

Todas estas imágenes de Dios, nada tienen que ver con el Dios de Jesús. El Dios de Jesús promueve la dignidad de la persona, sustenta la libertad, es amante de la vida, y sólo desea la felicidad del hombre. De ahí que no se comporta de forma extravagante, ni cambia las leyes de la naturaleza a su antojo, ni pone a prueba al ser humano, ni se comporta de forma elitista. Es un Dios ligado a la humanización e indisociable de la humanización. Más que buscar su gloria, lo que busca es nuestro bien. Dicho de forma más precisa: su gloria es nuestro bien. Dios es glorificado cuando el hombre es feliz. El Dios de Jesús nunca piensa en sí mismo ni busca ser servido. Piensa en nosotros y busca nuestro bien. No quiere siervos, sino amigos. No quiere incienso, sino fraternidad.

Toda educación religiosa debe presentar un Dios en positivo. No sólo como el que remedia nuestras carencias sino, sobre todo, como el que lleva a plenitud lo humano. No habría, pues, que presentarlo como el “soluciona problemas”, sino como el que dignifica a la persona, la fundamenta y la hace existir. Cierto, todos somos víctimas de inelegancias y apelamos a Dios cuando truena. Pero esta no es la forma primaria en el que la persona va a Dios. No va por la vía de la indigencia, sino en su hacerse persona, en la plenitud de su ser, en la plenitud de su vida y de su muerte.

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