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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
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25
Ene
2022
Hace falta una fuerza increíble
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fuerza

Tomás de Aquino decía que los jóvenes, al contrario de lo que ocurre con las personas mayores, tienen mucha esperanza, porque tienen futuro y vitalidad. Con todo respeto hacia el maestro de Aquino me permito decir que algunos jóvenes, más que futuro, lo que tienen son falsas ilusiones; y su vitalidad, a veces, es resultado de las hormonas. Hay personas mayores que tienen una muy buena esperanza, a pesar de las decepciones que han sufrido en su vida. Es posible que se hayan equivocado muchas veces; es posible que, buscando una cosa buena, hayan encontrado realidades no deseadas. Si, a pesar de todo, siguen adelante, si no se desaniman, si siguen luchando es porque tienen una buena esperanza.

No es la vana ilusión lo que sostiene a la esperanza, sino la fuerza en la debilidad, el convencimiento de que, a pesar de todo, vale la pena continuar. Esta esperanza sorprende al mismo Dios, según decía poéticamente Charles Peguy: “La esperanza - dice Dios- eso sí que me admira, eso sí que es sorprendente. Que estas pobres criaturas vean cómo va todo esto y crean que mañana irá mejor. Que vean cómo va hoy y crean que mañana por la mañana irá mejor. Esto sí que es sorprendente y es realmente la maravilla más grande de mi gracia. Yo mismo estoy sorprendido. ¡Hace falta que mi gracia sea de verdad una fuerza increíble!”.

Cuando atravesamos un largo túnel oscuro corremos el riesgo de perder la paciencia. Sólo es posible mantener la paz y continuar el camino si uno está convencido de que después de cada noche viene un amanecer. Cuando la noche la provocan las personas es cuando parece más larga y se hace más difícil mantener la paz. En estos momentos uno no es feliz con lo ocurrido. Pero si conserva la esperanza tendrá paz.

Las instituciones no las sostienen los que redactan documentos o los que proponen planes sin medir cómo pueden afectar a las personas, sin calcular las consecuencias negativas que pueden tener. Las instituciones las mantienen los que trabajan, conscientes de las dificultades y buscando, no la grandeza de la institución, sino el bien de las personas. Cuando uno no se siente valorado o recompensado no es fácil trabajar. Sin embargo, hay quién prefiere el sacrificio al reconocimiento. Benedicto XVI dice algo parecido, hablando precisamente de la esperanza: “la capacidad de aceptar el sufrimiento por amor del bien, de la verdad y de la justicia, es constitutiva de la grandeza de la humanidad”.

Cuando alguien es capaz de situar la verdad y la justicia por encima de su comodidad manifiesta tener una gran esperanza. La esperanza de que, a pesar y en contra de todas las apariencias, el bien terminará triunfando porque es más fuerte que el mal, la esperanza de que tras el largo invierno vendrá la primavera. Una esperanza así nos une a Cristo muerto y resucitado, capaz de hacerse presente en todos los inviernos y hasta en todos los infiernos: “si me acuesto en el abismo, allí te encuentro, porque la tiniebla no es oscura para ti” (Salmo 139).

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21
Ene
2022
El que calla no otorga
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coloresrojoyamarillo

El Papa ha convocado un Sínodo de la Iglesia universal sobre la sinodalidad. Una de las características de este Sínodo es que hay que escuchar a todos, sobre todo a los marginados, o sea, a aquellos que, tanto dentro como fuera de la Iglesia, o no son escuchados o no se sienten escuchados. No va a ser fácil escuchar a esas personas. Es posible que algunas no quieran hablar, bien porque al estar al margen no tienen ningún interés en ser escuchadas, bien porque tienen miedo a decir lo que piensan, bien porque piensan que si dicen lo que piensan nadie les hará caso. No hay escucha si el otro no nos dice lo que piensa.

Para que alguien diga lo que piensa es necesario ganarse su confianza. Y quizás antes hay que caer en la cuenta de que, incluso habiéndolo escuchado alguna vez, no nos ha dicho lo que de verdad pensaba. Solo si nos damos cuenta de esto último y tenemos ganas de escuchar lo que de verdad piensa el otro, sólo entonces nos adelantaremos, sólo entonces daremos el primer paso necesario para que el otro hable con confianza, para que haya diálogo, para que haya sinodalidad, para que la democracia deje de ser una palabra que justifica modos de gobernar y se convierta en un espacio en el que hay sitio para todos.

Insisto: hay que adelantarse, buscar al otro, decirle clara y creíblemente que su opinión interesa. Hay una palabra de Jesús que tiene aquí una buena aplicación: “si tu hermano tiene algo contra ti, vete a reconciliarte con tu hermano”. El que debe hacer el camino no es el hermano que tiene algo contra mi, sino yo cuando estoy enterado de que el hermano tiene algo contra mi. Tener algo contra mi puede tener muchas traducciones: quizás no se trata de enemistad, puede tratarse de un profundo desacuerdo. Y, a veces, hay desacuerdos en los que las culpas están repartidas, o sea, conviene que yo me pregunte la parte de culpa que tengo en el desacuerdo.

Hay quién dice que el que calla otorga. Hace mucho tiempo que vengo constatando que los silencios no otorgan nada. A veces, en política, se habla de la mayoría silenciosa para referirse precisamente a estos grupos de población que, supuestamente, no están de acuerdo con el gobierno de turno, pero no hacen ruido. Su silencio tampoco es aprobatorio.

La intención del Papa es estupenda y debería estimularnos a que, en nuestros grupos y comunidades eclesiales, se viviera una verdadera fraternidad. Un signo de verdadera fraternidad es posiblemente la alegría de la comunicación espontánea, y no los silencios que buscan evitar problemas, o las palabras formales que dicen lo que el jefe de turno quiere oír

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17
Ene
2022
Todo deseo es un deseo de Dios
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cupulasanpedro

El ser humano es un ser finito con capacidades infinitas. De ahí la insaciabilidad de su corazón. Se diría que el ser humano pretende tenerlo todo. La ambición humana es tan desmesurada que, aunque no lo sepa, ambiciona a Dios. Esta es la paradoja, la grandeza y la miseria del sujeto humano (todo junto): es un ser pequeño y limitado, pero insaciable, de modo que por mucho que se le dé y por mucho que consiga nunca acaba de llenarse.

Es posible interpretar de muchas maneras esta insatisfacción permanente del ser humano, esta inquietud nunca calmada, este deseo constante de ser más. Desde posiciones ateas no queda más remedio que aceptar que “el hombre es una pasión inútil” (como decía Jean Paul Sartre) porque, en definitiva, nunca logra saciar del todo sus apasionados anhelos. Para la fe cristiana esta pasión insaciable que anida en el sujeto humano, lejos de ser inútil, encuentra en Cristo su mejor iluminación. El vacío insaciable de cada persona es un reflejo de su capacidad de Dios; en Cristo se revela que esta capacidad puede ser satisfecha. El ser humano encuentra en Dios su plenitud. Dios responde a los mejores deseos de su corazón.

¿Por qué el proceso de la evolución, que ha generado organismos conformados y adaptados a sus respectivos entornos, no ha conseguido garantizar un ajuste parecido en el caso del homo sapiens? El homo sapiens está triste, no se conforma con lo que tiene, es un ser esencialmente inadaptado. ¿Cuál es el entorno propio del florecimiento de lo humano? Si nada de lo que el mundo ofrece nos satisface, ¿hay algún mundo que pueda satisfacernos? ¿Cuál es el verdadero entorno de lo humano? ¿Hay alguna realidad con la que el ser humano se sienta en armonía? ¿Cómo no recordar ahora las famosas palabras con las que san Agustín se dirigía a su Creador: “Nos has hecho Señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”?

Todo deseo es un deseo de Dios. Pues en la medida en que buscamos lo mejor para nosotros, en esta misma medida, seamos o no conscientes de ello, estamos buscando a Dios. Dicho con palabras de Tomás de Aquino: “todos, en cuanto apetecen sus propias perfecciones, apetecen al mismo Dios”. En ningún terreno el ser humano se conforma con metas parciales e incompletas: “el hombre no es perfectamente bienaventurado mientras le queda algo que desear y buscar”, vuelve a decir Tomás de Aquino. Planteado así resulta claro que el ser humano es un deseo de Dios, el que “sacia de bienes tus anhelos” (Sal 103,5).

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13
Ene
2022
Cuando el Papa deja los papeles
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Papaaudiencia

El miércoles, 12 de enero, tuve ocasión de asistir en Roma a la audiencia del Papa y de escuchar una estupenda catequesis sobre san José y el mundo del trabajo. Los idiomas utilizados fueron, por este orden: italiano, francés, inglés, alemán, español, portugués, árabe y polaco. A los peregrinos de cada una de estas lenguas el Papa dirigió unas breves palabras para ellos. Y en cada uno de estos idiomas se hizo un resumen de la catequesis. Tras los resúmenes se cantó el padrenuestro en latín y el Papa impartió su bendición. Después el Papa se fue acercando a los asistentes y con algunos se hizo hasta fotos “individualizadas”, por decirlo de forma que se entienda.

En su catequesis, el Papa comenzó aclarando que el término “tekton” con el que los evangelistas califican el trabajo de san José, traducido por carpintero, es una calificación genérica que se refería a trabajadores relacionados con la construcción. Un oficio bastante duro que, desde el punto de vista económico, no aseguraba grandes ganancias. En relación a este dato biográfico, el Papa se refirió de forma particular a aquellos trabajadores que hacen trabajos duros en las minas y en ciertas fábricas, a aquellos que son explotados con el trabajo negro, a las víctimas del trabajo, a los niños que son obligados a trabajar y en aquellos que hurgan en los vertederos en busca de algo útil para intercambiar. Se notaba la emoción del Papa en el tono de voz al referirse a los niños obligados a trabajar como personas adultas, en vez de jugar, que es lo propio de los niños.

Luego se refirió a aquellos que no tienen trabajo, heridos en su dignidad, precisamente por no encontrar trabajo. Hizo notar que, en estos tiempos de pandemia, muchos han perdido el trabajo. Añadió que el trabajo es un componente esencial de la vida humana y un camino de santificación. De pronto el Papa dejó de leer e improvisó unas palabras que quizás fueron las más emotivas e interesantes de su catequesis. Dijo que algunos que no tienen trabajo regresan a casa con un pan bajo el brazo porque se lo han dado en “Caritas”. Pues bien, dijo, la dignidad del trabajador y de la persona no está en traer pan a casa de esta forma. La dignidad del trabajador es ganarse el pan, sentirse útil. Por eso lo que le dignifica es tener un trabajo. Porque cuando no se tiene trabajo, a veces, se pierde también la esperanza.

En los resúmenes preparados de antemano para leer en las distintas lenguas que antes he mencionado, evidentemente no estaban las ideas que el Papa ofreció cuando dejó de leer los papeles. De ahí que no es lo mismo escuchar directamente al Papa, que leer los textos preparados para la publicación y tampoco los resúmenes que, de antemano, se preparan para que los distintos intérpretes los ofrezcan a los asistentes a la audiencia. Me ha parecido interesante notar este detalle y contar, para los lectores del blog, esta experiencia que he tenido de poder escuchar en directo esta catequesis sobre san José.  

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10
Ene
2022
El deseo humano es insaciable
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fallas2021

El humano es un ser de deseos. Quizás porque también es un ser carencias. Siempre nos falta algo: algo de saber, algo de belleza, algo de salud, algo de juventud. No hay ser humano que no desee algo y, sobre todo, que no desee, de una u otra manera, lo que es bueno para él. O al menos lo que él considera bueno. Todos nuestros deseos están movidos por la búsqueda de la felicidad. Hagamos lo que hagamos, siempre buscamos la felicidad. Incluso cuando hacemos cosas que al final nos perjudican, el motivo de hacerlas no ha sido el mal resultado final, sino la inicial pretensión de encontrar en ellas gozo, placer, alegría, en suma, felicidad. El que abusa del vino o de la droga, no pretende ponerse enfermo, lo que pretende es conseguir un momento de placer.

El problema es que nunca conseguimos una felicidad plena. En las “coplas por la muerte de su padre”, Jorque Manrique lamentaba “cuán presto se va el placer; cómo después de acordado, da dolor”. Unamuno lo decía de otra manera: “la satisfacción de todo anhelo, no es más que semilla de un anhelo más grande y más imperioso”. Ocurre que, una vez que hemos conseguido lo que decíamos o pensábamos querer, lo conseguido dura poco y nos sabe a poco. Por eso, seguimos buscando siempre más y más y mucho más. Ya se sabe: “el que tiene un beso, quiere tener dos; el que tiene veinte busca los cuarenta y el de los cincuenta quiere tener cien”. Lo bueno siempre nos sabe a poco. En el fondo somos insaciables.

El ser humano vive en una permanente insatisfacción. Decía George Sand que a las personas nos gusta viajar tanto porque no estamos contentos en ningún lugar. Bernardo de Claraval decía que los seres humanos, en lugar de agradecer lo que tenemos, nos pasamos la vida lamentando lo que no tenemos, pues la ambición humana es insaciable. El codicioso nunca se harta de dinero, dice el libro del Eclesiastés (5,9). Por eso los ricos no suelen ser generosos, porque todo lo que tienen les parece poco. No es sólo que den lo que les sobra, como dice la historia de esa viuda del evangelio que dio todo lo que necesitaba para vivir; es que no les sobra nada y siempre quieren más.

No hace falta fijarse en la gente ambiciosa para constatar que el deseo es algo propio de todo ser humano. En la mayoría de las personas se trata de deseos limpios y honrados. Todos deseamos, con toda razón, tener buena salud, encontrar buenos amigos, triunfar en la vida. También ahí los buenos deseos nos abren a deseos mayores. El ser humano siempre está en búsqueda, nunca está satisfecho con lo que tiene. Esta es una característica que nos distingue de los animales. En los animales, el hambre de alimento, de compañero, de protección, cesa tan pronto ha sido satisfecha. No ocurre así con el ser humano. Es un ser pequeño, pero con deseos tan grandes que la naturaleza nunca logra saciar. (Continuará)

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7
Ene
2022
¿Bautismo para el que no tiene pecado?
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basilicasanvicente

El ciclo litúrgico del tiempo de Navidad concluye presentando a un Jesús adulto. Después de 30 años de silencio, el primer acto público de Jesús es ir a bautizarse por Juan en el río Jordán, en el lugar más profundo de la tierra. La geografía podría ser un buen símbolo espiritual: Jesús se coloca al lado de los que están más abajo.

Bien pensado, el bautismo de Jesús por Juan, que administraba un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados, resulta un tanto sorprendente, porque Jesús es aquel que no ha cometido pecado. No es extraño, por tanto, que un evangelio apócrifo niegue explícitamente que Jesús fuera bautizado por Juan, apelando precisamente a la ausencia de pecado en Jesús. Pero en el momento en que Jesús es bautizado por Juan una voz del cielo deja claro que él no es un pecador más, aunque se ponga en la cola de los pecadores, sino el “Hijo amado del Padre”.

Si Jesús se pone en la cola de los pecadores no es porque tenga ningún pecado personal, sino porque, habiéndose unido con su encarnación a todo hombre, se solidariza con todos los humanos, que son pecadores. Si confesión de pecados hay en el bautismo de Jesús, no se trata de los de Jesús, sino de los pecados de la humanidad, que Jesús carga sobre sí para perdonarlos, y ser así “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Jesús no nos salva por medio de un acto de fuerza, sino viniendo a nuestro encuentro, poniéndose a nuestro nivel y tomando consigo nuestros pecados.

Cuando Jesús va a bautizarse lo maravilloso no ocurre durante el rito bautismal, sino una vez terminado el rito. Al salir del agua, después del rito, Jesús se puso a orar; entonces bajó sobre él el Espíritu Santo y se oyó la voz del cielo que le declaraba Hijo de Dios.

El bautismo de Juan disponía a hacer penitencia, pero no aportaba nada. Porque no aportaba nada, cuando Jesús es bautizado se acaba el bautismo de Juan, tal como el mismo Juan anuncia: detrás de mi viene uno que os bautizará “con Espíritu Santo”. El bautismo cristiano es un bautismo con Espíritu Santo. El Espíritu nos hace hijos de Dios, hermanos de Cristo y herederos de la gloria. El Espíritu nos hace vivir con más plenitud, es prenda de la vida eterna. Lo decisivo no es la penitencia, sino la filiación divina.

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3
Ene
2022
Unos magos algo despistados
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Los Magos iba bien orientados, pero también estaban algo despistados. Iban bien orientados por una estrella que les conducía a un niño al que querían adorar y ofrecerle unos dones: oro, incienso y mirra. Eso de adorar es una cosa muy seria. Si pensaban adorar a un niño es porque estaban convencidos de que era de naturaleza divina. Sin duda es posible equivocarse de divinidad y adorar a los ídolos, pero no parece que ese fuera el caso de los Magos, sobre todo si la buena estrella que les guiaba era la luz del Espíritu Santo, que siempre nos orienta hacia el bien y la verdad. Por otra parte, los dones que traían podrían muy bien referirse a distintos momentos o aspectos de la vida del niño: el incienso era un aroma que se ofrecía a la divinidad; el oro era un regalo destinado a los reyes y podría simbolizar el poder de Dios; la mirra es el aroma de la espiritualidad y con ella se embalsamaba a los muertos; podría, pues, ser un signo de la verdadera humanidad del Hijo de Dios.

La causa del despiste fue haber pensado la realeza del niño en términos mundanos. Si buscaban al “rey de los judíos”, recién nacido, era lógico que se presentaran en Jerusalén, donde estaba al palacio del rey Herodes. Ahí les traicionó su sabiduría mundana, pues la realeza del nacido no admitía comparación alguna con las realezas de este mundo. El poder del nuevo rey iba a ser totalmente diferente a los poderes de los reyes (jefes, gobernadores, presidentes) de este mundo. En este mundo el poder se mantiene a base de opresión y mentira. El de Cristo es el poder del amor, que se ejerce sirviendo y ocupando el último puesto. Cuando Pilato le pregunta a Jesús si es rey, Jesús deja claro que su poder real no tiene nada que ver con el “poder de Poncio Pilato”, que con su poder mandó crucificarle. El reino de Jesús es un reino de verdad y amor, de justicia y de paz.

Los magos se dieron cuenta de su error cuando, al dejarse guiar de nuevo por la sabiduría divina que resplandecía en la estrella, “entraron en la casa y vieron al niño con su madre”. Un rey que nace en una casa humilde, en un lugar pobre, tiene que ser necesariamente el rey de los pobres, de los humildes y sencillos. Sin duda los magos experimentaron una fuerte experiencia de contraste que les movió a conversión: buscaban la grandeza y encontraron la fuerza que se realiza en la debilidad.  Así se explica que “se retiraran a su tierra por otro camino”. Ya no volvieron a Jerusalén, lugar donde estaba la fuerza bruta, el poder opresor y mentiroso. Aquel no era un buen lugar. Buscaron otro camino, el camino que les había sugerido la visión del niño Jesús, este mismo que cuando fue adulto dejo claro que él era “el Camino”. Los que siguen ese camino van por la verdad hacia la vida.

 

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