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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
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25
May
2022
Ascensión, la otra cara de la Pascua
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galaxia2

Ascensión y Pentecostés. ¿culminación de la Pascua? Culminación en el sentido de terminar, no. Porque la Pascua es un acontecimiento permanente. Por eso los cristianos prolongamos cada domingo la celebración de la Pascua. Culminación en el sentido de plenitud, quizás. Y digo quizás, porque más que plenitud, Ascensión y Pentecostés son las otras caras del acontecimiento pascual. Se trata de un acontecimiento único y permanente, aunque nosotros, para entenderlo mejor, lo celebremos por etapas.

Viernes Santo, Pascua, Ascensión y Pentecostés son la misma realidad. Se puede hablar de cuatro momentos, pero en realidad, son distintas perspectivas del mismo acontecimiento. ¿Cuándo sube Jesús al cielo, cuando entra en el mundo de Dios para nunca más morir? El día de su resurrección. La resurrección es la subida de Jesús al cielo. Y desde el cielo asegura la perenne efusión del Espíritu, que él mismo entregó el día de su Crucifixión: al morir, dice el evangelio de Juan, entregó su espíritu. Y al morir, ¿qué ocurrió? Pues eso, que Dios le acogió para siempre en su seno.

La Ascensión no es el final de la historia de Jesús de Nazaret, sino el punto de partida de la misión de la Iglesia. Esa fue la recomendación de Jesús a los suyos en el momento mismo de subir al cielo: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”. El tiempo de esta misión va desde la Ascensión hasta la Parusía, cuando Cristo vuelva glorioso para juzgar a los vivos y a los muertos.

La Ascensión no es tampoco la ausencia de Jesús. Es su nuevo modo de presencia: “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”, dice también Jesús en el momento de su despedida de la tierra. Sigue estando con nosotros de una manera distinta a como lo estaba durante su vida terrena, pero no menos real. Se hace presente en su Iglesia y en sus discípulos por medio del Espíritu. Jesús resucitado envía su Espíritu, de forma que cada cristiano puede decir con toda verdad: “es Cristo quién vive en mí”. Y como Cristo vive en mi, yo soy el modo como hoy Cristo se hace presente en esta sociedad.

Gracias al Espíritu que la guía y la conduce, la Iglesia puede llegar “hasta los confines de la tierra” y proclamar el Evangelio en todos los tiempos. La presencia terrena de Jesús de Nazaret estaba limitada a un tiempo y a un lugar por sus condicionamientos terrenos. Pero esta presencia puso en marcha un movimiento que, a lo largo de toda la historia, despliega sus múltiples virtualidades y potencialidades. El Espíritu es el que hace posible que hoy Cristo llegue a todos los lugares y tiempos por medio de su Iglesia, o sea, por medio de los cristianos. Esa es nuestra tarea y nuestra responsabilidad. Responsabilidad, sí, porque si la presencia de Jesús de Nazaret estaba condicionada por sus posibilidades físicas y temporales, la presencia de Cristo resucitado está también condicionada por las debilidades y pecados de los creyentes.

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20
May
2022
Sin santuario y con paz
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El evangelio del 6º domingo de Pascua ofrece una palabra de Jesús que es un gran estímulo para nuestra esperanza. Y la lectura del libro del Apocalipsis, ofrece una imagen que hace pensar que la presencia de Dios es omniabarcante.

La palabra de Jesús: “Si me amaráis, os alegraríais de que vaya al Padre”. Los amigos deben alegrarse del bien de su Amigo. Porque en este caso el bien de nuestro Amigo, es nuestro bien. El Padre, al que Jesús ha subido, es el destino que queremos alcanzar. En un mundo donde hay tristeza y vaciedad, los cristianos somos personas de esperanza. No de una esperanza cualquiera, sino de la gran esperanza que resiste a pesar de todas las desilusiones, la gran esperanza de que, a pesar de todas las frustraciones, mi vida personal está custodiada por el poder indestructible del Amor, la gran esperanza fundada en las promesas de Dios.

Jesús, que se despide con palabras de esperanza, nos deja en herencia la paz. La paz es fruto del Espíritu Santo, una consecuencia directa de la acogida del amor de Cristo. San Pablo dice a una de sus comunidades: “que la paz de Cristo reine en vuestros corazones” (Col 3,15). Necesitamos paz sencillamente para ser humanos, para acercarnos al otro, para evitar enfrentamientos y vivir en el amor. ¿Por qué es tan difícil la paz? ¿Por qué, incluso entre cristianos, hay enfrentamientos y agresiones? Solo si hay paz en nuestro corazón podremos sembrar paz a nuestro alrededor.

Por su parte, el libro del Apocalipsis, a base de símbolos, describe también nuestra gran esperanza, la esperanza de entrar un día en esa ciudad llena de la gloria de Dios. Pues bien, en esa ciudad no hay santuarios, porque Dios es su santuario. Nosotros solemos pensar que lo sagrado está dentro del templo y lo profano está fuera del templo. Curiosamente, la última página de la Biblia afirma que en la Jerusalén celeste, en el cielo, no hay ningún templo. En el cielo Dios no ocupará ningún lugar especial, porque allí ocupa todo el lugar.

También en este mundo Dios está en todas partes, pero no nos enteramos. No hay nada que no esté determinado por Dios. El silencio del monasterio es tan eco de Dios como el ruido de la calle. Son nuestros ojos cegados los que no alcanzan a ver a Dios en todas partes. Eso de que en el cielo no hay templo invita a los creyentes a discernir la presencia de Dios en lo concreto de la vida, en el trabajo de los hombres, en las protestas de los oprimidos, en las búsquedas y balbuceos de muchas personas, en el ansia de amor que algunos expresan de formas poco convencionales.

En el cielo no hay templo, porque Dios ocupa todo el espacio. Jesús dijo que a Dios ya no se le iba a adorar en ningún templo, sino en espíritu y verdad. Allí donde hay espíritu, donde hay verdad, allí está Dios. Este mundo no necesita templos, sino espíritu y verdad. Que las lecturas de este domingo nos estimulen a vivir en espíritu y en verdad, a vivir en paz, y alimenten nuestra esperanza.

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17
May
2022
La cruz, puente sobre la muerte
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puente

Cristo “muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró nuestra vida”. Estas palabras de uno de los prefacios de la liturgia de Pascua pueden ser un buen resumen de lo que proclama la fe cristiana. No sólo que Cristo ha sido injustamente torturado y ajusticiado, sino que esta muerte tiene efectos salvíficos para todos y cada uno de los seres humanos que acogen con fe al Hijo de Dios. La muerte de Cristo es la destrucción de nuestra muerte. No en el sentido de que ya no tengamos que morir, sino en el sentido de que unidos “al Jefe que lleva a los suyos a la Vida” (Hech 3,15) podemos morir con serenidad y esperanza, en la esperanza de que la muerte no tiene la última palabra, ella ha dejado de ser muro, para convertirse en puente por donde se entra en la vida eterna, acompañados por el que murió por nosotros y resucitó para nuestra salvación.

Esta imagen del puente para referirse a la muerte de Cristo y, por añadidura a la de los cristianos, la utiliza en uno de sus sermones el diácono Efrén de Siria: “con tu cruz elevaste como un puente sobre la misma muerte, para que las almas pudieran pasar por él desde la región de la muerte a la región de la vida” (Sermón sobre nuestro Señor, 3-4.9).

Que la muerte de Cristo es la destrucción de nuestra muerte solo es posible afirmarlo a la luz de la resurrección. De ahí la continuación del prefacio: resucitando restauró nuestra vida. Restauró: no sólo restableció, sino que renovó, potenció, la puso acorde con el proyecto de Dios. Por tanto, no se trata solo de que Cristo ha resucitado y ha vencido a la muerte, con el poder de Dios, sino que su resurrección tiene repercusiones salvíficas para todos y cada uno de los que se adhieren con fe a su persona: la resurrección del Hijo de Dios es la garantía de nuestra propia resurrección, pues si hemos muerte con él, también viviremos con él (Rm 6,8).

 

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13
May
2022
Lo nuevo del mandamiento de Jesús
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flordelamor

El evangelio del quinto domingo de Pascua habla de un mandamiento “nuevo”. El mandamiento del amor era bien conocido, puesto que todo buen israelita lo recitaba cada día, en un texto que significativamente comienza así: “recuerda Israel”. Lo que cada día debe recordar Israel es que debe amar a Dios con todas sus fuerzas (Dt 6,5). También los buenos israelitas conocían la otra cara del amor a Dios, a saber, el amor al prójimo, según el precepto bien sabido del libro del Levítico (19,18): “amarás al prójimo como a ti mismo”. Más aún, la coordinación entre estos dos mandamientos la realizaban algunas corrientes de la época. Surge así la pregunta de dónde está lo nuevo del mandamiento de Jesús.

Son tres las novedades que aporta el mandamiento que Jesús dejó a los suyos. Mientras que los mandamientos de la ley de Dios son “amar a Dios” y “amar al prójimo”, el mandamiento de Jesús, “su” mandamiento, añade un matiz al amor al prójimo: el prójimo debe ser también amigo. Jesús había enseñado a las multitudes “el amor al enemigo” para imitar así el amor universal del Padre, que no conoce fronteras. El amor al enemigo es el caso extremo de la universalidad del amor. Pero cuando Jesús deja de dirigirse a las multitudes y abre su corazón a los suyos, enseñándoles lo más propio del amor, o sea, la intensidad e intimidad del amor, el amor con el que Jesús siempre ha amado, “su” amor, entonces habla de amor recíproco. En la comunidad de Jesús no hay enemigos, porque los miembros de su comunidad se aman “los unos a los otros”. Es lo propio de la amistad. El amigo es amigo del amigo.

Segunda novedad: Jesús califica este mandamiento “suyo” (“mi” mandamiento) de “nuevo” porque el amor al que están llamados los discípulos debe ser una imitación del amor que Jesús tiene por ellos: “este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15,12). Y como el amor de Jesús llega hasta el don de la vida (Jn 15,13), así debe ser el amor entre los hermanos: cada uno está llamado a dar la vida por el hermano (1 Jn 3,16). Podríamos todavía profundizar un poco más y añadir que el amor con el que Jesús nos ama es un amor semejante al que el Hijo tiene por el Padre y el Padre por el Hijo: “como el Padre me ha amado así os he amado yo” (Jn 15,9). El amor que Jesús tiene por nosotros es el mismísimo amor intra divino. Por eso el amor mutuo de los discípulos es divino.

Tercera novedad: si este amor es divino, entonces todos los que lo contemplan, lo sepan o no lo sepan, contemplan el mismísimo amor de Dios. De ahí que este amor sea no sólo el signo del cristiano y la prueba de que somos discípulos de Jesús, sino el mejor modo de dar testimonio de él. Así se comprende que “para que el mundo crea” en Jesús como el enviado del Padre (Jn 17,21) es necesario que contemplen este amor mutuo de los discípulos.

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11
May
2022
El Papa de Roma y el Patriarca de Moscú
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PapayKirill

La guerra que se libra en suelo de Ucrania no debe hacernos perder de vista que hay muchas más guerras en nuestro mundo. Por ejemplo, en Etiopía o en Yemen. Hay además otros conflictos que, aunque no sean considerados guerra en el sentido técnico del término, producen daños y muertes. Basta pensar en las víctimas que la violencia de los cárteles de la droga se cobra cada daño en México. Con todo, la guerra de la que actualmente más se habla y nos toca más de cerca es la de Ucrania. Desgraciadamente, me temo que va para largo.

No cabe duda de que el Papa Francisco ha liderado las llamadas a la paz y ha alentado los esfuerzos para mitigar las consecuencias de esta guerra. Con buen criterio, el Papa pensaba que podría contar con la ayuda de otros líderes religiosos en su búsqueda de la paz. El líder religioso que seguramente hubiera sido más escuchado por una de las partes es el Patriarca ortodoxo de Moscú. Ni siquiera en un asunto tan claramente evangélico ha sido posible llegar a un acuerdo para tener una voz cristiana común. El Patriarca de Moscú tiene sus puntos de vista y no estaría mal que los occidentales escucháramos alguna de las cosas que dice. Porque la OTAN también tiene sus responsabilidades en lo ocurrido.

Cuando los problemas son complejos y hay muchos intereses en juego no es nada fácil hacer propuestas y decir palabras que sean escuchadas por todos. Aquel que está dispuesto a decir palabras que llamen a todas las partes a la conversión y al cambio (¡a todas!, insisto), puede terminar ganándose la enemistad de unos y de otros. O, al menos, la enemistad de unos y la cobardía de otros. O sea, puede terminar crucificado.

Se ha publicado que el Papa está dispuesto a reunirse con el presidente de la Federación rusa. No parece que la recíproca sea verdad, a saber, que Vladímir Putin quiera reunirse con Francisco. Y si uno no quiere, dos no se encuentran. Con todo, yo me pregunto qué oferta política podría hacer el Papa. Putin busca compensaciones políticas. Sin duda, la Santa Sede podría ser la instancia más neutral, independiente, libre y veraz en una mediación. Pero la mediación requiere unas disposiciones por todas las partes que, en este momento, es muy dudoso que se den.

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7
May
2022
Vida cristiana como alternativa
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cruzmayo

¿Qué vamos a hacer en un mundo en el que, según como se miren las cosas, todo está mal? Para empezar, buscar cosas buenas, que las hay, y muchas. Vamos a cambiar nuestra mirada para ver lo mucho bueno que hay. Y reconocer en esto bueno las semillas del Verbo, las huellas de Cristo, los impulsos del Espíritu. Y luego, vamos a mirar con comprensión a tanta gente que, en medio de sus dificultades y problemas, hace lo que puede. Y, a veces, puede poco. Nuestra tarea, en este caso es no apagar la llama, el pábilo vacilante, la caña cascada. Y si podemos, dar un poco de aliento, enderezar la caña.

Finalmente, ante situaciones que no podemos aprobar, en vez de condenar, hay que presentar la fe y la vida cristiana como una alternativa. Frente a actitudes egoístas, presentar realidades generosas. Frente a tentaciones de muerte y de exclusión, ofrecer instituciones que acogen y ayudan. Frente a vidas desanimadas, ofrecer una mano amiga para animar. Porque cuando se da una mano al desanimado, esta mano transmite mucha alma. Frente a experiencias de ensimismamiento, de mirar solo para sí mismo, ofrecer experiencias de salida, desposesión, desasimiento. Frente a experiencias de control ofrecer confianza. Frente a experiencias de rechazo y desamparo ofrecer la experiencia de la paternidad de Dios, para el que todos somos importantes, necesarios e insustituibles. En una sociedad donde abundan las soledades, deberíamos presentar el cristianismo como una vida en la que desbordan los amores.

Nuestra cultura (si a eso se le puede llamar cultura) acentúa, por un lado, el imaginario del éxito y del poder y, por otro, el vivir y agotar a tope la vida. Para muchos el único objetivo parece ser el gozar. Todo esto nos encierra en nosotros mismos y conlleva una insensibilidad ante experiencias que nos sacan de nosotros mismos y un descuido ante el sufrimiento de los alejados. La experiencia de Dios, por el contrario, se apoya en experiencias que nos hacen salir de nosotros mismos. La experiencia de Dios en nuestra cultura podría tomar la forma de una experiencia de contraste, de un adentrarnos por caminos diferentes. Dios no es rentable, es absolutamente gratuito: nos ama porque sí. Es un Dios que genera fraternidad, hace que me sienta vulnerable frente a los débiles de este mundo. La preocupación por el bien de los demás puede convertirse en el buen camino para estar en el mundo sin ser del mundo, en línea con lo que Jesús dice de los suyos (Jn 15,19).

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3
May
2022
En el mundo sin ser del mundo
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solencueva

En el Nuevo Testamento el término “mundo” tiene un triple sentido: mundo es el espacio en el que vivimos, nuestro hogar, la prolongación de nuestro cuerpo. Mundo tiene también un sentido peyorativo: es el lugar de actuación del “príncipe de este mundo”, del que trata de separarnos de Dios y, por extensión, mundo es el lugar donde abunda el mal. Finalmente, el término mundo puede referirse a los seres humanos que son amados por Dios: tanto amó Dios al mundo que le entregó a su único Hijo.

A veces los cristianos nos hemos quedado solo con el sentido negativo del término. Cuando Jesús dice a los suyos que “no son del mundo” se refiere a este sentido negativo, aunque también podría entenderse en un sentido más neutro. Los discípulos no son del mundo, si por mundo se entiende únicamente lo terrenal, incluso las cosas buenas que hay en este mundo, porque ellos aspiran a una patria mejor. Su mundo es el celestial. No hay que olvidar que, aunque no sean del mundo, Jesús envía a los suyos a este mundo, al mundo entero. Y los envía con una misión bien concreta: evangelizar, dar testimonio de él, hacer el bien.

En este mundo hay realidades positivas y otras negativas. Dicho con una imagen evangélica: en este mundo hay trigo y cizaña, hierbas buenas y hierbas malas. Los cristianos, antes de condenar y también antes de aprobar ingenuamente, tenemos que discernir. Para reconocer lo bueno de la situación actual, apoyar lo bueno, mejorar lo deficiente y cambiar lo malo. Eso último no es fácil, porque podemos encontrarnos con la oposición de aquellos que quieren mantener lo malo.

Es posible que algún lector piense que me pierdo en consideraciones teóricas y no desciendo a reflexiones prácticas. La verdad es que lo mío nunca han sido las recetas. Yo intento ofrecer levadura, para que cada uno haga fermentar su masa y sea responsable del resultado de la masa. Sin duda se podrían poner muchos ejemplos de las dificultades con las que se encuentra la Iglesia en esta sociedad. Una de las cosas más serias que están ocurriendo actualmente es que lo que hasta hace poco era tolerado, se ha convertido en un derecho social. Derecho social, o sea, protegido por leyes del estado e incluso subvencionado con dinero público.

Algunos políticos pretenden no solo convertir en derecho social determinadas actuaciones poco compatibles con el evangelio, sino convertir en delito cualquier asomo de crítica o, lo que es peor, cualquier posible alusión no favorable a estas actuaciones. Por otra parte, el ambiente social parece imponer un lenguaje llamado políticamente correcto que, en ocasiones, no facilita encontrar la realidad concreta y objetiva de determinados hechos. Dicho de otro modo: de entrada, el culpable solo puede ser uno, siempre en la misma dirección. Lo políticamente correcto impide un buen discernimiento.

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29
Abr
2022
Responsabilidad viene de respuesta
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Nos hemos encontrado con la vida y con la libertad. No somos nuestro propio origen, procedemos de otros, de más allá de nosotros mismos, y siempre nos encontramos con otros. En este encuentro con la vida hay una interpelación, una llamada: ¿qué vamos a hacer con la vida que nos han regalado?, ¿cómo vamos a tratar al mundo en el que vivimos?, ¿cómo nos situamos en relación con los otros seres con los que nos encontramos?, ¿estaremos atentos a las solicitudes de los compañeros de viaje? La vida pide permanentes respuestas. El no responder es ya una respuesta. La indiferencia o la neutralidad es una toma de posición. Y generalmente la indiferencia es una toma de posición negativa. Cuando paso de largo ante el pobre que con su rostro y su mirada solicita mi atención, estoy respondiendo negativamente.

La indiferencia ante el rostro del otro que me solicita es una respuesta negativa. La indiferencia acusa mi egoísmo, este egoísmo que no toma en consideración lo que no sea yo mismo. “Naturalmente” yo solo me busco a mi, pero la presencia del otro hace que yo no pueda existir naturalmente. Me obliga a tomar postura. La respuesta no es solo una toma de posición ante el que pregunta, es una toma de posición sobre uno mismo. La respuesta me retrata.

Todo lo que hacemos tiene repercusiones en los demás seres, vegetales, animales y humanos. De una u otra forma, explícita o implícitamente, se nos plantea la pregunta por esas repercusiones. Si son buenas, entonces nuestra respuesta es recibida con agradecimiento y simpatía. Si son repercusiones malas, nuestra respuesta es mal recibida y eso significa que se nos piden responsabilidades, o sea, ofrecer una compensación o una reparación por lo hecho.

Puede ocurrir que alguna de las repercusiones negativas de nuestros actos no haya sido ni querida ni prevista por nosotros. Hay consecuencias no deseadas de nuestros actos. Pues también ahí estamos llamados a dar respuesta, bien en forma de petición de perdón, bien buscando reparar en la medida de lo posible las malas consecuencias no deseadas de lo realizado.

Responsable quiere decir capaz de responder. Responsable indica que no estoy solo en el mundo, que hay otros seres con los que tengo que contar necesariamente. No puedo escapar a sus preguntas, a su presencia, a su interpelación. Algo extraño a mi me obliga a romper mi soledad y mi indiferencia. Soy interpelado incluso sin querer serlo. Me veo obligado a responder, cargado, a pesar de mi mismo, con una obligación moral.

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25
Abr
2022
Resurrección: confesar que Jesús es Señor
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“Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo” (Rm 10,9). Decir que Jesús es Señor y que Dios le resucitó es prácticamente lo mismo. Pues el Señor del que habla San Pablo es el Señor de la gloria, el que ha vencido a todos los poderes del mal, incluido el último enemigo que es la muerte (1 Cor 15,26). Ahora bien, no conviene mal interpretar esa confesión. Pues ese mismo Señor del que habla San Pablo, dice: “no todo el que me diga ‘Señor, Señor’, entrará en el reino de los cielos” (Mt 7,21). Es posible decir que Jesús es Señor, pero no confesar que Jesús es Señor. Decir es fácil, es pronunciar una palabra. Confesar es algo más serio: es jugarse la vida por lo confesado, es poner la vida en lo que se dice.

Para confesar bien hay que conocer lo que se confiesa. Pues bien, ese al que se nos invita a confesar como Señor explicó un día como había que comprender su señorío: vosotros, dijo a sus mejores amigos, me llamáis Señor, y decís bien, porque lo soy. Pero soy Señor al lavaros los pies, al ponerme de rodillas ante vosotros, al servir (Jn 13,13). El señorío de Jesús no se manifiesta a base de poder, sino de amor y servicio a los más pequeños. Porque el poder no es propio del Señor de la gloria, es propio de los falsos señores de este mundo, que oprimen en vez de servir.

El Señor resucitado deja en evidencia los falsos señoríos humanos, pues él es el único Señor (1 Cor 8,6) y, por tanto, el Señor de todo y de todos (Flp 2,11). Este señorío único no es opresor, puesto que es señorío de amor y de servicio. Pero, además, es un señorío liberador, porque niega todo poder opresor, sea civil, militar o religioso. El único señorío de Cristo está en contra de toda absolutización de los poderes y de las cosas de este mundo, en contra de todo servilismo.

Si acojo el señorío de Cristo, Señor de todos, entonces yo no puedo ser señor de nadie, no puede pretender que nadie me esté sometido y se pliegue a mi voluntad; y mucho menos que se pliegue a mi voluntad esclavizante; yo no soy señor de mi esposa, ni de mis hijos, ni de mis hermanos, porque el Señor de mi esposa, de mis hijos y de mis hermanos es Cristo resucitado. El “otro” no es mío, el otro es de Cristo. Si confieso a Cristo como el Señor que sirve y se abaja para lavar los pies, entonces yo también me abajo y lavo los pies de mis hermanos.

No hace falta decir que ninguna guerra puede estar bajo el señorío de Cristo. El Señor de las guerras es Satanás. Y el espíritu que las inspira es el espíritu del mal. Si Cristo resucitado se hace presente en las guerras es consolando a las víctimas, resucitando a los muertos, despertando a los espectadores, que somos nosotros, y moviéndolos a acoger a las víctimas.

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21
Abr
2022
Extraño resucitado
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cruzresucitado

Si lo pensamos bien, Cristo resucitado se comporta de forma muy distinta a como uno lo esperaría. Siguiendo la lógica humana, si Cristo resucitado hubiera querido dejar claro su poder y el tremendo error que sus enemigos habían cometido, se hubiera aparecido a las autoridades judías y romanas, al Sumo sacerdote, a Poncio Pilato y el emperador de Roma, y lo hubiera hecho de forma espectacular, dejando claro todo su poder y grandeza. Pero no hace nada de eso. Sólo deja que le vean sus amigos, e incluso a sus amigos se les aparece bajo formas ambiguas, hasta el punto de que algunos dudaron y otros creyeron ver un fantasma. Cristo mismo lo había anunciado a los suyos: “dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros sí me veréis”. El mundo no puede ver a Cristo resucitado, porque sólo con los ojos de la fe se le puede ver. Jesús de Nazaret siempre respetó la libertad de las personas y, una vez resucitado, la respeta todavía más, si cabe hablar así.

Por otra parte, si a un gran novelista o a un gran escritor se le pidiera que inventase la historia de un resucitado, “habría descrito a un superhombre que realiza actos espectaculares, que hipnotiza a las masas, que levanta montañas con un dedo. Nada de eso hay en los Evangelios”, como bien nota Fabrice Hadjadj. Ya el tentador pretendió que Jesús de Nazaret manifestara que era “el Hijo de Dios” por medio del poder, el prestigio y la ostentación, convirtiendo piedras en pan, lanzándose desde lo alto del templo o sometiendo todos los reinos de la tierra. Pero Jesús de Nazaret no hizo nada de todo esto, porque su misión se realizaba siguiendo los caminos de Dios, que no son los del poder, sino los de la pobreza.

Jesús, en su vida terrena y una vez resucitado, siempre respeta la libertad, nunca se impone. Jesús resucitado realiza los actos más sencillos: en la orilla del lago prepara una comida para sus discípulos y comenta para ellos las Escrituras. Ahí está la prueba de que el resucitado es verdaderamente divino y no una proyección de nuestro orgullo y nuestra vanidad. Jesús resucitado sigue manifestando su divinidad con gestos muy humanos. Porque lo humano es divino. No nos hacemos divinos cuando nos convertimos en un ciborg de gran potencia o cuando queremos huir de lo humano, sino cuando revestimos de amor las cosas más ordinarias, la mesa del comedor, el cuidado del enfermo, la atención al huérfano y al extranjero.

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