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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
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31
Dic
2010
Libertad religiosa, camino para la paz
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El uno de enero es una fecha absolutamente convencional. Civilmente comienza un nuevo año. Litúrgicamente el año comenzó con el primer domingo de adviento. Y escolarmente el año comienza en distintos días de septiembre. Se van cubriendo ciclos, que no vuelven más, pero influyen en nuestro presente y en nuestro futuro.
 

Pablo VI inauguró una tradición continuada por los Papas posteriores: ofrecer, el primer día del año, un mensaje sobre la paz. El de este año lleva por título: “La libertad religiosa, camino para la paz”. Es realmente lamentable tener que recordar todavía que es totalmente inaceptable apelar a Dios para justificar cualquier tipo de violencia. El mensaje papal comienza refiriéndose a los sufrimientos, dificultades y persecuciones que sufren las comunidades cristianas en algunos países islámicos. Convendría demostrar con hechos concretos, en países de mayoría cristiana, nuestro respeto, tolerancia y acogida sincera de aquellos ciudadanos que profesan otra religión. Es el único camino por el que nos “cargaremos de razón” al reclamar que eso mismo suceda allí donde los cristianos son minoría.
 

Otra cosa en la que conviene dar ejemplo, para que nuestra predicación sea más eficaz: evitar el peligro de fundamentalismo buscando justificaciones religiosas de nuestras posiciones políticas. Por los “papeles” publicados por Wikileaks sabemos que en Damasco fue el primer ministro el que dio órdenes a los imanes para que en su sermón del viernes incitaran a la gente a comportarse violentamente contra intereses occidentales en protesta por las caricaturas sobre Mahoma publicadas en un periódico danés. Igualmente grave sería utilizar el púlpito para dictar programas políticos o para dejar claro cuál es nuestra bandera. Digo programas y banderas, no justicia y derechos humanos. Contaminar de religión la política o de política la religión es un camino hacia la guerra y no hacia la paz. Las convicciones religiosas pueden y deben inspirar las posiciones políticas de los creyentes, pero sólo, y digo bien sólo, es aceptable defender esas posiciones en política desde argumentaciones racionales.
 

Feliz año para todas y todos. No olvidemos que el año será tanto más feliz cuanto más busquemos la felicidad de los demás.

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28
Dic
2010
La fe, ejercicio de la razón
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Con demasiada frecuencia se tiende a oponer fe y razón, o fe y ciencia. Incluso entre los creyentes hay quien dice que la fe es un asunto del corazón y no de la razón. No hay que olvidar que la fe presupone la razón y está presente en la razón; si la fe implica la razón, no es posible creer sin razón. La fe es un ejercicio de la razón, un modo de conocimiento. La oposición, si la hay, no es entre fe y razón, sino entre conocimiento basado en la evidencia y conocimiento basado en la no evidencia. No todos los conocimientos dependen de la evidencia; hay conocimientos que dependen de la seriedad y credibilidad de un testigo. Hay conocimientos deducidos a partir de algunos indicios, de ciertos hechos que aconsejan o exigen una explicación, que no es contraria a la inteligencia humana y puede ser expuesta a base de argumentos. La razón puede ser ejercida de diversos modos. No se reduce a lo empíricamente visto o a los procedimientos demostrativos. La inteligencia humana posee un carácter fiducial que alumbra la razonabilidad de la fe. A la fiducialidad de la razón corresponde la racionalidad de la fe.
 

En la fe, además de la razón, entra en juego la libertad. Porque lo razonable de la fe no se impone con evidencia. Pero esto ocurre con los conocimientos más fundantes y constituyentes de la vida: es muy razonable que quienes dicen ser mis padres lo sean, pero no es evidente (al menos no es evidente mientras no hacemos la prueba del ADN, y aún así cabría un mínimo margen de error). Este conocimiento tan fundamental para mi equilibrio personal, el de que mis padres son quienes dicen ser, es un conocimiento razonable y libre. De hecho la ciencia también deduce, por ejemplo, la existencia de planetas a partir de ciertos indicios que no son determinantes, porque lo único determinante sería acudir con una nave o verlos con un telescopio, cuya potencia no tenemos (al estar muy lejos, la existencia de planetas de otros soles se demuestra de forma indirecta, mediante la observación de variaciones en la luminosidad del astro central). La fe religiosa no es el único conocimiento sin evidencia al que llega el ser humano. Esta dimensión fiducial de lo racional nos lleva, por otra parte, al reconocimiento de los límites de la razón. Lo real no se limita a la razón, lo trasciende.

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26
Dic
2010
La familia que Jesús vino a instituir
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La fiesta de la Sagrada Familia, encuadrada dentro del ciclo de Navidad, manifiesta un aspecto fundamental del misterio de la Encarnación. Dios, para hacerse hombre, necesita de una familia. Me temo que en las homilías que se harán este domingo serán pocos los que hablen del misterio de la Encarnación. Y muchos los que hablen de la familia como una institución atacada por una sociedad paganizada. Posiblemente añadirán que aquí está la Iglesia para defenderla. Más aún, ¡aquí está la Iglesia que es la única que la defiende! Bien está que la Iglesia defienda la familia, pero lo que no conviene es pensar que esa es su tarea principal. Si de familia hay que hablar en la Iglesia, conviene empezar por “otra” familia, la de los hijos de Dios, que es la familia que nace con Jesús, y la que Jesús asume como suya.

Benedicto XVI, en la encíclica Spe Salvi, al hacer el elogio de la madre de Jesús, dice cosas sorprendentes que, aunque sea para compensar las muchas que se van a decir en nuestros templos en este domingo, conviene que se oigan. Se refiere a María como la que tuvo que “quedar a un lado”, o sea, aprender a desprenderse de los lazos de la carne que la unían con Jesús, “para que pudiera crecer la nueva familia que El había venido a instituir”. ¿Cuál es esta nueva familia? La de los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica, una familia fundamentada en la fraternidad, reunida en torno a una mesa común, en la que hay pan para todos, en la que nadie pasa hambre, en la que se comparten los bienes y la alegría. María no encuentra su sitio hasta que se “une de modo nuevo a los discípulos, destinados a convertirse en familia de Jesús mediante la fe”.

La institución familiar es un asunto humano, antes de ser una cuestión eclesial. Este asunto humano puede recibir luz y sentido nuevos fijándose en la nueva familia que Jesús quiere fundar. Si así lo hace, la familia cristiana no tiene porque estar a la defensiva, ni sentirse atacada, ni encontrar enemigos por todas partes, porque lo que busca son amigos. Y uno encuentra lo que busca. La familia cristiana no se define por contraste ni por contraposición. Los lazos que la unen no son los de la carne y de la sangre, sino los que brotan del amor. Así se convierte en familia de Jesús, y en realización y modelo de la Iglesia.

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23
Dic
2010
Dios menguante
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El jesuita y poeta británico Gerald Manley Hopkins, reflexionando sobre la escena de la natividad en Belén, habló de “la menguante infinidad de Dios… menguante hasta adquirir forma de bebé”. Menguante es el signo que se nos da para reconocer al Salvador. No encontramos a un Dios infinito, sino a un bebé recostado en un pesebre. Tenemos un Dios que mengua, se abaja, decrece, se contrae para poder habitar entre nosotros. Y dentro de nosotros, pues Dios toma carne y vida humana en cada ser humano.

Eso no significa que Dios sea débil o impotente. En la pasión de Cristo, anticipada en el pesebre de Belén, Dios se presenta vulnerable e indefenso. Pero hay modos de ser vulnerable y de estar desarmado capaces de vencer al mal con más eficacia que toda la fuerza bruta del mundo. Al mal solo se le puede vencer con el bien, y a la violencia con la no violencia, pues si se intenta vencer con el mal o la violencia, sólo logramos multiplicar el mal y la violencia. Poder no es usar la fuerza, sino capacidad de producir el efecto deseado. Tiene poder el que logra sus objetivos. El objetivo de Dios es reconciliar, en la paz y en el amor, a todos los seres humanos entre sí, y reconciliar a los hombres con Dios. Y eso solo puede lograrse desde lo que, a los ojos humanos, puede parecer debilidad. En la humildad del pesebre y de la cruz, Dios manifiesta un poder capaz de unificar todas las cosas y atraerlas hacia él (cf. Jn 12,32). Manifiesta también un amor que se entrega sin pedir nada a cambio.

El misterio divino del Mesías, según la carta de san Pablo a los filipenses, no es el de un Dios que quiere ser Dios a toda costa, sino el de un Dios que deja lo suyo para hacerse como el más pequeño de los humanos, como el último, como el esclavo. Esta imagen de un Dios menguante y vulnerable choca con la concepción de poder que se tiene en este mundo. Este mundo no está preparado para escuchar la noticia de que un amor vulnerable puede ser efectivo, el más efectivo.

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20
Dic
2010
El mito de la ciencia moderna
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El diálogo con la ciencia es enriquecedor para la teología y, en algunos casos, incluso imprescindible. ¿A qué me refiero, pues, cuando titulo “el mito de la ciencia moderna”? No se trata de que la ciencia sea un mito, sino de que en la comprensión que muchos se hacen de ella hay un mito: el de que nadie se atreve a criticar esta ciencia que tantos descubrimientos innegables ha hecho y tanto nos ha hecho avanzar en el conocimiento de las cosas. Lo hemos relativizado todo: desde lo que pensaban los sumerios hasta lo que dijo Jesucristo; pero no nuestra ciencia.

La ciencia moderna es una estupenda creación del espíritu humano. Con ella hemos conseguido lo que ninguna otra civilización ha logrado. Pero ella no agota todo el campo del saber y, menos aún, todo el campo de lo humano. Si conocer es algo así como establecer una comunión vital con lo real, el más importante conocimiento será el de uno mismo y el del prójimo. Este conocimiento comporta alegría porque nos ayuda a amarnos mejor. Y a amar mejor al prójimo conocido. La ciencia moderna no es conocimiento en este sentido. Todas las personas no pueden ser científicas. Todas, en cambio, están llamadas a conocer la realidad. Y la realidades fundamentales son dos: la de uno mismo (el famoso “conócete a ti mismo” inscrito en el templo de Delfos), y un conocimiento que no puede dar la ciencia moderna: “esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo”.

Por otra parte, la ciencia se ha convertido en privilegio de pocos. Los éxitos de la ciencia y de la técnica, su hija predilecta, han hecho pensar a muchos que este privilegio es lo más valioso. De hecho las carreras científicas son las mejor cotizadas y las que más dinero dan. Si el conocer es fundamental para el ser humano, pero este se convierte en especialidad para pocos, estamos implantando, incluso sin darnos cuenta, un factor de competencia y división. Todos los problemas de la educación están aquí incluidos. ¿No hablamos de colegios y universidades elitistas, no hemos hecho nuestro el concepto de excelencia, no estamos provocando una carrera por el primer puesto, dejando así claro quienes son los segundos, los no valiosos de la sociedad? ¿No está ahí una de las causas del complejo que se detecta en muchos curas y profesores de religión y, en general, en muchos creyentes?

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17
Dic
2010
Sorprendente unanimidad en Lerma
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La abadesa debe ser una mujer de mucho temple, de gran empuje, con don de gentes, capacidad e iniciativa. Debe contar con apoyos poderosos, influyentes y bien situados. ¿Apoyos también económicos? No lo sé. Los apoyos económicos pueden ser útiles, pero frente al dinero lo mejor es mucha prudencia. Casi doscientas vocaciones son muchas vocaciones. No hay que olvidar que eso de las vocaciones va por barrios y por épocas. No hay que dejarse deslumbrar demasiado deprisa. Hay que agradecer los dones de Dios, pero también hay que dejar que el tiempo haga sus pruebas. Por otra parte, tampoco hay que cerrarse a nuevas posibilidades.

Me sorprende que se permita pasar de clausura papal a vida activa. Normalmente, en la historia de la Iglesia, ha ocurrido lo contrario. Más aún, el paso a una vida monástica se consideraba un avance en la perfección religiosa. No digo que sea así, ni que a mí me lo parezca, digo que se consideraba así. Pero también es cierto que hay necesidades, urgencias e inspiraciones que requieren apertura de mente, y no atarse a costumbres del pasado.

También sorprende la unanimidad. Los fundadores y fundadoras suelen arrastrar, cuentan siempre con un grupo de seguidores serios y firmes. Pero suele ser gente nueva, no gente que deja instituciones ya consolidadas. Los fundadores y fundadoras, en ocasiones, dejan su antigua pertenencia, pero sólo ellos. Una salida tan numerosa y tan unánime, un dejar tantas personas la antigua pertenencia, es llamativo. Una cosa así no se hace sin consultar a todas y sin el consentimiento expreso de cada una. Extraña unanimidad. Que la fundadora hubiera dejado la Orden, hubiera dejado el convento, que incluso algunas religiosas la hubieran seguido, me parecería normal. Que la sigan todas, resulta un poco más extraño.

¿De entre las doscientas no hay ni una sola que haya pensado algo así: entré para ser clarisa y clarisa quiero quedarme; mi vocación es contemplativa y no de vida activa, y quiero seguir en mi primera vocación? ¿O no fue el carisma franciscano el que las movió a ser clarisas? ¿Les inculcaron otro carisma al hacer el noviciado? No tengo suficiente información. Pero los datos publicados invitan a reflexionar. Y, por supuesto, manifiesto mi respeto y mi deseo de que el Espíritu acompañe los nuevos caminos.

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16
Dic
2010
Para provocar nuestro amor
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El ser humano no puede ser obligado a amar a Dios porque la libertad es constitutiva de su naturaleza. Y, sin embargo, en este amor está su perfección, allí encuentra el hombre su felicidad más plena, su máximo bien. Incluso para los que no creen en Dios, triunfar o fracasar en el amor es triunfar o fracasar en la vida. Pues bien, “para provocar nuestro amor a Dios nada pudo ser más eficaz que el que la Palabra de Dios asumiera nuestra naturaleza”, escribe Tomás de Aquino en su Tratado sobre las razones de la fe. Porque así se manifiesta del mejor modo lo mucho que Dios ama a los hombres. Y “no hay nada que provoque más a amar que el que uno se sepa amado”. Añade Sto. Tomás que es relativamente fácil amar y conocer a otro ser humano. Lo que no está a nuestro alcance es “considerar la sublimidad divina y ser llevado hasta ella con el debido impulso del amor”. Precisamente para que el ser humano conociera hasta qué punto le ama Dios, Dios quiso hacerse hombre para que “incluso los niños pudieran pensar en él y amarlo como semejante a ellos”.

 

Además, al hacerse Dios hombre se nos proporciona una gran esperanza, la de que es posible participar de la felicidad perfecta que únicamente tiene Dios, el eternamente feliz por naturaleza. O sea, se le proporciona al hombre la esperanza de llegar a ser Dios. Si al hombre, débil por naturaleza, se le promete una bienaventuranza que supera su capacidad, difícilmente la podría esperar “si además no se le mostrara la dignidad de la criatura humana”. Al hacerse hombre, Dios manifiesta y refuerza la dignidad de lo humano. Nos da así la esperanza de que también nosotros podemos llegar a unirnos con él, y ser felices con su felicidad. La dignidad humana es tan alta que sólo Dios es digno del hombre. Poner el corazón fuera de Dios no está a la altura de la grandeza del ser humano, dado que el hombre “es tan próximo a Dios, que Dios mismo quiso hacerse hombre”.

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13
Dic
2010
Este Papa es un artista
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En diferentes ocasiones Benedicto XVI se ha referido al arte como reflejo de la “belleza de nuestro Dios” (Is 35,2). No es extraño que en su reciente exhortación apostólica Verbum Domini, haya momentos que manifiestan la sensibilidad artística de su autor.

La sensibilidad musical del Papa encuentra una imagen sugerente, al comparar la Palabra que Dios ha dicho a los humanos con una sinfonía. Y nota: “la creación forma parte de esta sinfonía a varias voces en que se expresa el único Verbo”. En efecto, en la armonía del cosmos es posible ver un reflejo de su Verbo o Razón creadora: “los cielos proclaman la gloria de Dios” (Sal 19,2), sus “obras son esplendor y belleza” (Sal 111,3). Además de la creación hay otras voces en esta sinfonía, como la revelación de Dios por medio de los profetas de Israel e incluso las manifestaciones de Dios en las religiones. Pero, añade el Papa, dentro de esta sinfonía se encuentra, en cierto momento, lo que en lenguaje musical se llamaría un “solo”, un tema encomendado a un solo instrumento o a una sola voz, y es tan importante que de él depende el significado de toda la ópera. Este “solo” es Jesús, centro del cosmos y de la historia, que recapitula en sí todo lo creado.

Al tratar de la liturgia, lugar en el que la Palabra se proclama y actualiza, volvemos a encontrar la sensibilidad artística del Papa. La liturgia ofrece el marco adecuado para que alguien tan importante como Dios mismo se haga presente por medio de su Palabra, plasmada en la Escritura. En este contexto el Papa se refiere a los distintos ministerios que hacen posible la acogida y actualización de la Palabra y los califica de “arte”. Arte es la lectura de los textos de la Escritura. Arte es la homilía. Podríamos añadir: el ministerio del cantor es un arte, preparar bien el altar otro arte. La Palabra y la Eucaristía requieren de buenos artistas, para celebrar la belleza, la gratuidad, la alegría, la verdad, la bondad y la esperanza. Un artista no es un farsante. Es el que sabe extraer lo mejor y más auténtico del delicado material o de la importante tarea que le ha sido encomendada. El arte requiere dedicación, paciencia, tiempo, disciplina, estudio; y, en el caso de los artistas litúrgicos, también oración.

La Palabra debe convertirse en ineludible misión. Al final del documento, el Papa se refiere a “la urgencia y belleza de anunciar la Palabra” para que todos descubran “el atractivo del seguimiento de Cristo”.

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11
Dic
2010
Dios hecho prójimo en Jesús
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Los dos misterios fundamentales de la fe cristiana son la Trinidad y la Encarnación. Fundamentales e identitarios. El primero hace posible el segundo y el segundo revela al primero. Gracias a Jesús, Palabra de Dios encarnada, conocemos lo íntimo de Dios, no sólo que Dios ama (¡que ya sería mucho!), sino que Dios es comunión de amor (que todavía es más, porque así no puede dejar de amar).

Dios es Amor y el amor supone relación, comunicación intersubjetiva. El Dios cristiano no es soledad, es enteramente sujeto, aunque bajo el modo de la intersubjetividad. Cada persona divina es única, pero no para sí, sino en relación con las otras, unidas por un vínculo de amor que las “sujeta” entre sí como en uno solo. Este no estar clausurado sobre sí mismo, sino abierto dentro de sí a la donación y la entrega, hace posible extender esta donación fuera de sí, hace posible la creación y la comunicación de Dios con otros seres que no son Dios. Gracias al Verbo, el hombre existe desde siempre en la mente de Dios. Más aún, Dios no existe sin el hombre, porque “el Padre nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo” (Ef 1,4). El cristianismo es incompatible con todo monoteísmo que encierre a Dios en sí mismo, apartado del mundo.

El Dios de la Biblia no es el Dios único de los monoteísmos en general. Es el Padre de Jesús, que sale al encuentro de su Hijo en la Cruz, un Dios que nos da un Hijo tomado de entre nosotros, al mismo tiempo que sacado de su seno, y que derrama su Espíritu en nosotros para convertir nuestra historia en su morada eterna entre los hombres. El Dios de la Trinidad es el Dios que, desde siempre, se hace nuestro “prójimo” en uno de nosotros. Ahí se encuentra la verdadera identidad de un Dios creído en tres personas.

Jesús nos invita a proyectar nuestra mirada sobre su intimidad en Dios, sobre su “manera de ser” en Dios, cuando prescribe “que todos sean uno como tú Padre estás en mi y yo en ti”. La relación entre el Padre y el Hijo configura un nosotros humano con el nosotros divino y como un nosotros divino. “Persona”, humana o divina, no se dice más que en plural. El “ser persona” se vive en un juego de relaciones con el otro.

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9
Dic
2010
Cuerpo y alma
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Todavía se escucha en boca de predicadores y catequistas un discurso dualista que supone que algo de tipo espiritual, distinto del cuerpo, llamado alma, es lo que constituye esencialmente a la persona, porque, por una parte, esta realidad llamada alma puede existir independiente del cuerpo (y así ocurriría supuestamente en el lapso de tiempo que hay entre la muerte y la resurrección del cuerpo) y, por otra, cada alma habría sido creada directamente por Dios. No habría entonces ningún problema en aceptar que el cuerpo fuera el resultado de la evolución desde del mundo animal. Al respecto conviene dejar claras algunas cosas:

1) la persona no es una entidad física a la que se le ha añadido un alma, una mente o un espíritu, sino una unidad psicosomática dotada de facultades físicas, mentales y espirituales; lo físico y lo mental son dos modalidades del mismo evento psicosomático;
2) por tanto, “cuerpo” no es algo distinto y menos opuesto a “alma”, sino una dimensión del ser humano que le permite relacionarse con el mundo y con los otros seres humanos;
3) hay una permanencia del mismo yo humano a través de los sucesivos cambios físico-químico-biológicos de la materia corporal;
4) el hombre goza de una dignidad superior a toda otra realidad mundana, pues tiene capacidad de sostener un diálogo con Dios. En este sentido se puede decir que tiene un algo, un “alma” que lo hace distinto del resto de las criaturas;
5) en la creación del ser humano la intervención de Dios no hay que plantearla como si Dios interviniera en algún momento de forma más especial que en otros; el ser humano es resultado de la evolución en todas las dimensiones físicas y mentales de su ser;
6) los padres son, en cada nacimiento, los mediadores y transmisores de la “imagen de Dios” en cada ser humano;
7) según la fe católica, con la aparición del hombre aparece un ser que tiene una especial relación con Dios, un ser que se sitúa de forma distinta a todos los otros seres en relación a Dios, una única criatura a la que Dios ama por sí misma. Y esto es una novedad radical que ningún estadio evolutivo justifica. Es un acto gratuito que se sitúa en un plano distinto al de la biología o la evolución. Y además determina todo el ser del hombre, otorgándole una dimensión divina, aunque no sea analizable científicamente.

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