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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
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31
Dic
2015
Año 2016: amor más allá de la misericordia
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El término «misericordia» está compuesto por dos palabras: miseria y corazón. El corazón indica la capacidad de amar; la misericordia es el amor que abraza la miseria de la persona humana. Estas palabras del Papa sitúan en su justo lugar a la misericordia: es una forma de amar, que se despliega a la vista de la necesidad del prójimo. Pero el amor no se agota en la misericordia. Hace posible la misericordia, pero no se reduce a ella. El ideal del amor cristiano no es la misericordia. San Agustín tiene un texto iluminador a este respecto: “No debemos desear que haya pordioseros para ejercer con ellos las obras de misericordia. Das pan al hambriento, pero mejor sería que nadie tuviese hambre, y así no darías a nadie de comer… Quita los indigentes y cesarán las obras de misericordia. Cesarán las obras de misericordia, ¿pero acaso se apagará el fuego de la caridad?”. San Agustín termina diciendo que el auténtico amor no es el que damos al necesitado, sino el amor entre iguales. En cierto modo, cuando socorremos al necesitado nos ponemos por encima de él.

Estas reflexiones de san Agustín inciden en un aspecto importante de la relación entre amor y misericordia y nos hacen caer en la cuenta de que el auténtico amor es el que se da entre iguales. Por eso Dios, para amarnos como no se podía amar más, se hizo uno de nosotros. Es posible decir que el amor de Dios empieza siendo misericordioso, porque él tiene la iniciativa de despojarse de su categoría de Dios y hacerse uno de nosotros. Pero esta misericordia divina se diría que queda superada una vez que Dios se ha hecho uno de nosotros y se ha puesto a nuestro nivel. Entonces el amor entre Dios y el hombre, manifestado en Cristo, adquiere la categoría de amistad.

La misericordia tiene muchas vertientes. El año jubilar puede ser una estupenda ocasión para profundizar en ellas. Siempre es fruto del amor, pero el amor no se queda en el mero socorrer la indigencia. Busca una relación en la que no pueda decirse: te amo por lo que me das (o sea, me amas porque necesitas mis bienes). Este amar sin ambicionar las riquezas del otro, solo es posible si los amantes están en un plano de igualdad. Si hay necesidad no es de los bienes del otro, sino del otro como bien al que mi corazón amante le desea bien sin buscar compensación alguna. Esta igualdad entre los amantes, que se necesitan por sí mismos, pero no por lo que se pueden dar, es condición de perfección del amor. Incluso en el caso del Dios que perdona los pecados, su amor va más allá del perdón, pues este perdón es el primer paso para que el pecador pueda convertirse en amigo y en hijo. También ahí la misericordia del perdón queda superada para entrar en una relación de amor, en cierto modo entre iguales.

Las penosas urgencias de muchos hacen necesaria la misericordia. Pero es preciso caminar hacia un mundo en el que haya cada vez menos penosas urgencias, para que sea posible el mejor amor. El mejor amor es gratuito y desinteresado.

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27
Dic
2015
Verdadero Dios y verdadero hombre
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La fe cristológica, de la que da testimonio el Nuevo Testamento, presenta una tensión entre el origen divino de Jesús y su origen humano. El cuarto evangelio presenta las cosas desde arriba, desde el lado de Dios: “el Verbo se hizo carne” (Jn 1,14). Por su parte, los evangelios de Mateo y de Lucas describen la realización concreta de este acontecimiento en la trama de la historia. Tanto Mateo como Lucas hacen notar la intervención directa del Padre y del Espíritu Santo en el nacimiento de Jesús. Pero también notan que María acoge libremente el misterio. Aunque tiene muchos protagonistas, la encarnación tiene un doble causa: la voluntad de Dios de entrar en la historia humana, haciéndose hombre; y la acogida libre de la criatura humana representada por María.

La reflexión posterior al Nuevo Testamento busca expresar el misterio de modo que pueda entenderse en una cultura distinta, marcada por la filosofía griega. Así, en el siglo V, el Concilio de Éfeso declarará que María es verdaderamente Madre de Dios en Jesús. Y el Concilio de Calcedonia definirá dogmáticamente que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre. En Jesús lo divino y lo humano deben mantenerse con igual fuerza, pero sin confundirse. En Jesús lo divino no anula lo humano, sino que lo refuerza. Y lo humano es posibilidad y no impedimento para lo divino.

 

El Concilio de Calcedonia, como bien nota el teólogo italiano Piero Coda, pone de manifiesto una conquista fundamental del pensamiento cristiano: la categoría de persona. La persona (el “¿quién es?”) se distingue de la naturaleza (el “¿qué es?”). Jesús es una persona divina en una doble naturaleza (humana y divina). La persona divina (esta es la identidad de Jesús, quién es), es verdaderamente hombre (qué es); la persona vive en una naturaleza humana, con todos los condicionantes, con todas las limitaciones de lo humano. Jesús es hijo de Dios por naturaleza, pero es también Dios encarnado, y en tanto que encarnado, perfectamente humano.

 

La liturgia expresa así la consecuencia directa del misterio de la encarnación: al revestirse el Hijo de nuestra frágil condición, nos hace a nosotros eternos. Dios se hace hombre (decían los primitivos escritores cristianos) para que el hombre puede llegar a ser hijo de Dios. Si Dios participa de la naturaleza humana, no es menos cierto que el hombre está llamado a ser partícipe de la naturaleza divina (2 Pe 1,4). Con una diferencia: Jesús es Hijo de Dios por naturaleza; nosotros, los humanos, somos hijos de Dios por gracia. La encarnación manifiesta que la naturaleza humana es capaz de Dios. Por eso Dios puede hacerse hombre y el hombre ser partícipe de la naturaleza divina.

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23
Dic
2015
Humanización de Dios, divinización del hombre
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Un año más celebramos la Navidad, el nacimiento de Jesús, el misterio de la Encarnación. Sí, el misterio de la Encarnación. Sin duda es maravilloso el nacimiento de un niño. Pero lo verdaderamente maravilloso, hasta el punto de que resulta increíble, es que este niño que nace sea el Hijo de Dios. Lo verdaderamente maravilloso es que Dios se haga hombre. Y para hacerse hombre tiene que nacer de una mujer. Y pasar por todas las etapas de lo humano: crecer, sufrir, llorar, aprender… Dios se hace hombre. ¿Cómo explicar algo tan sorprendente? Porque Dios, por definición, no necesita de nada ni de nadie. Lo tiene todo. Pero sobre todo tiene Amor. Y el amor es determinante de todo lo que es y hace. Por eso se hace hombre: tanto amó Dios al mundo que quiso hacerse uno de nosotros. Dios es un amante tan grande que quiere hacerse como el amado.

El Papa Francisco acaba de inaugurar el año jubilar de la misericordia. El niño, nacido de María hace dos mil años, quiere nacer todos los días en nuestro corazón y nos revela la misericordia de Dios. Una misericordia que llega hasta el extremo: porque este niño, manifestará a lo largo de su vida, con sus obras y palabras, que la misericordia de Dios no tiene límites: por amar, Dios ama y perdona hasta a sus enemigos. Porque su amor, al contrario de nuestros amores, es incondicional. Aunque busca nuestra respuesta, no está condicionado por nuestra respuesta.

Jesús, revelando así quién es Dios, y viviendo humanamente la vida divina, nos enseña un nuevo modo de ser humanos. La verdadera humanidad está en vivir divinamente. Y vivir divinamente no es hacer lo que interesa al capital o al poder, sino lo que le interesa a Dios. Y lo que le interesa a Dios es el ser humano, la dignidad de todos, que haya pan y casa para todos. Dios prefiere más el respeto a las personas que nuestras piadosas devociones. Para llegar a ser divinos no hay que escapar de nuestra humanidad, sino vivirla desde el amor y para el amor.

La encarnación no solo representa la humanización de Dios. Representa igualmente la divinización del hombre. En la encarnación Dios se ha fundido y confundido con lo humano. En la medida en que nos hacemos más sensibles a todo lo humano, liberándonos de toda deshumanización: ahí encontramos a Dios. Jesús se introduce en el mundo para humanizar. Sus preocupaciones son: la salud de los enfermos, la comida de los pobres y el entendimiento entre los humanos. Para Jesús lo primero es aliviar el dolor de los que sufren.

Dios nos ha creado para ser felices; sólo quiere nuestro bien; por eso le interesa la salud, la educación, el bienestar, la paz, que todos tengan para vivir con dignidad en su familia, que todos disfruten de la vida. En la medida en que nosotros anunciamos, vivimos y realizamos este proyecto humanizador, en esta misma medida nos encontramos con Dios.

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20
Dic
2015
No me dejaban votar
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Así, como suena. Por dos veces he ido a mi mesa electoral, una vez con el D.N.I. y otra con la tarjeta censal, y no me dejaban votar. Decían que no estaba en la lista. Me decido a interrumpir mis reflexiones teológicas sobre la Navidad para contar la pequeña anécdota personal del día en el que los ciudadanos están convocados a las urnas.

Después de desayunar, sobre las nueve de la mañana de este soleado domingo en la ciudad de Valencia, voy al colegio electoral. En la mesa que me corresponde votar hay tres varones relativamente jóvenes (no creo que el mayor tuviera muchos más de cuarenta años) que, me imagino, tendrían estudios universitarios. Enseño mi D.N.I. y me dicen que no estoy en la lista. Añaden: quizás en la mesa de enfrente. Voy a la mesa de enfrente y tampoco estoy en la lista. Pregunto si hay listas censales para consultar: me dicen que no, por motivos de protección de datos. Bueno, espero que sea regular eso de que en los lugares de votación no haya una lista pública para que los votantes puedan consultar.

Regreso a mi casa. Cojo la tarjeta censal. Regreso, diez minutos después, a la primera mesa. Muestro bien visible la tarjeta censal. Uno de los señores de la mesa me mira sorprendido. Yo le digo: “¿no se acuerda de mi? Hace diez minutos estaba aquí y no me han dejado votar”. Me dice: bueno, yo me ocupo de las urnas. El que se ocupa de los D.N.I. es mi compañero. Voy al compañero, sigo mostrando la tarjeta censal y repito: “¿no se acuerda de mi?”. ¡Claro que se acuerda! Me mira, vuelve a buscar en la lista y me repite: “lo siento, pero no está usted en la lista”.

Como yo sigo mirándole, incrédulo, me dice: puede comprobarlo usted mismo. ¡Pues menos mal! ¡Dentro de lo que cabe, este señor ha sido amable y ha tenido un poco de sensatez, porque quizás otro hubiera mantenido que si él decía que mi nombre no estaba, es que no estaba! Tomo la lista del señor de la mesa. Estaba mirando en una página alejada de mi apellido, en la “M”. Mi apellido empieza por “G”. Me dedico a pasar páginas hasta que encuentro mi apellido y se lo señalo con el dedo. El señor de la mesa no sabe qué decirme. Yo le digo: “¿Y si viene una persona que no sabe expresarse bien o que tiene dificultades para leer o que no tiene costumbre de consultar listas alfabéticas?”. Entonces, a modo de explicación, me dice: hemos confundido su nombre con su apellido. Le digo: eso no es normal. ¿Y si viene una persona un poco tímida o con dificultades? Pues ocurre que se queda sin votar, porque unos señores universitarios de la mesa electoral confunden los nombres con los apellidos.

Si alguien me pregunta de qué mesa estoy hablando no lo voy a decir. Yo soy así de elegante. Eso que escribo aquí no sirve más que para divertimento de mis lectores. Espero que los votos sirvan para algo. Aunque tengo mis dudas. Dentro de dos o tres días sigo con mis reflexiones navideñas.

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18
Dic
2015
Jesús, luz del mundo
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A lo largo de la historia de la Iglesia se ha cantado a Jesús como luz gozosa y esplendorosa. El es el sol que nace de lo alto, el sol de la vida, el sol de la gracia, el sol de la alegría, el sol de las almas, el sol de la justicia, la estrella de Jacob, la estrella de la mañana, la luz que brilla en las tinieblas. Todas estas imágenes pretenden destacar el significado especialísimo de esta “verdadera luz”, que consiste en que Cristo ha vencido a los poderes del mal, ha inaugurado el reino de Dios en la humanidad y ha prometido a todos la participación en esa victoria.

El cuarto evangelio comienza situando toda la misión de Jesús desde la perspectiva de que él es “la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1,9). Jesús, según este evangelista, dice de sí mismo: “Yo soy la luz mundo” (Jn 8,12; 9,5). De esta afirmación fundamental se deducen dos consecuencias. Una, el que se deja iluminar por esta luz que es Jesús no anda en tinieblas (Jn 8,12; 12,46); por eso camina seguro: para el creyente hay una luz que guía sus pasos, una antorcha en su camino: “lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mi sendero” (Sal 119,105). El cristiano es un “iluminado” (Heb 10,32). Es significativo que en los orígenes cristianos al bautismo se lo califique como el momento de la “iluminación”. Es significativo también en este sentido que todas las espectaculares conversiones se narren en clave de iluminación. Basta pensar en la conversión de Pablo camino de Damasco (Hech 9,3). O incluso en la narración que hace san Agustín de su propia conversión. La conversión no es un asunto de voluntarismo; es un asunto de luz, de iluminación. La iluminación es la primera gracia de la conversión.

La segunda consecuencia (de la afirmación de Jesús “luz del mundo”) es si cabe más significativa, pues los que se dejan iluminar por la luz son hijos de la luz (Jn 12,36) y, del mismo modo que el hijo se parece al Padre y hasta tiene su mismo rostro, los hijos de la luz se convierten ellos mismos en luz: “vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5,14). El cristiano no es solo un iluminado, sino que él mismo irradia luz. Por eso los cristianos practican “las obras de la luz” (Jn 3,20), o sea, “las buenas obras”, las obras del amor (Mt 5,16), que deben alcanzar todos los órdenes de la vida, tanto la economía y la política, como la familia y la comunidad. Se trata de iluminar las tinieblas de la falta de verdad (1 Jn 1,6) y de amor, pues “quién aborrece a su hermano está en las tinieblas y quién ama a su hermano permanece en la luz” (1 Jn 2,9-10). Y de esta forma crear espacios para la esperanza, brillando como antorchas en el mundo, en medio de una generación que necesita y busca razones para vivir (Flp 2,15-16).

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14
Dic
2015
Cristo, perfección de lo humano
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Cuando el Vaticano II califica a Jesús de “hombre perfecto” está dando un paso adelante en relación a lo que decía el Concilio de Calcedonia. Cristo no es solo perfectamente humano, verdadero hombre; es también la perfección de lo humano, el hombre que Dios, desde siempre, ha querido y buscado. En la humanidad de Jesús, Dios se ve reflejado. Pero precisamente por esto, la humanidad de Jesús es la humanidad más lograda, más acabada, mejor realizada, la que se corresponde totalmente con el proyecto de Dios. Por eso, Cristo, Hombre perfecto, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Mirándole a él, sabemos a qué atenernos para realizar la imagen de Dios con la que todos hemos sido creados.

Jesús revela en su persona la verdad del hombre, al mostrarse él mismo como el “verdadero hombre”. Insisto: no se trata solo de que Jesús haya sido humano, semejante en todo a nosotros, aunque esto sea necesario para mantener la verdad de la Encarnación. Es necesario, además que en su humanidad, en su manera de existir y de comportarse, estemos ante un hombre verdadero, es decir, un hombre cuyas reacciones más espontáneas sean auténticas, justas, de modo que cualquier testigo de su vida se sienta movido a hablar y obrar como él, puesto que Jesús revela en su persona lo mejor del ser humano. Lo que cada uno de nosotros siente como una posibilidad lejana y hasta utópica, aunque deseable, Jesús lo revela realizado como si fuera lo más natural del mundo.

Como bien dice el Vaticano II “Cristo es principio y modelo de esa humanidad renovada, a la que todos aspiran, llena de amor fraterno, de sinceridad y de espíritu de paz”, porque él “nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana, y, por tanto, de la transformación del mundo, es el mandamiento nuevo del amor”. Nunca un hombre ha sido más hombre que Cristo, el Hijo de Dios.

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9
Dic
2015
Francisco y el espíritu del Vaticano II
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Mira por dónde, el Papa, en su homilía inaugural del jubileo de la misericordia, ha apelado al tan denostado “espíritu” del Concilio Vaticano II, que es “obligatorio no descuidar”. Denostado por algunos, claro. Otros pensamos que el Concilio es un acontecimiento que, como otros grandes hechos de la historia, va más allá de su momento propio y de la literalidad de sus textos, o sea, que debe ser juzgado no solo por sí mismo, sino por los movimientos que lo hicieron posible y por las repercusiones posteriores que ha tenido y desencadenado. Lo llamativo es que los mismos que descalifican el “espíritu” del Concilio son los que, de una u otra forma, descalifican al actual Papa. Eso es algo que ha ocurrido siempre en la historia de la Iglesia. Todos los Papas han tenido sus defensores y sus detractores.

Ahora bien, la defensa o la crítica de una posición depende del lugar en el que uno se sitúa. Al defender o criticar a otro, me estoy calificando a mi mismo. El problema de algunos (digo bien algunos y no todos) que muestran su desacuerdo con los gestos y palabras del Papa actual es que, con Papas anteriores, manifestaban su “incondicional” adhesión al papado. Está claro que esta adhesión no tenía nada de incondicional, pues estaba condicionada a que el Papa supuestamente decía, hacía y hasta pensaba lo mismo que pensaban los que le aplaudían con la supuesta incondicionalidad. Por el contrario, muchos de los que hoy alaban al Papa no apelan a adhesiones incondicionales a la figura abstracta del papado, sino al hecho de que simpatizan con los gestos y posiciones de Francisco.

En este asunto hay una grave confusión. Nunca en la Iglesia se ha dicho que el Papa merece adhesiones incondicionales. Eso lo dicen los fanáticos o los mal informados. Pero los que viven una fe madura según la libertad de los hijos de Dios saben que hay una serie de criterios teológicos para valorar las intervenciones del Magisterio, por ejemplo: la índole del documento, la frecuente proposición de una doctrina o la forma de decirlo.

El creyente adulto sabe discernir y no confunde la palabra del Papa con la Palabra de Dios, ni la palabra de Dios con sus imaginaciones piadosas. La imaginación piadosa, por ejemplo, nos lleva a decir que Dios castiga al pecador. El símbolo de la fe dice que “creemos en el perdón de los pecados”. En su homilía del pasado día 8, Francisco se expresó así: se ofende a Dios y a su gracia cuando se afirma que los pecados son castigados por su juicio, en vez de anteponer que son perdonados por su misericordia. Una de las cosas que tiene este Papa y que le granjean enemigos es que se le entiende.

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5
Dic
2015
Misericordia de generación en generación
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Un ocho de diciembre de hace 50 años se clausuraba el Concilio Vaticano II. El próximo día 8, fiesta de la Inmaculada, el Papa abrirá la puerta santa de la Basílica vaticana y comenzará así el año dedicado a la misericordia. Es todo un acierto que coincida el inicio de este año jubilar con la fiesta de la Virgen Inmaculada, porque ella proclamó que la misericordia de Dios se extiende de generación en generación. No es extraño que la Iglesia la proclame madre de misericordia y le pida que mire a cada uno de sus hijos con ojos misericordiosos.

La misericordia es una de las claves para entender la vida y la obra de Jesús. Por eso, la misericordia debe ser, como dice el Papa, la clave de bóveda de la Iglesia. Jesús mismo pidió a sus discípulos que fueran misericordiosos como el Padre celestial es misericordioso. Ahí está la perfección del discípulo, llamado a ser perfecto como el Padre celestial es perfecto. La perfección es la misericordia. En el caso de Jesús su misericordia llega hasta el extremo de no devolver mal por mal, y de sacar siempre bien del mal.

Este año jubilar de la misericordia no ha gustado a todos. Algunos dejan entender que misericordia sí, pero en su justa medida. Pero la misericordia no tiene límites. A veces los creyentes reclamamos justicia y nos indignamos ante ciertos hechos que, sin duda, son ofensivos para la religión. En el fondo, somos justicieros. Pero la justicia de Dios es su perdón y su amor. Dios es justo cuando perdona porque perdonando pone a cada uno en su sitio. Perdonando al pecador le está diciendo que su lugar es el de hijo de Dios, no el de enemigo de Dios.

Si el Padre celestial hubiera actuado con justicia nunca hubiera permitido que Jesús fuera crucificado. Pero, precisamente en el momento en que se comete la mayor de la injusticias, en el momento en que se asesina al justo de los justos, el Padre no interviene, no clama venganza, no grita que esta ofensa es imperdonable. Al contrario, en boca de Jesús aparecen los sentimientos del Padre, sentimientos de perdón, porque, en el fondo, los asesinos no saben lo que hacen.

Inmaculada tiene que ver con santidad. Toda santa es María, porque es toda de Dios y porque Dios la llena de gracia y de amor. María, fiel discípula de Jesús, modelo de todo creyente, nos invita hoy a mirar a su Hijo, y a hacer como ella siempre hizo: referir a Dios las maravillas que en ella había hecho. Unas maravillas muy distintas de las que el mundo proclama y busca. El mundo busca poder; María proclama que Dios derriba a los poderosos. El mundo busca grandeza; María proclama que Dios enaltece a los humildes. El mundo busca riqueza. María proclama que hay que llenar de bienes a los hambrientos. El mundo favorece la guerra; María proclama la misericordia y el perdón de Dios.

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1
Dic
2015
Donde está María hay diálogo
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En este mundo hay mucha necesidad de diálogo y de entendimiento entre personas y pueblos. Hay grupos y personas que no se hablan. Peor aún, esta falta de diálogo es fuente de malentendidos y de odios. María es un buen icono del diálogo. Allí donde aparece María, aparece el diálogo. Con el ángel en la Anunciación, María entabla un diálogo y expone las dificultades que ella encuentra. Es necesario escuchar las dificultades que tiene el otro para que pueda aceptar mis propuestas. En su visita a Isabel, también aparece el diálogo. Esta vez es Isabel la que pregunta a María: ¿cómo es posible que la madre de mi Señor venga a mi?. En el viaje a Jerusalén, con el niño adolescente, perdido y luego encontrado en el templo, de nuevo es María la que pregunta, porque no entiende, y quiere clarificarse: ¿cómo nos has tratado así a tu padre y a mi?

En Caná de Galilea, en una boda en la que falta vino, se entabla un diálogo, por momentos muy tenso, entre María y Jesús. Pero no es la tensión que lleva a la ruptura, sino la tensión resultado de la dificultad del diálogo, que se mantiene como tal tensión sin llegar nunca a la ruptura, precisamente porque se trata de encontrar una salida que sea satisfactoria para madre e hijo, una salida buena para los dos partes, en la que cada parte se diría que cede, precisamente para poder encontrar la salida común, que interesa a los dos. Las preguntas de María y las respuestas de Jesús, en la escena de Caná, no conducen a la ruptura, sino a superar las dificultades serias con las que se encuentran las partes para comprender y aceptar al otro. Hay preguntas rompedores, a partir de las cuales ya no hay diálogo, ya no se sigue hablando, se cierran las puertas. Y hay preguntas que buscan precisamente ampliar espacios, dejar espacio al otro, manifestando al otro que yo también necesito mi propio espacio.

Al pie de la cruz, cuando Jesús está ya exhausto, abandonado de Dios y de los hombres, María sigue allí y porque sigue allí hay diálogo. Aunque en este caso es Jesús solo el que habla. María escucha: ahí tienes a tu hijo, ahí tienes a tu madre. Hay situaciones en las que el mejor diálogo es escuchar con respeto, sobre todo cuando el que habla es un vencido, un derrotado, quizás injustamente. Ante el vencido, y no digamos ante el injustamente derrotado, lo que conviene hacer es escuchar. Este es el primer paso para remediar las injusticias.

El diálogo no es solo un instrumento práctico o pedagógico. Para los creyentes es una manera de creer que el espíritu no está solo en mi, sino en otros. Compartimos el mismo espíritu, por eso podemos entendernos. Y para los no creyentes es una manera de reconocer que la razón, lo más propio y característico de los humanos, no está solo en mi, sino en los otros; en este sentido el diálogo es una manera de reconocer la humanidad del otro, nuestra común humanidad. Compartimos la misma humanidad, por eso podemos dialogar y entendernos.

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26
Nov
2015
Después de cada noche viene un amanecer
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Adviento, tiempo de esperanza. Es doble la esperanza de la que habla el adviento: la del retorno glorioso de Jesús al final de los tiempos, y la que suscitó el Mesías nacido de María hace dos mil años. La esperanza del retorno glorioso de Jesús nos asegura que el final de los finales no será una vuelta al caos primigenio, sino la llegada del definitivo cosmos, una tierra nueva en donde todo estará en su lugar, cosa que ahora no siempre sucede. Ahora hay demasiada violencia, demasiada mentira, muchas armas que se venden y mucho dinero que se consigue a base de crear las condiciones más favorables para la guerra y el terror. Llegará un día en que Dios pondrá orden en todas las cosas, cuando Dios sea “todo en todos”, la realidad que todo lo determine. Porque cuando Dios determina la realidad, todo funciona necesariamente bien.

La que se suscitó con la llegada del Mesías fue una esperanza humilde, porque pocos se enteraron. Y los que se enteraron tampoco vieron grandes cambios; el caos seguía imperando en el mundo, aunque en sus vidas se suscitó una nueva ilusión y nuevas ganas de vivir. Vale la pena vivir, aunque la vida sea difícil. Y vale la pena trabajar a favor del bien y oponer resistencia al mal, no solo porque sin este esfuerzo las cosas todavía serían peores, sino sobre todo porque en este esfuerzo se hace presente el Espíritu Santo. Unos lo saben y otros no lo saben, pero lo importante es la presencia.

En estos momentos los países europeos están preocupados por la seguridad. Pagaremos un precio: habrá menos libertad y menos fraternidad; más controles y más desconfianza. Pero lo que en realidad necesitamos son grandes dosis de esperanza. Esperanza, que este año debería ir acompañada de la misericordia, siguiendo las orientaciones que nos ofrece el Obispo de Roma. Si logramos llenarnos de esperanza y contagiarla, el cielo se maravillará, y los ángeles cantarán de nuevo un himno de paz para las personas de buena voluntad. Pues “la fe que Dios prefiere es la esperanza” (Charles Péguy).

A Dios no le sorprende que haya personas de fe, pues en todas las criaturas, en el sol y las estrellas, en los peces del mar y en los pájaros que vuelan, en la calma de los vientos y en la mirada de los niños, es posible atisbar una huella de su presencia. Tampoco le sorprende la caridad, porque a la vista de tanta desgracia siempre hay algún corazón que se altera y se convierte en un samaritano misericordioso.

Pero la esperanza, esto sí que le sorprende: ver como estas pobres criaturas suyas que somos los humanos, a la vista de cómo va todo, creamos que mañana las cosas pueden ir mejor. Esto sí que es sorprendente: que el presente no augure nada bueno y, sin embargo, luchar por un mañana mejor. Hace falta una gracia increíble para convencerse de que después de cada noche viene un amanecer.

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