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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
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22
Nov
2015
La fe como búsqueda
6 comentarios

Si hace unos años se realzaban las dimensiones doctrinales de la fe, hoy tanto la teología como el Magisterio insisten en las dimensiones personales de la fe. La fe es, ante todo, un encuentro del creyente con el Dios vivo que se nos da a conocer en Jesucristo. Por la fe nos encontramos con el Dios fiel que establece una relación de amor con el ser humano. Por eso, como muy bien dijo el Papa Francisco, la fe nos saca de nosotros mismos, de nuestra autorreferencialidad: “el conocimiento de la fe no invita a mirar a una verdad puramente interior. La verdad que la fe nos desvela está centrada en el encuentro con Cristo, en la contemplación de su vida, en la percepción de su presencia”.

Esta dimensión de encuentro no debe ocultar que la fe es también una búsqueda. Toda persona religiosa debe recorrer un camino para encontrar al Dios que sorprende siempre. En esta búsqueda podemos encontrarnos los seguidores de las diversas religiones. Pero la dimensión de búsqueda concierne también a la vida de los que, aunque no crean, desean creer y no dejan de buscar. Este segundo sentido de la búsqueda se aproxima a la experiencia de muchos contemporáneos que, en lo referente a Dios se plantean preguntas, referidas sobre todo al silencio de Dios frente al mal y la violencia, a veces cometida en su nombre. Los creyentes deberíamos aprovechar esta experiencia de búsqueda para encontrar puentes de diálogo con esos que preguntan. Pues en la búsqueda hay un aspecto que introduce en la misma fe.

En efecto, la fe, en cuanto tal, tiene una dimensión de búsqueda. Tomás de Aquino explica que en la fe hay una adhesión firme a Dios, pero también hay un aspecto de inquisición y de búsqueda. El santo llega a decir que este aspecto de búsqueda tiene coincidencias con la duda. Lo interesante del análisis tomista es que este aspecto de búsqueda no es un momento inicial en la fe, que podría ser superado, sino un momento permanente, que nunca desaparece. La claridad no es lo propio de la fe, puesto que el creyente se encuentra con un Dios misterioso, el misterio por excelencia, que siempre se nos escapa. Esto explica que, en todo auténtico creyente, puedan surgir fácilmente movimientos de duda y vacilación, contrarios a aquello que firmísimamente acepta, como bien reconoce Tomás de Aquino.

Ser consciente de la búsqueda irremediable que comporta la fe, por una parte facilitaría la comprensión de los no creyentes y el diálogo con ellos. Y, por otra, facilitaría la mejor comprensión del propio creyente que, a veces, tiene la impresión de que cuánto más avanza en el camino de la fe, más preguntas se le suscitan y menos respuestas encuentra. Si el camino de la fe nos acerca al Misterio de Dios, es lógico que cuanto más cerca estamos del Misterio, más misterioso nos resulte. En cierto sentido, el encuentro con la luz es también encuentro con la oscuridad. Así se comprende que los místicos digan que avanzan en las tinieblas de la fe.

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18
Nov
2015
Discrepar desde la verdad
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En el Concilio Vaticano II hay un texto valiente a propósito de las religiones no cristianas, que pudiera servir, aunque con matices distintos, para la buena relación entre las distintas teologías y modos de vida dentro de la propia Iglesia. Dice el Concilio: “La Iglesia católica nada rechaza de lo que en estas religiones hay de verdadero y santo. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas, que, aunque discrepan en muchos puntos de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres”. Aquí se afirma que hay doctrinas y modos de vivir que discrepan en muchos puntos de las doctrinas y modos de obrar de la Iglesia católica, pero que, a pesar de la discrepancia, cada uno de estos modos puede reflejar destellos de la única Verdad, que es Dios. Si la única Verdad puede expresarse y vivirse de muchos modos, algunos discrepantes, tiene que ser porque esos modos nunca agotan la insondable riqueza de la Verdad. Los modos católicos tampoco agotan esa insondable riqueza, pues si la agotasen no podría haber otros discrepantes que también la reflejasen. A lo sumo, los otros modos serían confluyentes o la reflejarían en grado menor, no desde la discrepancia.

Los problemas empiezan cuando intentamos concretar los grandes principios. Habrá que analizar cada caso. ¿Es discrepante el concepto de Dios en el cristianismo y el Islam?; ¿y los conceptos de Dios como personal e impersonal? ¿En ambos casos hay un reflejo de la única Verdad? La insistencia en la unicidad de Dios no es contradictoria con la afirmación de la trinidad de personas, y si se entiende que Dios no puede ser persona como lo somos nosotros, decir que Dios es “impersonal” puede tener su parte de verdad. Más problemático resulta entrar en el terreno de la moral, aunque la moral siempre sea segunda con relación a la fe. Por poner un ejemplo delicado: ¿podemos considerar el matrimonio polígamo como un reflejo del amor divino y una buena manera de vivir el amor humano? ¿O habría que calificar la poligamia de “no natural” y aplicar el principio de que sólo “lo natural” puede ser reflejo de Dios? He utilizado comillas porque sospecho que el concepto de “natural” es otro de los motivos de discrepancia.

En cualquier caso, eso que se afirma sobre las otras religiones no puede aplicarse sin más dentro de la Iglesia. Los casos son distintos, porque en el primero cada religión conserva su identidad, y en el segundo (diferencias en el modo católico de entender y vivir) está en juego la unidad de la Iglesia. Las discrepancias que conducen a la ruptura no pueden ser reflejo de un mismo modo de entender la verdad. Pero eso no quita que, dentro de la Iglesia, pueda haber distintas teologías, distintos estilos de vida, distintas liturgias que, lejos de conducir a la ruptura, son reflejo de la inagotable riqueza de la verdad cristiana. Cada una de estas teologías o estilos de vida insisten en un aspecto del Evangelio. A veces lo hacen de forma parcial, pero en lo que tienen de bueno deben ser aceptadas. Y, en todo caso, el diálogo entre ellas debe comenzar por buscar los puntos buenos y concordantes para así situar más positivamente las diferencias.

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14
Nov
2015
Orar en las mezquitas por los franceses asesinados
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“El Islam no trata de imponer; invita a conocer. Ninguna religión puede fundamentarse en el odio o en la violencia, porque Dios es un Dios de paz y de amor”. Son frases literales pronunciadas, hace pocos días, por una mujer musulmana, en un acto público. Soy testigo de ello. Me parece oportuno recordar esta declaración ante los asesinatos cometidos ayer en París por un puñado de terroristas. Algunos testigos dicen que los asesinos dispararon al grito de “Alá es grande”. Si el Islam es una religión de paz y alguien utiliza el nombre de Alá para matar, la única conclusión lógica es que este terrorista profana el sagrado nombre de Alá. Y por tanto, sus propios correligionarios deberían ser los primeros en aclararlo y en condenarlo con todas sus fuerzas.

Los seres humanos hemos sido creados para la comunión. Pero a la vista de tantas muertes que, a lo largo de la historia, hemos provocado los unos y los otros, uno está tentado de pensar que el odio está instalado en lo más profundo del corazón humano. Me niego como cristiano y simplemente como ser humano a aceptar esta conclusión. Los humanos formamos una sola familia y estamos llamados a respetarnos unos a otros. Por eso, cuando ocurren actos tan abominables como los ocurridos en París el pasado viernes, es necesario proclamar muy fuerte que esto no es propio de la condición humana y, menos aún, de ninguna fe religiosa que se precie de tal. De ahí la necesidad de realizar algún gesto visible que nos mueva a creer en la bondad de la religión.

El gobierno de España ha propuesto que el lunes, a las doce, haya un minuto de silencio en recuerdo de las víctimas. Yo sugiero que donde se reúnan cristianos, el silencio se rompa con una plegaria. Pero estos gestos, siendo importantes, no resultarán significativos ni llamativos. Por eso propongo otro gesto fuerte, sorprendente, llamativo, claro y visible, a saber: que en todas las mezquitas de Europa el próximo viernes (día de plegaria para los musulmanes) los imanes dirijan una oración a Alá por los muertos en Paris, y también para que Alá cambie el corazón de los que asesinan maldiciendo su nombre. Y que a esta oración inviten a todas las personas de buena voluntad que quieran compartir con ellos esta plegaria a Alá, Dios clemente y misericordioso.

La violencia no soluciona nada. Destruye todas las soluciones posibles. Quizás sea lo que pretenden esos terroristas que, por cierto, utilizan unas armas que es posible comprar en París. Por eso no soy nada optimista. Pero necesitamos gestos como este que propongo (que los imanes nos convoquen en sus mezquitas para rezar por los muertos) para creer los unos en los otros, para seguir confiando los unos en los otros, y eso tanto más cuanto que algunos buscan que nos convirtamos en lobos los unos de los otros.

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11
Nov
2015
El Vaticano II marca hoy la vida eclesial
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El Concilio Vaticano II ha sido el acontecimiento que ha marcado la historia de la Iglesia de los últimos 50 años. Muchos de nosotros hemos vivido nuestro cristianismo en este clima post-conciliar. Es posible que alguno piense que el Concilio ya es historia. Pero yo tengo la impresión de que es un acontecimiento que sigue hoy marcando decisivamente a la Iglesia y que sigue suscitando polémica y división de opiniones. De hecho, los mismos que hoy critican al Papa Francisco son los que entonces criticaron y ahora critican al Concilio, y lanzan consignas de repliegue y de vuelta al pasado. Es curioso que, entonces y ahora, los críticos con los tímidos aires nuevos que, de vez en cuando, aparecen en la Iglesia, siempre apelen al Magisterio del pasado para negar valor al Magisterio vivo y presente. Siempre se sirven de los muertos para descalificar a los vivos. Quizás porque los muertos ya no pueden defenderse.

Por el contrario, los que están contentos con el Papa Francisco son los que valoran positivamente el gran bien que ha supuesto para la Iglesia el Vaticano II. Este Concilio era absolutamente necesario. Sin él, la Iglesia hubiera quedado encerrada en sí misma. El Concilio sigue siendo, todavía hoy, una llamada a la nuevo, a la renovación, a la escucha de lo que Dios quiere decirnos en los acontecimientos del presente

Si crisis hay hoy en la Iglesia y en el mundo, no saldremos de ella volviendo la mirada atrás. Sería la primera vez que las salidas se hicieran para atrás. De la crisis solo puede salirse hacia delante. A mi personalmente no me molesta que se hable de crisis. Porque la crisis nos recuerda que no hemos llegado, que siempre estamos en camino. Y la vida cristiana es un ir siempre hacia delante.

Una crisis no tiene porque ser mala. Los chinos, como se sabe, no utilizan alfabeto para escribir, sino signos. Pues bien, en chino la palabra crisis se compone de dos signos, el del peligro y el de la esperanza. La crisis traduce un momento de peligro, pero puede ser también motivo para la esperanza. Dios quiera que este segundo momento sea el decisivo en la crisis actual que, al decir de algunos, estamos atravesando.

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8
Nov
2015
Enviados a anunciar el Evangelio
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Se acaba de inaugurar el año jubilar por los 800 años de vida y misión de la Orden de Predicadores. Algunos nos conocen como “dominicos”, por haber sido fundados por Domingo de Guzmán. Lo que Domingo quiso fue una familia, compuesta ya desde sus comienzos por monjas, laicos y frailes, que tuviera como misión fundamental anunciar el Evangelio. Domingo fundó la Orden de Predicadores. ¿Por qué? Primero porque el Evangelio es fuente de alegría, de vida y de sentido para todo ser humano. Por eso, lo mejor que puede hacer alguien que ha descubierto el valor del Evangelio es darlo a conocer. Y lo dan a conocer, por decirlo con una expresión de Tomás de Aquino, los “predicadores de la fe”. Y luego, porque en tiempos de Santo Domingo, por distintos motivos, el Evangelio no era bien anunciado. Y cuando un producto maravilloso se publicita mal, corre el riesgo de no ser acogido o de ser acogido de forma inadecuada.

Los dominicos no pretendemos tener ninguna exclusiva. Pretendemos anunciar el Evangelio de la gracia y de la misericordia. Si otros lo hacen, bien venidos sean. Nosotros lo anunciamos con un estilo propio, hecho de oración y estudio, y desde una comunidad de hermanos. La contemplación, que vale por sí misma, es imprescindible para transmitir lo contemplado.

Este pasado sábado, día 7, la etiqueta #op800 fue “trending topic” en España y en Estados Unidos. Noticia interesante, pero secundaria. Con todo es reflejo de que muchas y muchos tuvieron interés en que este Jubileo fuera conocido. También el sábado por la tarde, en la Iglesia de las Monjas dominicas de Santo Domingo el Real de Madrid, en donde se conserva la pila en la que fue bautizado Domingo de Guzmán, representantes de la familia dominicana en España celebraron unas Vísperas inaugurales del Jubileo, presididas por el Arzobispo de Madrid.

Monseñor Osoro tuvo una intervención no sólo cercana y cariñosa, sino brillante. Habló, de la comprensión, de la compasión, de la capacidad de acogida que debe caracterizar la vida de las y los dominicos, empleando una sugerente imagen; y añadió: “sigan ustedes así”. Su homilía se centró en tres palabras: gratitud, peregrinación y ocupación. Gratitud a Dios por su llamada. Peregrinación porque nos llama a salir de nosotros mismos, a dejar nuestra tierra; ahora bien, un peregrino, a diferencia de un vagabundo, sabe cuál es la meta, sabe a dónde va. Y ocupación: permanentemente ocupados en anunciar el Evangelio, teniendo en cuenta la diversidad de circunstancias, lugares, tiempos y personas.

El domingo, día 8, tuvo lugar, en la Iglesia de san Pedro mártir, la solemne Misa inaugural, que TVE2 retransmitió. Pueden encontrar el video en nuestra página web. La homilía fue muy apropiada. La Iglesia llena. El coro de 200 personas espectacular. Un buen solista y 200 voces distintas, bien dirigidas, acompañadas por un órgano y dos violines, todas de la misma familia, en una hermosa sinfonía, signo de pluralidad en la comunión.

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5
Nov
2015
Vaticano II 50 años después
3 comentarios

El ocho de diciembre, en la fiesta de la Inmaculada Concepción del año 1965, el Papa Pablo VI clausuraba el Concilio Ecuménico Vaticano II. Están a punto de cumplirse, pues, los cincuenta años de la clausura de un acontecimiento que ha marcado la reciente vida de la Iglesia. Es una buena ocasión para recordarlo, siempre que utilicemos bien este recuerdo.

En efecto, el recuerdo no es ni una vuelta al pasado, ni una nostalgia de un pasado que nunca volverá, ni un simple hacer memoria de algo que está lejos de nosotros y no nos afecta. En la Biblia el “recuerdo” es un hacer presente. En esta línea me parece que debemos recordar al Vaticano II. Recordar hoy al Vaticano II es recuperar sus grandes intuiciones, hacer presente su espíritu en aquellas realidades eclesiales que el Concilio no pudo prever, porque la historia avanza y aparecen nuevos problemas y necesidades, actualizar sus mejores aportaciones y prolongar aquellas cosas que el concilio solo dejo esbozadas o insinuadas.

Se trata, por tanto, no sólo de recordar la letra del Concilio. Sin duda, el Concilio dijo cosas muy interesantes, que han servido para renovar la teología y para vivir mejor nuestra vida cristiana (piénsese, por ejemplo, en lo que ha supuesto la renovación litúrgica, el ecumenismo o el acercamiento del texto bíblico a los creyentes). Pero quedarnos en esto, no es suficiente. Tan importante o más que lo que el concilio dijo es el espíritu con el que lo dijo, el impulso renovador que desencadenó.

Precisamente las dificultades que ya desde el inicio mismo del concilio hubo y sigue habiendo para acogerlo no vienen principalmente de “la letra”, aunque también, sino del “espíritu”. En la Iglesia siempre ha habido creyentes que han tenido dificultades para vivir el presente, para renovarse y mirar la futuro. Esos creyentes, so pretexto de fidelidad al pasado, son en realidad inmovilistas. No quieren que nada se mueva, que nada cambie, no comprenden que la vida está en permanente movimiento, no aceptan que sus hijos o sus nietos no sean igual que ellos. Por eso es adecuado llamarlos conservadores, porque solo quieren conservar. Pero el conservador no tiene futuro.

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2
Nov
2015
Preguntas trampa
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A lo largo de su ministerio Jesús se vio confrontado a una serie de preguntas trampa, hechas con mala intención con el fin de comprometerle y de dejarle en una mala posición. Los evangelistas lo dicen literalmente. Los fariseos, los herodianos, los legistas hacen preguntas a Jesús con la intención de tenderle una trampa. Esto nos remite a algo muy presente en la vida de Jesús: su diálogo con sus contemporáneos fue, con bastante frecuencia, conflictivo.

El que pregunta con la mala intención de tender una trampa plantea un dilema del que es muy difícil salir. Sea cual sea la respuesta, el preguntado quedará en mal lugar y será criticado por unos o por otros. A Jesús la preguntan, por ejemplo, sobre la indisolubilidad del matrimonio “para ponerle a prueba” (Mt 19,3). Si Jesús responde que un marido no puede repudiar a su mujer, irá contra la ley de Moisés; pero si responde que puede repudiarla “por cualquier motivo”, como insinúa la pregunta, parecerá un laxista peligroso. Lo mismo ocurre con la mujer adúltera (Jn 8,6). Si dice que no hay que lapidarla va contra la ley de Moisés; si dice que hay que apedrearla entra en conflicto con la ley romana y puede ser denunciado. Y lo mismo con el impuesto. Si dice que hay que pagarlo, parece un colaborador de los romanos; si dice que no hay que pagar, puede ser acusado de insumiso.

Jesús no cae en estas trampas. Unas veces responde con el silencio. Otras con otra pregunta que pone a sus interlocutores en un apuro: “el bautismo de Juan, ¿viene de Dios o de los hombres?”. El que le interroga sobre el impuesto lleva monedas en el bolsillo. Jesús, al hacérsela sacar, manifiesta que en cuestiones de dinero los judíos pactaban con el imperio. El dinero no sabe de ideologías, pero Jesús dice que hay que ser coherentes con los principios que uno dice tener. La respuesta de Jesús ante la pregunta de si hay que apedrear a la mujer adúltera, obliga a sus interlocutores a preguntarse por su propia inocencia: “el que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra” (Jn 8,7). No es una mala observación, válida también hoy.

No es a base de recetas prefabricadas, de teorías abstractas o de fidelidades jurídicas como se ayuda a las personas. A las personas se las comprende y se las ayuda poniéndose en su piel. Mejor aún, acomodando nuestra mirada a la mirada de Dios: “no juzguéis y no seréis juzgados”, traducido por el Papa en un “quién soy yo para juzgar”. Con esto no quiero justificar nada, pero sí quiero decir que antes de condenar hay que tratar, al menos, de comprender. Sin olvidar que la mejor justificación de “lo correcto” no es el rechazo del otro sino el propio ejemplo.

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29
Oct
2015
Celebrar todos los santos en el año de la luz
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El presente año 2015 ha sido proclamado por la Asamblea General de las Naciones Unidas como “Año Internacional de la Luz y de las Tecnologías basadas en la luz”. España es uno de los 35 países que patrocinan esta resolución. Ofrezco una idea a los profesores de religión y a los agentes de pastoral de los colegios católicos: aprovechar este acontecimiento para hacer notar a los alumnos las distintas perspectivas desde las que es posible considerar la luz. No solo hay perspectivas científico-técnicas. También las hay esotéricas: el número 5 está marcado por un simbolismo energético que representa la fuerza y la unión de los cinco elementos que son aire, agua, tierra, fuego y éter. Otra perspectiva puede ser la artística: la pintura, ¿no es en muchas ocasiones un juego de luces? Otra es la religiosa y, más en concreto, la cristiana. De hecho el Nuevo Testamento dice que “Dios es luz”, que “Cristo es la luz del mundo” y que los cristianos son luz de la tierra.

La fiesta de todos los santos tiene mucho que ver con la luz. Los santos, aquellos que reflejan en sus vidas la santidad de Dios, son luces de esperanza, porque ofrecen buenas orientaciones para nuestra vida. La vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso. En este viaje necesitamos luces que nos indiquen la ruta. Estas luces son las personas que han sabido vivir rectamente, personas solidarias y generosas, gente misericordiosa que da luz reflejando la luz de Cristo. Todos hemos conocido gente así, aunque nunca hayan salido en la prensa, y su influencia se haya limitado a las personas que les resultaban más cercanas. Pero no importa. Nunca sabemos hasta dónde llega la bondad que esparcimos. Pensamos que solo alcanza a una persona, y a lo mejor, a través de esta persona, alcanzamos a muchas otras. Ningún acto bueno se pierde. En realidad, todos llegan hasta el cielo. Por eso tienen una dimensión universal.

No se puede invocar a los santos que ya han llegado a la meta sin preguntarnos por nuestra vivencia de la santidad aquí en la tierra. Porque en esta tierra necesitamos luces. San Pablo decía que los cristianos son como antorchas que brillan en medio de esta generación, puesto que muestran una razón para vivir. Mostrar una razón para vivir es dar razones a los otros para que vivan. Este mundo tortuoso necesita luces y razones. Acoger, por ejemplo, a los que han escapado de las guerras y barbaries que tienen actualmente lugar en Siria, Irak o Afganistán, es una manera de hacer que esta gente vea la luz. Hay más ejemplos. Sin duda los lectores de este post agradecerán que se añadan otros en la zona de comentarios.

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25
Oct
2015
Las conclusiones del Sínodo y el color de mi cristal
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Algunos titulares con los que se ha informado de las conclusiones del Sínodo son un buen reflejo de la ideología del informador. El Sínodo no es una batalla entre buenos y malos, los buenos supuestamente los más conservadores y los malos los más abiertos. En el Sínodo ha ocurrido algo parecido a lo que ocurrió durante el Concilio Vaticano II. En el aula conciliar pronto quedaron de manifiesto dos tendencias, que se conocen como la mayoría (en este caso renovadora) y la minoría conciliar. También en el Sínodo han aparecido dos tendencias, cosa bastante normal en todo grupo humano. El mismo Papa en su discurso final del Sínodo constató que lo que a unos Obispos les parece “normal”, a otros les resulta “extraño”; lo que unos consideran “violación de un derecho en una sociedad, puede ser un precepto obvio e intangible en otra”.

Ya decía Tomás de Aquino que la experiencia influye en la vivencia de la esperanza. Podemos añadir: y en la vivencia y comprensión de la fe. Y mucho más en las conclusiones que de la fe se derivan. De ahí que sea difícil, y cuanto más delicada es la materia, mas difícil es ofrecer soluciones concretas válidas para todos. Lo concreto vale para cada uno. Por eso el Papa, en su discurso, añadió que los “verdaderos defensores de la doctrina no son los que defienden la letra, sino el espíritu, no las ideas, sino la persona, no las fórmulas sino la gratuidad del amor de Dios y su perdón”. Cuando las fórmulas y la doctrina se convierten en arma arrojadiza o en elemento excluyente y condenatorio, dejan de ser católicas.

Lo que el Sínodo ha ofrecido al Papa son unas conclusiones muy matizadas. Que dan pié a distintas soluciones. Hay afirmaciones que suenan bastante bien. Por ejemplo, eso de dejar sentado que en los divorciados vueltos a casar, “el Espíritu derrama sus dones y carismas para el bien de todos”. O que las personas que se encuentran en esta situación deben hacer un camino para integrarse más plenamente en la vida de la Iglesia. Del documento puede deducirse que el momento de esta integración deben decidirlo ellos en su “fuero interno”. El fuero interno es la conciencia. Y cada uno puede preguntarse qué significa una integración “plena” en la vida de la Iglesia.

Como ocurrió con el Vaticano II, las conclusiones del Sínodo son un texto de compromiso, pero un compromiso que da pasos adelante y permite avanzar. Así son las cosas en la Iglesia y así son las cosas en materia doctrinal. Hay que actuar con cuidado para que todos puedan sentirse dentro y en comunión con los demás. Benedicto XVI, en un famoso discurso sobre la hermenéutica conciliar, no dijo que había que interpretar el Concilio a la luz de la tradición. El mismo Concilio es tradición. Lo que Benedicto XVI proponía era un equilibrio entre continuidad y alteridad. Estas fueron sus palabras: “Precisamente en este conjunto de continuidad y discontinuidad en diferentes niveles consiste la naturaleza de la verdadera reforma”.

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23
Oct
2015
Una vela al diablo
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Me contaba un Obispo sudamericano lo que le había ocurrido cuando visitó a unas personas humildes y pobres. En una casa bastante oscura había colgado en la pared un cuadro antiguo, con una vela delante. El obispo quedó intrigado porque no reconocía al personaje del cuadro. Y cuando preguntó a aquella buena gente de qué santo se trataba, le dijeron: “es el diablo”. La vela, según la explicaron, estaba allí por precaución, porque conviene poner una vela a Dios y otra al diablo.

La anécdota puede ser reflejo de muchas cosas. Una vez alguien me preguntó si yo creía que había espíritus malignos que pululaban por las casas. Cuando vio mi escepticismo se quedó un poco molesto, porque según él, una persona muy querida conocía a una visionaria que le aseguraba que en su casa había malos espíritus. Hay gente muy crédula, quizás tanto más crédula cuanto más temerosa. La anécdota puede también reflejar la necesidad de protección que muchos buscamos frente a los “poderes” del mal. Para protegernos de esos poderes conviene tenerlos contentos. Si el diablo es el amo del mal, lo mejor es no disgustar al amo y mostrarle respeto y consideración.

Finalmente, la anécdota podría ser el reflejo de algo mucho más serio. Estoy pensando en lo que a muchos cristianos nos ocurre con el dinero. La palabra de Jesús es clara, radical: no podéis servir a dos señores, no podéis servir a Dios y al dinero. No dice “no debéis”, sino “no podéis”. Siempre se sirve a uno u otro Señor y cuando se pretende servir a dos, en realidad se está sirviendo a uno. En cierto modo vivimos en la contradicción: decimos que Dios es nuestra única seguridad, pero luego tenemos un montón se “seguros”. Ninguno de ellos sirve para aquello que dice servir: los seguros de salud los empleamos precisamente cuando estamos enfermos; los seguros de vida tienen efecto cuando estamos muertos. El pretender servir a Dios y al dinero puede ser la traducción post-moderna e ilustrada del poner una vela a Dios y otra al diablo. Pura contradicción.

En última instancia nuestro apego a las riquezas se convierte en un asunto teologal. Teologal en negativo. Se trata de una barrera que se interpone entre nosotros y Dios. El dinero no puede constituir para el humano la garantía suprema y definitiva de su vida, porque eso no puede serlo más que Dios. El ser pobre se convierte así en un modo de ser, un modo de situarse ante la vida y ante Dios.

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