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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

30
Abr
2026

Yo soy el camino que conduce a la vida

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caminoverdadvida

En el quinto domingo de Pascua volvemos a encontrarnos con la expresión “Yo soy”, que Jesús dice de sí mismo. A la pregunta de Tomás, que bien puede ser la pregunta de todo cristiano e incluso de toda persona de bien, a saber, cuál es el camino correcto que debe seguir, Jesús responde: “Yo soy el camino”. El camino conduce a alguna parte, y está para ser recorrido. La pregunta que se suscita es: si Jesús es el camino, ¿cómo puede recorrerse este camino, como se recorre una persona? Mediante el seguimiento. Siguiendo a Jesús recorremos el mismo camino que él abre.

El seguimiento de Cristo es posible porque está a nuestro alcance, a nuestro nivel, porque es un camino plenamente humano. La humanidad de Cristo es la que hace posible el seguimiento. Si olvidamos la realidad humana de Jesús y pretendemos que su camino es divino, fácilmente concluiremos que lo suyo es irrepetible y que a nosotros no se nos puede exigir vivir como él vivió. Ahora bien, si su camino es humano, si Jesús lo recorre en las mismas condiciones, con similares dificultades, idénticas tentaciones y parecidas ilusiones que las nuestras, eso significa que se puede recorrer, que estamos ante algo que puede ser nuestro porque está a nuestro nivel. Decía San Hipólito: “Sabemos que se hizo hombre de nuestra misma condición, porque, si no hubiera sido así, sería inútil que luego nos prescribiera imitarle como maestro. Porque, si este hombre hubiera sido de otra naturaleza, ¿cómo habría de ordenarme las mismas cosas que él hace, a mí, débil por nacimiento, y cómo sería entonces bueno y justo?”.

Jesús, tras decir que es el Camino, añade que es también “la Verdad y la Vida”. A este respecto San Agustín y Santo Tomás de Aquino notaban que en Cristo se unen el camino y el término del camino: “¿Quieres saber por dónde has de ir? Oye que el Señor dice primero: Yo soy el camino. Antes de decirte a donde, te dijo por donde: Yo soy el camino. ¿Y a dónde lleva el camino? A la verdad y a la vida. Primero dijo por donde tenías que ir, y luego a donde. Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Permaneciendo junto al Padre, es la verdad y la vida; al vestirse de carne, se hace camino” (San Agustín). “Es el camino según su humanidad, el término según su divinidad. En este sentido, en cuanto hombre, dice: Yo soy el camino”, precisaba Tomás de Aquino.

En esta línea, el Concilio Vaticano II, tras afirmar que con su encarnación el Hijo de Dios se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, y así nos dio ejemplo para seguir sus pasos, añade que “además, abrió el camino, con cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido”. Siguiendo el camino de Jesús, se puede vivir sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte. Y de esta forma tenemos ya vida eterna, viviendo en la esperanza de resucitar en el mundo futuro (cf. Jn 6,40.54).

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