Abr
Yo soy la puerta
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“Yo soy”, traducción del hebreo Yahvé, es el modo como Dios se revela a Moisés (Ex 3,14). Este “yo soy” hay que entenderlo en un sentido activo y dinámico: yo soy el que siempre está presente, el único salvador, el que existe y actúa en favor de Israel. Jesús utiliza la expresión “Yo soy” identificándose con el nombre divino del Antiguo Testamento: “Antes de que Abraham existiera, Yo soy” (Jn 8,58), dice Jesús a los judíos, que ven en esta identificación una blasfemia, hasta el punto de que tras esta declaración de Jesús “tomaron piedras para tirárselas” (Jn 8,59).
En muchas ocasiones Jesús especifica el “yo soy” con calificativos salvíficos: yo soy el pan de vida, el agua viva, la luz del mundo, el buen pastor, el camino, la verdad, la vida y la resurrección. Quizás uno de los calificativos menos conocidos lo escucharemos en el evangelio de este próximo domingo: “Yo soy la puerta”, título tan interesante como los otros. La puerta abierta permite entrar y salir, permite la libre circulación, expresa la acogida. La puerta cerrada protege. Por eso, en la antigüedad las ciudades tenían puertas que, al cerrarlas, garantizaban la seguridad de sus habitantes. En este sentido dice Jn 20,19, que los apóstoles estaban en un lugar con las puertas cerradas, por miedo a los judíos; y añade que Jesús resucitado tiene poder para atravesar todas las puertas cerradas y hacerse presente en medio de nuestros miedos.
En el libro de los salmos aparece con frecuencia el tema de la puerta. Yahvé ama las puertas de Sión (Sal 87), que él mismo ha consolidado (Sal 147,13). El peregrino que va a Jerusalén se alegra cuando sus pies pisan los umbrales de la ciudad (Sal 122) y, sobre todo, cuando pisa el umbral de la Casa de Dios (Sal 84). Entonces puede cantar: “Aquí está la puerta de Yahvé, los justos entrarán por ella” (Sal 118,9-20). El justo entra por donde en otro tiempo entró el rey de la gloria (Sal 24,7).
Todo esto encuentra su realización acabada en Jesús. En su bautismo se abre el cielo (Mt 3,16), y así él se convierte en la puerta que introduce en la salvación, pues quien entra por ella encuentra buenos pastos, o sea, los alimentos divinos (Jn 10,9). “Por él tenemos libre acceso al Padre” (Ef 2,18). Él es la puerta, y está llamando a nuestra puerta, para entrar en nuestra casa y convertirla en su casa (Ap 3,20). Como muy bien dice uno de los prefacios de este tiempo de Pascua, “por Cristo se abren a los fieles las puertas del reino de los cielos, porque en su gloriosa resurrección hemos resucitado todos”. La resurrección no es solo un acontecimiento que concierne a Jesús, sino que nos concierne a nosotros, pues él ha resucitado como “primicia” (1 Cor 15,20-23), o sea, como el primero de una larga lista de hermanos.
La puerta, que es Cristo, introduce en el reino de la “vida abundante”, de la vida en la que hay suficiente pan y alegría para todos, porque el pan y la alegría desbordan por todas partes. Cristo es la puerta de la esperanza, “la puerta Hermosa” (Hech 3,2), que introduce en “las muchas moradas de la casa del Padre” (Jn 14,2), la única puerta correcta, la entrada en la felicidad.