Jun
Misión gratuita
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Tanto en la primera lectura como en el Evangelio del domingo 11 del ciclo A, se trata de una elección: Dios elige a un pueblo, Dios elige a un grupo de apóstoles. Pero, en contra de lo que pudiera parecer, esta elección no comporta privilegio alguno, sino nuevas responsabilidades. La elección se hace con vistas a una misión. Si el pueblo elegido se convierte en “propiedad” de Dios, no es menos cierto que “mía es toda la tierra”. En realidad, el pueblo es elegido para ser “un reino de sacerdotes y una nación santa”. Pueblo de sacerdotes: pueblo que alaba al Señor y canta sus maravillas; pueblo que da testimonio de la grandeza y la bondad de Dios. Nación santa: nación que refleja en su vida la santidad de Dios, el único santo, y al reflejarla se convierte en presencia de Dios ante los demás. Pueblo de sacerdotes y nación santa porque el pueblo está llamado a dar testimonio de lo que Dios hace con él, de la respuesta que Dios espera a su amor; y de lo que Dios quiere hacer con todos sin excepción, esperando de todos una respuesta que corresponda a su amor.
También los apóstoles son elegidos con vistas a una misión: “la mies es abundante” y se necesitan “trabajadores” para la mies. Esta tarea misionera no puede entenderse como proselitismo, como celo desmesurado para que los demás se pasen a mi bando. La misión es necesaria y urgente porque quién acoge la buena noticia siente como su vida se transforma y se llena de alegría. Es el bien del ser humano la razón de la misión. Por eso el misionero debe “expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad”. El anuncio del Evangelio produce un cambio de mentalidad (“espíritus inmundos”): al saber que Dios me ama, desaparecen mis miedos y mis complejos. Y es una sanación de la vida (“curar enfermedades”): no es un consuelo fácil y superficial, sino una transformación que afecta a todas las dimensiones de la existencia y que me hace más persona. La salvación alcanza a todas las dimensiones de lo humano, de modo que si el encuentro con Dios no te hizo más persona (¡y persona solidaria!) no fue a Dios a quién encontraste.
La misión brota de la fe, de la respuesta al Dios que me llama. Una fe que no se convierte en testimonio es una falsa fe, una incredulidad escondida. Por eso, todo creyente está llamado a la misión. Todo creyente es un testigo. Entre los doce primeros apóstoles que Jesús llamó había gente de todo tipo: gente con tendencias políticas diferentes, con talantes distintos, con posibilidades intelectuales diversas. Pero todos fueron llamados. Dios no hace acepción de personas. Llama a todos, principalmente a los “pecadores” (segunda lectura: “Cuando estábamos sin fuerzas, Cristo murió por los impíos”). Todos estamos invitados a dar testimonio de lo bueno que Dios ha sido con nosotros. Y de invitar a otros a tomar conciencia de cuanto les ama Dios, aunque también ellos sean pecadores.
Se trata de un testimonio gratuito. El amor es gratis. Se recibe gratis, se da gratis y se anuncia gratis. Fuera del contexto de la gratuidad podemos hablar de muchas cosas. Pero nunca de amor.