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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

15
Jul
2026

Mundial de futbol: todos mestizos

1 comentarios
todosmestizos

Personalmente me alegro de que España vaya a jugar la final de la Copa del Mundo de futbol. Porque es un juego, ¿verdad? ¿O hay muchos millones en juego? En todo caso, me entristecen los comentarios despectivos y de tinte racista que se han hecho sobre algunos jugadores de uno y otro equipo. También me entristece que las competiciones de futbol hayan dejado de ser un juego para convertirse en negocio. Son dos signos del mundo en que vivimos: un mundo polarizado, en el que las diferencias separan, en vez de enriquecer; y un mundo en el que el dinero lo condiciona todo, sin tener en cuenta la dignidad de las personas y las necesidades humanas. Porque no dejan de ser escandalosos los millones que se mueven en torno al futbol.

Yo he tenido todo tipo de alumnas y alumnos, de muchos países y culturas. Y con todos me he sentido cómodo, a todos he intentado tratar por igual; creo que todos me han apreciado y valorado. Pues bien, hace ya mucho tiempo que, cada vez que resulta oportuno, suelto una frase que veo que agrada a mis oyentes: todos somos mestizos. Sí, todos tenemos genes de todo tipo, hasta genes de los hombres de Neandertal. Las emigraciones y desplazamientos de personas son tan antiguos como la historia. El ser humano ha sabido adaptarse a todos los ambientes. Esta adaptación le ha modelado física, psicológica y espiritualmente. El clima y la alimentación han configurado nuestros rasgos y colores. Todos tenemos algo de todos.

Somos todas y todos hermanos, no solo porque procedemos del mismo origen, sino porque en cada uno están huellas de los demás. En España, ¿quién no tiene abuelos o parientes que hayan emigrado a América, o a países europeos como Francia, Alemania y Suiza? Mis ocho apellidos mallorquines están repartidos por el resto del mundo. Y mis dos apellidos, paterno y materno, por toda España. Cuando muchos nacidos en América vienen hoy a España, ¿cómo no ver en ellos a nuestros propios abuelos que regresan a casa? Es lamentable despreciar al que tiene algún rasgo diferente, porque este pequeño rasgo no le hace diferente. En todo es igual a mí.

El desacuerdo es una cosa. La descalificación es otra. Con el que está en desacuerdo es posible dialogar y hasta llegar a entenderse. La descalificación separa, aleja. Y mientras permanece, cada vez aleja más. Si el juego, cuyo objetivo es entretenernos y divertirnos, sirve para descalificarnos, ha dejado de ser juego y se convierte en batalla. Cierto, una batalla donde el arma es la lengua. La lengua, que sirve para bendecir, cuando maldice se convierte en “fuego que abrasa un bosque grande” (Stgo 3,5). La corrupción de lo bueno produce los peores resultados.

Y una cosa más, que nos afecta directamente a los cristianos: “no somos extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios” (Ef 2,1). O sea, en la Iglesia no hay extranjeros. Entre otras cosas porque los cristianos somos peregrinos y huéspedes sobre la tierra (Heb 11,13), puesto que vamos en busca de una patria mejor: el cielo (Heb 11,16). Todos somos ciudadanos del cielo. Por eso no hay extranjeros. Tenemos la misma patria, el mismo pasaporte, el mismo destino.

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