Jul
Manso de corazón
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Hace unas pocas semanas celebramos la fiesta del Corazón de Jesús. Fiesta que algunos consideran que está pasada de moda. Más de uno y de una me ha planteado la pregunta: “¿Cómo celebrar unas vísceras?”. Visto así, efectivamente, no tiene sentido. Pero en la Escritura, y también en nuestro lenguaje corriente, la palabra corazón tiene otro sentido: designa los sentimientos más puros y limpios del ser humano. Al encontrarnos con una persona generosa y comprensiva decimos: ¡qué gran corazón tiene! Celebrar el corazón de Jesús no es sólo contemplar la inmensa bondad del Señor, sino también preguntarse: ¿dónde pone Jesús su corazón? ¿No es en los pobres, en los necesitados, en los hambrientos? Pues allí donde Jesús pone su corazón, allí podemos encontrarlo.
Viene todo esto a propósito del Evangelio de hoy: Jesús se autoproclama “manso y humilde de corazón”. Manso y humilde no tiene que ver con debilidad o falta de temperamento. Jesús tiene fuerza, una fuerza transformadora, pero esta fuerza no se impone con el poder, sino con el amor. La primera lectura puede ayudar a comprender. El profeta habla de un rey “justo y victorioso” que cabalga “en un asno”. Estas palabras tuvieron su cabal aplicación en Jesús, cuando entró en Jerusalén montando sobre un asno. Los guerreros, que llevan la espada para herir y matar, montan a caballo. Montar en un asno es venir en son de paz. Jesús es este príncipe de la paz, que trae una noticia transformadora y exigente, pero la propone desde el amor para ser acogida con amor. En Jesús, el ser humano encuentra “el descanso”.
En este contexto se comprende lo que Jesús añade: “mi yugo es llevadero y mi carga ligera”. Los escribas y fariseos se caracterizaban por imponer a los demás el duro yugo de la ley, que era una carga pesada. La carga de Jesús es ligera, no porque no sea exigente, sino porque no se impone por la fuerza. En realidad, Jesús no impone cargas a nadie. Invita a un cambio de vida (léase en esta perspectiva, la segunda lectura de hoy: “el Espíritu de Cristo habita en vosotros”). Y de la nueva vida del creyente brotan frutos de vida para él y para los demás. Pero brotan no como resultado del cumplimiento de una ley, sino como resultado de la transformación de la vida. Brotan, en definitiva, espontáneamente. Lo que nace de dentro, no cuesta. Hay dos maneras de atender a un enfermo y de pasar largas noches sin dormir al lado del enfermo: porque uno se lo toma como una obligación impuesta, o porque uno ama al enfermo, y el estar a su lado “no cuesta nada”. “Es mi amigo, sabe usted”. “Y yo, por mi amigo, hago lo que sea”. Los amigos no pesan.
Desgraciadamente muchas veces hemos anunciado el evangelio como si fuera una ley: “tú tienes que ser pobre”, “tienes que cumplir los mandamientos”. Pero el Evangelio no es ninguna ley: es una nueva posibilidad de vida. No impone nuevas cargas, te invita a vivir de otra manera. Por eso no debe nunca anunciarse como un “tú debes”, sino como un “tú puedes”. Tú puedes vivir de otra manera, tú puedes ser feliz viviendo de otra manera.