Jun
El Papa en unas islas grandes en humanidad
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El pueblo español ha respondido a un magnífico León XIV. Digo bien el pueblo español, o sea, las muchas personas buenas y sencillas que le han escuchado y aplaudido, y se han aprovechado de las muchas cosas que ha dicho. Algunos políticos han buscado aprovecharse de su imagen. Peor aún, no han respondido. En el Congreso de los diputados, al día siguiente de que todos aplaudieran su discurso, en el que dijo que la pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario, todo seguía como de costumbre, o sea, en vez de buscar juntos el bien de los ciudadanos, dentro de las legítimas diferencias, las descalificaciones mutuas eran lo habitual.
La visita pastoral del Papa ha terminado en las Islas Canarias, estas islas grandes en humanidad. León ha cumplido el deseo de Francisco que quiso ir allí, pero no pudo; y ha mostrado su cercanía y solidaridad con los muchos inmigrantes que se juegan la vida para llegar a estas islas, así como su agradecimiento a las muchas personas que les acogen y ayudan. La inmigración es un serio problema con muchas vertientes, pero lo fundamental es ayudar a las personas que llaman a nuestra puerta, huyendo del hambre, de la persecución y de la pobreza extrema.
Tanto los testimonios de los migrantes, y de las personas que les ayudan y acogen, como los discursos del Papa han sido impresionantes. El Papa no habló solo para los canarios, sino para toda Europa. Los europeos no podemos consentir que el Mediterráneo o el Atlántico se conviertan en cementerios sin lápidas. Somos responsables de la hermana y del hermano frágil, porque es nuestra propia carne. Y como es nuestra debemos cuidarla. Todos somos migrantes, también la Sagrada Familia de Nazaret, dijo el Papa. Y añado por mi cuenta: todos somos mestizos.
No se olvidó de los monstruos que se aprovechan de la desesperación: mafias que organizan rutas de muerte, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores, esclavizan a mujeres y niños, y convierten el sufrimiento ajeno en negocio. Ni de las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo. Pero en Canarias se trataba de la acogida que debemos dar a los emigrantes. Y, como Papa, recordó que la Iglesia debe dejarse interpelar. La acogida es lo propio de la Iglesia, no puede ser algo secundario ni delegado a algunos voluntarios.
En su homilía en el Puerto de Santa Cruz, León XIV recordó que todos hemos nacido para “el encuentro”, y citó unas palabras del Vaticano II: “el hombre no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo”. Entrega a Dios, en primer lugar; y entrega a los hermanos. Y dijo esto en una isla como Tenerife, donde mucha gente pasa algún tiempo descansando y donde otra gente, menos afortunada, llega allí tras un viaje expuesto a peligros y violencias inenarrables. Frente a los que especulan con la desesperación, los cristianos debemos ser un reflejo del Señor que dice: “venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.
Gracias, Papa León, por tu presencia entre nosotros. Gracias por tus palabras proféticas y realistas. Gracias por tus palabras elogiosas con el pueblo español. ¡Hasta la próxima!