Jun
Salvadora Hostia que abres la puerta del cielo
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Con motivo de la fiesta del “Corpus” ofrezco algunos párrafos de una oración de Santo Tomás de Aquino, compuesta para ser recitada cuando asistía a una segunda Misa, pero no como celebrante: “Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A ti se somete mi corazón por completo, porque al contemplarte todo falla. Vista, tacto y gusto engañan, porque sólo se cree por el oído: creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios; nada es más cierto que esta Palabra de verdad. En la Cruz se escondía solo la Divinidad, pero aquí se esconde también la humanidad”.
Y recuerdo este texto poético, lleno del más grande amor y de la mejor teología:
“El Verbo que viene de lo alto
y no abandona la derecha del Padre,
salido para realizar su obra,
ha venido al atardecer de la vida.
Quien por su discípulo a la muerte
sería entregado a sus enemigos,
antes como comida de vida,
se entregó a los discípulos.
A ellos, bajo doble especie,
dio su carne y su sangre
para que en esta doble sustancia
se alimentara todo el hombre.
Al nacer se entregó como compañero,
al crecer se entregó como alimento;
al morir se entregó como precio;
al reinar se da como premio.
Oh, salvadora hostia
que abres la puerta del cielo,
en los ataques del enemigo
danos fuerza, concédenos auxilio”.
Acabo este muestrario con un breve fragmento de otro de sus himnos a la eucaristía:
“La carne es alimento y la sangre bebida:
mas Cristo está todo entero
bajo cada una de las dos especies.
Quién lo recibe no lo rompe,
no lo quebranta ni lo divide;
se recibe todo entero.
Recíbelo uno, lo reciben mil;
cada uno igual que los otros,
pues no se consume al ser tomado”.