Jul
La buena tierra
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El objetivo de la siembra es el fruto, la buena cosecha. El evangelio del próximo domingo (15 del tiempo ordinario, ciclo A) compara la predicación de la Palabra con una siembra. Pero para que haya una buena cosecha no basta con que la semilla sea de buena calidad. No es suficiente tampoco que la lluvia sea abundante o que los abonos sean potentes. Se necesita también una buena tierra. Los mensajeros de la Palabra a veces se desaniman porque no ven los resultados que su esfuerzo y su buena voluntad parecerían pronosticar. La fe nace de la predicación, afirmaba san Pablo (Rm 10,17). Y constataba un tanto desconcertado: pero no todos acogen el Evangelio. Y se preguntaba: “¿es que no han oído?, ¿es que no han comprendido?” (Rm 10,16.18-19).
El Evangelio del domingo señala tres tipos de tierras en las que Jesús no puede crecer. O sea, tres actitudes del ser humano que impiden el crecimiento de la Palabra: la falta de entendimiento, la falta de constancia y la seducción de las riquezas.
Falta de entendimiento. Carecer de las claves necesarias para entender lo que se oye. Cuando uno se acerca al Evangelio sin el deseo de encontrar a Dios para amarle con todo el corazón, cuando Dios no es la pasión central de la vida, cuando por ejemplo importa más el honor de la Iglesia que el cumplir la voluntad de Dios, cuando uno busca en el Evangelio el modo de satisfacer piedades que adormecen y no está disponible para dejarse interpelar por una Palabra que puede cambiar su vida, entonces “no entiende” el Evangelio. Jesús, en la última cena con sus discípulos, después de lavarles los pies, les preguntó: “¿comprendéis lo que he hecho con vosotros?” (Jn 13,12). Comprender significar dejarse transformar. Por eso, si comprendéis, también vosotros os lavaréis los pies unos a otros (Jn 13,14). Comprender no es una actividad de la mente. Comprender es ser. Implica toda la persona. Comprender no es decir: “Señor, Señor”, sino cumplir la voluntad del Padre del cielo (Mt 7,21).
Falta de constancia. Es fácil ser fiel un día, es fácil ser fiel –o parecerlo, al menos- en los grandes acontecimientos. Lo difícil es ser fiel cada día. Ser fiel en las pequeñas cosas. Ser fiel en la oscuridad de la fe. Ser fiel cuando todo parece contradecir al evangelio. Ser fiel cuando no se ven resultados. Ser fiel en la enfermedad. El justo es aquel que bendice –que es fiel- al Señor en todo momento. Es fácil bendecir al Señor cuando las cosas van bien, cuando la vida nos sonríe. El justo es el que bendice en todo momento. Cuando las cosas van mal, también bendice. En la cruz, también se fía de Dios. Y confía en El. No entiende como se compagina el amor de Dios con la historia que le ha tocado vivir. Pero tiene la seguridad de que Dios nunca falla. Por eso, él tampoco le falla a Dios.
La seducción de las riquezas. Este es uno de los mayores peligros para la mujer y el varón evangélicos. De ahí la advertencia de Jesús: no se puede servir a Dios y al dinero. Cuando uno sirve al dinero se siente poderoso. Y el poderoso piensa que no necesita de nada ni de nadie. El que se siente poderoso, cree que puede prescindir de Dios. Por eso Jesús ensalza la pobreza, la pobreza de “espíritu”, la pobreza del que “necesita” de Dios. Y como necesita de Dios, todos sus afanes están puestos en lograr lo que necesita. Y, puesto que sus afanes están totalmente orientados a la búsqueda de Dios, vive pobremente en este mundo, no dispone de tiempo para las riquezas de este mundo. Los pobres de espíritu son siempre pobres materiales, aunque no todos los pobres materiales sean pobres de espíritu.