Jun
Misión dificil
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El Evangelio de este próximo domingo continúa tratando de las características de la misión. Y más en concreto de las dificultades que comporta la misión. Una de las mayores dificultades con que puede encontrarse el testigo de la fe es la incomprensión de su propia familia. En el contexto en el que habla Jesús, esta incomprensión resulta una dificultad prácticamente insuperable, dado que la persona estaba vitalmente integrada en el clan familiar. Da ahí las frecuentes alusiones de Jesús a romper, si es necesario, con los vínculos de la carne y la sangre, para establecer los vínculos que realmente importan, los que brotan del cumplimiento de la voluntad de Dios: “¿quiénes son mi madre y mis hermanos? Los que escuchan la Palabra de Dios y la guardan”. Hoy habría que ampliar esta incomprensión de la que habla Jesús a la incomprensión social: el testigo de la fe se mueve y desenvuelve en un ambiente que no favorece la aceptación del Evangelio, más aún, que lo obstaculiza. “El que quiere a su padre o a su madre más que a mi”, podría traducirse así: “el que se acomoda a los valores y usos de este mundo no es digno de mi”.
Jesús utiliza una nueva imagen para hacer comprender las necesarias rupturas con las que puede encontrarse el testigo de la fe: “el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mi”. Llevar la cruz alude a la situación del condenado a muerte en cruz. El tiempo que media entre la sentencia y la ejecución es el tiempo de “llevar la cruz” (en Estados Unidos a eso le llaman hoy el tiempo de estancia en los “corredores de la muerte”). El que está en esta situación es un erradicado de la sociedad. Pues bien, el cristiano tiene que estar dispuesto a vivir, por causa del Evangelio, como si fuera un desposeído. El cristiano lo da y lo pierde todo por el Evangelio: padre, madre, hijos, tierras, casa, trabajo.
Pero, y ahí está la paradoja y la sorpresa: “el que pierde su vida por el Evangelio, la encuentra”. En la entrega está la suprema ganancia. He aquí la extraña sabiduría que puede compensar todas las dificultades de nuestro testimonio. En este contexto se comprende que el testigo que lo da todo, que rompe con padre y madre, encuentra una nueva relación: hay otros que le reciben en nombre de Jesús. Y, al recibirle a él, quienes le acogen se encuentran con el Padre.
“El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado”. Aparece aquí la dinámica sacramental de todo encuentro con Dios. El Padre se hace presente en la humanidad de Jesús. Y esta encarnación se prolonga en los testigos de Jesús: ellos son la presencia de Jesús ante los demás, se convierten en Cristo para el que los recibe, estableciéndose así una nueva comunión, una nueva familia, una familia que tiene como lazo de unión al Padre bueno del cielo, que por medio de sus testigos llega a todos los que acogen a los testigos. ¡Tal es la grandeza y la responsabilidad del testigo del Evangelio! Esta es la fuerza que le permite superar todas las incomprensiones.