Jun
Misión sin temor
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El pasado domingo el Evangelio se refería a la gratuidad de la misión: “gratis habéis recibido, dad gratis”. El Evangelio del próximo domingo destaca otra de las condiciones que deben caracterizar al misionero de la fe: la necesidad de superar el temor. Pues aquel que anuncia el Evangelio –incluso yo me atrevería a decir que este es un buen baremo de la calidad del anuncio- puede encontrarse ante el hecho de que no sólo se le quitan facilidades (y esta contingencia requiere templanza para soportarla), sino que se le ponen expresamente dificultades (y esta contingencia requiere fortaleza para enfrentarla).
Ante las dificultades, muchos experimentan miedo. Y el miedo puede anular a la razón y llevar a la parálisis. O lo que sería peor: puede llevar a tratar de complacer al que nos causa miedo. Cuando el testigo del Evangelio siente miedo, es grande el riesgo de traicionar al Evangelio y convertirlo en un discurso que halague “a los hombres que no soportan la doctrina sana” (2 Tim 4,3).
Jesucristo, por el contrario, “rindió un hermoso testimonio ante Poncio Pilato” (1 Tim 6,13). Y, dando testimonio de la Verdad, con el riesgo de su vida, abrió para nosotros un camino, librándonos del temor a la muerte y a todo lo que nos mata, que hace que nos pasemos la vida viviendo como esclavos (cf. Heb 2,15). Si el testigo del Evangelio no es libre, deja de ser testigo.
Lo contrario del temor es la confianza. Para el testigo de la fe, la fuente de toda confianza es el “Padre”, que cuida de cada uno de sus testigos como no puede hacerlo ningún Padre de este mundo. Su cuidado alcanza hasta los más pequeños detalles: “hasta los cabellos de la cabeza”. La fuerza de la misión brota, en última instancia, del amor del Padre, que otorga confianza en medio de un ambiente hostil.
En este contexto de confianza hay que entender la exhortación final del Evangelio del domingo: si uno se pone de mi parte, yo también me pondré de su parte. Si uno me niega, yo también lo negaré. No se trata de una coacción. El testigo de la fe siempre es libre, libre incluso de no dar testimonio. Si anuncia el Evangelio no es porque esté coaccionado, sino porque sabe que ahí está el bien del ser humano. Pero también sabe que el Padre del cielo le acompaña en su misión, y que las palabras que dice proceden de una fuerza superior a él (cf. Mt 10.,20: “no seréis vosotros los que hablaréis…”). Una fuerza que actúa siempre con suavidad. Porque es la fuerza del amor recibido. Y el amor no puede contenerse: por eso se anuncia.