Jun
El Papa en un país complejo
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El Papa está visitando algunos lugares importantes y significativos de España. Algunos, porque no puede ir a todos. Importantes, porque todos son importantes. Y significativos, porque la presencia del Papa en ellos es un signo de por donde deben ir las preocupaciones de todo buen cristiano, a saber, ser testigo de la fe, solidario con los pobres y necesitados, amante de la Eucaristía, fraterno y cariñoso con los cercanos, y sensible con los alejados.
Algunos se han dedicado a decir que no lo esperaban. Normal. Lo esperan los que le aprecian y creen que tiene algo importante que decirles. Los que no le esperan no hace falta que lo digan. Basta con que se queden tranquilos en su casa. Porque el mero hecho de proclamar en voz alta que no le esperan es una manera de manifestar lo importante que es el personaje que viene. Los que le esperan han desbordado calles y plazas. Le han escuchado con respeto y atención, le han aplaudido con entusiasmo, lo han aclamado con cariño.
El Papa ha dicho cosas importantes. Unas de las primeras está reflejada en el titulo de este artículo: España es un país complejo. En muchos sentidos, no cabe duda. Pero la complejidad no tiene que traducirse en enfrentamiento. El diálogo y el respeto mutuo, la escucha y la comprensión, no eliminan las diferencias, pero permiten acercarse, caminar juntos y hasta ver en la diferencia un motivo de riqueza. En su primer discurso, en el Palacio real, pensando sin duda en los políticos, el Papa habló de “reconciliación y cooperación entre las distintas fuerzas de esta nación”, e invitó “a abandonar las narrativas divisivas y polarizantes y a la apreciación fecunda de la complejidad”.
Ante más de medio millón de jóvenes, unidos en torno a la adoración al Santísimo, en medio de un gran silencio en el que no se escuchaba ni un móvil, habló de oración, de escucha de la Palabra de Dios, de la belleza de la fe, de ser libres de las modas y discípulos de la verdad, de ser humanos, como Cristo, buscando la justicia y haciendo el bien a los demás. Y a la multitud, en la Misa del Corpus, le ha dejado claro que la devoción a la eucaristía no está en las alfombras florales o en la belleza de las custodias, sino en la fe en el Señor resucitado, presente y vivo en medio de nosotros; habló de la procesión como signo de un Jesús que no permanece encerrado en el templo, sino que sale a nuestro encuentro allí donde nos encontremos. Y añadió algo muy importante: arrodillarse ante el Señor va unido a arrodillarse ante el hermano, pues nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano.
Estoy convencido de que el discurso en el Congreso de los Diputados, el encuentro con los presos del centro penitenciario de Brians, la bendición de la torre de la Sagrada Familia de Barcelona y, por supuesto, el encuentro con los migrantes y con los que trabajan en su favor en las islas Canarias, volverán a depararnos palabras proféticas, llenas de evangelio y sabiduría, palabras que nos animarán a ser cada día mejores personas, mejores discípulos y mejores misioneros de Jesucristo.