Logo dominicosdominicos

Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor


Filtrando por: 2026 quitar filtro

6
Jul
2026
El amor es paciente, porque todo lo espera
0 comentarios

hojitasverdad

En la sociedad actual todo avanza muy deprisa. Los buscadores de internet nos han acostumbrado a tener la información que buscamos en pocos segundos. Pero, sobre todo, lo que queremos que desaparezca rápidamente de nuestra vida es el sufrimiento. No queremos ni sabemos sufrir. Y, sin embargo, las cosas que valen se consiguen normalmente a base de tiempo, paciencia, esfuerzo e incluso sufrimiento.

Precisamente la paciencia es la capacidad que tiene el ser humano de soportar las contrariedades de la vida. En este sentido suele considerarse una actividad más bien pasiva: “las cosas son así, no queda más remedio que aguantar”. Pero la buena paciencia es algo más que aguantar, es también luchar para que las contrariedades y dificultades no nos hundan en la tristeza y en la desesperanza. La paciencia modera la tristeza y también la ira que puede producir la injusticia. Y nos mueve a vivir con esperanza en una futura victoria sobre el mal. La esperanza no es pasividad, más bien es el convencimiento de que podemos esperar un mañana mejor gracias a nuestros propios esfuerzos o a la ayuda que puede venir del exterior. Ser paciente es estar convencido de que el mal no tiene futuro. Como dice el refranero popular, no hay mal que cien años dure. El refrán trata de consolar a quien padece una desgracia, con la esperanza de que no sea duradera.

Pero además de ser una virtud humana, la paciencia es una actitud divina, un comportamiento de Dios, que ilumina y estimula la paciencia humana. El contraste entre la paciencia divina y la humana está expuesta en la parábola del mal compañero o siervo sin entrañas (Mt 18,21): un siervo debía 10.000 talentos (una fortuna) al rey; cuando el rey pretende cobrar la deuda, el siervo le suplica: “ten paciencia conmigo”. Y el rey, movido a compasión, le perdonó la deuda. La paciencia del rey se traduce en amor, compasión y perdón. Este siervo se encontró con otro compañero, que le debía cien denarios (una deuda que normalmente es posible saldar), y ahogándole le decía: “paga lo que debes”. Su compañero repetía la misma suplica que él había hecho al rey: “ten paciencia conmigo”, pero se comportó de forma muy distinta a como el rey se había comportado con él: le mandó a la cárcel hasta que pagase lo que debía.

En un caso la paciencia se transforma en misericordia y en el otro la ausencia de paciencia se transforma en una justicia sin amor que termina por ahogar al prójimo. La paciencia transformada en amor es la propia de Dios. Por eso, el libro de los salmos (103,8) canta que “Dios es clemente y misericordioso, lento a la cólera y lleno de amor”, tal como Yavhé se había revelado a Moisés (Ex 34,6). El Nuevo Testamento refiere a Cristo la misericordia divina que se traduce en forma de paciencia (1 Tim 1,16). Porque tiene paciencia, Dios es lento a la cólera y no tiene prisa en castigar. Todo lo contrario: usa de paciencia con nosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan (2 Pe 3,9). En la medida en que Dios, en lugar de castigarnos, contiene su ira, nos brinda la ocasión de vivir y nos da nuevas oportunidades de convertirnos. Cuando pecamos, Dios sufre porque nos alejamos de él, pero sufre porque nos ama, y nos conserva y mantiene en el ser a fin de que nos convirtamos y nos transformemos en imagen suya.

La paciencia de Dios es un signo de su esperanza en que, de una u otra forma, todos terminemos acercándonos a él, por muy alejados que estemos. Siempre hay esperanza para el pecador. Por eso, san Pablo afirma que el amor es paciente, precisamente porque todo lo espera, todo lo excusa y todo lo soporta (1 Cor 13,4.7). Dios es Amor, por eso tiene mucha paciencia y no quiere que nadie se condene. Pablo lo dice claramente en Rm 9,22: Dios soporta con mucha paciencia a los hombres que se han hecho merecedores de su ira, para manifestar así su poder y su misericordia, pues la paciencia de Dios espera a los incrédulos (1 Pe 3,20).

Ir al artículo

3
Jul
2026
Manso de corazón
5 comentarios

mansocorazón

Hace unas pocas semanas celebramos la fiesta del Corazón de Jesús. Fiesta que algunos consideran que está pasada de moda. Más de uno y de una me ha planteado la pregunta: “¿Cómo celebrar unas vísceras?”. Visto así, efectivamente, no tiene sentido. Pero en la Escritura, y también en nuestro lenguaje corriente, la palabra corazón tiene otro sentido: designa los sentimientos más puros y limpios del ser humano. Al encontrarnos con una persona generosa y comprensiva decimos: ¡qué gran corazón tiene! Celebrar el corazón de Jesús no es sólo contemplar la inmensa bondad del Señor, sino también preguntarse: ¿dónde pone Jesús su corazón? ¿No es en los pobres, en los necesitados, en los hambrientos? Pues allí donde Jesús pone su corazón, allí podemos encontrarlo.

Viene todo esto a propósito del Evangelio del próximo domingo: Jesús se autoproclama “manso y humilde de corazón”. Manso y humilde no tiene que ver con debilidad o falta de temperamento. Jesús tiene fuerza, una fuerza transformadora, pero esta fuerza no se impone con el poder, sino con el amor. La primera lectura puede ayudar a comprender. El profeta habla de un rey “justo y victorioso” que cabalga “en un asno”. Estas palabras tuvieron su cabal aplicación en Jesús, cuando entró en Jerusalén montando sobre un asno. Los guerreros, que llevan la espada para herir y matar, montan a caballo. Montar en un asno es venir en son de paz. Jesús es este príncipe de la paz, que trae una noticia transformadora y exigente, pero la propone desde el amor para ser acogida con amor. En Jesús, el ser humano encuentra “el descanso”.

En este contexto se comprende lo que Jesús añade: “mi yugo es llevadero y mi carga ligera”. Los escribas y fariseos se caracterizaban por imponer a los demás el duro yugo de la ley, que era una carga pesada. La carga de Jesús es ligera, no porque no sea exigente, sino porque no se impone por la fuerza. En realidad, Jesús no impone cargas a nadie. Invita a un cambio de vida (léase en esta perspectiva, la segunda lectura de este domingo: “el Espíritu de Cristo habita en vosotros”). Y de la nueva vida del creyente brotan frutos de vida para él y para los demás. Pero brotan no como resultado del cumplimiento de una ley, sino como resultado de la transformación de la vida. Brotan, en definitiva, espontáneamente. Lo que nace de dentro, no cuesta. Hay dos maneras de atender a un enfermo y de pasar largas noches sin dormir al lado del enfermo: porque uno se lo toma como una obligación impuesta, o porque uno ama al enfermo, y el estar a su lado “no cuesta nada”. “Es mi amigo, sabe usted”. “Y yo, por mi amigo, hago lo que sea”. Los amigos no pesan.

Desgraciadamente muchas veces hemos anunciado el evangelio como si fuera una ley: “tú tienes que ser pobre”, “tienes que cumplir los mandamientos”. Pero el Evangelio no es ninguna ley: es una nueva posibilidad de vida. No impone nuevas cargas, te invita a vivir de otra manera. Por eso no debe nunca anunciarse como un “tú debes”, sino como un “tú puedes”. Tú puedes vivir de otra manera, tú puedes ser feliz viviendo de otra manera.

Ir al artículo

29
Jun
2026
Jesucristo, culminación de lo humano
4 comentarios

Cristoculminaciónhumano

El planeta Tierra se formó hace unos 4.600 millones de años. Y en la tierra, apareció la vida hace unos 3.700 millones de años. Los primeros homínidos bípedos aparecieron hace unos seis o siete millones de años en África. La vida ha ido evolucionando siempre a mejor hasta la aparición del ser humano actual, hace unos 200.000 mil años en África. Bien podemos decir que el fin más íntimo de la naturaleza fue recibir algún día al hombre, poder desarrollar en el curso del tiempo un organismo capaz de transformarse en eso nuevo que denominamos hombre.

Una vez aparecido el ser humano “comienza una nueva tarea, más elevada: la humanidad existe para engendrar a Jesucristo. Está para crear el lugar en el que pueda producirse la unión entre Dios y el mundo. La humanidad vive para llegar a ser una con Dios” (J. Ratzinger). Jesucristo es la plenitud, la culminación, la perfección de lo humano. Por esta razón el Concilio Vaticano II califica a Cristo de “Hombre perfecto”. O sea, no se trata solo de afirmar la verdadera naturaleza humana de Jesús (perfecto hombre), en el sentido de que es un hombre completo, como desde antiguo ha afirmado la Tradición, sino algo más importante aún: en Cristo, la naturaleza humana ha llegado a su total y plena capacidad (“hombre perfecto”), hasta su más alta cota, que es el encuentro y la comunión con Dios.

Por este motivo, Cristo es el ideal concreto de lo humano, la “magnífica humanidad” (como dice León XIV). Si en Cristo se encuentra la humanidad más lograda, esta humanidad resulta paradigmática, ejemplar. Jesús es el modelo según el cual todo ser humano debe configurarse. De ahí que su seguimiento es crecimiento en humanidad, permite la plena realización personal: “el que sigue a Cristo, Hombre perfecto, se perfecciona cada vez más en su propia dignidad de hombre” (Gaudium et Spes, 41). Mirando a Jesús sabemos a qué atenernos en la realización de nuestra perfección humana. En esta perspectiva podemos situar el texto de Rm 8,29: Dios nos “predestinó a reproducir la imagen del Hijo, para que fuera el primogénito entre muchos hermanos”. Todos estamos destinados a reproducir la imagen de Jesús, a ser otro Cristo, en definitiva. Hablar, pues, del Hijo de Dios, es algo que no solo afecta a Jesús de Nazaret, sino que también nos afecta a nosotros. El hombre tiene una dimensión que le pertenece intrínsecamente y que es una dimensión divina.

Ahora bien, si hay que mantener que llegó un momento en que la humanidad estaba, de algún modo, preparada para que Cristo pudiera encarnarse, hay que dejar bien claro que la encarnación de Dios no es resultado del ascenso del ser humano, sino del descenso de Dios. Una cosa es estar preparado para acoger a Dios y otra ser el creador de Dios. El intento, por parte del hombre, de hacerse por sí mismo divino, de convertirse en “super hombre”, de ir más allá de lo humano, de ser dios en definitiva, está condenado al fracaso, por mucho que se empeñen las teorías trans y post humanistas. “La salvación no proviene de la grandeza del hombre, sino de la graciosa misericordia de Dios” (J. Ratzinger).

Ir al artículo

25
Jun
2026
Misión dificil
1 comentarios

misiondificil

El Evangelio de este próximo domingo continúa tratando de las características de la misión. Y más en concreto de las dificultades que comporta la misión. Una de las mayores dificultades con que puede encontrarse el testigo de la fe es la incomprensión de su propia familia. En el contexto en el que habla Jesús, esta incomprensión resulta una dificultad prácticamente insuperable, dado que la persona estaba vitalmente integrada en el clan familiar. Da ahí las frecuentes alusiones de Jesús a romper, si es necesario, con los vínculos de la carne y la sangre, para establecer los vínculos que realmente importan, los que brotan del cumplimiento de la voluntad de Dios: “¿quiénes son mi madre y mis hermanos? Los que escuchan la Palabra de Dios y la guardan”. Hoy habría que ampliar esta incomprensión de la que habla Jesús a la incomprensión social: el testigo de la fe se mueve y desenvuelve en un ambiente que no favorece la aceptación del Evangelio, más aún, que lo obstaculiza. “El que quiere a su padre o a su madre más que a mi”, podría traducirse así: “el que se acomoda a los valores y usos de este mundo no es digno de mi”.

Jesús utiliza una nueva imagen para hacer comprender las necesarias rupturas con las que puede encontrarse el testigo de la fe: “el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mi”.  Llevar la cruz alude a la situación del condenado a muerte en cruz. El tiempo que media entre la sentencia y la ejecución es el tiempo de “llevar la cruz” (en Estados Unidos a eso le llaman hoy el tiempo de estancia en los “corredores de la muerte”). El que está en esta situación es un erradicado de la sociedad. Pues bien, el cristiano tiene que estar dispuesto a vivir, por causa del Evangelio, como si fuera un desposeído. El cristiano lo da y lo pierde todo por el Evangelio: padre, madre, hijos, tierras, casa, trabajo.

Pero, y ahí está la paradoja y la sorpresa: “el que pierde su vida por el Evangelio, la encuentra”. En la entrega está la suprema ganancia. He aquí la extraña sabiduría que puede compensar todas las dificultades de nuestro testimonio. En este contexto se comprende que el testigo que lo da todo, que rompe con padre y madre, encuentra una nueva relación: hay otros que le reciben en nombre de Jesús. Y, al recibirle a él, quienes le acogen se encuentran con el Padre.

“El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado”. Aparece aquí la dinámica sacramental de todo encuentro con Dios. El Padre se hace presente en la humanidad de Jesús. Y esta encarnación se prolonga en los testigos de Jesús: ellos son la presencia de Jesús ante los demás, se convierten en Cristo para el que los recibe, estableciéndose así una nueva comunión, una nueva familia, una familia que tiene como lazo de unión al Padre bueno del cielo, que por medio de sus testigos llega a todos los que acogen a los testigos. ¡Tal es la grandeza y la responsabilidad del testigo del Evangelio! Esta es la fuerza que le permite superar todas las incomprensiones.

Ir al artículo

21
Jun
2026
Inmigración, aborto, eutanasia
2 comentarios

inmigracionaborto

Un amable lector y buen amigo pregunta en uno de los comentarios a este blog: “¿Cómo es que los que están de acuerdo con el Papa en el tema de la inmigración, no ven la profunda coherencia cuando afirma que el aborto y la eutanasia atentan contra la dignidad de la vida humana?”.

La pregunta parece muy pertinente. Pero no es fácil dar una respuesta. Porque sospecho que, en muchas ocasiones, el criterio de nuestra actuación no es el bien común o el respeto a la dignidad de la persona, sino nuestros intereses egoístas, el pensar solo en lo que consideramos nuestro beneficio inmediato, sin pararnos a medir las consecuencias de nuestros actos. Y en el caso de los políticos, el criterio de su actuación suele ser casi siempre (por no decir siempre) la búsqueda o la conservación del poder. Esto explica muchas de sus incoherencias, porque defendiendo una cosa y su contraria buscan los votos de los unos y de los otros. Y defendiendo una cosa y manifestándose en contra de otra buscan los votos de los que así piensan.

Cuando lo que predomina es el egoísmo es posible que nos encontremos con todas las combinaciones posibles: a favor del aborto y en contra de la eutanasia; a favor de la inmigración y del aborto; en contra la inmigración y en contra del aborto y la eutanasia.

Evidentemente, la postura cristiana es otra: a favor de la persona y, por tanto, en contra de todo lo que atenta contra su dignidad. Y eso se traduce en defender unas cosas y evitar otras, defender el derecho que tiene una persona a encontrar un lugar donde pueda vivir en paz, y defender el derecho a la vida del no nacido. Por tanto, buscar todos los medios que ayuden a las madres embarazadas en dificultades.

Por otra parte, tengo la impresión de que quienes socorren a los inmigrantes, a las madres en dificultades para que puedan dar a luz con paz y alegría, y ayudan con cuidados paliativos y cariño a los enfermos con padecimientos físicos que ellos consideran intolerables, suelen ser el mismo tipo de personas. Bastantes de ellas trabajan para Caritas o para instituciones de Iglesia. O colaboran con sus donativos. Pero esas personas no suelen hacer ruido, más bien actúan. Los que hacen ruido, los que gritan, los que se manifiestan, los que descalifican a los demás, no suelen ser lo que más ayudan a esos por los que dicen levantar la voz.

Ir al artículo

17
Jun
2026
Misión sin temor
1 comentarios

misiónsintemor

El pasado domingo el Evangelio se refería a la gratuidad de la misión: “gratis habéis recibido, dad gratis”. El Evangelio del próximo domingo destaca otra de las condiciones que deben caracterizar al misionero de la fe: la necesidad de superar el temor. Pues aquel que anuncia el Evangelio –incluso yo me atrevería a decir que este es un buen baremo de la calidad del anuncio- puede encontrarse ante el hecho de que no sólo se le quitan facilidades (y esta contingencia requiere templanza para soportarla), sino que se le ponen expresamente dificultades (y esta contingencia requiere fortaleza para enfrentarla).

Ante las dificultades, muchos experimentan miedo. Y el miedo puede anular a la razón y llevar a la parálisis. O lo que sería peor: puede llevar a tratar de complacer al que nos causa miedo. Cuando el testigo del Evangelio siente miedo, es grande el riesgo de traicionar al Evangelio y convertirlo en un discurso que halague “a los hombres que no soportan la doctrina sana” (2 Tim 4,3).

Jesucristo, por el contrario, “rindió un hermoso testimonio ante Poncio Pilato” (1 Tim 6,13). Y, dando testimonio de la Verdad, con el riesgo de su vida, abrió para nosotros un camino, librándonos del temor a la muerte y a todo lo que nos mata, que hace que nos pasemos la vida viviendo como esclavos (cf. Heb 2,15). Si el testigo del Evangelio no es libre, deja de ser testigo.

Lo contrario del temor es la confianza. Para el testigo de la fe, la fuente de toda confianza es el “Padre”, que cuida de cada uno de sus testigos como no puede hacerlo ningún Padre de este mundo. Su cuidado alcanza hasta los más pequeños detalles: “hasta los cabellos de la cabeza”. La fuerza de la misión brota, en última instancia, del amor del Padre, que otorga confianza en medio de un ambiente hostil.

En este contexto de confianza hay que entender la exhortación final del Evangelio del domingo: si uno se pone de mi parte, yo también me pondré de su parte. Si uno me niega, yo también lo negaré. No se trata de una coacción. El testigo de la fe siempre es libre, libre incluso de no dar testimonio. Si anuncia el Evangelio no es porque esté coaccionado, sino porque sabe que ahí está el bien del ser humano. Pero también sabe que el Padre del cielo le acompaña en su misión, y que las palabras que dice proceden de una fuerza superior a él (cf. Mt 10.,20: “no seréis vosotros los que hablaréis…”). Una fuerza que actúa siempre con suavidad. Porque es la fuerza del amor recibido. Y el amor no puede contenerse: por eso se anuncia.

Ir al artículo

13
Jun
2026
El Papa en unas islas grandes en humanidad
6 comentarios

papaleoncanarias

El pueblo español ha respondido a un magnífico León XIV. Digo bien el pueblo español, o sea, las muchas personas buenas y sencillas que le han escuchado y aplaudido, y se han aprovechado de las muchas cosas que ha dicho. Algunos políticos han buscado aprovecharse de su imagen. Peor aún, no han respondido. En el Congreso de los diputados, al día siguiente de que todos aplaudieran su discurso, en el que dijo que la pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario, todo seguía como de costumbre, o sea, en vez de buscar juntos el bien de los ciudadanos, dentro de las legítimas diferencias, las descalificaciones mutuas eran lo habitual.

La visita pastoral del Papa ha terminado en las Islas Canarias, estas islas grandes en humanidad. León ha cumplido el deseo de Francisco que quiso ir allí, pero no pudo; y ha mostrado su cercanía y solidaridad con los muchos inmigrantes que se juegan la vida para llegar a estas islas, así como su agradecimiento a las muchas personas que les acogen y ayudan. La inmigración es un serio problema con muchas vertientes, pero lo fundamental es ayudar a las personas que llaman a nuestra puerta, huyendo del hambre, de la persecución y de la pobreza extrema.

Tanto los testimonios de los migrantes, y de las personas que les ayudan y acogen, como los discursos del Papa han sido impresionantes. El Papa no habló solo para los canarios, sino para toda Europa. Los europeos no podemos consentir que el Mediterráneo o el Atlántico se conviertan en cementerios sin lápidas. Somos responsables de la hermana y del hermano frágil, porque es nuestra propia carne. Y como es nuestra debemos cuidarla. Todos somos migrantes, también la Sagrada Familia de Nazaret, dijo el Papa. Y añado por mi cuenta: todos somos mestizos.

No se olvidó de los monstruos que se aprovechan de la desesperación: mafias que organizan rutas de muerte, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores, esclavizan a mujeres y niños, y convierten el sufrimiento ajeno en negocio. Ni de las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo. Pero en Canarias se trataba de la acogida que debemos dar a los emigrantes. Y, como Papa, recordó que la Iglesia debe dejarse interpelar. La acogida es lo propio de la Iglesia, no puede ser algo secundario ni delegado a algunos voluntarios.

En su homilía en el Puerto de Santa Cruz, León XIV recordó que todos hemos nacido para “el encuentro”, y citó unas palabras del Vaticano II: “el hombre no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo”. Entrega a Dios, en primer lugar; y entrega a los hermanos. Y dijo esto en una isla como Tenerife, donde mucha gente pasa algún tiempo descansando y donde otra gente, menos afortunada, llega allí tras un viaje expuesto a peligros y violencias inenarrables. Frente a los que especulan con la desesperación, los cristianos debemos ser un reflejo del Señor que dice: “venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.

Gracias, Papa León, por tu presencia entre nosotros. Gracias por tus palabras proféticas y realistas. Gracias por tus palabras elogiosas con el pueblo español. ¡Hasta la próxima!

Ir al artículo

12
Jun
2026
Misión gratuita
4 comentarios

misiongratuita

Tanto en la primera lectura como en el Evangelio del domingo 11 del ciclo A, se trata de una elección: Dios elige a un pueblo, Dios elige a un grupo de apóstoles. Pero, en contra de lo que pudiera parecer, esta elección no comporta privilegio alguno, sino nuevas responsabilidades. La elección se hace con vistas a una misión. Si el pueblo elegido se convierte en “propiedad” de Dios, no es menos cierto que “mía es toda la tierra”. En realidad, el pueblo es elegido para ser “un reino de sacerdotes y una nación santa”. Pueblo de sacerdotes: pueblo que alaba al Señor y canta sus maravillas; pueblo que da testimonio de la grandeza y la bondad de Dios. Nación santa: nación que refleja en su vida la santidad de Dios, el único santo, y al reflejarla se convierte en presencia de Dios ante los demás. Pueblo de sacerdotes y nación santa porque el pueblo está llamado a dar testimonio de lo que Dios hace con él, de la respuesta que Dios espera a su amor; y de lo que Dios quiere hacer con todos sin excepción, esperando de todos una respuesta que corresponda a su amor.

También los apóstoles son elegidos con vistas a una misión: “la mies es abundante” y se necesitan “trabajadores” para la mies. Esta tarea misionera no puede entenderse como proselitismo, como celo desmesurado para que los demás se pasen a mi bando. La misión es necesaria y urgente porque quién acoge la buena noticia siente como su vida se transforma y se llena de alegría. Es el bien del ser humano la razón de la misión. Por eso el misionero debe “expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad”. El anuncio del Evangelio produce un cambio de mentalidad (“espíritus inmundos”): al saber que Dios me ama, desaparecen mis miedos y mis complejos. Y es una sanación de la vida (“curar enfermedades”): no es un consuelo fácil y superficial, sino una transformación que afecta a todas las dimensiones de la existencia y que me hace más persona. La salvación alcanza a todas las dimensiones de lo humano, de modo que si el encuentro con Dios no te hizo más persona (¡y persona solidaria!) no fue a Dios a quién encontraste.

La misión brota de la fe, de la respuesta al Dios que me llama. Una fe que no se convierte en testimonio es una falsa fe, una incredulidad escondida. Por eso, todo creyente está llamado a la misión. Todo creyente es un testigo. Entre los doce primeros apóstoles que Jesús llamó había gente de todo tipo: gente con tendencias políticas diferentes, con talantes distintos, con posibilidades intelectuales diversas. Pero todos fueron llamados. Dios no hace acepción de personas. Llama a todos, principalmente a los “pecadores” (segunda lectura: “Cuando estábamos sin fuerzas, Cristo murió por los impíos”). Todos estamos invitados a dar testimonio de lo bueno que Dios ha sido con nosotros. Y de invitar a otros a tomar conciencia de cuanto les ama Dios, aunque también ellos sean pecadores.

Se trata de un testimonio gratuito. El amor es gratis. Se recibe gratis, se da gratis y se anuncia gratis. Fuera del contexto de la gratuidad podemos hablar de muchas cosas. Pero nunca de amor.

Ir al artículo

10
Jun
2026
Un dominico y una dominica con el Papa en Barcelona
5 comentarios

Luciacaramconpapa

El dominico, que le recibió al pié del avión, es el Obispo de san Feliu, fray Xavier Gómez. Y la dominica es Sor Lucía Caram, que se ha encontrado con el Papa antes de que entrara en el estadio de Montjuic. Sor Lucía estaba acompañada por otras hermanas de su comunidad y un grupo de laicos, muchos de ellos jóvenes, que forman parte de la “comunidad” (una comunidad ampliada) del Convento de Santa Clara de Manresa. Y con ellos 31 ambulancias, conducidas por 60 conductores voluntarios que, en el momento en que escribo estas letras, están ya camino de Ucrania, llevando ayuda humanitaria, como ya hicieron en otra ocasión. El material y los vehículos quedarán en Ucrania para ayudar a aquella pobre gente. El Papa dio las gracias a Sor Lucía, y bendijo las ambulancias, aunque dijo que era más importante bendecir a los conductores, como así hizo. Sor Lucía expresó su deseo de que los kilómetros que iban a recorrer se convirtieran en caminos que conducen hacia la paz.

Fray Xavier Gómez acompañó al Papa al centro penitenciario de Can Brians. Él ha sido uno de los impulsores de esta visita. Ya antes de ser Obispo estaba preocupado por la situación de las personas en la cárcel. Tras escuchar los emotivos testimonios de dos internas, el Papa empezó diciendo que “todo ser humano es digno por el hecho de haber sido creado y amado por Dios”. Y por eso el amor misericordioso de Dios está por encima de todo lo que hayamos hecho. Afirmó algo que vale para todos, a saber, que “los errores de la vida no determinan la identidad de una persona”. Y añadió que “el pasado no condena el futuro, sino que nos ofrece la posibilidad de cambiar nuestras decisiones y elecciones”.

Las preguntas que algunos jóvenes hicieron al Papa en la vigilia de oración en el estadio olímpico Lluis Companys y las respuestas de León XIV fueron impresionantes. Preguntaron cómo encontrar sentido en una sociedad que nos empuja a mirar hacia el suelo o solo a nosotros mismos, o sobre cómo ver a Dios en la oscuridad de la depresión. Quizás la pregunta más conmovedora e impactante fue la de una chica que preguntó cómo podía “perdonar” a su padre, que estaba en la cárcel, por haber intentado matar a su madre. La pregunta era sobre el perdón. En el perdón se avanza con pequeños pasos, dijo el Papa. Pero antes dijo que, si existe violencia, egoísmo y odio entre familiares, las preguntas hay que hacerlas a nuestra sociedad y a nosotros mismos, y no a Dios.

Este viaje apostólico está resultando muy fructífero. Hay algo que no se ha destacado pero que yo voy a decir con prudencia: las grandes medidas de seguridad que se han tomado eran necesarias.

Ir al artículo

9
Jun
2026
Magnífico viaje de León XIV lleno de humanidad
2 comentarios

Leonxivenlascortes

Inspirándome en el título de la encíclica del Papa, me parece que podemos decir, sin duda alguna, que su viaje a España está siendo magnífico y lleno de humanidad. Magnífico, porque el pueblo español ha respondido con una presencia entusiasta y agradecida. Y lleno de humanidad, porque su fundamental preocupación ha sido el bien y la dignidad de la persona humana, pensando sobre todo en los más desfavorecidos, como pueden ser los inmigrantes, los presos, los pobres, y las víctimas de abusos dentro de la propia Iglesia.

Ante el pleno de las Cortes, León XIV dejo una serie de mensajes de los que deberían tomar buena nota nuestros políticos. Uno fundamental y muy necesario: la pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. La gran pregunta que deben plantearse los legisladores es que concepción de la persona humana inspira las leyes y que tipo de sociedad construye esas leyes. A esta luz habría que analizar algunas grandes cuestiones, como la acogida del inmigrante y del refugiado, o el derecho a la vida de toda persona desde su concepción hasta su muerte natural. Otro asunto de primera importancia con repercusiones mundiales es la paz, pero una paz que no se construye sobre el negocio de las armas, sino sobre la solidaridad entre los pueblos.

En el discurso ante las Cortes hubo referencias al Quijote de Cervantes, a Unamuno (que recordaba que el hombre no se resigna a morir del todo), a Santa Taresa de Jesús, y a la Escuela de Salamanca, subrayando la aportación de sus grandes maestros (Francisco de Vitoria sobre todo) a los derechos humanos y a los límites del poder. He oído que algún diputado se preguntaba que era eso de la escuela de Salamanca. Peor que la ignorancia es el ridículo que hicieron otros entregando al Papa una carta de unas mujeres okupas, o hablándole en inglés e italiano, pensando así contribuir a que el Papa dijera en Barcelona más frases en catalán de las que ya lleva bien preparadas. Eso sí, el discurso fue muy aplaudido por todos. Aquí nadie quiso hacer el ridículo, aunque luego hubo algún que otro comentario sobre los controles para entrar en el Estado Vaticano.

A los Obispos les dejó también buenos mensajes. Recuerdo dos: la necesidad de formar adecuadamente (tanto en el terreno espiritual como en el teólogico) a los seminaristas; y el responder con verdad, justicia y reparación a aquellos que ha sido heridos por miembros del clero.

Ir al artículo

Posteriores


Suscripción

Suscribirse por RSS


últimos artículos

Archivo

Logo dominicos dominicos