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Jul2026El amor es paciente, porque todo lo espera
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En la sociedad actual todo avanza muy deprisa. Los buscadores de internet nos han acostumbrado a tener la información que buscamos en pocos segundos. Pero, sobre todo, lo que queremos que desaparezca rápidamente de nuestra vida es el sufrimiento. No queremos ni sabemos sufrir. Y, sin embargo, las cosas que valen se consiguen normalmente a base de tiempo, paciencia, esfuerzo e incluso sufrimiento.
Precisamente la paciencia es la capacidad que tiene el ser humano de soportar las contrariedades de la vida. En este sentido suele considerarse una actividad más bien pasiva: “las cosas son así, no queda más remedio que aguantar”. Pero la buena paciencia es algo más que aguantar, es también luchar para que las contrariedades y dificultades no nos hundan en la tristeza y en la desesperanza. La paciencia modera la tristeza y también la ira que puede producir la injusticia. Y nos mueve a vivir con esperanza en una futura victoria sobre el mal. La esperanza no es pasividad, más bien es el convencimiento de que podemos esperar un mañana mejor gracias a nuestros propios esfuerzos o a la ayuda que puede venir del exterior. Ser paciente es estar convencido de que el mal no tiene futuro. Como dice el refranero popular, no hay mal que cien años dure. El refrán trata de consolar a quien padece una desgracia, con la esperanza de que no sea duradera.
Pero además de ser una virtud humana, la paciencia es una actitud divina, un comportamiento de Dios, que ilumina y estimula la paciencia humana. El contraste entre la paciencia divina y la humana está expuesta en la parábola del mal compañero o siervo sin entrañas (Mt 18,21): un siervo debía 10.000 talentos (una fortuna) al rey; cuando el rey pretende cobrar la deuda, el siervo le suplica: “ten paciencia conmigo”. Y el rey, movido a compasión, le perdonó la deuda. La paciencia del rey se traduce en amor, compasión y perdón. Este siervo se encontró con otro compañero, que le debía cien denarios (una deuda que normalmente es posible saldar), y ahogándole le decía: “paga lo que debes”. Su compañero repetía la misma suplica que él había hecho al rey: “ten paciencia conmigo”, pero se comportó de forma muy distinta a como el rey se había comportado con él: le mandó a la cárcel hasta que pagase lo que debía.
En un caso la paciencia se transforma en misericordia y en el otro la ausencia de paciencia se transforma en una justicia sin amor que termina por ahogar al prójimo. La paciencia transformada en amor es la propia de Dios. Por eso, el libro de los salmos (103,8) canta que “Dios es clemente y misericordioso, lento a la cólera y lleno de amor”, tal como Yavhé se había revelado a Moisés (Ex 34,6). El Nuevo Testamento refiere a Cristo la misericordia divina que se traduce en forma de paciencia (1 Tim 1,16). Porque tiene paciencia, Dios es lento a la cólera y no tiene prisa en castigar. Todo lo contrario: usa de paciencia con nosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan (2 Pe 3,9). En la medida en que Dios, en lugar de castigarnos, contiene su ira, nos brinda la ocasión de vivir y nos da nuevas oportunidades de convertirnos. Cuando pecamos, Dios sufre porque nos alejamos de él, pero sufre porque nos ama, y nos conserva y mantiene en el ser a fin de que nos convirtamos y nos transformemos en imagen suya.
La paciencia de Dios es un signo de su esperanza en que, de una u otra forma, todos terminemos acercándonos a él, por muy alejados que estemos. Siempre hay esperanza para el pecador. Por eso, san Pablo afirma que el amor es paciente, precisamente porque todo lo espera, todo lo excusa y todo lo soporta (1 Cor 13,4.7). Dios es Amor, por eso tiene mucha paciencia y no quiere que nadie se condene. Pablo lo dice claramente en Rm 9,22: Dios soporta con mucha paciencia a los hombres que se han hecho merecedores de su ira, para manifestar así su poder y su misericordia, pues la paciencia de Dios espera a los incrédulos (1 Pe 3,20).








