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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

14
May
2026

Paradojas de la Ascensión

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ascensiónjesus2026

San Agustín hace notar algunas de las paradojas que comporta el misterio de la Ascensión. La Ascensión implica que Jesús deja esta tierra para subir al cielo. Y, sin embargo, nota el santo, “como él ascendió sin alejarse de nosotros, nosotros estamos ya allí con él”. ¿Cómo es posible estar con Jesús en el cielo cuando todavía estamos en la tierra? Agustín resuelve el dilema diciendo que “estamos ya allí con él, aún cuando todavía no se haya realizado en nuestro cuerpo lo que nos ha sido prometido”. O sea, estamos ya en el cielo con Jesús en esperanza, porque la promesa de algún modo anticipa ya lo prometido.

Otra paradoja: “Él ha sido elevado ya a lo más alto de los cielos; sin embargo, continúa sufriendo en la tierra a través de las fatigas que experimentan sus miembros”. Jesús desde el cielo sufre en cada persona que sufre, porque está presente sacramentalmente en todo ser humano, sobre todo en el pequeño y en el desvalido. Al respecto, san Agustín recuerda el texto de Mt 25,35: “tuve hambre y me distéis de comer”. En el hambriento está presente el Señor Jesús.

Tercera paradoja: “él está allí (en los cielos), pero continúa estando con nosotros; asimismo, nosotros, estando aquí, estamos también con él allí”. ¿Cómo es esto posible? Porque la fe, la esperanza y la caridad son las tres actitudes que, ya en este mundo, nos unen directamente con Dios. Si esto es así, por la fe, la esperanza y la caridad estamos ya participando de la vida futura, y el Dios del cielo se hace presente en cada creyente. Aclara el santo: “él está con nosotros por su divinidad, su poder y su amor; nosotros, en cambio, aunque no podemos realizar esto como él por la divinidad, lo podemos sin embargo por el amor hacia él”.

Nueva paradoja: “Él, cuando bajó a nosotros, no dejó el cielo; tampoco nos ha dejado a nosotros, al volver al cielo”. Esto es así, explica el santo, en razón de la unidad que existe entre él, nuestra cabeza, y nosotros, su cuerpo. Y recuerda que san Pablo afirma que Cristo es la cabeza de un cuerpo con muchos miembros, que somos nosotros. La cabeza no puede estar separada del cuerpo. “La unidad de todo el cuerpo pide que éste no sea separado de su cabeza”, remacha Agustín. Y concluye: “bajó del cielo por su misericordia, pero ya no subió él solo, puesto que nosotros subimos también con él por la gracia”.

Estas paradojas nos llevan a una conclusión: la Ascensión no aleja a Cristo de este mundo. Sigue estando con nosotros de muchas maneras (en su Palabra, en los sacramentos, en el prójimo necesitado), distintas de su modo de estar mientras anunciaba por los caminos de Galilea el Reino de Dios, pero no menos reales. En su Ascensión, Cristo abre el camino por donde también nosotros estamos llamados a ir al cielo. Y en el cielo nos tiene muy presentes, recordándonos en todo instante, por medio de su permanente oración por nosotros, pues como dice la liturgia en uno de sus prefacios, “habiendo entrado una vez para siempre en el santuario del cielo, ahora intercede por nosotros, como mediador que asegura la perenne efusión del Espíritu”.

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