May
Dar razones de la esperanza
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La liturgia del sexto domingo de Pascua nos ofrece una lectura de la primera carta del apóstol Pedro en la que se exhorta a todos los cristianos a estar siempre dispuestos para dar explicaciones a todo el que nos pida razones de nuestra esperanza. El contexto en el que el autor de la carta hace esta exhortación es de persecución y de martirio. En los momentos de prueba y de dificultad, los cristianos debemos estar dispuestos a dar un testimonio valiente de nuestra fe. Pero, añade inmediatamente el apóstol, eso no puede hacerse de cualquier manera.
El creyente está dispuesto a dar razones de su esperanza, pero ¡no de forma triunfalista!, sino “con buenos modos y respeto” (1 Pe 3,16), es decir, nunca siendo violentos. Pues el creyente sigue las huellas de Cristo: “cuando le insultaban no devolvía el insulto, en su pasión no profería amenazas” (1 Pe 2,21-24). Tampoco el creyente devuelve mal por mal ni insulto por insulto; al contrario, “responde con una bendición” (1 Pe 3,9). Y si tiene que proclamar el mensaje, “insistiendo a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4,2), o sea, oportuna e inoportunamente, en los momentos fáciles y difíciles, no puede hacerlo de cualquier modo, sino con toda comprensión y pedagogía, sin perder nunca el control, “soportando lo adverso” (2 Tim 4,3.5). La fe cristiana no se impone, se propone. No emplea los trucos de la publicidad. La mansedumbre y la bondad son esenciales a la fe cristiana.
Las explicaciones de las que habla nuestro texto, también podrían traducirse por “dar respuesta”. La palabra griega original es “apología”. Apología es el discurso que el buen abogado hace ante el tribunal para defender a su cliente. El cristiano, al dar explicaciones de su fe, debe hacerlo con una exposición inteligente e inteligible. Porque si no se le entiende las explicaciones no sirven de nada, y si no son inteligentes, o sea, buenas, atractivas, bien razonadas y explicadas, entonces no convencen. Los cristianos debemos estar preparados. No se trata solo de decir lo que creemos, sino por qué creemos, cómo creemos, qué sentido y qué consecuencias tiene eso que creemos. La fe cristiana pretende que en ella se decide la vida del ser humano, pues el que crea se salvará. Si esto es así, su presentación debe causar algún impacto, suscitar algún interés, remover las fibras del alma, despertar deseos de mejor conocer.
Finalmente, el texto habla de dar razones no solo de la fe, sino de la esperanza. Fe y esperanza van siempre unidas. Pero la esperanza se refiere a la fe realizada en el futuro. Esperamos lo que creemos. La esperanza responde a la pregunta sobre el sentido de la vida. Porque la vida tiene sentido, los cristianos viven de forma distinta. Esta nueva forma de vivir es lo que, al final, resulta ser lo más convincente. Vivimos de esta forma (en el amor, el perdón y la solidaridad) porque creemos en Dios que es amor, perdón y comunión.