May
Todos hablan en todas las lenguas
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El año litúrgico se organiza en tres ciclos que rotan cada tres años y de esta forma los que asisten a la eucaristía dominical se enriquecen con la escucha de los textos más fundamentales de la Escritura. Pero hay un domingo en el que la primera lectura es la misma para los tres ciclos, el domingo de Pentecostés. Esta primera lectura está tomada del libro de los Hechos y en ella se narra cómo nace la Iglesia. Nace cuando todos hablan en todas las lenguas y cada uno escucha a los Apóstoles hablar en su propia lengua. Desde el primer momento, la Iglesia es universal. Quién hace posible esta universalidad, cuya expresión es el mutuo entendimiento, es el Espíritu Santo, que crea comprensión y abre fronteras.
Se ha hecho notar, con razón, que Pentecostés es la cara opuesta de Babel, “donde todo el mundo era de un mismo lenguaje e idénticas palabras” (Gen 11,1). Hablando el mismo lenguaje se entendieron para enfrentarse con Yahvé y de este modo terminaron por no entenderse entre ellos, por separarse, yendo cada uno por su lado. El mal solo une aparentemente y termina siempre separando. Esta es una buena imagen de nuestra situación. En nuestro mundo moderno, aunque no todos hablamos la misma lengua, tenemos muchos medios para comprender lo que decimos, pero no estamos unidos. Hay un exceso de individualismo y de búsqueda del propio provecho a costa de los demás. Eso ocurre tanto a niveles individuales como a niveles sociales y políticos. El mundo está en guerra. No es el Espíritu Santo el que inspira a los guerreros, sino el espíritu diabólico. Mientras el Espíritu Santo da paz y alegría, el espíritu diabólico separa y entristece.
Cierto, también en nuestro mundo hay personas que buscan la paz y el entendimiento. Ellas, sean o no cristianas, están movidas, aunque no lo sepan, por el Espíritu Santo. Según el relato de los Hechos, cuando los apóstoles estaban reunidos en el mismo lugar, el Espíritu se hizo presente como un fuerte viento y como lenguas de fuego. El viento y el fuego del Espíritu no son destructores, sino fortalecedores y creadores. El viento es el aliento de Dios; el fuego es purificador. Uno y otro empujan a los discípulos a salir del lugar en donde están para dar testimonio de Jesús, crear comunión y fortalecer la unidad: “pues todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo” (1 Cor 12,13).
El Espíritu no sabe de preferencias lingüísticas o de prioridades nacionales. Solo sabe de amor, paz, alegría y encuentro. Un buen católico habla todas las lenguas, o sea, se entiende con todo el mundo. Y para él no existen las fronteras. Pues la Iglesia católica es sacramento de unidad, o sea, signo de aquello a lo que toda la humanidad está llamada.