Jun
Jesucristo, culminación de lo humano
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El planeta Tierra se formó hace unos 4.600 millones de años. Y en la tierra, apareció la vida hace unos 3.700 millones de años. Los primeros homínidos bípedos aparecieron hace unos seis o siete millones de años en África. La vida ha ido evolucionando siempre a mejor hasta la aparición del ser humano actual, hace unos 200.000 mil años en África. Bien podemos decir que el fin más íntimo de la naturaleza fue recibir algún día al hombre, poder desarrollar en el curso del tiempo un organismo capaz de transformarse en eso nuevo que denominamos hombre.
Una vez aparecido el ser humano “comienza una nueva tarea, más elevada: la humanidad existe para engendrar a Jesucristo. Está para crear el lugar en el que pueda producirse la unión entre Dios y el mundo. La humanidad vive para llegar a ser una con Dios” (J. Ratzinger). Jesucristo es la plenitud, la culminación, la perfección de lo humano. Por esta razón el Concilio Vaticano II califica a Cristo de “Hombre perfecto”. O sea, no se trata solo de afirmar la verdadera naturaleza humana de Jesús (perfecto hombre), en el sentido de que es un hombre completo, como desde antiguo ha afirmado la Tradición, sino algo más importante aún: en Cristo, la naturaleza humana ha llegado a su total y plena capacidad (“hombre perfecto”), hasta su más alta cota, que es el encuentro y la comunión con Dios.
Por este motivo, Cristo es el ideal concreto de lo humano, la “magnífica humanidad” (como dice León XIV). Si en Cristo se encuentra la humanidad más lograda, esta humanidad resulta paradigmática, ejemplar. Jesús es el modelo según el cual todo ser humano debe configurarse. De ahí que su seguimiento es crecimiento en humanidad, permite la plena realización personal: “el que sigue a Cristo, Hombre perfecto, se perfecciona cada vez más en su propia dignidad de hombre” (Gaudium et Spes, 41). Mirando a Jesús sabemos a qué atenernos en la realización de nuestra perfección humana. En esta perspectiva podemos situar el texto de Rm 8,29: Dios nos “predestinó a reproducir la imagen del Hijo, para que fuera el primogénito entre muchos hermanos”. Todos estamos destinados a reproducir la imagen de Jesús, a ser otro Cristo, en definitiva. Hablar, pues, del Hijo de Dios, es algo que no solo afecta a Jesús de Nazaret, sino que también nos afecta a nosotros. El hombre tiene una dimensión que le pertenece intrínsecamente y que es una dimensión divina.
Ahora bien, si hay que mantener que llegó un momento en que la humanidad estaba, de algún modo, preparada para que Cristo pudiera encarnarse, hay que dejar bien claro que la encarnación de Dios no es resultado del ascenso del ser humano, sino del descenso de Dios. Una cosa es estar preparado para acoger a Dios y otra ser el creador de Dios. El intento, por parte del hombre, de hacerse por sí mismo divino, de convertirse en “super hombre”, de ir más allá de lo humano, de ser dios en definitiva, está condenado al fracaso, por mucho que se empeñen las teorías trans y post humanistas. “La salvación no proviene de la grandeza del hombre, sino de la graciosa misericordia de Dios” (J. Ratzinger).