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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

27
Jul
2026

El cielo, aspiración interminable

1 comentarios
cieloaspiración

Llegará un día en que veremos a Dios “tal cual es” (1 Jn 3,2). Pero esto no significa que el cielo será la contemplación indefinida de un mismo espectáculo. Lo que en el cielo se vivirá no es un espectáculo, sino una profunda experiencia de amor y de comunión. Por eso, según la fe cristiana, el Paraíso celestial es todo menos un eterno aburrimiento. Es un continuo descubrimiento, un entrar en el dinamismo del amor infinito de Dios. El Cielo será una aventura continua, una comunión cada vez más profunda con Dios y con los demás, un descubrimiento sin fin.

La gloria, decía Miguel de Unamuno, no puede representarse como la adquisición de una vez por todas de la Verdad entera y total, sino como un “trabajo, una continua y nunca acabadera conquista de la Verdad Suprema e Infinita, un hundirse y chapuzarse cada vez más en los abismos sin fondo de la Vida Eterna”. La contemplación de la Verdad debe ser “un continuo descubrimiento de ella, un incesante aprender”, pues “la ociosidad contemplativa no es dicha”.

En unos Ejercicios espirituales en el Vaticano, delante de Pablo VI, el predicador René Voillaume dijo que la vida eterna es deseable a condición de que valga la pena ser vivida. Y prosigue: “¿Cómo hacer desear a los hombres de hoy un mundo y una vida despojada de todo lo que constituye el interés de la vida presente: la alegría del descubrimiento, el movimiento, todo lo que llamamos vivir, el progreso del conocimiento, los viajes, la exploración del mundo… ¡Esto es ciertamente ‘vivir’! Un mundo inmóvil y eterno no atrae”.

Por su parte, Leon Bloy escribió: “la Bienaventuranza no puede ser concebida e imaginada más que como una ascensión siempre más viva, más impetuosa, más fulminante, no hacia Dios, sino en Dios, en la Esencia misma del Incircunscrito. ¡Huracán teologal sin fin ni tregua que la Iglesia, hablando a los hombres se ve forzada a llamar ‘Requies aeterna’!”

Si el cielo es encuentro con Dios, no debemos olvidar que Dios es inabarcable, inefable, incomprensible e incontenible por el ser humano. Siempre está más allá de todo lo que podamos decir o imaginar; está en otra dimensión. Como bien afirma san Agustín si comprendemos lo que de Dios decimos, eso no es Dios, precisamente porque él es incomprensible. Cierto, el ser humano en el cielo estará divinizado, y por tanto será capaz de ver a Dios en condiciones mucho mejores que las de este mundo, pero seguirá siendo ser finito y limitado. En el cielo, el humano no será Dios, porque entonces dejaría de ser él mismo. Su encuentro con Dios tomará la forma de un deseo abierto al “siempre más” y al “siempre mayor”; será el encuentro con una maravilla que cada día nos dejará sorprendidos; una penetración incesantemente nueva y enriquecedora del misterio inagotable del Amor. Cada día nos dejará satisfechos, pero al mismo tiempo insatisfechos por no poder llegar a conocer del todo tanta bondad, tanta maravilla. Una insatisfacción que será la máxima satisfacción. La vida eterna es una llegada que seguirá siendo aspiración.

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juan garcia
27 de julio de 2026 a las 17:06

La contemplaciòn divina en el cielo no puede ser un acto parcial que cambia con frecuencia la naturaLeza de nuestra experiencia de la visión de Dios en el Cielo. La llegada al Reino será una gran sorpresa incapaz de definir: la grandeza de Dios sobrepasa nuestra capacidad de comprender y todo lo que imaginemos serà poesia celestial. "Una maravilla que nos sorprenderá cada día". Gracias, fray Martín.

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