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La cruz de Cristo, acto de amor y pecado gravísimo
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Con motivo de la fiesta de la exaltación de la Santa Cruz, que se celebra el 14 de septiembre, ofrezco dos reflexiones, sobre las que ya he escrito en otras ocasiones, pero esta vez fundamentadas en textos de Sto. Tomás de Aquino, todos sacados de la Suma de Teología.
Primera idea: en la muerte de Cristo hay dos voluntades. Una la voluntad de los que le matan y otra la voluntad con la que Cristo asume su muerte. La primera voluntad es asesina; los que le mataron, dice el santo pecaron gravemente. La segunda voluntad es la de Cristo que asume su muerte por amor y, en este sentido, puede decirse con palabras de la plegaria eucarística que su pasión fue “voluntariamente aceptada”. La pasión de Cristo fue voluntaria, explicará Tomás de Aquino, pues pudiendo impedirla, no lo hizo (III,47,1). Dice el santo: “La pasión de Cristo fue la oblación de un sacrificio, en cuanto Cristo, de su propia voluntad, soportó la muerte por amor; pero no fue sacrificio, sino gravísimo pecado, en cuanto padeció de parte de los perseguidores” (III,47,4,ad 2).
A este respecto dice en otro lugar: “La muerte de Cristo puede relacionarse con una doble voluntad. En primer lugar, con la voluntad de los que le mataron. En este sentido no tuvo la condición de víctima, pues no es posible decir que quienes mataron a Cristo hayan ofrecido a Dios una víctima, sino que pecaron gravemente. Los sacrificios impíos de los gentiles eran imagen de este pecado, porque sacrificaban hombres a sus ídolos. En segundo lugar, la muerte de Cristo puede considerarse en comparación con la voluntad del paciente, que se ofreció voluntariamente a la pasión. Y bajo este aspecto tiene razón de víctima, y no guarda semejanza con los sacrificios de los gentiles” (III,22,2,ad 2).
Segunda idea: la fuerza del amor es muchísimo mayor que la del odio. Por eso, si al matar a Cristo sus asesinos merecían el castigo eterno de Dios, el amor que Cristo manifiesta al pedir el perdón para ellos (“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”) es infinitamente meritorio y sobradamente suficiente para evitar que el Padre les castigue. A este respecto, ahí van estos dos textos de Tomás de Aquino: “La caridad de Cristo, al padecer, fue mayor que la malicia de quienes le crucificaron. Y por eso más pudo Cristo satisfacer con su pasión que lo pudieron ofender, al matarle, los que le crucificaron, en cuanto que la pasión de Cristo fue suficiente y superabundante para satisfacer por los pecados de los que le crucificaron” (III,48,2,ad 2). Y, en otro lugar dice: “La caridad de Cristo paciente fue mayor que la iniquidad de quienes le mataron. Y, por tal motivo, la pasión de Cristo tuvo más poder para reconciliar al género humano con Dios que para provocarle a la ira” (III,49,4,ad 3).
Es el acto voluntario y amoroso de Cristo lo que hace que el drama del calvario sea una auténtica ofrenda a Dios, “para el perdón de los pecados” (como decimos en la eucaristía), de todos los pecados, por tanto también del pecado de los que le matan. Es imposible amar más. Solo en un amor así puede estar la salvación del mundo.