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Razones para vivir y para esperar
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Son muchos los rasgos sombríos que caracterizan el momento actual. Hay un desencanto generalizado ante las promesas de progreso y prosperidad prometidas por la ilustración. Las guerras se suceden unas a otras. Nos hemos acostumbrado al deterioro ecológico, al hambre en el mundo y a otras adversidades. Encontramos un desencanto generalizado, sobre todo ante la política, pero también en ciertas actitudes eclesiales. Se diría que bastantes acontecimientos que estamos viviendo no conducen a ninguna parte, o por mejor decir, conducen derechos a la muerte en todas sus formas: aburrimiento, cansancio, desilusión, egoísmo, insolidaridad. De ahí la gran actualidad que siguen teniendo estas palabras del concilio Vaticano II: “Se puede pensar con toda razón que el porvenir de la humanidad está en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar” (Gaudium et Spes, 31).
En unos tiempos como los nuestros, donde parece que no hay nada que esperar y muy poco que vivir, se necesitan más que nunca personas que aporten una luz que devuelva a los seres humanos las ganas de vivir, y alejen el miedo a la vida y el miedo a la muerte que a todos nos embarga. Luz que, en tiempos de guerra, llame a la paz; en tiempos de odio, reparta amor; en tiempos de escasez, comparta lo que hay. El auge de los horóscopos y de los adivinos muestra, como en negativo, la imperiosa necesidad que todos sentimos de escuchar “buenas noticias”. Ante el vacío existencial, el hombre está en busca de sentido.
Las sectas y algunos movimientos religiosos logran captar adeptos porque ofrecen una predicación cercana, cálida, acogedora y fraterna. No importan demasiado los presupuestos y fundamentos teóricos del grupo elegido, si en éste hay afecto y calor humano, si ofrece seguridad y protección. De ahí la urgencia de que la Iglesia, donde sea necesario, renueve su lenguaje, su pastoral, sus estructuras, de modo que en ellas se transparente la verdad de Jesucristo, “gozo del corazón humano y plenitud total de todas sus aspiraciones” (Gaudium et Spes, 45), “principio y modelo de una humanidad renovada, a la que todos aspiran, llena de amor fraterno, de sinceridad y de espíritu de paz” (Ad gentes, 8).
Más que ante una época de cambios, estamos ante un cambio de época: han cambiado las convicciones profundas desde las que las personas miran la vida, buscan la felicidad, entienden lo sagrado y se relacionan con Dios y los demás. Hoy lo sagrado se coloca sobre todo en la persona: su dignidad, su libertad, sus sentimientos, su capacidad de disfrutar de la vida. Precisamente ahí es donde Jesús colocaba lo sagrado: en el amor al prójimo uno se encuentra con Dios, aunque no sea consciente de ello.