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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

26
Ago
2026

Esperanza escatológica y transformación del mundo

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esperanzaytransformación

El Concilio Vaticano II en distintos lugares de la Constitución Gaudium et Spes ha dejado muy claro que “la esperanza escatológica no merma la importancia de las tareas temporales, sino que más bien proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio” (21 c); “el mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del mundo ni los lleva a despreocuparse del bien ajeno, sino que, al contrario, les impone como deber el hacerlo” (34 c).

Por tanto, la esperanza escatológica aviva la preocupación por transformar esta tierra haciéndola más acorde con el proyecto de Dios. La esperanza en un cielo nuevo y una tierra nueva, no hace que nos olvidemos de nuestras obligaciones mundanas; todo lo contrario, nos estimula a cumplirlas con mayor prontitud ¿Cómo es posible? Porque “los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad, en una palabra, todos los bienes excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal” (39 c).

Cierto, “aunque hay que distinguir progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puedo contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios” (39 b). O sea, lo que encontraremos en el reino de Dios es el amor que hayamos puesto en este mundo en trabajar por una sociedad más justa, pero también “todos los bienes excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo”, eso sí, iluminados y transfigurados. Pero esta transfiguración nos resultará extrañamente familiar. Por eso, el progreso temporal, en la medida en que se ordena a conseguir un mundo más justo, interesa en gran medida al reino de Dios.

Así se responde a la objeción marxista que considera a la religión alienante, porque disuade de la liberación socioeconómica. “Este ateísmo pretende que la religión, por su propia naturaleza, es un obstáculo para esta liberación, porque, al orientar el espíritu humano hacia una vida futura ilusoria, apartaría al hombre del esfuerzo por levantar la ciudad temporal” (20 b). Pero lo cierto es que cuanto más amor pongamos en la transformación del mundo, más amor encontraremos en el cielo. Por eso la esperanza, lejos de evadirnos de nuestras responsabilidades presentes, nos compromete y nos estimula para hacer de este mundo un lugar de paz, de perdón, de reconciliación, de justicia y de fraternidad.

Los seres humanos somos tan torpes que pensamos que el deseo de Dios se opone a la vida buena, a una vida plena y realizada. El tentador, bajo la forma de la serpiente, nos ha convencido de esta mentira, pues según ella, Dios no da, sino que prohíbe (Gen 3,1). Dios ama al mundo y, por eso, los cristianos amamos al mundo que se ajusta al proyecto de Dios.

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