Ago
"Pascua" de María
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Celebramos, en pleno mes de agosto, la fiesta de la Asunción de la Virgen María. En esta solemnidad contemplamos la entrada de María en la gloria del cielo. En cierto modo podemos decir que celebramos su “pascua”, su paso de este mundo en el que la muerte es una llegada segura e infalible para todos, al mundo de Dios donde la muerte ya no tiene ningún dominio. Como Cristo resucitó de entre los muertos con su cuerpo glorioso y subió al cielo, la Virgen María, asociada plenamente a su Hijo, también fue elevada al cielo con toda su persona. Junto a Jesús, que es la “primicia” de los resucitados (1 Co 15,20.23), la Virgen, según proclama el prefacio de su fiesta, aparece como “figura y primicia de la Iglesia, que un día será glorificada, señal de esperanza y consuelo del pueblo peregrino”. María nos señala la meta a la que todos y cada uno estamos destinados y esperamos llegar. La fiesta de la Asunción es, por tanto, una fiesta que debe llenar nuestra vida de alegría y esperanza.
Esta fiesta constituye una ocasión propicia para meditar sobre el valor de nuestra existencia humana en la perspectiva de la eternidad. Los cristianos sabemos que somos peregrinos y huéspedes sobre la tierra, porque nuestra morada definitiva es el cielo (Heb 11,13.16). Desde allí María nos anima a no dejarnos seducir por todo lo que es efímero y pasajero. Y a no convertir en falsos absolutos realidades temporales que nunca deben separar ni dividir, como el partido político, el equipo de futbol, la patria o el dinero.
María es un ejemplo para todos los creyentes. Nos anima a no desalentarnos ante las dificultades y los problemas de todos los días. Ella nos recuerda que lo esencial es buscar “las cosas de arriba, no las de la tierra” (Col 3,1-2). No se trata de olvidar nuestras tareas y obligaciones mundanas. Se trata de no creer que, en este mundo, en el que estamos de paso, se encuentra el fin último de nuestra vida. El cielo es nuestra meta. Si nuestra vida está animada por esta convicción, afrontaremos nuestros problemas con más paz y serenidad, dando a las realidades terrenas su justo valor. Y podremos proclamar con el salmista: “Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción”.