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La vida humana marcada por la gratuidad
0 comentariosEn este mundo se habla mucho de derechos, unos más dignos y legítimos que otros: derecho al trabajo, a tener una buena vivienda, a ganar un sueldo justo, derecho al asilo, derecho sobre mi cuerpo. Se habla menos de deberes, aunque alguna vez se recuerda que no hay derechos sin deberes: el derecho que tengo a que los demás me traten bien, implica por mi parte el deber de tratar bien a los demás. Por otra parte, las ganas que tengo de poseer algo comporta el deber de abonar su coste.
De lo que realmente se habla poco es de gratuidad, entre otras cosas porque solemos asociar lo gratuito a lo poco valioso. En el fondo, pensamos que nadie da nada gratis. Esta mentalidad marcada por los derechos y los deberes nos impide ver la realidad. Y la realidad es que en la base de todo lo que tenemos y podemos hay una gratuidad radical que marca todo lo que somos. Lo más valioso lo hemos conseguido gratis, sin abonar nada por ello. San Pablo se preguntaba: “¿qué tienes que no hayas recibido?” (1 Cor 4,7). Bien pensado, todo lo que tenemos es un don, empezando por el don fundamental de la vida.
La vida no nos la hemos ganado, no la hemos conseguido con nuestras fuerzas o nuestro trabajo, nos la hemos encontrado. Yo no soy el autor de mi existencia, en todo caso soy su cuidador. La vida es un don. Un dinamismo de gracia sostiene la entera realidad. Ser es ser donado y la vida solo puede ser recibida. Que la existencia es perfecta gracia está en el dato evidente de que se ha recibido sin merecimiento porque no había posibilidad alguna de merecerla. Por otra parte, todos nos hemos encontrado con un mundo habitable y humanamente conformado, así como un lenguaje y unas experiencias que nos permiten orientarnos en el mundo y desarrollar nuestra identidad.
Si nos hemos encontrado con la vida eso significa que alguien nos la ha regalado. Para los creyentes, la vida es un regalo de Dios. Para los no creyentes la vida es un regalo de la naturaleza. Esta respuesta debería, al menos, preguntarse de dónde ha salido la naturaleza y de dónde saca la naturaleza inanimada el extraordinario poder de dar vida y vida inteligente. En todo caso, aceptado el regalo de la vida, podemos afirmar que todo lo que ella conlleva es también un regalo. Los regalos están para ser acogidos. Y la acogida requiere un gesto o una palabra de agradecimiento. El don es gratuito, pero eso no quita que quien lo ha recibido debe, en justa correspondencia, agradecer el don, que sigue siendo don, aunque no haya agradecimiento. Precisamente, cuando no hay agradecimiento, el don gratuito se manifiesta en forma de perdón.
En este mundo, la gratuidad no es muy valorada. Lo gratuito parece que vale poco. Lo que vale, lo que importa son los negocios, las ganancias. Precisamente porque el mundo no valora la gratuidad, no comprende el perdón. Más que perdón, lo que se reclama y exige es justicia: el que la hace la paga. Sin embargo, la entera realidad que sostiene al ser humano es pura gracia. Eso nos llama a elaborar una comprensión de la realidad bajo el dinamismo constitutivo de la gracia. Construir un mundo solo a base de justicia resulta insuficiente si la justicia no se abre al amor y se prolonga en el amor. El canon de la justicia es necesario, pero llevado al extremo corre el riesgo de convertirse en relación de poder, por no decir de venganza.