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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
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22
Nov
2014
Iglesia para servir a todos
4 comentarios

Todos los que tienen cargos en la Iglesia deberían decir: aquí estamos para servir. Servir no es exactamente hacer lo que el peticionario gusta mandar (porque, a veces, lo que “manda” no es bueno para él, o no hay modo de hacerlo), pero sí que es estar disponible, atento a sus necesidades, buscar el modo de ayudar. Es tan obvio que la Iglesia está para servir, que casi da vergüenza recordarlo. Evidentemente, la Iglesia es, ante todo, servidora de su Señor y de su Palabra. Pero precisamente en obediencia a su Señor, es servidora de todos los seres humanos. Dentro de la Iglesia estamos para “servirnos los unos a los otros”, aunque cuando la reciprocidad no se da, porque no es posible o porque hay mala voluntad por una de las partes, la otra sigue estando obligada al servicio, que es una forma concreta de amar. En relación a “los de fuera” los cristianos también estamos llamados a servirles desinteresadamente y, en este servicio, manifestamos la gratuidad del amor cristiano.

Esto debe traducirse en actos concretos. No cabe duda que, dentro de la Iglesia, muchas instituciones realizan la labor de servicio propia de la Iglesia. Bastantes congregaciones religiosas realizan servicios de tipo social (en el terreno de la educación, de la sanidad, de la atención a ancianos, de la acogida de inmigrantes o vagabundos, de servicio a personas con enfermedades contagiosas o con adiciones) y, en muchas ocasiones, de forma gratuita o a bajo coste. A veces algunos de sus miembros están en primera línea en lugares y países difíciles y, en ocasiones, con riesgo de su vida. En estos lugares es dónde aparece con más claridad la gratuidad, el desinterés y hasta la heroicidad del amor cristiano. Hay otras instituciones de tipo parroquial o diocesano, como “Caritas”, que se ocupan de servicios similares a los que hacen las Congregaciones religiosas.

Hablando de la parroquia o de la diócesis, en nuestro primer mundo, es importante caer en la cuenta de que, además de esos servicios más llamativos, hay una serie de servicios de tipo religioso para los fieles normales (por decirlo de modo que se entienda) que debemos efectuar con alegría, cariño, desinterés y eficacia. En los despachos parroquiales hay que atender a la gente con amabilidad. A veces, sobra burocracia y falta cercanía. A veces, los que están en oficinas de atención a los fieles, se toman demasiado en serio su papel de oficiales y olvidan que lo suyo no es el oficio, sino el servicio, el comprender que cada persona es un mundo distinto y, por tanto, que la estricta aplicación de la ley puede resultar cruel. Hay que hacer un esfuerzo de comprensión e intentar responder a las personas más allá de la ley. Las oficinas de la Iglesia no son una máquina sin vida, sino un lugar dónde se respiran aires evangélicos.

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19
Nov
2014
La vida y la ley
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Uno de los problemas que tienen las leyes es que la vida siempre va por delante de ellas. No solo porque las mentalidades y las costumbres cambian, sino porque la realidad se impone y nos obliga a cambiar nuestras preconcepciones y nuestros planes. Eso ocurre en todos los terrenos, también en el religioso. Hay situaciones que hoy se consideran normales y en otros tiempos se consideraban, como mucho, como algo excepcional, por no decir anormal. Las cuestiones de moral familiar y matrimonial son un buen ejemplo. Se piense lo que se piense, desde el punto de vista moral y religioso, la normalidad social del divorcio ha hecho cambiar leyes que lo prohibían o lo penaban.

Es conocido el gran aprecio de los judíos piadosos por su Ley, que ellos consideran proveniente de Dios. Al respecto no conviene olvidar que lo propio del judaísmo no es exactamente la Ley, sino la Alianza, la elección que Dios ha hecho de ese pueblo, una alianza que permanece para siempre. Esta permanencia indica que en el judaísmo la gracia tiene la primacía. La ley no es más que la respuesta del ser humano a la iniciativa amorosa de Dios de hacer una Alianza con su pueblo. Dicho lo cual, vuelvo al aprecio del pueblo judío por la ley para referir un ejemplo de cómo también para este pueblo la vida, en ocasiones, obligaba a cambiar la ley. Y no pasaba nada.

El libro primero de los Macabeos cuenta la persecución religiosa desencadenada por el rey Antíoco IV, y la rebelión liderada por los Macabeos para defender la religión de sus antepasados. Matatías, el patriarca de la familia, incita al pueblo con el siguiente grito de guerra: “¡Todos los que quieran defender la ley y mantenerse fieles a la alianza que me sigan!” (1Mac 2,27). Tras esta arenga, el libro describe una primera batalla que es perdida como consecuencia de la observación de la prohibición de combatir en sábado. Este incidente conduce a Matatías a proclamar que es necesario combatir en sábado para conservar la alianza (1 Mac 2,40-41). La Alianza es criterio de la ley, y la juzga, e incita a cambiar la ley.

Uno se da cuenta de la necesidad de cambiar la ley cuando estamos ante asuntos serios. Los sábados, en los hoteles de Jerusalén, los ascensores están todo el día funcionando automáticamente, para que nadie tenga que apretar el botón y cumplir así con el precepto del “descanso sabático”. Me atrevo a opinar que el descanso sabático debe ser algo más serio. O está al servicio del ser humano o puede convertirse en algo ridículo. Estoy convencido de que si, en sábado, un piadoso judío se encuentra con un herido en un ascensor y solo puede bajarlo apretando el botón, no lo dudará un solo momento. Ya lo he dicho: cuando se trata de asuntos serios es cuando uno se da cuenta de lo relativas que son las leyes.

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15
Nov
2014
Ciencia, filosofía y fe
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Hay personas que piensan que lo que dice la Biblia a propósito de la creación del mundo y del ser humano ha quedado totalmente superado por la ciencia. Si superado quiere decir que la ciencia explica las cosas con una perspectiva y un lenguaje muy distintos al de la Biblia, podemos estar de acuerdo: Dios, evidentemente, no ha creado el mundo en seis días. Pero si superado quiere decir que lo que dice la Biblia ha dejado de ser verdad, entonces no estoy de acuerdo, aunque reconozco que hay que explicar bien esa verdad bíblica. Lo que sí me parece que está superado es la alternativa entre creación y evolución. Tanto las ciencias naturales como la fe, hablan de lo mismo, aunque con perspectivas diferentes, ambas importantes para nosotros.

Las ciencias naturales quieren describir de la manera más exacta los datos y los hechos. Quieren analizar los componentes físicos, químicos, biológicos y neurológicos. Y descubren una serie de conexiones y de leyes que explican los distintos momentos de una evolución, que han conducido a la aparición de la vida y, finalmente, de los seres humanos. Pero con esto no han dicho todo lo que puede decirse sobre el mundo y sobre el hombre. Podemos explicar las funciones químicas del cuerpo humano y de su cerebro, y no por eso hemos comprendido al ser humano.

¿Por qué existe algo y no la nada, por qué hay evolución? ¿Por qué el universo está constituido de esta manera, por qué resulta inteligible? ¿Qué sentido tiene la vida humana? ¿Cómo debemos comportarnos con la naturaleza? ¿Hay algún límite para nuestro comportamiento? Todo ser humano, de un modo u otro, se plantea estas u otras preguntas parecidas. Y cuando trata de responderlas ya no está haciendo ciencia, sino filosofía. Cuando nos planteamos estas preguntas ya no buscamos explicaciones; buscamos comprendernos a nosotros mismos y buscamos comprender cómo debemos relacionarnos con la naturaleza y con los otros seres humanos.

Finalmente, las personas que creen en Dios, además de querer comprender el universo y la vida, se admiran ante tanta maravilla y dan gracias a Dios por su existencia. Porque entienden que, de un modo misterioso, Dios está en el origen de todo lo que existe. Y que la vida es un regalo que Dios nos ha hecho. Las personas que creen en Dios se maravillan ante los portentos que es capaz de realizar el ser humano en el campo del arte y de la técnica, pero también en el campo del amor al prójimo. Las personas religiosas se duelen también ante el sufrimiento que hay en el mundo y el dolor que provocamos los hombres. Este sentimiento de admiración y de gratitud nos abre a la responsabilidad y a la idea de que, detrás de tanta maravilla, está la mano de un Dios que no sólo es poderoso, sino esencialmente bueno.

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11
Nov
2014
Amar a Dios con todo el corazón
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¿Qué significa en positivo amar a Dios? Para amar a Dios hay que comenzar por descubrir que alguien nos ama incondicionalmente. Que Dios nos ama primero y nos ama siempre. En efecto, el amor a Dios es un amor de respuesta a un amor previo, gratuito y fiel de Dios hacia el ser humano. Para expresar la cercanía e intimidad del amor de Dios, la Escritura utiliza las analogías del amor paterno-filial (Dios quiere a Israel como a un hijo: Ex 4,22; Os 11,1; Jer 31,9; Sal 102,13; Is 63,15); y del amor esponsal (Jer 2,2; Ez 16; Os 2,21-22), aunque el amor de Dios desborda toda comparación. Es un amor que sólo puede expresarse con un “cuanto más” (Mt 7,11; Lc 11,13). “Mejor que nuestro corazón es Dios” (1 Jn 3,20).

Es un amor universal. Hacia todo ser humano, sin excepción alguna; un amor constante, sin desánimo: “Me he hecho encontradizo de quienes no preguntaban por mí; me he dejado hallar de quienes no me buscaban. Dije: aquí estoy, aquí estoy, a gente que no invocaba mi nombre. Alargué mis manos todo el día hacia un pueblo rebelde que sigue su camino” (Is 65,1-2). El Nuevo Testamento ratifica y profundiza en la universalidad y constancia del amor de Dios. El ama a sus enemigos, a justos e injustos, a malos y buenos, a todos los seres humanos sin excepción, sea cual sea su situación (cf. Rm 5,6; 1 Pe 3,18; Mt 5,45).

Aquellos que descubren un amor así se sienten interpelados, llamados a dar una respuesta total. A amar ellos, a su vez, a este Dios sumamente amable, con toda su personalidad, con la totalidad de su ser. Hay un comentario rabínico al famoso texto de “escucha Israel: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”, que dice así: hay que amar a Dios sin reservarse nada; por eso hay que amarle con todo el corazón, o sea, con todas tus tendencias. Amarle con toda el alma es estar dispuesto a dar la vida por Dios en caso de persecución. Y amarle con todas las fuerzas es amarle con todo tu dinero (que es dónde ponemos nuestra fuerza).

Detrás de algunos pasajes del Nuevo Testamento podría estar esta lectura rabínica del texto del Deuteronomio. La parábola de Mt 13,3-23 se refiere a tres categorías de personas, unas que no aman a Dios con todo su corazón (13,18), otras que no aman a Dios con toda su alma, pues en cuanto se presenta una tribulación o persecución sucumben enseguida (13,21), y otras que no aman a Dios con todas sus riquezas (13,22). Por el contrario, la primera comunidad cristiana de Jerusalén vivía a fondo este mandamiento, puesto que tenía un solo corazón y una sola alma en Dios y nadie consideraba sus bienes como propios (Hech 4,32; cf. 2,42-47).

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6
Nov
2014
Los dioses de la tierra no me satisfacen
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Cada uno de nosotros tiene muchos dioses. O si se prefiere, muchos ídolos. Un ídolo o un dios es la pasión central del hombre, aquello por lo que estoy casi dispuesto a perder la vida y, en cualquier caso, aquello a lo que subordino todo lo demás. Para muchos, el dinero es un ídolo, porque por el dinero pierden amistades, salud, tiempo y humor. El problema de los dioses de la tierra es que nunca acaban de llenar el corazón. Sin embargo, son fáciles de identificar: poder, sexo, dinero, prestigio, honor, belleza, estómago, política. Con el Dios verdadero ocurre lo contrario: siempre se nos escapa. Por eso nos resulta difícil encontrarlo y amarlo.

Al Dios verdadero es más fácil amarlo “en negativo” que “en positivo”. De ahí que el salmo 15, después de proclamar que Dios es “mi bien”, añade, como queriendo ofrecer una explicación de lo que implica decir eso: “los dioses y señores de la tierra no me satisfacen”. Y así se explica que el primer mandamiento, “amarás a Dios sobre todas las cosas”, tuvo primero una formulación negativa: “no tendrás otros dioses fuera de mi” (cf. Deut 5,7; Ex 20,3). En positivo siempre resulta difícil, por no decir imposible, y en todo caso, siempre resulta insuficiente, decir exactamente en qué consiste amar a Dios. Pero en negativo, amar a Dios es algo muy concreto: “no tendrás otros dioses fuera de mí”. O sea, para amar a Dios hay que comenzar por desprenderse de los ídolos. Pues hay amores que son incompatibles: no podéis servir a Dios y al dinero.

Amar a Dios es, en primer lugar, saber lo que no hay que amar. Amar a Dios significa sentirse insatisfecho con lo que uno es y tiene. Lo repito: decir que Dios es “mi bien” y por eso es “mi amor” es comenzar por decir: los dioses y señores de la tierra no me satisfacen. Cuando uno está satisfecho con lo que tiene, ya no desea otra cosa. En lo que le satisface pone todo su amor. Si con lo que hay en este mundo ya nos sentimos colmados, si en este mundo encontramos una respuesta suficiente para todas nuestras preguntas, no necesitamos para nada a Dios. Pero si los dioses y señores de la tierra no me satisfacen, ni me salvan de la angustia y, por eso, no pongo en ellos mi corazón, entonces mi corazón puede abrirse a otras perspectivas que le satisfagan y está preparado para poder amar a Dios, el único que puede llenar el corazón del ser humano.

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3
Nov
2014
Lo que no suele verse en Silos
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Las visitas turísticas suelen ser siempre muy sesgadas. En ellas lo que más importa es el negocio. Por ejemplo, cuando uno visita las cuevas del Drach en Mallorca, los turistas se quedan sin ver la mitad de la cueva. Se trata de que los grupos vayan rápidos para que puedan entrar el mayor número posible. Eso no tiene mayor importancia, porque con lo que se ve y se enseña, el visitante puede hacerse una idea de lo que hay en la cueva. Pero en otros casos, hay cosas que no se dicen por intereses ideológicos, o que no se enseñan, porque el visitante no sabe que existen y, por tanto, no pide verlas.

Cuando se visita el Monasterio de Silos se suele enseñar el claustro con el famoso ciprés y la Iglesia. Y se ofrecen explicaciones sobre los distintos maestros que allí han trabajado y sobre el sentido de las esculturas que, en términos generales, es bastante obvio: escenas de la vida de Cristo fáciles de adivinar. Pero hay detalles que escapan a una simple y rápida mirada y que posiblemente tienen un sentido interesante. Por ejemplo: en algunas escenas esculpidas en el claustro, el apóstol Pablo parece jugar un papel más importante que el apóstol Pedro, no solo por la situación de ambos apóstoles en relación a Cristo, sino por el modo de calificarlos: como “apóstol Pedro” o como “Magnus Sanctus Paulus”.

¿Qué hay detrás de esta aparente prioridad de Pablo sobre Pedro o, si se prefiere, de esta aparente rivalidad? Ya la carta a los Gálatas cuenta que un día Pablo tuvo que reprender a Pedro. En las escenas de Silos es posible que haya una cierta protesta por la introducción de la liturgia romana en detrimento de la mozárabe. Y, por tanto, una reivindicación del papel de la iglesia hispana frente a la romana. Si eso fuera así, estaríamos ante un ejemplo de que las disputas sobre cuál es la mejor liturgia vienen de lejos, si una liturgia adaptada al pueblo o una importada.

Además del claustro, hay en Silos algunos rincones interesantes que, si bien no se ocultan ni se niegan, no suelen ser muy mostrados. En el antiguo coro de los monjes se encuentra un hermoso cuadro de Cristo crucificado. Parece que este cuadro fue el que inspiró a Unamuno su poema al Cristo de Velázquez. Por otro lado en la cripta se encuentran restos de la primitiva Iglesia románica y el lugar exacto donde estaba el sepulcro de Santo Domingo de Silos. Ante este sepulcro, dice la tradición que la beata Juana de Aza, cuando estaba embarazada de su tercer hijo, Domingo, tuvo una visión de un perro con una antorcha que iluminaba el mundo, un presagio de la gran obra de Domingo de Guzmán. A mí esa leyenda me parece interesante, pero más interesante y serio me resulta conocer ese lugar dónde una mujer embarazada rezaba a Dios por el feliz éxito de su embarazo, encomendando ya desde ese momento a su hijo a Dios.

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29
Oct
2014
Las muchas caras de la muerte
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En cada Eucaristía la comunidad cristiana se solidariza con aquellos que nos han precedido en el signo de la fe y han sido ya acogidos en el seno de Dios. La fiesta del dos de noviembre nos invita a reavivar la esperanza que nos asegura que, si bien nuestros familiares y amigos han dejado ya este mundo, no nos han dejado a nosotros, ni nosotros a ellos.

Pero la fiesta del dos de noviembre también nos invita a pensar en la muerte. La muerte da que pensar. Nos hace caer en la cuenta de la finitud del ser humano, pero también plantea la pregunta por la posible trascendencia del humano. Esto se manifiesta en el hecho de que los humanos tratamos a los muertos con respeto, no los dejamos tirados. Cuando alguien muere, los suyos se encargan de celebrar alguna ceremonia o de repartir recordatorios. Aquel que ha muerto no es un cualquiera, es alguien único, irrepetible. Y en las ceremonias fúnebres, que son tan antiguas como los seres humanos, subyace la pregunta por la posible permanencia del difunto. Incluso en el mundo laico y secular se oye la expresión, refiriéndose al difunto: “allí donde esté” (¿pero en qué quedamos, está enterrado o “allí dónde esté"?).

Hay una relación perversa con la muerte. Por una parte, es objeto de repulsa y de miedo y hacemos cualquier cosa por evitarla. Pero, en la sociedad contemporánea la muerte ha adquirido nuevos rostros. La noche del 31 de octubre se celebra la fiesta de Halloween. De pronto, la muerte es motivo de risa, juerga y diversión. En muchas ciudades españolas aparecen adornos, puestos por las autoridades públicas, para divertirse a costa de la muerte. Los bares y discotecas ofrecen todo tipo de fiestas para atraer clientes deseosos de reír y jugar con la muerte, no sé si para olvidar otras muertes más reales y lacerantes que les acosan todos los días, y que se resumen en la fragilidad de la existencia.

Las imágenes de la televisión o del cine muestran otra vertiente en relación con la muerte. Los niños pasan el tiempo con videojuegos que son objeto de ejecuciones. Los adolescentes juegan con la muerte por el placer de la velocidad, de la competición o con el uso de estupefacientes que les estropean la vida. Los adultos recurren a las guerras, a la violencia conyugal, a las rivalidades étnicas. A los hombres les encanta pelearse. Hay personas religiosas que sitúan en el centro de sus prácticas el sacrificio, que es una especie de ejecución y de desprecio al cuerpo. Son muchas, demasiadas, las realidades que niegan el valor de la vida.

El cristiano cree en la vida. Por eso, espera la resurrección de los muertos. Esta consideración se fundamenta en el amor y el poder de Dios, el único que puede dar vida a un muerto, igual que puede hacer surgir las cosas de la nada. Esta fe debe hacernos críticos con todo lo que, de un modo u otro, atenta contra la vida y la dignidad de la persona. En positivo, esta fe nos hace vivir de otra manera, siguiendo los pasos de Cristo, el Viviente por excelencia.

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26
Oct
2014
El método cococo
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Uno de los buenos profesores que he tenido contaba que un día, en clase, los alumnos le preguntaron cuál era el método para hacer una buena homilía. Y el sabio profesor, con una pizca de humor, contestó: “el método Co-co-co”. Que traducido significa: con-tenido, con-vicción, co-municación.

Una buena homilía debe ofrecer buenos contenidos. No puede limitarse a ser una exhortación piadosa o un discurso moralizante. Debe iluminar la inteligencia, ayudar a los oyentes a conocer mejor al Señor. Para ofrecer contenidos hay que estar preparados, y la preparación se adquiere por el estudio. Un predicador que no sabe teología, que no está al día, que no estudia, no puede ser un buen predicador. Por otra parte, una buena homilía debe ser dicha con convicción. La oración, el encuentro con el Señor, refuerza el propio convencimiento. La cuestión no es si el predicador es un pecador. Lo que importa es que esté convencido de lo que dice, que los oyentes noten que se lo cree. Finalmente, el predicador debe ser un buen comunicador, su lenguaje debe llegar a los oyentes, responder a sus necesidades, inquietudes y demandas de sentido. El predicador tiene que hacerse entender. Porque si su discurso no dice nada, si aburre, si no interesa, nadie se preguntará por la verdad de lo que dice. Para que el mensaje llegue hay que hacerlo en un lenguaje inteligible y seductor.

Lo que digo de la homilía vale para cualquier tipo de discurso. Aunque a mí me interesan los discursos eclesiales, los que hacen los obispos, los presbíteros, las y los catequistas, las y los profesores de religión. Muchas veces estos discursos se convierten en respuestas a preguntas que nadie hace, o en exhortaciones piadosas que no responden a ninguna demanda y, por tanto, que no sirven para nada; o resultan ininteligibles porque están formulados en un lenguaje que nadie entiende o que solo entienden unos pocos ilustrados. Normalmente este tipo de discursos alejados de la realidad y encima formulados de forma abstracta, además de no convencer a nadie, manifiestan el poco o nulo convencimiento de quién los hace.

Cuando se habla de determinados temas es necesario que el primero que se sienta implicado y comprometido con lo que se dice, sea el que lo dice. El predicador no es un profesor que puede explicar muy bien y muy fríamente un tema, y no estar de acuerdo con el contenido de la explicación. El predicador es alguien que se siente implicado en lo que dice y afectado por lo que dice. Si lo que dice no le ha cambiado la vida, difícilmente se la cambiará a los oyentes. Eso de hacer homilías o catequesis es una cosa muy seria.

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20
Oct
2014
Un Sínodo que abre camino
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He seguido muy por encima las noticias sobre el Sínodo. Y lo poco que he leído de estas noticias no me ha gustado. Si no hubiera sabido que estaban tratando de un acontecimiento eclesial, hubiera pensado que eran noticias sobre una guerra que libraban dos partidos distintos, distantes y opuestos. Y que se trataba de ganar la batalla de la información, como si esta batalla fuera la decisiva para ganar la guerra.

En todas las sociedades hay tendencias y diferencias. Eso, en principio, es bueno, porque el contraste de pareceres ayuda a encontrar la verdad. Y en la Iglesia se trata de eso: no tanto de saber lo que opina uno u otro, sino cuál es la verdad a propósito de las cosas. Y la verdad, la diga quién la diga, viene en última instancia del Espíritu Santo (algo de eso decía Tomás de Aquino). Por otra parte, cuando determinados temas vuelven a aparecer, a pesar de las resistencias de algunos a que se hable de ellos, es porque estamos ante un problema serio que requiere mejores soluciones a las encontradas hasta ahora.

Dos claves teológicas me han venido a la mente cuando leía noticias sobre el Sínodo. Una, la distinción entre verdad de fe y doctrina de la Iglesia. La doctrina cambia. Y en ocasiones, ha cambiado mucho. Por ejemplo, el cambio dado a propósito de algo tan serio como la necesidad del bautismo para la salvación. Que Cristo sea el Salvador de todas y todos, es una verdad de fe. Que solo puede accederse a esta salvación por medio del bautismo es una doctrina que se ha enseñado, pero que ha cambiado, y ha cambiado para bien. La otra clave se refiere al Magisterio “vivo” de la Iglesia. Algunos apelan al Magisterio del pasado para descalificar al actual. Olvidan que ambos se interpretan mutuamente, pero dejando claro que el Magisterio al que hay que atender principalmente es el Magisterio “vivo”, o sea, el del presente.

Las polémicas no ofrecen luz. Al contrario, crean mayor división, al reforzar las respectivas posiciones adversas. Pero me alegro de constatar que, en algunos temas considerados hasta ahora intocables, los Padres sinodales han adoptado una actitud muy positiva. Incluso en aquellos pocos números del Informe oficial en los que no se ha alcanzado la mayoría de dos tercios a favor, ha habido una mayoría clara de más de la mitad. Eso significa que es legítimo hablar de estas cosas en la Iglesia. Y significa, además, que quienes opinan que, en determinadas condiciones, las personas divorciadas y vueltas a casar, deberían poder acceder a la comunión eucarística, no son raros ni heréticos. Un católico debería sentirse representado por los participantes en el Sínodo. Porque si ellos no nos representan, ¿quién nos va a representar? ¿Los que más chillan, los más intransigentes, los más excluyentes?

La guinda. Me cuesta entender que 64 Padres hayan votado en contra de la proposición 55 sobre la atención pastoral a personas con orientación homosexual. Cierto: 118 han votado a favor.

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17
Oct
2014
La fe cristiana tiene sus motivos
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La fe cristiana es una actitud que tiene sus motivos. Está sometida a una serie de controles. No se apoya en sí misma. Los relatos que nos transmiten el mensaje y la vida de Jesús están bien fundamentamos históricamente y hay motivos sobrados para considerar veraz y creíble lo que en ellos se dice. Pero lo que ahora quiero subrayar es que el control más importante sobre Jesús, el cristiano lo realiza mirando a Jesús mismo, a su persona, su vida, su actividad y su palabra. ¿Jesús aparece como creíble, como alguien digno de fe, alguien que merece mi confianza? ¿Su palabra tiene autoridad, llena la vida de sentido y el corazón de alegría? ¿El encuentro con él ha cambiado mi vida? ¿El Dios que él nos revela es de Amor y de Vida?¿Es un Dios que nos hace más humanos, más personas, más felices? Si lo pensamos bien, no hay nada más razonable y conveniente para el ser humano que el Evangelio, y nadie resulta tan creíble como Jesús de Nazaret. Nadie como el merece ser escuchado, porque nadie ha hablado como él.

Es importante dejar claro que la fe cristiana se fundamenta en la confianza que merece Jesús de Nazaret y su mensaje. Pues el gran argumento que, con diferentes variantes, se repite una y otra vez, es que el fundamento personal de toda creencia son los deseos humanos. Ellos son los que nos llevan a pensar que si Dios existiera la vida tendría sentido. A partir de ahí se comprende la coherencia de esta propuesta formulada por el filósofo Fernando Savater: “En lugar de tener la pretensión de comprender la entraña de la realidad a partir de lo que deseamos, deberíamos intentar comprender precisamente los mecanismos reales de nuestro furor deseante”.

¿Qué decir ante esta propuesta? No hay duda, a mi entender, de que Jesús y su evangelio responden a los mejores deseos del corazón humano. Pero Jesús no es el resultado de ninguna proyección, su mensaje no es un invento del creyente, una leyenda que ayuda a mejor sobrellevar las penas de la vida. Jesús y su mensaje están ahí antes de que el creyente los conozca. Y cuando los conoce, entonces descubre que colman sus más profundos deseos. El deseo no causa la respuesta ni produce la realidad. En todo caso, el deseo es lo que mueve a buscar si hay alguna realidad fuera de mi que pueda ofrecer una respuesta satisfactoria a mis deseos.

La fe cristiana no se apoya en el vacío, ni es una proyección, sino un acto moralmente responsable y digno del ser humano. El creyente tiene buenas razones para creer.

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