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Abr2026La fe cristiana se realiza en un encuentro
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La fe religiosa, antes que un conocimiento de verdades que no se ven, hay que entenderla como un compromiso del hombre entero con la única Verdad, el Dios vivo que nos sale al encuentro en Jesucristo. Más que un tener, un saber o un poseer, la fe es un “ser poseído”, un “ser apresado por Cristo Jesús” (Flp 3,12). La fe cristiana no se realiza en un saber, sino en un encuentro, pues la fe es un acto relacional. Este encuentro no excluye el conocimiento y la tradición doctrinal, sino que lo integra: la fe en la persona supone la fe en la palabra que dice la persona. Entendida así, la fe cristiana es una experiencia y una vida, un participar de la vida del Dios que se nos da: el que cree en el Hijo tendrá la vida eterna (Jn 3,16; cf. 11,25; 20,31).
En esta concepción de la fe como encuentro subyace un dato teológico importante, a saber: la fe y el amor están constitutivamente implicados. La fe en Dios culmina en el amor a Dios. Amor y fe son inseparables, tanto en el plano antropológico como teológico. La fe, como el amor, es un asunto de decisión, y no de pruebas. El amor, como la fe, es una cuestión de confianza, no de evidencias. El amor presupone la confianza en el otro y la fidelidad del otro; por su parte, la confianza es el clima más propicio para el amor. Amor y confianza se sostienen mutuamente. Hasta el punto de que la calidad de nuestra fe condiciona la calidad de nuestro amor.
Si el amor presupone la fe, la fe tiende hacia el amor y culmina en el amor. En esta línea Tomás de Aquino afirmaba que la caridad es la forma de todas las virtudes. Teológicamente la caridad, el amor a Dios, es el culmen, el término, lo que da sentido a la fe. En efecto, una fe sin caridad sería una creencia, un acto del entendimiento que cree que Dios existe, pero sin amarle; una fe, pues, parecida a la de los demonios, de los que se dice que creen y tiemblan (Stg 2,19). Si nos quedamos en esta fe diabólica, la de los que se limitan a decir: “Señor, Señor” (Mt 7,21), bien podría decirse, con Charles Baudelaire, que “es más difícil amar a Dios que creer en él”.
Fe y caridad se interpenetran mutuamente. Por eso el cuarto evangelio puede afirmar que por la fe es posible el amor: “les he dado a conocer tu nombre (fe) para que el amor con que tu me has amado (el amor intratrinitario que es Dios mismo) esté en ellos y yo en ellos” (Jn 17,26); y San Pablo puede decir que la fe actúa por la caridad (Gal 5,6). En este texto la caridad de la que habla San Pablo no se refiere al amor al prójimo (aunque tampoco lo excluye), sino al amor a Dios. El amor a Dios es el dinamismo de la fe en Dios. “La fe transforma toda la persona, precisamente porque la fe se abre al amor” (Francisco, Lumen fidei, 26).








