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Abr2026Camino de Emaús: Palabra y sacramento
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Abr

No hay encuentro con el Resucitado sin Palabra acogida y sin mesa eucarística compartida. Para compartir hace falta comunidad. Y para acoger la Palabra hace falta que alguien la explique bien. Esa podría ser la síntesis del relato de esos dos discípulos que van, un tanto decepcionados, camino de Emaús. Decepcionados porque esperaban una cosa y, al parecer, ha sucedido otra. “Nosotros esperábamos que Jesús iba a liberar a Israel”, confiesan al desconocido que se les acerca en el camino. Se trata de discípulos, por tanto, miembros de aquel grupo que había conocido más de cerca Jesús. Y, después de haberle tratado, escuchado y visto, al final sus esperanzas siguen estando mal orientadas. No habían comprendido del todo.
Pero sea lo que sea lo que ellos esperaban, lo decisivo es que Jesús de Nazaret, que se había manifestado como profeta poderoso en obras y palabras, había fracasado y, por eso, ellos estaban decepcionados. Esta decepción refleja la situación de muchos cristianos de hoy. Estamos viviendo tantas situaciones personales y sociales que, muchas veces, nuestra fe y nuestra esperanza, entran en crisis. ¿Dónde está Dios en medio de tanto dolor, tanta tragedia, tanta guerra, tanta injusticia?
Cuando el desconocido les explica las Escrituras empiezan a comprender el verdadero sentido de la vida de Jesús. La liberación que él ofrece concierne también a esta vida, pero no es una liberación política. No basta un cambio de estructuras o de régimen político para liberar a la persona. Se necesita un cambio del corazón. Pues del corazón nace todo lo malo que puede hacer una persona, e igualmente todo lo bueno que puede hacer. También nosotros, como aquellos discípulos, debemos purificar nuestra fe y nuestra esperanza. La fe cristiana no es magia, no es la solución de los grandes o pequeños problemas. Pero sí es una luz que nos mueve a ver al mismo Dios que reclama nuestro amor, en toda persona necesitada, y una fuerza que nos empuja a socorrerla con todos los medios a nuestro alcance. A estos dos discípulos, a nosotros, Cristo nos hace ver que muchas veces nuestros caminos no son sus caminos. Por eso, importa estar atentos a los signos de los tiempos para interpretarlos, no como lo hace el mundo, sino a la luz del Evangelio.
La localidad de Emaús no ha sido identificada con certeza. Esto puede resultar significativo. Emaús representa todos los lugares. En todos los caminos de la vida podemos encontrarnos con el Señor resucitado. En todos ellos es posible entrar en diálogo con Jesús escuchando su palabra y compartiendo su pan, este pan partido para la vida del mundo. Pero un pan que nos abre a todos los hermanos, incluso si no son de “los nuestros”, para compartir con ellos nuestra experiencia de encuentro con Jesús. Esta experiencia se comparte de forma distinta si se trata de hermanos de nuestro grupo o de hermanos ajenos a nuestro grupo. Con estos últimos, a lo mejor el compartir empieza por escuchar, por acompañar, por tratar de comprender, por ayudar, en la esperanza de que quizás en algún momento se pregunten por el motivo de nuestro obrar. Entonces habrá llegado el momento de responder confesando explícitamente nuestra fe en Jesucristo muerto y resucitado.








