27
Sep2026En la vejez no me abandones, Dios mío
0 comentarios
Sep

El día 1 de octubre se celebra el día internacional de las personas mayores, según designó en 1990 la Asamblea General de las Naciones Unidas. El Papa León nos ha recordado, como así indica el lema de esta jornada, la promesa eterna que Dios nos ha hecho por medio del profeta Isaías: “yo no te olvidaré” (Is 49,15), que nos invita a reconocer que el amor siempre fiel de Dios es la respuesta más adecuada a la soledad y el olvido en el que viven muchas personas mayores. El Señor, que conoce personalmente a cada uno, que, al decir del profeta Isaías (49,16), lleva nuestros rostros tatuados en las palmas de sus manos, no se olvida de ninguno de nosotros; por eso, su amor nunca cesa, y mucho menos en la debilidad de la vejez. Cuando nos hacemos mayores hay que repetir, con más fuerza que nunca, estas palabras del salmista, sabiendo que son al mismo tiempo una invocación y una certeza: “no me rechaces ahora en la vejez; me van faltando las fuerzas, no me abandones” (Sal 71,9).
La Iglesia está llamada a ser madre de todos y en cualquier edad es posible descubrirse como hijas e hijos de Dios, y experimentar que Dios siempre tiene sus ojos abiertos sobre nosotros y nos mira con entrañable afecto. Esta realidad puede ser un gran consuelo en situaciones de soledad, de hospitalización o cuando parece que no interesamos a nadie. Pero esta realidad debe ser también una llamada a solidarizarnos con aquellos que viven en situaciones dolorosas: “en una época que tiende a acelerar y a fragmentar, la carne humana sigue pidiendo ser cuidada y reconocida por manos capaces de ternura, por mentes atentas y buenas palabras. La cultura digital multiplica las conexiones y ofrece nuevas posibilidades de encuentro; sin embargo, el corazón humano conserva una necesidad irrenunciable de proximidad” (León XIV, Magnifica humanitas, 239).
Entre las personas mayores, como ocurre en todos los grupos sociales, hay unos que están más integrados, o tienen más nivel económico o cultural. Pero, de un modo u otro, todos tienen una experiencia y unos recuerdos más abundantes que los jóvenes. También en ocasiones han perdido algo de vitalidad. Se diría que los ancianos, de entrada, deberían tener más insatisfacciones que los jóvenes. En realidad, no es así. La satisfacción no depende de la edad, sino de cómo se vive la vida, de los amores que se conservan, de la mirada con la que nos dirigimos a los demás, de la riqueza interior que se tiene y, para el creyente, de su grado de encuentro con Dios. Eso sí, cada etapa de la vida tiene sus propias necesidades. Y es posible que, en relación a la llamada Tercera Edad, sea verdad que la capacidad de hacerse oír no sea precisamente proporcional a las necesidades que uno tiene. De ahí la importancia de descubrir, debajo de muchos silencios, los gritos que no se hacen oír.






