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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

30
Abr
2026
Yo soy el camino que conduce a la vida
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caminoverdadvida

En el quinto domingo de Pascua volvemos a encontrarnos con la expresión “Yo soy”, que Jesús dice de sí mismo. A la pregunta de Tomás, que bien puede ser la pregunta de todo cristiano e incluso de toda persona de bien, a saber, cuál es el camino correcto que debe seguir, Jesús responde: “Yo soy el camino”. El camino conduce a alguna parte, y está para ser recorrido. La pregunta que se suscita es: si Jesús es el camino, ¿cómo puede recorrerse este camino, como se recorre una persona? Mediante el seguimiento. Siguiendo a Jesús recorremos el mismo camino que él abre.

El seguimiento de Cristo es posible porque está a nuestro alcance, a nuestro nivel, porque es un camino plenamente humano. La humanidad de Cristo es la que hace posible el seguimiento. Si olvidamos la realidad humana de Jesús y pretendemos que su camino es divino, fácilmente concluiremos que lo suyo es irrepetible y que a nosotros no se nos puede exigir vivir como él vivió. Ahora bien, si su camino es humano, si Jesús lo recorre en las mismas condiciones, con similares dificultades, idénticas tentaciones y parecidas ilusiones que las nuestras, eso significa que se puede recorrer, que estamos ante algo que puede ser nuestro porque está a nuestro nivel. Decía San Hipólito: “Sabemos que se hizo hombre de nuestra misma condición, porque, si no hubiera sido así, sería inútil que luego nos prescribiera imitarle como maestro. Porque, si este hombre hubiera sido de otra naturaleza, ¿cómo habría de ordenarme las mismas cosas que él hace, a mí, débil por nacimiento, y cómo sería entonces bueno y justo?”.

Jesús, tras decir que es el Camino, añade que es también “la Verdad y la Vida”. A este respecto San Agustín y Santo Tomás de Aquino notaban que en Cristo se unen el camino y el término del camino: “¿Quieres saber por dónde has de ir? Oye que el Señor dice primero: Yo soy el camino. Antes de decirte a donde, te dijo por donde: Yo soy el camino. ¿Y a dónde lleva el camino? A la verdad y a la vida. Primero dijo por donde tenías que ir, y luego a donde. Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Permaneciendo junto al Padre, es la verdad y la vida; al vestirse de carne, se hace camino” (San Agustín). “Es el camino según su humanidad, el término según su divinidad. En este sentido, en cuanto hombre, dice: Yo soy el camino”, precisaba Tomás de Aquino.

En esta línea, el Concilio Vaticano II, tras afirmar que con su encarnación el Hijo de Dios se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, y así nos dio ejemplo para seguir sus pasos, añade que “además, abrió el camino, con cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido”. Siguiendo el camino de Jesús, se puede vivir sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte. Y de esta forma tenemos ya vida eterna, viviendo en la esperanza de resucitar en el mundo futuro (cf. Jn 6,40.54).

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26
Abr
2026
Vicios a propósito de la verdad
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vicioscontraverdad

Da la sensación de que, salvo en el campo de la investigación científica, la pregunta por la verdad ha desaparecido de nuestro mundo. No es una de nuestras preocupaciones. Incluso en el campo de la ciencia, la cuestión de la verdad ha quedado reducida a una concepción puramente instrumental y utilitarista: ¿para qué va a servir esta investigación?, ¿cuánto me van a pagar por ella?, ¿quién está interesado en ella?

Hoy vivimos en un mundo cada vez más individualista. El individualismo nos invade, nos condiciona, conforma nuestra mentalidad. Al individualista solo le interesa lo que le resulta placentero o agradable. Y lo agradable es muy superficial, no acepta sacrificios, busca resultados rápidos e inmediatos. Vive de apariencia. Por eso, el criterio de valor de una fotografía o de una opinión es el “me gusta”. Según la cantidad de “me gusta” que consigue uno en sus publicaciones en internet, se diría que lo publicado es más auténtico. El “me gusta” se ha convertido en criterio de verdad y en criterio de personalidad.

Relacionado con el “me gusta” está el: “yo lo veo así”. Esta suele ser muchas veces la respuesta del que no tiene argumentos para defender una determinada tesis. Muchas personas se conforman con su propia verdad, importando poco que esta verdad propia y subjetiva esté bien fundamentada. El “yo lo veo así” tiene una aplicación en el terreno religioso que puede ser peligrosa. Es la postura del que ante la lectura de un texto bíblico ofrece una reacción de este estilo: “a mi me dice”. Pero cuando se trata de la escucha de la Palabra de Dios, la cuestión primera no es “lo que a mi me dice”, sino lo que ella dice. Solo si me entero bien de lo que dice la Palabra, podremos pasar a un segundo momento que, en todo caso deberá estar en consonancia con lo que dice la Palabra, a saber, qué me dice a mi la Palabra, a qué llama.

Otra variante religiosa del “yo lo veo así” es cuando consideramos la piedad como criterio de verdad. Esto suele ocurrir a propósito de determinadas devociones a imágenes o advocaciones, sobre todo marianas. Pero la piedad no es criterio de verdad; es la verdad lo que debe ser criterio de la piedad. En uno de sus Sermones universitarios, John Enry Newman se refiere a “aquellos que se dejan llevar de un sentimentalismo religioso, donde la imaginación y los sentimientos ocupan el lugar que le correspondería a la Palabra de Dios”. Una piedad sin teología, o una piedad no purificada, puede cegarnos y confundirnos.

Un último malentendido a propósito de la verdad que influye negativamente en su valoración es asociarla al dogmatismo, el fundamentalismo, la violencia, la cruzada, la intolerancia. En nombre de la verdad se ha llegado a posiciones inquisitoriales que han llevado incluso a la muerte a los herejes, considerados enemigos de la verdad. Mientras el dogma es una proposición cierta desde el punto de vista de la fe, el dogmatismo es un estado de ánimo, un modo de vivir la relación con la verdad caracterizado por la pretensión de lo exclusivo y lo excluyente. Dogmático no es el que cree en la verdad, sino el que se cree en posesión exclusiva de la verdad y la utiliza como arma arrojadiza contra los demás. Más que absolutizar la verdad, el dogmático se absolutiza a sí mismo y a sus ideas. La verdad no tiene dueños, sino humildes servidores. Se puede morir por la verdad, pero no matar por ella. El dogmático confunde lo seguro con lo visceral, cree que la fuerza de una convicción depende de la violencia con la que se propone.

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23
Abr
2026
Yo soy la puerta
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“Yo soy”, traducción del hebreo Yahvé, es el modo como Dios se revela a Moisés (Ex 3,14). Este “yo soy” hay que entenderlo en un sentido activo y dinámico: yo soy el que siempre está presente, el único salvador, el que existe y actúa en favor de Israel. Jesús utiliza la expresión “Yo soy” identificándose con el nombre divino del Antiguo Testamento: “Antes de que Abraham existiera, Yo soy” (Jn 8,58), dice Jesús a los judíos, que ven en esta identificación una blasfemia, hasta el punto de que tras esta declaración de Jesús “tomaron piedras para tirárselas” (Jn 8,59).

En muchas ocasiones Jesús especifica el “yo soy” con calificativos salvíficos: yo soy el pan de vida, el agua viva, la luz del mundo, el buen pastor, el camino, la verdad, la vida y la resurrección. Quizás uno de los calificativos menos conocidos lo escucharemos en el evangelio de este próximo domingo: “Yo soy la puerta”, título tan interesante como los otros. La puerta abierta permite entrar y salir, permite la libre circulación, expresa la acogida. La puerta cerrada protege. Por eso, en la antigüedad las ciudades tenían puertas que, al cerrarlas, garantizaban la seguridad de sus habitantes. En este sentido dice Jn 20,19, que los apóstoles estaban en un lugar con las puertas cerradas, por miedo a los judíos; y añade que Jesús resucitado tiene poder para atravesar todas las puertas cerradas y hacerse presente en medio de nuestros miedos.

En el libro de los salmos aparece con frecuencia el tema de la puerta. Yahvé ama las puertas de Sión (Sal 87), que él mismo ha consolidado (Sal 147,13). El peregrino que va a Jerusalén se alegra cuando sus pies pisan los umbrales de la ciudad (Sal 122) y, sobre todo, cuando pisa el umbral de la Casa de Dios (Sal 84). Entonces puede cantar: “Aquí está la puerta de Yahvé, los justos entrarán por ella” (Sal 118,9-20). El justo entra por donde en otro tiempo entró el rey de la gloria (Sal 24,7).

Todo esto encuentra su realización acabada en Jesús. En su bautismo se abre el cielo (Mt 3,16), y así él se convierte en la puerta que introduce en la salvación, pues quien entra por ella encuentra buenos pastos, o sea, los alimentos divinos (Jn 10,9). “Por él tenemos libre acceso al Padre” (Ef 2,18). Él es la puerta, y está llamando a nuestra puerta, para entrar en nuestra casa y convertirla en su casa (Ap 3,20). Como muy bien dice uno de los prefacios de este tiempo de Pascua, “por Cristo se abren a los fieles las puertas del reino de los cielos, porque en su gloriosa resurrección hemos resucitado todos”. La resurrección no es solo un acontecimiento que concierne a Jesús, sino que nos concierne a nosotros, pues él ha resucitado como “primicia” (1 Cor 15,20-23), o sea, como el primero de una larga lista de hermanos.

La puerta, que es Cristo, introduce en el reino de la “vida abundante”, de la vida en la que hay suficiente pan y alegría para todos, porque el pan y la alegría desbordan por todas partes. Cristo es la puerta de la esperanza, “la puerta Hermosa” (Hech 3,2), que introduce en “las muchas moradas de la casa del Padre” (Jn 14,2), la única puerta correcta, la entrada en la felicidad.

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20
Abr
2026
La fe cristiana se realiza en un encuentro
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La fe religiosa, antes que un conocimiento de verdades que no se ven, hay que entenderla como un compromiso del hombre entero con la única Verdad, el Dios vivo que nos sale al encuentro en Jesucristo. Más que un tener, un saber o un poseer, la fe es un “ser poseído”, un “ser apresado por Cristo Jesús” (Flp 3,12). La fe cristiana no se realiza en un saber, sino en un encuentro, pues la fe es un acto relacional. Este encuentro no excluye el conocimiento y la tradición doctrinal, sino que lo integra: la fe en la persona supone la fe en la palabra que dice la persona. Entendida así, la fe cristiana es una experiencia y una vida, un participar de la vida del Dios que se nos da: el que cree en el Hijo tendrá la vida eterna (Jn 3,16; cf. 11,25; 20,31).

En esta concepción de la fe como encuentro subyace un dato teológico importante, a saber: la fe y el amor están constitutivamente implicados. La fe en Dios culmina en el amor a Dios. Amor y fe son inseparables, tanto en el plano antropológico como teológico. La fe, como el amor, es un asunto de decisión, y no de pruebas. El amor, como la fe, es una cuestión de confianza, no de evidencias. El amor presupone la confianza en el otro y la fidelidad del otro; por su parte, la confianza es el clima más propicio para el amor. Amor y confianza se sostienen mutuamente. Hasta el punto de que la calidad de nuestra fe condiciona la calidad de nuestro amor.

Si el amor presupone la fe, la fe tiende hacia el amor y culmina en el amor. En esta línea Tomás de Aquino afirmaba que la caridad es la forma de todas las virtudes. Teológicamente la caridad, el amor a Dios, es el culmen, el término, lo que da sentido a la fe. En efecto, una fe sin caridad sería una creencia, un acto del entendimiento que cree que Dios existe, pero sin amarle; una fe, pues, parecida a la de los demonios, de los que se dice que creen y tiemblan (Stg 2,19). Si nos quedamos en esta fe diabólica, la de los que se limitan a decir: “Señor, Señor” (Mt 7,21), bien podría decirse, con Charles Baudelaire, que “es más difícil amar a Dios que creer en él”.

Fe y caridad se interpenetran mutuamente. Por eso el cuarto evangelio puede afirmar que por la fe es posible el amor: “les he dado a conocer tu nombre (fe) para que el amor con que tu me has amado (el amor intratrinitario que es Dios mismo) esté en ellos y yo en ellos” (Jn 17,26); y San Pablo puede decir que la fe actúa por la caridad (Gal 5,6). En este texto la caridad de la que habla San Pablo no se refiere al amor al prójimo (aunque tampoco lo excluye), sino al amor a Dios. El amor a Dios es el dinamismo de la fe en Dios. “La fe transforma toda la persona, precisamente porque la fe se abre al amor” (Francisco, Lumen fidei, 26).

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16
Abr
2026
Camino de Emaús: Palabra y sacramento
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No hay encuentro con el Resucitado sin Palabra acogida y sin mesa eucarística compartida. Para compartir hace falta comunidad. Y para acoger la Palabra hace falta que alguien la explique bien. Esa podría ser la síntesis del relato de esos dos discípulos que van, un tanto decepcionados, camino de Emaús. Decepcionados porque esperaban una cosa y, al parecer, ha sucedido otra. “Nosotros esperábamos que Jesús iba a liberar a Israel”, confiesan al desconocido que se les acerca en el camino. Se trata de discípulos, por tanto, miembros de aquel grupo que había conocido más de cerca Jesús. Y, después de haberle tratado, escuchado y visto, al final sus esperanzas siguen estando mal orientadas. No habían comprendido del todo.

Pero sea lo que sea lo que ellos esperaban, lo decisivo es que Jesús de Nazaret, que se había manifestado como profeta poderoso en obras y palabras, había fracasado y, por eso, ellos estaban decepcionados. Esta decepción refleja la situación de muchos cristianos de hoy. Estamos viviendo tantas situaciones personales y sociales que, muchas veces, nuestra fe y nuestra esperanza, entran en crisis. ¿Dónde está Dios en medio de tanto dolor, tanta tragedia, tanta guerra, tanta injusticia?

Cuando el desconocido les explica las Escrituras empiezan a comprender el verdadero sentido de la vida de Jesús. La liberación que él ofrece concierne también a esta vida, pero no es una liberación política. No basta un cambio de estructuras o de régimen político para liberar a la persona. Se necesita un cambio del corazón. Pues del corazón nace todo lo malo que puede hacer una persona, e igualmente todo lo bueno que puede hacer. También nosotros, como aquellos discípulos, debemos purificar nuestra fe y nuestra esperanza. La fe cristiana no es magia, no es la solución de los grandes o pequeños problemas. Pero sí es una luz que nos mueve a ver al mismo Dios que reclama nuestro amor, en toda persona necesitada, y una fuerza que nos empuja a socorrerla con todos los medios a nuestro alcance. A estos dos discípulos, a nosotros, Cristo nos hace ver que muchas veces nuestros caminos no son sus caminos. Por eso, importa estar atentos a los signos de los tiempos para interpretarlos, no como lo hace el mundo, sino a la luz del Evangelio.

La localidad de Emaús no ha sido identificada con certeza. Esto puede resultar significativo. Emaús representa todos los lugares. En todos los caminos de la vida podemos encontrarnos con el Señor resucitado. En todos ellos es posible entrar en diálogo con Jesús escuchando su palabra y compartiendo su pan, este pan partido para la vida del mundo. Pero un pan que nos abre a todos los hermanos, incluso si no son de “los nuestros”, para compartir con ellos nuestra experiencia de encuentro con Jesús. Esta experiencia se comparte de forma distinta si se trata de hermanos de nuestro grupo o de hermanos ajenos a nuestro grupo. Con estos últimos, a lo mejor el compartir empieza por escuchar, por acompañar, por tratar de comprender, por ayudar, en la esperanza de que quizás en algún momento se pregunten por el motivo de nuestro obrar. Entonces habrá llegado el momento de responder confesando explícitamente nuestra fe en Jesucristo muerto y resucitado.

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13
Abr
2026
Ataque frontal de Trump a León XIV
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TrumpyLeón

Hace unos días, tanto la Secretaría de Estado de la Santa Sede como la embajada de Estados Unidos ante el Vaticano, se apresuraron a desmentir que el Nuncio en Estados Unidos hubiera sido llamado a una reunión en el Pentágono y hubiera recibido una seria reprimenda por la actitud del Papa sobre la guerra. Fuera lo que fuera de la llamada del Nuncio al Pentágono, la noticia era un buen reflejo del desagrado que producían en los gobernantes de Estados Unidos las declaraciones del Papa a favor de la paz.

Ahora ya no se trata de una suposición o de un rumor, puesto que todos los medios dan por cierto algo comprobable, a saber, que el presidente Trump, en una de sus redes sociales, ha arremetido contra León XIV, calificándolo de débil, complaciente con la izquierda y nefasto en materia de política exterior. Añadiendo varias cosas, unas falsas, otras difícilmente comprobables y hasta un tanto fantasiosas, y otras evidentes. La falsa: atribuir a León XIV estar de acuerdo con que Irán tenga una bomba nuclear. La poco comprobable: afirmar que si él no hubiera sido presidente de USA, León XIV no hubiera sido elegido Papa. Y la evidente: que no quiere a un Papa que critique al presidente de los Estados Unidos. Cosa cierta, si bien nunca el Papa ha nombrado al presidente ni por su nombre ni por su cargo, aunque es bien seguro que muchas de sus declaraciones se dirigían a él, sobre todo cuando ha invitado a sentarse en mesas de diálogo y ha dejado claro que destruir “una civilización entera” es totalmente inaceptable.

La reacción del todopoderoso presidente es una buena prueba de que la palabra del Papa le afecta y no le gusta. Con toda probabilidad es la que más le molesta. El Papa es la voz moral que mejor puede censurar, en nombre del Evangelio, una política que produce víctimas inocentes. Criticarla de esta forma es reconocer su peso y su importancia.

Se puede estar de acuerdo en que el régimen iraní es nefasto para su propio pueblo y un peligro para el resto del mundo. Pero esto no legitima cualquier tipo de respuesta. Siempre habrá quienes, precisamente en base a esta desgracia que es el régimen iraní, elogiarán la postura del político americano y descalificarán al Papa. Pero un buen católico tiene que tener las ideas claras.

La verdad hace libres, con esa libertad que las armas no pueden ni acallar ni vencer. Y como la diplomacia vaticana es infinitamente más sutil que la diplomacia verborreica del presidente de USA, es casi seguro que no habrá respuesta pública (por lo menos, respuesta directa) por parte de la Santa Sede a estas penosas declaraciones.

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11
Abr
2026
León XIV: vigilia de oración por la paz
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El sábado, 11 de abril, ha tenido lugar en la Basílica de San Pedro la vigilia de oración por la paz, convocada y presidida por el Papa León XIV, con el rezo del santo rosario.  Se rezaron los misterios de gloria, excelente signo de paz, porque no necesitamos más cruces, necesitamos caminos de luz.

La paz ha sido una preocupación constante del pontificado de León XIV, como lo fue también de sus predecesores. Ningún cristiano puede apoyar la guerra en las condiciones actuales con consecuencias mortales sobre muchas personas inocentes. No hay política que pueda justificar una toma de postura cristiana a favor de la guerra. Desgraciadamente para algunos sus simpatías políticas o su ideología son condicionantes de su modo de vivir la fe, y no la fe el correctivo de sus ideologías y preferencias políticas.

Al comienzo de cada misterio, tres fieles de cada continente se han acercado a la imagen de la Virgen María para encender una vela con fuego tomado de la lámpara de la paz de Asís. De vez en cuando la televisión vaticana ofrecía una imagen panorámica de la Basílica. En ningún lugar me pareció ver a embajadores o representantes de las naciones del mundo, quizás porque bastantes de ellos (por no decir casi todos) no se sentían representados en lo que significaba este acto. Pues ellos, incluso cuando no hacen la guerra, suelen utilizar el poder en su propio beneficio, y esta es una mala manera de pensar en el bien de los demás.

La vigila terminó con unas emotivas palabras del Papa. Entre otras cosas dijo: la oración no es un refugio para eludir nuestras responsabilidades, no es un analgésico para evitar el dolor, es una respuesta a la muerte que produce la guerra. Las tumbas de este mundo parecen no ser suficientes, porque se sigue aniquilando la vida sin piedad. La oración nos educa para actuar según nuestras posibilidades, para romper la cadena demoníaca del mal e introducirnos en el reino de Dios, en el que no hay espadas, ni drones, ni venganza, ni lucro injusto, sino dignidad, compresión y perdón. El delirio de omnipotencia, el hacer del propio poder un ídolo, se vuelve cada vez más agresivo, e incluso el santo nombre del Dios de la vida es arrastrado en discursos de muerte. El que reza no mata ni amenaza con la muerte. Basta ya de la guerra. La verdadera fuerza se manifiesta en el servicio a la vida

Sin duda, ha terminado diciendo, los gobernantes de las naciones tienen responsabilidades ineludibles en favor de la paz. A ellos les decimos que se sienten en mesas de diálogo y no en mesas donde se prepara la guerra. Pero la oración nos compromete a todos a hacer desaparecer lo que queda de violencia en nuestro corazón. Dejemos el terreno de la polémica y busquemos la amistad y la cultura del encuentro. Cada uno tiene su lugar en el mosaico de la paz.

León XIV ha citado a Pablo VI, Juan Pablo II, Juan XXIII y Francisco, todos ellos artífices de paz. Ha recordado el “nunca más la guerra” de Juan Pablo II, y las palabras de Francisco sobre la necesidad de ser artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y reencuentro con ingenio y audacia. Una artesanía de la paz que nos involucra a todos. Para concluir diciendo: Nunca más la guerra, aventura sin retorno, espiral de lutos y de violencia. Jesús venció a la muerte sin armas ni violencia.

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9
Abr
2026
Huevos de Pascua
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huevosdepascua

Poner en el buscador de google la palabra “Pascua” e ir al apartado de imágenes es encontrarse con cientos de imágenes de huevos. El huevo de Pascua es una tradición gastronómica de estas fiestas. Es un símbolo de fertilidad y prosperidad. Yo no tengo nada contra esta tradición. Pero me llama la atención que el buscador de google asocie el término Pascua casi exclusivamente con esta tradición gastronómica. Eso me hace sospechar que los huevos de Pascua es una tradición en la que se mezcla lo religioso con lo pagano. El huevo, como símbolo de vida y fertilidad, encaja muy bien en las celebraciones del inicio de la primavera.

Las fiestas cristianas, más que en cultura, se han convertido en folklore, al menos en algunos ambientes. Los creyentes no deberíamos caer en este peligro. Pascua es vida, pascua es fertilidad, pascua es nuevo comienzo. Pero esta vida y este comienzo tienen su razón de ser en Cristo resucitado, que ha vencido a la muerte y a todos sus poderes. Celebrar la Pascua es celebrar la vida con todas sus aristas. Y reconocer que Dios nos llama a cuidar la vida de cada persona que encontramos. La Pascua es la fiesta de la vida. Como dice la secuencia del domingo de resurrección, en la Pascua del Señor “lucharon vida y muerte en singular batalla, y muerto el que es la vida, triunfante se levanta”.

Nosotros estamos llamados a participar de esta vida de Cristo resucitado y, por tanto, a tomar partido por todo lo que favorece la vida y en contra de todas las armas que matan. Y no matan solo las armas que disparan fuego. También mata la boca que insulta, mientras que la boca que acoge y bendice favorece la vida. Si Cristo ha resucitado, nosotros estamos llamados a resucitar con él, a vivir en comunión de vida con él. La Pascua se convierte así en misión. Creer en Cristo resucitado es comprometerse con la vida. Cosa que, en nuestros días, es más necesario que nunca.

Huevos de pascua, roscón de reyes, rosquillas de Santa Clara, roscos de semana santa son nombres respetables que, en principio, no buscan molestar. El peligro está en dar la impresión de que lo que debería ser importante (Pascua, Reyes, semana santa) se convierte en algo secundario, en un adjetivo para calificar un dulce. Es lo que me parece que ocurre al buscar imágenes de la palabra “Pascua” en google y encontrarse casi exclusivamente con imágenes de huevos.

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4
Abr
2026
Pascua: no tengáis miedo
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Pascua2026

Pascua es celebrar que, en contra de todas las apariencias, Dios siempre tiene la última y definitiva palabra. Y esta palabra es el amor. Dios ama al ser humano. En la resurrección de Cristo el amor de Dios se manifiesta mucho más poderoso que el pecado del mundo. El pecado del mundo consiste en rechazar a Dios y en rechazar al ser humano, creado a imagen de Dios. Este pecado encuentra su culminación en la crucifixión de Cristo, el enviado de Dios, que se identifica con los más pobres y necesitados de los humanos y les anuncia un Reino en el que encontrarán saciedad y alegría. Pues bien, al resucitar a este Jesús, rechazado por aquellos que no quisieron escuchar su palabra y no acogieron su llamada a la conversión, Dios manifiesta que es más poderoso que todas las muertes, que su voluntad de amor termina cumpliéndose a pesar de todos los obstáculos y rechazos. La muerte no tiene dominio sobre Jesús, porque los que tienen a Dios con ellos tienen el poder de vencer a la muerte.

Me parecen de suma actualidad las palabras del ángel que anuncia la resurrección a las mujeres, palabras que luego repite Jesús resucitado cuando se encuentra con ellas: “no tengáis miedo”. ¿Cuál es el miedo que puede dar la resurrección de Jesús? El de encontrarnos solos en nuestra tarea cotidiana en el mundo, sin la esperada presencia de Dios que parecen prometer los consuelos espirituales. Los cristianos estamos convencidos de que Cristo ha resucitado y que por medio de su Espíritu dinamiza nuestras vidas con el poder de su resurrección. Por eso, sentimos con fuerza su llamada a vivir en el amor y en el perdón, su llamada a trabajar por un mundo más justo en el que se encuentren ya fragmentos de su presencia vivificadora.

Pero, aún convencidos de que el Señor resucitado está siempre con nosotros, más de una vez experimentamos el silencio y la lejanía de Dios. ¿No es extraño que en el tiempo pascual el cristiano experimente la dureza de la vida? Cristo ha resucitado, pero nosotros seguimos siendo peregrinos en un mundo difícil que esconde cruces por todas partes. Cuando lleguen las dificultades corremos el riesgo de preguntar dónde está Dios, y el poder de su resurrección, y la fuerza de su Espíritu. Para estos momentos son estas palabras de Jesús: no tengáis miedo. Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. Estoy con vosotros a pesar de mi aparente silencio, a pesar de la dureza de la vida, a pesar de las decepciones y de los fracasos.

No tengáis miedo, hay que seguir adelante. Cada vez que os levantáis de vuestras caídas, cada vez que continuáis a pesar de vuestro cansancio, ahí está la prueba de mi presencia, que vence el miedo, el cansancio, la debilidad. Porque la resurrección de Cristo se vive hoy en la debilidad de la Iglesia y en la debilidad de nuestra vida. A Cristo resucitado le encontramos hoy, como entonces, “en Galilea”, o sea, en lo cotidiano de la vida, en el trabajo habitual, en el esfuerzo por construir ya el Reino de Dios, en la vida familiar. Allí estoy yo, nos dice, “allí me veréis”, allí está el poder de mi resurrección que os acompaña siempre.

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1
Abr
2026
El viernes santo se ha quedado
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viernessanto2026

El Papa Benedicto XVI contó que, durante su visita pastoral a Cuba, uno de los obispos cubanos le dijo: “los cristianos de este país y también de muchos otros latinoamericanos, no hemos llegado todavía a la Pascua, nos hemos quedado en el Viernes Santo”.

Hay lugares en nuestro mundo donde muchas personas viven en un continuo viernes santo. El ejemplo de Ucrania es uno de los más sangrantes. Después de cuatro años de guerra, de cientos de miles (quizás dos millones) de muertos entre rusos y ucranianos, de más de diez millones de desplazados, de mucho sufrimiento, ahí sigue la guerra, en la que todos pierden, incluida Rusia, o mejor, los ciudadanos rusos. El presidente de la federación rusa no ha conseguido sus objetivos y, si algo consigue, será ocupar un montón de ruinas. ¿Y qué decir de la guerra en Irán y Oriente Medio? También allí mueren personas inocentes. Sin duda, el régimen que gobierna en Irán es corrupto e inaceptable. Pero, ¿no hay otros medios para deshacerse de él? ¿Hace falta bombardear colegios, hospitales, centros deportivos y una escuela de niñas? ¿Hay que amenazar con destruir todo el suministro de agua potable? Al todopoderoso presidente, los muertos, incluidos los de su propio bando, no le importan nada. El petróleo y sus negocios le importan mucho.

Son claros ejemplos del sufrimiento inmerecido que, de una u otra manera, afecta a muchas personas. Cierto, en medio de tanto dolor, hay muestras de solidaridad, empezando por las ayudas que vienen de la Santa Sede y de grupos y personas cristianas que envían ambulancias, generadores, alimentos y medicinas a Ucrania, y acogen en España y en otros países a personas que huyen del horror.

También hoy Cristo es golpeado, escarnecido y torturado. También hoy Cristo está en el mundo como una persona sin poder. La Pascua no existe para muchos, seguimos en Viernes Santo. Si no somos conscientes de esta triste realidad nuestras procesiones y celebraciones de esta semana santa serán una pequeña representación alejada del Cristo crucificado en nuestro mundo. Si somos conscientes, nuestras procesiones y celebraciones nos unirán con Cristo crucificado y nos llevarán a consolarle y auxiliarle. Hay una frase de Antonio Machado, en su poema “la saeta” que bien podemos convertir en realidad cada vez que nos acercamos a una persona que sufre: “¿quién me presta una escalera para subir al madero, para quitarle los clavos a Jesús el Nazareno?”. Si la creación poética pretende suscitar emociones y vivencias, este poema de Machado y los cantos de la liturgia de esta semana son una seria llamada a no quedarnos en la celebración, sino a salir al encuentro de aquellos que viven el viernes santo en su propia carne.

En la medida en que vivamos de esta forma el viernes santo, viviremos también la Pascua. Los cristianos no celebramos a un muerto, sino a un resucitado. La esperanza cristiana es que todos los poderes negativos pasarán, pero mientras duran debemos derramar en ellos el aceite del consuelo y el vino de la esperanza, y hacer que la Pascua se haga presente en ellos. Así lograremos que, aunque sea siempre Viernes Santo, sea también siempre Pascua.

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