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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

14
May
2026
Paradojas de la Ascensión
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ascensiónjesus2026

San Agustín hace notar algunas de las paradojas que comporta el misterio de la Ascensión. La Ascensión implica que Jesús deja esta tierra para subir al cielo. Y, sin embargo, nota el santo, “como él ascendió sin alejarse de nosotros, nosotros estamos ya allí con él”. ¿Cómo es posible estar con Jesús en el cielo cuando todavía estamos en la tierra? Agustín resuelve el dilema diciendo que “estamos ya allí con él, aún cuando todavía no se haya realizado en nuestro cuerpo lo que nos ha sido prometido”. O sea, estamos ya en el cielo con Jesús en esperanza, porque la promesa de algún modo anticipa ya lo prometido.

Otra paradoja: “Él ha sido elevado ya a lo más alto de los cielos; sin embargo, continúa sufriendo en la tierra a través de las fatigas que experimentan sus miembros”. Jesús desde el cielo sufre en cada persona que sufre, porque está presente sacramentalmente en todo ser humano, sobre todo en el pequeño y en el desvalido. Al respecto, san Agustín recuerda el texto de Mt 25,35: “tuve hambre y me distéis de comer”. En el hambriento está presente el Señor Jesús.

Tercera paradoja: “él está allí (en los cielos), pero continúa estando con nosotros; asimismo, nosotros, estando aquí, estamos también con él allí”. ¿Cómo es esto posible? Porque la fe, la esperanza y la caridad son las tres actitudes que, ya en este mundo, nos unen directamente con Dios. Si esto es así, por la fe, la esperanza y la caridad estamos ya participando de la vida futura, y el Dios del cielo se hace presente en cada creyente. Aclara el santo: “él está con nosotros por su divinidad, su poder y su amor; nosotros, en cambio, aunque no podemos realizar esto como él por la divinidad, lo podemos sin embargo por el amor hacia él”.

Nueva paradoja: “Él, cuando bajó a nosotros, no dejó el cielo; tampoco nos ha dejado a nosotros, al volver al cielo”. Esto es así, explica el santo, en razón de la unidad que existe entre él, nuestra cabeza, y nosotros, su cuerpo. Y recuerda que san Pablo afirma que Cristo es la cabeza de un cuerpo con muchos miembros, que somos nosotros. La cabeza no puede estar separada del cuerpo. “La unidad de todo el cuerpo pide que éste no sea separado de su cabeza”, remacha Agustín. Y concluye: “bajó del cielo por su misericordia, pero ya no subió él solo, puesto que nosotros subimos también con él por la gracia”.

Estas paradojas nos llevan a una conclusión: la Ascensión no aleja a Cristo de este mundo. Sigue estando con nosotros de muchas maneras (en su Palabra, en los sacramentos, en el prójimo necesitado), distintas de su modo de estar mientras anunciaba por los caminos de Galilea el Reino de Dios, pero no menos reales. En su Ascensión, Cristo abre el camino por donde también nosotros estamos llamados a ir al cielo. Y en el cielo nos tiene muy presentes, recordándonos en todo instante, por medio de su permanente oración por nosotros, pues como dice la liturgia en uno de sus prefacios, “habiendo entrado una vez para siempre en el santuario del cielo, ahora intercede por nosotros, como mediador que asegura la perenne efusión del Espíritu”.

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10
May
2026
Tiempo pascual, tiempo de confirmaciones
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confirmaciones

El tiempo de Pascua suele ser un tiempo propicio para organizar primeras comuniones. También es un tiempo propicio para confirmaciones. De hecho, en estos meses de abril y mayo, yo mismo he administrado en distintos lugares el sacramento de la confirmación. Incluso he tenido ocasión de administrar a algunos adultos los tres sacramentos de la iniciación cristiana.

La confirmación, como su mismo nombre indica, es una confirmación del bautismo, con ella se recibe la plenitud de la gracia bautismal, aunque también es algo más: en ella se recibe el don del Espíritu Santo. Por eso, en el caso del bautismo de adultos se administran en la misma ceremonia los dos sacramentos, o mejor los tres: bautismo, confirmación y eucaristía. En el bautismo de niños no tiene sentido ir más allá del bautismo, a la espera de que el niño pueda decir con toda conciencia y responsabilidad que quiere confirmarse y, entonces, es un buen momento para ratificar personalmente la profesión de fe que en su nombre hicieron los padres y padrinos en el momento de su bautismo.

Quiero con eso dejar claro que el bautismo de niños tiene su sentido. No vale el argumento: “ya se bautizarán cuando sean mayores y lo pidan personalmente”. De la misma forma que los padres toman decisiones que serán importantes para la vida del niño, como por ejemplo, en que colegio estudiar, que lengua enseñarle, que vacunas administrarle, también son responsables de tomar decisiones que serán importantes para su vida religiosa: no es lo mismo educar a un niño o niña como miembro de una comunidad cristiana de personas que quieren vivir a fondo el Evangelio y seguir a Jesús, que educarle fuera de esta comunidad, recibiendo otras influencias, algunas incluso poco convenientes.

La ratificación personal de la fe bautismal la hace el joven en el momento de la confirmación. Allí, en primera persona del singular, afirma que quiere renunciar al pecado y que cree en el Dios que Jesús revela como Padre y nos envía su Espíritu de amor. Porque nadie puede creer por mi, ni siquiera la Iglesia. La fe es un acto personal e intransferible, del que solo yo soy responsable. Otros pueden ayudarme a vivir mi fe, a consolidarla, pero no pueden creer por mi. El responsable soy yo.

La confirmación confiere profundidad y eficacia a la gracia bautismal, nos introduce más profundamente en la filiación divina, nos une más firmemente a Cristo, hace más perfecto nuestro vínculo con la Iglesia y, finalmente, nos confiere la fuerza especial del Espíritu Santo para difundir y defender la fe con nuestras palabras y nuestras obras, y ser así testigos valientes y creíbles de Jesucristo.

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7
May
2026
Dar razones de la esperanza
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La liturgia del sexto domingo de Pascua nos ofrece una lectura de la primera carta del apóstol Pedro en la que se exhorta a todos los cristianos a estar siempre dispuestos para dar explicaciones a todo el que nos pida razones de nuestra esperanza. El contexto en el que el autor de la carta hace esta exhortación es de persecución y de martirio. En los momentos de prueba y de dificultad, los cristianos debemos estar dispuestos a dar un testimonio valiente de nuestra fe. Pero, añade inmediatamente el apóstol, eso no puede hacerse de cualquier manera.

El creyente está dispuesto a dar razones de su esperanza, pero ¡no de forma triunfalista!, sino “con buenos modos y respeto” (1 Pe 3,16), es decir, nunca siendo violentos. Pues el creyente sigue las huellas de Cristo: “cuando le insultaban no devolvía el insulto, en su pasión no profería amenazas” (1 Pe 2,21-24). Tampoco el creyente devuelve mal por mal ni insulto por insulto; al contrario, “responde con una bendición” (1 Pe 3,9). Y si tiene que proclamar el mensaje, “insistiendo a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4,2), o sea, oportuna e inoportunamente, en los momentos fáciles y difíciles, no puede hacerlo de cualquier modo, sino con toda comprensión y pedagogía, sin perder nunca el control, “soportando lo adverso” (2 Tim 4,3.5). La fe cristiana no se impone, se propone. No emplea los trucos de la publicidad. La mansedumbre y la bondad son esenciales a la fe cristiana.

Las explicaciones de las que habla nuestro texto, también podrían traducirse por “dar respuesta”. La palabra griega original es “apología”. Apología es el discurso que el buen abogado hace ante el tribunal para defender a su cliente. El cristiano, al dar explicaciones de su fe, debe hacerlo con una exposición inteligente e inteligible. Porque si no se le entiende las explicaciones no sirven de nada, y si no son inteligentes, o sea, buenas, atractivas, bien razonadas y explicadas, entonces no convencen. Los cristianos debemos estar preparados. No se trata solo de decir lo que creemos, sino por qué creemos, cómo creemos, qué sentido y qué consecuencias tiene eso que creemos. La fe cristiana pretende que en ella se decide la vida del ser humano, pues el que crea se salvará. Si esto es así, su presentación debe causar algún impacto, suscitar algún interés, remover las fibras del alma, despertar deseos de mejor conocer.

Finalmente, el texto habla de dar razones no solo de la fe, sino de la esperanza. Fe y esperanza van siempre unidas. Pero la esperanza se refiere a la fe realizada en el futuro. Esperamos lo que creemos. La esperanza responde a la pregunta sobre el sentido de la vida. Porque la vida tiene sentido, los cristianos viven de forma distinta. Esta nueva forma de vivir es lo que, al final, resulta ser lo más convincente. Vivimos de esta forma (en el amor, el perdón y la solidaridad) porque creemos en Dios que es amor, perdón y comunión.

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3
May
2026
Mes de mayo dedicado a María
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Los católicos y los anglicanos dedican el mes de mayo a la Virgen María. Hay precedentes culturales de la relación entre el mes de mayo y las realidades divinas. El mes de mayo toma su nombre de la diosa romana Maia, diosa de la primavera y de la fertilidad. En Grecia, el mes de mayo estaba dedicado a la diosa Artemisa, diosa de la fecundidad. Algo parecido sucedía en la antigua Roma: el mes de mayo estaba dedicado a la diosa Flora, diosa de la vegetación. Mayo es un mes eminentemente primaveral. En el hemisferio norte empieza la primavera y la naturaleza se muestra fecunda. Por eso también se habla de mayo como mes de las flores.

En la Edad Media los cristianos empezaron a asociar este mes con la Virgen María. Como en otras ocasiones fueron las órdenes religiosas las que fomentaron esta asociación. Dominicos y franciscanos promovieron esta devoción en Italia, erigiendo en este mes altares a la Virgen. Los jesuitas, a finales del siglo XVIII, la difundieron en sus misiones. Los últimos Papas, sobre todo Juan Pablo II y Francisco, también han valorado esta devoción. Durante este mes se celebran algunas fiestas marianas importantes: el 13 de mayo es la Virgen de Fátima, el 31 de mayo se celebra la visitación de la Virgen a su parienta Isabel, cerrando así el mes dedicado a María; y el lunes siguiente a la solemnidad de Pentecostés, la Iglesia celebra la fiesta de la Virgen María, Madre de la Iglesia, fiesta creada por el Papa Francisco.

Quizás sería bueno que durante es mes se recuperase, allí donde se ha perdido, sobre todo en el ámbito familiar y de las comunidades religiosas, el rezo del santo rosario, oración en la que vamos repasando los distintos misterios de la vida de Jesús, en compañía de María, oración que Pablo VI calificó de “síntesis de todo el evangelio”. Podemos orar con María y orarle a ella, sabiendo que ella siempre nos orienta a Cristo. Y el que no tiene esto claro, ni sabe rezar ni tiene devoción a María. Las flores de mayo y la eclosión de la primavera pueden ser una buena ocasión para honrar a la Virgen María, pero sin olvidar que ella nos orienta a otra realidad mucho mayor. Por eso es oportuno recordar las palabras que María dijo en Caná a los sirvientes de la boda, referidas a Jesús: “haced lo que él os diga”. Si mayo es pretexto para honrar a María, María es camino seguro para encontrar al único Salvador. Si no terminamos en Jesús no hay cristianismo que valga.

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30
Abr
2026
Yo soy el camino que conduce a la vida
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caminoverdadvida

En el quinto domingo de Pascua volvemos a encontrarnos con la expresión “Yo soy”, que Jesús dice de sí mismo. A la pregunta de Tomás, que bien puede ser la pregunta de todo cristiano e incluso de toda persona de bien, a saber, cuál es el camino correcto que debe seguir, Jesús responde: “Yo soy el camino”. El camino conduce a alguna parte, y está para ser recorrido. La pregunta que se suscita es: si Jesús es el camino, ¿cómo puede recorrerse este camino, como se recorre una persona? Mediante el seguimiento. Siguiendo a Jesús recorremos el mismo camino que él abre.

El seguimiento de Cristo es posible porque está a nuestro alcance, a nuestro nivel, porque es un camino plenamente humano. La humanidad de Cristo es la que hace posible el seguimiento. Si olvidamos la realidad humana de Jesús y pretendemos que su camino es divino, fácilmente concluiremos que lo suyo es irrepetible y que a nosotros no se nos puede exigir vivir como él vivió. Ahora bien, si su camino es humano, si Jesús lo recorre en las mismas condiciones, con similares dificultades, idénticas tentaciones y parecidas ilusiones que las nuestras, eso significa que se puede recorrer, que estamos ante algo que puede ser nuestro porque está a nuestro nivel. Decía San Hipólito: “Sabemos que se hizo hombre de nuestra misma condición, porque, si no hubiera sido así, sería inútil que luego nos prescribiera imitarle como maestro. Porque, si este hombre hubiera sido de otra naturaleza, ¿cómo habría de ordenarme las mismas cosas que él hace, a mí, débil por nacimiento, y cómo sería entonces bueno y justo?”.

Jesús, tras decir que es el Camino, añade que es también “la Verdad y la Vida”. A este respecto San Agustín y Santo Tomás de Aquino notaban que en Cristo se unen el camino y el término del camino: “¿Quieres saber por dónde has de ir? Oye que el Señor dice primero: Yo soy el camino. Antes de decirte a donde, te dijo por donde: Yo soy el camino. ¿Y a dónde lleva el camino? A la verdad y a la vida. Primero dijo por donde tenías que ir, y luego a donde. Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Permaneciendo junto al Padre, es la verdad y la vida; al vestirse de carne, se hace camino” (San Agustín). “Es el camino según su humanidad, el término según su divinidad. En este sentido, en cuanto hombre, dice: Yo soy el camino”, precisaba Tomás de Aquino.

En esta línea, el Concilio Vaticano II, tras afirmar que con su encarnación el Hijo de Dios se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, y así nos dio ejemplo para seguir sus pasos, añade que “además, abrió el camino, con cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido”. Siguiendo el camino de Jesús, se puede vivir sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte. Y de esta forma tenemos ya vida eterna, viviendo en la esperanza de resucitar en el mundo futuro (cf. Jn 6,40.54).

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26
Abr
2026
Vicios a propósito de la verdad
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Da la sensación de que, salvo en el campo de la investigación científica, la pregunta por la verdad ha desaparecido de nuestro mundo. No es una de nuestras preocupaciones. Incluso en el campo de la ciencia, la cuestión de la verdad ha quedado reducida a una concepción puramente instrumental y utilitarista: ¿para qué va a servir esta investigación?, ¿cuánto me van a pagar por ella?, ¿quién está interesado en ella?

Hoy vivimos en un mundo cada vez más individualista. El individualismo nos invade, nos condiciona, conforma nuestra mentalidad. Al individualista solo le interesa lo que le resulta placentero o agradable. Y lo agradable es muy superficial, no acepta sacrificios, busca resultados rápidos e inmediatos. Vive de apariencia. Por eso, el criterio de valor de una fotografía o de una opinión es el “me gusta”. Según la cantidad de “me gusta” que consigue uno en sus publicaciones en internet, se diría que lo publicado es más auténtico. El “me gusta” se ha convertido en criterio de verdad y en criterio de personalidad.

Relacionado con el “me gusta” está el: “yo lo veo así”. Esta suele ser muchas veces la respuesta del que no tiene argumentos para defender una determinada tesis. Muchas personas se conforman con su propia verdad, importando poco que esta verdad propia y subjetiva esté bien fundamentada. El “yo lo veo así” tiene una aplicación en el terreno religioso que puede ser peligrosa. Es la postura del que ante la lectura de un texto bíblico ofrece una reacción de este estilo: “a mi me dice”. Pero cuando se trata de la escucha de la Palabra de Dios, la cuestión primera no es “lo que a mi me dice”, sino lo que ella dice. Solo si me entero bien de lo que dice la Palabra, podremos pasar a un segundo momento que, en todo caso deberá estar en consonancia con lo que dice la Palabra, a saber, qué me dice a mi la Palabra, a qué llama.

Otra variante religiosa del “yo lo veo así” es cuando consideramos la piedad como criterio de verdad. Esto suele ocurrir a propósito de determinadas devociones a imágenes o advocaciones, sobre todo marianas. Pero la piedad no es criterio de verdad; es la verdad lo que debe ser criterio de la piedad. En uno de sus Sermones universitarios, John Enry Newman se refiere a “aquellos que se dejan llevar de un sentimentalismo religioso, donde la imaginación y los sentimientos ocupan el lugar que le correspondería a la Palabra de Dios”. Una piedad sin teología, o una piedad no purificada, puede cegarnos y confundirnos.

Un último malentendido a propósito de la verdad que influye negativamente en su valoración es asociarla al dogmatismo, el fundamentalismo, la violencia, la cruzada, la intolerancia. En nombre de la verdad se ha llegado a posiciones inquisitoriales que han llevado incluso a la muerte a los herejes, considerados enemigos de la verdad. Mientras el dogma es una proposición cierta desde el punto de vista de la fe, el dogmatismo es un estado de ánimo, un modo de vivir la relación con la verdad caracterizado por la pretensión de lo exclusivo y lo excluyente. Dogmático no es el que cree en la verdad, sino el que se cree en posesión exclusiva de la verdad y la utiliza como arma arrojadiza contra los demás. Más que absolutizar la verdad, el dogmático se absolutiza a sí mismo y a sus ideas. La verdad no tiene dueños, sino humildes servidores. Se puede morir por la verdad, pero no matar por ella. El dogmático confunde lo seguro con lo visceral, cree que la fuerza de una convicción depende de la violencia con la que se propone.

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23
Abr
2026
Yo soy la puerta
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yosoylapuerta

“Yo soy”, traducción del hebreo Yahvé, es el modo como Dios se revela a Moisés (Ex 3,14). Este “yo soy” hay que entenderlo en un sentido activo y dinámico: yo soy el que siempre está presente, el único salvador, el que existe y actúa en favor de Israel. Jesús utiliza la expresión “Yo soy” identificándose con el nombre divino del Antiguo Testamento: “Antes de que Abraham existiera, Yo soy” (Jn 8,58), dice Jesús a los judíos, que ven en esta identificación una blasfemia, hasta el punto de que tras esta declaración de Jesús “tomaron piedras para tirárselas” (Jn 8,59).

En muchas ocasiones Jesús especifica el “yo soy” con calificativos salvíficos: yo soy el pan de vida, el agua viva, la luz del mundo, el buen pastor, el camino, la verdad, la vida y la resurrección. Quizás uno de los calificativos menos conocidos lo escucharemos en el evangelio de este próximo domingo: “Yo soy la puerta”, título tan interesante como los otros. La puerta abierta permite entrar y salir, permite la libre circulación, expresa la acogida. La puerta cerrada protege. Por eso, en la antigüedad las ciudades tenían puertas que, al cerrarlas, garantizaban la seguridad de sus habitantes. En este sentido dice Jn 20,19, que los apóstoles estaban en un lugar con las puertas cerradas, por miedo a los judíos; y añade que Jesús resucitado tiene poder para atravesar todas las puertas cerradas y hacerse presente en medio de nuestros miedos.

En el libro de los salmos aparece con frecuencia el tema de la puerta. Yahvé ama las puertas de Sión (Sal 87), que él mismo ha consolidado (Sal 147,13). El peregrino que va a Jerusalén se alegra cuando sus pies pisan los umbrales de la ciudad (Sal 122) y, sobre todo, cuando pisa el umbral de la Casa de Dios (Sal 84). Entonces puede cantar: “Aquí está la puerta de Yahvé, los justos entrarán por ella” (Sal 118,9-20). El justo entra por donde en otro tiempo entró el rey de la gloria (Sal 24,7).

Todo esto encuentra su realización acabada en Jesús. En su bautismo se abre el cielo (Mt 3,16), y así él se convierte en la puerta que introduce en la salvación, pues quien entra por ella encuentra buenos pastos, o sea, los alimentos divinos (Jn 10,9). “Por él tenemos libre acceso al Padre” (Ef 2,18). Él es la puerta, y está llamando a nuestra puerta, para entrar en nuestra casa y convertirla en su casa (Ap 3,20). Como muy bien dice uno de los prefacios de este tiempo de Pascua, “por Cristo se abren a los fieles las puertas del reino de los cielos, porque en su gloriosa resurrección hemos resucitado todos”. La resurrección no es solo un acontecimiento que concierne a Jesús, sino que nos concierne a nosotros, pues él ha resucitado como “primicia” (1 Cor 15,20-23), o sea, como el primero de una larga lista de hermanos.

La puerta, que es Cristo, introduce en el reino de la “vida abundante”, de la vida en la que hay suficiente pan y alegría para todos, porque el pan y la alegría desbordan por todas partes. Cristo es la puerta de la esperanza, “la puerta Hermosa” (Hech 3,2), que introduce en “las muchas moradas de la casa del Padre” (Jn 14,2), la única puerta correcta, la entrada en la felicidad.

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20
Abr
2026
La fe cristiana se realiza en un encuentro
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La fe religiosa, antes que un conocimiento de verdades que no se ven, hay que entenderla como un compromiso del hombre entero con la única Verdad, el Dios vivo que nos sale al encuentro en Jesucristo. Más que un tener, un saber o un poseer, la fe es un “ser poseído”, un “ser apresado por Cristo Jesús” (Flp 3,12). La fe cristiana no se realiza en un saber, sino en un encuentro, pues la fe es un acto relacional. Este encuentro no excluye el conocimiento y la tradición doctrinal, sino que lo integra: la fe en la persona supone la fe en la palabra que dice la persona. Entendida así, la fe cristiana es una experiencia y una vida, un participar de la vida del Dios que se nos da: el que cree en el Hijo tendrá la vida eterna (Jn 3,16; cf. 11,25; 20,31).

En esta concepción de la fe como encuentro subyace un dato teológico importante, a saber: la fe y el amor están constitutivamente implicados. La fe en Dios culmina en el amor a Dios. Amor y fe son inseparables, tanto en el plano antropológico como teológico. La fe, como el amor, es un asunto de decisión, y no de pruebas. El amor, como la fe, es una cuestión de confianza, no de evidencias. El amor presupone la confianza en el otro y la fidelidad del otro; por su parte, la confianza es el clima más propicio para el amor. Amor y confianza se sostienen mutuamente. Hasta el punto de que la calidad de nuestra fe condiciona la calidad de nuestro amor.

Si el amor presupone la fe, la fe tiende hacia el amor y culmina en el amor. En esta línea Tomás de Aquino afirmaba que la caridad es la forma de todas las virtudes. Teológicamente la caridad, el amor a Dios, es el culmen, el término, lo que da sentido a la fe. En efecto, una fe sin caridad sería una creencia, un acto del entendimiento que cree que Dios existe, pero sin amarle; una fe, pues, parecida a la de los demonios, de los que se dice que creen y tiemblan (Stg 2,19). Si nos quedamos en esta fe diabólica, la de los que se limitan a decir: “Señor, Señor” (Mt 7,21), bien podría decirse, con Charles Baudelaire, que “es más difícil amar a Dios que creer en él”.

Fe y caridad se interpenetran mutuamente. Por eso el cuarto evangelio puede afirmar que por la fe es posible el amor: “les he dado a conocer tu nombre (fe) para que el amor con que tu me has amado (el amor intratrinitario que es Dios mismo) esté en ellos y yo en ellos” (Jn 17,26); y San Pablo puede decir que la fe actúa por la caridad (Gal 5,6). En este texto la caridad de la que habla San Pablo no se refiere al amor al prójimo (aunque tampoco lo excluye), sino al amor a Dios. El amor a Dios es el dinamismo de la fe en Dios. “La fe transforma toda la persona, precisamente porque la fe se abre al amor” (Francisco, Lumen fidei, 26).

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16
Abr
2026
Camino de Emaús: Palabra y sacramento
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No hay encuentro con el Resucitado sin Palabra acogida y sin mesa eucarística compartida. Para compartir hace falta comunidad. Y para acoger la Palabra hace falta que alguien la explique bien. Esa podría ser la síntesis del relato de esos dos discípulos que van, un tanto decepcionados, camino de Emaús. Decepcionados porque esperaban una cosa y, al parecer, ha sucedido otra. “Nosotros esperábamos que Jesús iba a liberar a Israel”, confiesan al desconocido que se les acerca en el camino. Se trata de discípulos, por tanto, miembros de aquel grupo que había conocido más de cerca Jesús. Y, después de haberle tratado, escuchado y visto, al final sus esperanzas siguen estando mal orientadas. No habían comprendido del todo.

Pero sea lo que sea lo que ellos esperaban, lo decisivo es que Jesús de Nazaret, que se había manifestado como profeta poderoso en obras y palabras, había fracasado y, por eso, ellos estaban decepcionados. Esta decepción refleja la situación de muchos cristianos de hoy. Estamos viviendo tantas situaciones personales y sociales que, muchas veces, nuestra fe y nuestra esperanza, entran en crisis. ¿Dónde está Dios en medio de tanto dolor, tanta tragedia, tanta guerra, tanta injusticia?

Cuando el desconocido les explica las Escrituras empiezan a comprender el verdadero sentido de la vida de Jesús. La liberación que él ofrece concierne también a esta vida, pero no es una liberación política. No basta un cambio de estructuras o de régimen político para liberar a la persona. Se necesita un cambio del corazón. Pues del corazón nace todo lo malo que puede hacer una persona, e igualmente todo lo bueno que puede hacer. También nosotros, como aquellos discípulos, debemos purificar nuestra fe y nuestra esperanza. La fe cristiana no es magia, no es la solución de los grandes o pequeños problemas. Pero sí es una luz que nos mueve a ver al mismo Dios que reclama nuestro amor, en toda persona necesitada, y una fuerza que nos empuja a socorrerla con todos los medios a nuestro alcance. A estos dos discípulos, a nosotros, Cristo nos hace ver que muchas veces nuestros caminos no son sus caminos. Por eso, importa estar atentos a los signos de los tiempos para interpretarlos, no como lo hace el mundo, sino a la luz del Evangelio.

La localidad de Emaús no ha sido identificada con certeza. Esto puede resultar significativo. Emaús representa todos los lugares. En todos los caminos de la vida podemos encontrarnos con el Señor resucitado. En todos ellos es posible entrar en diálogo con Jesús escuchando su palabra y compartiendo su pan, este pan partido para la vida del mundo. Pero un pan que nos abre a todos los hermanos, incluso si no son de “los nuestros”, para compartir con ellos nuestra experiencia de encuentro con Jesús. Esta experiencia se comparte de forma distinta si se trata de hermanos de nuestro grupo o de hermanos ajenos a nuestro grupo. Con estos últimos, a lo mejor el compartir empieza por escuchar, por acompañar, por tratar de comprender, por ayudar, en la esperanza de que quizás en algún momento se pregunten por el motivo de nuestro obrar. Entonces habrá llegado el momento de responder confesando explícitamente nuestra fe en Jesucristo muerto y resucitado.

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13
Abr
2026
Ataque frontal de Trump a León XIV
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TrumpyLeón

Hace unos días, tanto la Secretaría de Estado de la Santa Sede como la embajada de Estados Unidos ante el Vaticano, se apresuraron a desmentir que el Nuncio en Estados Unidos hubiera sido llamado a una reunión en el Pentágono y hubiera recibido una seria reprimenda por la actitud del Papa sobre la guerra. Fuera lo que fuera de la llamada del Nuncio al Pentágono, la noticia era un buen reflejo del desagrado que producían en los gobernantes de Estados Unidos las declaraciones del Papa a favor de la paz.

Ahora ya no se trata de una suposición o de un rumor, puesto que todos los medios dan por cierto algo comprobable, a saber, que el presidente Trump, en una de sus redes sociales, ha arremetido contra León XIV, calificándolo de débil, complaciente con la izquierda y nefasto en materia de política exterior. Añadiendo varias cosas, unas falsas, otras difícilmente comprobables y hasta un tanto fantasiosas, y otras evidentes. La falsa: atribuir a León XIV estar de acuerdo con que Irán tenga una bomba nuclear. La poco comprobable: afirmar que si él no hubiera sido presidente de USA, León XIV no hubiera sido elegido Papa. Y la evidente: que no quiere a un Papa que critique al presidente de los Estados Unidos. Cosa cierta, si bien nunca el Papa ha nombrado al presidente ni por su nombre ni por su cargo, aunque es bien seguro que muchas de sus declaraciones se dirigían a él, sobre todo cuando ha invitado a sentarse en mesas de diálogo y ha dejado claro que destruir “una civilización entera” es totalmente inaceptable.

La reacción del todopoderoso presidente es una buena prueba de que la palabra del Papa le afecta y no le gusta. Con toda probabilidad es la que más le molesta. El Papa es la voz moral que mejor puede censurar, en nombre del Evangelio, una política que produce víctimas inocentes. Criticarla de esta forma es reconocer su peso y su importancia.

Se puede estar de acuerdo en que el régimen iraní es nefasto para su propio pueblo y un peligro para el resto del mundo. Pero esto no legitima cualquier tipo de respuesta. Siempre habrá quienes, precisamente en base a esta desgracia que es el régimen iraní, elogiarán la postura del político americano y descalificarán al Papa. Pero un buen católico tiene que tener las ideas claras.

La verdad hace libres, con esa libertad que las armas no pueden ni acallar ni vencer. Y como la diplomacia vaticana es infinitamente más sutil que la diplomacia verborreica del presidente de USA, es casi seguro que no habrá respuesta pública (por lo menos, respuesta directa) por parte de la Santa Sede a estas penosas declaraciones.

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