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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

1
Abr
2026
El viernes santo se ha quedado
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viernessanto2026

El Papa Benedicto XVI contó que, durante su visita pastoral a Cuba, uno de los obispos cubanos le dijo: “los cristianos de este país y también de muchos otros latinoamericanos, no hemos llegado todavía a la Pascua, nos hemos quedado en el Viernes Santo”.

Hay lugares en nuestro mundo donde muchas personas viven en un continuo viernes santo. El ejemplo de Ucrania es uno de los más sangrantes. Después de cuatro años de guerra, de cientos de miles (quizás dos millones) de muertos entre rusos y ucranianos, de más de diez millones de desplazados, de mucho sufrimiento, ahí sigue la guerra, en la que todos pierden, incluida Rusia, o mejor, los ciudadanos rusos. El presidente de la federación rusa no ha conseguido sus objetivos y, si algo consigue, será ocupar un montón de ruinas. ¿Y qué decir de la guerra en Irán y Oriente Medio? También allí mueren personas inocentes. Sin duda, el régimen que gobierna en Irán es corrupto e inaceptable. Pero, ¿no hay otros medios para deshacerse de él? ¿Hace falta bombardear colegios, hospitales, centros deportivos y una escuela de niñas? ¿Hay que amenazar con destruir todo el suministro de agua potable? Al todopoderoso presidente, los muertos, incluidos los de su propio bando, no le importan nada. El petróleo y sus negocios le importan mucho.

Son claros ejemplos del sufrimiento inmerecido que, de una u otra manera, afecta a muchas personas. Cierto, en medio de tanto dolor, hay muestras de solidaridad, empezando por las ayudas que vienen de la Santa Sede y de grupos y personas cristianas que envían ambulancias, generadores, alimentos y medicinas a Ucrania, y acogen en España y en otros países a personas que huyen del horror.

También hoy Cristo es golpeado, escarnecido y torturado. También hoy Cristo está en el mundo como una persona sin poder. La Pascua no existe para muchos, seguimos en Viernes Santo. Si no somos conscientes de esta triste realidad nuestras procesiones y celebraciones de esta semana santa serán una pequeña representación alejada del Cristo crucificado en nuestro mundo. Si somos conscientes, nuestras procesiones y celebraciones nos unirán con Cristo crucificado y nos llevarán a consolarle y auxiliarle. Hay una frase de Antonio Machado, en su poema “la saeta” que bien podemos convertir en realidad cada vez que nos acercamos a una persona que sufre: “¿quién me presta una escalera para subir al madero, para quitarle los clavos a Jesús el Nazareno?”. Si la creación poética pretende suscitar emociones y vivencias, este poema de Machado y los cantos de la liturgia de esta semana son una seria llamada a no quedarnos en la celebración, sino a salir al encuentro de aquellos que viven el viernes santo en su propia carne.

En la medida en que vivamos de esta forma el viernes santo, viviremos también la Pascua. Los cristianos no celebramos a un muerto, sino a un resucitado. La esperanza cristiana es que todos los poderes negativos pasarán, pero mientras duran debemos derramar en ellos el aceite del consuelo y el vino de la esperanza, y hacer que la Pascua se haga presente en ellos. Así lograremos que, aunque sea siempre Viernes Santo, sea también siempre Pascua.

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28
Mar
2026
El Padre entrega al Hijo: imposible amar más
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PadreentregaHijo

“Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo unigénito” (Jn 3,16). La historia de Abraham, que oye una voz de Dios que le pide que le ofrezca en holocausto a su hijo Isaac, tiene muchas vertientes, pero hay una que puede iluminar este texto del evangelio de Juan que afirma que el insuperable amor de Dios se manifiesta en la entrega de su Hijo al mundo.

La carta a los hebreos interpreta el sacrificio de Abraham a la luz de la resurrección de Cristo y ve en Abraham a un hombre de fe que pensaba que poderoso era Dios para resucitar a Isaac de entre los muertos (Heb 11,19). Es posible que el texto, en su contexto original, sea una crítica a los sacrificios de niños. Pues en el texto aparecen dos voces de Yahvé. Quizás la segunda (“no toques al niño”) sea la auténtica voz de Dios, en contraste con la primera que pide el sacrificio del primogénito y era una voz bastante común en los dioses de las religiones de la antigüedad. O, al menos, era la voz que interesaba escuchar a los jefes de tribu para evitar que, en cuanto su primogénito tuviera algo de fuerza, les matara para quitarles el puesto.

Dejo todo esto y me quedo con la lectura que parece más directa y la que muchos lectores hacen, a saber: Abraham, para obedecer a Dios, está dispuesto a sacrificar a su hijo. Porque esta lectura me ofrece luz para entender el texto de Juan sobre el amor de Dios al mundo que entrega a su Hijo unigénito. Para empezar, más que del sacrificio de Isaac se trata del sacrificio de Abraham. Pues quien verdaderamente se expone a la muerte, o a algo peor que la muerte, es Abraham. Como bien dice Fabrice Hadjadj, “para este anciano de cien años inmolar a su hijo, el hijo de la promesa divina, es peor que morir. Preferiría mil veces ofrecer su cuello al cuchillo que herir el de su hijo. Dios le pide lo imposible. Y él lo acepta”. Aquí quién vive una verdadera tragedia y ofrece un gran sacrificio no es Isaac, porque el niño sin entender muy bien lo que está sucediendo, no piensa ni de lejos que su padre le va a matar. Por eso he dicho que más que del sacrificio de Isaac se trata del sacrificio de Abraham.

Por su parte, Jesús le dice a Nicodemo que el amor de Dios al mundo llega hasta entregar a su Unigénito. Cualquier padre preferiría morir en lugar de su hijo. Si es su hijo quien muere y el padre se ve forzado a entregarlo, entonces este padre se entrega a sí mismo y hasta podemos decir que se entrega más que a sí mismo. En la muerte del hijo el padre también se está entregando, el padre participa de esta muerte. Este padre manifiesta un gran amor. Y en el caso de Dios, un amor insuperable, porque el amor divino es insuperable. Por eso, le dice Jesús a Nicodemo que el que crea en la entrega que el Padre hace del Hijo “tiene vida eterna”. O sea, participa de un amor de tal calibre que es capaz de vencer a la muerte.

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24
Mar
2026
Dios manifiesta su poder perdonando
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PoderDios2026

La primera oración de la Eucaristía se llama “colecta”, porque recoge los sentimientos de la asamblea celebrante. Hay una que resulta particularmente interesante. Afirma que Dios manifiesta especialmente su poder por medio del perdón y de la misericordia. Una afirmación como esa resulta paradójica y contrasta con el modo como se manifiesta el poder en este mundo, a saber, por medio de la fuerza, del dominio y de la opresión. El perdón y la misericordia, más que manifestaciones de poder, se diría que son manifestaciones de debilidad o, al menos, de pena y de compasión.

Para entender este modo extraño que tiene Dios de ejercer el poder conviene preguntarse: en realidad, ¿quién tiene poder? El que consigue lo que quiere. Por eso, los poderosos de este mundo, en la mayoría de los casos, por no decir en todos, no tienen verdadero poder, porque no logran lo que pretenden y, si lo logran, es a base de destruir o maltratar a los demás. Por poner un ejemplo inocente: el presidente de un equipo de futbol tiene aparentemente mucho poder en lo referente a su equipo, y utiliza este poder para que su equipo sea siempre ganador. Pero su poder es muy limitado, porque en muchas ocasiones su equipo resulta perdedor.

Dios, por el contrario, siempre consigue lo que quiere, aunque a veces su modo de conseguirlo pase desapercibido. ¿Qué es lo que quiere Dios? La Escritura lo dice así: “Dios quiere que todos los seres humanos se salven”. Para conseguir eso que quiere, Dios perdona los pecados y tiene misericordia de todos. Y así, por el perdón y la misericordia manifiesta su gran poder. Decía Tomás de Aquino: “la manera de demostrar que Dios tiene el poder supremo es perdonando libremente los pecados…, porque perdonando y apiadándose conduce a los hombres a la participación del bien infinito, que es el máximo efecto del poder divino”. Tiene poder el que conduce a los hombres al fin que se ha propuesto. El fin que Dios se propone para el ser humano es la salvación. Perdonando los pecados consigue este fin. Luego su poder se manifiesta en el perdón y la misericordia.

En consonancia con esta manera de ejercer el poder hay que entender la justicia de Dios. Según el Nuevo Tes­tamento la justicia de Dios se manifiesta en la rehabilitación del pecador por pura gracia. Dios manifiesta su justicia, leemos en Rm 3,24-26, justificando, o sea, haciendo justo al pecador y teniendo misericordia de todos. Por este motivo, en el Evan­gelio se revela la justicia de Dios (Rm 1,17). Esta justicia es una buena noticia, pues no se trata de la justicia retributiva, por la que Dios premia o castiga según los mereci­mientos de cada uno, sino de la justicia que justifica (hace justo) al impío.

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20
Mar
2026
Para los que no creen en el infierno
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evangelicoscontrum

Los que no creen en el infierno basta que se den un paseo por Ucrania o por Irán para convencerse de que el infierno existe. Para afirmar la existencia de estos infiernos no hace falta ninguna fe, porque estamos ante una evidencia. Estos infiernos son creación del hombre, no de Dios. Porque Dios es un Dios de paz. Como bien ha dicho León XIV no hay guerra santa, mal que les pese a los pastores evangélicos que, si las fotos no engañan, se diría que avalan la guerra de su todopoderoso presidente. Lo santo es la paz.

La política es muy compleja. Hay gobiernos con los que se puede estar en desacuerdo, pero el desacuerdo no impide vivir con normalidad, esperando que haya elecciones y que se compruebe si el desacuerdo es mayoritario o minoritario. Pero hay gobiernos que conducen a la ruina a sus países, que oprimen a sus ciudadanos, que no toleran la crítica ni el desacuerdo. O sea, gobiernos corruptos que impiden a la mayoría de la gente vivir con normalidad. No hace falta decir nombres.

Pero aceptando que la política es compleja, los cristianos tenemos que tener claro que hay medidas poco o nada compatibles con el evangelio. La guerra es una de ellas. No hay guerra santa, como ha dicho León XIV, pero tampoco hay guerra justa. La guerra justa de la que hablaban los teólogos medievales era, en primer lugar, una defensa ante injustas agresiones. Y no se daba en las condiciones actuales. Entonces morían soldados. Hoy mueren poblaciones inocentes. Entonces había espadas y piedras. Hoy hay bombas atómicas. Por eso, el magisterio de los últimos Papas, empezando por Juan Pablo II, ha declarado que ya no se dan las condiciones para poder hablar de guerra justa. La guerra siempre es evitable.

Estos infiernos intrahistóricos, que como he dicho son creación del ser humano, nos ayudan a comprender que, si hay infierno ultraterreno también será creación del hombre. Porque Dios solo saber hacer cielos. De él solo sale lo bueno. El infierno ultraterreno no sabemos si está estrenado. Pero es una posibilidad que hay que mantener para dejar claro que la salvación depende no solo de la bondad de Dios, sino también de la acogida del ser humano. Cuando el ser humano rechaza a Dios se encuentra con lo que él mismo ha buscado. Cierto, parece difícil que alguien diga “no” a Dios sabiendo lo que hace. Pero ya no es tan difícil decir “no” al ser humano como imagen de Dios, en la que Dios mismo se hace presente. Ahí, desgraciadamente, sí se sabe lo que se hace.

A pesar de las apariencias no podemos emitir un juicio sobre lo que ocurre en el fondo del corazón humano. Por eso he dicho que no sabemos si el infierno ultraterreno está estrenado, pero lo esté o no, hay que mantenerlo como una posibilidad real de la libertad humana. Porque si no es posible decir “no”, entonces tampoco el “si” tiene sentido. Y si es posible decir “si” y “no”, entonces hay que asumir responsabilidades.

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16
Mar
2026
San José, el de los buenos sueños
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Sanjose2026

El rey Herodes mandó matar a todos los niños de Belén menores de dos años, buscando así eliminar al “rey de los judíos” que unos magos le habían anunciado que acababa de nacer. Ante esta amenaza, el ángel del Señor se apareció en sueños a José: “Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto, y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle” (Mt 2,13). José, hombre justo (Mt 1,19), bueno y honrado en un mundo cruel, “se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto” (Mt 2,14). Este no fue el único sueño de José. Tuvo otros dos muy buenos: cuando decidió no repudiar a María y cuando, muerto Herodes, regresó de Egipto. Se diría que, más que patrono de los trabajadores, José es el patrono de los soñadores.

Para hacer el bien y proteger la vida del inocente, José no defiende el bien con el mal, devolviendo mal por mal. Se convierte así en un digno émulo de otro José del Antiguo Testamento, al que sus hermanos llamaban “el soñador” (Gen 37,19), un hombre casto y manso, que tampoco devuelve mal por mal a sus hermanos que quisieron matarlo y al final le vendieron como esclavo, y que también se instaló en Egipto y, una vez allí consiguió gran poder, y en vez de vengarse, favoreció y colmó de bienes a sus hermanos.

Jesús, un pequeño niño de menos de dos años, baja a Egipto. Este acontecimiento que pudiera parecer circunstancial, fue en realidad un momento salvífico. Jesús, con María y José, recorre toda la historia de la salvación, como antes hicieron sus antepasados, Abraham, Isaac, Jabob y sus hijos (Mt 1,2), que también fueron a Egipto, y allí vivieron momentos duros y difíciles. Como el pueblo de Israel, también Jesús y su familia fueron sacados de Egipto, el lugar de la esclavitud, para entrar en la tierra prometida: “De Egipto llame a mi hijo” (Mt 2,15). Así, en Jesús se recapitula toda la historia de la salvación.

Y todo esto fue posible gracias a la obediencia de José, gracias a que José supo leer los designios de Dios en sus sueños. Nosotros también estamos llamados a leer los designios de Dios y a defender al débil y al inocente. Se puede soñar dormido y se puede soñar despierto. La cuestión es: ¿cómo saber que nuestros sueños son signos de Dios? Si nos conducen a hacer el bien. Todo aquello que nos mueve al bien procede de Dios, es una inspiración del Espíritu Santo. Cuando actuamos guiados por el bien y buscando el bien estamos cumpliendo la voluntad de Dios.

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13
Mar
2026
Ciencia y sabiduría
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cienciaysabiduria

En la persona que estudia puede encontrarse una doble dimensión que, a modo de tendencia, se encuentra diversamente acentuada en el científico, el filósofo o el teólogo. Me refiero a la distinción entre saber y sabiduría. El saber se preocupa de cernir la realidad y de obtener todos los datos constatables sobre ella. El principio de la sabiduría es el asombro; no un asombro que conduce a quedarse pasmado ante las cosas, sino a preguntarse por qué me asombra lo que me asombra. El asom­bro convertido en pregunta, ese es el principio de la sabiduría. Pero también es sabi­duría una manera de situarse ante el mundo, una orientación para conducir la vida. De modo que el saber se refiere a los objetos, incluyéndome a mí mismo como un objeto más de este mundo. La sabiduría es una visión global que me interpela, pero también me concierne, pues hace que vea el mundo de una determinada manera, con unos valores y sentimien­tos.

Aquí viene bien continuar una idea de Laín Entralgo sobre las preguntas pe­núltimas y las preguntas últimas. Las preguntas penúltimas (¿qué es la sal?, ¿cómo funciona una máquina?) son propias de la ciencia y la respuesta a las mismas nos otorga un saber cierto, valioso, delimitado, pero tal saber no deja de llevar consigo la posibilidad de seguir preguntando. A las preguntas últimas (¿quién soy yo?, ¿qué puedo hacer con mi vida?) sólo cabe responder desde la sabiduría, pues para nuestra mente no tienen una respuesta idónea y racional. ¿Significa esto que no tienen respuesta? De ningún modo. Significa que no tienen una respuesta que se imponga necesariamente a la inteligencia, pero sí tienen una respuesta razonable. Respuesta que, sin dar lugar a la evidencia, se nos muestra aceptable, convincente e incluso sugestiva, para admitir un aserto cuya demostración racional no es posible. La sabiduría se sitúa en el ámbito de lo último. Y por eso, se trata de un saber que normalmente ofrece más preguntas que respuestas. Cuando las ciencias nos han ofrecido todas las respuestas, siempre quedan preguntas por responder, preguntas que, al final, son las que verdaderamente interesan. De ahí surge una nueva consideración: en los terrenos del saber y de la ciencia, otros pueden estudiar e investigar por mí. Pero las preguntas últimas, aunque otros puedan ayudarme a pensar, nadie puede responderlas por mí. La sabiduría me implica personalmente.

 Vivimos en una cultura de lo fácil, de lo intrascendente, de lo obvio. Una cul­tura que busca respuestas y seguridades, y desconfía de aquellos que plantean cues­tiones. Desgraciadamente, de esta búsqueda de seguridades y desconfianza ante las preguntas participan también muchos creyentes. Pero sea uno creyente o no lo sea, podría al menos quedarse con la pregunta de si el verdadero significado de la realidad está en algo que todavía ignoramos. Quizás para alcanzar este significado último no sea suficiente abrir bien los ojos y los oídos. Quizás no sea buen camino comenzar con la seguridad de una evidencia o de un silogismo. ¿Por qué el camino que comienza con un acto de confianza en una palabra que de entrada no ofrece pruebas, sino que pide adhesión, no puede abrirnos al descubrimiento? ¿Habrá algo que el oído no oyó, que el ojo no vio, que tampoco vino a la mente del hombre, pero de alguna manera puede venir a ella, y que quizás tenga un interés supremo para el ser humano? ¿Qué hay de malo, o mejor, que puede haber de bueno, en formularse preguntas así? ¿No es el ser humano, a diferencia de los animales, un ser que pregunta y que pregunta sin limita­ción alguna? Ahora bien, ¿vale la pena preguntarse, esfor­zarse, perder literalmente el tiempo por aquello que ignoramos? ¡Claro que sí! Pues la pregunta por lo que igno­ramos es lo que hace avanzar el saber en todos los órde­nes de la vida. Más aún, una pregunta bien planteada es de alguna manera un anti­cipo de la respuesta. Heidegger decía que la pregunta es la forma suprema del saber.

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9
Mar
2026
Las emociones en el acto de fe
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emociones

La Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española ha publicado una oportuna nota sobre el papel de las emociones en el acto de fe. La vida espiritual y el encuentro con Dios afecta a la persona en todas sus dimensiones: afectiva, intelectual y volitiva, pero de ningún modo se reduce a lo puramente emocional o a lo sentimental.

La nota viene motivada porque en estos últimos años han aparecido diversas iniciativas de primer anuncio que, con métodos distintos, buscan facilitar el encuentro de la persona con Jesucristo. En todos estos métodos tienen un peso importante las emociones y los sentimientos, que provocan un gran impacto en las personas. Pero este primer momento debe prolongarse con una profundización en las implicaciones y consecuencias del anuncio, o sea, en una formación en la fe (que conduce a un mejor conocimiento de Jesucristo), en un cambio de actitudes en la vida, en un serio testimonio de Jesucristo de forma creíble (apostolado) y en celebrar el encuentro con el Señor por medio de la liturgia y los sacramentos.

En nuestros días parece que en la experiencia de fe ocupan un lugar privilegiado los sentimientos y las emociones. Pero estos sentimientos deben regularse y completarse, pues pueden ser un obstáculo para el crecimiento espiritual. A una fe basada solo en sentimientos positivos y agradables le repugna la cruz. No hay que minusvalorar las emociones, pero hay que tener claras dos cosas: 1) la fe no depende de la intensidad de la emoción; y 2) los sentimientos no pueden desligarse ni de la verdad ni del bien. Pues la fe sin verdad no salva, se queda en una bella fábula o en un sentimiento que, de entrada, entusiasma, pero que depende de nuestros estados de ánimo.

Por otra parte, el “emotivista” resulta fácilmente manipulable. Muchas discursos sociales y políticos apelan a las emociones, para generar adhesiones. Pero la fe es un compromiso estable en el que entra en juego toda la existencia, con todas sus dimensiones. La dimensión afectiva también, pues los sentimientos forman parte de la vida humana y, por tanto, de la vida espiritual, pero no pueden ser lo determinante de toda la vida cristiana. A veces la misma ausencia de sentimientos es parte del itinerario espiritual. Muchos grandes santos nos han contando sus momentos de sequedad o la noche oscura de su alma.

En la fe hay un aspecto de conocimiento, una dimensión de verdad que comporta la aceptación de la persona y del mensaje de Cristo. Por eso, la acogida del anuncio de Jesús como Señor y Salvador, requiere un proceso formativo, catequético, para que la fe sea madura y capaz de responder a las dificultades que se le presentan.

La vida de fe supone una dimensión eclesial. La fe es un acto personal, pero no solitario, se vive en comunión, en Iglesia. En la Iglesia se proclama la Palabra, se celebran los sacramentos y se vive el amor a los hermanos. Una vivencia eclesial de la fe no puede absolutizar el carisma del propio grupo, sino ponerlo al servicio de la unidad de la Iglesia, sin excluir, y mucho menos descalificar, otros carismas. Sin olvidar lo que dice el Vaticano II, a saber, que el juicio sobre la autenticidad de un carisma y su regulación pertenece a los pastores de la Iglesia, a los cuales compete no apagar el Espíritu, sino examinarlo todo y quedarse con lo bueno (1 Tes 5,19-21).

Finalmente, la fe pide una dimensión celebrativa y exige una dimensión caritativa, que se traduce en solidaridad con los pobres y necesitados y en un serio compromiso por la búsqueda de la justicia, de la paz y del entendimiento entre las personas y los pueblos.

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5
Mar
2026
Esperanza segura y pozo de agua viva
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cisterna

En las lecturas del tercer domingo de Cuaresma del ciclo A destaca sobremanera el Evangelio de Jesús con la samaritana. Pero resulta igualmente importante y significativo el texto de san Pablo: “la esperanza no defrauda”. O sea, la esperanza no falla, es cierta, segura. El motivo de esta seguridad está en que su fundamento es el Amor de Dios manifestado en Jesucristo, y en que nosotros poseemos ya las primicias de este amor: más aún, este amor nos ha sido dado con el don del Espíritu derramado en nuestros corazones.

Esto significa que, si la esperanza tiene que ver con el más allá, su fundamento está en el más acá, en la experiencia de un Dios que nos acompaña en nuestra realidad creada y garantiza el cumplimiento de nuestros más profundos deseos. Es la densidad religiosa del presente, o sea, la experiencia de vivir hoy en comunión con Dios, lo que da todo su sentido a la esperanza cristiana. San Pablo ofrece a los creyentes una prueba irrefutable del amor de Dios manifestado en Jesucristo, a saber, el hecho de que Cristo da su vida por los impíos, por los pecadores, por sus enemigos. Cristo nos amó no cuando empezamos a ser justos, no cuando nos propusimos serlo. Nos amó “siendo nosotros todavía pecadores”.

De las muchas cosas que podrían decirse del encuentro de Jesús con la samaritana destaco solamente dos: la primera sobre el agua que necesita el ser humano. El agua es necesaria para la vida. Sin embargo, todos sentimos que nuestra sed es más profunda, que la vida no es solo biología. El agua que puede saciar nuestro corazón es al amor. El problema es que todos nuestros amores humanos son limitados y nunca acaban de llenarnos del todo. Todos, sin saberlo, buscamos beber de esa agua que salta hasta la vida eterna, para así quedar plenamente saciados y no tener nunca más sed. Esa es el agua que Jesucristo ofrece a la samaritana y nos ofrece a nosotros. Bien podemos relacionar esa agua con lo que antes hemos dicho sobre la esperanza.

Otra cosa que quiero destacar: la mujer samaritana ha contado a sus conciudadanos que ella pensaba haber encontrado al Mesías. Lo interesante es que los samaritanos fueron a comprobar personalmente si el testimonio de la mujer tenía alguna posibilidad de ser cierto. Y, tras comprobarlo, creyeron por lo que ellos mismos habían visto y oído. O sea, dejaron de ser creyentes “de segunda mano”, para ser creyentes “de primera mano”. No creen por lo que dice la mujer, creen porque ellos han tenido un encuentro personal y directo con Jesucristo. Esto es importante para nosotros: quizás, en nuestro camino de fe, hemos empezado por confiar en otras personas: nuestros padres, nuestros maestros o nuestros catequistas. Pero lo definitivo, lo importante es que tengamos una experiencia de encuentro personal con el Señor Jesús. Pasar de una fe que se apoya en los otros, a una fe que se apoya en un encuentro vivo y personal con la persona de Jesús que da un horizonte a la vida y una orientación decisiva.

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2
Mar
2026
Elogio del estudio de la teología
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Elogioteología

Cuanta me­nos consideración ambiental tenga aquello que se pretende elogiar, tanto mayores son las posibilidades de no ser comprendido o de ser calificado de inepto por alabar aquello que supuestamente no se lo merece. ¿Cómo osar alabar una actividad que en muchos sectores de nuestra sociedad no tiene especial relevancia?

No todos los estudios son iguales ni están igualmente valorados. Hay un tipo de estudio que se considera útil. La utilidad es uno de los crite­rios de lo valioso en nuestro mundo moderno. Útil parece el estudio de muchos cien­tíficos, técnicos y especialistas que nos informan sobre medicina, economía, micro­chips, in­ternet y televisión digital. Este estudio está orientado a conseguir lo que ya poseemos (discúlpese la redundancia) y ofrece certezas a la mente humana. Pero ¿es esto todo lo que necesitamos saber para vivir y vivir bien? Muchos así lo consideran. Y, sin embargo, a la vista de las múltiples noticias que todos los días re­cibimos, mu­chas de las cuales se diría que “claman al cielo”, brota de nuestros labios una excla­mación: ¡en qué mundo vivimos!, que podría también convertirse en pre­gunta acu­ciante, una pregunta que pretende comprender esta realidad y que el estu­dio califi­cado de útil no resuelve: ¿en qué mundo vivimos? Una vez que hemos compren­dido, aunque sea muy mediocremente, en qué mundo vivimos, cabe for­mular otra pregunta que resulta todavía de más difícil respuesta: ¿qué podemos es­perar de este mundo en el que vivimos?

En lo que acabamos de decir hay como un triple paso que, al menos como primera aproximación, valdría para caracterizar el recorrido que va de la ciencia a la teología pasando por la filosofía. La ciencia, intentando identificar la realidad, se preocupa del saber. La filosofía, deseando comprender la realidad, se interesa por el significado y sentido de las cosas, ayudándonos a transformar y ampliar la visión personal del mundo. La teología habla de salvación y expresa fundamentalmente una preocupación por el destino; en el fondo, se preocupa por la suerte del ser humano, y tiene serias incidencias en el modo de vivir el presente, no sólo según modalidades éticas, sino también y sobre todo existenciales. Naturalmente, la teología supone la fe y sólo es posible entenderla por quién cree que únicamente Dios es la salvación definitiva y estable de todo lo humano, lo que no significa que no interese a todo ser humano.

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26
Feb
2026
Transfiguración: escuchar para salir
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transfiguración2026

Hay un verbo clave en la liturgia del segundo domingo de cuaresma: escuchar. En la primera lectura vemos a Abraham, con quién comienza la historia de la salvación. Abraham es el primer “nuevo Adán”, el primer “hombre nuevo” que se fía y obedece a Dios, rompiendo así una dinámica de desconfianza y desobediencia, que había comenzado con el primer Adán. En primer lugar, Abraham debe escuchar, porque sin escucha es imposible una respuesta adecuada. “Sal de tu tierra, y de la casa de tu padre”, le dice Dios. Y, Abraham, precisa la carta a los hebreos, salió sin saber a donde iba. Un desarraigo así, representa para un hombre de la antigüedad una empresa irrealizable que solo podía conducir a la ruina. Pero en contra de todo (cf. Rm 4,18), Abraham se decide y ahí fundamenta su vida y su futuro. Y lo hace porque se fía de una palabra que le hace una promesa (Gen 12,1-3). La Palabra de Dios era más firme y segura que la tierra misma en la que vivía.

¿Cómo podemos nosotros escuchar lo que Dios nos dice, y no escuchar las voces del mundo que quieren apartarnos de Dios?  El Evangelio nos da una respuesta: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo”. Dios, en Jesucristo, “al asumir la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres” (Dei Verbum, 13), y habla en lenguaje humano para que podamos escucharle y comprenderle. Por eso, dice Benedicto XVI, “el primer imperativo de nuestra vida humana es escuchar a Cristo… Es fundamental que Dios se haya hecho hombre y hable como hombre: por eso no permanece como un enigma indescifrable, sino que nos habla realmente a través de Jesús”. Al escuchar a Jesús escuchamos a Dios mismo.

En la transfiguración la gloria luminosa de Dios se manifiesta en Cristo, donde habita toda la plenitud de la divinidad, velada por su carne (cf. Col 2,9). La humanidad de Cristo es la puerta del Dios invisible. En el Tabor, el rostro de Dios se revela de forma definitiva en Jesucristo, “imagen de Dios invisible” (Col 1,15), “resplandor de su gloria e impronta de su sustancia” (Heb 1,3). Ahora bien, esta manifestación de la divinidad, revela también su humanidad, ya que muestra la grandeza a la que está llamado el ser humano. También nosotros, gracias a la acción del Espíritu Santo, estamos llamados y destinados a reflejar la gloria del Señor (2 Cor 3,18), a reproducir la imagen del Hijo (Rm 8,29), a ser otro Cristo, en definitiva.

La escucha y contemplación de la Palabra no nos deja extáticos, pasivos y parados, sino que nos pone en movimiento, nos convierte como diría Francisco, en Iglesia en salida. Pedro pretendía quedarse en una tienda en el monte Tabor. Pero no es posible quedarse allí. Por eso Jesús invita a bajar del monte a los tres discípulos que le han acompañado. El encuentro con Dios nos envía a los hermanos. Después de subir a las alturas de la oración, de la escucha y de la contemplación, hay que bajar a las tareas cotidianas, al apostolado, al servicio fraterno. Esta bajada también forma parte de la vocación cristiana.

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