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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

9
Mar
2026
Las emociones en el acto de fe
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emociones

La Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española ha publicado una oportuna nota sobre el papel de las emociones en el acto de fe. La vida espiritual y el encuentro con Dios afecta a la persona en todas sus dimensiones: afectiva, intelectual y volitiva, pero de ningún modo se reduce a lo puramente emocional o a lo sentimental.

La nota viene motivada porque en estos últimos años han aparecido diversas iniciativas de primer anuncio que, con métodos distintos, buscan facilitar el encuentro de la persona con Jesucristo. En todos estos métodos tienen un peso importante las emociones y los sentimientos, que provocan un gran impacto en las personas. Pero este primer momento debe prolongarse con una profundización en las implicaciones y consecuencias del anuncio, o sea, en una formación en la fe (que conduce a un mejor conocimiento de Jesucristo), en un cambio de actitudes en la vida, en un serio testimonio de Jesucristo de forma creíble (apostolado) y en celebrar el encuentro con el Señor por medio de la liturgia y los sacramentos.

En nuestros días parece que en la experiencia de fe ocupan un lugar privilegiado los sentimientos y las emociones. Pero estos sentimientos deben regularse y completarse, pues pueden ser un obstáculo para el crecimiento espiritual. A una fe basada solo en sentimientos positivos y agradables le repugna la cruz. No hay que minusvalorar las emociones, pero hay que tener claras dos cosas: 1) la fe no depende de la intensidad de la emoción; y 2) los sentimientos no pueden desligarse ni de la verdad ni del bien. Pues la fe sin verdad no salva, se queda en una bella fábula o en un sentimiento que, de entrada, entusiasma, pero que depende de nuestros estados de ánimo.

Por otra parte, el “emotivista” resulta fácilmente manipulable. Muchas discursos sociales y políticos apelan a las emociones, para generar adhesiones. Pero la fe es un compromiso estable en el que entra en juego toda la existencia, con todas sus dimensiones. La dimensión afectiva también, pues los sentimientos forman parte de la vida humana y, por tanto, de la vida espiritual, pero no pueden ser lo determinante de toda la vida cristiana. A veces la misma ausencia de sentimientos es parte del itinerario espiritual. Muchos grandes santos nos han contando sus momentos de sequedad o la noche oscura de su alma.

En la fe hay un aspecto de conocimiento, una dimensión de verdad que comporta la aceptación de la persona y del mensaje de Cristo. Por eso, la acogida del anuncio de Jesús como Señor y Salvador, requiere un proceso formativo, catequético, para que la fe sea madura y capaz de responder a las dificultades que se le presentan.

La vida de fe supone una dimensión eclesial. La fe es un acto personal, pero no solitario, se vive en comunión, en Iglesia. En la Iglesia se proclama la Palabra, se celebran los sacramentos y se vive el amor a los hermanos. Una vivencia eclesial de la fe no puede absolutizar el carisma del propio grupo, sino ponerlo al servicio de la unidad de la Iglesia, sin excluir, y mucho menos descalificar, otros carismas. Sin olvidar lo que dice el Vaticano II, a saber, que el juicio sobre la autenticidad de un carisma y su regulación pertenece a los pastores de la Iglesia, a los cuales compete no apagar el Espíritu, sino examinarlo todo y quedarse con lo bueno (1 Tes 5,19-21).

Finalmente, la fe pide una dimensión celebrativa y exige una dimensión caritativa, que se traduce en solidaridad con los pobres y necesitados y en un serio compromiso por la búsqueda de la justicia, de la paz y del entendimiento entre las personas y los pueblos.

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5
Mar
2026
Esperanza segura y pozo de agua viva
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cisterna

En las lecturas del tercer domingo de Cuaresma del ciclo A destaca sobremanera el Evangelio de Jesús con la samaritana. Pero resulta igualmente importante y significativo el texto de san Pablo: “la esperanza no defrauda”. O sea, la esperanza no falla, es cierta, segura. El motivo de esta seguridad está en que su fundamento es el Amor de Dios manifestado en Jesucristo, y en que nosotros poseemos ya las primicias de este amor: más aún, este amor nos ha sido dado con el don del Espíritu derramado en nuestros corazones.

Esto significa que, si la esperanza tiene que ver con el más allá, su fundamento está en el más acá, en la experiencia de un Dios que nos acompaña en nuestra realidad creada y garantiza el cumplimiento de nuestros más profundos deseos. Es la densidad religiosa del presente, o sea, la experiencia de vivir hoy en comunión con Dios, lo que da todo su sentido a la esperanza cristiana. San Pablo ofrece a los creyentes una prueba irrefutable del amor de Dios manifestado en Jesucristo, a saber, el hecho de que Cristo da su vida por los impíos, por los pecadores, por sus enemigos. Cristo nos amó no cuando empezamos a ser justos, no cuando nos propusimos serlo. Nos amó “siendo nosotros todavía pecadores”.

De las muchas cosas que podrían decirse del encuentro de Jesús con la samaritana destaco solamente dos: la primera sobre el agua que necesita el ser humano. El agua es necesaria para la vida. Sin embargo, todos sentimos que nuestra sed es más profunda, que la vida no es solo biología. El agua que puede saciar nuestro corazón es al amor. El problema es que todos nuestros amores humanos son limitados y nunca acaban de llenarnos del todo. Todos, sin saberlo, buscamos beber de esa agua que salta hasta la vida eterna, para así quedar plenamente saciados y no tener nunca más sed. Esa es el agua que Jesucristo ofrece a la samaritana y nos ofrece a nosotros. Bien podemos relacionar esa agua con lo que antes hemos dicho sobre la esperanza.

Otra cosa que quiero destacar: la mujer samaritana ha contado a sus conciudadanos que ella pensaba haber encontrado al Mesías. Lo interesante es que los samaritanos fueron a comprobar personalmente si el testimonio de la mujer tenía alguna posibilidad de ser cierto. Y, tras comprobarlo, creyeron por lo que ellos mismos habían visto y oído. O sea, dejaron de ser creyentes “de segunda mano”, para ser creyentes “de primera mano”. No creen por lo que dice la mujer, creen porque ellos han tenido un encuentro personal y directo con Jesucristo. Esto es importante para nosotros: quizás, en nuestro camino de fe, hemos empezado por confiar en otras personas: nuestros padres, nuestros maestros o nuestros catequistas. Pero lo definitivo, lo importante es que tengamos una experiencia de encuentro personal con el Señor Jesús. Pasar de una fe que se apoya en los otros, a una fe que se apoya en un encuentro vivo y personal con la persona de Jesús que da un horizonte a la vida y una orientación decisiva.

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2
Mar
2026
Elogio del estudio de la teología
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Elogioteología

Cuanta me­nos consideración ambiental tenga aquello que se pretende elogiar, tanto mayores son las posibilidades de no ser comprendido o de ser calificado de inepto por alabar aquello que supuestamente no se lo merece. ¿Cómo osar alabar una actividad que en muchos sectores de nuestra sociedad no tiene especial relevancia?

No todos los estudios son iguales ni están igualmente valorados. Hay un tipo de estudio que se considera útil. La utilidad es uno de los crite­rios de lo valioso en nuestro mundo moderno. Útil parece el estudio de muchos cien­tíficos, técnicos y especialistas que nos informan sobre medicina, economía, micro­chips, in­ternet y televisión digital. Este estudio está orientado a conseguir lo que ya poseemos (discúlpese la redundancia) y ofrece certezas a la mente humana. Pero ¿es esto todo lo que necesitamos saber para vivir y vivir bien? Muchos así lo consideran. Y, sin embargo, a la vista de las múltiples noticias que todos los días re­cibimos, mu­chas de las cuales se diría que “claman al cielo”, brota de nuestros labios una excla­mación: ¡en qué mundo vivimos!, que podría también convertirse en pre­gunta acu­ciante, una pregunta que pretende comprender esta realidad y que el estu­dio califi­cado de útil no resuelve: ¿en qué mundo vivimos? Una vez que hemos compren­dido, aunque sea muy mediocremente, en qué mundo vivimos, cabe for­mular otra pregunta que resulta todavía de más difícil respuesta: ¿qué podemos es­perar de este mundo en el que vivimos?

En lo que acabamos de decir hay como un triple paso que, al menos como primera aproximación, valdría para caracterizar el recorrido que va de la ciencia a la teología pasando por la filosofía. La ciencia, intentando identificar la realidad, se preocupa del saber. La filosofía, deseando comprender la realidad, se interesa por el significado y sentido de las cosas, ayudándonos a transformar y ampliar la visión personal del mundo. La teología habla de salvación y expresa fundamentalmente una preocupación por el destino; en el fondo, se preocupa por la suerte del ser humano, y tiene serias incidencias en el modo de vivir el presente, no sólo según modalidades éticas, sino también y sobre todo existenciales. Naturalmente, la teología supone la fe y sólo es posible entenderla por quién cree que únicamente Dios es la salvación definitiva y estable de todo lo humano, lo que no significa que no interese a todo ser humano.

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26
Feb
2026
Transfiguración: escuchar para salir
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transfiguración2026

Hay un verbo clave en la liturgia del segundo domingo de cuaresma: escuchar. En la primera lectura vemos a Abraham, con quién comienza la historia de la salvación. Abraham es el primer “nuevo Adán”, el primer “hombre nuevo” que se fía y obedece a Dios, rompiendo así una dinámica de desconfianza y desobediencia, que había comenzado con el primer Adán. En primer lugar, Abraham debe escuchar, porque sin escucha es imposible una respuesta adecuada. “Sal de tu tierra, y de la casa de tu padre”, le dice Dios. Y, Abraham, precisa la carta a los hebreos, salió sin saber a donde iba. Un desarraigo así, representa para un hombre de la antigüedad una empresa irrealizable que solo podía conducir a la ruina. Pero en contra de todo (cf. Rm 4,18), Abraham se decide y ahí fundamenta su vida y su futuro. Y lo hace porque se fía de una palabra que le hace una promesa (Gen 12,1-3). La Palabra de Dios era más firme y segura que la tierra misma en la que vivía.

¿Cómo podemos nosotros escuchar lo que Dios nos dice, y no escuchar las voces del mundo que quieren apartarnos de Dios?  El Evangelio nos da una respuesta: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo”. Dios, en Jesucristo, “al asumir la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres” (Dei Verbum, 13), y habla en lenguaje humano para que podamos escucharle y comprenderle. Por eso, dice Benedicto XVI, “el primer imperativo de nuestra vida humana es escuchar a Cristo… Es fundamental que Dios se haya hecho hombre y hable como hombre: por eso no permanece como un enigma indescifrable, sino que nos habla realmente a través de Jesús”. Al escuchar a Jesús escuchamos a Dios mismo.

En la transfiguración la gloria luminosa de Dios se manifiesta en Cristo, donde habita toda la plenitud de la divinidad, velada por su carne (cf. Col 2,9). La humanidad de Cristo es la puerta del Dios invisible. En el Tabor, el rostro de Dios se revela de forma definitiva en Jesucristo, “imagen de Dios invisible” (Col 1,15), “resplandor de su gloria e impronta de su sustancia” (Heb 1,3). Ahora bien, esta manifestación de la divinidad, revela también su humanidad, ya que muestra la grandeza a la que está llamado el ser humano. También nosotros, gracias a la acción del Espíritu Santo, estamos llamados y destinados a reflejar la gloria del Señor (2 Cor 3,18), a reproducir la imagen del Hijo (Rm 8,29), a ser otro Cristo, en definitiva.

La escucha y contemplación de la Palabra no nos deja extáticos, pasivos y parados, sino que nos pone en movimiento, nos convierte como diría Francisco, en Iglesia en salida. Pedro pretendía quedarse en una tienda en el monte Tabor. Pero no es posible quedarse allí. Por eso Jesús invita a bajar del monte a los tres discípulos que le han acompañado. El encuentro con Dios nos envía a los hermanos. Después de subir a las alturas de la oración, de la escucha y de la contemplación, hay que bajar a las tareas cotidianas, al apostolado, al servicio fraterno. Esta bajada también forma parte de la vocación cristiana.

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23
Feb
2026
Cuaresma sin Pascua
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cuaresmasinpascua

El Papa Francisco decía, de vez en cuando, alguna frase llamativa y hasta provocativa, que pretendía despertar nuestra conciencia o llamar la atención sobre un determinado asunto. Algunas se hicieron famosas e incluso fueron criticadas. Basta recordar el “hagan lío” dirigido a los jóvenes, o “la Iglesia es una casa paterna, no una aduana”, o “como me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres”. Y esta dirigida a curas y monjas, que tiene mucho que ver con lo que diré a continuación: “no pierdan el sentido del humor. Es triste ver a un cura, un religioso, una religiosa avinagrado”.

En su exhortación apostólica sobre “la alegría del Evangelio” se encuentra otra frase llamativa, aunque quizás menos conocida, que tiene que ver con este tiempo de cuaresma: “hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua”. Esta frase está dicha en el contexto de un discurso sobre la alegría como una actitud propia del cristiano. La vida cristiana no es triste, ni amargada, ni consiste en cumplir con una serie de pesadas normas, aunque no cabe duda de que muchos cristianos viven en situaciones muy duras y difíciles, en las que predomina muchas veces la tristeza y la desesperanza. Pues bien, también en estas circunstancias la alegría puede permanecer, al menos, “como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo”. Efectivamente, cuando uno se sabe amado, cuando siente que una mano amiga le acompaña, la vida tiene otro color y, aunque las dificultades no desaparecen, pueden vivirse con más serenidad.

El Papa afirma que “poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza, en medio de las peores angustias”. Y como apoyo de su convicción cita este texto del libro de las Lamentaciones: “Me encuentro lejos de la paz, he olvidado la dicha… Pero traigo a la memoria algo que me hace esperar. Que el amor del Señor no se ha acabado, no se ha agotado su ternura. Mañana tras mañana se renuevan. ¡Grande es su fidelidad!... Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor”.

La paz para que no se turbe nuestro corazón (Jn 14,27) y la alegría que nadie podrá quitarnos (Jn 16,22) son dos dones que Jesús deja a sus discípulos en su discurso de despedida. Si permanecemos en el amor de Jesús, nuestro gozo será completo (Jn 15,11; 16,24; 1 Jn 1,4). Por otra parte, la esperanza es constitutiva de la vida cristiana. Por eso, vivir la Cuaresma en la perspectiva de la Pascua es una buena imagen de lo que es toda la vida cristiana, una vida gozosa y esperanzada, porque el Señor resucitado ha vencido a la muerte y a todos sus poderes. Sin duda en el mundo tenemos tribulaciones, pero el cristiano las vive en la esperanza y el consuelo de la victoria final (Jn 16,33).

Vivir la Cuaresma en la perspectiva de la Pascua es alimentar nuestra alegría en la fuente del amor siempre más grande de Dios que se nos manifestó en Jesucristo.

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19
Feb
2026
Jesús tentado ayuda a los tentados
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panestentaciónjesus

El evangelio del primer domingo de cuaresma nos relata que, al comienzo de su ministerio, después de un ayuno de cuarenta días, Jesús sintió hambre. El diablo aprovechó la situación para tentarle. Entrar en nuestras tentaciones forma parte de la misión de Jesús: ha sido tentado en todo como nosotros, dice la carta a los hebreos (4,15). Jesús vence la tentación y así nos indica el camino para vencerla también nosotros. Por eso, la carta a los hebreos (4,16), tras afirmar que Jesús fue tentado, nos invita a acercarnos al “trono de la gracia” (¡a Jesús mismo!), a fin de alcanzar misericordia y hallar la gracia de un auxilio oportuno.

El tentador es muy astuto. No niega la verdad. Presenta una verdad distorsionada. La seducción satánica consiste no en presentar una falsedad directamente, sino una mentira vestida de verdad, una falsa verdad, una caricatura de la verdad: “si eres Hijo de Dios”, yo te voy a mostrar el buen camino para manifestarlo. Jesús fue tentado con la más perversa de las tentaciones, a saber, sobre cuál era el buen camino para realizar su misión mesiánica.

“Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan” (Mt 4,3). En el fondo, también nosotros pensamos que esta es una buena manera para manifestar la condición de Hijo de Dios, a saber, solucionar el principal problema que probablemente hay hoy en el mundo, la falta de pan para muchos de sus habitantes. Pero Jesús, cuando se encontró con mucha gente en un lugar deshabitado y sin comida, dijo a sus discípulos que ellos dieran de comer a la gente (Mt 14,16). Hay cosas que dependen de la buena o mala voluntad de los seres humanos. Jesús no manifiesta su mesianismo solucionando los problemas que tenemos que solucionar nosotros, sino invitándonos a cumplir la voluntad de Dios y a vivir en el amor. El pan llena el estómago, pero no nos hace necesariamente buenos. El pan, la riqueza, pudiera incluso separarnos de Dios. Jesús nos señala cuales son las prioridades.

“Si eres Hijo de Dios, tírate abajo (desde el alero del templo)” (Mt 4,6). También nosotros pensamos que, con signos espectaculares convencemos de la seriedad y grandeza de nuestra fe. Los grandes milagros, pensamos, son la mejor prueba de la verdad del cristianismo. Pero Dios no es objeto de nuestros experimentos, nuestras pruebas o nuestras mediciones. El mejor milagro es el de la bondad, el de la ayuda mutua. En un mundo donde cuenta mucho la imagen y el espectáculo, Jesús nos orienta hacia otras prioridades, las del perdón, las del amor, las de la acogida del necesitado.

Si eres Hijo de Dios, te daré todos los reinos de la tierra (Mt 4,9), insiste el tentador. También nosotros pensamos que el poder, al menos en manos de personas honradas, podría arreglar todos los males. De nuevo, Jesús nos orienta hacia otras prioridades: el único poder orientado hacia el bien es el poder del amor, un poder débil, porque el amor es vulnerable, no devuelve mal por mal, ni insulto por insulto. Jesús es un rey crucificado. No actúa con la fuerza de las armas. Su poder es el poder del amor.

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15
Feb
2026
Sacramento cuaresmal
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ceniza2026

La oración colecta del primer domingo de cuaresma se refiere al “sacramento cuaresmal”. Los cuarenta días de cuaresma son calificados de sacramento. Espero que nadie se pregunte si la liturgia se ha inventado un nuevo sacramento, como así ocurrió cuando el Concilio Vaticano II calificó a la Iglesia como sacramento. Sacramento es un término que puede aplicarse, en primer lugar, a Jesús de Nazaret, luego a la Iglesia y finalmente a todas las realidades eclesiales. Porque sacramento indica la presencia del Dios invisible en una realidad visible. La Sagrada Escritura tiene una estructura sacramental, porque en ella Dios habla por medio de hombres y en lenguaje humano, precisamente para que podamos conocerle y entenderle.

Sacramento es una traducción de la palabra misterio, es decir, indica las estructuras esenciales de la historia de la salvación. Y un elemento de estas estructuras es el misterio de los cuarenta días. El número cuarenta aparece con frecuencia en la historia de la salvación. Es el símbolo de un periodo de prueba y purificación. El diluvio duró 40 días, Israel caminó cuarenta años por el desierto, Moisés se quedó cuarenta días en el Sinaí, la Ascensión ocurre cuarenta días después de Pascua, y Jesús, al comienzo de su ministerio, ayuna durante cuarenta días en el desierto. Calificar a la cuaresma como sacramento es un modo de decir que, durante esos cuarenta días, Dios se nos hace presente por medio de las prácticas cuaresmales: oración, penitencia, limosna, escucha de la Palabra, celebración de los sacramentos de la reconciliación y de la eucaristía.

El rito de la imposición de la ceniza al comienzo de la cuaresma orienta hacia dos aspectos importantes de la vida cristiana: por una parte, nos recuerda la precariedad de la vida; y, por otra, la necesidad de conversión, precisamente para encontrar un soporte a esta precariedad. Espontáneamente asociamos la ceniza a los restos de una combustión, restos que no sirven para nada y son un signo de que todo está destinado a desaparecer. Precisamente el máximo enigma de la vida humana es la muerte y su máximo tormento el temor por la desaparición perpetua. Pero una cosa es que la vida sea frágil y se encamine a la muerte, y otra que la muerte sea el final de la vida. Es un enigma, como acabamos de decir. Y si es un enigma no hay respuesta segura y definitiva.

En este sentido la ceniza pudiera orientar hacia la fertilidad: es un fertilizante natural que nutre las plantas y un repelente de plagas. O sea, ayuda a la vida y evita peligros. También la ceniza que se nos impone al comenzar la cuaresma es una llamada a la conversión, a orientar nuestra vida hacia Dios. Pues el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre. Ha sido Cristo resucitado el que ha ganado esta victoria para el hombre, liberándolo de la muerte con su propia muerte. La meta de la cuaresma no es la muerte, sino la Pascua. El rito de la ceniza con el que comienza la cuaresma es signo de nuestra fragilidad, pero los cristianos vivimos esta fragilidad con la esperanza de la vida. Por eso la ceniza es una llamada a convertirnos, a ponernos de cara al que puede dar la vida.

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9
Feb
2026
Elogio de la lectura
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lectura

De la buena, claro. Aunque la pregunta es: ¿y qué es una buena lectura? En principio, bueno es todo lo que me hace bien, lo que sirve para que yo sea mejor, lo que con­tribuye a mi felicidad. Si un tebeo (algunos los llaman comics) me divierte y así mejora mi hu­mor, es una buena lectura. Dentro de las buenas lecturas, las hay adaptadas a personas y circunstancias. Y hay también diferentes niveles de bondad: un tebeo puede ser una buena lec­tura; un libro puede ser una mejor lectura.

Hoy no está de moda la lectura. Lo que seduce son las imágenes, los videos, la televi­sión, el ordenador o computadora, el teléfono móvil o el celular. La única lectura de muchas y muchos es la que aparece en las pantallas, la que ofrecen las redes digitales. Pero esta lectura es superficial, se borra pronto de la memoria, si es que ha llegado a grabarse. Claro, siempre cabe el consuelo de decir: menos es nada.

La lectura requiere tiempo, silencio. El silencio de lo bueno y el tiempo del amor. Una buena lectura es un diálogo entre el autor y el lector. Eso significa que el lector no es pasivo. El lector, mientras lee, reacciona ante lo que lee. La lectura puede incluso sugerirle ideas contrarias a las que el autor propone. La lectura da qué pensar, abre perspectivas, descubre tierras vírgenes, o nuevos caminos para acceder a tierras conocidas.

Para un cristiano la lectura es fundamental. No hay acto litúrgico sin “lectura de la Palabra”. Leer la palabra. Curiosa paradoja: conjugar la letra con el habla. Porque la palabra está para ser hablada. Y, sin embargo, una buena lectura es también una escucha de la palabra. Además de leer la Palabra de Dios, un cristiano debe interesarse por todas aquellas lecturas que le permiten conocer mejor esta Palabra. Pues la Palabra de Dios no se conforma con ser oída. Pide ser comprendida, profundizada, vivida, aplicada. Todo eso requiere reflexión. Y nada mejor para ayudar en esta reflexión y profundizar en nuestra fe que una buena lectura espiritual o teológica.

Al escribir un libro hay quién pretende hacer negocio. Se escriben muchas tonterías. Pero hay otros libros en los que uno pone, además de mucho esfuerzo, lo mejor de sí mismo. Así es todo libro que merezca llamarse teológico. Es un intento de decir la fe en situaciones concretas, ante necesidades nuevas. El lector del libro participa de este intento. Y al leerlo tiene muchas posibilidades de aumentar su sabiduría (capacidad para orientar su vida), su prudencia (capacidad para ofrecer juicios y respuestas equilibradas, fundamentadas, matizadas) y su piedad (abertura a la fe y al amor de Dios). Una buena lectura es siempre una ganan­cia.

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6
Feb
2026
La tarea de Nicea en otro contexto
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Niceaotrocontexto

En el Concilio de Nicea, para clarificar las relaciones entre el Padre y el Hijo, desde la tradición apostólica, los Padres conciliares no utilizaron términos bíblicos, sino filosóficos. El uso de términos bíblicos comportaba un problema, a saber: que cualquier expresión bíblica podía ser interpretada desde la lógica arriana. Utilizaron, pues, una terminología que era familiar a sus oyentes para que comprendieran la verdad sobre Jesucristo, expuesta por los autores bíblicos. “Nicea introdujo un concepto no bíblico -homoousios- como clave interpretativa de la Biblia. Fue una decisión controvertida, pero a juicio de los Padres de Nicea necesaria, para impedir que la Escritura fuera mal interpretada” (Alberto de Mingo Kaminouchi). A veces la innovación es necesaria para conservar la integridad de la fe.

Pues bien, hoy estamos llamados, en un nuevo contexto cultural y eclesial, a realizar una tarea similar a la que hicieron los Padres de Nicea en su propio contexto. Nos invita y estimula a ello el documento de la Comisión Teológica Internacional dedicado al Concilio de Nicea: “la Iglesia puede inspirarse en los Padres de Nicea para buscar hoy expresiones significativas de la fe en los diferentes lenguajes y contextos… Nicea sigue siendo un paradigma de cualquier encuentro intercultural y de la posibilidad de recibir o forjar nuevas formas auténticas de expresar la fe apostólica”. Como muy bien dice el Papa Francisco, citando a Juan Pablo II, “la renovación de las formas de expresión se hace necesaria para transmitir al hombre de hoy el mensaje evangélico”. Ya el Vaticano II había dicho que la adaptación, o sea “la predicación acomodada de la palabra revelada debe mantenerse como ley de toda evangelización” (Gaudium et Spes, 44).

Hoy, más que nunca, el lenguaje religioso se encuentra ante la tarea de elaborar nuevos “conceptos, categorías, narraciones, parábolas, símbolos, que traduzcan y comuniquen la experiencia cristiana de forma íntegra e inteligible, que puedan relacionar los contenidos de la fe con la experiencia humana actual, con los anhelos y preguntas de la gente, con sus inquietudes y con sus demandas de sen­tido” (A. Jiménez Ortiz). Hoy se necesita “una nueva interpretación que ponga el mensaje bíblico en relación más explícita con los modos de sentir, de pensar, de vivir y de expresarse, propios de cada cultura local”, ya que “los conceptos no son idénti­cos y el alcance de los símbolos es diferente”, y son ellos los que “ponen en relación con otras tradicio­nes de pensamiento y otras maneras de vivir” (Pontificia Comisión Bíblica).

No es menos cierto que una buena pastoral requiere también de actitudes consecuentes en los pastores. La vida del creyente no puede ir por un lado y su fe por otro. De nada serviría una confesión clara y adaptada a los oyentes si la vida del pastor no estuviera en consonancia con ese Dios del que da testimonio. La distancia entre el mensaje y la fragilidad humana de los mensajeros a quienes está confiado el Evangelio daña a la difusión del evangelio. A los pastores no coherentes con la fe que predican, se aplica esta denuncia de la Escritura: “profesan conocer a Dios, mas con sus obras le niegan; son abominables y rebeldes e incapaces de toda obra buena” (Tit 1,16).

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3
Feb
2026
Cuando el criterio son las vísceras
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criteriovisceras

Siempre he pensado que no es la piedad el criterio de la verdad, sino al revés: la verdad es criterio de toda piedad. En uno de sus Sermones universitarios, John Enry Newman se refiere a “aquellos que se dejan llevar de un sentimentalismo religioso, donde la imaginación y los sentimientos ocupan el lugar que le correspondería a la Palabra de Dios”.

En algunos terrenos la pasión nos ciega. Es posible incluso que, aún así, tengamos razón. Pero el modo de expresarla o de manifestarla la descalifica o, al menos, dificulta que podamos convencer de ella a los que no piensan como nosotros. En el terreno religioso hay algunos temas sensibles que mucha gente vive con esa pasión que, a veces, nos hacer perder incluso la razón que tenemos. Y muchas veces ocurre que cuanta menos teología se sabe con más pasión se expresa uno.

Por poner un ejemplo, que espero que se lo tomen con humor, yo mismo he oído decir: “yo no sé si Dios existe, pero a mí a la Virgen de los desamparados no me la toca nadie”. Lo que hay detrás de expresiones como estas es el fanatismo que provocan determinas imágenes o advocaciones, importando poco lo que ellas significan. Porque lo que importa en la Virgen no es la imagen, sino siguiendo con el ejemplo de la advocación puesta, lo que importa es que ella nos invita a ocuparnos de los desamparados. Lo fácil es hacer una religión de fórmulas, gritos o apariencias, una religión en definitiva vacía, y olvidar que la buena religión transforma el corazón y cambia a la persona. Vamos, que el criterio de toda buena fe religiosa es el amor al prójimo.

Ahora que ha pasado un tiempo y que los ánimos están más calmados, me atrevo a decir que algunas cosas que se dijeron a propósito del documento del dicasterio de la doctrina fe publicado el pasado mes de noviembre, que trataba de algunos títulos marianos, resultan cuando menos penosas. Calificar el documento, como yo he leído, de “inmundicia talmúdica y masónica, pérfida y ambigua” no parece muy cristiano. También he escuchado algunos argumentos a favor de los títulos que el documento cuestiona, que me hubieran parecído respetables si se hubieran dicho con paz y sin descalificar a nadie.

No tiene más razón el que más chilla, ni ama más a María el que mejor descalifica a otros. Precisamente el buen argumentador no necesita enfadarse ni levantar la voz. Hablar visceralmente no es prueba de tener razón, sino de ser poco elegante. Hay algunos que solo están de acuerdo con el Magisterio cuando el Magisterio hace y dice lo que ellos quieren. Esos solo están de acuerdo consigo mismos. Por cierto, refiriéndose explícitamente a este documento, el pasado 29 de enero, dijo el Papa que “brinda aclaraciones precisas e importantes para la mariología”.

En muchos temas religiosos convendría no olvidar la frase atribuida a San Agustín: “en lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; y en todo, caridad”.

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