Logo dominicosdominicos

Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

20
Jul
2026
Campeones con un equipo multicolor
0 comentarios

campeonesmundo

Hemos ganado el campeonato mundial de futbol. Digo que hemos ganado, porque la selección tiene la buena virtud de unirnos a todos. O a casi todos. Todas las selecciones nacionales tienen esa buena virtud: unen a los ciudadanos de un país en torno a unos colores y a unos jugadores venidos de todos los lugares de la nación. Y hemos ganado con un equipo multicolor, porque los colores de la piel corporal y del pelo de la cabeza tienen muchos matices que, vistos en su conjunto, son un reflejo de la magnífica humanidad que Dios ha creado. Cada ser humano es imagen de Dios y Dios es “multi todo”, porque abarca y contiene todo lo bueno.

Cierto, el futbol es un deporte devaluado por intereses económicos y utilizado por algunos en beneficio de sus intereses políticos. Pero hoy quiero notar que puede servir de metáfora de algo más grande, en signo de lo que debería ser un país, una nación, un pueblo, y hasta la Iglesia: una familia, una serie de personas distintas, con caracteres, posibilidades y gustos diferentes, todas ellas unidas por el amor. Si los goles de la selección son de todos, porque todos estamos unidos “ahí”, las diferencias quedan superadas. Se trata de un signo, el de la selección, que realiza la unidad del pueblo al que representa. Todos sentimos que formamos parte del signo, que el signo nos contiene. Salvando todas las distancias, hasta cabría calificar este signo de sacramental, pues el sacramento es exactamente eso: un signo que contiene y realiza lo que significa, un signo que de algún modo contiene aquello a lo que orienta.

El “sacramento” de la selección se convierte así en una parábola de la vida, que es compleja y plural. Pero también es un sistema de relaciones, como bien saben cosmólogos, físicos y antropólogos. Todo el universo está inter relacionado. Un sistema de relaciones que nos hace a todos interdependientes, no a pesar de, sino gracias a nuestras diferencias. ¿No es eso también la Iglesia, un pueblo unido, no por uniforme, sino por interdependiente, en el que todos somos necesarios, no a pesar de, sino gracias a nuestra distinción, lo que produce una hermosa sinfonía, un rico colorido en el que las diferencias contribuyen a la belleza del todo?

Si la Iglesia es una comunión, su mejor imagen no es la de la masa uniformada, silenciosa y obediente, en la que nadie piensa y todos callan, sino la de una selección de fútbol, en la que cada jugador proviene de un equipo distinto, unido con los que en otros momentos son sus rivales, para lograr un objetivo común que no niega la particularidad de cada equipo, pero que recuerda que lo que une a los futbolistas es más importante que lo que los separa. Esta Misa pagana que es el fútbol, por una vez y sin que sirva de precedente, se ha convertido en sacramento de la vida y, ¿por qué no?, también de la vida eclesial.

Ir al artículo

15
Jul
2026
Mundial de futbol: todos mestizos
9 comentarios

todosmestizos

Personalmente me alegro de que España vaya a jugar la final de la Copa del Mundo de futbol. Porque es un juego, ¿verdad? ¿O hay muchos millones en juego? En todo caso, me entristecen los comentarios despectivos y de tinte racista que se han hecho sobre algunos jugadores de uno y otro equipo. También me entristece que las competiciones de futbol hayan dejado de ser un juego para convertirse en negocio. Son dos signos del mundo en que vivimos: un mundo polarizado, en el que las diferencias separan, en vez de enriquecer; y un mundo en el que el dinero lo condiciona todo, sin tener en cuenta la dignidad de las personas y las necesidades humanas. Porque no dejan de ser escandalosos los millones que se mueven en torno al futbol.

Yo he tenido todo tipo de alumnas y alumnos, de muchos países y culturas. Y con todos me he sentido cómodo, a todos he intentado tratar por igual; creo que todos me han apreciado y valorado. Pues bien, hace ya mucho tiempo que, cada vez que resulta oportuno, suelto una frase que veo que agrada a mis oyentes: todos somos mestizos. Sí, todos tenemos genes de todo tipo, hasta genes de los hombres de Neandertal. Las emigraciones y desplazamientos de personas son tan antiguos como la historia. El ser humano ha sabido adaptarse a todos los ambientes. Esta adaptación le ha modelado física, psicológica y espiritualmente. El clima y la alimentación han configurado nuestros rasgos y colores. Todos tenemos algo de todos.

Somos todas y todos hermanos, no solo porque procedemos del mismo origen, sino porque en cada uno están huellas de los demás. En España, ¿quién no tiene abuelos o parientes que hayan emigrado a América, o a países europeos como Francia, Alemania y Suiza? Mis ocho apellidos mallorquines están repartidos por el resto del mundo. Y mis dos apellidos, paterno y materno, por toda España. Cuando muchos nacidos en América vienen hoy a España, ¿cómo no ver en ellos a nuestros propios abuelos que regresan a casa? Es lamentable despreciar al que tiene algún rasgo diferente, porque este pequeño rasgo no le hace diferente. En todo es igual a mí.

El desacuerdo es una cosa. La descalificación es otra. Con el que está en desacuerdo es posible dialogar y hasta llegar a entenderse. La descalificación separa, aleja. Y mientras permanece, cada vez aleja más. Si el juego, cuyo objetivo es entretenernos y divertirnos, sirve para descalificarnos, ha dejado de ser juego y se convierte en batalla. Cierto, una batalla donde el arma es la lengua. La lengua, que sirve para bendecir, cuando maldice se convierte en “fuego que abrasa un bosque grande” (Stgo 3,5). La corrupción de lo bueno produce los peores resultados.

Y una cosa más, que nos afecta directamente a los cristianos: “no somos extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios” (Ef 2,1). O sea, en la Iglesia no hay extranjeros. Entre otras cosas porque los cristianos somos peregrinos y huéspedes sobre la tierra (Heb 11,13), puesto que vamos en busca de una patria mejor: el cielo (Heb 11,16). Todos somos ciudadanos del cielo. Por eso no hay extranjeros. Tenemos la misma patria, el mismo pasaporte, el mismo destino.

Ir al artículo

13
Jul
2026
La paciencia, correctivo de la intransigencia
0 comentarios

rayosolpaciencia

La paciencia de Dios, de la que hablábamos en un post anterior, contrasta con nuestras impaciencias, con nuestras exigencias, con nuestras faltas de entendimiento. Mientras la paciencia une o, al menos, tiende puentes, la impaciencia separa a los unos de los otros y prolonga las distancias. La parábola de Mt 18,21 ss., a la que también nos referimos en el anterior post, no manifiesta solamente el contraste entre la paciencia del rey y la impaciencia del siervo, sino que es sobre todo una llamada al siervo a que se comporte como el rey: “¿no debías tú también, le dice el rey al siervo sin compasión, compadecerte de tu compañero, del mismo modo que yo me compadecí de ti?” (Mt 18,33).

La paciencia a la que Dios nos invita puede ser hoy un buen correctivo y una buena barrera contra nuestras intransigencias, a veces provocadas por nuestros enfados cuando las cosas en la Iglesia no funcionan a nuestro gusto. Sin duda, hay cosas en la Iglesia que no acaban de gustarnos, unas veces con más razón que otras. Pero la paciencia nos tiene que llevar a comprender que en la Iglesia la regla no es la uniformidad, sino el respeto y la comunión. Desgraciadamente, algunas de las críticas que, en ocasiones, se escuchan, se refieren a cuestiones más de forma que de fondo, a asuntos menores, como los gustos litúrgicos, o por poner un ejemplo que resulta hasta ridículo, a las vestimentas papales.

Por otra parte, también es cierto que este mundo está, en muchos lugares, personas y momentos, lejos de Dios. Pero el buen cristiano no debe empezar por condenar, sino por predicar y dar testimonio, aunque parezca que esta predicación y testimonio no tienen éxito; no debe pasarse la vida juzgando, sino apelando a la misericordia divina. La paciencia nos da fuerzas para permanecer firmes a pesar de las injusticias que encontramos en nuestro camino. No nos llama a la resignación, sino a la espera confiada en que Dios, por los caminos que solo él sabe, guiará a todos hacia él. El poder de los emperadores romanos y los poderes mundanos que han venido después no pudo conseguir que los mártires se abandonarán al fatalismo o a la desesperanza, porque ellos veían en Cristo glorificado la victoria y el sentido de todo sufrimiento.

Una cosa más: la paciencia nos lleva a esperar con calma, gozo y alegría la venida del Señor. La paciencia está totalmente relacionada con la esperanza, no solo con las pequeñas esperanzas mundanas, sino sobre todo con la esperanza escatológica. Y esta paciencia es firme, tranquila y constante, porque sabemos que la esperanza no falla (Rm 5,5). La esperanza en la resurrección de los muertos y en la vida eterna es segura porque se apoya no en nuestras fuerzas, sino en el poder y en la misericordia de Dios. La esperanza da alas a la paciencia.

Ir al artículo

9
Jul
2026
La buena tierra
1 comentarios

buenatierra

El objetivo de la siembra es el fruto, la buena cosecha. El evangelio del próximo domingo (15 del tiempo ordinario, ciclo A) compara la predicación de la Palabra con una siembra. Pero para que haya una buena cosecha no basta con que la semilla sea de buena calidad. No es suficiente tampoco que la lluvia sea abundante o que los abonos sean potentes. Se necesita también una buena tierra. Los mensajeros de la Palabra a veces se desaniman porque no ven los resultados que su esfuerzo y su buena voluntad parecerían pronosticar. La fe nace de la predicación, afirmaba san Pablo (Rm 10,17). Y constataba un tanto desconcertado: pero no todos acogen el Evangelio. Y se preguntaba: “¿es que no han oído?, ¿es que no han comprendido?” (Rm 10,16.18-19).

El Evangelio del domingo señala tres tipos de tierras en las que Jesús no puede crecer. O sea, tres actitudes del ser humano que impiden el crecimiento de la Palabra: la falta de entendimiento, la falta de constancia y la seducción de las riquezas.

Falta de entendimiento. Carecer de las claves necesarias para entender lo que se oye. Cuando uno se acerca al Evangelio sin el deseo de encontrar a Dios para amarle con todo el corazón, cuando Dios no es la pasión central de la vida, cuando por ejemplo importa más el honor de la Iglesia que el cumplir la voluntad de Dios, cuando uno busca en el Evangelio el modo de satisfacer piedades que adormecen y no está disponible para dejarse interpelar por una Palabra que puede cambiar su vida, entonces “no entiende” el Evangelio. Jesús, en la última cena con sus discípulos, después de lavarles los pies, les preguntó: “¿comprendéis lo que he hecho con vosotros?” (Jn 13,12). Comprender significar dejarse transformar. Por eso, si comprendéis, también vosotros os lavaréis los pies unos a otros (Jn 13,14). Comprender no es una actividad de la mente. Comprender es ser. Implica toda la persona. Comprender no es decir: “Señor, Señor”, sino cumplir la voluntad del Padre del cielo (Mt 7,21).

Falta de constancia. Es fácil ser fiel un día, es fácil ser fiel –o parecerlo, al menos- en los grandes acontecimientos. Lo difícil es ser fiel cada día. Ser fiel en las pequeñas cosas. Ser fiel en la oscuridad de la fe. Ser fiel cuando todo parece contradecir al evangelio. Ser fiel cuando no se ven resultados. Ser fiel en la enfermedad. El justo es aquel que bendice –que es fiel- al Señor en todo momento. Es fácil bendecir al Señor cuando las cosas van bien, cuando la vida nos sonríe. El justo es el que bendice en todo momento. Cuando las cosas van mal, también bendice. En la cruz, también se fía de Dios. Y confía en El. No entiende como se compagina el amor de Dios con la historia que le ha tocado vivir. Pero tiene la seguridad de que Dios nunca falla. Por eso, él tampoco le falla a Dios.

La seducción de las riquezas. Este es uno de los mayores peligros para la mujer y el varón evangélicos. De ahí la advertencia de Jesús: no se puede servir a Dios y al dinero. Cuando uno sirve al dinero se siente poderoso. Y el poderoso piensa que no necesita de nada ni de nadie. El que se siente poderoso, cree que puede prescindir de Dios. Por eso Jesús ensalza la pobreza, la pobreza de “espíritu”, la pobreza del que “necesita” de Dios. Y como necesita de Dios, todos sus afanes están puestos en lograr lo que necesita. Y, puesto que sus afanes están totalmente orientados a la búsqueda de Dios, vive pobremente en este mundo, no dispone de tiempo para las riquezas de este mundo. Los pobres de espíritu son siempre pobres materiales, aunque no todos los pobres materiales sean pobres de espíritu.

Ir al artículo

6
Jul
2026
El amor es paciente, porque todo lo espera
0 comentarios

hojitasverdad

En la sociedad actual todo avanza muy deprisa. Los buscadores de internet nos han acostumbrado a tener la información que buscamos en pocos segundos. Pero, sobre todo, lo que queremos que desaparezca rápidamente de nuestra vida es el sufrimiento. No queremos ni sabemos sufrir. Y, sin embargo, las cosas que valen se consiguen normalmente a base de tiempo, paciencia, esfuerzo e incluso sufrimiento.

Precisamente la paciencia es la capacidad que tiene el ser humano de soportar las contrariedades de la vida. En este sentido suele considerarse una actividad más bien pasiva: “las cosas son así, no queda más remedio que aguantar”. Pero la buena paciencia es algo más que aguantar, es también luchar para que las contrariedades y dificultades no nos hundan en la tristeza y en la desesperanza. La paciencia modera la tristeza y también la ira que puede producir la injusticia. Y nos mueve a vivir con esperanza en una futura victoria sobre el mal. La esperanza no es pasividad, más bien es el convencimiento de que podemos esperar un mañana mejor gracias a nuestros propios esfuerzos o a la ayuda que puede venir del exterior. Ser paciente es estar convencido de que el mal no tiene futuro. Como dice el refranero popular, no hay mal que cien años dure. El refrán trata de consolar a quien padece una desgracia, con la esperanza de que no sea duradera.

Pero además de ser una virtud humana, la paciencia es una actitud divina, un comportamiento de Dios, que ilumina y estimula la paciencia humana. El contraste entre la paciencia divina y la humana está expuesta en la parábola del mal compañero o siervo sin entrañas (Mt 18,21): un siervo debía 10.000 talentos (una fortuna) al rey; cuando el rey pretende cobrar la deuda, el siervo le suplica: “ten paciencia conmigo”. Y el rey, movido a compasión, le perdonó la deuda. La paciencia del rey se traduce en amor, compasión y perdón. Este siervo se encontró con otro compañero, que le debía cien denarios (una deuda que normalmente es posible saldar), y ahogándole le decía: “paga lo que debes”. Su compañero repetía la misma suplica que él había hecho al rey: “ten paciencia conmigo”, pero se comportó de forma muy distinta a como el rey se había comportado con él: le mandó a la cárcel hasta que pagase lo que debía.

En un caso la paciencia se transforma en misericordia y en el otro la ausencia de paciencia se transforma en una justicia sin amor que termina por ahogar al prójimo. La paciencia transformada en amor es la propia de Dios. Por eso, el libro de los salmos (103,8) canta que “Dios es clemente y misericordioso, lento a la cólera y lleno de amor”, tal como Yavhé se había revelado a Moisés (Ex 34,6). El Nuevo Testamento refiere a Cristo la misericordia divina que se traduce en forma de paciencia (1 Tim 1,16). Porque tiene paciencia, Dios es lento a la cólera y no tiene prisa en castigar. Todo lo contrario: usa de paciencia con nosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan (2 Pe 3,9). En la medida en que Dios, en lugar de castigarnos, contiene su ira, nos brinda la ocasión de vivir y nos da nuevas oportunidades de convertirnos. Cuando pecamos, Dios sufre porque nos alejamos de él, pero sufre porque nos ama, y nos conserva y mantiene en el ser a fin de que nos convirtamos y nos transformemos en imagen suya.

La paciencia de Dios es un signo de su esperanza en que, de una u otra forma, todos terminemos acercándonos a él, por muy alejados que estemos. Siempre hay esperanza para el pecador. Por eso, san Pablo afirma que el amor es paciente, precisamente porque todo lo espera, todo lo excusa y todo lo soporta (1 Cor 13,4.7). Dios es Amor, por eso tiene mucha paciencia y no quiere que nadie se condene. Pablo lo dice claramente en Rm 9,22: Dios soporta con mucha paciencia a los hombres que se han hecho merecedores de su ira, para manifestar así su poder y su misericordia, pues la paciencia de Dios espera a los incrédulos (1 Pe 3,20).

Ir al artículo

3
Jul
2026
Manso de corazón
5 comentarios

mansocorazón

Hace unas pocas semanas celebramos la fiesta del Corazón de Jesús. Fiesta que algunos consideran que está pasada de moda. Más de uno y de una me ha planteado la pregunta: “¿Cómo celebrar unas vísceras?”. Visto así, efectivamente, no tiene sentido. Pero en la Escritura, y también en nuestro lenguaje corriente, la palabra corazón tiene otro sentido: designa los sentimientos más puros y limpios del ser humano. Al encontrarnos con una persona generosa y comprensiva decimos: ¡qué gran corazón tiene! Celebrar el corazón de Jesús no es sólo contemplar la inmensa bondad del Señor, sino también preguntarse: ¿dónde pone Jesús su corazón? ¿No es en los pobres, en los necesitados, en los hambrientos? Pues allí donde Jesús pone su corazón, allí podemos encontrarlo.

Viene todo esto a propósito del Evangelio del próximo domingo: Jesús se autoproclama “manso y humilde de corazón”. Manso y humilde no tiene que ver con debilidad o falta de temperamento. Jesús tiene fuerza, una fuerza transformadora, pero esta fuerza no se impone con el poder, sino con el amor. La primera lectura puede ayudar a comprender. El profeta habla de un rey “justo y victorioso” que cabalga “en un asno”. Estas palabras tuvieron su cabal aplicación en Jesús, cuando entró en Jerusalén montando sobre un asno. Los guerreros, que llevan la espada para herir y matar, montan a caballo. Montar en un asno es venir en son de paz. Jesús es este príncipe de la paz, que trae una noticia transformadora y exigente, pero la propone desde el amor para ser acogida con amor. En Jesús, el ser humano encuentra “el descanso”.

En este contexto se comprende lo que Jesús añade: “mi yugo es llevadero y mi carga ligera”. Los escribas y fariseos se caracterizaban por imponer a los demás el duro yugo de la ley, que era una carga pesada. La carga de Jesús es ligera, no porque no sea exigente, sino porque no se impone por la fuerza. En realidad, Jesús no impone cargas a nadie. Invita a un cambio de vida (léase en esta perspectiva, la segunda lectura de este domingo: “el Espíritu de Cristo habita en vosotros”). Y de la nueva vida del creyente brotan frutos de vida para él y para los demás. Pero brotan no como resultado del cumplimiento de una ley, sino como resultado de la transformación de la vida. Brotan, en definitiva, espontáneamente. Lo que nace de dentro, no cuesta. Hay dos maneras de atender a un enfermo y de pasar largas noches sin dormir al lado del enfermo: porque uno se lo toma como una obligación impuesta, o porque uno ama al enfermo, y el estar a su lado “no cuesta nada”. “Es mi amigo, sabe usted”. “Y yo, por mi amigo, hago lo que sea”. Los amigos no pesan.

Desgraciadamente muchas veces hemos anunciado el evangelio como si fuera una ley: “tú tienes que ser pobre”, “tienes que cumplir los mandamientos”. Pero el Evangelio no es ninguna ley: es una nueva posibilidad de vida. No impone nuevas cargas, te invita a vivir de otra manera. Por eso no debe nunca anunciarse como un “tú debes”, sino como un “tú puedes”. Tú puedes vivir de otra manera, tú puedes ser feliz viviendo de otra manera.

Ir al artículo

29
Jun
2026
Jesucristo, culminación de lo humano
4 comentarios

Cristoculminaciónhumano

El planeta Tierra se formó hace unos 4.600 millones de años. Y en la tierra, apareció la vida hace unos 3.700 millones de años. Los primeros homínidos bípedos aparecieron hace unos seis o siete millones de años en África. La vida ha ido evolucionando siempre a mejor hasta la aparición del ser humano actual, hace unos 200.000 mil años en África. Bien podemos decir que el fin más íntimo de la naturaleza fue recibir algún día al hombre, poder desarrollar en el curso del tiempo un organismo capaz de transformarse en eso nuevo que denominamos hombre.

Una vez aparecido el ser humano “comienza una nueva tarea, más elevada: la humanidad existe para engendrar a Jesucristo. Está para crear el lugar en el que pueda producirse la unión entre Dios y el mundo. La humanidad vive para llegar a ser una con Dios” (J. Ratzinger). Jesucristo es la plenitud, la culminación, la perfección de lo humano. Por esta razón el Concilio Vaticano II califica a Cristo de “Hombre perfecto”. O sea, no se trata solo de afirmar la verdadera naturaleza humana de Jesús (perfecto hombre), en el sentido de que es un hombre completo, como desde antiguo ha afirmado la Tradición, sino algo más importante aún: en Cristo, la naturaleza humana ha llegado a su total y plena capacidad (“hombre perfecto”), hasta su más alta cota, que es el encuentro y la comunión con Dios.

Por este motivo, Cristo es el ideal concreto de lo humano, la “magnífica humanidad” (como dice León XIV). Si en Cristo se encuentra la humanidad más lograda, esta humanidad resulta paradigmática, ejemplar. Jesús es el modelo según el cual todo ser humano debe configurarse. De ahí que su seguimiento es crecimiento en humanidad, permite la plena realización personal: “el que sigue a Cristo, Hombre perfecto, se perfecciona cada vez más en su propia dignidad de hombre” (Gaudium et Spes, 41). Mirando a Jesús sabemos a qué atenernos en la realización de nuestra perfección humana. En esta perspectiva podemos situar el texto de Rm 8,29: Dios nos “predestinó a reproducir la imagen del Hijo, para que fuera el primogénito entre muchos hermanos”. Todos estamos destinados a reproducir la imagen de Jesús, a ser otro Cristo, en definitiva. Hablar, pues, del Hijo de Dios, es algo que no solo afecta a Jesús de Nazaret, sino que también nos afecta a nosotros. El hombre tiene una dimensión que le pertenece intrínsecamente y que es una dimensión divina.

Ahora bien, si hay que mantener que llegó un momento en que la humanidad estaba, de algún modo, preparada para que Cristo pudiera encarnarse, hay que dejar bien claro que la encarnación de Dios no es resultado del ascenso del ser humano, sino del descenso de Dios. Una cosa es estar preparado para acoger a Dios y otra ser el creador de Dios. El intento, por parte del hombre, de hacerse por sí mismo divino, de convertirse en “super hombre”, de ir más allá de lo humano, de ser dios en definitiva, está condenado al fracaso, por mucho que se empeñen las teorías trans y post humanistas. “La salvación no proviene de la grandeza del hombre, sino de la graciosa misericordia de Dios” (J. Ratzinger).

Ir al artículo

25
Jun
2026
Misión dificil
1 comentarios

misiondificil

El Evangelio de este próximo domingo continúa tratando de las características de la misión. Y más en concreto de las dificultades que comporta la misión. Una de las mayores dificultades con que puede encontrarse el testigo de la fe es la incomprensión de su propia familia. En el contexto en el que habla Jesús, esta incomprensión resulta una dificultad prácticamente insuperable, dado que la persona estaba vitalmente integrada en el clan familiar. Da ahí las frecuentes alusiones de Jesús a romper, si es necesario, con los vínculos de la carne y la sangre, para establecer los vínculos que realmente importan, los que brotan del cumplimiento de la voluntad de Dios: “¿quiénes son mi madre y mis hermanos? Los que escuchan la Palabra de Dios y la guardan”. Hoy habría que ampliar esta incomprensión de la que habla Jesús a la incomprensión social: el testigo de la fe se mueve y desenvuelve en un ambiente que no favorece la aceptación del Evangelio, más aún, que lo obstaculiza. “El que quiere a su padre o a su madre más que a mi”, podría traducirse así: “el que se acomoda a los valores y usos de este mundo no es digno de mi”.

Jesús utiliza una nueva imagen para hacer comprender las necesarias rupturas con las que puede encontrarse el testigo de la fe: “el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mi”.  Llevar la cruz alude a la situación del condenado a muerte en cruz. El tiempo que media entre la sentencia y la ejecución es el tiempo de “llevar la cruz” (en Estados Unidos a eso le llaman hoy el tiempo de estancia en los “corredores de la muerte”). El que está en esta situación es un erradicado de la sociedad. Pues bien, el cristiano tiene que estar dispuesto a vivir, por causa del Evangelio, como si fuera un desposeído. El cristiano lo da y lo pierde todo por el Evangelio: padre, madre, hijos, tierras, casa, trabajo.

Pero, y ahí está la paradoja y la sorpresa: “el que pierde su vida por el Evangelio, la encuentra”. En la entrega está la suprema ganancia. He aquí la extraña sabiduría que puede compensar todas las dificultades de nuestro testimonio. En este contexto se comprende que el testigo que lo da todo, que rompe con padre y madre, encuentra una nueva relación: hay otros que le reciben en nombre de Jesús. Y, al recibirle a él, quienes le acogen se encuentran con el Padre.

“El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado”. Aparece aquí la dinámica sacramental de todo encuentro con Dios. El Padre se hace presente en la humanidad de Jesús. Y esta encarnación se prolonga en los testigos de Jesús: ellos son la presencia de Jesús ante los demás, se convierten en Cristo para el que los recibe, estableciéndose así una nueva comunión, una nueva familia, una familia que tiene como lazo de unión al Padre bueno del cielo, que por medio de sus testigos llega a todos los que acogen a los testigos. ¡Tal es la grandeza y la responsabilidad del testigo del Evangelio! Esta es la fuerza que le permite superar todas las incomprensiones.

Ir al artículo

21
Jun
2026
Inmigración, aborto, eutanasia
2 comentarios

inmigracionaborto

Un amable lector y buen amigo pregunta en uno de los comentarios a este blog: “¿Cómo es que los que están de acuerdo con el Papa en el tema de la inmigración, no ven la profunda coherencia cuando afirma que el aborto y la eutanasia atentan contra la dignidad de la vida humana?”.

La pregunta parece muy pertinente. Pero no es fácil dar una respuesta. Porque sospecho que, en muchas ocasiones, el criterio de nuestra actuación no es el bien común o el respeto a la dignidad de la persona, sino nuestros intereses egoístas, el pensar solo en lo que consideramos nuestro beneficio inmediato, sin pararnos a medir las consecuencias de nuestros actos. Y en el caso de los políticos, el criterio de su actuación suele ser casi siempre (por no decir siempre) la búsqueda o la conservación del poder. Esto explica muchas de sus incoherencias, porque defendiendo una cosa y su contraria buscan los votos de los unos y de los otros. Y defendiendo una cosa y manifestándose en contra de otra buscan los votos de los que así piensan.

Cuando lo que predomina es el egoísmo es posible que nos encontremos con todas las combinaciones posibles: a favor del aborto y en contra de la eutanasia; a favor de la inmigración y del aborto; en contra la inmigración y en contra del aborto y la eutanasia.

Evidentemente, la postura cristiana es otra: a favor de la persona y, por tanto, en contra de todo lo que atenta contra su dignidad. Y eso se traduce en defender unas cosas y evitar otras, defender el derecho que tiene una persona a encontrar un lugar donde pueda vivir en paz, y defender el derecho a la vida del no nacido. Por tanto, buscar todos los medios que ayuden a las madres embarazadas en dificultades.

Por otra parte, tengo la impresión de que quienes socorren a los inmigrantes, a las madres en dificultades para que puedan dar a luz con paz y alegría, y ayudan con cuidados paliativos y cariño a los enfermos con padecimientos físicos que ellos consideran intolerables, suelen ser el mismo tipo de personas. Bastantes de ellas trabajan para Caritas o para instituciones de Iglesia. O colaboran con sus donativos. Pero esas personas no suelen hacer ruido, más bien actúan. Los que hacen ruido, los que gritan, los que se manifiestan, los que descalifican a los demás, no suelen ser lo que más ayudan a esos por los que dicen levantar la voz.

Ir al artículo

17
Jun
2026
Misión sin temor
1 comentarios

misiónsintemor

El pasado domingo el Evangelio se refería a la gratuidad de la misión: “gratis habéis recibido, dad gratis”. El Evangelio del próximo domingo destaca otra de las condiciones que deben caracterizar al misionero de la fe: la necesidad de superar el temor. Pues aquel que anuncia el Evangelio –incluso yo me atrevería a decir que este es un buen baremo de la calidad del anuncio- puede encontrarse ante el hecho de que no sólo se le quitan facilidades (y esta contingencia requiere templanza para soportarla), sino que se le ponen expresamente dificultades (y esta contingencia requiere fortaleza para enfrentarla).

Ante las dificultades, muchos experimentan miedo. Y el miedo puede anular a la razón y llevar a la parálisis. O lo que sería peor: puede llevar a tratar de complacer al que nos causa miedo. Cuando el testigo del Evangelio siente miedo, es grande el riesgo de traicionar al Evangelio y convertirlo en un discurso que halague “a los hombres que no soportan la doctrina sana” (2 Tim 4,3).

Jesucristo, por el contrario, “rindió un hermoso testimonio ante Poncio Pilato” (1 Tim 6,13). Y, dando testimonio de la Verdad, con el riesgo de su vida, abrió para nosotros un camino, librándonos del temor a la muerte y a todo lo que nos mata, que hace que nos pasemos la vida viviendo como esclavos (cf. Heb 2,15). Si el testigo del Evangelio no es libre, deja de ser testigo.

Lo contrario del temor es la confianza. Para el testigo de la fe, la fuente de toda confianza es el “Padre”, que cuida de cada uno de sus testigos como no puede hacerlo ningún Padre de este mundo. Su cuidado alcanza hasta los más pequeños detalles: “hasta los cabellos de la cabeza”. La fuerza de la misión brota, en última instancia, del amor del Padre, que otorga confianza en medio de un ambiente hostil.

En este contexto de confianza hay que entender la exhortación final del Evangelio del domingo: si uno se pone de mi parte, yo también me pondré de su parte. Si uno me niega, yo también lo negaré. No se trata de una coacción. El testigo de la fe siempre es libre, libre incluso de no dar testimonio. Si anuncia el Evangelio no es porque esté coaccionado, sino porque sabe que ahí está el bien del ser humano. Pero también sabe que el Padre del cielo le acompaña en su misión, y que las palabras que dice proceden de una fuerza superior a él (cf. Mt 10.,20: “no seréis vosotros los que hablaréis…”). Una fuerza que actúa siempre con suavidad. Porque es la fuerza del amor recibido. Y el amor no puede contenerse: por eso se anuncia.

Ir al artículo

Posteriores


Suscripción

Suscribirse por RSS


últimos artículos

Archivo

Logo dominicos dominicos