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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

17
Abr
2018
¿Qué quiere decir: "Nombre de Dios"?
2 comentarios

nombreDios

El nombre para los semitas indica una identidad y también una misión. La importancia del nombre explica los cambios de nombre en las personas que, a veces, realiza el mismo Yahvé cuando da a sus elegidos un nuevo significado en su situación o para el futuro: Abrán se convierte en Abrahán como padre de muchos pueblos (Gen 17,5). Jacob se convierte en Israel, puesto que ha luchado con Dios (Gen 32,29).

El más importante de los nombres es el de Yahvé (cf. Sal 8,2: “Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre por toda la tierra”), que el mismo Yahvé manifiesta en su revelación. Dios no es anónimo, posee un nombre propio con el cual se le puede invocar. El mal uso de este nombre (en la magia o en el juramento falso) está prohibido (Ex 20,7) porque el nombre de Yahvé es un regalo de la revelación, de la cual no puede disponer el hombre a su antojo (Gen 17,1). Israel tiene la misión de santificar el nombre de Yahvé; esto ocurre en el culto y en la obediencia a sus mandamientos. Por eso la participación en el culto de otra divinidad es una profanación del nombre de Yahvé (Lv 18,21).

Jesús en Jn 17,6 y Jn 17,26 dice que ha dado a conocer a los suyos el nombre de Dios. Jesús se presenta como el nuevo Moisés que lleva a su término lo que antaño había comenzado junto a la zarza ardiente. Dios había revelado su nombre a Moisés. Eso significa que Dios se dejaba invocar, que había entrado en comunión con Israel. Cuando Jesús dice que da a conocer su nombre, no se refiere a una palabra nueva con la que se designaría a Dios. Está hablando de un nuevo modo de la presencia de Dios entre los hombres. En Jesús, Dios entra realmente en el mundo de los hombres: quién ve a Jesús, ve al Padre (Jn 14,9). La revelación del Nombre tiende a que “el amor que me tenías esté con ellos como yo también estoy con ellos” (Jn 17,26).

A partir de ahí se comprende que profanar el nombre de Dios equivale a rechazarle, a hablar mal de Él. Y pronunciar su nombre en vano, de forma inútil o inapropiada es no respetar a Dios, peor aún, dejar de considerarlo Dios para convertirlo en un objeto a mi servicio. Decir el nombre de Dios en vano es utilizar a Dios en función de mis intereses, de forma que en vez ponerme en disposición de servir a Dios, pretendo, ni más ni menos, que servirme de Dios.

Dios revela su nombre para que podamos establecer una relación personal con él. Esto se confirma si recordamos que Dios llama a cada uno por su nombre (Is 43,1). Con cada uno quiere establecer una relación personal e íntima. Nuestra relación con Dios no es con un Dios genérico, abstracto, sino con el Dios de los hombres, en lo concreto de la existencia, “el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”. Un Dios que no puede ser amado en general, sino por este hombre concreto que soy yo.

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13
Abr
2018
El mal humor no es signo de santidad
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arbolladorio

Recuerdo que mi padre nos decía alguna vez: “un santo triste es un triste santo”. Evidentemente la frase no es de mi padre, sino de Teresa de Ávila. El reciente escrito del Papa sobre la santidad me ha hecho recordar este detalle familiar. Ya hice notar, en el post que dediqué a presentar la exhortación del Papa, que en casi todos sus escritos aparece, incluso en el mismo título, la palabra “alegría”. Basta recordar su primer gran texto: “la alegría del evangelio”. Ahora, la exhortación apostólica sobre la santidad comienza con estas palabras de Jesús a los que son perseguidos o humillados por su causa: “alegraos y regocijaos”. Precisamente, aquellos a quienes Jesús dirige estas palabras parece que sólo tienen motivos para estar tristes y angustiados. Pues bien, en el seguimiento de Cristo, cualquier circunstancia es adecuada para vivir con agradecimiento y alegría, ya que el amor que nos une a él, es más fuerte que todo lo demás. Y el amor es fuente de alegría.

En este contexto el Papa ha tenido el acierto de notar que una de las características de la santidad es la “alegría y el sentido del humor”. Pues la santidad no concuerda bien con “un espíritu apocado, tristón, agriado, melancólico o un bajo perfil sin energía”. El santo siempre tiene un espíritu positivo y esperanzado. Hay momentos duros de cruz, reconoce el Papa, pero nada puede destruir la alegría del Espíritu Santo que se traduce en seguridad interior y serenidad esperanza “que brinda una satisfacción espiritual incomprensible para los parámetros mundanos”.

El mal humor no es signo de santidad, dice explícitamente Francisco. Es tanto lo que recibimos del Señor para que lo disfrutemos, “que a veces la tristeza tiene que ver con la ingratitud, con estar tan encerrado en sí mismo que uno se vuelve incapaz de reconocer los regalos de Dios”. Conviene aclarar que esta alegría propia de la santidad es distinta “de la alegría consumista e individualista tan presente en algunas experiencias culturales de hoy. Porque el consumismo solo empacha el corazón; puede brindar placeres ocasionales y pasajeros, pero no gozo”. Es buena esta distinción entre placer y gozo. El placer todo lo centra en uno mismo. El gozo nos abre al bien de los demás, es la alegría que produce el buscar el bien de los otros. La vida cristiana no siempre es placentera, pero siempre es gozosa.

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9
Abr
2018
La santidad, el rostro más bello de la Iglesia
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“Alegría” es una palabra recurrente en los documentos del Papa Francisco. También aparece en el título de la exhortación apostólica que hoy mismo se ha hecho pública sobre la llamada a la santidad en el mundo actual, titulada: “Alegraos y regocijaos”. Aquí sólo puedo ofrecer algunas pinceladas que inviten a la lectura completa del texto.

Uno de los capítulos recuerda un reciente documento de la Congregación para la doctrina de la fe. Se trata del capítulo en el que habla de los dos enemigos actuales de la santidad, a saber: 1) una fe y una espiritualidad desencarnada, encerrada en el propio subjetivismo, que reduce el cristianismo a una doctrina, y olvida que la caridad es lo fundamental de la vida cristiana; y 2) el confiar sólo en las propias fuerzas, sintiéndose superior a los otros por cumplir determinadas normas, viviendo obsesionados por la ley o por los ritos, ignorando que la vida es frágil y sólo puede ser sanada por la gracia.

En otro capítulo el Papa hace un precioso comentario a las bienaventuranzas, en las que Jesús explica en qué consiste ser santos, aunque sea viviendo a contracorriente: felices los pobres, pues las riquezas no te aseguran nada, nada esencial al menos. Felices los mansos, en un mundo donde cada uno se cree con derecho a alzarse por encima de los otros. Felices los que lloran, en un mundo que mira hacia otra parte cuando hay problemas de enfermedad o de sufrimiento. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, en un mundo donde muchos optan por subirse al carro del vencedor.

Felices los misericordiosos, que saben dar y perdonar, reflejando así la perfección de Dios. Felices los limpios de corazón, un corazón sencillo que sabe amar. Felices los que trabajan por la paz, la paz evangélica que no excluye a nadie. Felices los perseguidos por causa de la justicia, por haber vivido sus compromisos con Dios y con los demás. Las persecuciones no son cosa del pasado: calumnias, falsedades, desfiguraciones de la fe, burlas por ser cristiano.

Hay algunas perlas en el texto que vale la pena notar: cuando dice que la santidad es el rostro más bello de la Iglesia, o que no te hace menos humano. O cuando dice que una de las notas de la santidad en el mundo actual es la alegría y el sentido del humor. O cuando recuerda la pregunta que se hacía santo Tomás de Aquino sobre cuáles son las obras externas que mejor manifiestan nuestro amor a Dios. Él respondió sin dudar que son las obras de misericordia con el prójimo, más que los actos de culto.

Una última perla: “me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo”.

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8
Abr
2018
Neandertales, otro tipo de mentalidad
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neandertal

El paleoantropólogo español, Juan Luís Arsuaga, en unas declaraciones a la revista muy interesante, hablando de las diferencias entre el hombre de Neandertal y el sapiens, dice: “Mi teoría no es que los neandertales fueran menos inteligentes que nosotros, sino que tenían otro tipo de mentalidad”. A continuación hace unas consideraciones sobre la poca inteligencia de los humanos sapiens: “ir a un campo de futbol a berrear todos los domingos no parece muy inteligente. Pero es muy humano. Inmolarse y suicidarse con una bomba alrededor del cuerpo no es nada inteligente. Eso es lo que creo que tenemos distinto de los neandertales. Lo resumo de esta forma: se me hace difícil creer que ellos tuvieran una bandera. Esa cosa humana de que un trapo de colores solivianta a la gente no sé si es muy inteligente, pero es un hecho. No me imagino a los neandertales con una bandera”.

Resulta interesante esta distinción entre mentalidad e inteligencia. La mentalidad es el conjunto de creencias y costumbres que conforman el modo de pensar, de enjuiciar la realidad y de actuar de un modo u otro. La inteligencia es la capacidad de razonar y de elegir las mejores opciones para resolver una cuestión. Pues bien, siguiendo la idea de Arsuaga, lo que distingue a las distintas especies del género “homo” (sapiens, neandertales, denisovanos) no es la inteligencia (o sea, la capacidad de fabricar herramientas o de enfrentarse a los distintos problemas), sino la mentalidad (o sea, los condicionamientos, que más allá de lo listos que somos, orientan nuestra manera de utilizar las herramientas o de resolver los problemas).

Eso valdría no sólo para las distintas especies de humanos, sino para distinguir a unos humanos de otros dentro de la misma especie. El pecado, por ejemplo, no nos hace menos listos, ni tampoco más; pero condiciona nuestra manera de actuar. Si yo pienso que robar es bueno, o que matar al que me estorba es bueno, pero no lo hago porque tengo miedo a las consecuencias que me puede acarrear, en cuanto me convenza de que robar o matar no va a acarrearme ninguna consecuencia negativa, mataré y robaré con toda tranquilidad. Si yo pienso que las banderas son sagradas, o que las fronteras son intocables, o que hay sexos fuertes y débiles, o razas superiores e inferiores, en cuanto pueda actuaré como un dictador que somete a los débiles y a los inferiores.

San Pablo exhortaba a los cristianos a “cambiar de mentalidad” (Rm 12,2; Ef 4,23), haciendo notar que la cristiana es distinta de la del “mundo” (mundo, se entiende aquí como lo opuesto a Dios). El problema humano no es la inteligencia. Con la misma inteligencia podemos hacer lo peor y lo mejor. El problema humano es de mentalidad. Si conformamos nuestra mentalidad a la de Cristo, seguro que siempre haremos el bien, sea cual sea nuestra inteligencia.

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5
Abr
2018
La santidad, don y tarea
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santidad

La santidad no es un objetivo que se consigue en el “más allá”, sino una tarea para el más acá, para el hoy, el aquí y el ahora de nuestra vida. La santidad consiste en vivir hoy en comunión con Dios. La santidad comienza siendo un don, pues es Dios el que, en Cristo, va al encuentro de cada uno de nosotros y nos invita a acogerle, a identificarnos con él, a vivir su misma vida divina. Una vez que nos hemos vuelto hacia el Señor, le hemos acogido, y nos hemos identificado con él, la santidad se convierte en una tarea, en un nuevo modo de vivir y de hacer el bien, con un nuevo sentido y una nueva conciencia.

La santidad no consiste en privarse de satisfacciones y mortificarse, sino en vivir en el seguimiento de Cristo. Este seguimiento suscita un nivel de vida más humano, tanto en el terreno personal como en el social. Los grandes modelos de santidad han suscitado niveles de vida más humanos en el terreno social. Por una parte, ellos han reflejado su vivencia cristiana en la alegría que derramaban a su alrededor. Por otra parte han sido grandes benefactores de la humanidad, a veces de forma humilde, y otras veces con una influencia más conocida y extendida, de modo que su obra humanizadora no se ha limitado a su corta vida; ha continuado una vez que han dejado esta tierra, en ocasiones por medio de otros que han proseguido su carisma y han creado instituciones educativas, sociales, hospitalarias u otras, siempre buscando el mejor bien para los seres humanos.

La santidad aquí en la tierra es una tarea y un compromiso: transmitir el amor recibido a los demás. Sólo el que se sabe amado, ama de verdad. Del mismo modo que sólo el que se sabe liberado puede liberar. Y el que se sabe salvado, salvar. En esta línea podría leerse 2Cor 1,4.6: Dios nos consuela para poder nosotros consolar a los que están en tribulación. Cuando uno no se siente salvado, se pasa la vida compadeciéndose de sí mismo. Cuando uno se sabe salvado y amado (y eso es precisamente ser santo, saberse salvado y amado), utiliza su vida en bien de los demás, ya no tiene que preocuparse de sí mismo y puede emplear todas sus fuerzas en preocuparse de los demás.

Los cristianos han encontrado en Jesús de Nazaret un verdadero modelo de santidad. El es, como reconoce un endemoniado, “el Santo de Dios” (Lc 4,34). Una santidad que se manifestaba en su libertad ante la ley, en su modo de entender la religión (religión que ha sido hecha para el hombre y no el hombre para la religión), en su cercanía a los leprosos (considerados contagiosos y alejados de Dios y, en todo caso, alejados de la sociedad), en su trato con las mujeres y los niños (entonces marginados socialmente), y en su modo de dirigirse con una confianza filial a Dios como Padre querido y cercano. Los discípulos de Jesús estamos llamados a comportarnos de modo similar, en otras circunstancias históricas.

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1
Abr
2018
La resurrección remite al seguimiento de Cristo
2 comentarios

jesusconsusapostoles

La resurrección de Cristo no es el final feliz de un drama. Es el resultado de una vida. Al resucitar a Jesús, Dios manifiesta el valor de la vida Jesús. Una vida así no desemboca en la muerte, sino en la vida. Porque el amor es fuente de vida. Y el amor sin límites es fuente de vida eterna.

La resurrección de Cristo no puede separarse del resto de su vida. Y debe leerse a la luz de su vida entera. A “este Jesús”, que vivió y actuó de una determinada manera, y que fue rechazado por los hombres, a este precisamente Dios ha resucitado, introduciéndolo en la vida plena y verdadera. Esto significa que Dios aprueba y ratifica esta vida que los hombres rechazaron. La resurrección no hay que entenderla como un correctivo de la cruz o una recompensa por lo hecho o padecido. La resurrección autentifica el camino de Jesús y muestra la meta a la que conduce ese camino. Manifiesta el fracaso del mundo y que el camino de Jesús es el bueno., el único que conduce a la vida. Por eso, la resurrección no puede separarse del camino de Jesús, un camino que puede pasar por la cruz, pero que desemboca en la resurrección. La resurrección nos remite al camino de Jesús, a la vida de Jesús, en definitiva, al seguimiento de Cristo.

Una cosa más. La resurrección es la definitiva respuesta de Dios a la pregunta por la justicia y el derecho. A los muertos injustamente no se les hace justicia con ceremonias póstumas. Se les hace justicia devolviéndoles lo que injustamente se les ha quitado, o sea, recuperándolos para la vida. Si no hay victoria sobre la muerte, no hay victoria sobre la injusticia. Con la victoria de Jesús sobre la muerte, se evidencia que la causa de Dios es la causa de Jesús y, en definitiva, la causa de todos aquellos que pasan por la vida haciendo el bien y entregando la vida por amor.

La historia sola es incapaz de rescatar a los muertos, y de redimir el dolor, la indignidad y la opresión acumulados a lo largo de su trayectoria. Al contrario, si hemos de hacer caso a Hegel, la historia termina por justificar la injusticia. Pero si Dios existe, y ha resucitado a Jesús, entonces es posible la justicia, la dignidad y la liberación para todos.

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30
Mar
2018
El grande y santo sábado
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El sábado santo, para algunos creyentes, es posiblemente una especie de día sin liturgia, sin oficios, un día vacío. Y no es así. Primero porque hay un estupendo oficio del sábado santo, que contiene una enorme riqueza. En este día, dice el oficio de la Iglesia, “un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio porque el Rey duerme”. Sí, aparentemente duerme. En realidad está muy activo. De ahí que el oficio continúa diciendo que es este día el Rey “quiere visitar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte…, librar de sus prisiones y de sus dolores” a las hijas e hijos de Adán y Eva que están encadenados. El sábado santo es el gran día de la esperanza de la Iglesia, la esperanza en que a pesar de todas las apariencias, Dios tiene la última y definitiva palabra, y está palabra es de vida y alegría.

El sábado santo es de un gran actualidad: es el día del “silencio de Dios”, un silencio que nunca como en nuestros días fue tan real: Dios parece callado, parece que no tiene nada que decir ante tanto sufrimiento, tanta injusticia, tanto dolor como hay en este mundo. Después del martirio de Jesús y de tantos otros martirios como sigue habiendo, Dios permanece callado. Pero no es un silencio vacío. Este silencio nos remite a nuestra propia responsabilidad. Es también un silencio lleno de esperanza. La esperanza siempre es silenciosa, pero el cristiano sabe que la esperanza no falla. La esperanza es cierta y segura.

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28
Mar
2018
Jesús, defensor de sus asesinos
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“Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”. Estas palabras que, según el evangelista Lucas, decía Jesús crucificado, manifiestan no sólo el gran amor que Jesús, en el momento de morir, seguía manifestando, perdonando a sus enemigos, sino la fuerza y el poder de ese amor, capaz de justificar a sus enemigos. En efecto, Jesús ofrece una buena razón al Padre para que perdone a quienes le asesinan: “no saben lo que hacen”.

En la cruz se oculta la majestad. Alfredo de Rieval (un abad medieval) encuentra ahí no sólo un buen motivo que hace “excusables” a los que crucifican a Jesús, sino la razón profunda que explica su confusión: “Crucifican, pero desconocen a quien crucifican, porque si lo hubieran conocido nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria… Creen que soy un prevaricador de la ley, creen que usurpo la divinidad, que soy un seductor del pueblo. Les oculté mi rostro y no conocieron mi majestad”.

Jesús, lejos de exigir una justa venganza, se convierte en el abogado defensor de sus asesinos. ¡Increíble! ¡Sorprendente! ¡No hay adjetivos que puedan describir un amor como el de Jesús! Es imposible amar más. No sólo eso: un amor así es salvífico. Sólo en un amor como ese puede estar la salvación del mundo. Se trata de un amor incondicional, un amor “a pesar de todos los pesares”. De ahí que bien puede decirse que Jesús derrama su sangre en la cruz por “todos los hombres”. Lo lógico sería que esta sangre reclamara venganza, pero reclama perdón. Para todos los hombres. Para el perdón de todos los pecados.

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24
Mar
2018
Confesarse: algo así como tomar café juntos
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confesarse

A propósito del sacramento de la confesión, el Papa Francisco recordó hace unos días que Jesús no amenaza, sino que llama con dulzura, inspirando confianza. Y describió así la actitud de Jesús ante el pecador: “El Señor dice: ‘Ven, vamos. Ven y discutamos. Hablemos un poco’. No nos asusta. Es como el papá del hijo adolescente que ha hecho una travesura y debe reprenderlo. Y sabe que si va con el bastón la cosa no irá bien, debe entrar con la confianza. El Señor nos llama así: ‘Vamos, vengan. Tomemos un café juntos. Hablemos, discutamos. No tengan miedo, no quiero aporrearlos’”.

Hay que reconocer que el Papa tiene ideas originales y llamativas, que hacen pensar, dan paz y ofrecen esperanza. Sin duda, es un buen catequista. A mi no se me hubiera ocurrido comparar el sacramento de la reconciliación, con un “tomar un café juntos”. Pero no es una mala metáfora: dos amigos, tomando café, hablando con confianza, buscando comprenderse y ayudarse. Olvídense del café y quédense con la confianza, el comprender y el ayudar. Eso es lo que debe hacer el ministro de la confesión, porque sin duda eso es lo que Cristo haría con el pecador.

Si uno acude a confesarse con buena intención (y es de suponer que todos lo hacen así), seguro que es consciente del mal que ha hecho (porque a solas nadie se engaña) y seguro que está arrepentido y dolido. El hecho mismo de acudir al confesor es ya signo de arrepentimiento. No se trata, por tanto, de hundirlo más en sus miserias. Se trata, como hizo el padre del hijo pródigo, de levantarlo y decirle que el Señor está de fiesta por su confesión.

Hace muchos años recuerdo haber absuelto a una joven muchacha, que vino con miedo a confesarse (no me conocía de nada y no sabía con quién se iba a encontrar). Estaba angustiada, porque le acababan de reñir seriamente y de negarle la absolución. Motivo: se había confesado de no haber ido a Misa el domingo anterior. Bueno, yo digo que celebrar la Eucaristía es una necesidad de todo creyente. Pero también digo que confesarse de no asistir a ella un domingo, cuando se suele celebrar habitualmente, no es motivo para negarle a nadie la absolución.

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20
Mar
2018
El parlamento chino, ¿parábola del cielo?
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parlamentochino

Las parábolas de Jesús, en las que describe a qué se parece el Reino de los cielos, se sirven de comparaciones tomadas de la vida real. Me pregunto si un reciente acontecimiento político no daría pie para hacer una buena parábola de lo que puede ser el cielo. Estoy pensando, ni más ni menos, que en lo ocurrido en el parlamento de Pekín hace unos días: Xi Jining ha sido reelegido para un segundo mandato como presidente de China por una mayoría unánime de 2.970 votos a favor por ninguno en contra y cero abstenciones.

Una unanimidad así, que parece de entrada imposible, podría ser una buena parábola del cielo. En efecto, allí todos estaremos de acuerdo, sin ninguna duda ni reserva, porque al conocer el bien absoluto, nuestra adhesión será total y sin fisuras. Pero en este mundo, no existe el bien absoluto. Incluso los mejores bienes son limitados. Por eso, la elección del presidente chino es una mala parábola, porque no se trata de una ficción, sino de algo realmente ocurrido. Pero todos sabemos (incluido el propio elegido) que en la base del suceso está o bien el fanatismo o bien el miedo. O el lavado de cerebro, que viene a ser lo mismo. Y claro, ni el fanatismo ni el miedo pueden ser parábolas del cielo. Como ficción, la parábola podría funcionar. Como expresión real de fanatismo o miedo, no funciona.

Las unanimidades solo se dan alguna vez en pequeños grupos. Cuanto mayor es el grupo, mayores son las posibilidades de encontrarnos con opiniones distintas. Eso vale para nuestras comunidades eclesiales. Una comunidad en la que nadie se atreve a decir lo contrario de lo que piensa el jefe de turno, no es evangélica. Primero porque en las comunidades cristianas no hay “jefes”, sino hermanos que prestan un servicio. Y luego porque en las comunidades cristianas, la diversidad, lejos de separar, enriquece. Puesto que todos buscamos el bien, las distintas opiniones y visiones contribuyen a una búsqueda más afinada, más matizada y más equilibrada del bien.

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