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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

6
Jun
2017
Ecología: responsables de hoy y de mañana
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bicicleta

La cuestión ecológica es mucho más que una preocupación por el equilibrio y la belleza de la naturaleza. La ecología tiene serias repercusiones humanas. ¿Qué mundo vamos a dejar a nuestros hijos? ¿Será un mundo habitable, en el que habrá suficiente comida para todos? ¿Será un mundo en el que habrá espacios sanos para todos? Estamos consumiendo recursos limitados, que no son sólo nuestros, también son de las generaciones futuras. Pero nosotros nos estamos quedando con ellos, sin pensar en los que vendrán después. El criterio de nuestra actuación es el egoísmo puro y duro.

La ecología no es sólo un asunto que afecta al futuro. Ahora mismo estas preguntas están plenamente vigentes: ¿por qué las casas de los ricos están afincadas en lugares sanos y seguros, mientras que los pobres deben vivir en viviendas miserables y en lugares insalubres? ¿Por qué cuando hay un terremoto en Japón las consecuencias son mínimas mientras que un terremoto similar en Perú o en Filipinas produce muertes sin fin? ¿Por qué cuando se desborda el rio Paraguay los asentamientos que hay en sus márgenes quedan totalmente destrozados, mientras otros pueden vivir en lujosos palacios, también construidos al lado del agua, pero con una seguridad, limpieza y protección adecuadas?

Ahora mismo, el uso de los recursos y la contaminación del ambiente ya está afectando a los pobres directamente, y los ricos sacan provecho de este hecho vendiendo productos que alivian muy parcialmente los males que ellos mismos han provocado. No estamos hablando sólo del futuro de nuestros hijos, estamos hablando del presente de nuestros hermanos. Porque si todos somos hijos de Dios, entonces todos somos hermanos, “miembros unos de otros” (Ef 4,25).

No es extraño que el Papa Francisco insista en la necesidad de un cambio de paradigma, de nuevas políticas y nuevos modos de hacer funcionar la economía, si queremos encontrar caminos de esperanza y de futuro para la humanidad. No se trata de que la técnica sea mala. Al contrario, la técnica puede ser un modo de colaborar en el proyecto creador de Dios. Pero la técnica tiene sus límites. Más aún: puesta al servicio del poder, sus efectos pueden ser desastrosos. Como dice Francisco “nunca la humanidad tuvo tanto poder, y nada garantiza que vaya a utilizarlo bien… ¿En manos de quién está y puede llegar a estar tanto poder?”.

El aumento del poder debe ir acompañado de un desarrollo del ser humano en responsabilidad, valores y conciencia. Y ahí, precisamente ahí, es dónde debería manifestarse el compromiso cristiano en pro de una nueva economía y, por supuesto, ahí debería incidir la predicación y la catequesis que se imparte desde nuestras parroquias.

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2
Jun
2017
Día mundial del medio ambiente
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lirio

El 5 de junio es el día mundial del medio ambiente. La cuestión ecológica y medioambiental ha cobrado fuerza en los últimos años, sobre todo a la vista de las peligrosas consecuencias que se prevén ante la manipulación de la naturaleza por parte del hombre. El cambio climático es uno de los temas recurrentes para avisar de los peligros a los que puede conducir la degradación del medio ambiente.

Las grandes preocupaciones sociales terminan, de una u otra forma, siendo preocupaciones eclesiales. Cuando las justas reivindicaciones de los trabajadores, en la nueva sociedad industrial, estaban en pleno auge, 25 años después de que Carlos Marx publicara “El Capital”, apareció la primera encíclica social, firmada por León XIII, fechada el 5 de mayo de 1891, que llevaba como significativo título: “cosas nuevas”, o sea: de los cambios políticos, nuevos asuntos, nuevos problemas que ocurren en estos tiempos nuevos. La Iglesia también tiene algo que decir ante los tiempos nuevos y los problemas inesperados que se avecinan siempre, porque todos los tiempos son nuevos o, al menos, tienen cosas nuevas.

En la actualidad lo que preocupa es la degradación de la naturaleza. Todos formamos parte de un mismo universo, plantas, animales, personas. Todos respiramos el mismo aire, todos bebemos de la misma agua. Pero solo el hombre es capaz de ir más allá del uso para entrar en el abuso. Y el abuso es el que conduce a la catástrofe. Precisamente el peligro (que en muchas ocasiones se convierte en pecado para los creyentes) no está en el buen uso de las cosas (del sexo, del alcohol, de la fuerza, del cuerpo, de la inteligencia, del espectáculo), sino en el abuso, que produce daño al autor del mal uso y, de paso, causa daño a los que con él tratan.

También la Iglesia, como sucedió con la cuestión obrera, ha dicho su palabra autorizada sobre la cuestión ecológica. La encíclica de Francisco Laudato si’ ha sido la última intervención y, probablemente, la más directa, reflexionada y comprometida. Para el Papa actual la ecología está directamente relacionada con la cuestión social que planteó León XIII, hasta el punto de que llega a decir: en este asunto los más perjudicados son los pobres. El deterioro del ambiente y el de la sociedad afectan de modo especial a los más débiles del planeta. Por eso “el planteo ecológico es un problema social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor del los pobres”. Una minoría se cree con el derecho de consumir en una proporción que es imposible generalizar (continuará).

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30
May
2017
Entristecer al Espíritu Santo
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paloma

Según el Nuevo Testamento, el Espíritu Santo es el amor de Dios que se hace presente en las creaturas y en toda la creación. Un amor capaz de transformar a los que se dejan guiar por él, pero también un amor paciente y respetuoso hasta el máximo con la libertad de la creatura y de la creación. Hay un texto de la carta a los Efesios que dice, ni más ni menos, que el Espíritu Santo puede sufrir y entristecerse: “no entristezcáis al Espíritu Santo con el que fuisteis sellados para el día de la redención” (Ef 4,30). El motivo por el que el Espíritu se entristece es el daño causado al prójimo. No me extrañaría, por tanto, que estuviera permanentemente triste a la vista de: terrorismo, insultos entre cristianos, falta de atención a los signos de los tiempos, escasa atención a las necesidades de los pobres, despreocupación por el cambio climático.

Si es posible entristecer al Espíritu, también debe ser posible alegrarle. Seguro que se alegra por la fe de los pobres, de los sencillos y humildes de corazón; por la generosidad, la hospitalidad, la compasión, la solidaridad de muchas personas; por aquellos que anuncian el Evangelio de Jesús, por los que trabajan por la justicia y la paz, por los que se juegan la vida para que otros vivan, por la vida orante y sacrificada de tantos enamorados de Jesús. El Espíritu tiene muchos motivos para alegrarse. Porque el bien, a pesar de las apariencias, supera con creces al mal. Decir lo contrario sería, además de un dato sociológicamente falso, negar la bondad de la obra de Dios. Incluso lo que hace posible el mal, a saber, la libertad, es uno de los mayores signos de la buena obra divina.

Sobre todo, el Espíritu empuja a toda la creación hacia Dios. Pero empuja respetando al máximo la libertad. Por eso, en ocasiones, su obra se ralentiza o se retrasa. Entonces el Espíritu se entristece. Entristecerse es algo muy distinto de irritarse. Si se irritase quizás le entrarían deseos de castigar o de alejarse. Pero como el Espíritu es ante todo amor, se entristece, pero sigue empujando, lentamente, con paciencia, hasta conseguir su objetivo definitivo que es la “redención”, o sea, el encuentro de todos y cada uno de los seres humanos con Dios.

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26
May
2017
La ausencia de Jesús produce una ganancia
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ascension2

Resulta sorprendente esta palabra de Jesús a sus discípulos: “os conviene que yo me vaya”. ¿Cuál es la razón de esta conveniencia, qué ventaja acontece con la ausencia de Cristo? “Si no me voy, no vendrá a vosotros el Espíritu” (Jn 16,7). El Espíritu hace posible la expansión del Evangelio, su universalidad. Gracias al Espíritu, el Evangelio y, por tanto, Cristo mismo, puede hacerse presente en todos los tiempos y lugares. La presencia histórica de Cristo, necesariamente era limitada, pues la humanidad de Cristo tenía un tiempo y unas posibilidades. Podía llegar a pocos sitios y durante poco tiempo. El hombre Jesús tiene sus límites. Gracias al Espíritu, que hace a Cristo presente en la vida de cada creyente, el Evangelio puede ser universal.

En pleno corazón de su evangelio, Juan dice una palabra desconcertante: “no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado” (Jn 7,39). “No había Espíritu”. Por eso aún no se creía en Jesús y había dudas, rupturas, deserciones y abandonos por parte de muchos discípulos (Jn 6,60 ss.). El Espíritu viene con la glorificación de Cristo. Él es el que afianza a los discípulos en la fe y hace posible la expansión ilimitada del Evangelio “hasta los confines de la tierra”. En la desaparición de Jesús, acontece la máxima ganancia de la expansión. Cuando no es posible apropiarse de Cristo (puesto que ya no está sobre la tierra) entonces es cuando su Espíritu puede actuar más allá de todos los muros.

La ausencia de Jesús produce una ganancia, pero esta ganancia depende de nuestras pobres manos, y está muy condicionada por nuestra debilidad. A pesar de tantas realidades que parecen oponerse a su acción benévola, como el terrorismo que cada vez golpea con más asiduidad, el Espíritu va haciendo camino, no sólo gracias a las buenas obras de los creyentes, sino gracias a las buenas obras de toda persona de buena voluntad. Porque su acción no depende sólo de las Iglesias. Incluso ellas pueden obstaculizar su acción.

El Espíritu es libre y aprovecha todas las rendijas, todos los espacios de bien, verdad y belleza. Más aún, suscita en los corazones de las personas deseos de justicia, de paz y de amor. Como cristianos conviene que nos preguntemos: ¿el Espíritu es sólo una palabra para mi o es la energía que transforma y mueve mi vida? Espíritu y vida casi son intercambiables: de tal Espíritu acogido, tal vida. Y de tal vida, tal Espíritu.

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23
May
2017
Los samaritanos y la Ascensión
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ascensión

Según el libro de los Hechos de los Apóstoles, escrito por el mismo autor del tercer evangelio, el día en que Jesús “fue llevado al cielo” (Hech 1,2) encargó a sus apóstoles que fueran sus “testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra” (Hech 1,8). Mientras el Jesús de Mateo prohíbe a sus apóstoles que entren en ciudad de samaritanos (Mt 10,5), Lucas nos muestra a un Jesús cercano, comprensivo y amante de los samaritanos. Es un Jesús que rompe fronteras y que se acerca a aquellos a los que espontáneamente sus apóstoles rechazaban. Por eso, en su última instrucción les envía a Samaría, ese lugar peligroso, supuestamente poco hospitalario y plagado de herejes.

Jesús envía a sus discípulos a los alejados y malqueridos no sólo para que den testimonio de él, sino también para que le encuentren en esos supuestamente malos samaritanos. En Jerusalén, donde en primer lugar había que predicar el evangelio, porque parecía el más preparado para acogerlo, los discípulos se encuentran, cada vez más, con la oposición de las autoridades. Por eso, tras la muerte de Esteban a manos de los judíos, Felipe se dirige a Samaria y allí “predicaba a Cristo” y la gente le escuchaba (Hech 8,5-6).

Por Lucas conocemos una serie de detalles muy positivos sobre los samaritanos: entre los diez leprosos curados por Jesús, el único que le da las gracias es un samaritano; samaritano es el hombre compasivo que atiende a un herido al borde del camino, un herido que era un enemigo judío, y ante el que los dos representantes oficiales de su comunidad pasaron de largo; y en la única ocasión en la que los samaritanos se muestran recelosos y no quieren recibir a Jesús (Lc 9,51-54), Jesús contiene la indignación de sus discípulos y muestra misericordia con los samaritanos, limitándose a ir a otro pueblo.

Con la ascensión del Señor comienza el testimonio de la Iglesia. Un testimonio que es responsabilidad de todos los cristianos. Jesús nos invita a preguntarnos dónde están hoy “los samaritanos”, para que les llevemos a Cristo; pero también nos invita a aprender de las muchas cosas buenas que tienen y a dejarnos instruir por ellos. La evangelización se convierte así en un movimiento de doble sentido, en el que todos damos y todos aprendemos. En las “Samarías” de hoy y “en los confines de la tierra” hay mucha expectación del Evangelio, aunque quizás ellos no lo sepan (y ahí está nuestra aportación); pero también hay mucho Evangelio para recibir (y ahí está nuestro aprendizaje y nuestra perspicacia para discernir).

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20
May
2017
Nadie es tan malo que no tenga algo bueno
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caos

Nadie hay tan malo que no tenga algo de bueno y nadie tan falso que no posea parte de verdad, dijo Tomás de Aquino. Y remachó su convicción añadiendo: hasta del demonio puede decirse. Sin duda, para ver la gracia en medio de la desgracia, o para ver el bien en un océano de mal, hace falta una mirada perspicaz. También hay que añadir que la mirada se puede educar. Y que sería conveniente, de cara al encuentro con los alejados de la fe, que los creyentes supiéramos valorar las muchas cosas buenas que tienen. Pero no es de las muchas cosas buenas que hay en los no cristianos de lo que aquí quiero tratar, sino de lo bueno que siempre puede encontrarse incluso en lo más malo. Para decir palabras de sabiduría que puedan ayudar a ese pequeño bien a crecer, afianzarse y desarrollarse. Solo una palabra sabia puede entrar allí donde no se la espera ni se la desea.

Cuento dos historias bíblicas, que aparentemente están llenas de mal, para mostrar que también en ellas hay bien. En el libro del Génesis (37,18-27) se cuenta la historia de José, al que sus hermanos quieren matar. Cuando están a punto de llevar a cabo su propósito, uno de los hermanos, Rubén, dice una palabra buscando preservar la vida de José. Esta palabra buena logra que el cabecilla del grupo, el hermano mayor, se sume a la propuesta de no matarlo, a cambio de dejarlo abandonado en pleno desierto. Hay ahí un atisbo de bien en medio del mal.

En el Nuevo Testamento (Lc 16,19-31) encontramos la historia de un personaje corrupto, un rico que desprecia al pobre y que ni siquiera es capaz de mirarle. El pobre se llama Lázaro, el rico no tiene nombre. Para Dios los pobres tienen nombre, para el mundo los que tienen nombre son los ricos. Dejemos eso. El hecho es que ese personaje corrupto (así lo calificó en una de sus homilías el Papa Francisco) también tiene su pequeña semilla de bondad. Y cuando se encuentra perdido totalmente en el infierno, piensa en sus otros hermanos, igualmente ricos como él, y se preocupa para que ellos no vayan al lugar de tormento al que sus maldades le han conducido.

Yo suelo decir que el dogma del purgatorio es consolador, porque es el dogma del matiz. Ni somos tan buenos como nosotros nos imaginamos, ni tan malos como piensan nuestros enemigos. Todo tenemos algo bueno. De cara a la predicación sería conveniente saber descubrir eso bueno, no para excusar lo mucho malo que hay, sino para recalcar lo bueno y sacarlo a la luz. No es fácil ver lo bueno que hay en el mal. A veces no lo ven ni sus propios protagonistas. Tarea del predicador de la gracia es descubrirlo, ayudar al malvado a ver este punto de bondad que hay en él, y ayudarle así a encontrar caminos de bien. Solo partiendo del bien es posible llegar al bien. Partir del mal, recalcar el mal (aunque sea en forma de condena) suele conducir al rechazo de la condena y no logra los efectos deseados.

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16
May
2017
Celibato voluntario
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orante

Las causas inmediatas de una decisión que comporta una opción de vida, pueden ser múltiples. Pero es importante dejar claro que las opciones vitales tienen razones profundas, que van más allá de sus causas inmediatas. Por ejemplo, es posible que una persona decida entrar en la vida religiosa porque ha sufrido una decepción sentimental, porque su pareja le ha abandonado, o porque ha tenido una mala experiencia en el terreno profesional. Pero si todas sus razones para entrar en un convento se reducen a sus malas experiencias profesionales o sentimentales, se ha equivocado de camino y lo más seguro es que su vida sea un fracaso.

Otro ejemplo: supongamos un varón que se siente llamado al sacerdocio, pero resulta que tiene novia y le gustaría casarse. Cuando el director del seminario le diga que la disciplina de la Iglesia occidental requiere el celibato para los ordenados, si esta persona decide continuar con su vocación sacerdotal no puede de ningún modo considerar que el celibato le ha sido impuesto. Tiene que asumirlo libremente. Un celibato impuesto no hace feliz. Por tanto, en estos terrenos “vocacionales” hay que distinguir claramente entre la ocasión que ha provocado la decisión y la decisión misma, que tiene que ser tomada con entera libertad y desde la plena conciencia de lo que comporta esa vocación.

Libre es el que puede pero no quiere; no quiere porque ha encontrado algo mejor. No es libre “el que no tiene más remedio”, a no ser que este “no tener más remedio” se asuma con alegría y elegancia, sin añoranzas de lo que uno hubiera deseado que fuera. Quién asume así la soltería se asemeja a Jesús, el cual (según dice la plegaria eucarística número 2), cuando iba a ser entregado a su pasión (o sea, cuando no tenía otra salida), la aceptó voluntariamente. Jesús hizo de un acto forzado, un acto libre. Es posible que una imposición de la vida se convierta en un acto libre.

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13
May
2017
Ballena azul: el lado oscuro de la red
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brazoherido

Lo escuché en la radio, mientras conducía. Al día siguiente, un lector me envió unos enlaces de prensa sobre un macabro juego llamado “ballena azul”. Se trata de captar a adolescentes a través de internet para que superen cincuenta desafíos, el último de los cuales acaba en el suicidio. Como no se trata de un juego, sino de un grave atentado, renuncio a describir algunas modalidades de la última prueba que acaba con la muerte. En las pruebas anteriores hay que hacerse cortes en partes del cuerpo, tal como aparecen en la imagen que acompaña el post.

Todas las etapas de la vida tienen sus cosas buenas y sus dificultades. La adolescencia es una etapa de búsqueda, en la que quizás se soporta peor que en otras la soledad o la incomprensión, y en la que la preocupación por el futuro puede convertirse en miedo. Por eso, es fácil engañar a los jóvenes a base de proponerles juegos peligrosos o de ofrecerles promesas falsas. A mi me llaman la atención las personas adultas que, cuando aparecen en algún concurso o programa de televisión, y se presentan a sí mismas, su mejor curriculum consiste en ser fanático de un equipo de futbol o de algún cantante, y de seguirle “hasta la muerte”.

Hasta la muerte no hay que seguir a nadie. Ni siquiera a Jesús de Nazaret. A Jesús hay que seguirle hasta la vida. Hecho este paréntesis, si los adultos, a veces, lo mejor que tenemos para lucir son nuestros fanatismos, nuestras rarezas, un cuerpo lleno de tatuajes o convicciones sin lógica alguna, ¿cómo extrañarnos de que los adolescentes vayan a veces perdidos en esta sociedad que no les ofrece sentido, ni futuro, ni presente?

La respuesta ante una persona perdida o desesperada, joven o mayor, es ofrecerle amor, cariño, comprensión, y decirle palabras de esperanza y de verdad. Y a partir de esta base que humaniza y ayuda a vivir, presentarle a Jesús de Nazaret, “camino, verdad y vida”, sentido para el presente y esperanza para el futuro. Es necesario que los cristianos dejemos claro, con nuestra palabra, nuestra enseñanza y nuestra vida, que el Evangelio es lo que más contribuye al bien de las personas.

¿Qué tendrá el peligro que tanto atrae a algunas personas? ¿Qué extraña fe es esa que se deja guiar por guías que conducen a la muerte? ¿Cómo es que hay quien va en busca de echadores de cartas, adivinos, o visionarios religiosos? ¿Cómo es posible que haya misas satánicas o adoradores de Satanás? La religión también puede fanatizar. Hay formas perversas o diabólicas de religión. Pero si es auténtica, la religión conduce a la vida, a la maduración, a la humanización. Ese es el desafío, ese es el “juego” que los cristianos debemos ofrecer. Y a propósito de juegos. Ahora que el Papa ha canonizado en Fátima a dos niños, no estaría mal decir alto y claro que con los niños no se juega.

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10
May
2017
Madre de desamparados
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virgendolores

Junto a la cruz de Jesús estaba María, su madre. ¿Qué sentimientos embargaban a la madre ante su hijo desamparado? Jesús fue camino del calvario cargado con la cruz. Allí encuentra a unas mujeres que lloraban amargamente. Entre ellas debía estar María. Jesús, agradecido por esta compasión, les dice: No lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. ¿Qué debió entender María, ella que lloraba por su Hijo, cuando oyó que su Hijo le pedía que llorase por otros hijos? María estaba llamada a ser Madre de todos los hombres, sobre todo madre y consuelo de los afligidos. Sin duda frente a la cruz, se acordaba de estas palabras de Jesús. Pero por si las había olvidado, Jesús, en la cruz, se dirige a su madre y le dice, mirando a Juan que estaba al lado de su madre: ahí tienes a tu hijo. Jesús le invita a dejar de dirigir su mirada a quién más quiere, para dirigirla a quién más le necesita.

Delante de la cruz María estaba apenada. Jesús le invita a ir más allá de su dolor. Le invita a traducir este dolor en compasión. Compasión es padecer con otros. Es solidaridad, comprensión. Y la compasión que Jesús pide de María es una compasión universal, que se extiende a todos sin excepción. ¡Ella es Madre de todos los hombres! Su compasión alcanza a todos los seres humanos, sobre todo a los que más sufren, a los enfermos, los tristes, los solitarios, los marginados, los pobres.

Los valencianos han comprendido muy bien este papel compasivo y consolador de María, pues la veneran con el hermoso título de Madre de desamparados. María es Madre de los que no tienen amparo. Estos que no tenían amparo, cuando en Valencia se comenzó a llamar a María con este título, eran los locos, los moribundos y los condenados a muerte.

María puede comprender porque ha pasado por la prueba del dolor. Su comprensión no es externa. No comprende porque se lo han contado. Comprende porque ella ha pasado previamente por ahí. Su comprensión es, por eso, más solidaria. Ella manifiesta esta comprensión intercediendo ante su Hijo por todos nosotros, sobre todo por los más tristes y apenados. Ella manifiesta su comprensión invitándonos a todos a ser solidarios con los más necesitados de este mundo.

Para ser hijos de tan buena madre, debemos imitar sus sentimientos y sus actitudes. Sólo así ella nos reconocerá como hijos. Pidámosle, pues, la fuerza y la audacia para ser, como ella, consuelo de los afligidos, refugio de los pecadores, auxilio de los cristianos. Y de este modo contribuiremos a hacer de esta sociedad nuestra una sociedad más justa, solidaria, y en definitiva más humana y más cristiana.

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7
May
2017
Ocupar una tierra que ya está ocupada
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cipresyagua

El libro del Deuteronomio comienza narrando que el ejército de Israel venció a una serie de reyes y ocupó sus tierras. Luego, el autor del libro pone en boca de Yahvé estas palabras dirigidas a Israel: “Id a tomar posesión de la tierra que Yahvé juró dar a vuestros padres”. Una tierra ya ocupada por los cananeos, los amorreos y los hititas. Yahvé manda a Israel que ocupe una tierra que ya está habitada. El Dios de Israel es un Dios conquistador, que manda desalojar una tierra para que la ocupe su pueblo. Es algo extraño. Pero quizás la extrañeza desaparece si tenemos en cuenta que el pueblo de Israel leía todos los acontecimientos a la luz de su fe. Según la fe de Israel, Dios intervenía en la historia, conducía los acontecimientos, guiaba el destino de los hombres y de los pueblos. Por eso, Israel leía lo que hoy llamaríamos “signos de los tiempos” como un lugar donde se expresaba la voluntad de Yahvé.

Los desplazamientos son tan antiguos como la historia de los humanos. El hombre siempre ha sido un peregrino, conquistador de tierras nuevas, buscador de nuevos espacios. Eso tiene sentido a la luz de la misma fe bíblica, puesto que Yahvé ha entregado toda la tierra a todos los seres humanos. Por tanto, allí donde hay un humano, allí está su casa. El problema de las emigraciones, de los desplazamientos de poblaciones, aparece cuando alguien pretende que un espacio de tierra es sólo suyo. Y se niega a compartirlo. Si otro quiere ocuparlo aparece necesariamente el conflicto.

Hay dos modos de ocupar la tierra que otro ya ocupa. De forma violenta, utilizando la fuerza; o de forma pacífica, buscando colaborar, sumar fuerzas, para que esta suma de fuerzas haga la tierra más fructífera, más humana y, en definitiva, más fraterna. Ese es el gran reto que hoy se presenta ante nosotros con el fenómeno de la emigración y con los desplazamientos de poblaciones debidas a la guerra, a la pobreza o a los gobiernos dictatoriales que subyugan a sus pueblos. La tierra es de todos. Pero esta posesión debe realizarse de forma pacífica. A la luz del evangelio de Cristo, que vino a reconciliar a todos los pueblos entre sí, porque todos somos hijos del mismo Padre y, por tanto, todos somos hermanos, los cristianos deberíamos poner todos los medios pacíficos para que hubiera pan, casa y tierra para todos.

Cierto, la ocupación de la tierra por parte del que antes no la ocupaba plantea problemas políticos, sociales y económicos, que corresponde resolver a los gobiernos. Pero hay dos modos de resolver esos problemas: desde el rechazo, poniendo vallas que matan; o desde el diálogo, la colaboración y el compartir. Diálogo y colaboración que también debe incidir en la búsqueda de mejores condiciones de vida en las poblaciones originarias de los desplazados; y en la búsqueda de paz allí donde hay guerra.

La búsqueda de paz pasa por no vender armas a ninguna facción contendiente ni a los gobiernos que las utilizan en contra de la población. O mejor, en no vender armas a nadie. Mejor aún, en no fabricarlas. Y en su lugar, regar tierras sedientas para que produzcan pan.

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