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Feb2014Religión: leer, elegir, ligar
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Cuando Tomás de Aquino aborda la cuestión de la religión, comienza notando las tres posibles etimologías del término. En primer lugar, religión es una palabra derivada de “re-leer”. La persona religiosa continuamente lee lo concerniente a Dios. Santo Tomás dice que “a estas materias hay que darles muchas vueltas en nuestro interior”, y cita el libro de los Proverbios: “en todos tus caminos piensa en Él”. Efectivamente, por mucho que busquemos y pensemos, nunca acabamos de entender la maravilla y la grandeza del misterio de Dios. Más aún, al que busca y ama al Dios que en Jesucristo se revela, le ocurre una extraña sensación: parece que cuanto más le conoce y más se acerca a él, más ganas siente de conocerle. Es un conocimiento que se retroalimenta y que cada vez tiene más hambre. Por este motivo, la persona religiosa nunca se cansa de leer; al contrario, cuanto más lee, más ganas tiene de seguir. ¿Qué es lo que lee? Lee su historia y la historia de la humanidad como conducida por la mano de Dios, en todo descubre la huella de lo divino, por todas partes encuentra signos de su presencia.
En segundo lugar, religión podría provenir de re-elegir. La persona religiosa continuamente está eligiendo a Dios. Si no lo hacemos, corremos el riesgo de perderle. Son muchas las seducciones que quieren alejarnos de él. Por eso, la mujer y el varón religiosos están siempre optando por Dios. Al hacerlo, Dios se les presenta como una continua novedad, pues con él nunca se acaba. Y con él siempre hay nuevas cosas que descubrir. Por otra parte, optar por Dios supone estar muy atento a todo aquello que puede apartarnos de él. Para la persona religiosa Dios es la opción fundamental de vida, a la que se subordina cualquier otro deseo. Hacia Dios debe tender sin cesar nuestra elección porque él es la meta y el sentido de nuestra vida.
Finalmente, el de Aquino conoce una tercera etimología. Religión procede de re-ligar. Por medio de los actos religiosos nos unimos con Dios, lo temporal se une con el Eterno, lo criatura con su Creador. “Pues a Él es a quién principalmente debemos ligarnos como a principio indeficiente”, dice santo Tomás. Dicho de otra manera: unidos a Dios vivimos unidos a la fuente de la vida, a la suma felicidad, al amor más pleno, al que nunca falla y todo lo sostiene, pues es el origen, el fundamento y la plenitud de Dios lo que existe. Por eso, pretender desligarse de Él es pretender lo imposible, es vivir en la más absurda de las contradicciones. Lejos de Dios solo hay nada y vacío. Lejos de Dios no hay vida.
En suma, la religión, la unión con Dios, es una clave para leer la historia y los acontecimientos, para vivir adecuadamente, eligiendo lo mejor, y para conocer el sentido de todo lo que existe.
La mayoría de los seres humanos funcionamos con mentalidad de propietarios. A personas con mentalidad así, les preguntaba provocativamente el apóstol Pablo: ¿qué tienes que no hayas recibido?” (1Co 4,7). Seamos o no creyentes, si lo pensamos bien, tenemos que reconocer que por encima de nuestras conquistas técnicas y culturales, nos ha sido dada previamente la vida y la naturaleza (la luz, el agua, el aire, la superficie terrestre). Estos dones fundamentales, vengan de donde vengan, son el presupuesto indispensable de toda nuestra actividad. El fundamento de todo lo que tenemos no ha sido fabricado por el hombre. Se nos ha entregado de antemano a cada uno de nosotros y al resto de los seres vivientes.
“El misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”, dice el Vaticano II. Cuando Jesús nos revela el misterio de Dios como Padre, se nos descubre al mismo tiempo el misterio del ser humano, descubrimos nuevas maneras de ser humanos, descubrimos en definitiva que somos hijas e hijos de Dios y hermanos los unos de los otros, descubrimos la dimensión divina de nuestra vida, descubrimos que el fondo más auténtico de lo humano es Dios. A la luz de Cristo, nos entendemos mejor a nosotros mismos, conocemos mejor el sentido de la vida y de la muerte.
Todas las religiones entienden que Dios supera nuestra capacidad de comprensión y, por eso, dicen que es un misterio. Pero un Dios que fuera incomprensible del todo no sería un misterio, sino una realidad desconocida y, por tanto, no podría hablarse de ella. El cristianismo dice que Dios es un misterio. Pero se trata de un misterio que, al menos en parte, se ha desvelado, se ha dado a conocer. San Pablo se refiere a un misterio escondido para todas las generaciones anteriores que ahora en Cristo se ha manifestado. Esto no significa que, a propósito de Dios, ya lo tengamos todo claro, porque si así fuera, Dios se habría convertido en una realidad limitada, finita, mundana. La total claridad hace desaparecer el misterio. Y Dios, incluso cuando se da a conocer en Jesucristo, no es manipulable, sigue siendo inalcanzable.
“El infierno son los otros”, dijo Sartre. Más acertado me parece T. S. Eliot cuando escribe: “¿Qué es el infierno? Es uno mismo, y es solitario”. Efectivamente, el ser humano ha sido creado a imagen de Dios, un Dios que es Amor, Comunión de tres personas. Esto significa que estamos estructurados para la comunión, y sólo cuando realizamos la comunión en el amor encontramos nuestro auténtico ser de persona. Donde no hay amor, la vida se convierte en un infierno, en algo insoportable. Vivir sin amor es vivir en contradicción con uno mismo. Por eso he comenzado diciendo que no me parece acertada la expresión de J.P. Sartre. Más que describir el infierno, lo que dice Sartre describe el cielo: el cielo son los otros. El cielo es vivir en comunión, en comunión con Dios y en comunión con los hermanos. Eso que decimos en el Credo, “creemos en la comunión de los santos”, es otra forma de describir el cielo.
Estamos en plena semana de oración por la unidad de los cristianos. En distintas ciudades se organizan actos ecuménicos. El Papa Francisco ha subrayado con gestos y palabras la importancia del diálogo ecuménico. La división entre los cristianos es un obstáculo importante para la credibilidad del cristianismo. El Papa ha recordado que, en este terreno del ecumenismo, es muy importante el principio de la jerarquía de verdades. Este principio nos invita a concentrarnos en lo fundamental y en las convicciones que nos unen. Así, dice el Papa, “podremos caminar decididamente hacia expresiones comunes de anuncio, de servicio y de testimonio”.
Las teorías científicas desarrolladas en los últimos tiempos ofrecen la imagen de una naturaleza relacional. Desde que hace miles de millones de años aparecieron las primeras partículas de la física, una evolución cada vez más compleja y con una relacionalidad siempre creciente, ha conducido a la aparición primero de la vida y finalmente de organismos poseedores de conciencia. El cerebro humano, con sus millones de neuronas y de conexiones entre ellas, es la entidad más complejamente interrelacionada que los científicos hayan encontrado nunca en su exploración del universo. ¿Esta naturaleza así concebida refleja, aunque sea pálidamente, el carácter de su Creador? En esta línea parece ir el texto de Rm 1,20: la naturaleza invisible de Dios se percibe claramente a partir de las cosas creadas.
Los traductores hacen una labor encomiable. Nos acercan a las riquezas de otras lenguas y culturas. Pero toda traducción tiene sus límites. Hay matices del texto original que se nos escapan. Y a veces esos matices son importantes, incluso pueden ser decisivos. Así ocurre con un texto como el de Jn 1,38. Se trata de la historia de los primeros discípulos que siguen a Jesús. De pronto le preguntan: “Maestro, ¿dónde vives?”. Así suelen traducir prácticamente todas las Biblias. Es una buena traducción. Pero este verbo, que traducen por vivir o habitar (“menein”) es muy utilizado en el cuarto evangelio y, en casi todas las otras ocasiones que aparece, se suele traducir por “permanecer”: “el que permanece en mi y yo en él, ese da mucho fruto”; “si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis”; “permaneced en mi amor”.