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Nov2013La hembra abrazará al varón
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Nov
“El Señor crea algo nuevo en la tierra: la hembra abrazará al varón”. Así se expresa el profeta Isaías (31,22). El texto se refiere a la reanudación de las relaciones de amor entre Israel y su esposo Yahvé. Sin embargo, leído más allá de su contexto, el texto suena un poco extraño y hace pensar: ¿representa alguna novedad que la mujer abrace al varón? En cierto modo sí. Para empezar, los abrazos solo se dan entre los seres humanos. El abrazo es una novedad en el mundo de los animales superiores. Es un signo de hominización, o sea, de un determinado grado de evolución anatómico morfológica. En el coito de los simios, la hembra solo ofrece la espalda al macho, no puede abrazarle ni ver su rostro. No es posible la intersubjetividad del amor. El abrazo recíproco y los rostros unidos es, al menos, signo de hominización. Y probablemente de humanización. Entre la sexualidad animal y la humana hay una diferencia cualitativa, porque la sexualidad humana desborda los límites de lo biológico para adentrarse en la riqueza de lo interpersonal.
Desde esta perspectiva, el texto de Isaías podría ir más allá de su sentido original y tener un alcance antropológico universal. La hominización es la base de la humanización. La base morfológica hace posible la aparición de seres humanos creados y estructurados para el encuentro amoroso. Pero no sólo el del macho con la hembra, sino el de todos los seres humanos entre sí. La bisexualidad es el prototipo biológico de una verdad de amplio alcance, pues como dice el Vaticano II “la sociedad de hombre y mujer es la expresión primera de la comunión de personas humanas, ya que el humano es, por su íntima naturaleza, un ser social, y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás”.
Que los seres humanos se abracen, o sea, vivan fraternalmente, resulta siempre una novedad. Porque lo cierto es que la historia de la humanidad es una historia de guerras, enemistades, desencuentros. La novedad que introduce la fe bíblica, sobre todo la neotestamentaria, es que la normalidad humana no está en el desencuentro, sino en la comunión. Y viviendo en comunión, los humanos se divinizan. Vuelvo a citar al Vaticano II: “El Señor, cuando ruega al Padre que todos sean uno, como nosotros también somos uno (Jn 17,21-22), abriendo perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad”.
Cuando la hembra abraza al varón (y por extensión: cuando los humanos se abrazan) ocurre algo nuevo, dice el profeta. Se abren perspectivas, dice el Vaticano II. La novedad y la perspectiva de lo divino
En ocasiones la ciencia y la fe tienen algunas o muchas cosas que decir sobre el mismo tema. Lo que dicen no puede ser contradictorio. La Verdad (de la fe) no puede oponerse a la verdad (de la ciencia). Si aparecen contradicciones, es porque o bien no se tiene claro lo que dice la fe, o bien porque las afirmaciones científicas se dan como seguras sin serlo. Cuando ciencia y fe tienen cosas que decir sobre el mismo tema, se enriquecen mutuamente y ambas nos ayudan a tener una visión más completa de la realidad.
Condiciones para creer y condiciones de la fe. Estos fueron los títulos que provocaron las reflexiones de los dos post precedentes. Se dice (y se dice bien) que la fe es un don de Dios. Pero eso no quita que sea también una tarea humana. En esta tarea humana están implicadas dos instancias: la del propio joven llamado a la fe, y la de la comunidad eclesial, responsable de presentar la fe al joven, empezando por su familia, la primera Iglesia que el joven conoce. Un gran pensador medieval, Tomás de Aquino, decía que la gracia presupone la naturaleza. Dicho en términos más actuales: el encuentro con Dios pasa siempre por caminos humanos. La fe requiere de unos presupuestos, de una tierra buena que facilite, por una parte su aparición y su desarrollo y, por otra, su conservación.
El post anterior buscaba responder a la pregunta de qué requiere un joven para abrirse a la fe. Podemos plantear otra pregunta muy relacionada con la anterior: ¿qué requiere la fe para asentarse en un joven? Yo diría que requiere convencer al joven de que Cristo es la respuesta a los grandes anhelos que anidan en su corazón. Este convencimiento ya no es solo obra de la familia, sino sobre todo de la Iglesia en su conjunto. En este terreno las parroquias y los responsables de pastoral de los colegios (católicos, por supuesto, pero quizás también es posible y deseable encontrar ofertas en los colegios no confesionales) juegan un papel fundamental: ¿qué tipo de predicación reciben nuestros jóvenes? ¿Qué clases de religión les damos? ¿Qué propuestas pastorales ofrecemos? Desgraciadamente muchos jóvenes no encuentran el necesario sustento para que en ellos arraigue la fe, una buena fe, una fe que llene sus vidas, una fe que sea algo más que doctrina, para convertirse en encuentro vivo con Jesucristo.
Cuando a un niño le preguntan: “¿tú que quieres ser de mayor?”, muchas respuestas suenan así: “yo, médico, como mi papá”; o: “yo, profesora, como mi mamá”. Los niños y los jóvenes necesitan referentes con los que identificarse, personas que les sirvan de modelos, espejos en los que mirarse. Los padres y, por extensión, las personas más cercanas a ellos, son el primer modelo. En muchas ocasiones, el niño termina pareciéndose al modelo que en su infancia le sedujo. Y cuando el niño se decanta por orientar su vida de forma distinta a la de sus progenitores, no deja de valorar el trabajo que sus padres hicieron. Más aún, el talante, el espíritu con el que sus padres desarrollaron su tarea, logra impregnar la propia y distinta tarea del niño cuando se hace mayor.
Uno de los más conocidos divulgadores de la ciencia en nuestro tiempo, Richard Dawkins, ha dado el nombre de “geriniol” a lo que él considera una peligrosa droga adictiva, que tiene efectos muy negativos. Esta droga infecta la mente de los niños, es causa de violencia y fanatismo, y habría sido la culpable del ataque del 11 de septiembre de 2001 a las torres gemelas de Nueva York. ¿Cuáles son los componentes de esta droga? No son químicos o biológicos, sino mentales. Esta droga transmite un virus de la mente, algo así como un parásito mental que se autorreplica y se transmite por imitación de padres a hijos. Dicho sin tapujos: este virus de la mente es la religión. Es fácil darse cuenta de que geriniol es un anagrama que se forma cambiando el orden de las letras de la palabra religión.
Según el libro del Génesis, en el paraíso en el que se encontraban los primeros humanos, había dos árboles extraordinarios: el de la vida y el del conocimiento del bien y del mal. Como su mismo nombre indica, se trata de dos árboles simbólicos. El árbol de la vida se encuentra en la mitología antigua. Quien come de él, obtiene la inmortalidad. El relato afirma que el hombre, mortal por naturaleza (sacado del barro), ha sido creado a imagen de Dios. Es como un “hijo de Dios”, al que se le ofrece, como un regalo, la vida inmortal. Es un regalo, no un derecho, porque sin el regalo el hombre es mortal. Sin embargo, este humano es una criatura. No tiene el conocimiento divino ni el poder absoluto de decretar lo que es bueno y lo que es malo. Este límite de la condición humana está simbolizado por el otro árbol, el árbol prohibido, el del conocimiento del bien y del mal. Por esta razón la astuta serpiente tienta a Eva, diciéndole que es posible conocer y decidir sobre el bien y el mal y, así, ir más allá del límite: “si coméis de este árbol, seréis como dioses” (Gen 3,5).
Solo cuando uno puede decir: “no te amo por lo que me puedes dar o por lo que te puedo sacar, te amo porque deseo lo mejor para ti”, solo entonces estamos ante un amor gratuito, en el que se vive la alegría del don. Eso no significa que aquellos a los que amo de esta manera no puedan darme grandes satisfacciones e incluso serme muy útiles. Lo que significa es que mi amor no está determinado por la utilidad ni por la satisfacción.