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Jul2016Vida monástica: temas para reflexionar
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Jul
La reciente constitución apostólica sobre la vida monástica indica que uno de los temas sobre los que es necesario reflexionar es el de la autonomía de los monasterios femeninos. Autonomía no es autorreferencialidad. Debe estar abierta a la comunión con los otros monasterios. De ahí la importancia y la necesidad de las federaciones. A partir de ahora no podrá haber monasterios que no estén federados.
La autonomía necesita replantearse desde la plena confianza en las monjas y también desde la comunión con el carisma compartido con la rama masculina de sus Órdenes. Esta disposición abre caminos: “Se favorecerá la asociación, también jurídica, de los monasterios con la Orden masculina correspondiente”. Otro tema importante es la formación permanente, exigencia intrínseca de la consagración religiosa. Es necesario tener monjas bien formadas y con buena base teológica. Sin buena teología no hay buena espiritualidad.
La oración litúrgica y personal es una exigencia fundamental para alimentar la contemplación. La oración monástica puede ser estímulo y guía para aquellos que no sienten la necesidad de rezar, o no saben rezar, o reducen la oración a una petición en los momentos de dificultad. La oración es ante todo alabanza y acción de gracias, que no se reduce a un momento puntual, sino que abarca todos los tiempos y dimensiones de la vida. Más aún, al recitar la liturgia las horas, las monjas se convierten en la voz de todas las personas que no rezan. Y de esta forma las arrastran con ellas hacia Dios, viviendo así la comunión de los santos y siendo solidarias con toda la humanidad.
Sin olvidar la oración de intercesión por los presos, los refugiados, los emigrantes, las víctimas de dependencias, los perseguidos, los parados, los enfermos, las familias desestructuradas… O sea, una oración que de nuevo abarca a la humanidad doliente, pobre y necesitada. “Por vuestra oración, dice el Papa, vosotras curáis las llagas de tantos hermanos”. Y recordando la escena del libro del Éxodo (17,11) en la que la oración de Moisés decide la suerte de su pueblo, Francisco dice: “Hoy, como entonces, podemos pensar que las suertes de la humanidad se deciden en el corazón orante y en los brazos levantados de las contemplativas”.
La vida comunitaria, reflejo de Dios comunión de Amor, es elemento esencial de la vida monástica. De ahí la necesidad de ser constructores de comunidad (y no solo consumidores), aportando cada uno los dones que ha recibido. La vida común es un testimonio de la belleza del vivir unidos, a pesar de las diferencias, en un mundo marcado por divisiones y desigualdades. Pues las diferencias, lejos de separar, enriquecen. La vida común es también la primera forma de evangelización: “en esto, en que os amáis unos a otros, conocerán que sois mis discípulos”.
El Papa es consciente de las dificultades y tentaciones que comporta una vida así. La más peligrosa es la apatía, la desidia, la desmotivación. Por eso, importa no sólo aprender de las monjas, sino apoyarlas y rezar por ellas.
Por fin ha salido la esperada constitución apostólica sobre la vida monástica femenina, que lleva por título: “La búsqueda del rostro de Dios”. El Papa afirma haber escrito esta constitución “tras las debidas consultas”. En este caso la frase no tiene nada de retórica. Más aún, me permito añadir: tras las debidas consultas a la base, o sea, tras una amplia encuesta a todos los monasterios de vida contemplativa. Por este motivo, las monjas esperaban expectantes el resultado de la consulta.
“Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia”, afirma el Papa Francisco. Además de otros, ofrece este primer motivo: es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Hay muchos motivos que hacen conveniente, más aún necesario como dice el Papa, volver nuestra mirada, o nuestra reflexión, hacia el misterio de la misericordia. Porque efectivamente, se trata de un misterio, una realidad que siempre se nos escapa y que, por eso, no podemos controlar del todo. Nunca acabamos de comprender esta actitud tan humana y tan divina como es la misericordia, porque parece que va más allá de todas las razones. A veces, se diría que lo razonable no es el amor, sino la indiferencia, el rechazo o incluso el odio. ¿Por qué tener misericordia de un desconocido y no digamos de alguien que nos ha hecho daño? La misericordia es, efectivamente, una realidad misteriosa. ¿Será que hay rincones del corazón humano, rincones buenos, que de vez en cuando nos sorprenden?
La razón es lo más valioso que tiene el ser humano. Pero la razón, a veces, es pretenciosa. Por ejemplo, cuando califica de infantil, cuando no de irracional, todo discurso que desemboca en lo religioso. Ya un gran matemático como Pascal hizo notar la insuficiencia del orden puramente racional. Hay que tener en cuenta, además, que lo religioso posee su ló¬gica interna. El que la racionalidad de lo religioso no coincida con la lógica de la ra¬zón analítica o instrumental no significa que en la religión no estén presentes otros tipos de razón, como la simbólica, la utópica, la vital, la hermenéutica, la narrativa, la dialéctica o la cordial. Cierto, tal como reconoce el Catecismo de la Iglesia Católica, “en el sentido de las pruebas propias de las ciencias naturales”, no podemos probar ni desprobar la existencia de Dios. Pero tam¬poco podemos dar cuenta de la verdad última de las proposiciones científicas. Desde el momento en que los enunciados empíricos basan su validez en el principio de inducción, su verdad es sólo probable, jamás absoluta. De modo que, mientras no se demuestre su falsedad , la validez de las conclusiones científicas depende de la confianza que en ellas depositemos.
El dinero es sucio. Recuerdo que un empleado de banca me decía: el dinero huele mal. Añadía, para que quedase claro lo que quería decir: huele físicamente mal. Y cuanto más se acumula, como en las cajas fuertes de los bancos, más y peor debe oler. En este caso, lo físico es reflejo de algo mucho más serio: ante el dinero parece que todos perdemos la cabeza; el dinero, en demasiadas ocasiones, corrompe a los que lo ambicionan. Y cuando alguien acumula dinero, resulta sospechoso de haberlo obtenido por medios poco confesables. No es extraño que Jesús advirtiera que uno de los grandes peligros de sus seguidores era el amor al dinero: no podéis servir a Dios y al dinero. El dinero es incompatible con el reino de Dios. Pues el dinero nos hace egoístas y el reino de Dios nos hace desprendidos.
Es práctica habitual para invitar a leer un artículo entresacar una frase llamativa que se pone como titular. A veces el titular refleja bastante bien la temática de la que trata el artículo, pero otras veces quedarse solo con el titular no es hacer justicia al pensamiento matizado expuesto en el artículo. Quedarse con una frase sacada de contexto no es garantía de conocer a un autor ni de resumir adecuadamente su pensamiento. Pongo un ejemplo personal: en un post de este blog, titulado “encuentros y desencuentros”, indicaba que Jesús nos invita al encuentro, a la buena relación con los demás. Por tanto, un cristiano debe evitar, en la medida de lo posible, todo aquello que le aleja de los demás. En el campo teológico y doctrinal, esto se traduce en la necesidad de evitar malentendidos y, en positivo, de ofrecer explicaciones que favorezcan la comunión, sin que esto implique desvirtuar la propia posición.
Respondo a una pregunta muy directa que me han planteado: ¿hay belleza en la vida consagrada? Aunque hay tantos gustos como personas, la belleza tiene algunos criterios objetivos: bello es lo armónico, lo proporcionado, lo sugerente, lo que despierta nuevos horizontes. La belleza es algo propio del objeto que se reconoce como bello, pero también depende de la apreciación que de ese objeto haga el sujeto. Por eso se dice que hay personas que están más capacitadas o que son más sensibles ante determinadas obras de arte. Se necesita una cierta sensibilidad y preparación para apreciar un poema, una pieza musical, una pintura.
La paz es efecto de la justicia, decía San Agustín. Y en el salmo 84 se afirma que la justicia y la paz se besan. Sin unos mínimos de justicia lo que aparece es el resentimiento y el odio. Por eso, los caminos de la paz pasan por un trabajo serio a favor de la justicia y de la dignidad de todos los ciudadanos. Ahora bien, no hay nada más alejado de la justicia que la venganza. Por eso la justicia debe traducirse en misericordia y perdón. Una justicia que no tiende hacia el amor resulta inhumana. La justicia sola no es suficiente para el logro de una auténtica humanidad ”si no se le permite a esa forma más profunda que es el amor plasmar la vida humana en sus diversas dimensiones” (Juan Pablo II).