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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

4
Sep
2016
Vida religiosa, ¿estado de perfección?
2 comentarios

La teología anterior al Concilio Vaticano II (por poner una fecha significativa) calificaba la vida religiosa como “estado de perfección”, quizás teniendo como trasfondo esas palabras de Jesús, según el evangelista Mateo: “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. Las dos palabras, estado y perfección, tienen su interés. Estado quiere decir estabilidad, permanencia. Perfección se contraponía a ordinario. Se consideraba que había dos caminos para conseguir la meta a la que tiende todo cristiano, el de la mayoría, y uno reservado a la minoría, que al profesar los votos de castidad, pobreza y obediencia, encontraba un vía más segura para alcanzar el cielo.

Con el Concilio y la teología post-conciliar esta consideración de la vida religiosa como estado de perfección entró en crisis. La vida religiosa pasó a considerarse un modo peculiar de vivir el cristianismo, pero no necesariamente mejor o más adecuado. Ya Tomás de Aquino notaba que en los conventos no estaban los “perfectos”, sino los que buscaban la perfección. Y cuando habla de perfección para referirse a la vida religiosa, añade una importante precisión: “perfección de la caridad”. Según el santo doctor la vida religiosa es un “aprendizaje y ejercicio para llegar a la perfección de la caridad”. Su teología sobre la vida religiosa es, en ocasiones, sorprendente. En un momento dado se pregunta si el religioso peca más gravemente que los demás cuando peca. La respuesta espontánea diría que sí. El santo dice que “depende” de si hay escándalo o no lo hay. Si no lo hay, pudiera pecar menos gravemente.

Que esta perfección característica del estado religioso se refería a la caridad era algo que, aunque no se explicitaba con demasiada frecuencia, se daba por supuesto. Con todo, insistir en la perfección daba la impresión de reducir la vida religiosa a sus aspectos más ascéticos y sacrificiales. Insistir en la caridad es presentar la vida religiosa por su lado más positivo y estimulante. En ella, las personas buscan que toda su vida se oriente a la unión con Dios y a la unión con los hermanos, signo e instrumento de la presencia de Dios en toda comunidad fraterna. En esta línea, el texto de Mateo que exhorta a “ser perfectos” encuentra en el paralelo de Lucas esta traducción: “sed misericordiosos”. La perfección es la misericordia. Para los religiosos y para todos los cristianos.

La vida religiosa es uno más de los muchos modos de vivir evangélicamente. Su interés y su valor está en su capacidad de ser estímulo y dejarse estimular. De interpelar y dejarse interpelar. De dejar de mirarse a sí misma, para abrirse a Dios y a los hermanos.

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31
Ago
2016
Lo ridículo del síndrome postvacacional
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Todos los años, cuando llega el mes de septiembre, y los niños y jóvenes regresan a los Colegios; y también muchos trabajadores, que han tenido la suerte de tener vacaciones en el mes de agosto, se reincorporan a sus trabajos, se oye hablar del síndrome postvacacional. Sin duda reemprender las tareas, tras un tiempo de ocio, supone una pequeña adaptación. Pero esta adaptación no tiene porque traducirse en depresión, angustia, tristeza, mal humor, y otros síntomas asociados al descontento o a la desilusión.

Si lo pensamos bien, la vuelta al trabajo debería ser un motivo para dar gracias a Dios. Hemos tenido la suerte de tener vacaciones. Y ahora tenemos trabajo. Somos unos privilegiados. Cuando en esta España de nuestros amores hay tanta gente que no tiene trabajo, o que no puede tener vacaciones porque tienen unos sueldos míseros que no se lo permiten, los que sí tenemos vacaciones y trabajo deberíamos bendecir a Dios por lo bien que nos cuida y, de paso, solidarizarnos con tanta gente que vive en situaciones bastante más difíciles que las nuestras. Eso mismo debemos enseñar a nuestros hijos: tienen la suerte de poder ir al Colegio, de poder formarse. Son unos privilegiados.

A veces no somos conscientes de lo que tenemos hasta que lo perdemos. Otras veces nuestras quejas son un síntoma de lo bien que estamos. A uno, que se quejaba de pagar muchos impuestos en su declaración de la renta, le pregunté: ¿pero usted, cuánto gana? El síndrome postvacacional es un síntoma de que tenemos trabajo. Volver al trabajo no es una desgracia. Es algo muy positivo. Demos gracias a Dios por ello. Y favorezcamos aquellas políticas que crean puestos de trabajo. Para que todos tengan pan. Y un poco de circo también.

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27
Ago
2016
Seminaristas y pastoral de la familia
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Siguiendo con la teología y la pastoral “temporales” del post anterior, hay en el documento del Papa sobre la familia unos números dedicados a la formación de los sacerdotes, y más en concreto, de los seminaristas, que convendría tener en cuenta y llevar cuanto antes a la práctica: “a los ministros ordenados les suele faltar formación adecuada para tratar los complejos problemas de las familias” (número 202). Conclusión: si les falta formación, mejor que no los traten. Otra conclusión mirando al futuro: “los seminaristas deberían acceder a una formación interdisciplinaria más amplia sobre noviazgo y matrimonio y no sólo en cuanto a la doctrina” (n. 203). Conclusión: no es cuestión de aprender el catecismo, es cuestión de interdisciplinariedad y de conocimiento de la realidad concreta y “temporal”.

Y también es cuestión, como dice este mismo número 203, de tener en cuenta que los futuros ministros llevan consigo heridas debidas a su propia experiencia familiar, que habrá que ayudar a cicatrizar y sanar, con cariño y comprensión. Aunque estas heridas también pueden ayudar a comprender a los heridos. Como dice la carta a los hebreos, el sacerdote es el que comprende a los débiles porque él mismo está envuelto en debilidades. Si no reconoce sus propias debilidades se sitúa en una posición farisaica, y su pastoral, en vez de ser misericordiosa, es de condenación. Lo contrario de la pastoral de Jesús, que no vino para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

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23
Ago
2016
Teología intemporal y temporal
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Un reciente documento de la Conferencia Episcopal Española sobre algunas cuestiones de cristología fue acogido por algunos con el calificativo de “intemporal”. Cuando se utiliza el término “intemporal” para criticar algún documento supongo que se quiere decir que está alejado de la realidad concreta que viven los fieles. No es fácil responder a todas las preguntas que se plantean. Tampoco resulta fácil encontrar un lenguaje comprensible y cercano. Pero hay que intentarlo.

 

Con esto de lo “temporal” y lo “intemporal” ocurre también otra cosa, a saber, que se critican algunos documentos o tomas de posición que son muy “temporales”, o sea, que abordan temas concretos de forma muy directa, pero algunos de los oyentes o lectores consideran que no hay que ser tan directos (a propósito de cuestiones de ideología de género o de orientaciones políticas, por ejemplo). Al final ya no se sabe qué es mejor: si ser temporal o intemporal. ¿O la temporalidad e intemporalidad dependen del tema de que se trate? ¿O quizás los prejuicios y la sensibilidad del oyente mueven a calificar de oportuno o inoportuno, temporal o intemporal la cuestión tratada?

 

Hablando de temporalidad e intemporalidad ofrezco una sugerencia de cara al próximo curso, dirigida a los grupos cristianos de reflexión y de estudio: la de estudiar de forma directa el estupendo documento del magisterio del Papa Francisco sobre la familia. Cuando el documento se lee sin prejuicios, sin malas intenciones, sin descalificaciones previas, nos encontramos con unas reflexiones temporales y concretas, válidas para todos, de una riqueza enorme, tanto humana como cristiana. Es verdad que en este documento hay dos tipos de reflexiones, las referidas a las familias que, con sus problemas y dificultades, viven su matrimonio cristianamente, y las referidas a aquellas situaciones en las que las dificultades se han traducido en rupturas que han forzado a tomar soluciones difíciles e inesperadas.

 

A mi me parece que la mayoría de nuestros fieles están en la primera situación, en la de la vida matrimonial vivida cristianamente, con sus dificultades, pero también con la buena voluntad de ser fieles al Señor. A ellos les recomiendo que lean los capítulos del documento de Francisco que les atañen directamente, porque les harán mucho bien. Insisto: mucho bien.

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18
Ago
2016
Monjas, religiosos y curas, ¿trabajan?
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Hay oficios en los que nunca falta el trabajo. Y no precisamente por lo difícil que es “la carrera”, sino por la falta de candidatas y candidatos. Las monjas, los frailes y los curas tienen trabajo de sobra. Cierto, en estos “oficios” también hay quienes no cumplen. Pero eso no quita que, para quienes cumplen, haya trabajo.

La falta de candidatos para religiosos y para sacerdotes no se debe a que “la paga” suela ser pequeña, en términos monetarios, sino a otros factores de tipo social y cultural que no es el momento de analizar ahora. La paga no es muy elevada, pero hay que decir algo más: nadie entra en un noviciado o en un seminario pensando en el dinero. Y si, por una de esas cosas que también pasan a veces, alguien entra pensando en el dinero o en la promoción social, se ha equivocado de lugar. Y lo más probable es que no sea feliz y, lo que es peor, haga infelices a los demás.

Todos sabemos, por ejemplo, que muchos enfermos, en los hospitales, prefieren ser atendidos por enfermeras monjas, porque ellas tienen fama de no medir el tiempo y de saber consolar y escuchar. Que quede claro: conozco a enfermeras y enfermeros laicos que hacen una labor humana que va más allá de lo profesional. Pero lo que quiero decir es que las religiosas y los religiosos, si son fieles a su vocación, no tienen un tiempo contado, porque el tiempo está en función de la persona a la que atienden y no en función de un horario. Si eso también ocurre en el caso de algunos laicos, mejor que mejor, porque la sorpresa del enfermo y de su familia es mayor. Por eso, si son creyentes, su testimonio es más creíble y, si no son creyentes, su dedicación es más admirable.

También los curas, los buenos curas, que de todo hay, como en todas las profesiones y oficios, no tienen horarios fijos. Si son fieles a su vocación, todo su tiempo está en función de los fieles que les han confiado. Este es uno de los sentidos del celibato: una donación completa de la propia vida a Dios y, en consecuencia, una vocación asumida totalmente, sin reservas. Porque en estos oficios clericales (monjas, religiosos, curas) se trata de vocaciones libres, pero rigurosas.

También las monjas y monjes contemplativos, así como las y los eremitas, se ganan el pan con su trabajo, aunque dedican muchas más horas a la oración, a la meditación, o sencillamente a “no hacer nada”, que al trabajo material. Ellas y ellos son un signo de contraste para este mundo obsesionado por el dinero e incluso por el esfuerzo. Las personas de hoy tienen horror al “tiempo vacío” y, por eso, siempre están ocupadas, bien trabajando, bien escuchando música, viendo la televisión o chateando por el móvil o el ordenador. No hacer nada les causa pavor. Las monjas y monjes, que dedican más tiempo a “no hacer nada” que a trabajar, son un signo de contraste, que plantea una pregunta: ¿a qué se dedican, qué hacen no haciendo nada? El ser humano no está hecho para hacer, sino para ser.

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14
Ago
2016
Amistad de oro
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El deporte es competencia. Los que participan en las olimpiadas quieren ganar. Para que uno gane, otros tienen que perder. Pero el deporte puede y debe vivirse como una competencia sana. En la que el perdedor no se sienta humillado. Hay dos datos en las olimpiadas que ayudan a fortalecer este dicho de que más importante que ganar es participar. El primero: no es solo uno el que sube al podio. Son tres los que reciben medalla, son tres los reconocidos como mejores. Y en el podio, normalmente, tras la entrega de las medallas, los tres suben abrazados al cajón más alto, como signo de unidad y de encuentro. Por otra parte, los vencedores son muy conscientes de que los perdedores son casi igual de buenos que ellos, porque las diferencias entre unos y otros, en las pruebas de velocidad por ejemplo, son de centésimas de segundo. Todos son muy buenos. Las diferencias entre unos y otros son mínimas. He ahí un dato importante que todos deberíamos aprender: lo que me separa del otro es tan pequeño, tan pequeño, que, en el fondo, no vale la pena envidiarle.


Hay otro aspecto importante que queda bien realzado cuando se compite en equipo. El equipo es motivo de amistad. Eso ha quedado claro en el triunfo de Rafael Nadal con su compañero de dobles, Marc López. Ambos han transmitido valores como esfuerzo, valor, tesón. Y algo más. Una persona me ha enviado esta reflexión: “En época de mobbing, bulling, Rafa y Marc nos han transmitido el valor de la confianza y la amistad en el otro, del apoyo mutuo, de poner en común cada cual sus dones. La amistad, ese plus que da alas en la consecución de objetivos. La amistad, aliento de Vida”. Efectivamente, en un mundo dónde abunda el acoso, el “quítate tú para que me ponga yo”, es importante esta imagen de dos amigos que se abrazan, la imagen de que hay sitio para todos.


Más aún: Otro abrazo, el de Nadal con el argentino Del Potro, el abrazo del perdedor con el ganador, es signo de que podemos reconocer los valores del hermano sin celos, ni envidias, ni enemistades. Solo saben ganar los que saben perder. Cuando pierden no se hunden y cuando ganan no se ensoberbecen. No es bueno alegrarse de las derrotas ajenas. Porque el fracaso, la derrota, el no ser el primero, un día me alcanzará a mi. Y en ese momento lo que me gustaría no es que el otro se riera, sino que me diera la mano y me dijera: “tranquilo, solo era un juego”. El juego acaba, la amistad perdura.


Cierto, el deporte es también un colosal negocio. Aún así, me ha parecido oportuno destacar algunos de sus lados buenos. Y puestos a destacar cosas buenas, vuelvo a tomar prestadas las palabras de esa persona que antes he citado y que me ofrece esta otra reflexión: “Es hermoso ver como el extraterrestre Phelps vuelve a la piscina para firmar una salida como le corresponde, dejando atrás las sombras, rescatado por el amor de su pareja y su hijo. Y es que los héroes deportivos son seres frágiles en la vida cotidiana. Necesitan de personas que les quieran por ellos mismos. No todos lo consiguen, devienen juguetes rotos, ícaros de alas quemadas. Muchos se aprovechan de ellos, producen mucho dinero, imágenes de marcas, en esta época de consumo masivo de imágenes, de nuevas sensaciones. ¡Ojala los valores auténticos del deporte lleguen a la vida cotidiana!”.

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11
Ago
2016
Cuando Dios y los hermanos saben donde estoy
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Según el primer libro de la Biblia, Dios, tras crear al ser humano, le ofrece una serie de indicaciones, pero no hay ninguna respuesta. Quizás porque no es necesaria. La primera respuesta se produce una vez que el ser humano ha roto las amistades con Dios. Entonces Dios se preocupa y le interpela: “¿dónde estás?”. Respuesta de Adán: tengo miedo, miedo de ti, por eso me he escondido. Grave error: un Dios temible es un falso Dios. Pero la pregunta por el dónde estás es significativa: lejos de Dios, no estamos en el buen lugar. La pregunta quiere hacer caer en la cuenta de cuál es el lugar en que estamos bien. Cuándo estamos mal, la pregunta por el dónde estás o por el qué te pasa, es una invitación a volver a estar bien.

La segunda vez que el humano entabla un diálogo con Dios es después de otra pérdida de amistades, en este caso entre los hermanos, que conduce a un asesinato. Dios vuelve a preocuparse: “¿dónde está tu hermano?”. Otra vez una mala respuesta: “No sé. ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?”. Claro que sabes dónde está tu hermano: lejos de ti, porque tú lo has rechazado. Y sí, eres su guardián, no has sabido ser lo que eres. Las dos preguntas, dónde estás y dónde está tu hermano, son indisociables, como indisociable es la relación con Dios y la relación con el hermano. Cuando damos la espalda a Dios nos alejamos del hermano. Y cuando nos alejamos del hermano nos enemistamos con Dios. Uno y otro aspecto van unidos. Las dos preguntas, cómo me sitúo ante Dios y cómo me sitúo ante el hermano, son indisociables. La buena relación con Dios nos asegura una buena relación con los otros hombres. Y la mala relación con los otros humanos, es el síntoma más claro de la mala relación de Dios. Aunque esa mala relación con los otros se excuse, como a veces ocurre, en motivos religiosos: es un pecador.

El primer contrapunto a estas historias en las que se pierden las amistades, es la historia de Abrahán. Tras pasar por una serie de dificultades, de dudas, de incertidumbres, Dios interpela a Abrahán, le llama: “Abrahán, Abrahán”. Y de pronto aparece una respuesta distinta: “Aquí estoy” (Gen 22,1). En vez de esconderse, como Adán, o en vez de desentenderse del hermano, como Caín, Abrahán se fía incondicionalmente, se pone en manos de Dios. Esta respuesta de Abrahán anticipa otra respuesta, esta vez definitiva: “Aquí estoy, oh Dios, he venido para hacer tu voluntad”. Son las primeras palabras que Jesús pronunció al entrar en este mundo (según Heb 10,7).

Si la respuesta a la pregunta: ¿dónde estás?, es el silencio del que se esconde, y si la respuesta a la pregunta: ¿dónde está tu hermano?, es el odio del que no quiere hermanos, entonces estamos mal situados. Si la respuesta a la pregunta por el dónde estás es: “aquí estoy”, entonces estamos bien situados. Porque cuando Dios y los hermanos saben dónde estoy, es porque estoy dispuesto a encontrarme con ellos.

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6
Ago
2016
Estudiar para comunicar lo contemplado
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Predicar consiste en comunicar a otros lo que uno ha contemplado. Estas palabras, inspiradas en Tomás de Aquino, resumen, a mi entender, lo que, entre los dominicos se conoce como “misión intelectual” de la Orden. En efecto, el estudio, uno de los elementos esenciales que definen el carisma de la Orden, no tiene valor por sí mismo, está al servicio de la predicación. Ahora bien, una predicación que no esté avalada por el estudio, se convierte en un recetario de frases piadosas o de fórmulas genéricas que no iluminan la inteligencia. Y sin luz, no hay modo de caminar en la vida, ni de saber a dónde vamos.

La Orden de Predicadores siempre ha considerado el estudio como absolutamente esencial, como una exigencia vital. Ya el Cardenal Cayetano declaró en 1513 algo que debería hacernos pensar y, sobre todo, que debería estimular a toda dominica y a todo dominico: “Que otros se alegren de sus prerrogativas; en cuanto a nosotros, si no nos distinguimos por la Sagrada Doctrina, nuestra Orden ya no tiene más razón de ser”. Y el P. Lacordaire, restaurador de la Orden en Francia, hablaba de que para ser dominico no bastaba “conocer y practicar la disciplina de la Orden”; así, decía Lacordaire, se es “dominico de corazón”; pero es necesario, además, ser dominicos “por la inteligencia”.

A veces, entre los dominicos, se ha distinguido y hasta contrapuesto, los frailes que se dedicaban al estudio y los que se dedicaban a la predicación. Distinción fatal, que reposa sobre un triste equívoco. Pues la predicación supone el estudio y el estudio está al servicio de la predicación y del apostolado.

El objetivo de la predicación es la salvación de las personas. La salvación viene del encuentro con Jesucristo. Para encontrarlo es necesario que alguien lo dé a conocer. Esa es la función del predicador. Ahora bien, para dar a conocer a Jesucristo es necesario haberlo encontrado previamente. El estudio ayuda a profundizar el encuentro y a presentar al Señor Jesús de forma atrayente y adecuada, con un lenguaje inteligible, respondiendo a las dificultades que los oyentes puedan encontrar y, sobre todo, mostrando la cara más auténtica de Jesús que no es otra que gracia y misericordia. Visto así, el estudio de la teología engendra amistad, primero con Dios y luego con las personas a las que se dirige el predicador.

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2
Ago
2016
La oscura celda, estación de paso
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“La oscura celda no es estación término”. Así reza el verso que una persona amiga me ha enviado debajo de la foto del Papa sentado en la celda en la que murió Maximiliano Kolbe. Murió, sí. Como todos. Pero en este caso le mataron. ¿Y qué hace el Papa en el lugar del martirio del religioso franciscano, del hermano menor, del que entregó la vida para salvar a otro hermano desconocido? La rabia, e incluso el deseo de venganza serían comprensibles. El clamor por la justicia sería igualmente comprensible y más cristiano. El reclamo de la verdad sería otra salida digna. Pues bien, Francisco no tiene rabia, no pide venganza, ni justicia, ni verdad. No culpa a nadie. No pregunta por el silencio de Dios. Es él, el Papa, el que guarda silencio. Silencio significativo, silencio que invita a la reflexión, silencio que es un grito de horror.

Cuando se decide a hablar solo pide perdón. Lo pide en primera persona. Porque todos necesitamos perdonar y ser perdonados. “Perdón, Señor, ante tanto horror”. Perdón, Señor, a ti que eres Misericordioso, rico en Misericordia. Rico, o sea, que te sobra por todas partes, que tienes tanta que desborda y parece que se pierde inútilmente. Pero en esta palabra de perdón está nuestra salvación. La salvación para unos y para otros, para víctimas y verdugos. Para que un día deje de haber víctimas y verdugos y aparezca una nueva humanidad, una nueva hombría, en la que todos vivamos reconciliados, unidos, enlazados, porque el amor llena nuestra vida.

La palabra del perdón el Papa la pronuncia en esta celda oscura, signo de los infiernos que los hombres somos capaces de crear. Y al pronunciarla desde ese oscuro lugar, el perdón se abre a la esperanza de la misericordia. Esta esperanza que está segura de que las celdas oscuras no son estación término. Solo son estación de paso. Porque hay vida. La Vida que en Jesucristo se manifestó. Vida más fuerte que todas las muertes. Vida que es luz. Por eso la segunda foto que ofrezco es la ofrenda de luz que el Papa hizo en Auschwitz-Birkenau, frente al monumento a todas las víctimas. Allí están los nombres que los hombres no deberíamos olvidar nunca. Los hombres, sí, porque Dios siempre recuerda nuestro nombre.

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30
Jul
2016
Vida monástica: temas para reflexionar
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La reciente constitución apostólica sobre la vida monástica indica que uno de los temas sobre los que es necesario reflexionar es el de la autonomía de los monasterios femeninos. Autonomía no es autorreferencialidad. Debe estar abierta a la comunión con los otros monasterios. De ahí la importancia y la necesidad de las federaciones. A partir de ahora no podrá haber monasterios que no estén federados.

La autonomía necesita replantearse desde la plena confianza en las monjas y también desde la comunión con el carisma compartido con la rama masculina de sus Órdenes. Esta disposición abre caminos: “Se favorecerá la asociación, también jurídica, de los monasterios con la Orden masculina correspondiente”. Otro tema importante es la formación permanente, exigencia intrínseca de la consagración religiosa. Es necesario tener monjas bien formadas y con buena base teológica. Sin buena teología no hay buena espiritualidad.

La oración litúrgica y personal es una exigencia fundamental para alimentar la contemplación. La oración monástica puede ser estímulo y guía para aquellos que no sienten la necesidad de rezar, o no saben rezar, o reducen la oración a una petición en los momentos de dificultad. La oración es ante todo alabanza y acción de gracias, que no se reduce a un momento puntual, sino que abarca todos los tiempos y dimensiones de la vida. Más aún, al recitar la liturgia las horas, las monjas se convierten en la voz de todas las personas que no rezan. Y de esta forma las arrastran con ellas hacia Dios, viviendo así la comunión de los santos y siendo solidarias con toda la humanidad.

Sin olvidar la oración de intercesión por los presos, los refugiados, los emigrantes, las víctimas de dependencias, los perseguidos, los parados, los enfermos, las familias desestructuradas… O sea, una oración que de nuevo abarca a la humanidad doliente, pobre y necesitada. “Por vuestra oración, dice el Papa, vosotras curáis las llagas de tantos hermanos”. Y recordando la escena del libro del Éxodo (17,11) en la que la oración de Moisés decide la suerte de su pueblo, Francisco dice: “Hoy, como entonces, podemos pensar que las suertes de la humanidad se deciden en el corazón orante y en los brazos levantados de las contemplativas”.

La vida comunitaria, reflejo de Dios comunión de Amor, es elemento esencial de la vida monástica. De ahí la necesidad de ser constructores de comunidad (y no solo consumidores), aportando cada uno los dones que ha recibido. La vida común es un testimonio de la belleza del vivir unidos, a pesar de las diferencias, en un mundo marcado por divisiones y desigualdades. Pues las diferencias, lejos de separar, enriquecen. La vida común es también la primera forma de evangelización: “en esto, en que os amáis unos a otros, conocerán que sois mis discípulos”.

El Papa es consciente de las dificultades y tentaciones que comporta una vida así. La más peligrosa es la apatía, la desidia, la desmotivación. Por eso, importa no sólo aprender de las monjas, sino apoyarlas y rezar por ellas.

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