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Sep2016Vida religiosa, ¿estado de perfección?
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Sep
La teología anterior al Concilio Vaticano II (por poner una fecha significativa) calificaba la vida religiosa como “estado de perfección”, quizás teniendo como trasfondo esas palabras de Jesús, según el evangelista Mateo: “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. Las dos palabras, estado y perfección, tienen su interés. Estado quiere decir estabilidad, permanencia. Perfección se contraponía a ordinario. Se consideraba que había dos caminos para conseguir la meta a la que tiende todo cristiano, el de la mayoría, y uno reservado a la minoría, que al profesar los votos de castidad, pobreza y obediencia, encontraba un vía más segura para alcanzar el cielo.
Con el Concilio y la teología post-conciliar esta consideración de la vida religiosa como estado de perfección entró en crisis. La vida religiosa pasó a considerarse un modo peculiar de vivir el cristianismo, pero no necesariamente mejor o más adecuado. Ya Tomás de Aquino notaba que en los conventos no estaban los “perfectos”, sino los que buscaban la perfección. Y cuando habla de perfección para referirse a la vida religiosa, añade una importante precisión: “perfección de la caridad”. Según el santo doctor la vida religiosa es un “aprendizaje y ejercicio para llegar a la perfección de la caridad”. Su teología sobre la vida religiosa es, en ocasiones, sorprendente. En un momento dado se pregunta si el religioso peca más gravemente que los demás cuando peca. La respuesta espontánea diría que sí. El santo dice que “depende” de si hay escándalo o no lo hay. Si no lo hay, pudiera pecar menos gravemente.
Que esta perfección característica del estado religioso se refería a la caridad era algo que, aunque no se explicitaba con demasiada frecuencia, se daba por supuesto. Con todo, insistir en la perfección daba la impresión de reducir la vida religiosa a sus aspectos más ascéticos y sacrificiales. Insistir en la caridad es presentar la vida religiosa por su lado más positivo y estimulante. En ella, las personas buscan que toda su vida se oriente a la unión con Dios y a la unión con los hermanos, signo e instrumento de la presencia de Dios en toda comunidad fraterna. En esta línea, el texto de Mateo que exhorta a “ser perfectos” encuentra en el paralelo de Lucas esta traducción: “sed misericordiosos”. La perfección es la misericordia. Para los religiosos y para todos los cristianos.
La vida religiosa es uno más de los muchos modos de vivir evangélicamente. Su interés y su valor está en su capacidad de ser estímulo y dejarse estimular. De interpelar y dejarse interpelar. De dejar de mirarse a sí misma, para abrirse a Dios y a los hermanos.
Todos los años, cuando llega el mes de septiembre, y los niños y jóvenes regresan a los Colegios; y también muchos trabajadores, que han tenido la suerte de tener vacaciones en el mes de agosto, se reincorporan a sus trabajos, se oye hablar del síndrome postvacacional. Sin duda reemprender las tareas, tras un tiempo de ocio, supone una pequeña adaptación. Pero esta adaptación no tiene porque traducirse en depresión, angustia, tristeza, mal humor, y otros síntomas asociados al descontento o a la desilusión.
Siguiendo con la teología y la pastoral “temporales” del post anterior, hay en el documento del Papa sobre la familia unos números dedicados a la formación de los sacerdotes, y más en concreto, de los seminaristas, que convendría tener en cuenta y llevar cuanto antes a la práctica: “a los ministros ordenados les suele faltar formación adecuada para tratar los complejos problemas de las familias” (número 202). Conclusión: si les falta formación, mejor que no los traten. Otra conclusión mirando al futuro: “los seminaristas deberían acceder a una formación interdisciplinaria más amplia sobre noviazgo y matrimonio y no sólo en cuanto a la doctrina” (n. 203). Conclusión: no es cuestión de aprender el catecismo, es cuestión de interdisciplinariedad y de conocimiento de la realidad concreta y “temporal”.
Un reciente documento de la Conferencia Episcopal Española sobre algunas cuestiones de cristología fue acogido por algunos con el calificativo de “intemporal”. Cuando se utiliza el término “intemporal” para criticar algún documento supongo que se quiere decir que está alejado de la realidad concreta que viven los fieles. No es fácil responder a todas las preguntas que se plantean. Tampoco resulta fácil encontrar un lenguaje comprensible y cercano. Pero hay que intentarlo.
Hay oficios en los que nunca falta el trabajo. Y no precisamente por lo difícil que es “la carrera”, sino por la falta de candidatas y candidatos. Las monjas, los frailes y los curas tienen trabajo de sobra. Cierto, en estos “oficios” también hay quienes no cumplen. Pero eso no quita que, para quienes cumplen, haya trabajo.
El deporte es competencia. Los que participan en las olimpiadas quieren ganar. Para que uno gane, otros tienen que perder. Pero el deporte puede y debe vivirse como una competencia sana. En la que el perdedor no se sienta humillado. Hay dos datos en las olimpiadas que ayudan a fortalecer este dicho de que más importante que ganar es participar. El primero: no es solo uno el que sube al podio. Son tres los que reciben medalla, son tres los reconocidos como mejores. Y en el podio, normalmente, tras la entrega de las medallas, los tres suben abrazados al cajón más alto, como signo de unidad y de encuentro. Por otra parte, los vencedores son muy conscientes de que los perdedores son casi igual de buenos que ellos, porque las diferencias entre unos y otros, en las pruebas de velocidad por ejemplo, son de centésimas de segundo. Todos son muy buenos. Las diferencias entre unos y otros son mínimas. He ahí un dato importante que todos deberíamos aprender: lo que me separa del otro es tan pequeño, tan pequeño, que, en el fondo, no vale la pena envidiarle.
Según el primer libro de la Biblia, Dios, tras crear al ser humano, le ofrece una serie de indicaciones, pero no hay ninguna respuesta. Quizás porque no es necesaria. La primera respuesta se produce una vez que el ser humano ha roto las amistades con Dios. Entonces Dios se preocupa y le interpela: “¿dónde estás?”. Respuesta de Adán: tengo miedo, miedo de ti, por eso me he escondido. Grave error: un Dios temible es un falso Dios. Pero la pregunta por el dónde estás es significativa: lejos de Dios, no estamos en el buen lugar. La pregunta quiere hacer caer en la cuenta de cuál es el lugar en que estamos bien. Cuándo estamos mal, la pregunta por el dónde estás o por el qué te pasa, es una invitación a volver a estar bien.
Predicar consiste en comunicar a otros lo que uno ha contemplado. Estas palabras, inspiradas en Tomás de Aquino, resumen, a mi entender, lo que, entre los dominicos se conoce como “misión intelectual” de la Orden. En efecto, el estudio, uno de los elementos esenciales que definen el carisma de la Orden, no tiene valor por sí mismo, está al servicio de la predicación. Ahora bien, una predicación que no esté avalada por el estudio, se convierte en un recetario de frases piadosas o de fórmulas genéricas que no iluminan la inteligencia. Y sin luz, no hay modo de caminar en la vida, ni de saber a dónde vamos.
“La oscura celda no es estación término”. Así reza el verso que una persona amiga me ha enviado debajo de la foto del Papa sentado en la celda en la que murió Maximiliano Kolbe. Murió, sí. Como todos. Pero en este caso le mataron. ¿Y qué hace el Papa en el lugar del martirio del religioso franciscano, del hermano menor, del que entregó la vida para salvar a otro hermano desconocido? La rabia, e incluso el deseo de venganza serían comprensibles. El clamor por la justicia sería igualmente comprensible y más cristiano. El reclamo de la verdad sería otra salida digna. Pues bien, Francisco no tiene rabia, no pide venganza, ni justicia, ni verdad. No culpa a nadie. No pregunta por el silencio de Dios. Es él, el Papa, el que guarda silencio. Silencio significativo, silencio que invita a la reflexión, silencio que es un grito de horror.
Cuando se decide a hablar solo pide perdón. Lo pide en primera persona. Porque todos necesitamos perdonar y ser perdonados. “Perdón, Señor, ante tanto horror”. Perdón, Señor, a ti que eres Misericordioso, rico en Misericordia. Rico, o sea, que te sobra por todas partes, que tienes tanta que desborda y parece que se pierde inútilmente. Pero en esta palabra de perdón está nuestra salvación. La salvación para unos y para otros, para víctimas y verdugos. Para que un día deje de haber víctimas y verdugos y aparezca una nueva humanidad, una nueva hombría, en la que todos vivamos reconciliados, unidos, enlazados, porque el amor llena nuestra vida.
La reciente constitución apostólica sobre la vida monástica indica que uno de los temas sobre los que es necesario reflexionar es el de la autonomía de los monasterios femeninos. Autonomía no es autorreferencialidad. Debe estar abierta a la comunión con los otros monasterios. De ahí la importancia y la necesidad de las federaciones. A partir de ahora no podrá haber monasterios que no estén federados.