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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

24
Nov
2016
Culpar a los de dentro en vez de felicitarles
9 comentarios

Estoy convencido de que la actual crisis vocacional no se debe a razones religiosas, sino a razones sociales y culturales. Lo digo, porque se encuentra uno con gente que considera que la prueba de lo mal que está la vida religiosa es el número de sus miembros: son pocos y, se añade a veces: además viejos (como si tener años fuera algo malo). La causa del ser pocos parece que está en los pocos que somos. No es un juego de palabras, ni una adivinanza: se culpa a los pocos que somos de que seamos pocos. A mi me parece que lo normal sería felicitar a los pocos que somos por mantenernos fieles y por seguir adelante con nuestra vocación y nuestras misiones, a pesar de las dificultades con las que, a veces nos encontramos.

Siempre se puede decir que los pocos que somos, somos muy malos y esa es la causa de que no vengan más. Lo primero que habría que demostrar es que somos malos. Y, lo segundo, y más importante, es que tras esta observación late el presupuesto de que antes eran muchos porque eran buenos. El que así piensa no está bien informado de cómo era antaño la vida en los monasterios y conventos. Y al no estar bien informado, imagina lo que no había y desconoce lo que había. La proyección de nuestros deseos en el pasado nos hace pensar falsamente que cualquier tiempo pasado fue mejor. Probablemente la mayoría de los tiempos pasados fueron peores. Y si antaño había más monjas y frailes que hogaño era presumiblemente por razones sociales.

Las sombras que hoy aparecen también existían en el pasado. Pongo un ejemplo de mi propia casa. Sería interesante realizar una lectura de lo que se esconde detrás de algunos relatos de Constantino de Orvieto o de Humberto de Romans sobre frailes que abandonaban a santo Domingo o sobre las reprensiones e incluso los castigos que infligía a los frailes, según algunos testigos del proceso de canonización; o las quejas de Jordán de Sajonia por los superiores que no se preocupan por el estudio de los frailes. Otro ejemplo, éste de un pasado más remoto: En una de sus homilías Gregorio Magno dice que sobran sacerdotes; lo que falta son sacerdotes que cumplan con su ministerio de predicar; igualmente, dice Gregorio, sobran candidatos al episcopado, pero cuando llegan abandonan las obligaciones de este ministerio.

Lo importante no es cuántos somos, sino cómo somos y si somos felices con lo que somos. Además, las cosas buenas siempre son para pocos. Los números no garantizan nada. Cuando se dice que los números hablan hay que preguntarse con qué otros números se los compara. Jesús dijo bien claro que la mies era abundante y los trabajadores pocos. De ahí no concluyó que hubiera que trabajar el doble. Añadió que había que rezar al dueño de la mies para que enviase trabajadores a su mies. Lo que no dijo es el número de trabajadores que con esa oración iban a llegar. Pienso que el dueño de la mies siempre envía los trabajadores necesarios para cada circunstancia histórica.

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21
Nov
2016
Seguimos en el tiempo de la misericordia
3 comentarios

El año jubilar de la misericordia ha terminado. Lo que no ha terminado, ni puede terminar nunca, es el tiempo de la misericordia, porque ella expresa la verdad profunda del Evangelio. El Papa, en su carta apostólica Misericordia et misera, lo dice de forma gráfica: “termina el jubileo y se cierra la Puerta Santa. Pero la puerta de la misericordia de nuestro corazón permanece siempre abierta, de par en par”.

Para dejar muy claro que esta puerta de la misericordia va más allá del año jubilar, el Papa Francisco, en su carta, ha realizado algunas concesiones significativas. Destaco estas dos: en adelante todos los sacerdotes podrán absolver el pecado del aborto; por otra parte, los sacerdotes de la fraternidad San Pío X pueden otorgar válida y lícitamente la absolución sacramental. Son dos gestos llamativos, pero de lo que se trata es de dejar claro que la misericordia no tiene límites y que la Iglesia debe mostrar con sus signos que ella no pone obstáculo alguno a quienes buscan la reconciliación y el perdón de Dios por medio del sacramento.

Estas concesiones no avalan lo que no se puede avalar. Por eso el Papa deja muy claro que el aborto es un pecado grave, pero con la misma claridad hay que afirmar que no existe ningún pecado que la misericordia de Dios no pueda alcanzar y destruir. Y en lo referente a la fraternidad San Pío X (fundada por el Obispo Marcel Lefreve, desobediente al Concilio Vaticano II y a los últimos Papas) Francisco expresa su deseo de que los fieles y sacerdotes adictos a ella recuperen su comunión plena con la Iglesia católica.

Además de estos gestos, destaco dos insistencias del Papa sobre dos lugares necesitados de misericordia. Ante todo, las personas socialmente excluidas, que necesitan encontrarse con personas misericordiosas: masas empobrecidas, niños hambrientos, presos, enfermos, emigrantes, personas sin hogar ni techo, nuevas formas de esclavitud (sobre todo en niñas) y tantas situaciones que son la contrapartida de la cultura del individualismo, de la pérdida del sentido de la solidaridad y de la responsabilidad hacia los demás.

El otro espacio necesitado de misericordia es el de las familias en crisis. La realidad familiar actual es muy compleja. Cada uno lleva a cuestas su propia historia, única e irrepetible. Esto exige, sobre todo de parte del sacerdote, un discernimiento espiritual atento para que cada uno, sin excluir a nadie, sin importar la situación que viva, pueda sentirse acogido concretamente por Dios, participar activamente en la vida de la comunidad y ser admitido en el Pueblo de Dios. El que quiera entender, que entienda.

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17
Nov
2016
Hablar de gracia, salvación y misericordia
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Gracia, salvación, misericordia son tres palabras muy positivas. Están muy relacionadas, más aún, entrelazadas, la una no puede existir sin las otras. Las tres remiten a lo más fundamental de la fe cristiana: Jesucristo, “por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajo del cielo”. En Jesucristo queda claro que Dios es un Dios de los hombres, un Dios de salvación, un Dios cercano. Bajó del cielo para salvarnos, no desde la lejanía, no desde fuera, sino desde nuestra propia realidad y a partir de ella. Y eso por puro amor, un amor gratuito. No por nuestros méritos, no por nuestras fuerzas o exigencias, sino por pura benevolencia, por gracia. Una gracia que también es misericordia, o sea, es la actitud del que quiere ayudar. Nos ayuda a realizar nuestra vocación divina, aquello para lo que hemos sido creados, pero que no podemos alcanzar por nuestras fuerzas o por nuestros medios. Si Dios nos eleva, nos diviniza, es porque así le place.

Estas tres palabras tan positivas parece que resultan hoy difíciles de comprender. Y con la dificultad de comprensión aparece algo más grave: la dificultad de aceptar lo que ellas significan. En este mundo nuestro, donde lo que se valora es lo que tiene precio, lo costoso, se diría que las cosas “gratuitas” son precisamente las que no valen nada. En este mundo nuestro, donde lo que se exige es la justicia, se diría que la misericordia es un acto de debilidad, que para colmo prescinde de la justicia. En este mundo nuestro, en donde cada uno quiere realizarse por sus propios medios y poner en valor sus muchas posibilidades, una salvación que viene de fuera no tiene sentido. No queremos que son salven, queremos salvarnos nosotros mismos. No queremos ser deudores de nadie, queremos que nos den lo nuestro, lo que nos hemos ganado.

Y, sin embargo, en este mundo donde hay tanta pobreza, tanta guerra, tanta hambre, tantas personas abandonadas o expulsadas de sus tierras, donde el trabajo se ha convertido en un privilegio, donde hay más miseria y necesidad que nunca, muchos reclaman una sociedad alternativa, basada en valores distintos de los mercantiles, una sociedad que vaya más allá de los “papeles” y de los “derechos”, una sociedad en donde lo justo no sea lo que a cada uno se le debe o lo que uno se ha ganado, sino el que todos estén bien, el que haya pan para todos, no importa cuales sean los medios para estar bien y para tener comida.

En una sociedad en donde lo que cuenta es el esfuerzo, el rendimiento, el éxito y la conquista, es más necesario que nunca anunciar que Dios regala gratuitamente la vida, que acoge misericordiosamente a los que nada pueden exhibir, que perdona a los pecadores, que justifica a los que no tienen derecho. Este anuncio nos llama a vivir de otra manera, con criterios distintos a los del mundo.

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13
Nov
2016
Transmitir el consuelo de Dios
1 comentarios

“Dios Padre, que nos ha amado tanto, y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, os consuele internamente”. Así se expresa el apóstol Pablo dirigiéndose a los tesalonicenses. El Padre del cielo nos ama como no se puede amar más, y es eso es para nosotros un motivo de gran consuelo y de gran esperanza. Efectivamente, unidos a Dios no hay penas ni aflicciones, él nos devuelve la alegría cada vez que la perdemos, porque él solo quiere que seamos felices. Este consuelo de Dios es un efecto de su misericordia: Dios tiene un corazón sensible ante nuestras miserias, pobrezas, debilidades y necesidades. Un corazón apasionado que le hace sufrir con nuestros sufrimientos y alegrarse con nuestras alegrías. Por eso su amor es motivo de gran consuelo.

Ahora que vamos a concluir el año jubilar de la misericordia, es bueno recordar que todos estamos llamados a reproducir en nuestras vidas este corazón misericordioso de Dios, que en Jesús encontró su mejor realización humana. Un cristiano está invitado a tener un corazón como el de Jesús. Algunas personas son para nosotros un estímulo para acoger esta invitación. Pensemos, por ejemplo, en el estímulo que supone Domingo de Guzmán (por referirme a alguien que puede unir el jubileo de la misericordia, que acaba, con el jubileo por los 800 años de la Orden de Predicadores que continúa). Ya “desde su infancia, según dicen sus biógrafos, creció en él la compasión, de modo que, concentraba en sí mismo las miserias de los demás, hasta el punto de que no podía contemplar aflicción alguna sin participar de ella”. Al contemplar la miseria ajena, él se unía a la miseria contemplada. Y participaba de ella, o sea, la compartía, y así la aliviaba.

Para Domingo la misericordia no era solo un sentimiento. Se traducía en ayuda concreta, en gestos solidarios. Cuando una gran hambre sobrevino en Palencia, Domingo terminó entregando a los pobres todas sus pertenencias. No entregó lo que le sobraba, sino lo que necesitaba. En este contexto se sitúa el famoso episodio de un Domingo que vende sus libros, las pieles muertas (porque de pieles de cordero estaban hechos los libros), para que los hermanos en carne viva pudieran comer. ¿Saben ustedes lo que valía un buen libro en tiempos de Santo Domingo? Más o menos el precio de una vivienda de la época. Si hubiera que traducir este gesto en términos actuales, habría que hablar de alguien que vende su piso para dar el dinero a los que arriesgan su vida en las barcazas que cruzan el mar Mediterráneo.

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9
Nov
2016
De tal idea de Iglesia, tal vida eclesial
5 comentarios

La idea que nos hacemos de la Iglesia determina nuestra vida eclesial. Si la Iglesia es “el párroco”, seguramente nuestra vida eclesial es muy pobre, aunque los domingos vayamos a la celebración eucarística. Si los laicos piensan que la Iglesia es el párroco, entonces ellos no se sienten responsables de nada. Si el que piensa que la Iglesia es el párroco es el propio párroco, entonces este párroco solo sirve para decir Misa a gente muy sumisa, nada crítica y nada participativa.

Ahora bien, si la Iglesia somos todos los cristianos, entonces cada uno somos responsables de los demás, y también responsables de organizarnos, de participar, de opinar, de ayudar. Claro que hay que organizarse, y en la Iglesia hay distintas funciones, ministerios y tareas. Nada es de uno, todo es de todos. La Eucaristía no es algo propio del sacerdote celebrante. En la Misa participan muchos ministros: monitores, cantores, salmistas, lectores; otros que preparan la asamblea y lo necesario para la celebración. El celebrante tiene que respetar la labor de cada uno de esos servicios y ministerios. El papel del celebrante es estar al servicio de la asamblea. Y si él tiene su lugar fundamental, el de ser “otro Cristo”, este Cristo está en función de su esposa, la Iglesia, representada por la asamblea. En un buen matrimonio deciden los dos.

Ahora que vamos a celebrar el día de la Iglesia diocesana (el 13 de noviembre), es importante recordar que en un buen matrimonio deciden los dos. Porque en esta Iglesia nuestra hay que superar, allí dónde la haya, la mentalidad clerical. Es importante que tengamos buenos pastores, conscientes de que su lugar está en el servicio, sobre todo en el servicio de los más pobres y necesitados de su parroquia. Para poder servir, a unos y otros, es necesario acercarse y hacerse amigo. Solo desde la amistad se sirve bien. Solo desde la amistad se es bien recibido. Lo que importa en un buen pastor no es su relación con los poderosos, sino si es un buen amigo de los pobres.

En esta Iglesia nuestra hay parroquias donde los laicos, y especialmente las mujeres (¿o no son mujeres las que dirigen la catequesis, las que se ocupan del servicio de caridad o las que animan el rezo del Rosario, allí donde lo hay?), tienen un papel importante, acorde con su formación, su capacidad y sus ganas de trabajar. Esta realidad debería extenderse más y más. También es importante una pastoral de encuentro a todos los niveles: encuentro entre los propios pastores y encuentro de los pastores con los fieles laicos. En la Iglesia, la palabra competencia, y no digamos rivalidad, no es que deberían estar prohibidas, es que no deberían estar en ninguna cabeza, porque ninguna cabeza piensa en ello. Debería llegar un momento en el que si alguien oyera la expresión “carrera eclesiástica”, respondiera: “¿y eso qué es?”. Eso sí: el no saber lo que es la carrera eclesiástica debería ser la manifestación de que el carrerismo ha desaparecido.

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5
Nov
2016
Cuando se dice Iglesia, ¿en qué piensas?
8 comentarios

Sería interesante hacer una encuesta entre la gente que no pisa la Iglesia más que en contadas ocasiones para asistir a algún acto que ellos consideran de tipo social, y también entre la gente que se consideran buenos católicos porque cumplen habitualmente con la Misa dominical. La pregunta, para unos y otros, sería: cuándo oyes la palabra Iglesia ¿en qué piensas, qué es lo primero que te viene a la mente? Probablemente, incluso entre los creyentes, las respuestas serían variopintas y alguna bastante sorprendente.

Es posible que entre los no creyentes predomine la equiparación de Iglesia con edificio, aunque sospecho que muchas respuestas irían en la línea de decir, con mejor o peor intención, que la Iglesia es un montaje, un negocio, una organización “anti”, o sea, contraria a la cultura, a la ciencia o a la modernidad. A los creyentes este tipo de respuestas deberían hacernos pensar en la imagen que damos.

Entre los creyentes, alguno responderá identificando la Iglesia con el cura, el Obispo o el Papa. A veces me pregunto qué hay detrás de afirmaciones de este tipo: “la Iglesia dice”, “la Iglesia manda”. ¿Quién dice, quién manda? Evidentemente se está pensando en algún responsable jerárquico. “La Iglesia dice”, o “la Iglesia piensa” es perfectamente sustituible, en muchos que así se expresan, por “el Papa (o el Obispo) dice”, o el “Papa piensa”.

Por suerte, también hay creyentes (quizás la mayoría) que saben que la Iglesia es una comunión, reflejo del misterio trinitario, constituida en cuerpo de Cristo, un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Sin llegar a estas reflexiones de buena teología, muchos creyentes, de forma más sencilla, a la pregunta qué es la Iglesia, responderían diciendo: la Iglesia somos los cristianos, que nos reunimos para celebrar la fe, que buscamos vivirla en el día a día, y queremos testimoniarla del mejor modo posible.

Sí, la Iglesia somos los fieles cristianos. O sea, la Iglesia “soy yo”. Pero no “sólo yo”, sino yo y el vecino cercano y el de más allá, que también son creyentes. Ocurre que, a veces, a estos vecinos creyentes, casi ni los conozco ni los trato. Y ahí es dónde algo empieza a fallar, porque un pueblo, una asamblea, una comunidad, en la que los miembros no se conocen, difícilmente pueden organizarse bien y más difícilmente pueden sentirse unidos a los demás y responsables los unos de los otros (Continuará en el próximo post).

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31
Oct
2016
Promesas que superan todo deseo
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Las promesas de Dios superan todo deseo. Así se expresa una de las oraciones dominicales (la del Domingo XX del tiempo ordinario). Esta esperanza en unas promesas que van más allá de lo que cualquier ser humano pueda imaginar o desear puede ser un buen motivo de reflexión ante las celebraciones de los días 1 y 2 de noviembre: fiesta de todos los santos y conmemoración de los fieles difuntos. En el fondo se trata de celebrar lo mismo desde dos puntos de vista complementarios, pues los santos y los fieles difuntos son aquellos que han alcanzado ya esos bienes inefables que Dios tiene preparados para los que le aman (para decirlo con palabras que también emplea esa oración del domingo XX).

Bienes inefables, promesas que superan todo deseo, en el fondo son dos maneras de designar a Dios mismo. Pues el bien inefable y la promesa por excelencia es ese Dios soberanamente amante y amable, en el que el ser humano se sentirá plenamente realizado, sin que nada le falte, colmado del todo y, sin embargo, saciándose de nuevo cada día, pues con el amor nunca se acaba y resulta siempre nuevo. Parece lógico que, siendo Dios amor infinito e incondicional, quiera darse totalmente. Lo propio del amor es no reservarse nada y darse totalmente al amado. Dios se da por entero. Parece indigno de Dios el dar menos de lo que puede: “de Dios no se puede esperar un bien menor que Él”, decía Tomás de Aquino.

“Dios, nuestro Padre, que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza” (2Tes 2,16) es la promesa que supera todo deseo. Pues por mucha imaginación que le pongamos, Dios siempre está más allá. Su presencia será una sorpresa inaudita, aunque, por otra parte, nos resultará extrañamente familiar, porque el Amor, de una un otra forma, siempre resulta conocido. Dios es el “siempre más”, pero también es el “siempre deseado”. El deseado que va más allá de todos nuestros deseos. Nuestro verdadero deseo está aún velado para nosotros.

Los santos son aquellos que ya se han encontrado con Dios. El único modo de encontrarlo cara a cara es saliendo de este mundo. Y no hay otro modo de salir que mediante la muerte. En este sentido, recordar a los fieles difuntos no es un motivo de nostalgia o de tristeza, sino un motivo de esperanza.

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28
Oct
2016
Del conflicto a la comunión
8 comentarios

El Papa Francisco viajará a Lund, Suecia, el próximo 31 de octubre, para participar en una ceremonia conjunta entre la Iglesia Católica y la Federación Luterana Mundial, para conmemorar el 500 aniversario de la Reforma de Martín Lutero. El 31 de octubre de 1517, en la ciudad de Wittenberg, el monje Martín Lutero hizo pública su oposición a la práctica predominante de la venta de indulgencias. En esta conmemoración no se trata de recordar el pasado, sino más bien de considerar los progresos realizados en los últimos cincuenta años de diálogo católico-luterano. Este diálogo se inició después de las importantes decisiones adoptadas por el Concilio Vaticano II y continuadas por Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Gracias a este diálogo hemos logrado superar muchas diferencias, crear confianza, y lograr acuerdos en puntos esenciales, como por ejemplo la doctrina de la justificación por la fe. Cierto que todavía quedan diferencias importantes que nos separan, como por ejemplo, la doctrina sobre la eucaristía y los ministerios, o la comprensión de la Iglesia. Pero lo que nos une es más importante que lo que nos separa. Y el clima de entendimiento y de encuentro es siempre preferible al clima de enfrentamiento. De ahí el lema de esta conmemoración: del conflicto a la comunión. Una comunión que hace posible la esperanza.

La presencia del Papa en Lund es un gesto de alto nivel ecuménico. Hasta ahora todos los aniversarios de la Reforma han sido motivo de polémica y de enfrentamiento entre las dos confesiones. Esta vez será diferente. Por primera vez en la historia, católicos y luteranos conmemorarán conjuntamente el aniversario de la Reforma a nivel mundial. Algunos católicos dicen que no hay nada que celebrar con los luteranos. Evidentemente, si lo que celebramos es una pelea, no hay nada que celebrar. Pero si la pelea puede superarse y buscamos comprender las circunstancias históricas y doctrinales que la provocaron, para aprender a no repetirla, para que si hoy se dieran dificultades encontrar caminos para resolverlas de otra manera, entonces es bueno recordar el pasado y celebrar los caminos que han conducido a un presente de concordia y colaboración.

Una cosa más. En el Plan Pastoral de la Archidiócesis de Valencia, impulsado y aprobado por el Arzobispo, se puede leer: “En las relaciones con los hermanos de otras confesiones y con los creyentes de otras religiones se evitará todo asomo de falso proselitismo y se promoverá la máxima colaboración en los terrenos de la caridad, del entendimiento fraterno y del común testimonio de Cristo en el caso de los hermanos de diferentes tradiciones cristianas”.

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24
Oct
2016
El santo no cesa de amar
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El término santo, originalmente, indica separación. Propiamente sólo puede decirse de Dios: Él es el único santo, el separado. Así se comprende eso que dice la Biblia: no es posible ver a Dios. Y, sin embargo, en Jesús se nos da a conocer un Dios solidario con el ser humano, próximo, cercano. Más aún, el Dios de Jesús no guarda celosamente para sí los atributos correspondientes a su divinidad. Quiere hacernos partícipes de ellos. Por eso, los seres humanos estamos llamados, dice el Nuevo Testamento, a participar de la naturaleza divina. Dios, el único santo, nos hace santos, es fuente de toda santidad.

No hay que buscar lo propio del santo en sus virtudes heroicas y, mucho menos, en acciones extraordinarias, como los milagros. El milagro puede ser engañoso y ambiguo. Las personas son santas en función de su relación con Cristo, que infunde su Espíritu santo en lo más profundo de la persona y la transforma. De ahí se deriva un estilo de vida, que podemos resumir con el término “agapé”, amor. Unido a Cristo y lleno de su Espíritu, el santo siempre ama. Este amor resplandece, como un contraste de luz sobre fondo oscuro, cuando la vida pasa por situaciones difíciles, cuando por las razones que sean, sufre la incomprensión, la burla y la persecución.

El caso de Jesús, el “Santo de Dios”, es paradigmático. Jesús viene a este mundo para conducir a los hombres a Dios. Pero, en un momento dado, se diría que Dios le abandona, y los hombres a los que viene a salvar le abuchean, se burlan, o pasan indiferentes ante su sufrimiento. Pues, aunque esa risa se mantuviera por toda la eternidad, Jesús les ama. Este es el prodigioso misterio del amor, el prodigioso misterio de la santidad. El santo no es un insensible. También él conoce la tentación de despreciar. Pero detiene este movimiento, porque se apoya en Dios, que es Amor y solo Amor. Jesús comienza por suplicar que el cáliz de la pasión se aleje de él. Pero inmediatamente triunfa el amor: “no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Y entonces intercede por los mismos que le abuchean: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Y termina en los brazos del Padre: “en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Escribe André-Jean Festugière, dominico francés: “el santo sabe que nada ablanda la dura corteza del corazón de los hombres, sino el amor; un amor más fuerte que el ultraje y que los suplicios. En el momento mismo en que sus verdugos lo hacen morir, se convence de que les abre el cielo”. Así es como el santo ama hasta el final. Y junto con este amor, el santo está convencido (vuelvo a citar a Festugière) de que “más allá de este mundo efímero, donde los hombres realizan sus juegos crueles, y que llena con su silencio un Dios cuyos decretos permanecen impenetrables para nosotros, el santo cree que existe otro mundo, esta fe le quema. El mal presente debe conducir a un bien, tanto odio desparecer en el amor, tanto sufrimiento no ser más que una gota en un océano de alegría”.

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20
Oct
2016
Palabra de Dios en palabras humanas
3 comentarios

El más antiguo de los escritos del Nuevo Testamento hace notar que la Palabra de Dios solo nos llega a través de palabras humanas: “no cesamos de dar gracias a Dios porque al recibir la Palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como palabra de Dios, que permanece operante en vosotros, los creyentes” (1 Tes 2,13). El texto reconoce que lo que se comunica, en primer lugar, es una palabra de hombre. Ahora bien, esta palabra los oyentes la reconocen como palabra de Dios. Una palabra reconocida como proveniente de Dios tiene que ser siempre un Evangelio, una buena noticia, una palabra de salvación, una palabra que sólo Dios puede pronunciar. Y Dios sólo pronuncia palabras de vida y de bondad. Si no es acogida como palabra de gracia, entonces no es de Dios.

Si es palabra de vida y salvación, entonces se corresponde con lo que el ser humano está siempre esperando. La palabra que viene de fuera encuentra un eco en el hombre, porque el ser humano, incluso sin saberlo, la estaba esperando. De ahí que la palabra sea “operante en los creyentes”, o sea, produce un efecto renovador, sanante. Es una palabra que, incluso cuando es recibida en situaciones de muerte, ofrece esperanza y consuelo. Por eso, el que acoge esta palabra ya no vive en tinieblas. Ve destellos de luz en el seno de una historia que por momentos parece muy lúgubre. El que no recibe esta palabra vive en tinieblas. Sí, porque no acoger la Bondad y el Amor es instalarse en el puro dramatismo de una historia que no tiene futuro por sí misma.

La palabra humana es acogida como palabra de Dios cuando remite a Cristo, el que habla “la palabra de Dios” (Lc 5,1), porque ha sido enviado por el Padre (Jn 20,21). Jesús es la humanidad fundamental que transmite la palabra de Dios. Lo hace viviendo aquello que parece humanamente imposible, o sea, la bondad y el amor en el seno de una historia de maldad y de egoísmo. Cuando los oyentes le escuchaban se sorprendían de su modo de hablar, porque era una palabra avalada por su vida: decía lo que pensaba y hacía lo que decía. Porque amaba hasta el extremo, a todos sin excepción, podía decir: amad a vuestros enemigos. Porque perdonaba a sus asesinos, podía decir: rezad por los que os persiguen. En la palabra que pronunciaba, Jesús ponía en juego su vida. Así se comprende que los oyentes la reconocieran como palabra de Dios.

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