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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

20
Oct
2016

Palabra de Dios en palabras humanas

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El más antiguo de los escritos del Nuevo Testamento hace notar que la Palabra de Dios solo nos llega a través de palabras humanas: “no cesamos de dar gracias a Dios porque al recibir la Palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como palabra de Dios, que permanece operante en vosotros, los creyentes” (1 Tes 2,13). El texto reconoce que lo que se comunica, en primer lugar, es una palabra de hombre. Ahora bien, esta palabra los oyentes la reconocen como palabra de Dios. Una palabra reconocida como proveniente de Dios tiene que ser siempre un Evangelio, una buena noticia, una palabra de salvación, una palabra que sólo Dios puede pronunciar. Y Dios sólo pronuncia palabras de vida y de bondad. Si no es acogida como palabra de gracia, entonces no es de Dios.

Si es palabra de vida y salvación, entonces se corresponde con lo que el ser humano está siempre esperando. La palabra que viene de fuera encuentra un eco en el hombre, porque el ser humano, incluso sin saberlo, la estaba esperando. De ahí que la palabra sea “operante en los creyentes”, o sea, produce un efecto renovador, sanante. Es una palabra que, incluso cuando es recibida en situaciones de muerte, ofrece esperanza y consuelo. Por eso, el que acoge esta palabra ya no vive en tinieblas. Ve destellos de luz en el seno de una historia que por momentos parece muy lúgubre. El que no recibe esta palabra vive en tinieblas. Sí, porque no acoger la Bondad y el Amor es instalarse en el puro dramatismo de una historia que no tiene futuro por sí misma.

La palabra humana es acogida como palabra de Dios cuando remite a Cristo, el que habla “la palabra de Dios” (Lc 5,1), porque ha sido enviado por el Padre (Jn 20,21). Jesús es la humanidad fundamental que transmite la palabra de Dios. Lo hace viviendo aquello que parece humanamente imposible, o sea, la bondad y el amor en el seno de una historia de maldad y de egoísmo. Cuando los oyentes le escuchaban se sorprendían de su modo de hablar, porque era una palabra avalada por su vida: decía lo que pensaba y hacía lo que decía. Porque amaba hasta el extremo, a todos sin excepción, podía decir: amad a vuestros enemigos. Porque perdonaba a sus asesinos, podía decir: rezad por los que os persiguen. En la palabra que pronunciaba, Jesús ponía en juego su vida. Así se comprende que los oyentes la reconocieran como palabra de Dios.

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