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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

24
Oct
2016

El santo no cesa de amar

3 comentarios

El término santo, originalmente, indica separación. Propiamente sólo puede decirse de Dios: Él es el único santo, el separado. Así se comprende eso que dice la Biblia: no es posible ver a Dios. Y, sin embargo, en Jesús se nos da a conocer un Dios solidario con el ser humano, próximo, cercano. Más aún, el Dios de Jesús no guarda celosamente para sí los atributos correspondientes a su divinidad. Quiere hacernos partícipes de ellos. Por eso, los seres humanos estamos llamados, dice el Nuevo Testamento, a participar de la naturaleza divina. Dios, el único santo, nos hace santos, es fuente de toda santidad.

No hay que buscar lo propio del santo en sus virtudes heroicas y, mucho menos, en acciones extraordinarias, como los milagros. El milagro puede ser engañoso y ambiguo. Las personas son santas en función de su relación con Cristo, que infunde su Espíritu santo en lo más profundo de la persona y la transforma. De ahí se deriva un estilo de vida, que podemos resumir con el término “agapé”, amor. Unido a Cristo y lleno de su Espíritu, el santo siempre ama. Este amor resplandece, como un contraste de luz sobre fondo oscuro, cuando la vida pasa por situaciones difíciles, cuando por las razones que sean, sufre la incomprensión, la burla y la persecución.

El caso de Jesús, el “Santo de Dios”, es paradigmático. Jesús viene a este mundo para conducir a los hombres a Dios. Pero, en un momento dado, se diría que Dios le abandona, y los hombres a los que viene a salvar le abuchean, se burlan, o pasan indiferentes ante su sufrimiento. Pues, aunque esa risa se mantuviera por toda la eternidad, Jesús les ama. Este es el prodigioso misterio del amor, el prodigioso misterio de la santidad. El santo no es un insensible. También él conoce la tentación de despreciar. Pero detiene este movimiento, porque se apoya en Dios, que es Amor y solo Amor. Jesús comienza por suplicar que el cáliz de la pasión se aleje de él. Pero inmediatamente triunfa el amor: “no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Y entonces intercede por los mismos que le abuchean: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Y termina en los brazos del Padre: “en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Escribe André-Jean Festugière, dominico francés: “el santo sabe que nada ablanda la dura corteza del corazón de los hombres, sino el amor; un amor más fuerte que el ultraje y que los suplicios. En el momento mismo en que sus verdugos lo hacen morir, se convence de que les abre el cielo”. Así es como el santo ama hasta el final. Y junto con este amor, el santo está convencido (vuelvo a citar a Festugière) de que “más allá de este mundo efímero, donde los hombres realizan sus juegos crueles, y que llena con su silencio un Dios cuyos decretos permanecen impenetrables para nosotros, el santo cree que existe otro mundo, esta fe le quema. El mal presente debe conducir a un bien, tanto odio desparecer en el amor, tanto sufrimiento no ser más que una gota en un océano de alegría”.

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Juan
25 de Octubre de 2016 a las 14:26

"Solo tu eres santo, solo tu, Señor" ¿Qué necesidad tenemos de Los Santos? ¿No son ellos una distracción para alcanzar la santidad?
Con motivo del Vaticano II, trató la Iglesia de suprimir las "devociones laterales": desaparecieron las imágenes de los templos existentes, y los nuevos solamente ostentaban el "altar mayor" y la imagen del Crucificado.. (actualmente, parece que la Iglesia siente nostalgia del pasado, y vuelven todo tipo de devociones). Gracias, fray Martín, por tu excelente reflexión.

feliciano lópez robles
25 de Octubre de 2016 a las 19:57

Esta mañana haciendo oración personal ante el Santísimo, me observaba tranquilo y repetía Tú, Señor estás aquí.- Abandonado en la paz del alma, acogido a la misericordia divina, pasaba el tiempo.- ¡Ser santo!, me decía: todo depende de la gracia de Dios y de mi humilde disposición.- Solo Dios es santo, tres veces santo.- Ser santo implica una determinada forma de vida, un modo de ser, un talante determinado.- Creo que hay mucha gente que vive santamente, son los pararrayos de la ira de Dios en nuestro mundo.- Caminar con dirección a la meta, exige vivir responsablemente la palabra que Jesús de Nazaret, vino a traernos.- En la vida de diario los santos existen, pero con frecuencia no los descubrimos, pues estamos inmersos en otro mundo y la santidad nos resbala.- Si tú quieres ser santo o santa, pídeselo al Señor de verdad, seguro que lo alcanzarás.-

Antonio López Sernández
26 de Octubre de 2016 a las 08:40

Buscamos milagros, queremos ser testigos de hechos extraordinarios y no los vemos. No somos alguno de esos afortunados que han vivido esta experiencia, y no nos damos cuenta de que estamos rodeados de auténticos milagros. Este mundo maravilloso, la sonrisa inocente de un niño... son reflejos de Dios. Pero el gran milagro es el vivir cada día el misterio del amor, de la misericordia, del perdón... Es la maravilla de Dios reflejada en hombres y mujeres que viven entre nosotros. Santos no sólo son los que están ya en y con el Señor, en su eternidad gloriosa. Ellos se santificaron en esta tierra viviendo el amor dentro de las miserias humanas. Tenemos santos a nuestro alrededor, tal vez muy cerca... Hermanos que luchan, ayudan, protegen, perdonan, aman... A pesar de las limitaciones del ser humano, ansían cada día vivir el mensaje evangélico con mayor intensidad. Y eso lo podemos hacer todos. Estamos obligados a amar e irradiar felicidad a nuestro alrededor. Eso es ser santo. ¿Hay mayor milagro que el triunfo del amor, del perdón, de la misericordia? Esto lo vemos en personas admirables tal vez muy cercanas a nosotros. ¿Por qué no intentamos ser cada uno de nosotros mensajeros del Amor, viviendo el día a día amando? Ese es el gran milagro que podemos contemplar, mayor incluso que una curación milagrosa.