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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

2
Jul
2013
Oír que Dios es Padre y ponerse enfermo
5 comentarios

“Cada vez que oigo decir que Dios es Padre, me pongo enfermo”. Eso dice un adolescente, hijo de padres divorciados, que vive con su madre y ha tenido una relación muy negativa con su padre. Me lo cuenta su madre, creyente, y me pregunta qué hacer para explicar al hijo eso que dice la fe: Dios es Padre. Cuando me plantean esos casos, soy consciente de que no hay palabras que pueden remediar los fracasos más dolorosos de la vida. Hay bastantes hijos de matrimonios arruinados que no asumen fácilmente su situación. Y el cónyuge que se ha quedado con los hijos no lo tiene fácil: ¿cómo ser madre y no ser esposa?, ¿cómo ser padre sin ser esposo?, ¿cómo un niño puede asumir la relación filial hacia sus padres? En cierto modo, el niño debe hacer duelo por uno de sus progenitores, aunque esté vivo.
 

Las relaciones interpersonales, incluso las más constitutivas de la existencia, están amenazadas por el mal. Por este motivo, todas nuestras relaciones familiares necesitan salvación. Nuestra persona individual no puede ser salvada sin que se salven nuestras relaciones familiares. Nuestra salvación, por la participación en la muerte y en la resurrección de Cristo, es también una salvación familiar en la familia trinitaria de Dios. Las diferentes formas de mal, que pueden afectar a nuestras relaciones familiares, no deben impedirnos considerar que la familia es la mejor imagen de un Dios, que es comunión de personas. Nosotros nos hacemos una idea de Dios como Padre a partir de nuestra experiencia del padre; y nuestra idea trinitaria de Dios debe mucho a nuestra experiencia familiar. Pero estas experiencias, la paterna y la familiar, son imperfectas, están amenazadas por el mal. Por eso, debemos eliminar de nuestra idea de Dios todas las formas de imperfección humana y elevar hasta el infinito todo lo bueno que hay en nuestro corazón.
 

El sufrimiento que experimentamos en nuestras relaciones familiares (rupturas entre esposos, malas relaciones de padres con hijos, enemistades entre hermanos) es un signo de nuestra necesidad de ser liberados de todos estos sufrimientos más allá de la muerte. Para los creyentes en Cristo, todo sufrimiento es un signo de esperanza, esperanza de salvación para todos los que sufren.

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28
Jun
2013
Dios crea por puro placer
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La creación es un acto libre y gratuito de Dios. Eso no significa que sea sin motivo. Todo tiene una razón. ¿Cuál es el motivo de la creación? El Dios de Aristóteles es un Motor inmóvil que nada necesita; es un acto puro que se basta a sí mismo. Es el primer principio del mundo, pero no necesita establecer relación alguna con lo creado. El Dios de Aristóteles sólo se quiere a sí mismo. El Dios de la Biblia es un ser personal, que quiere establecer relaciones de Alianza con el ser humano. Hay una historia que cuentan los rabinos judíos para explicar el motivo de la creación: Dios existe desde siempre; “desde siempre” es un tiempo muy largo. No es extraño que comenzase a aburrirse. No quería estar solo. Un día se dijo: “hagamos al ser humano a nuestra imagen” y así tendremos alguien con el que hablar. Como Dios ocupaba todo el espacio, se concentró, y en el espacio que dejó vacío, colocó al hombre.

Esta historia, este midrash judío, ha inspirado a un autor francés no muy conocido, Joseph Duponchelle, otra historia con impronta cristiana: Dios existía desde siempre, pero el tiempo no pasaba para él. No se aburría porque “en Dios” hay una fiesta permanente. Los que están “en Dios” y, por tanto, son Dios, tenían entre ellos, desde siempre, una agradable conversación. Llegó un día en que se dijeron: entre nosotros estamos muy bien, pero podríamos compartir nuestra felicidad con otros, para que también pudieran dialogar entre ellos. Hagamos un “entre ellos” que se parezca a nosotros, para que también puedan hablar unos con otros, hagamos al ser humano a nuestra imagen; y lo hicieron varón y mujer. Y para que la semejanza con los que están “en Dios” fuera completa, dijeron al varón y a la mujer: creced y multiplicaos, no os quedéis encerrados entre dos, sed plurales, varios. Y el hombre y la mujer tuvieron hijos, hubo un tercero en el amor.

Estas dos historias son dos explicaciones del motivo de la creación. Según la primera historia se diría que a Dios le falta algo. Según la segunda, Dios lo tiene todo; si crea no es porque necesite algo, sino porque desborda de alegría, de bondad y de placer. Querer “al otro” como mi complemento no es quererlo por y para mí, sino por él. Dios nos quiere por nosotros mismos, no por y para algo. El ser humano es la única criatura amada por sí misma, sin referencia a nada más. Hay ahí un camino para nuestros amores. ¿Queremos al otro de verdad por sí mismo? En Dios el amor es puro, entre los hombres el amor necesita purificarse cada día. El abrir el amor “entre dos” a un tercero evita que el otro sea solo un reflejo de mi mismo, evita que al amar al otro me ame a mi mismo, que ame al otro por amor a mi mismo.

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23
Jun
2013
Creer en los milagros de forma coherente
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Hay creyentes que interpretan algunos acontecimientos poco corrientes y llamativos como milagros operados por Dios. Creer en los milagros es un modo de creer en Dios y de comprender que está con nosotros e interviene en la historia. Pero que Dios está con nosotros en todo momento debería ser obvio para cualquier creyente, puesto que es nuestro creador trascendente y permanente. Desde este punto de vista no hay nada más admirable. Cosa distinta es concebir a Dios como el que unas veces deja que las cosas sigan su curso natural y otras veces cambia el curso natural de los acontecimientos.

Afirmar que hay milagros supone situarse en una determinada actitud. Según como vivamos psicológicamente nuestra conciencia religiosa, diremos que hay milagros, aunque para el matemático o el físico, no los haya. Pero la buena pregunta es si quienes creen en los milagros son coherentes consigo mismos y con su propia fe en Dios. Por una parte, podemos afirmar que son coherentes en la medida en que expresan su fe en Dios, confesando que obra favorablemente en sus vidas y en su historia. En tal caso, podrían profundizar su fe admirando la bondad de Dios no sólo en un hecho que para ellos fue excepcional, sino también en todos los instantes de su vida y en la vida de las otras personas, momentos que son también dones maravillosos de Dios.

Hay un modo incoherente con la propia fe de creer en los milagros. Es el de aquellos que, al considerar un acontecimiento como milagro divino, suscitan (explícita o implícitamente) la pregunta de por qué Dios no obra de forma favorable con otras personas, especialmente con las que están en situación de extrema necesidad. ¿Acaso Dios solo manifiesta su bondad en ambientes religiosos y permanece silencioso ante el grito de los niños torturados en campos de concentración? Creer que Dios manifiesta mejor su bondad en determinados acontecimientos, equivale a decir que en otros no se manifiesta igual de bondadoso. Concebir así el milagro provoca la acusación de que Dios es injusto y partidario. No se puede creer coherentemente en el amor de Dios, permanente, universal y siempre fiel, si solo somos sensibles a sus manifestaciones en algunos hechos que nos sorprenden. ¿Cómo se puede creer en un amor universal si sólo lo reconocemos en favores particulares y selectivos?

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20
Jun
2013
Veraneo solidario
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Una cosa es el verano y otra el veraneo. Veranear es pasar el verano en un lugar distinto del que habitualmente se reside, pero no por motivos de trabajo, sino buscando alejarse precisamente del trabajo. El verano es igual para todos. El veraneo es cosa de privilegiados. Y más en estos tiempos en que la crisis impide a muchos viajar o residir fuera de su casa, aunque tengan un tiempo libre de trabajo, precisamente porque su trabajo está peor remunerado.

Todos necesitamos descansar. Pero en estos tiempos, los que tenemos trabajo y derecho a un tiempo de vacaciones, y posibilidades de disfrutarlas con una cierta holgura, convendría que fuésemos conscientes de que bastantes personas no tienen trabajo y lo están pasando mal. No para quedarnos sin el merecido y necesario descanso, sino para vivirlo con moderación, sin lujos innecesarios, sin viajes costosos. Incluso sería bueno plantearse si el posible ahorro de la moderación no convendría emplearlo de forma solidaria. De este modo el verano sería para vivir. Para vivir los que descansamos y para vivir los receptores de nuestra solidaridad.

En los sindicatos españoles se está hablando de “huelga solidaria”. La idea es: si no haces huelga, reparte un kilo de comida entre los necesitados. Es una extraña huelga, pero es un modo de ser solidarios. En línea similar podríamos hablar de veraneo solidario. No te quedes sin vacaciones, pero emplea ese tiempo en vivir y ayudar a vivir. Activa tu imaginación solidaria. Por ejemplo, hay jóvenes que dedican su tiempo de vacaciones a tareas misionales o a ayudar a personas necesitadas. En esta ayuda ellos dan vida y encuentran vida. Porque el que da amor, en el mismo hecho de darlo, recibe amor.

Yo no pretendo que nadie que tenga posibilidad de tomarse un tiempo de descanso y vacaciones deje de hacerlo. Más aún, mucha gente trabaja durante el verano para poder vivir durante el invierno. Bastantes personas que trabajan en la hostelería tienen contratos temporales. En este sentido hay que favorecer el turismo, porque el trabajo de unas personas y, por tanto, su vida, depende de los viajes y el ocio de otras. Este asunto del veraneo tiene muchas aristas. Una de ellas es que hay gente que vive de la buena vida que otros se pueden permitir.

Los evangelios cuentan que Jesús, en ocasiones, se sentía cansado. Y necesitaba descansar. Incluso dejan entrever que había una casa en la que Jesús era muy bien acogido, por sus amigos Lázaro, Marta y María. Allí debía sentirse tranquilo, relajado, cuidado y mimado. Allí tenía ese lugar que todos necesitamos, ese lugar al que se puede ir sin avisar, porque siempre eres esperado y bien venido. Ese lugar puede ser un signo del domingo sin ocaso en el que la humanidad entera entrará en el descanso de Dios, ese cielo en el que Dios nos espera a todos para ofrecernos las mejores vacaciones, el veraneo sin fin, la fiesta de la fraternidad, donde el amor del Padre y el amor entre los hermanos será la fuente de vida siempre renovada.

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16
Jun
2013
El Papa y la vida religiosa
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Lo que han dicho que el Papa dijo en su encuentro del 6 de junio con las religiosas y religiosos de la Conferencia Latinoamericana (CLAR), no tiene desperdicio. En vista de la sorpresa que han causado las palabras puestas en su boca, la Secretaria de la CLAR se ha visto obligada a aclarar que lo publicado no responde exactamente a lo que el Papa dijo, sino que solo refleja “el sentido general”. Me basta con que reproduzca “el sentido general”. Porque hace unos meses hubiera sido inconcebible que se pusieran en boca de un Papa unas palabras, más o menos parecidas a estas, dirigidas a las religiosas y religiosos: es posible que reciban una carta de la Congregación de la Fe, pero no se preocupen y sigan adelante. Abran puertas, hagan algo ahí donde la vida clama. Prefiero una Iglesia que se equivoca por hacer algo que una que se enferma por quedarse encerrada.

Este Papa ha logrado introducir aire fresco en la Iglesia. El aire fresco no gusta a todos. La oposición silenciosa funciona. En las palabras que reproducen “el sentido general” de lo que el Papa dijo, importa tanto la forma como el fondo. La forma es llana y directa. El fondo pudiera ser que el servicio a la evangelización y el compromiso a favor de los desamparados debe pasar por encima de cualquier crítica, incluidas las que provengan de la propia institución eclesial.

Algunos se complacen en criticar a la vida religiosa. Usan criterios numéricos como prueba de lo mal que está. Se parecen a esos curas que, cuando ven que hay poca gente en Misa, riñen a los presentes a cuenta de los ausentes, cuando lo que tendrían que hacer es animar, sostener y valorar a los asistentes. Una respuesta a los criterios numéricos es decir que en la vida religiosa vale más la calidad que la cantidad. Respuesta buena pero insuficiente. En cada época los distintos carismas y servicios eclesiales se reparten de forma distinta. Las instituciones nacen, crecen, cambian, se adaptan y algunas desaparecen. Es ley de vida. No podemos pasarnos la vida lamentando lo que hubiéramos podido hacer si nuestras congregaciones hubieran estado en manos de los que se han ido o de los que no han venido. Lo que debemos hacer es apoyarnos, sostenernos y preguntarnos con realismo lo que podemos hacer, en nuestra situación actual, para servir al Reino de Dios con todas nuestras fuerzas.

Hay que agradecer al Papa Francisco su valoración positiva de la vida religiosa y sus palabras alentadoras. Los que nunca hacen nada, nunca se equivocan. Los que trabajan, a veces aciertan y otras no. Hoy y siempre, y probablemente más antes que ahora, ha habido religiosas y religiosos que no han estado a la altura de su vocación. ¿Qué hacer en estos casos? Habrá que discernir, porque no todos los casos son iguales. Pero, al menos en algunos, puede servir esta palabra mesiánica: “el pábilo (=mecha de una vela) vacilante no lo apagará”.

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13
Jun
2013
Iglesias sin mendigos
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Es difícil encontrar mendigos en las puertas de las Iglesias de San Salvador. En las Iglesias españolas ocurre todo lo contrario: lo raro es que no haya mendigos en la puerta. Es muy fácil comprender el motivo: en las Iglesias de San Salvador no hay mendigos porque allí no tienen nada que sacar, porque los que entran en la Iglesia son tan pobres o más que ellos. Cuando uno se da un paseo por las calles de la capital y entra en alguna de sus Iglesias entiende la “conversión” de Monseñor Romero. Si la Iglesia no está con la gente, la Iglesia se queda sin gente. Y la gente del El Salvador es pobre en su gran mayoría. Por este motivo, o se está con los pobres o las Iglesias se quedan vacías. En otras palabras, nos quedamos sin pueblo y, por tanto, nos quedamos sin Iglesia, pueblo de Dios.

En El Salvador hay mucha religiosidad y también mucha competencia (por llamarlo de algún modo) religiosa. Desgraciadamente, además de las grandes y tradicionales confesiones protestantes, hay muchos grupos sectarios, apoyados por dinero norteamericano, con los que resulta difícil convivir eclesialmente y que, para colmo, van a pescar no en los caladeros de la gente no religiosa, sino entre la gente católica. Pero prefiero fijarme en otra cosa: todos los grupos religiosos en este país hacen, de una u otra manera, obra social. Y eso debería alegrarnos. La primera noche que dormí en San Salvador estaba cansado del viaje. Sobre las dos de la madrugada creí escuchar cantos religiosos. Al día siguiente me dijeron que se trataba de un grupo sectario que llevaba alimentos a la gente que dormía en la calle, y aprovechando la ocasión, les leían fragmentos de la Biblia y les cantaban canciones religiosas.

Los dominicos en El Salvador también hacemos obra social. Tenemos una ONG que ayuda a construir casas, y allí donde no los hay, construye escuelas y dispensarios y luego pide al gobierno que envíe maestros y médicos. Los miércoles, en la Iglesia de la Virgen del Rosario sorprende ver la Iglesia llena a la hora de la primera Misa, la de las 6.45. Llena de personas necesitadas, muchas ancianas, y muchas mujeres, que participan en la Eucaristía con interés, cantando, leyendo, haciendo oraciones espontáneas en el momento de la oración de los fieles, participando en la homilía, dándose la paz y comulgando. ¿Qué pasa un día laborable para que a tan temprana hora la Iglesia se llene? Pasa que ese día se reparten tres dólares a cada persona necesitada. Y algunas de ellas pasan después a las oficinas sociales anejas a la Iglesia donde también les reparten comida y les dan desayuno.

De pronto recordé que un tercio de la población mundial vive con menos de un dólar al día. Y pensé dos cosas: una, en la primitiva Iglesia la bandeja se pasaba para atender a las necesidades del clero, pero también para atender a las necesidades de los pobres de la comunidad. Y otra, ¿qué refleja una Iglesia con mendigos en sus puertas? ¿Y si en vez de en las puertas estuvieran dentro, porque dentro encuentran lo que necesitan?

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11
Jun
2013
Contrastes en la Catedral
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Si uno tiene la oportunidad de visitar un día festivo la Catedral de El Salvador, puede llevarse una gran sorpresa: la de encontrarse con dos Misas a la misma hora, una en la cripta (que ocupa todos los bajos de la Iglesia) y otra en la nave principal. Las dos con muchos fieles, gente sencilla y pobre, pero que denotan dos modos de ser Iglesia. En la cripta está enterrado el arzobispo Romero. Allí celebra un solo sacerdote, los cantos son populares y la predicación intenta acercar el Evangelio a los pobres. En la nave de la Catedral concelebran tres sacerdotes, ayudados de unos diez monaguillos con túnicas rojas y roquete blanco y un buen incensario. A los lados del altar mayor destacan dos impresionantes cuadros: uno de la Divina Misericordia y otro de San Josemaría.

Que estas dos Eucaristías se den al mismo tiempo y en el mismo lugar es, sin duda, un signo de contraste, que muestra plásticamente algunas de la tensiones que se dan en la Iglesia. Pero puede ser también un signo alentador, que muestra que las tensiones no son malas. Más aún, si saben aceptarse, respetarse y convivir pacíficamente, como parece ser el caso en esta Catedral, son un anuncio real de que en la Iglesia cabemos gente de sensibilidades distintas, porque lo que importa no es el color del hábito o los santos de la devoción de cada uno, sino Cristo que nos une, y nos une porque somos distintos, pero también hermanos que debemos aceptarnos y querernos en nuestras distinciones.

En la Plaza de la Libertad de El Salvador, además de la Catedral (que, por cierto era la antigua Iglesia de los dominicos) está la Iglesia de la Virgen de Rosario, patrona de la archidiócesis, que es la actual Iglesia de los dominicos. A la entrada de esta Iglesia, amplia y modernista, hay un lápida que cubre los cuerpos de 21 personas masacradas por el ejército durante la guerra civil. Además de Oscar Arnulfo Romero y los mártires jesuitas de la Universidad, muchas otras personas fueron asesinadas en estos años difíciles. Durante las represiones de las manifestaciones populares, el ejército retiraba los cadáveres, pero en una de ellas la gente logró introducir 21 cadáveres en la Iglesia de los dominicos y como no pudieron llevarlos al cementerio, los enterraron allí. Y allí están como signo de unos tiempos que todos desean que no vuelvan y en los que la voluntad de Dios (voluntad de vida y convivencia) no se cumplía.

Me dicen que El Salvador lleva cien años armado. Y que la gente está cansada. Porque sigue habiendo discurso beligerante, anti comunista y anti capitalista, que no contribuye a la paz. La pobreza y sus secuelas (además de la Catedral y la Iglesia del Rosario, en esta plaza hay prostitución de todo tipo) tampoco son buenas aliadas de la paz. Dios quiera que esta tierra, bendecida con el sagrado nombre de San Salvador, encuentre la salvación.

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9
Jun
2013
Te amo porque soy yo
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Solemos entender el amor humano de forma muy utilitaria, incluso en sus formas más elevadas, como puede ser el amor conyugal. La dinámica del amor suele ser la siguiente: “te amo porque eres tú”, o sea, te amo porque hay algo en ti que me gusta, me atrae, me complementa. Pero la perfección del amor no está en el “te amo porque eres tú”, sino en el “te amo porque soy yo”. En la revelación que Jesús nos ha hecho de Dios, encontramos esta perfección del amor.

El Dios cristiano es Amor en plenitud y perfección. En Jesucristo este Amor que es Dios se ha revelado como relación y comunión intratrinitaria. El Padre ama al Hijo, pero no le ama por lo que puede sacarle al Hijo, sino por lo que el Padre es. Y el Hijo ama al Padre, no por lo que puede obtener de él, sino por lo que el Hijo es. En la relación entre el Padre y el Hijo no sería concebible que el uno le dijera al otro: “te amo porque eres tú”. Este tipo de amor, por muy sublime que sea, es un amor utilitario, necesitado. El Padre y el Hijo se aman mutuamente, pero se aman por lo que cada uno es en sí mismo. Cada uno es “relación” de amor.

Cuando Dios ama a los hombres, no les ama por lo que los hombre son. Eso sería amarles para su propia satisfacción. No. Dios ama “porque Dios es así”, un amante que no puede más que amar, un Dios que lleva la relación inscrita en la entraña de su ser. Me ama como soy, pero no me ama por lo que yo soy. La razón de su amor está en él mismo. Dios me ama porque es Dios. Dios es iniciativa de amor hacia su creación, porque él es primeramente iniciativa de amor en sí mismo entre varios. Si Dios nos ha creado a su imagen, entonces hay que decir que nos ha creado como iniciativa de amor.

En el “yo te amo porque eres tú”, hay una búsqueda de interés o de complementariedad psicológica. Además, este amor es precario. No dura. En el mejor de los casos dura hasta la muerte del otro. Así se presenta, normalmente, el amor entre los esposos: te seré fiel hasta que la muerte nos separe. Sin embargo, la experiencia del amor es susceptible de profundizarse queriendo la existencia del otro más allá de su muerte. Y esto nos conduce a la esencia verdadera del amor humano, hecho a imagen del Amor que es Dios: te amo, te amo a ti, porque soy yo. Y por eso te seré fiel más allá de la muerte. Sólo así el amor apunta a la eternidad.

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5
Jun
2013
El don de Dios, ¿es la fe o es la revelación?
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Cuando se dice que la fe es un don de Dios, surge espontáneamente la pregunta de por qué Dios no otorga este don a todos, porque parece evidente que no todos creen. Para mejor aclarar esta cuestión considero importante distinguir entre revelación y fe. Lo que es un don de Dios, una obra divina, es la revelación. La fe es una respuesta humana. La revelación se ofrece como una iniciativa divina a la “fe” del hombre. Dios mismo, por su revelación, quiere darse a conocer a todos y busca que todos le respondan con amor. Algunos aceptan este don, otros lo rechazan y permanecen en la “no creencia”. Hasta aquí no veo yo problema alguno. La pregunta entonces sería: ¿hay que atribuir a una elección divina el hecho de que entre los seres humanos unos adhieran a la revelación y otros la rechacen?

Hay que tener en cuenta que la revelación de Dios es histórica y llega a los hombres condicionada por las circunstancias y posibilidades de la historia. Esto explica que, aunque Dios quiera que todos le conozcan, su revelación no llega a todos con la misma intensidad ni de la misma manera. La respuesta humana, por tanto, está condicionada por el modo en que se ha recibido la revelación. Y cada uno es responsable en función de los modos en que el don le ha llegado. A quién mucho se le dio, mucho se le pedirá, dice Jesús. A cada uno se le pide en función de su recepción del don.

Cierto, para que se dé la adhesión de fe, además de la revelación, se requiere un cambio en el corazón del creyente. Ahí es donde actúa el Espíritu Santo, que ilumina la inteligencia y mueve nuestra libertad para que se deje seducir por la seducción del Dios que se revela. Pero esta acción de la gracia del Espíritu Santo en la mente y el corazón del ser humano, está también condicionada y limitada por el conocimiento de la revelación. El Espíritu orienta el corazón, la mente y la libertad hacia el conocimiento que cada uno ha recibido, no hacia la totalidad de lo revelado.

Esto no significa poner límites a Dios. Significa cobrar conciencia de nuestros límites. Lo limitados somos nosotros. A Dios nada ni nadie puede limitarle. No es menos cierto que si Dios quiere al ser humano como tal, debe respetar su modo de ser. El respeto al modo de ser del hombre es lo que hace que unas veces parezca que la acción de Dios, que en todos actúa con igual fuerza e interés, sea distinta en unos y en otros. Pero esta apariencia no traduce la voluntad ni el ser de Dios, sino las disposiciones humanas, históricas, psicológicas y afectivas, que en cada uno están orientadas y marcadas de diferente manera.

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1
Jun
2013
La fe y la conciencia
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La fe cristiana y la conciencia son dos realidades distintas, aunque están relacionadas. Un ejemplo típico de confusión de la fe con la conciencia lo tenemos en una expresión como esta: “Debe ser una buena persona porque es cristiano”. Cuando pensamos así cometemos un doble error y una injusticia. Un error porque se puede ser cristiano y pecador. El otro error, al que se añade una injusticia, es el de suponer que un no cristiano es una mala persona. Ser buena o mala persona no es una cuestión de fe o de religión. Es una cuestión de conciencia, aunque la fe puede añadir una carga de responsabilidad al ser o no ser buena persona.

La conciencia es esta voz interior, que resuena en el corazón de todo ser humano, que dice: haz el bien, evita el mal. La fe es la respuesta del ser humano a la llamada de Dios, más en concreto, es un encuentro con Dios que se nos da a conocer por medio de Jesucristo. Mientras todo ser humano oye la voz de su conciencia, no todos los seres humanos conocen a Cristo. Pero el que no conoce a Cristo está tan obligado como el que lo conoce a seguir los dictámenes de su conciencia.

Ahora bien, la fe cristiana puede ser un motivo más para seguir la conciencia. Ya que la fe nos descubre que todo ser humano es imagen de Dios. Ahí tiene el cristiano una luz que le ayuda a ser más solidario y más justo con todas las personas, ya que reconoce en ellas la imagen de Dios y sabe, que son hijas e hijos de Dios y, por tanto, hermanos suyos. La fe cristiana, además, amplia los estrictos dictámenes de la conciencia. La conciencia nos dice que hay que dar a cada uno lo suyo. Eso es lo justo y lo que se espera de todos y cada uno de los hombres. Pero la fe nos llama a ir más allá de la justicia, nos invita al perdón y a la misericordia. La fe no sólo ilumina la conciencia (al ofrecernos la verdadera razón del respeto que todos merecen: son hijas e hijos de Dios), sino que también impregna de amor a la conciencia.

La fe cristiana no añade nuevos preceptos a los derechos y deberes que cabe exigir a todo ser humano. Pero la fe les da un nuevo color y un nuevo alcance. El samaritano misericordioso de la parábola evangélica hace cosas inauditas, que van más allá de la justicia e incluso más allá de la simple humanidad. Pues no sólo se ocupa de un herido que, en circunstancias normales le hubiera despreciado, sino que lo lleva al hospital y carga con los gastos de hospitalización. Lo que estrictamente se le podía pedir era que avisara a las autoridades para que se hicieran cargo del herido. Pero el samaritano va mucho más allá, se pasó de bueno con uno que era su enemigo. En este “pasarse de bueno” la fe muestra su grandeza, la dimensión divina que hay en el creyente, abriendo la vida la vida humana al perdón y a la misericordia.

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