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Jul2013Oír que Dios es Padre y ponerse enfermo
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Jul
“Cada vez que oigo decir que Dios es Padre, me pongo enfermo”. Eso dice un adolescente, hijo de padres divorciados, que vive con su madre y ha tenido una relación muy negativa con su padre. Me lo cuenta su madre, creyente, y me pregunta qué hacer para explicar al hijo eso que dice la fe: Dios es Padre. Cuando me plantean esos casos, soy consciente de que no hay palabras que pueden remediar los fracasos más dolorosos de la vida. Hay bastantes hijos de matrimonios arruinados que no asumen fácilmente su situación. Y el cónyuge que se ha quedado con los hijos no lo tiene fácil: ¿cómo ser madre y no ser esposa?, ¿cómo ser padre sin ser esposo?, ¿cómo un niño puede asumir la relación filial hacia sus padres? En cierto modo, el niño debe hacer duelo por uno de sus progenitores, aunque esté vivo.
Las relaciones interpersonales, incluso las más constitutivas de la existencia, están amenazadas por el mal. Por este motivo, todas nuestras relaciones familiares necesitan salvación. Nuestra persona individual no puede ser salvada sin que se salven nuestras relaciones familiares. Nuestra salvación, por la participación en la muerte y en la resurrección de Cristo, es también una salvación familiar en la familia trinitaria de Dios. Las diferentes formas de mal, que pueden afectar a nuestras relaciones familiares, no deben impedirnos considerar que la familia es la mejor imagen de un Dios, que es comunión de personas. Nosotros nos hacemos una idea de Dios como Padre a partir de nuestra experiencia del padre; y nuestra idea trinitaria de Dios debe mucho a nuestra experiencia familiar. Pero estas experiencias, la paterna y la familiar, son imperfectas, están amenazadas por el mal. Por eso, debemos eliminar de nuestra idea de Dios todas las formas de imperfección humana y elevar hasta el infinito todo lo bueno que hay en nuestro corazón.
El sufrimiento que experimentamos en nuestras relaciones familiares (rupturas entre esposos, malas relaciones de padres con hijos, enemistades entre hermanos) es un signo de nuestra necesidad de ser liberados de todos estos sufrimientos más allá de la muerte. Para los creyentes en Cristo, todo sufrimiento es un signo de esperanza, esperanza de salvación para todos los que sufren.


Si uno tiene la oportunidad de visitar un día festivo la Catedral de El Salvador, puede llevarse una gran sorpresa: la de encontrarse con dos Misas a la misma hora, una en la cripta (que ocupa todos los bajos de la Iglesia) y otra en la nave principal. Las dos con muchos fieles, gente sencilla y pobre, pero que denotan dos modos de ser Iglesia. En la cripta está enterrado el arzobispo Romero. Allí celebra un solo sacerdote, los cantos son populares y la predicación intenta acercar el Evangelio a los pobres. En la nave de la Catedral concelebran tres sacerdotes, ayudados de unos diez monaguillos con túnicas rojas y roquete blanco y un buen incensario. A los lados del altar mayor destacan dos impresionantes cuadros: uno de la Divina Misericordia y otro de San Josemaría.
Solemos entender el amor humano de forma muy utilitaria, incluso en sus formas más elevadas, como puede ser el amor conyugal. La dinámica del amor suele ser la siguiente: “te amo porque eres tú”, o sea, te amo porque hay algo en ti que me gusta, me atrae, me complementa. Pero la perfección del amor no está en el “te amo porque eres tú”, sino en el “te amo porque soy yo”. En la revelación que Jesús nos ha hecho de Dios, encontramos esta perfección del amor.
Cuando se dice que la fe es un don de Dios, surge espontáneamente la pregunta de por qué Dios no otorga este don a todos, porque parece evidente que no todos creen. Para mejor aclarar esta cuestión considero importante distinguir entre revelación y fe. Lo que es un don de Dios, una obra divina, es la revelación. La fe es una respuesta humana. La revelación se ofrece como una iniciativa divina a la “fe” del hombre. Dios mismo, por su revelación, quiere darse a conocer a todos y busca que todos le respondan con amor. Algunos aceptan este don, otros lo rechazan y permanecen en la “no creencia”. Hasta aquí no veo yo problema alguno. La pregunta entonces sería: ¿hay que atribuir a una elección divina el hecho de que entre los seres humanos unos adhieran a la revelación y otros la rechacen?