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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

28
May
2013
A falta de teología, apologética
16 comentarios

La apologética, o sea, la defensa de la fe cristiana frente a los malentendidos, descalificaciones o ataques venidos del exterior, siempre ha existido en la Iglesia. Ha tenido una doble orientación, que dependía más del talante del apologeta que del tipo de ataque al que había que responder. Hay una apología que se dedica a descalificar al adversario y lo trata como un enemigo; y hay otra que busca puentes de diálogo con la postura distante, diferente o disidente. Por lo demás, la apología no es la más importante tarea eclesial. La tarea principal de la Iglesia es dar a conocer el Evangelio y ofrecer una reflexión teológica que ayude a comprenderlo mejor, primero por los propios creyentes y luego por los que deben ser evangelizados.

Hoy abunda la apologética y es escasa la buena teología. A falta de propuestas teológicas y de ofertas teologales, hacemos apologética. Y además de la mala, de la que descalifica y es incapaz de ver nada bueno en el diferente o en el distinto. Una apologética que piensa que una tradición humana (Col 2,8) es tanto más divina cuanto más contraria es a las ideas del mundo moderno. Esta apologética no tiene ideas propias, se alimenta de lo que dicen otros, pero no para dialogar, aprender o aprovecharlo, sino para mostrarse escandalizada y condenar. No aporta nada, sólo critica lo que otros ofrecen. No hace ninguna concesión. Todo es blanco o negro. Para ella no hay escala de grises. No reconoce nada bueno fuera de lo que ella dice. En vez de resaltar el fondo cristiano que pueda haber en las nuevas tendencias, no hace sino provocarlas para que rompan con los pocos vínculos que las unen a la Iglesia. Así el diálogo y el acercamiento con el otro es imposible.

Además de buena teología (reflexión que ayuda a comprender mejor a Dios), necesitamos recursos teologales (que propician el encuentro con Dios), como la oración, el compromiso apostólico, una liturgia viva y comprometida, un servicio de caridad y solidaridad iluminado por la fe, que ve en todo ser humano la imagen misma de Dios. La oferta y vivencia de estos recursos es mucho más eficaz que todas las apologéticas condenatorias. De entrada y de salida, debemos buscar la salvación. Para que resplandezca la salvación no hace falta estar todo el día lamentando y condenado la oscuridad. La oscuridad desaparece por sí sola cuando se enciende una pequeña luz, una cerilla. La oferta teológica y teologal es esa cerilla que tenemos que cuidar, para que no se apague. No sea que después de tanto lamento lo que tengamos es más oscuridad porque nadie se ha preocupado de encender una cerilla.

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24
May
2013
Indignación ante el Crucificado
5 comentarios

Cuando miramos a Cristo crucificado, ¿qué es lo primero en lo que pensamos? ¿En nuestros pecados? Eso significa que la mirada hacia el Crucificado provoca que nos miremos a nosotros mismos. Pero antes de mirarnos a nosotros mismos y para mirarnos bien, y mirarnos desde el Crucificado, conviene que mantengamos nuestra mirada puesta en la cruz de Cristo. Y, si mantenemos la mirada fija en la cruz, y nuestra mirada es limpia o ingenua, lo lógico es que nos sintamos indignados. Lo que allí ocurre no es digno, es algo rechazable y reprobable. No podemos estar de acuerdo: allí está Crucificado un inocente, el inocente por antonomasia. Cuando una víctima inocente es maltratada y martirizada, el sentimiento primero y más espontáneo es de indignación.

El misterio de la Encarnación manifiesta que todo lo humano y sólo lo humano es compatible con Dios. La crucifixión de Jesús manifiesta que la compatibilidad de Dios con lo humano se revela, para la mirada de la fe, en una víctima inocente, en un martirizado injustamente. No porque Dios sea un sádico o un amante del dolor, del sufrimiento y de la injusticia, sino porque Dios se solidariza e identifica con la víctima inocente que es Jesús y, por extensión, con todas las víctimas inocentes de la historia. Si, como dice toda la tradición cristiana, desde la patrística hasta el moderno magisterio, Dios, con su encarnación se ha unido con todo hombre, entonces mirando al Crucificado, demos precisar: Dios se ha unido, sobre todo, con todas las personas humilladas, maltratadas, malqueridas y abandonadas de la historia. Si al contemplar a Jesús crucificado nos olvidamos de las víctimas, sea cual sea su raza, cultura o religión, entonces es que nuestra mirada no es la de la fe.

Y una cosita sobre este pensar en el pecado que con demasiada rapidez se proclama al predicar sobre la cruz de Cristo. Pecado es lo que Dios no quiere. Y lo que Dios no quiere es lo inhumano, lo que daña al ser humano. En la cruz de Cristo y en todas las cruces de la historia se revela, sin duda, el pecado, o sea, lo que Dios no quiere. Dios no quiere que el ser humano sufra, Dios no quiere que martiricemos a nadie, que cometamos injusticias con el hermano, hasta el punto de matarle. No, Dios no está de acuerdo con la cruz, pero está a favor del Crucificado. En la cruz de Cristo se revela lo que Dios no quiere (a saber, el sufrimiento de las víctimas) y lo que Dios quiere: la vida y la felicidad para todos, el entendimiento y la reconciliación entre las personas y los pueblos, el trabajo por un mundo más justo, en el que sea posible la vida para todas las hijas y los hijos de Dios.

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20
May
2013
La vida de los bien nacidos
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En España comienza a haber demasiadas historias de enfermos para contar. Historias que ocurren en la sanidad casi “expública”, esa sanidad que quieren privatizar so pretexto de mejorar el servicio, pero en realidad para reducir gastos, despidiendo personal, dejando de atender a algunos enfermos, o presentando factura a otros. En algunos hospitales ya están entregando al usuario unas hojas para que marque la correspondiente casilla de si ha quedado contento con la atención. Para que luego el político de turno pueda vender qué tanto por cien de satisfacción va teniendo la nueva sanidad “privada”. Algunas enfermeras se han negado a colaborar en esta jugada (con todas las cautelas posibles, para no tener problemas), porque la buena, debida y adecuada atención se da por supuesta, como en el ejército se supone el valor.

Lo peor son algunas historias de pacientes que revelan a dónde estamos llegando. Como la de esta persona, obligada a pagar el medicamento, y casi por caridad le pedía al médico que le recetase “otra cosa”. Otra cosa que acorta la vida, porque ya no hay recursos para hacer frente a la vida. O la de este enfermo de Sida, inmigrante, de esos que ya no tienen derecho a ser atendidos, y que no puede pagar una carísima medicación. La va a pagar Caritas, pero es claro que si se multiplican los casos Caritas no podrá atenderlos a todos. Oigo que un Consejero autonómico dejó muy claro a los responsables de hospitales que sólo podían atender a inmigrantes con una verdadera urgencia (aunque luego, al salir, les presentan factura). Y ante la interpelación de un médico: “y qué es urgente”, no supo que responder. ¿Un dolor de cabeza es una urgencia? Hay dolores de cabeza producidos por un infarto. Pero eso requiere de unos análisis que no se hacen por un simple dolor de cabeza.

Me cuentan el caso de un rumano: cuando el médico le dijo que tenía que hacerse un análisis, se echó a llorar desconsoladamente. ¿Motivo? No el análisis, sino el que “eso en su país había que pagarlo y no tenía dinero”. Como se trataba de una ciudadano de la Unión Europea, se tranquilizó al saber que aquí no había que pagar. ¡En otros países están mucho peor! Pero esto no justifica que en España haya recortes en sanidad y educación por una mala gestión política de la economía.

Como yo estoy a favor de la vida de los bien nacidos, hago mi pequeña protesta. Es de esperar que otros, que también están a favor de la vida, hagan la suya desde sus medios de difusión y según sus posibilidades.

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17
May
2013
El Espíritu no actúa echando suertes
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El libro de los Hechos de los Apóstoles cuenta que en la elección de Matías para formar parte del grupo de los doce en sustitución de Judas, los creyentes hicieron oración, echaron suertes, y salió el nombre de Matías. No es legítimo deducir de ahí que un resultado es tanto más atribuible al Espíritu cuanto menos intervención humana haya en el resultado. El Espíritu, en los asuntos que conciernen al ser humano, siempre actúa con nosotros y nunca sin nosotros. Como actuó en el caso de la elección de Matías. Porque no se trató de un sorteo puro, sino muy dirigido. Los candidatos necesitaban cumplir ciertas condiciones (la más importante, haber conocido al Señor Jesús) y, de entre los que cumplían esas condiciones, la asamblea eligió a dos. El sorteo se hizo entre los dos que habían pasado la criba de la elección eclesiástica.

Recientemente se ha nombrado un nuevo Papa copto. También ahí hubo sorteo, pues la mano inocente de un niño sacó la papeleta con el nombre del nuevo Papa. Pero el sorteo fue dirigido. Había tres candidatos elegidos tras un largo proceso de votaciones en el que participaron prelados de todos los rincones de Egipto. Es posible que este sistema sea una cura de humildad y evite algunas componendas demasiado humanas. Pero en todo caso, no se puede concluir que el Espíritu actúa a través de una lotería. El Espíritu siempre actúa a través de mediaciones humanas.

A veces he escuchado en boca de algunos predicadores o catequistas: “no he podido preparar la homilía o la catequesis, el Espíritu me inspirará”. Pues si uno no se ha preparado, lo más probable es que el Espíritu le inspire tonterías (dicho sea con la esperanza de que se me entienda bien). No se puede confundir la acción del Espíritu con la espontaneidad y la improvisación. Su acción está condicionada por la capacidad y el esfuerzo del ser humano. Actúa, no a pesar de, sino a través de la búsqueda, la sensibilidad y la inteligencia de los predicadores. La inspiración del Espíritu Santo no dispensa a la Iglesia y, en consecuencia al Papa y de los Obispos, del esfuerzo de la preparación, del estudio y de la buena información. En este sentido hay que decir que el Espíritu está condicionado.

Si el lenguaje es el órgano del ser interior, entonces el ser interior se condiciona al hacerse lenguaje. Si “la palabra es la carne de la idea” (como dice un himno de Laudes), entonces la idea está limitada por la palabra. De la misma forma, el Espíritu no actúa de forma automática o mágica, sino a través de la voluntad, la razón y la experiencia de quienes detentan la autoridad en la Iglesia o de quienes queremos seguir sus impulsos. Esto implica ser consciente de nuestras limitaciones y prejuicios, y un serio esfuerzo por buscar la voluntad de Dios usando todos los recursos de nuestra inteligencia, en lugar de sentirnos dispensados de esta búsqueda porque supuestamente dispondríamos mecánicamente del Espíritu.

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14
May
2013
Si Jesús se va, salimos ganando
2 comentarios

Hay una palabra de Jesús dirigida a sus discípulos que hace pensar: “os conviene que yo me vaya” (Jn 16,7). Con la partida de Jesús se produce una ganancia. Esta palabra va acompañada de una reiterada advertencia: me voy, pero vosotros no debéis estar tristes. ¿Qué clase de extraña ganancia es esa que se produce con la partida de Jesús, por qué hay que estar alegres cuando nos deja, por qué nos conviene que se vaya? “Si no me voy, dice Jesús, no vendrá a vosotros el Paráclito, pero si me voy os lo enviaré”. Así, pues, la pregunta revierte en el Paráclito: ¿qué estupendas cosas hace el Espíritu Santo que valgan un precio tan alto como el de la ausencia de Jesús?

La presencia de Jesús estaba limitada a un tiempo y a un espacio determinados. El Espíritu no está limitado ni por el tiempo ni por el lugar. Su presencia es universal y permanente. Pero, además, el Espíritu hace presente a Jesús. Con una presencia distinta de la terrena, más discreta, pero no menos real. Gracias al Espíritu, Jesús sigue estando con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Por otra parte, el Espíritu nos hace adultos, mayores de edad. Nos obliga a asumir nuestras responsabilidades. Ya no podemos acudir al Maestro para que nos ofrezca soluciones hechas. Debemos buscarlas nosotros, siguiendo los impulsos del Espíritu y recordando los ejemplos del Maestro, pero bien conscientes de que nuestros tiempos son distintos. Debemos enfrentarnos a nuevos problemas, de los que solo nosotros somos responsables, y solo nosotros, con nuevas respuestas, podemos resolver.

Finalmente, el Espíritu cambia nuestra mentalidad, sana nuestro corazón y renueva nuestra vida. Gracias al Espíritu, pensamos con la mente de Cristo, amamos con un corazón como el de Jesús y cumplimos la voluntad de Dios. El Espíritu produce en nosotros como una segunda naturaleza (un “nuevo nacimiento”) por el que pensamos, amamos y obramos de un modo nuevo, distinto, equivalente en nuestras vidas al modo de pensar, amar y obrar de la divinidad: los que se dejan guiar por el Espíritu, esos son hijos de Dios. Guiar sí, porque nosotros somos responsables de lo que hacemos. El Espíritu no nos apabulla, no suplanta nuestra personalidad, la renueva, la sana y la purifica. Yo ya no pienso que robar es algo bueno; pienso que es malo y, por eso, porque es malo, no hay circunstancia que me mueva a robar; yo ya no amo egoístamente, mi corazón está abierto a lo universal, sin exclusiones ni discriminaciones; ya no actúo buscando mi propio interés, sino el interés de los demás.

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10
May
2013
Ascensión: metáfora y realidad
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La metáfora no es algo falso. Es una comparación entre dos realidades, una desconocida o difícil de expresar y otra más asequible y fácil de entender, para lograr hacerse una idea aproximada de la primera a partir de la segunda. Cuando, para referirnos a la Ascensión del Señor, utilizamos términos como “subió a los cielos” o “está sentado a la derecha del Padre”, estamos empleando metáforas que ayudan a dar un contenido a nuestra fe. Porque la fe quiere comprender, precisamente porque se refiere a realidades decisivas en las que está en juego la vida humana. Tomás de Aquino, en su Comentario al Símbolo de los Apóstoles, dice: “el término ‘derecha’ no se aplica a Dios en el sentido material, sino metafórico”. Lo que se pretende decir con este término es que Jesús es igual al Padre, y que con su ascensión ha alcanzado el mayor de todos los bienes, que es la vida con Dios. Sto. Tomás añade que esto de alcanzar el mayor de todos los bienes va dirigido contra el diablo, que según el profeta Isaías (Is 14,13) quiere poner su trono por encima de las estrellas de Dios y asemejarse al Altísimo. Ahora bien, dice nuestro autor, “esto no se cumplió sino en Cristo”.

 

Ahora que estamos llegando al final del tiempo pascual, vale la pena notar que la Pascua, clave y centro de la fe, punto de partida cronológico y teológico de la fe cristiana, es un acontecimiento de una riqueza tal, que es imposible describirlo con una sola imagen. Por eso celebramos el misterio pascual durante cincuenta días, y luego prolongamos esta celebración cada domingo. Se trata de un acontecimiento único, aunque nosotros, para entenderlo mejor, lo celebremos por etapas. Dicho de otra manera: Viernes Santo, Pascua, Ascensión y Pentecostés son la misma realidad. Se puede hablar de cuatro momentos pero más bien son distintas perspectivas del mismo acontecimiento. ¿Cuándo sube Jesús al cielo, cuando entra en el mundo de Dios para nunca más morir? El día de su resurrección. La resurrección es la subida de Jesús al cielo. Y desde el cielo asegura la perenne efusión del Espíritu, que él entregó el día de su Crucifixión: al morir, dice el evangelio de Juan, entregó su espíritu. Y al morir, ¿qué ocurrió? Pues eso, que Dios le acogió para siempre en su seno.

La unidad entre resurrección y exaltación, notificada en casi todos los escritos del Nuevo Testamento, parece haberse roto en Lucas, que entre resurrección y ascensión intercala un tiempo (simbólico) de cuarenta días. Este relato es el que más ha influido en las concepciones corrientes de la fe. Pero esto no debe hacernos perder de vista el sentido teológico de la ascensión, a saber: el ser de Jesús con Dios y el nuevo modo de estar con nosotros desde Dios.

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8
May
2013
Los otros matrimonios mixtos
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Se entiende por matrimonio mixto el contraído entre personas de distinta confesión cristiana (una católica y un protestante) o de distinta religión (un católico y una musulmana). Este tipo de matrimonios, sobre todo los contraídos entre personas de distinta confesión cristiana, no deberían plantear mayor problema. Se da el caso, en muchos de ellos, sobre todo si son buenos creyentes, que un cónyuge suele acompañar al otro a los oficios de su Iglesia. Pero hoy está siendo cada vez más frecuente un tipo de matrimonio “mixto” entre un cónyuge religioso y practicante o, al menos, un cónyuge que antes del matrimonio vivía su fe sin ningún conflicto personal, y otro cónyuge ateo, e incluso, anti-católico o anti-clerical. En algún caso ocurre que la parte católica, sobre todo si está muy convencida de su fe y la vive con firmeza, arrastra a la otra parte a la fe, o al menos, a que la respete. Pero lo más frecuente es que sea la parte no católica la que obligue o fuerce a la otra parte a dejar de practicar.

Cuento dos casos. El de una pareja, que viven como unión civil, porque uno de ellos no es religioso. Han tenido un hijo. La parte católica quiere bautizarlo. Tras algunas tensiones, la otra parte consiente. Segundo caso: otra pareja, que viven como unión civil (ya que uno no sólo no cree en el sacramento, sino que lo rechaza) han tenido un hijo. Y aunque la parte católica quiere bautizarlo, la otra parte se opone. Por el bien de la paz y del amor, no hay bautismo. En estos casos no valen las recetas generales y apriorísticas, porque cada caso es distinto. El matrimonio está fundamentado en el amor, no en la fe, aunque la fe es un componente que marca totalmente a una persona. Por eso, una persona creyente, convencida, que pone a Dios por delante de todo, puede decir tranquilamente a otra persona de la que se ha enamorado: Dios es lo primero y si Dios no entra en nuestra relación, yo te seguiré queriendo mucho, pero mi relación contigo tiene un límite.

Lo que ocurre es que la mayoría de los creyentes no viven su fe con esta convicción e intensidad. Y por eso, el enamoramiento hace que sea su fe la que sufra las consecuencias. No cabe responder que no hay auténtico amor. Se puede amar de verdad al que no comparte la fe. Dios les ama. ¿Por qué no voy a poder amarle yo? Antes, estas situaciones se arreglaban de otra manera, se guardaban las apariencias. Hoy la fe ha perdido apoyo y arraigo social. De ahí se derivan algunos problemas. Como cristianos, como Iglesia, debemos preguntarnos cómo acompañar a estas personas sinceramente enamoradas de una persona no religiosa. Habrá que practicar una pedagogía, hecha de paciencia y cercanía, tanto para la parte creyente como para la no creyente.

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4
May
2013
Francisco y Benedicto muestran el camino
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No lo tenían fácil. Pero lo están haciendo bien. Muchos se preguntaban cómo iba a ser la convivencia entre dos Papas viviendo tan cerca el uno del otro. Las imágenes dan la respuesta: hay sintonía entre Francisco y Benedicto. Francisco (a él le corresponde la iniciativa) está mostrando gran cariño y fraternidad hacia su predecesor. Normalmente, entre los humanos (y en la Iglesia lo somos tanto como en cualquier otra instancia) las relaciones entre los que han mandado no suelen ser fáciles. No les gusta que les comparen con su sucesor o su predecesor. Y el que ocupa el poder suele marcar distancias para que quede claro que las cosas han cambiado y que es él quién lleva la batuta.

Eso ocurre cuando se trata del poder. Entre los humanos (y en la Iglesia lo somos también) el poder es lo que más se ambiciona. Es la delicia de las delicias. Pero ya Jesús advirtió que eso era precisamente lo que no podía ocurrir entre los suyos. Los suyos están llamados a ser servidores. Entre los suyos no hay “padres” que hagan de patrones: no llaméis a nadie padre sobre la tierra, porque todos sois hermanos. Ver al Papa Francisco, sentado en una silla, al mismo nivel que el resto de los fieles que están orando en una capilla, es un gesto inédito, pero significativo: ante Dios todos somos iguales, porque él nos ama a todos por igual. A todos por igual. A todos con todo su amor. ¡Al Papa le ama igual que a mí! ¡A la Virgen María la ama igual que a mí!

Ver al Papa Francisco rezando junto con Benedicto es un presagio de tiempos más fraternos en la Iglesia. Ayuda mucho esta con-fraternidad papal, orando juntos. A los aferrados al poder, a los que piensan que cuanta más separación y distancia, más poder, les cuesta comprender esta dimensión de servicio y fraternidad que denotan los gestos papales. Porque si él se presenta de esta guisa, entonces sus colaboradores deben también ponerse en la misma sintonía. Y, junto con sus colaboradores en la curia vaticana y en el resto de curias, todos los fieles, empezando por aquellos que tenemos responsabilidades pastorales. Oler a oveja es algo más que una metáfora. Oler a oveja indica que uno está cerca de aquellos a quienes debe cuidar y mimar. Si se trata de mandar, se guardan las distancias y no se huele a nada. Si se trata de cuidar y de servir, las distancias desaparecen. Entre Francisco y Benedicto parece que hay muy poca distancia. Entre Francisco y las demás personas hay cercanía. Cuando hay cercanía nos comprendemos mejor y nos resulta más difícil condenar.

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1
May
2013
La nueva familia que Jesús vino a crear
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Además de las situaciones familiares, de las que he hablado en un post anterior, hay otro tipo de realidades familiares, de las que hoy se habla menos entre los cristianos. El Papa Benedicto XVI se ha referido en distintas ocasiones a la “nueva familia” que Jesús vino a crear. Nueva sí, porque el matrimonio de un varón y una mujer no era en tiempos de Jesús una realidad nueva; este tipo de matrimonio aparece prácticamente desde que existen seres humanos y siempre ha sido considerado por la Iglesia como una realidad natural, querida y bendecida por Dios. Pero con Jesús aparece un tipo “nuevo” de familia, porque rompe con los cánones de esa familia fundada en la carne y en la sangre.

La familia que Jesús busca, por encima de cualquier otra consideración, es la que se fundamenta en la fe y en el amor. “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?”, pregunta un día provocativamente Jesús, precisamente delante de su familia de la carne. Y señalando a otros distintos de esa familia de la carne, señalando a aquellos que estaban escuchando su palabra, Jesús dice: “esos son mi madre y mis hermanos, lo que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”.

Toda persona está invitada a formar parte de esta nueva familia de Jesús. A lo largo de la historia, algunos varones y algunas mujeres han querido imitar más de cerca ese nuevo tipo de familia de Jesús, esa fraternidad no fundamentada en la carne, sino en el amor, y se han creado así familias de varones y de mujeres célibes, que querían con este signo del celibato “repetir” en sus vidas el celibato de Jesús, mostrando así cuál es la nueva familia que quiere Jesús. Es una pena que cuando se habla de familia en la Iglesia, en los tiempos actuales, parece que sólo se piensa en un posible tipo de familia.

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28
Abr
2013
Meterse en política como Santa Catalina de Siena
7 comentarios

Cuando un cristiano, en nombre de su fe, levanta la voz en cuestiones de moral social, de justicia, de solidaridad, de compartir los bienes, siempre hay quien dice: eso es meterse en política. Pues sí, claro que es meterse en política. Pero no decir nada, o hablar sólo de familia y sexualidad, también es meterse en política. La cuestión no es si hacemos o no política, porque hagamos lo que hagamos, siempre hacemos política. La cuestión es qué tipo de política hacemos y por qué hacemos ese tipo de política.

Santa Catalina de Siena, copatrona de Europa, cuya fiesta se celebra el 29 de abril, se metió en política. La vocación orante de Catalina se compagina perfectamente con sus ingeniosas maneras de servir a los pobres. Ella sale a la calle para ocuparse de enfermos con enfermedades contagiosas, que nadie quiere atender y que sufren continua soledad. Escucha con atención el grito de los pobres, de los enfermos, nuevos Cristos sufrientes. Cuanto más avanza Catalina en la vida del Espíritu, tanto más se compromete con el mundo. Identificada plenamente con los sentimientos de Cristo, se convierte en una predicadora itinerante que tiene por púlpito la calle. Y, con su escasa cultura, habla con sabiduría ante las autoridades y ante el mismo Papa, ante políticos y eclesiásticos, instándoles a cambiar de actitudes. Algo inaudito para una mujer de 25 años, en el siglo XIV. ¿Seria mucho atrevimiento dibujarla con los rasgos de algunas indignadas de hoy que con una edad similar han reclamado otra política y otra economía en plazas y calles de ciudades españolas?

En todo caso, Catalina de Siena es un claro ejemplo de que cuanto más arraigado está uno en Dios, tanto mejor apóstol es. Una cosa lleva a la otra, pues la oración no es nunca una evasión de nuestras responsabilidades terrenas, ni la mística un olvido de las necesidades de la tierra. Al contrario, la contemplación de las cosas divinas nos lleva a una visión afinada de las miserias y dolores de los hombres. La unión con Dios muestra su autenticidad en el servicio al prójimo. Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables y el uno es la mejor prueba del otro.

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