Logo dominicosdominicos

Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

22
Abr
2013
Familia, situación religiosa amplia
5 comentarios

Hay todo tipo de situaciones familiares. Unas más aceptadas social y religiosamente y otras religiosamente menos aceptadas. Pero incluso entre las personas cuya situación no plantea problemas a la doctrina católica, no todas viven su matrimonio de forma “ideal”. En nuestra nación existen centros de ayuda a personas con situaciones familiares difíciles atendidos por instituciones religiosas. Otras parejas, en situación canónica irregular, requieren un acompañamiento pastoral específico. En España hay algunas asociaciones católicas de divorciados vueltos a casar.

Por otra parte, el concepto cristiano y católico de familia monógama, no es compartido por todas las religiones. El Islam acepta la poligamia. Más aún, el Antiguo Testamento, sin que aparezca una palabra de reproche o condena, cuenta que Abraham tuvo dos esposas, Jacob tuvo cuatro y David 99. Aunque a muchos les resulte sorprendente vale la pena escuchar las razones que algunos dan para justificar la poligamia (esterilidad, enfermedades que impiden tener relaciones sexuales, varones con altos niveles de testosterona).

Es bien sabido que la Iglesia católica no acepta el divorcio. El matrimonio es indisoluble, monógamo y para toda la vida. Otra cosa es la nulidad matrimonial, que hay que distinguir claramente del divorcio civil. Nulidad es la declaración de que nunca ha habido matrimonio. La Iglesia ortodoxa procede de otra manera, pues acepta un segundo e incluso un tercer matrimonio, cuando el primero se quiebra. La Iglesia ortodoxa acepta que tras el divorcio (reconoce, pues, que hubo matrimonio, pero que este se ha quebrado, se ha roto) se pueda contraer un segundo matrimonio mediante el sacramento de la Iglesia. En estos casos, la celebración no tiene el honor y la dignidad del primer matrimonio y algunas oraciones tienen un tono de perdón.

Dentro de la comunidad católica, hoy existen otro tipo de situaciones familiares que van más allá del conjunto mujer, varón e hijos de esta pareja. Es el caso de un varón o una mujer solteros con hijos o hijas adoptados. Estamos ante una realidad nueva, que no plantea problemas desde el punto de vista de la fe, y que requiere una atención pastoral personalizada.

Estos ejemplos, no exhaustivos, de diferentes situaciones familiares, religiosamente hablando, tienen distintas valoraciones. Ahora bien, no compartir determinadas posturas no tiene que ser obstáculo para apoyarlas en lo bueno que tienen y respetarlas en aquellos aspectos, más o menos discutibles, que no compartimos.

Ir al artículo

18
Abr
2013
Padre con entrañas maternales
5 comentarios

Resulta muy llamativo eso que dice el Credo de la fe cristiana, tal como fue formulado en el siglo IV: “Creo en Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos… Engendrado, no creado”. Más aún: hay un Concilio de la antigüedad (el Concilio de Toledo, año 675) que afirma que “el Hijo fue engendrado y nació del seno del Padre”. O sea, Dios Padre tiene un Hijo, que nace de su seno, porque él lo ha engendrado. Nosotros no solemos decir que el padre engendra y mucho menos que tiene un seno. La que engendra, la que da a luz, la que porta al niño en su seno, es la madre, aunque evidentemente el padre interviene en el engendramiento. En todo caso, entrar en estas cuestiones de tipo sexual para ver hasta qué punto pueden aplicarse a Dios me parece una equivocación. Porque Dios es trans-sexual, está más allá de las distinciones sexuales. En todo caso, una buena analogía para entender la “generación” en Dios sería la de la mente humana que engendra la palabra.

Ahora bien, el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. De ahí se deduce que, en cierto modo, Dios es semejante al ser humano. Y por tanto, tiene que integrar en su realidad divina lo que en nuestro campo se llama masculino y femenino. De hecho, en la Sagrada Escritura, se atribuyen a Dios cualidades tanto masculinas como femeninas. El Antiguo Testamento presenta varias veces el amor de Dios a su pueblo bajo la figura de madre. El profeta Isaías (49,14-15) compara a Dios con una mujer que no olvida al hijo de sus entrañas. En Is 66,13 se dice que Yahvé consuela como una madre; en el Salmo 131 se compara a Dios con el regazo de una madre; y en otros textos el amor de Dios es comparado al amor de una madre que lleva a su pueblo en su propio seno, dándolo a luz en el dolor, nutriéndolo y consolándolo (Is 42,14; 46,3-4).

En la conocida como parábola del hijo pródigo, la reacción del padre ante el hijo que vuelve evoca las entrañas maternales: “todavía estaba lejos cuando el padre lo vio y, conmovido en sus entrañas, corrió a su encuentro y se lanzó a su cuello, cubriéndolo de besos” (Lc 15,20). Los rasgos son aquí más maternales que paternales. Se trata de un padre con sentimientos y entrañas maternas. Para caracterizar quién es el Padre del cielo no bastan las características del padre terreno; hay que añadir además las perfecciones de la madre. Solamente asumiendo las dos figuras de padre-madre expresamos lo que creemos en la fe: hay un misterio último, acogedor, fuente y principio de todo, que nos invita a la comunión, del que todo viene y hacia el que todo va: el padre y madre celestial.

Ir al artículo

14
Abr
2013
El reparto, esa es la cuestión
6 comentarios

Leo que, en estos últimos días, el Papa ha dicho a los sin techo: “les llevo en mi corazón, estoy a su disposición”. Son unas palabras en línea con las que pronunció, parece que de forma casi espontánea (y esas espontaneidades reflejan lo que hay en el corazón) al decir que quería una Iglesia pobre y para los pobres. La pobreza evangélica tiene que ver con la sencillez de corazón y con la austeridad de vida. Tiene que ver con la confianza en Dios. Pero también se manifiesta en actos proféticos de solidaridad con aquellos que son pobres materialmente hablando.

Hay una palabra de Jesús que, tomada en serio, puede suscitar actos proféticos: “dadles vosotros de comer”. Tan interesante como la palabra es el contexto que la suscita. La gente se agolpa alrededor de Jesús y escucha su enseñanza. De pronto los discípulos se dan cuenta de que es tarde y están en un descampado. Aconsejan a Jesús que diga a la gente que vayan a los pueblos de alrededor para encontrar comida. Es la solución más lógica y sensata. Jesús responde: “dadles vosotros de comer”. Entre la multitud, hay un muchacho que tiene comida, pero es claramente insuficiente: cinco panes y dos peces (Mc 6,30-44). Entonces Jesús, tras pronunciar la oración, parte los panes y manda que se distribuya lo partido. Ya sabemos que al final sobró comida. La enseñanza de fondo: el pan, cuando es escaso pero se parte y reparte, llega a todos; si es abundante, y se lo queda uno solo, sólo come une y los demás pasan hambre.

La cuestión no es por tanto de cuantos recursos dispone el Estado o el municipio. La cuestión es si los reparte y cómo los reparte. Desgraciadamente, en nuestras ciudades cada vez hay más colas esperando un poco de pan ante comedores sociales, albergues y despachos de Caritas. La mayoría son extranjeros, pero cada vez hay más españoles. Las preguntas que se pueden hacer son muchas: ¿cómo es que las instituciones caritativas encuentran comida? ¿A qué dedican sus recursos las instituciones oficiales? ¿Con qué criterio se hacen los presupuestos del Estado, de la Comunidad, del municipio? ¿Qué es lo que tiene la primacía? Se dice y repite que la tienen las pensiones, la enseñanza y la sanidad. No es verdad. La tiene el pago de intereses. ¿Por qué el Estado no se declara en suspensión de pagos? No sería ni la primera vez que lo hace, ni el primero que lo hace. Todas las grandes naciones lo han hecho alguna vez y su economía ha resurgido con más fuerza.

Ir al artículo

10
Abr
2013
¿Cómo lo haremos? Un modelo de comunidad
4 comentarios

Es llamativo que el cuarto evangelio, el de la alta cristología, el que afirma que Jesús y el Padre son uno, o que quién ha visto a Jesús ha visto al Padre, ese evangelio nos muestre a un Jesús preguntando: “¿dónde nos procuraremos panes para que coman estos?” (Jn 6,1-15). Cierto, el evangelista quiere evitar cualquier impresión de un Jesús que no sabe y por eso, tras la pregunta, aclara: “lo decía para tantearle, pues bien sabía él lo que iba a hacer”. No hace falta dar un sentido trascendente a esta aclaración. Normalmente, cuando uno pregunta ya tiene ya una idea de por dónde van las posibles respuestas. Es lo propio de todo buen animador, dirigente, líder: uno lleva las cosas pensadas. Pero eso no es óbice para actuar comunitariamente
 

Tanto si se trata de una pregunta retórica, como de una pregunta que busca de verdad una respuesta, lo cierto es que Jesús, antes de actuar, consulta a la gente de su grupo, escucha la opinión de los suyos. Y lo hace sin coaccionar, sin orientar la respuesta. Podría haber preguntado: ¿no os parece que podríamos actuar de esta manera? Aquí no hay en realidad pregunta, sino el anuncio de lo que se va a hacer. Jesús deja la respuesta abierta. Y pregunta sin condicionar la respuesta: ¿con qué compraremos panes para que coman estos?
 

Andrés, uno de los discípulos, responde, consciente de la pobreza e insuficiencia de su propuesta: “hay un muchacho con cinco panes y un par de peces”. Aunque la solución es insuficiente, es un buen punto de partida para provocar nuevas búsquedas, para suscitar otras soluciones, para empezar un diálogo enriquecedor. A partir de lo que hay (no desde el vacío o la nada, sino desde lo poco que hay) actúa Jesús. Y al repartir, lo que hay se multiplica. Hasta el punto de que termina sobrando. ¿Qué hacer con las sobras? ¿Tirarlas? No. Recogerlas, guardarlas. Pueden servir para otros o para otra ocasión.
 

Tenemos ahí un modelo de buen funcionamiento de una comunidad cristiana. Los responsables, los que presiden, antes de actuar, preguntan: ¿qué os parece?, ¿cómo lo haremos? Y dejan libertad de respuesta. Y a partir de las respuestas, que se van enriqueciendo unas a otras, se toma una decisión, que es de todos y por eso todos la asumen con gusto. Cuando se actúa así, siguiendo el modelo de Jesús, la comunidad refleja un misterio de amor y de comunión, el misterio mismo de la Comunión intradivina. Y el responsable, el que preside, no lo hace por encima, ni desde fuera, sino desde dentro, formando un círculo, porque él no es el centro. El centro es Cristo.

Ir al artículo

6
Abr
2013
De tal Revelación, tal fe y tal catequesis
9 comentarios

La fe es la respuesta del ser humano a la Revelación. Así, pues, según cuál sea el concepto de Revelación, así será la idea que uno se hace de la fe. Podríamos remontarnos más arriba y notar que la Revelación depende de la idea de Dios. A tal Dios, tal Revelación, y a tal Revelación, tal fe. El Islam, por ejemplo, considera a Dios como Señor. Si el Señor quiere manifestar sus designios, lo hace por propia iniciativa y sin tener en cuenta la opinión o deseos de sus súbditos. La Revelación es un monólogo de Dios que manifiesta su voluntad al ser humano. La fe entonces es obediencia a tal Señor. Lo característico de la Revelación cristiana es que Dios se da a conocer en el diálogo que desea tener con nosotros. Una revelación que toma la forma de diálogo supone un Dios que desea establecer relaciones amistosas con el ser humano y, por tanto, un Dios que tiene en cuenta las características, inquietudes, deseos y necesidades de su interlocutor. La razón última de este diálogo divino-humano está en el mismo ser de Dios: Dios es Amor, lo más propiamente suyo es la relación, primero al interior de la divinidad y luego hacia el exterior. Porque él se manifiesta tal cual es.

Este concepto católico de revelación es relativamente nuevo. Durante mucho tiempo, en el mundo católico, la Revelación se consideraba un cuerpo de verdades doctrinales, contenidas en la Escritura y propuestas por la Iglesia. La fe era así una adhesión intelectual a estas verdades. Si Revelación es “lo que dice la Biblia y la Iglesia propone”, entonces la fe es un conocimiento de verdades. Ahora bien, si Revelación es el acto por el que Dios se da a conocer por medio de su Palabra, acto que manifiesta quién es Dios, entonces la fe es un encuentro con Dios por medio de su Palabra, que es Jesucristo. Este segundo concepto de revelación es el que ha permitido al Magisterio de la Iglesia y a la teología considerar la revelación como un diálogo.

Aparece así una consecuencia importante de cara a la catequesis. Pues si en la fe se trata de conocer las verdades que Dios revela, entonces cabe deducir que tiene fe el que conoce esas verdades. Como esas verdades han encontrado su formulación más elaborada en los dogmas y el Catecismo de la Iglesia, se diría que tiene fe el que conoce estas doctrinas con toda precisión. La catequesis se convierte en un aprendizaje doctrinal. Pero si la fe es un encuentro con Dios por medio de Jesucristo, entonces la predicación y la catequesis deben invitar a este encuentro. Y el mejor modo de realizarlo no es a través de un recitado de fórmulas, sino acercándonos al Evangelio, a la vida de Jesús, a sus hechos y palabras, para acogerlas de todo corazón, meditarlas en la oración, y vivirlas en el amor al prójimo. De este modo podemos tener una experiencia del Espíritu de Jesús y, a través de su Espíritu, conocerle y encontrarle.

Ir al artículo

2
Abr
2013
Los hartos se contratan por pan
4 comentarios

En el primer libro de Samuel encontramos un texto ciertamente paradójico: “los hartos se contratan por pan, mientras los hambrientos engordan; la mujer estéril da a luz siete hijos, mientras la madre de muchos queda baldía”. La primera paradoja es real. Las otras son deseos, esperanzas, profecías. Pero la primera (los hartos se contratan por pan) es real y cruel: los que tienen mucho, siempre quieren más; nunca están satisfechos. El codicioso no se harta de riquezas. Y esto, a costa de dejar a los demás en su pobreza. En vez de repartir, el rico quiere acumular cada vez más, a costa de que otros no tengan nada y mueran. Es la borrachera y la ceguera de la mentalidad capitalista. La borrachera del que, aún sabiendo que tanto pan y tanto vino, tanto exceso, tanta hartura, no son sanas e incluso conducen a la muerte, parece que no puede ni quiere parar. Mientras los ricos cada día son más ricos, los pobres cada día son más pobres.

Las otras paradojas: los hambrientos engordan, la mujer estéril da a luz siete hijos, están ahí para reavivar la esperanza de los pobres. Desgraciadamente, los fragmentos de realidad de tales paradojas, cuestan mucho tiempo y esfuerzo conseguirlos. Los cristianos, a veces, hemos pensado que se trata de realidades escatológicas. Y ciertamente lo son: el Reino de Dios, que cada día pedimos, llegará, y entonces encontraremos una mesa llena de manjares, más que suficientes, y todos buscaremos que el hermano sea el primer servido. ¿Este Reino sólo es escatológico y, por tanto, no es de este mundo? La esperanza cristiana nos dice que la espera de una nueva tierra y un nuevo cielo no nos evade de nuestras responsabilidades, sino que es un motivo más para luchar con todas nuestras fuerzas por un mundo más justo y más humano.

¿Qué podemos esperar en el aquí y el ahora, qué se puede esperar del ser humano en las condiciones de nuestro mundo presente? Poco, si miramos a los demás. Mucho si decidimos comprometernos ante la terrible crisis que atraviesa el mundo. La esperanza nacerá en medio de este compromiso. No estamos en condiciones de detenernos. Tenemos el deber de resistir. Le debemos un gesto a la vida. Y, por supuesto, le debemos un gesto a Cristo resucitado.

Ir al artículo

29
Mar
2013
Resucitado con llagas
6 comentarios

Llama la atención (sobre todo en los evangelios de Lucas y de Juan) que Jesús resucitado tenga tanto interés en mostrar a sus discípulos sus manos y sus pies. ¿Qué tenían de especial sus manos y sus pies? El relato de la aparición de Jesús a Tomás ofrece una buena orientación. Tomás es el que había dicho: “si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos…, no creeré”. Por eso, cuando Jesús se aparece a Tomás, le dice: “acerca aquí tu dedo y mira mis manos”. Eran unas manos llagadas. ¿Qué significa esto, un resucitado con llagas? Puestos a ver un martirizado resucitado, uno esperaría ver un cuerpo totalmente renovado, rejuvenecido, limpio, sin heridas ni huellas del martirio. Y, por otra parte, puestos a hablar de resurrección, lo que diría cualquier mentalidad medianamente crítica es que la resurrección es un acontecimiento trascendente, que de ningún modo puede ser vista con ojos de este mundo. El resucitado no vuelve a la tierra, entra en el cielo de Dios.
 

Y, sin embargo, Jesús resucitado toma la iniciativa: se deja ver, impone su presencia, provoca un encuentro. Los discípulos buscan un cadáver, para manifestarle respeto y cariño. Jesús resucitado busca a sus discípulas y discípulos e impone su presencia. ¿De qué modo? Como se imponen las cosas de la fe, respetando la libertad y los tiempos, sin forzar, con pedagogía. No se presenta con fuerza y poder, sino con amor y desde el amor. Por eso a veces no es fácil reconocerlo. Y, sin embargo, es él. Él mismo que fue crucificado es el que Dios ha resucitado. Esta igualdad queda expresada por medio de las llagas que porta el Resucitado. Pero estas llagas son algo más que un modo de decir “soy yo mismo”. Las llagas son expresión de identidad, o sea, pertenecen a su nuevo ser de resucitado. Dicho de otro modo: Jesús, vencedor de la muerte, no abandona lo caduco de la existencia mortal. La debilidad de la carne mortal ha sido asumida en la gloria del cuerpo resucitado.
 

Entendido así (Jesús resucitado no abandona su cuerpo mortal), la “desaparición” del cadáver tendría un sentido teológico. La pregunta no sería si aporta o puede aportar algo a la resurrección el cuerpo muerto de Jesús, sino qué aporta el Padre, que acoge a Jesús en su gloria, a la existencia terrena de Jesús. A Jesús y a nosotros, el Padre nos acoge con toda nuestra realidad, purificada y transformada, pero no por eso menos nuestra y menos real.

Ir al artículo

26
Mar
2013
Este es el hombre
3 comentarios

Según cuenta el cuarto evangelio, los soldados romanos, tras azotar a Jesús, ponerle una corona de espinas, vestirle con un manto de púrpura, abofetearle y burlarse de él, lo devolvieron a Pilato. Este, señalando a Jesús, dijo a la multitud: “aquí tenéis al hombre”, o más exactamente: “mirad: este es el hombre”. Decir que Jesús es “el hombre” es mucho más que decir: Jesús es un hombre. No es uno más entre los hombres. Es “el hombre”, el prototipo, el paradigma de humanidad; en él se realiza lo que es el hombre. Según interpreta el teólogo Joseph Ratzinger, para un filósofo cínico como Pilato, estas palabras significaban algo así: nos enorgullecemos del ser humano, pero ahora, contempladle, aquí tenéis a este gusano despreciable; este es el hombre, así de pequeño. Mirando a Jesús coronado de espinas, las palabras de Pilato dejaban muy claro la poca cosa que es el hombre.


Y, sin embargo, el evangelista ha visto en estas palabras otro sentido teológico y salvífico. En primer lugar: en Jesús maltratado y crucificado podemos leer lo cruel que puede ser el hombre, hasta donde puede llegar la maldad humana; en Jesús crucificado vemos reflejada la historia del odio y del pecado, el pecado del mundo. Pero en Jesús crucificado podemos leer también hasta dónde llega su amor por los seres humanos, pues cuando le insultaban no devolvía el insulto, en su pasión no profería amenazas. Sus palabras en la cruz eran de perdón para con aquellos que le martirizaban. Este amor de Jesús es un reflejo del amor de Dios. Por tanto, sí: este es el hombre que Dios ama y en el que se refleja el amor de Dios hacia todos los seres humanos. Ahí, en este hombre, se realiza el designio de Dios y la historia de amor que quiere hacer con cada uno de nosotros. Cito de nuevo a Ratzinger: “En El, en Jesucristo, podemos leer lo que es el hombre, el proyecto de Dios y nuestra relación con él”.
 

Jesucristo es el hombre amado por Dios, que da su vida por nosotros, que muere amando. Y al morir amando rompe la espiral de violencia de aquellos que sólo odian. Al no responder con odio, vence al odio y lo mata en su propio cuerpo. Por eso, sí: en Jesús tenemos al hombre, porque solo somos hombres cuando amamos. En la mayor degradación, Jesús es amado por Dios y manifiesta el amor de Dios y el amor que es Dios. La pregunta qué es el hombre encuentra su respuesta en el seguimiento de Cristo. Siguiendo sus pasos nos encontramos con nuestra auténtica humanidad pues, en su seguimiento, la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido.

Ir al artículo

23
Mar
2013
En la Eucaristía no se celebra la Última Cena
15 comentarios

Cuando se acerca la Semana Santa hay quienes se complacen en recordar la relación de estas celebraciones con la Pascua judía. Más aún, algunos dan una gran importancia al hecho de que Jesús, el jueves santo, celebrase la Pascua judía y fuera precisamente durante esta celebración cuando se instituyera la Eucaristía o Pascua cristiana. De hecho, en la liturgia del Jueves Santo la primera lectura, del libro del Éxodo, recuerda precisamente la Pascua judía; y como las lecturas de la liturgia parece que están relacionadas, es fácil caer en la tención de pensar que esta primera lectura es el antecedente de lo que se recuerda en la segunda lectura que relata la tradición eucarística que “procede del Señor”.
 

Hoy, los exegetas y los teólogos no se ponen de acuerdo sobre si aquella Cena, que se conmemora el jueves santo, fue una cena pascual o una cena de despedida. En lo que sí parecen estar de acuerdo es que los relatos sobre aquella cena llevan el sello de la práctica litúrgica. Más aún, estos relatos interpretan las palabras de Jesús sobre el pan y el vino como una institución: lo que allí sucedió debía continuar en las comunidades de discípulas y discípulos de Jesús. Y ahí surge una pregunta decisiva: ¿qué es exactamente lo que el Señor ha mandado celebrar y repetir? Joseph Ratzinger responde claramente: lo que el Señor mandó repetir no fue la Cena pascual (suponiendo que fuera eso lo que él celebró), ni tampoco su última comida en la tierra antes de su muerte. El mandato se refiere sólo, dice Ratzinger, a aquello que constituía una novedad en los gestos de Jesús de aquella noche: la fracción del pan, la oración de bendición y acción de gracias y las palabras sobre el pan y el vino.
 

En otras palabras: lo que la Iglesia celebra no es la última cena de Jesús, sino lo que el Señor ha instituido durante la última cena. No celebramos lo que Jesús celebró, sino lo que Jesús hizo durante aquella celebración. De hecho, en las primeras comunidades cristianas, la Eucaristía iba precedida de una cena. Pero debido a los abusos que esto terminó acarreando, a saber, que en la cena había distinciones entre los comensales, los ricos comiendo bien y los pobres comiendo humildemente (encontramos un buen testimonio de esto en la primera carta a los Corintios), debido a estos abusos, digo, ya desde muy pronto se separó la “cena del Señor” y la comida normal, convirtiendo la cena del Señor en una liturgia. Y ahí continuamos hoy, con una liturgia, memorial de la muerte y resurrección de Cristo. Precisamente por eso, su “día” ya no es el jueves, sino el domingo, día en que Cristo resucitó.

Ir al artículo

20
Mar
2013
Francisco ofrece amistad a líderes religiosos
5 comentarios

Como un servicio más de su ministerio, el Papa ha recibido a los representantes de las distintas Iglesias cristianas, de la comunidad judía, del Islam, del budismo y de otras religiones. Nadie discute que la Iglesia de Roma es la madre y cabeza de todas las Iglesias católicas. No es menos cierta su capacidad para convocar a los líderes de las otras Iglesias cristianas y de las distintas religiones mundiales. Ya quedó bien patente en Asís en los encuentros organizados por Juan Pablo II y Benedicto XVI para orar junto con ellos. Ahora, Francisco ha recibido a estos representantes, como signo de comunión y fraternidad con todos. Con unos, comunión en Cristo; con otros, unido en la común paternidad de Dios.

De nuevo los gestos han tenido su importancia: reconocer explícitamente que el Patriarca de Constantinopla es el sucesor del apóstol Andrés; sentarse en un sillón igualitario y no en un trono, la referencia a Juan XXIII, el reconocimiento del cambio que ha supuesto el Vaticano II en este clima de entendimiento y hermandad. La Iglesia católica, ha dicho el Papa, es consciente de la importancia que tiene la promoción de la amistad y el respeto entre hombres y mujeres de distintas tradiciones religiosas. No sólo eso: es consciente de la amistad y respeto que merecen los no creyentes. Un signo de este respeto estuvo en el momento en que se despidió de los periodistas acreditados para seguir el Cónclave evitando con ellos (muchos no creyentes) una bendición que solo tenía sentido para los creyentes. Los que no son religiosos son nuestros aliados en el compromiso para defender la dignidad humana, para construir la paz y defender la integridad de la creación.

Todo esto, ha dicho Francisco, forma parte del plan de Dios, pero requiere “de nuestra leal colaboración”. O sea, nada de fáciles apelaciones a la oración que sean una excusa para nuestra pasividad o un olvido de que Dios sólo actúa a través de la acción humana. Estamos ante un plan que necesita de nuestra inteligencia, voluntad, esfuerzo, trabajo. O si se prefiere una palabra más evangélica, requiere de nuestra conversión. Un cambio de mentalidad. Todos somos hermanos, todos somos responsables los unos de los otros, no podemos permitirnos el lujo de excluir a nadie, a todos debemos tender la mano y acoger la mano tendida del otro. Los católicos debemos ser los primeros en tender la mano. No se trata de esperar que lo haga el otro. Se trata de ofrecer y, al ofrecer, provocar la respuesta. Y acogerla con agradecimiento y humildad.

Ir al artículo

Posteriores Anteriores


Suscripción

Suscribirse por RSS


últimos artículos

Archivo

Logo dominicos dominicos