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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

2
Nov
2013
Condiciones para creer
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Cuando a un niño le preguntan: “¿tú que quieres ser de mayor?”, muchas respuestas suenan así: “yo, médico, como mi papá”; o: “yo, profesora, como mi mamá”. Los niños y los jóvenes necesitan referentes con los que identificarse, personas que les sirvan de modelos, espejos en los que mirarse. Los padres y, por extensión, las personas más cercanas a ellos, son el primer modelo. En muchas ocasiones, el niño termina pareciéndose al modelo que en su infancia le sedujo. Y cuando el niño se decanta por orientar su vida de forma distinta a la de sus progenitores, no deja de valorar el trabajo que sus padres hicieron. Más aún, el talante, el espíritu con el que sus padres desarrollaron su tarea, logra impregnar la propia y distinta tarea del niño cuando se hace mayor.

Con la fe ocurre algo parecido. Necesita un clima adecuado para nacer, creer y desarrollarse. Cierto, a veces ocurre que de padres muy cristianos “salen” hijos no creyentes. Y a la inversa: hay buenos creyentes que son hijos de padres no cristianos. Pero lo normal es que los creyentes más convencidos hayan crecido en un ambiente cristiano. Y cuando el ambiente cristiano, por las razones que sean, no ha dado como resultado unos hijos creyentes, éstos, al menos, se muestran respetuosos con la fe de sus padres.

El colegio católico o los maestros católicos pueden ejercer una labor importante de cara a la transmisión de la fe, pero el papel de la familia sigue siendo fundamental y necesario. Cuando el ambiente familiar es sólo cristiano de nombre, cuando la familia reduce su presencia en la Iglesia a una serie de acontecimientos sociales (primeras comuniones, matrimonios o funerales), el niño y el joven son bien conscientes de que la fe que dicen tener sus padres no ha transformado sus vidas y, por tanto, de que para ellos la fe no tiene valor.

En suma, la fe, aunque sea un don de Dios, no nace por generación espontánea. Necesita de unos presupuestos, de un ambiente que provoque su nacimiento y facilite su crecimiento. En el terreno de los valores, y la fe es un valor, el contagio es el mejor transmisor. Cierto, el contagio no es suficiente, ni imprescindible. Pero lo normal es que se convierta en necesario. También aquí valen las palabras de San Pablo: ¿cómo creerán si nadie les predica? Para creer se necesita ver creer a otros.

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29
Oct
2013
Una droga peligrosa llamada geriniol
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Uno de los más conocidos divulgadores de la ciencia en nuestro tiempo, Richard Dawkins, ha dado el nombre de “geriniol” a lo que él considera una peligrosa droga adictiva, que tiene efectos muy negativos. Esta droga infecta la mente de los niños, es causa de violencia y fanatismo, y habría sido la culpable del ataque del 11 de septiembre de 2001 a las torres gemelas de Nueva York. ¿Cuáles son los componentes de esta droga? No son químicos o biológicos, sino mentales. Esta droga transmite un virus de la mente, algo así como un parásito mental que se autorreplica y se transmite por imitación de padres a hijos. Dicho sin tapujos: este virus de la mente es la religión. Es fácil darse cuenta de que geriniol es un anagrama que se forma cambiando el orden de las letras de la palabra religión.

Dawkins, además de un genetista prestigioso, ha sido uno de los científicos más beligerantes contra la religión. En contra de lo que él opina, la oposición entre ciencia y religión, no tiene base científica. De hecho, muchos buenos científicos son personas religiosas, que no encuentran ninguna incompatibilidad entre su fe y sus investigaciones. Más aún, las religiones, al menos el judaísmo y el cristianismo, siempre se han asombrado ante las maravillas de la naturaleza y han encontrado en ellas un motivo para ensalzar al Creador. Un mejor conocimiento de estas maravillas, y este conocimiento lo proporciona la ciencia, puede ser un motivo mayor para esta alabanza al Creador. Yo no creo que la ciencia conduzca a la religión, pero sí pienso que la ciencia, para el científico creyente, puede ser una razón más para bendecir al Señor.

Dawkins y otros científicos consideran que no hay conocimiento válido fuera de la ciencia. Pero esto no es una tesis científica, sino filosófica. Siguiendo la idea de Dawkins podríamos decir que esta tesis que identifica lo real con lo delimitable con métodos empíricos o científicos (conocida desde hace mucho tiempo con el nombre de cientifismo) es también un virus de la mente, porque limita lo real y considera que las cuestiones relacionadas con el sentido no son legítimas. Estamos ante una especie de pseudo-religión. Aquí no vale el argumento de las violencias cometidas en nombre de la religión, que ciertamente son muchas. Pero bastantes episodios violentos se deben no propiamente a la religión, sino a la unión (mala) de la religión con el poder secular. ¿Dónde termina la religión y empieza la política en amplias regiones del Medio Oriente? Más aún, los episodios violentos cometidos por ideologías no creyentes han sido tan graves o más que los cometidos por ideologías religiosas. Valga lo uno por lo otro y, sobre todo, valga para no utilizar argumentos falaces.

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25
Oct
2013
Los árboles del Paraíso y el bautismo cristiano
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Según el libro del Génesis, en el paraíso en el que se encontraban los primeros humanos, había dos árboles extraordinarios: el de la vida y el del conocimiento del bien y del mal. Como su mismo nombre indica, se trata de dos árboles simbólicos. El árbol de la vida se encuentra en la mitología antigua. Quien come de él, obtiene la inmortalidad. El relato afirma que el hombre, mortal por naturaleza (sacado del barro), ha sido creado a imagen de Dios. Es como un “hijo de Dios”, al que se le ofrece, como un regalo, la vida inmortal. Es un regalo, no un derecho, porque sin el regalo el hombre es mortal. Sin embargo, este humano es una criatura. No tiene el conocimiento divino ni el poder absoluto de decretar lo que es bueno y lo que es malo. Este límite de la condición humana está simbolizado por el otro árbol, el árbol prohibido, el del conocimiento del bien y del mal. Por esta razón la astuta serpiente tienta a Eva, diciéndole que es posible conocer y decidir sobre el bien y el mal y, así, ir más allá del límite: “si coméis de este árbol, seréis como dioses” (Gen 3,5).

Según el Génesis, los dos árboles, contrarios e incompatibles, están en “el centro del jardín” (Gen 2,9). En el centro de la existencia. Esta dualidad es perfectamente coherente y hay que tenerla muy en cuenta si queremos entender el mensaje que el texto transmite. Del primer árbol se puede comer; pero está prohibido, bajo pena de muerte, comer del segundo. Los dos arboles son el signo de una oposición fundamental y universal: la Vida y la Muerte. El humano debe escoger uno u otro camino. Porque el humano no es un animal como los otros. No es un autómata. Es libre, más aún, es el interlocutor de Dios. Puede convertirse en amigo de Dios, y cumplir su voluntad; es lo propio de los amigos, que buscan complacer al amigo; o separarse de Dios y seguir su propio camino. En adelante este será el dilema de Israel y, por extensión de toda la humanidad: “Yo os propongo el camino de la vida y el camino de la muerte” (Jr 21,8). Pero la voluntad de Dios es clara: “Escoge la vida” (Dt 30,19).

La elección fundamental entre vida y muerte, bien y mal, sigue siendo totalmente válida. Para el cristiano, el simbolismo del primer jardín se encuentra en el simbolismo sacramental del bautismo. El doble rito de la renuncia a Satanás y de la adhesión a Cristo es el lugar sacramental de esta elección decisiva. El creyente renuncia a la vía del mal y se compromete a seguir la vía de Cristo que conduce a la vida eterna. El catecúmeno hace así lo contrario de lo que hizo el primer hombre. Adán hizo una mala elección. Siguiendo a Cristo, Camino, Verdad y Vida, el catecúmeno encuentra abierto el camino que conduce al árbol de la vida.

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21
Oct
2013
Te amo porque no me necesitas
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Solo cuando uno puede decir: “no te amo por lo que me puedes dar o por lo que te puedo sacar, te amo porque deseo lo mejor para ti”, solo entonces estamos ante un amor gratuito, en el que se vive la alegría del don. Eso no significa que aquellos a los que amo de esta manera no puedan darme grandes satisfacciones e incluso serme muy útiles. Lo que significa es que mi amor no está determinado por la utilidad ni por la satisfacción.

 

Según la versión latina de la biblia conocida como “Vulgata”, el salmo 15 dice así: “Deus meus es tu, quia bonorum meorum non ages”. Dicho en castellano: “tú eres mi Dios porque no necesitas de mis bienes”. Un Dios que necesita de mis bienes es un aprovechado. Y un pobre indigente. Precisamente porque no necesita nada mío, su amor es puro y seguro. Porque si necesitase algo mío, si me pudiera sacar algo, siempre se podría sospechar que me ama por interés. Pero no, Dios no quiere quitarme nada porque no necesita ninguno de mis bienes. Si me ama, eso significa que su amor es totalmente gratuito. Un Dios que ama así es seguro y siempre fiel. Porque su fidelidad no depende de la mía: aunque nosotros le seamos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo, dice San Pablo. O sea, si dejase de ser fiel, dejaría de ser Dios.

 

La fidelidad de Dios hacia mí depende sólo de la fidelidad de Dios. No depende de mi respuesta. Por no necesitar, ese Dios amante no necesita ni siquiera de mi agradecimiento, aunque lo busca y lo quiere, pero no lo necesita. Eso es amar gratis. El amor es tanto más auténtico cuanto más gratuito es. Por eso el amor de Dios es de una pureza total. Nuestros amores siempre son imperfectos y necesitan purificarse día tras día. En la medida en que vivimos la gratuidad como la más auténtica dimensión de lo humano, en esa medida nos asemejamos a Dios. Y en esa medida crecemos en humanidad y contribuimos al crecimiento de todas aquellas personas que son beneficiarias de nuestra gratuidad.

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18
Oct
2013
Tan inteligente y crees en Dios
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Carl Sagan fue uno de los científicos más populares del siglo XX, al que se debe una serie de TV, Cosmos, que han visto más de 500 millones de personas. Sagan no era creyente. Unos lo consideraban un enemigo acérrimo de la religión. Pero no todos pensaban así. Después de su muerte, en un acto conmemorativo en la Catedral de Manhattan, el reverendo Joan Campbell reflexionó: “Sagan ha sido uno de los más severos críticos de la religión y uno de sus mejores amigos. Sagan exigió a la religión claridad, honestidad y excelencia, cualidades que nos exigiríamos también a nosotros mismos… Él me decía con una sonrisa: ‘Eres tan inteligente. ¿Por qué crees en Dios?’. Y yo le dije: ‘Eres tan inteligente. ¿Por qué no crees en Dios?’”.

La anécdota resulta significativa. No se puede ser ni creyente ni ateo sin motivos. Las cuestiones decisivas e importantes de la vida hay que pensarlas y fundamentarlas bien. Es importante que los cristianos vivamos una fe madura, reflexionada, capaz de responder a las dificultades que contra ella puedan presentarse. No podemos, bajo ningún concepto, dar la impresión de que nuestra fe es un asunto infantil, o una corazonada, una posición sin razones ni motivos. Cuando un no creyente se topa con nosotros, aunque no le convenza ni nuestro modo de vivir, ni las explicaciones que podamos darle de nuestra fe, debería al menos quedar convencido de que nuestra postura es seria y tiene buenos motivos. Si se queda con esta impresión, hemos hecho respetable nuestra fe. La inversa también debería darse: el no creyente debe mostrar los buenos motivos que tiene para mantenerse en la no fe. En cuestiones tan serias, en las que uno se juega la propia vida, no valen los ataques, ni las descalificaciones fáciles. Porque el ataque o la descalificación no validan automáticamente mi propia posición.

Cada uno debe justificar su fe y dar razones de la misma en el ambiente en el que se mueve. Una charla de café (que también puede ser un buen lugar para hablar de religión) no es el lugar para hacer grandes disquisiciones ni para plantear los problemas que se tratan a niveles académicos o de especialistas. Pero sea cual sea el nivel en el que nos movemos, siempre tenemos que dejar la sana impresión de que nuestra fe tiene buenas razones y no tiene miedo a la confrontación. Tenemos argumentos suficientes para creer. Y, si en un momento dado, no estamos en condiciones de responder a alguna dificultad, como tampoco están la mayoría de las personas en condiciones de responder a cuestiones científicas, sí que tenemos que estar prestos a informarnos y a buscar todos los argumentos y razones que nos ayuden a madurar en la fe.

La fe y la razón, o la religión y la ciencia, se acercan de distinta manera a la realidad y, a veces, sus temas no son coincidentes, pero no pueden oponerse. Fe y razón son las dos alas que Dios nos ha dado para que podamos volar hacia él. Cuando una de las alas falla, el vuelo deja de ser armónico y corremos el riesgo de perdernos.

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13
Oct
2013
La Iglesia no es una ONG, pero...
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El Papa alguna vez lo ha recordado: la Iglesia no es una ONG. Algo que debería ser evidente para todo creyente. La Iglesia es la comunidad de aquellos que creen en Cristo como su Señor y Salvador. Pero la fe en Cristo tiene implicaciones que afectan a todos los ámbitos de la existencia. Y afectan también al modo de relacionarnos con la naturaleza y con las otras personas. Los otros no son solo “otros”, son también “míos”, porque el creyente sabe que son hijas e hijos de Dios, que Cristo les ama y que, en ellos Cristo mismo está esperando nuestro amor. “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis pequeños hermanos (hermanos en situación de precariedad: pobreza, enfermedad, falta de pan, de vestido y de tierra), a mí me lo hicisteis”. No dice: “yo estaba contento porque os portabais bien con ellos”, sino “a mí me lo hicisteis”, cosa que solo puede significar: “yo estaba allí, en el prójimo necesitado, y allí se me podía encontrar”.

A partir de estos principios queda claro que, si bien la Iglesia no es una ONG, la Iglesia como comunidad, y cada uno de sus miembros, debe realizar muchas labores que también realizan otras instituciones laicas, que no apelan para nada a Dios en su labor social a favor de los necesitados. Coincidir con otros a la hora de hacer el bien no es motivo de celos ni de rivalidad, sino motivo de alegría y de colaboración. Cierto, es posible que los motivos, las razones, por las que unos y otros hacemos obra social a favor de los desamparados, no sean las mismas. O mejor: no se formulen en los mismos términos. Porque toda acción a favor del prójimo necesitado termina remitiendo a un motivo trascendente, a un motivo que rompe las fronteras de mi egoísmo.

La Iglesia no es una ONG. Pero si dejara de practicar la caridad y la justicia, si dejara de lado su compromiso con los pobres, enfermos, emigrantes, presos, su vivencia del Evangelio no sería auténtica ni completa. No es posible vivir el Evangelio “a medias”. No es posible ser cristiano “hasta cierto punto”. La caridad, traducida en compromisos concretos, es esencial a la vida cristiana. El que los beneficiarios de nuestra caridad puedan confundir a la Iglesia con una ONG no es razón para estar sermoneándoles sobre lo que somos y no somos. Lo que somos lo debemos tener claro nosotros. Evidentemente, siempre que tengamos ocasión, debemos aclarar que el pan del cuerpo que suministramos nunca podrá llenar del todo la vida. Eso solo puede hacerlo otro pan, un pan que cuando se come ya no se muere más. Cristo, pan de vida, es el único que puede llenar el corazón de las personas. Pero probablemente, el mejor contexto que puede hacer esto entendible y audible es el del suministro del pan del cuerpo.

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9
Oct
2013
¿Una vergüenza? Sí, y mucho más
8 comentarios

No me ha gustado nada, pero nada de nada, lo que he leído: que el primer ministro de Italia, Enrico Letta, ha anunciado que todos los fallecidos en el naufragio de Lampedusa recibirán la nacionalidad italiana. Y, al mismo tiempo, que los adultos rescatados pueden ser castigados con una multa de hasta cinco mil euros y la expulsión del país. Nacionalidad para los muertos y multa para los vivos ¿Pero qué clase de broma macabra es esta? ¿Es que no se dan cuenta de lo que dicen? ¿O es que dicen lo que piensan? Lo que podía haber hecho el primer ministro, y de paso podrían haber apoyado los líderes europeos, es el anuncio de la revocación inmediata de esa ley que equipara la inmigración al terrorismo y, por eso, considera como delito de cooperación con terroristas la ayuda de los pescadores a los inmigrantes que buscan llegar a Europa a través del mar, jugándose la vida. La mala vida en Europa vale más que la buena vida en sus países. Porque esa es otra.

Tampoco me ha gustado nada, pero nada de nada, el video de los dirigentes europeos en Lampedusa, desfilando con sus maravillosos y estupendos coches para, supuestamente, solidarizarse con las víctimas. ¡Menuda solidaridad! Uno se pregunta por qué, habiendo ocurrido la tragedia hace ya una semana, los líderes europeos se han hecho presentes este miércoles, día 9 de octubre. ¿Acaso es que no habían llegado a la isla los coches en los que se han desplazado? No es extraño que la gente les haya abucheado, utilizando la misma palabra que el Papa empleó para calificar la tragedia: una vergüenza. Una vergüenza y un asesinato en la medida en que acontecimientos como este se pueden evitar y no se ponen las medidas para hacerlo.

¿Y qué decir de esas leyes que salen de nuestros parlamentos? Comprendo que tanto parlamento, europeo, nacional, regional y local, tenga que buscar el modo de estar ocupado. Y así se dedican a regular todo lo regulable, incluido el si podemos o no ayudar a personas en situación de extrema necesidad. Santo Tomás dejo bien sentado que el “amor al enemigo” (y ¡atención!, los inmigrantes no son enemigos, sino una pobre gente, unos hermanos nuestros, hijos de Dios), exige auxiliarle en toda situación de necesidad, cuando nadie más puede hacerlo. Los pescadores, a los que la ley podría acusar de auxilio al terrorismo, tienen en esta doctrina un buen apoyo para quebrantar la ley.

Pero no hacen falta apoyos doctrinales, pues todo ser humano que se encuentra frente a otro ser humano en necesidad debe (es un deber de humanidad) desobedecer todas las leyes que impiden prestarle auxilio. Porque la ley de leyes es la de la conciencia y la dignidad humana. Para los que creen en Dios esta ley es además divina.

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6
Oct
2013
A favor de todas las víctimas
12 comentarios

El domingo, 13 de octubre, tendrá lugar en Tarragona la beatificación de 522 mártires. De ellos más del 80 por ciento eran religiosos y religiosas que, durante la última contienda civil en España, murieron porque pensaron que era más importante mantener la fe y la vocación religiosa que salvar la vida.

La Conferencia Episcopal Española, hace ya un tiempo, emitió un comunicado avisando que no se permitirá, en el recinto donde tendrá lugar el acto religioso, la entrada de ninguna bandera ni de ninguna pancarta. Una prohibición de este tipo es indicativa del riesgo de que algunos aprovechen el acto para hacer reivindicaciones de tipo político o, lo que es peor, para clamar contra aquellos que consideran culpables de la muerte de esos cristianos que van a ser beatificados. Si así ocurriera el acto religioso quedaría completamente desvirtuado para convertirse en un acto cristianamente inaceptable.

La Unión de Religiosos de Cataluña ha emitido una nota, muy ponderada, en la que se afirma que se trata de un tema social y políticamente muy sensible, que puede utilizarse al servicio de intereses diferentes y hasta contrapuestos. Reconoce, además que estas dificultades, en algunos casos justificadas, no exoneran del derecho de buscar la verdad y de cumplir con el deber de agradecer la fidelidad y la coherencia de la vida de los mártires. Y añade: nadie se equivoca cuando opta a favor de las víctimas, siempre que reconozca a todas las víctimas sin excepción.

Ninguno de los religiosos que va a ser beatificado mató. Muchos eran jóvenes y desarrollaban una labor encomiable a favor de los pobres y necesitados. Vivieron tiempos difíciles y, sin duda, fueron víctimas de un terrible malentendido que es de desear que nunca más se repita: les confundieron con lo que no eran, con agentes al servicio de una política determinada. En todo caso hay que decir muy alto y muy claro que todas las víctimas merecen honor y respeto, pero que un cristiano está en contra de que haya víctimas. Porque un cristiano está a favor de la paz, la reconciliación y el entendimiento entre todas las personas y los pueblos.

Es de esperar que los responsables de la organización del acto logren resaltar la primacía de la fe y del amor, la sensibilidad por el pluralismo cultural y lingüístico de las comunidades cristianas, la comunión eclesial; la armonía, colaboración y complementación entre los distintos carismas y ministerios; la atención a los pobres y desamparados, y la necesidad del diálogo y el entendimiento entre todos los ciudadanos, sea cual sea su sensibilidad y su color político.

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2
Oct
2013
Humanizar la red con amor
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Ahora que algunos corremos el riesgo de convertirnos en personas a una pantalla pegados, se hace más necesario que nunca humanizar la red. Esta humanización requiere, en primer lugar, mucha responsabilidad. Cada uno debe ser capaz de responder ante Dios y su conciencia de la verdad de lo que escribe. Porque donde no hay verdad, sino media verdad, suposición, apariencia, impresión, si cuenta más el hábito que el monje (o la monja), si solo importa la rentabilidad o el número de entradas, si la ideología o los gustos estéticos son el criterio de lo que se publica, si el mundo se divide en buenos y malos, si no hay matices o escala de grises, lo escrito se convierte en un arma arrojadiza que puede causar daños irreparables.

 

La verdad debe decirse con caridad. Dicha sin caridad deja de ser verdad. Donde no hay amor, la verdad se corrompe. Cuando digo que la verdad debe estar calificada por el amor quiero decir que la verdad no se impone con coacciones, insultos o amenazas. La verdad confía en la libertad y se impone por la fuerza de la misma verdad, que penetra suave y dulcemente en las almas. Por lo demás, cuando descalificamos en nombre de la verdad a los que apelan al amor, no hacemos más que inocular a pequeña escala el mismo virus que, a gran escala, conduce a las guerras y al terror.

Todo esto me lleva a pensar que en la red hay una gran necesidad de silencio (la expresión “silencio en la red” la escuché hace meses a un buen periodista), precisamente para que pueda oírse la verdad con amor. Hay excesivas palabras que ahogan, noticias falsas, bulos, campañas descalificadoras y comentarios hechos con muy mala educación. Sobre todo en las páginas religiosas necesitamos un silencio constructivo para que se escuche la verdad de Dios. Silencio constructivo no significa dejar de publicar. Significa utilizar un lenguaje propositivo, comprensivo, que tienda puentes de diálogo, que escuche al otro, que tenga en cuenta que lo que “el otro” dice es quizás un aspecto de la realidad que se me había escapado.

Silencio constructivo significa tomar partido por los más débiles. Significa también usar un lenguaje que sane las heridas y no las empeore. Porque hay heridas que, cuando empeoran, llevan a la muerte. Una página que solo busca condenar no puede ser religiosa. Hay demasiados disparos. Necesitamos el aceite del consuelo que cura las heridas, y el vino de la esperanza, que nos une como hermanos por encima de las diferencias.

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27
Sep
2013
El Señor esté con vosotros: más que una fórmula
13 comentarios

En alguna ocasión he escuchado al presidente de la Eucaristía hacer un pequeño cambio en la fórmula “el Señor esté con vosotros”, que aparece repetidamente en la liturgia, y decir: “el Señor está con vosotros”, subrayando con especial énfasis el “está”. En mi opinión este cambio no es bueno. Pero es necesario explicar el motivo, porque de lo contrario estos detalles que son importantes, dejan de serlo cuando no se comprende su sentido y su razón. Si no se conoce la diferencia entre decir “esté” o “está”, da lo mismo decir una cosa que otra y hasta alguno podría pensar que hacer alguna vez un cambio ayuda a abrir el oído para que los fieles, o sea, en este caso los oyentes, se despierten de la somnolencia que produce la monotonía de las repeticiones.

El presente “está” indica posesión. El subjuntivo “esté” es un tiempo más dinámico, indica que el Señor está continuamente viniendo; además, expresa un deseo, prepara a la permanente acogida del Señor. Este “Señor” que se implora es además “el Espíritu”, tal como dice san Pablo en 2Co 3,17: “el Señor es el Espíritu”. Así se explica que esta fórmula se pronuncie sobre los fieles en los más importantes momentos de la celebración eucarística, a saber, al comienzo de la celebración, en el momento de proclamar el evangelio, al inicio de la plegaria eucarística y al final de la celebración. Me fijo ahora en los dos momentos intermedios: la proclamación del evangelio y el comienzo de la plegaria eucarística.

Gracias a la acción del Espíritu, la Palabra de Dios, expresada en la Escritura, se hace eficaz, penetra en el corazón de los fieles, les permite comprender mejor el Evangelio, alcanzar su verdad más profunda. El Espíritu, como dice el Vaticano II, va introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace que habite en ellos internamente la palabra de Dios (Col 3,16). Al decir “el Señor esté con vosotros” imploramos la venida del Espíritu para acercarnos a Cristo a través de la Escritura. Una oración similar debería acompañar toda lectura y estudio de la Escritura, todo anuncio del Evangelio y, en general, toda la vida cristiana.

Al comenzar la plegaria eucarística volvemos a implorar que “el Señor esté” con nosotros, porque solo gracias al Espíritu del Señor es posible que el pan y el vino se transformen en cuerpo y sangre de Cristo, para que nosotros, al comer y beber de estos dones quedemos conformados por Cristo, unidos a él y por su medio, unidos a los hermanos. Sin la venida del Espíritu no hay eucaristía.

Por tanto, no es bueno decir “el Señor está con vosotros”, como si se tratase de una constatación, como si su presencia fuera una posesión adquirida, estática y, en última instancia, manipulable. Precisamente la trascendencia de Dios impide toda manipulación y exige una actitud de acogida permanente, que continuamente se renueva, porque el Señor no es nunca una posesión, y sólo viene en la medida en que nos abrimos a su presencia, en la medida en que le deseamos y le acogemos.

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