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Dic2013Tenemos un problema cuando nos olvidamos de los pobres
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Dic
La preocupación por los pobres, la promoción de la justicia y el compromiso de la Iglesia en la transformación de las estructuras que matan, son otros de los grandes temas de la reciente exhortación apostólica del Papa Francisco. La religión no es un asunto intimista e individual. Tiene influencia en las estructuras sociales y en los acontecimientos que afectan a los ciudadanos.
Francisco reafirma una posición doctrinal, relativamente nueva, que ya había manifestado la Gaudium et Spes al proclamar el destino universal de los bienes, y Juan Pablo II en la Sollicitudo rei socialis, al afirmar que sobre la propiedad privada grava una hipoteca social. El Papa actual reafirma que el destino universal de los bienes es una realidad anterior a la propiedad privada. Por otra parte, dice algo que quizás pueda sorprender: tanto o más importante que lo doctrinal es ser fieles al camino del evangelio. Califica a la “opción por los pobres” como “categoría teológica”. Y cita a Juan Pablo II: sin la opción preferencial por los más pobres “el anuncio del Evangelio corre el riesgo de ser incomprendido”. Todo esto nos conduce a plantearnos la necesidad de enfrentarnos con las causas estructurales de la pobreza, que no se resuelven con la sola autonomía de los mercados, sino adoptando las medidas políticas que se imponen.
En estos días cercanos a las fiesta de Navidad está circulando por la red un texto del Obispo Casaldáliga, en el que se pregunta provocativamente: “¿Navidad es un sarcasmo?”. La pregunta encuentra sentido si recordamos que en este mundo no hay lugar para los pobres, ni en Belén, ni en Lampedusa, ni en las vallas fronterizas de la ciudad de Melilla. Más allá de las provocaciones que pueden servir para despertarnos de nuestra modorra, lo cierto es que Navidad deja de ser un sarcasmo donde se comparte, donde hay amor, justicia y solidaridad. Si Dios nació pobremente en un pesebre fue porque este era el mejor modo de ser solidario con todos y de manifestar su amor a todos, sobre todo a los que más necesitan de su amor.


Comenzamos un nuevo año litúrgico, celebrando este artículo del Credo: el Señor “de nuevo vendrá con gloria para juzgar a los vivos y a los muertos”. Lo digo todos los años y siempre hay quien se sorprende: la primera parte del adviento celebra la segunda venida del Señor, esa venida gloriosa, en la que pondrá cada cosa en su sitio. Ese es el sentido del “juicio”: cada persona ocupará el lugar justo que le corresponde. Como este lugar justo lo determina un Dios bueno y misericordioso, ese mismo Dios que por amar hasta más no poder quiso hacerse hombre, un Dios que comprende nuestras penas, pecados y miserias, es de esperar que a todos nos ponga en un buen lugar. La esperanza cristiana en el retorno glorioso del Señor no es un motivo de temor, sino de júbilo.
“El Señor crea algo nuevo en la tierra: la hembra abrazará al varón”. Así se expresa el profeta Isaías (31,22). El texto se refiere a la reanudación de las relaciones de amor entre Israel y su esposo Yahvé. Sin embargo, leído más allá de su contexto, el texto suena un poco extraño y hace pensar: ¿representa alguna novedad que la mujer abrace al varón? En cierto modo sí. Para empezar, los abrazos solo se dan entre los seres humanos. El abrazo es una novedad en el mundo de los animales superiores. Es un signo de hominización, o sea, de un determinado grado de evolución anatómico morfológica. En el coito de los simios, la hembra solo ofrece la espalda al macho, no puede abrazarle ni ver su rostro. No es posible la intersubjetividad del amor. El abrazo recíproco y los rostros unidos es, al menos, signo de hominización. Y probablemente de humanización. Entre la sexualidad animal y la humana hay una diferencia cualitativa, porque la sexualidad humana desborda los límites de lo biológico para adentrarse en la riqueza de lo interpersonal.
En ocasiones la ciencia y la fe tienen algunas o muchas cosas que decir sobre el mismo tema. Lo que dicen no puede ser contradictorio. La Verdad (de la fe) no puede oponerse a la verdad (de la ciencia). Si aparecen contradicciones, es porque o bien no se tiene claro lo que dice la fe, o bien porque las afirmaciones científicas se dan como seguras sin serlo. Cuando ciencia y fe tienen cosas que decir sobre el mismo tema, se enriquecen mutuamente y ambas nos ayudan a tener una visión más completa de la realidad.
Condiciones para creer y condiciones de la fe. Estos fueron los títulos que provocaron las reflexiones de los dos post precedentes. Se dice (y se dice bien) que la fe es un don de Dios. Pero eso no quita que sea también una tarea humana. En esta tarea humana están implicadas dos instancias: la del propio joven llamado a la fe, y la de la comunidad eclesial, responsable de presentar la fe al joven, empezando por su familia, la primera Iglesia que el joven conoce. Un gran pensador medieval, Tomás de Aquino, decía que la gracia presupone la naturaleza. Dicho en términos más actuales: el encuentro con Dios pasa siempre por caminos humanos. La fe requiere de unos presupuestos, de una tierra buena que facilite, por una parte su aparición y su desarrollo y, por otra, su conservación.
El post anterior buscaba responder a la pregunta de qué requiere un joven para abrirse a la fe. Podemos plantear otra pregunta muy relacionada con la anterior: ¿qué requiere la fe para asentarse en un joven? Yo diría que requiere convencer al joven de que Cristo es la respuesta a los grandes anhelos que anidan en su corazón. Este convencimiento ya no es solo obra de la familia, sino sobre todo de la Iglesia en su conjunto. En este terreno las parroquias y los responsables de pastoral de los colegios (católicos, por supuesto, pero quizás también es posible y deseable encontrar ofertas en los colegios no confesionales) juegan un papel fundamental: ¿qué tipo de predicación reciben nuestros jóvenes? ¿Qué clases de religión les damos? ¿Qué propuestas pastorales ofrecemos? Desgraciadamente muchos jóvenes no encuentran el necesario sustento para que en ellos arraigue la fe, una buena fe, una fe que llene sus vidas, una fe que sea algo más que doctrina, para convertirse en encuentro vivo con Jesucristo.