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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

10
Dic
2013
Tenemos un problema cuando nos olvidamos de los pobres
8 comentarios

La preocupación por los pobres, la promoción de la justicia y el compromiso de la Iglesia en la transformación de las estructuras que matan, son otros de los grandes temas de la reciente exhortación apostólica del Papa Francisco. La religión no es un asunto intimista e individual. Tiene influencia en las estructuras sociales y en los acontecimientos que afectan a los ciudadanos.

Francisco reafirma una posición doctrinal, relativamente nueva, que ya había manifestado la Gaudium et Spes al proclamar el destino universal de los bienes, y Juan Pablo II en la Sollicitudo rei socialis, al afirmar que sobre la propiedad privada grava una hipoteca social. El Papa actual reafirma que el destino universal de los bienes es una realidad anterior a la propiedad privada. Por otra parte, dice algo que quizás pueda sorprender: tanto o más importante que lo doctrinal es ser fieles al camino del evangelio. Califica a la “opción por los pobres” como “categoría teológica”. Y cita a Juan Pablo II: sin la opción preferencial por los más pobres “el anuncio del Evangelio corre el riesgo de ser incomprendido”. Todo esto nos conduce a plantearnos la necesidad de enfrentarnos con las causas estructurales de la pobreza, que no se resuelven con la sola autonomía de los mercados, sino adoptando las medidas políticas que se imponen.

En estos días cercanos a las fiesta de Navidad está circulando por la red un texto del Obispo Casaldáliga, en el que se pregunta provocativamente: “¿Navidad es un sarcasmo?”. La pregunta encuentra sentido si recordamos que en este mundo no hay lugar para los pobres, ni en Belén, ni en Lampedusa, ni en las vallas fronterizas de la ciudad de Melilla. Más allá de las provocaciones que pueden servir para despertarnos de nuestra modorra, lo cierto es que Navidad deja de ser un sarcasmo donde se comparte, donde hay amor, justicia y solidaridad. Si Dios nació pobremente en un pesebre fue porque este era el mejor modo de ser solidario con todos y de manifestar su amor a todos, sobre todo a los que más necesitan de su amor.

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6
Dic
2013
Tenemos un problema de contenido
7 comentarios

Si el problema del lenguaje es serio (como decía en el post anterior), quizás el de los contenidos de la predicación lo es aún más. No porque ofrezcamos contenidos inexactos o distorsionados, sino porque no guardamos el necesario equilibrio entre las verdades de la fe o no sabemos situar esas verdades en el contexto que les da sentido. Corremos así el riesgo de ofrecer un evangelio mutilado y reducido a alguno de sus aspectos secundarios que, por sí solos, no manifiestan el corazón del mensaje cristiano. Ya el Vaticano II recordó que existe un orden o jerarquía de verdades. También Tomás de Aquino enseñaba esta jerarquía a propósito del mensaje moral de la Iglesia: toda la moral está regulada por el amor, y la misericordia es la mayor de todas las virtudes.

El Papa Francisco saca las consecuencias pastorales de esta enseñanza: “En el anuncio del Evangelio es necesario que haya una adecuada proporción. Esta se advierte en la frecuencia con la cual se mencionan algunos temas y en los acentos que se ponen en la predicación. Por ejemplo, si un párroco a lo largo del año litúrgico habla diez veces sobre la templanza y sólo dos o tres veces sobre la caridad o la justicia, se produce una desproporción donde las que se ensombrecen son precisamente aquellas virtudes que deberían estar más presentes en la predicación y en la catequesis. Lo mismo sucede cuando se habla más de la ley que de la gracia, más de la Iglesia que de Jesucristo, más del Papa que de la Palabra de Dios”.

El equilibrio que reclama el Papa se refiere también al modo de exponer algunas doctrinas o preceptos, de modo que se mantenga el necesario equilibrio y la debida proporción entre todos los aspectos de la doctrina o el precepto. Porque si nos quedamos solo con uno de estos aspectos o siempre insistimos en el mismo punto, podemos ofrecer una visión engañosa y distorsionada de la verdad católica. El Papa nombra uno de los ejemplos más delicados, como es el caso del aborto. Ningún católico discute la criminalidad del aborto. Lo que se discute es que sea el único crimen denunciable. También las estructuras económicas matan. Y matan cada día. Y a mucha gente. No es cuestión de olvidarlo o de decirlo de pasada o de decirlo muy de vez en cuando.

En el caso del aborto si nos quedamos solo en la condena o en el reproche mutilamos la doctrina de la Iglesia y olvidamos un aspecto fundamental para valorar bien estos penosos casos. Hay que preguntarse “qué hemos hecho para acompañar adecuadamente a las mujeres que se encuentran en situaciones muy duras, donde el aborto se les presenta como una rápida solución a sus profundas angustias, particularmente cuando la vida que crece en ellas ha surgido como producto de una violación o en un contexto de extrema pobreza. ¿Quién puede dejar de comprender esas situaciones de tanto dolor?”. Seguro que si las comprendemos, las valoraremos y trataremos de “otra manera”, de una “nueva” manera.

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2
Dic
2013
Tenemos un problema de lenguaje
6 comentarios

En la exhortación apostólica de Francisco sobre “la alegría del Evangelio” aparecen una serie de temas que ya han aflorado en sus homilías y, sobre todo, en las entrevistas periodísticas que tanto revuelo han causado. Uno de estos temas es el del lenguaje con el que explicamos y anunciamos nuestra fe. El Concilio Vaticano II ya había dicho que “la adaptación de la predicación de la palabra revelada debe mantenerse como ley de toda la evangelización”. Me temo que algunos no hemos sabido adaptarnos y seguimos cómodamente repitiendo fórmulas que muchos no entienden. Como no las entienden, no pueden acogerlas debidamente. En esta línea Francisco ofrece unas interesantes consideraciones: debemos “expresar las verdades de siempre en un lenguaje que permita advertir su permanente novedad”. No se trata de ofrecer una nueva verdad o de acomodar o reducir la revelación para que no resulte chocante o sea más fácilmente aceptada. Se trata de decirla de forma que parezca “nueva”. Porque al resultar nueva despierta la atención del oyente y así el oyente puede plantearse si quiere acogerla.

“A veces, escuchando un lenguaje completamente ortodoxo, sigue diciendo Francisco, lo que los fieles reciben, debido al lenguaje que ellos utilizan y comprenden, es algo que no responde al verdadero Evangelio de Jesucristo”. Esta advertencia es muy seria: buscando ser ortodoxos no respondemos al Evangelio. En nombre de la máxima ortodoxia podemos transmitir heterodoxia. Continúa diciendo el Papa: “con la santa intención de comunicarles la verdad sobre Dios y sobre el ser humano, en algunas ocasiones les damos un falso dios o un ideal humano que no es verdaderamente cristiano”. Son advertencias muy graves: repetir un lenguaje que en otras épocas y para otras mentalidades resultó adecuado, puede hoy convertirse en la mayor de las infidelidades, bien porque los oyentes no entienden nada o bien porque entienden “otra cosa”.

El lenguaje está estrechamente ligado a los signos y a las costumbres. También ahí tenemos un problema. Hay algunas costumbres muy arraigadas a lo largo de la historia, no directamente ligadas al núcleo del Evangelio, “que hoy ya no son interpretadas de la misma manera”. Por eso “ahora no prestan el mismo servicio en orden a la transmisión del Evangelio”. El Papa anima a no tener “miedo a revisarlas”. Dígase lo mismo a propósito de normas o preceptos eclesiales “que pueden haber sido muy eficaces en otras épocas pero que ya no tienen la misma fuerza educativa como cauces de vida”. En conclusión: “la tarea evangelizadora se mueve entre los límites del lenguaje y de las circunstancias”. Debemos reflexionar sobre ello y sacar las oportunas consecuencias pastorales.

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28
Nov
2013
Adviento: memoria del futuro
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Comenzamos un nuevo año litúrgico, celebrando este artículo del Credo: el Señor “de nuevo vendrá con gloria para juzgar a los vivos y a los muertos”. Lo digo todos los años y siempre hay quien se sorprende: la primera parte del adviento celebra la segunda venida del Señor, esa venida gloriosa, en la que pondrá cada cosa en su sitio. Ese es el sentido del “juicio”: cada persona ocupará el lugar justo que le corresponde. Como este lugar justo lo determina un Dios bueno y misericordioso, ese mismo Dios que por amar hasta más no poder quiso hacerse hombre, un Dios que comprende nuestras penas, pecados y miserias, es de esperar que a todos nos ponga en un buen lugar. La esperanza cristiana en el retorno glorioso del Señor no es un motivo de temor, sino de júbilo.

Los que ya han tenido ocasión de conocer la justicia del Señor glorioso se habrán enterado de algo que todavía está oscuro para muchos. Se habrán enterado de lo que vale y de lo que no vale. Vale el amor. Y lo que el amor conlleva: verdad, justicia, fidelidad, paz, reconciliación, perdón. Vale porque en estas actitudes se refleja una huella de Dios. Por tanto, todo lo que hagamos desde la perspectiva del amor, como tiene un valor divino y eterno, volveremos a encontrarlo, iluminado y transfigurado, limpio de toda mancha, en la tierra nueva que Dios prepara para los que ama.

Sin duda, sería más llamativo (alguno dirá: más necesario) que el adviento anunciara el final del paro, de la pobreza, de la crisis. Pero bien entendido, el anuncio del adviento debería despertar en los cristianos una serie de actitudes que indicen en la raíz de todos los problemas, ya que permiten ver a Cristo en cada persona y en cada acontecimiento, acelerando así la llegada del Reino, con efectos reales en el aquí y el ahora. La esperanza es incompatible con la pasividad. Si el hombre se cruza de brazos, Dios se echa a dormir. Para despertar a Dios tenemos que ponernos manos a la obra, a la obra del amor.

El adviento es una buena ocasión para hacer memoria del futuro. Del futuro que vendrá y del futuro que podemos anticipar. Porque el futuro no es lo que todavía no existe. Puede hacerse presente en forma de proyecto. Lo anticipamos cuando vivimos fraternalmente, cuando luchamos en pro de la paz, la justicia y la solidaridad. Al anticiparlo, el Señor que un día vendrá glorioso, se hace humilde y calladamente presente. Porque se hace presente, podemos esperarle. Si no lo hacemos presente, la esperanza se convierte en una ilusión sin futuro.

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24
Nov
2013
La hembra abrazará al varón
8 comentarios

“El Señor crea algo nuevo en la tierra: la hembra abrazará al varón”. Así se expresa el profeta Isaías (31,22). El texto se refiere a la reanudación de las relaciones de amor entre Israel y su esposo Yahvé. Sin embargo, leído más allá de su contexto, el texto suena un poco extraño y hace pensar: ¿representa alguna novedad que la mujer abrace al varón? En cierto modo sí. Para empezar, los abrazos solo se dan entre los seres humanos. El abrazo es una novedad en el mundo de los animales superiores. Es un signo de hominización, o sea, de un determinado grado de evolución anatómico morfológica. En el coito de los simios, la hembra solo ofrece la espalda al macho, no puede abrazarle ni ver su rostro. No es posible la intersubjetividad del amor. El abrazo recíproco y los rostros unidos es, al menos, signo de hominización. Y probablemente de humanización. Entre la sexualidad animal y la humana hay una diferencia cualitativa, porque la sexualidad humana desborda los límites de lo biológico para adentrarse en la riqueza de lo interpersonal.

Desde esta perspectiva, el texto de Isaías podría ir más allá de su sentido original y tener un alcance antropológico universal. La hominización es la base de la humanización. La base morfológica hace posible la aparición de seres humanos creados y estructurados para el encuentro amoroso. Pero no sólo el del macho con la hembra, sino el de todos los seres humanos entre sí. La bisexualidad es el prototipo biológico de una verdad de amplio alcance, pues como dice el Vaticano II “la sociedad de hombre y mujer es la expresión primera de la comunión de personas humanas, ya que el humano es, por su íntima naturaleza, un ser social, y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás”.

Que los seres humanos se abracen, o sea, vivan fraternalmente, resulta siempre una novedad. Porque lo cierto es que la historia de la humanidad es una historia de guerras, enemistades, desencuentros. La novedad que introduce la fe bíblica, sobre todo la neotestamentaria, es que la normalidad humana no está en el desencuentro, sino en la comunión. Y viviendo en comunión, los humanos se divinizan. Vuelvo a citar al Vaticano II: “El Señor, cuando ruega al Padre que todos sean uno, como nosotros también somos uno (Jn 17,21-22), abriendo perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad”.

Cuando la hembra abraza al varón (y por extensión: cuando los humanos se abrazan) ocurre algo nuevo, dice el profeta. Se abren perspectivas, dice el Vaticano II. La novedad y la perspectiva de lo divino

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20
Nov
2013
De la rivalidad a la interactuación
4 comentarios

La relación entre gracia y libertad o, lo que es lo mismo, entre Dios y la persona humana, puede entenderse desde tres modelos. Uno sería el de la competencia o rivalidad: lo que concedemos a Dios se lo tenemos que quitar al ser humano, y viceversa; la consecuencia extrema de este modelo es que, como Dios tiene la primacía absoluta en toda actuación, queda anulada la libertad humana. Hay otros dos modelos que me parecen más adecuados. Hay diferencias de matiz entre ellos, pero no son contradictorios, más bien son complementarios.

El modelo del doble plano supone que Dios y el ser humano no se sitúan en el mismo plano. Esto permite decir que “todo es de Dios” y “todo es del ser humano”, que todo lo hace Dios y todo lo hace el hombre, pero esos dos “todos” no están al mismo nivel. Dios es el que impulsa, el que mueve a la naturaleza, el que hace posible todo movimiento y actuación humana, pero la criatura actúa según su naturaleza. Dios es la causa primera trascendente que actúa a través de causas segundas y nunca contra ellas.

El tercer modelo es el de la interactuación. Dios deja totalmente libre a la persona, pero interactúa con ella, de modo que se produce un mutuo enriquecimiento. “Ha repartido el don que nos ha traído, pero no por eso él se ha empobrecido sino que, de forma admirable, ha enriquecido la pobreza de sus fieles, mientras él conserva sin mengua la plenitud de sus propios tesoros”, decía San Fulgencio de Ruspe.

La interactuación nos permite comprender que Dios no fuerza, no ordena, no impide. Más bien ofrece buenas orientaciones, encuentra el momento oportuno, aprovecha las situación adecuada para decir una palabra estimulante. Interactuar: actúan los dos (Dios y la persona), cada uno con libertad total, pero cada uno estimulado por la actuación del otro. ¿Cómo estimula el hombre a Dios? Dicho desde nuestro punto de vista, que es el único punto posible: haciendo que esté atento a nuestros movimientos para encontrar la palabra y el estímulo adecuado. En la interacción no cambia solo uno, cambian los dos. La relación entre Dios y el ser humano no puede entenderse desde la rivalidad, sino desde la complicidad.

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16
Nov
2013
Ciencia y fe se complementan
12 comentarios

En ocasiones la ciencia y la fe tienen algunas o muchas cosas que decir sobre el mismo tema. Lo que dicen no puede ser contradictorio. La Verdad (de la fe) no puede oponerse a la verdad (de la ciencia). Si aparecen contradicciones, es porque o bien no se tiene claro lo que dice la fe, o bien porque las afirmaciones científicas se dan como seguras sin serlo. Cuando ciencia y fe tienen cosas que decir sobre el mismo tema, se enriquecen mutuamente y ambas nos ayudan a tener una visión más completa de la realidad.

Hoy no resulta posible ofrecer una buena reflexión teológica sobre la creación sin tener en cuenta los datos más seguros de la ciencia sobre el origen del cosmos y la evolución biológica. Ya Tomás de Aquino decía que “un error sobre las criaturas conduce a una falsa idea de Dios y puede apartar la mente del hombre de Dios”. Y también decía: cuando hay contradicción aparente entre lo que dice la Biblia sobre la creación y lo que dice la ciencia, es porque interpretamos mal la Biblia. O mejor: ante varias interpretaciones posibles del texto bíblico (cuando habla, por ejemplo, de la creación), hay que tomar como buena la que concuerda con la ciencia y rechazar aquellas que parezcan falsas a la razón.

Pero la ciencia no puede responder a todo lo concerniente a lo humano. Ahí es donde la fe puede iluminar los descubrimientos de la ciencia: ¿qué o quién provocó el big-bang? ¿qué sentido tiene el universo?, ¿cuál es su destino?, ¿por qué ha habido evolución?, ¿cómo debe comportarse el hombre en su relación con los demás o con la naturaleza? Son preguntas que la ciencia deja en suspenso o no responde del todo.

La ciencia y la teología tienen su propia autonomía. La ciencia no puede instrumentalizar la religión para defender sus tesis. Y la teología no puede buscar en la ciencia una defensa de su doctrina. ¿Significa esto que ciencia y teología no se necesitan? Se necesitan sí, pero no de la misma manera. El científico no necesita ser creyente para hacer buena ciencia; aunque sí necesita de unos mínimos principios morales para aplicarla de un modo u otro, porque no todo lo que es posible, es deseable. El teólogo sí que necesita conocer los resultados más seguros de la ciencia, aunque la ciencia no sea criterio de la dogmática. No se puede en nombre de la ciencia cuestionar el dogma del pecado original, pero hoy el teólogo no puede explicar el dogma desde unos presupuestos que la ciencia ha demostrado que son falsos (por ejemplo, una lectura historicista de los primeros capítulos del Génesis).

Dicho de otra manera: es posible hacer ciencia (y también arte, literatura o filosofía) prescindiendo de la reflexión teológica. Pero no es posible hacer buena teología sin tener en cuenta los resultados de la ciencia (sin conocer la filosofía o las reglas del lenguaje). Porque la teología debe responder a los desafíos que la cultura le plantea.

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11
Nov
2013
¿De qué modo Dios interviene en Filipinas?
13 comentarios

Me escribe un amigo y me propone provocativamente: “¿podrías detenerte una vez más explicando de qué manera Dios interviene en la historia? No me extrañaría nada que alguien haya hecho ya responsable a Dios de la tragedia de Filipinas”. Cada vez que ocurre una desgracia provocada por los elementos de la naturaleza surge, de una u otra forma, la pregunta por el papel de Dios en la catástrofe. No es tan frecuente que aparezcan preguntas similares cuando se trata de desgracias todavía mayores, aunque quizás menos llamativas, provocadas por la ambición de los seres humanos. Pienso por ejemplo en las víctimas que producen las guerras. Detrás de las guerras hay grandes intereses económicos: si con el dinero destinado a fabricar armas se produjeran alimentos se acabaría el problema del hambre en el mundo.

Pero no quiero desviarme de la pregunta sobre el modo cómo interviene Dios en la historia. Dios siempre interviene a través de los seres humanos. ¿Cómo se hace presente en Filipinas? Por medio de la solidaridad de tantas personas que entregan su saber, su tiempo, su esfuerzo y su dinero para paliar los efectos inevitables de la catástrofe. No está de más recordar que en esta tarea paliativa las instituciones y personas cristianas ocupan un puesto de preferencia. Cierto: si hay que intervenir es porque antes ha habido una catástrofe. ¿Y cómo es que Dios no la evita, siendo el poderoso dueño del universo? Porque no puede evitarla. Porque este mundo es finito, imperfecto, frágil.

Todas las preguntas son válidas, también la de por qué Dios no evita los tifones. Pero aunque de entrada no caigamos en la cuenta, es similar a la pregunta de por qué nos morimos. Se pueden dar explicaciones de tipo científico (el movimiento de las placas tectónicas juega un papel esencial para regular la temperatura y reciclar el carbono; dicho de otra manera: todo está relacionado y todo contribuye a que la vida pueda continuar). Se pueden hacer consideraciones morales o teológicas. Pero esto no consuela a los que sufren. Ni están en condiciones de escucharlo. Son explicaciones que buscamos precisamente los que no estamos afectados por la desgracia, no sé si para sentirnos tranquilos o para justificar nuestra buena suerte. Los que sufren no buscan explicaciones, sino sentirse acompañados.

Desde la fe sabemos que en la mano que nos tienden los hermanos está Dios acompañándonos. También está en nuestras protestas y preguntas, en nuestras lágrimas, lamentos y tristezas. Está presente en la vida y en la muerte, en la alegría y en el dolor. Pero su presencia es empíricamente indetectable. Es un Dios silencioso. Ante este silencio, que resuena clamoroso en estas catástrofes, necesitamos motivos para seguir creyendo. Pero como la fe es individual e intransferible, puede ocurrir que mientras unos reafirman su fe, otros afirmen que Dios no está presente o que nos ha abandonado. Jesús de Nazaret se planteaba algo similar.

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11
Nov
2013
La fe, don de Dios y tarea humana
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Condiciones para creer y condiciones de la fe. Estos fueron los títulos que provocaron las reflexiones de los dos post precedentes. Se dice (y se dice bien) que la fe es un don de Dios. Pero eso no quita que sea también una tarea humana. En esta tarea humana están implicadas dos instancias: la del propio joven llamado a la fe, y la de la comunidad eclesial, responsable de presentar la fe al joven, empezando por su familia, la primera Iglesia que el joven conoce. Un gran pensador medieval, Tomás de Aquino, decía que la gracia presupone la naturaleza. Dicho en términos más actuales: el encuentro con Dios pasa siempre por caminos humanos. La fe requiere de unos presupuestos, de una tierra buena que facilite, por una parte su aparición y su desarrollo y, por otra, su conservación.

La fe es y siempre será un acto libre del que, en última instancia, es responsable cada uno. Pero eso no debe hacernos olvidar que también somos responsables los unos de los otros. En todos los ámbitos de la vida. También en el de la fe. Cuando la cadena humana transmisora de la fe se enfría, cuando la Iglesia no se presenta como una instancia abierta, tolerante, comprensiva, cercana, capaz de expresarse con el lenguaje de los jóvenes, de encontrar en los modos y modas que hoy marcan la vida juvenil anhelos de vida y de amor, cuando no sabe valorar el lado bueno de las reacciones desconcertantes de nuestros jóvenes, cuando parece que solo tiene palabras de condena, o que solo le interesa el sexo; cuando no ofrece razones para vivir y esperar, cuando en vez de puentes levanta barreras, entonces esta Iglesia necesita convertirse, renovarse y descubrir la belleza de un Evangelio sin fronteras, abierto a todas las culturas y a todas las vidas.

El objetivo de la renovación es la evangelización. Para llegar a los jóvenes hay que tender puentes, acogerlos y comprenderlos. No para aprobar todo lo que ellos dicen o hacen, pero sí para descubrir el lado bueno de lo que dicen y hacen y, a partir de ahí, llevarles a metas más sólidas y hasta más exigentes. En definitiva, para invitarles a un encuentro personal con Jesucristo, el único capaz de saciar sus anhelos y de responder a sus preguntas, dudas e inquietudes.

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6
Nov
2013
Condiciones de la fe
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El post anterior buscaba responder a la pregunta de qué requiere un joven para abrirse a la fe. Podemos plantear otra pregunta muy relacionada con la anterior: ¿qué requiere la fe para asentarse en un joven? Yo diría que requiere convencer al joven de que Cristo es la respuesta a los grandes anhelos que anidan en su corazón. Este convencimiento ya no es solo obra de la familia, sino sobre todo de la Iglesia en su conjunto. En este terreno las parroquias y los responsables de pastoral de los colegios (católicos, por supuesto, pero quizás también es posible y deseable encontrar ofertas en los colegios no confesionales) juegan un papel fundamental: ¿qué tipo de predicación reciben nuestros jóvenes? ¿Qué clases de religión les damos? ¿Qué propuestas pastorales ofrecemos? Desgraciadamente muchos jóvenes no encuentran el necesario sustento para que en ellos arraigue la fe, una buena fe, una fe que llene sus vidas, una fe que sea algo más que doctrina, para convertirse en encuentro vivo con Jesucristo.

Hay un segundo aspecto necesario para que la fe cobre fuerza en el joven. El joven necesita sentirse protagonista de su vida y, por tanto, protagonista de su vida de fe. No quiere ser un espectador o un oyente pasivo. Necesita saberse implicado en el desarrollo de su fe. Por eso es importante que ofrezcamos a los jóvenes la posibilidad de participar en tareas eclesiales en las que ellos sean (digo “sean”, y no sólo “se sientan”) responsables. Por ejemplo, los jóvenes pueden ser responsables en determinados ámbitos pastorales y de catequesis (de primera comunión, de confirmación, de post-confirmación). Además, es importante que ofrezcamos a los jóvenes la posibilidad de formar parte de grupos de oración, de estudio y profundización en la fe, de compromiso social cristiano, grupos en los que ellos mismos preparen la oración, la liturgia, organicen el estudio y la reflexión, decidan sobre qué ayudas ofrecer y el modo de ofrecerlas. Este es un ámbito que convendría potenciar en parroquias y colegios confesionales.

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