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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

19
Ene
2014
Aprender unos de otros
6 comentarios

Estamos en plena semana de oración por la unidad de los cristianos. En distintas ciudades se organizan actos ecuménicos. El Papa Francisco ha subrayado con gestos y palabras la importancia del diálogo ecuménico. La división entre los cristianos es un obstáculo importante para la credibilidad del cristianismo. El Papa ha recordado que, en este terreno del ecumenismo, es muy importante el principio de la jerarquía de verdades. Este principio nos invita a concentrarnos en lo fundamental y en las convicciones que nos unen. Así, dice el Papa, “podremos caminar decididamente hacia expresiones comunes de anuncio, de servicio y de testimonio”.

Es bueno avivar nuestra imaginación para encontrar estas expresiones comunes. Una expresión común de servicio sería la creación de instituciones ecuménicas que atendieran a pobres, enfermos, necesitados. ¿En qué puede consistir una expresión común de anuncio? Estos días, en templos de las distintas confesiones los fieles se reúnen para orar, para proclamar la Palabra de Dios, para escuchar la predicación. Se da el caso de que un predicador católico toma la palabra en una Iglesia protestante y un protestante predica y “parte” la Palabra en un templo católico. ¿Es posible ir más allá?

Tras notar que son muchas y valiosas las cosas que nos unen, el Papa exclama: “Si realmente creemos en la libre y generosa acción del Espíritu, ¡cuántas cosas podemos aprender unos de otros!". No se trata solo de recibir información. Se trata de un verdadero aprendizaje. El Papa pone un ejemplo importante: los católicos tenemos la posibilidad de aprender de los hermanos ortodoxos algo más sobre el sentido de la colegialidad episcopal y sobre su experiencia de la sinodalidad. Podrían añadirse otros ejemplos: ¿no podríamos aprender de los ortodoxos a comprender de forma más dúctil, y precisamente por ello, más profunda, el sentido de la indisolubilidad del matrimonio?

No busco abrir ningún debate sobre estas y otras cuestiones (los protestantes pueden enseñar alguna cosa sobre papel de la mujer en la Iglesia y los católicos sobre la necesidad de un magisterio de unidad y comunión). Pretendo hacer caer en la cuenta de que el ecumenismo no es cosa de unos días ni de unos pocos, sino que forma parte de la identidad católica y es un elemento necesario para la difusión del Evangelio. El ecumenismo puede ser también un signo fuerte de la paz y el entendimiento que Jesucristo vino a traernos y a los que aspiran, aún sin saberlo, todas las personas y pueblos.

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17
Ene
2014
Entrelazados
10 comentarios

Las teorías científicas desarrolladas en los últimos tiempos ofrecen la imagen de una naturaleza relacional. Desde que hace miles de millones de años aparecieron las primeras partículas de la física, una evolución cada vez más compleja y con una relacionalidad siempre creciente, ha conducido a la aparición primero de la vida y finalmente de organismos poseedores de conciencia. El cerebro humano, con sus millones de neuronas y de conexiones entre ellas, es la entidad más complejamente interrelacionada que los científicos hayan encontrado nunca en su exploración del universo. ¿Esta naturaleza así concebida refleja, aunque sea pálidamente, el carácter de su Creador? En esta línea parece ir el texto de Rm 1,20: la naturaleza invisible de Dios se percibe claramente a partir de las cosas creadas.

¿Cómo comprendemos mejor la realidad, dando la primacía a las cosas particulares, a las entidades, o al todo y a sus relaciones? La realidad se puede comprender desmontándola y considerando cada una de sus partes constitutivas; algo así como si la estructura y función de una máquina se comprendiera mejor considerando cada una de sus piezas, aunque luego haya que ensamblar las piezas. Pero hoy se tiende a pensar que la relación entre las partes hace que ellas sean lo que son y que el todo sea lo que es. Y sin esa relación no serían lo que parecen ser. Eminentes científicos sostienen que toda la realidad está insolublemente conectada y que la separación e independencia que observamos entre las entidades físicas es una percepción ilusoria.

Yendo más allá de lo físico, podemos decir que el amor es algo más que un estado emocional o una experiencia sentimental. El amor es una misteriosa fuerza relacional que regula y modifica el comportamiento personal y colectivo. Más aún, es el principio mismo de la existencia: estoy en relación, luego existo.

Surge entonces la pregunta de si esta relacionalidad constitutiva de lo real es reflejo de una relacionalidad más profunda, primigenia y originante. ¿La relacionalidad que hay en la Creación es un reflejo y una plasmación de la relacionalidad del Creador? Escribe John Zizioulas: “Nada que existe es concebible por sí mismo, como ‘individuo’, puesto que incluso Dios existe gracias a un acontecimiento de comunión… Es la comunión la que hace ‘ser’ a los seres: nada existe sin ella, ni siquiera Dios”. Dice además: “La expresión ‘Dios es amor’ (1 Jn 4,16) significa que Dios ‘subsiste’ como Trinidad, es decir, como persona y no como sustancia. El amor no es una emanación o ‘propiedad’ de la sustancia de Dios, sino que es constitutivo de su sustancia, es decir, es aquello que hace ser a Dios lo que es, el Dios uno. Así el amor deja de ser una propiedad calificativa –es decir, secundaria- del ser y se convierte en el predicado ontológico supremo”.

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12
Ene
2014
Maestro, ¿quién te llena?
6 comentarios

Los traductores hacen una labor encomiable. Nos acercan a las riquezas de otras lenguas y culturas. Pero toda traducción tiene sus límites. Hay matices del texto original que se nos escapan. Y a veces esos matices son importantes, incluso pueden ser decisivos. Así ocurre con un texto como el de Jn 1,38. Se trata de la historia de los primeros discípulos que siguen a Jesús. De pronto le preguntan: “Maestro, ¿dónde vives?”. Así suelen traducir prácticamente todas las Biblias. Es una buena traducción. Pero este verbo, que traducen por vivir o habitar (“menein”) es muy utilizado en el cuarto evangelio y, en casi todas las otras ocasiones que aparece, se suele traducir por “permanecer”: “el que permanece en mi y yo en él, ese da mucho fruto”; “si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis”; “permaneced en mi amor”.

Se trata de un verbo con un profundo sentido teológico. Por tanto, en esa historia de seguimiento lo que los discípulos preguntan no es exactamente dónde vive Jesús, dónde habita, dónde tiene su casa. Lo que preguntan no tiene un sentido local, sino existencial y vital: quién habita en él, quién le constituye, quién le da la vida, quién es el objeto de sus amores, quién le llena de alegría y de esperanza, cuál es el secreto de su existencia. Este verbo griego que se traduce por “permanecer” tiene un sentido ancho, profundo, inmenso. Indica una relación de intimidad y amor, una fidelidad mutua a toda prueba: el Padre permanece en el Hijo y el Hijo en el Padre; igualmente los discípulos están llamados a permanecer en el Hijo, como el Padre y el Hijo permanecen en los discípulos.

Comprendo que no es fácil traducir este “Maestro, ¿dónde vives?”. En este caso, como en muchos otros, una buena explicación ayuda a comprender toda la profundidad del texto. Nosotros, que tantas veces vamos perdidos, porque no sabemos dónde está nuestra verdadera morada, dónde está aquello que llena nuestro corazón de paz y alegría, dónde está el amor de los amores que puede colmarnos, nosotros preguntamos a Jesús: tú que tienes el secreto de la verdadera alegría y del auténtico amor, dinos dónde moras, dónde permaneces, dónde está el lugar en el que te nutres. Jesús mora en el Padre, permanece en su amor. Y ahí está la fuente de la vida, de toda vida.

Yendo con Jesús, en su seguimiento, nosotros también podemos encontrar nuestra morada, ese lugar en el que aquietar el corazón y encontrar sentido. Por eso, a la pregunta de los discípulos: ¿dónde moras?, Jesús responde: “venid y lo veréis”. De nuevo no se trata de un lugar, sino de una realidad profundamente teologal, a saber, de Dios mismo. Venid conmigo y encontraréis al Padre y os quedaréis con él. Hay amores, que una vez encontrados, uno ya no quiere ni puede dejarlos nunca, porque no entiende cómo podría ser su vida sin ellos.

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8
Ene
2014
El amor: praxis y fuerza unitiva
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En este mundo no hay amores puros y desinteresados. Estos amores son, en todo caso, escatológicos. Eso no quita que, en este mundo, podamos purificar cada día nuestros amores, a fin de hacerlos más desinteresados y generosos y, si somos cristianos, hacerlos cada día más parecidos al amor que en Jesús se manifiesta.

El amor es una fuerza unitiva. Une los cuerpos, las mentes, los espíritus y las voluntades; une a las personas y a las sociedades, no más allá de sus diferencias, sino precisamente con sus diferencias. El amor convierte la diferencia en riqueza. El amor también une a las personas con Dios. El amor llena de sentido la vida. Allí donde falta el amor, las personas se sienten vacías y se separan cada vez más unas de otras. Lo más grave es que allí donde falta el amor se corre un serio peligro de muerte. No sólo porque la soledad produce tristeza, sino porque la falta de amor conduce a la rivalidad, a la enemistad, al odio. El odio es una fuerza tan poderosa como el amor, pero en vez de engendrar perdón, reconciliación y unidad, conduce a la venganza y a la aniquilación del otro.

El amor es también una praxis. Podemos discutir sobre lo que significa y supone el amor. Pero me parece que podemos estar de acuerdo en que el amor va más allá de los buenos sentimientos. Implica una actitud y un comportamiento. En este sentido los gestos del Papa Francisco, visitando los barrios pobres de Rio de Janeiro, haciéndose presente allí donde los inmigrantes africanos reclaman una entrada en Europa, respondiendo a personas concretas que solicitan su comprensión y su ayuda, teniendo palabras de consuelo y de misericordia con personas que se sienten heridas, incluso por la propia institución eclesiástica, son gestos que van en la buena dirección y marcan un camino.

Benedicto XVI dedicó la segunda parte de su encíclica Deus caritas est a la práctica del amor por parte de la Iglesia. Porque si todo se queda en discursos o hermosas exhortaciones estamos negando de hecho aquello mismo que pretendemos afirmar. La Iglesia, decía Benedicto XVI, es una comunidad de amor. De ahí la importancia de la actividad caritativa de la Iglesia. “La Iglesia, en cuanto comunidad, ha de poner en práctica el amor”. En esta praxis los cristianos no tenemos la exclusiva. Como tampoco tenemos la exclusiva, dicho sea de paso, en ninguna de las instituciones del amor, incluido el matrimonio. La marca cristiana del amor no está en la praxis, sino en la conciencia de la presencia de Dios en nuestros amores. El cristiano sabe que todo acto de amor tiene un alcance divino. Eso no cambia al acto, pero ofrece un sentido a la vida y debería llenarla de alegría.

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4
Ene
2014
Contemplar a Dios y atender al prójimo
7 comentarios

San Bernardo de Claraval, en su interpretación alegórica del Cantar de los Cantares, reconoce que la esposa siempre está dispuesta a disfrutar de las delicias de la contemplación, pero no puede negarse a ver las necesidades de su prójimo. Copio un texto significativo a este respecto: “Tras haber realizado una buena acción, se puede descansar con mayor seguridad en la contemplación, y cuanto más consciente es uno de no haber descuidado las obras de caridad por amor de la propia tranquilidad, con tanta mayor confianza se entregará a la contemplación de las cosas sublimes y se atreverá a estudiarlas”. Para Bernardo, en esta vida, todas las formas de amor son complementarias. No puede descuidarse el amor al prójimo en nombre del amor a Dios. Porque precisamente el amor al prójimo, la “buena acción”, proporciona “mayor seguridad en la contemplación”.

 

A la luz de este pensamiento de San Bernardo, parecen inadecuadas las contraposiciones o tensiones entre vida contemplativa y acción social; o entre vida monástica y compromiso político. Me pregunto qué hay detrás de afirmaciones de este tipo: una monja contemplativa debe dedicarse a la oración y dejar las obras sociales a otras religiosas llamadas de “vida activa”. En muchos conventos, desde hace tiempo, se reparte a los necesitados la comida que no encuentran en los servicios sociales de los ayuntamientos. Si eso se hace sin ruido, nadie hace problema. Pero en cuanto el reparto va un poco más allá de la comida y se convierte en denuncia profética, aparecen las voces discrepantes. Estas voces olvidan que oración y caridad, contemplación y acción, están estrechamente implicadas. La una sin la otra se desvanece. Marta y María que, a lo largo de la historia de la espiritualidad, han sido utilizadas como icono de la acción y de la contemplación, van siempre unidas. Separadas una de otra, dejan de ser la Marta y la María del evangelio, amigas de Jesús juntas e inseparables.

Cierto, en esta vida no todos lo podemos hacer todo; cada uno tiene su carisma y sus posibilidades. Pero un cristiano con un determinado carisma debe reconocer en el carisma de otro cristiano algo propio y, por eso, debe valorarlo y apoyarlo. Además, en la vida humana y en la cristiana, no podemos hacer separaciones tajantes. Por eso son admirables y respetables aquellos cristianos que tienen capacidad de integrar distintos carismas y tareas. Más que criticar o contraponer carismas y tareas, lo que hay que hacer es aplaudir la capacidad de síntesis que tienen algunos y explorar los nuevos caminos que ahí se abren.

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23
Dic
2013
Familia cristiana
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La expresión “familia cristiana” sugiere prácticamente a todos los que la oyen un tipo de familia muy definido y muy característico: se trata de la unión sacramental de un varón y una mujer, que bautizan a sus hijos y los educan cristianamente. Esto es, dicho de forma muy resumida, lo que evocan las palabras “familia cristiana”. Y, sin embargo, sin negar lo precedente, los evangelios nos invitan a ampliar el concepto de familia cristiana y a situar la idea corriente de familia cristiana en este contexto más amplio.

Jesús no puso en entredicho la estructura familiar, pero sí la relativizo en función del reino de Dios. Mi madre y mis hermanos no son los de la carne, vino a decir en un momento dado, sino los que escuchan, acogen y ponen en práctica la Palabra de Dios. Jesús mismo vivió fuera de las estructuras familiares de su época y en contraste con ellas. El era célibe. Formar parte de la familia de Dios no requiere, por tanto, el establecimiento de familias biológicas. Por eso, las familias biológicas cristianas deben vivir orientadas e integradas en la familia más amplia de Dios. En una familia cristiana importa la fidelidad, la compasión y el perdón entre sus miembros, pero estas actitudes deben ampliarse hacia todos los seres humanos. La familia cristiana es una escuela de amor universal.

La familia cristiana está además relacionada con la comunidad cristiana local, con la parroquia. Una no puede prosperar sin la otra. Una pareja cristiana se casa en el seno de una comunidad para formar parte así del cuerpo de Cristo. Por eso el fracaso de un matrimonio no es solo un fracaso de la pareja, sino de la Iglesia entera. Esta Iglesia que debería estar presta para acoger y comprender a aquellas personas que, tras una ruptura, han encontrado nuevos caminos y han logrado rehacer su vida.

Una cosa más a propósito de la familia y, en concreto, del matrimonio entre dos cristianos. En esta unión no se trata de un amor distinto al que puede darse en otras parejas que se quieren. Se trata de una distinta orientación del amor. Una pareja cristiana celebra su amor como un don transformador de Dios. En esta pareja hay “un tercero”, siempre atento y siempre dispuesto a conducirlos hacia Dios. La comprensión sacramental del matrimonio subraya la conciencia de la presencia de Dios y la perspectiva de eternidad del amor humano.

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23
Dic
2013
Noche de Dios
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La noche de Navidad simboliza todo lo hermoso y deseable que hay en el corazón humano: inocencia, cariño, bondad, amabilidad, ternura, sonrisas, alegría, vida y el futuro por delante. Todo está simbolizado en la inocencia de un niño que nace. Con la ventaja, en nuestro caso, de que este niño tiene a Dios en lo más profundo de su ser. Su ser es ser de Dios. Desde entonces la bondad, amabilidad, alegría y vida de lo humano están impregnadas de eternidad. El pasado, el presente y el futuro de este niño es el pasado de todos los humanos (venimos de Dios), el presente de todos ellos (estamos en Dios) y su futuro (estamos hechos para Dios y Dios es la meta y el sentido de nuestra vida).

La noche de Navidad recapitula los deseos de paz y entendimiento que anidan en todo ser humano, estos deseos que los avatares de la vida corrompen con demasiada frecuencia. La paz fundamentada en la inocencia, en el mirar al otro sin resquemores, con una espontánea confianza. La paz que es fruto del amor. Y el entendimiento que se basa en la necesidad que todos tenemos del otro, como el niño que necesita de los demás para nacer, sostenerse en el ser y crecer. Porque los necesita los acoge con naturalidad, y extiende los brazos para acoger y ser acogido.

La noche de Navidad une lo humano con lo divino, reconcilia lo distante, une lo alejado. Dios y el hombre en una sola persona. Y al unir a Dios con el hombre, une a los seres humanos entre sí. Porque si Dios se hace hombre, ser hombre es lo más maravilloso que se puede ser. Si Dios se hace hombre no es solo porque el hombre tiene capacidad de Dios, sino sobre todo porque los seres humanos tienen capacidad de amor, están hechos para el amor. Lo humano no es el odio o el rechazo, sino la acogida y el encuentro.

En la noche de Navidad todo es amanecer, todo apunta hacia este sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz. En esta noche, Dios desvela el rostro oculto de su ser: gracia, amor, misericordia. Por eso, en esta noche importa proclamar que no hay nada más urgente, nada más necesario que conocer y dar a conocer al verdadero Dios, aquel cuya última palabra se pronuncia: Jesucristo. Este es el único nombre que puede salvar; el nombre que, aún sin saberlo, todos buscamos.

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19
Dic
2013
Dios del mundo, mundo de Dios
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Siempre me ha llamado la atención eso que dice el capítulo primero del cuarto evangelio a propósito de la Palabra de Dios y, en definitiva, de Dios mismo: “vino a los suyos” (in propia venit). Los suyos somos nosotros. Eso significa que sin nosotros Dios no está completo, le falta algo que es propiamente suyo. En Jesucristo queda claro, de una vez siempre, que Dios es del mundo y el mundo es de Dios. Ahí me parece que tenemos una de las diferencias entre el primer testamento y el nuevo. En la Escritura cristiana queda más claro que en la de Israel la universalidad del amor salvífico de Dios. Para el Nuevo Testamento, el Dios de Israel abre fronteras para convertirse en Dios de todos los seres humanos.

Uno de los mejores teólogos del siglo XX, Karl Barht, ofrece la siguiente reflexión: “A través de Jesucristo, Dios ha demostrado, haciéndolo visible, audible y perceptible, que Él amaba al mundo, que Él no quiso ser Dios sin tal mundo, sin los hombres, sin ningún individuo en particular. Y en el mismo Jesucristo, Él ha demostrado, haciéndolo visible, audible y perceptible, que el mundo, al igual que todos los hombres y que cada individuo en particular, no pueden existir sin Él. La demostración de que Él pertenece al mundo, y este mundo le pertenece a Él, es la opción y la obra de Su amor en Jesucristo, el reino del hijo de Su amor”.

Es fuerte eso que dice Barht: Dios no quiso ser Dios sin los hombres. Pero eso es lo propio del amor: no querer ser sin el otro, no querer teniéndose a sí mismo sin el tú amado. Por otra parte, si aceptamos de verdad que Dios no quiso ser Dios “sin ningún individuo en particular”, o sea, con todos y cada uno de los seres humanos a los que conoce personalmente por su nombre, eso significa que cuando rechazamos a un ser humano estamos rechazando una “parte”, algo propio de Dios.

Por lo demás, decir que ningún “individuo en particular” puede existir sin Él, no es una afirmación imperialista. Es una convicción cristiana que debemos expresar con respeto hacia los que no la aceptan. La Iglesia es la que conoce esta gran verdad. Y en esto se distingue del resto de los seres humanos. Por su conocimiento del amor universal de Dios, no por ser más amada que aquellos que lo desconocen. El conocimiento no aumenta el amor recibido de Dios; quizás da una mayor calidad de vida al conocedor del amor, y siempre crea más responsabilidades. La responsabilidad de vivir de acuerdo con lo que se sabe y de responder en función de lo que se sabe.

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17
Dic
2013
Demonios y ángeles
5 comentarios

En un post reciente, uno de los comentaristas suscitó la pregunta de por qué los ángeles caídos habían hecho una decisión irrevocable que no podía ser perdonada. Sin entrar en la existencia de los ángeles o de los demonios, me pareció oportuno contestar: “Todas las creaturas están llamadas a responder al amor de Dios. Y el amor es una respuesta libre. Cuanto más perfecta es una criatura, cuanta más luz tiene, más responsable es de sus actos y más decididas y acabadas son sus acciones. Al final nos encontramos con el misterio de la libertad. Si no fuera posible decir no, el sí no tendría ningún valor”.

Mi respuesta provocó esta reacción por parte de otro lector: “Dicho sea con todos los respetos, me ha extrañado la cuestión planteada sobre los ángeles caídos, pues personalmente me resulta muy difícil entender y aceptar lo que creo que forma parte de lo mítico e incomprobable de nuestra religión, como que esos ángeles, transformados en demonios, se dedican a malmeter a los humanos, como si nos hiciera falta”. Evidentemente, para hacer el mal nos bastamos nosotros solos, sin necesidad de que haya ningún demonio. De hecho, la existencia del demonio no ha sido nunca objeto de una declaración dogmática. Por tanto, cada uno es libre de opinar sobre esta cuestión, aunque es cierto que las intervenciones del Magisterio de la Iglesia dan por supuesta la existencia de los demonios.

Tan interesante como la cuestión de los ángeles malos es la de los ángeles buenos. En la Escritura, el ángel es signo de la presencia de Dios en la vida de una persona, desde una de estas dos perspectivas: Dios tiene un mensaje para esta persona, o Dios manifiesta que cuida de esa persona. Cuando se afirma que “el ángel del Señor anunció a María”, se está diciendo: Dios se hizo presente a María. ¿De qué modo? Eso ya no lo dice la Escritura, aunque, en demasiadas ocasiones, sea lo que interesa a nuestra curiosidad. Pero este interés denota la preferencia por cuestiones secundarias, que desgraciadamente olvidan la principal.

Me gusta lo que dice el artista dominico Miguel Iribertegui: "los ángeles representan una antropología escatológica: ni hombre ni mujer, eternamente joven, eternamente bello”. Jesús hablando del matrimonio utilizó parecidas ideas: los que sean hallado dignos de la resurrección no se casarán, serán como ángeles. El encuentro con Dios potenciará todas las dimensiones de nuestra existencia, pero las relaciones entre los seres humanos no serán como en este mundo. Nuestros encuentros se realizarán en un nivel que irá más allá de lo biológico, nos relacionaremos en el nivel más profundo y auténtico de nuestra personalidad.

Finalmente, hablando de los ángeles, recuerdo haber leído en Kierkegaard esta idea: ¡ángeles, ángeles! ¡Algunos dicen que no existen! Bien, pues compórtate tú como un ángel y así habrá ya un ángel en este mundo. En vez de preocuparnos por la existencia de demonios y de ángeles, lo que debería preocuparnos es lo demoniaco y lo angelical. Dos actitudes bien reales y posibles, una rechazable y otra deseable, al alcance de todos los humanos.

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14
Dic
2013
Si alguien se siente ofendido
12 comentarios

“Si alguien se siente ofendido por mis palabras, le digo que las expreso con afecto y con la mejor de las intenciones”. Eso dice el Papa Francisco hacia el final de su exhortación apostólica Evangelii Gaudium. Tan buenas intenciones no evitarán que algunos se sientan molestos u ofendidos. El Papa se refiere directamente a sus palabras a propósito de la pobreza y de las estructuras económicas perversas, pero eso de molestar seguramente podría decirse de otros aspectos de su pensamiento. Al respecto quisiera aprovechar para expresar una preocupación personal. Es sorprendente y hasta desagradable oír que este Papa atrae a “los de fuera” y no convence a “los de dentro”. Dicho así se trata de una tremenda falsedad. Porque la mayoría de los “de fuera” siguen con su indiferencia habitual hacia la doctrina de la Iglesia. Y la mayoría de “los de dentro” estamos muy contentos con este Papa y damos muchas gracias a Dios por el regalo de su magisterio.

Con todo, lo que hay de verdad en este contento de los de fuera y disgusto de los de dentro, por una parte debería alegrarnos, aunque quizás por otra debería preocuparnos. Debería alegrarnos que personas no creyentes o no cristianas se sientan comprendidas por nosotros, o muestren su respeto por la Iglesia y la fe cristiana. Por otra parte deberían preocuparnos estos recelos de “los de dentro”. ¿Quiénes son esos que recelan? ¿Por qué recelan? ¿De qué tienen miedo? Quizás habría que preguntarse si algunos de esos que se consideran “más papistas que el Papa”, en realidad no son nada “papistas”, porque solo apelan al papismo cuando el Papa parece estar de acuerdo con ellos.

Si la llamada del Papa a la renovación y a la conversión, hace peligrar las seguridades y comodidades, es lógico que aquellos que no están dispuestos a cambiar o a dejarse interpelar por la sencillez y exigencia del Evangelio, se sientan incómodos. Casi deberíamos alegrarnos de tal incomodidad y tomarla como una advertencia para todos y cada uno: ¿hasta qué punto estoy dispuesto a convertirme y a orientar mi vida según lo exige el seguimiento de Cristo, hasta qué punto estoy dispuesto a salir de mi mismo para vivir en el amor sin límites ni discriminaciones, hasta qué punto estoy dispuesto a compartir mis bienes con los pobres?

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