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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

26
Feb
2014
Enriquecernos con su pobreza
5 comentarios

El lema del mensaje cuaresmal del Papa está tomado de unas palabras de San Pablo: Cristo se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza. Estas palabras no son una descripción del modo como funciona el perverso sistema capitalista, en el que unos pocos se enriquecen a costa de la pobreza de muchos. Aquí no se dice que a Cristo le despojaron de unos bienes que se había ganado, para que otros se aprovechasen de su trabajo y de su sudor. Tampoco se dice que Cristo era una persona generosa que entregó parte de lo que tenía y se hizo un poco más pobre, para que otros pudieran hacerse un poco más ricos. Aquí no se trata de quitar a uno para que otros tengan. Así funciona el mundo. Pero la lógica de Dios, reflejada en Cristo, es totalmente distinta y, por eso, sorprende.

Lo que San Pablo dice es que Cristo, siendo rico, voluntariamente se hizo pobre por nosotros, para que nosotros nos enriqueciéramos con su pobreza. ¿De qué riqueza y de qué pobreza se trata? La riqueza de Cristo es su “ser de condición divina”. Pero en Cristo se revela que lo divino es el amor: Dios es Amor. Por eso, también dice San Pablo que Cristo era rico en misericordia. Así se explica que, siendo Amor lleno de misericordia, se despojase de su condición para igualarse al ser humano. Porque Dios ama a la criatura humana, su mejor obra, como no se puede amar más. El auténtico amante quiere ser como el amado. De ahí que el Dios amante, en Cristo, se despoja de todo lo que le separa de su amado humano para estar al lado del amado. Este es el sentido de su hacerse pobre. Y al hacerse pobre por amor, nos enriqueció con su amor, nos lleno de su amor. El amor es la mayor riqueza, lo que siempre permanece, lo que colma al que lo tiene.

Si no se hubiera hecho pobre, no hubiera podido llegar hasta nosotros. Su pobreza es nuestra riqueza. Su despojarse de la categoría de Dios es la posibilidad de que nosotros podamos hacernos divinos. Ser como Dios ha dejado de ser una misión imposible, una vez que, en Cristo, Dios ha querido ser como el hombre. En la Cruz aparece el mayor despojamiento, pero también el amor más grande. En la mayor pobreza aparece la mayor riqueza, en el total despojamiento se da la máxima ganancia. En esta cuaresma estamos invitados a contemplar este misterio de amor. A contemplarlo y a dejarnos interpelar por él, a cambiar como consecuencia de la contemplación. Un modo de comprobar si el cambio es efectivo es solidarizarnos con los pobres de este mundo, con aquellos con los que Cristo se identifica. El único modo de ser solidario con todos es haciéndose pobre. La pregunta es: ¿quiero yo identificarme con Cristo?

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26
Feb
2014
¿Por qué es tan raro este discurso?
6 comentarios

Monseñor Santiago Agrelo, arzobispo de Tanger, conocido por su defensa de los derechos de los inmigrantes (a vivir dignamente, por citar uno) que pretenden saltar la vallas que les impiden el acceso a la rica Europa, ha estado en Valencia, dando una conferencia sobre teología de la caridad. Aprovechando esta circunstancia, el periódico “Levante” del miércoles, 26 de febrero, le realizó una interesante entrevista. En ella repitió una idea que ya había expuesto en su conferencia: si reducimos en Evangelio a lo doctrinal, miraremos la realidad desde esta perspectiva; pero si regulamos nuestra vida por el amor, entonces todo es posible y ninguna persona se ha de quedar en las puertas de mi casa. En este momento de la entrevista Monseñor Agrelo puso algunos ejemplos de personas que, en ocasiones, se quedan en nuestros márgenes (además de los inmigrantes): personas de otras religiones, ateos, homosexuales.

El periodista aprovechó para preguntar en dos ocasiones: ¿por qué no impera esta visión?, ¿por qué es tan raro encontrar este discurso en la jerarquía? El arzobispo de Tanger ofreció una idea que yo también he tenido ocasión de exponer: cuando no conoces a las personas y hablas desde la distancia haces un tipo de discurso; pero tu discurso cambia cuando conoces a la gente y hablas desde la cercanía. Agrelo recuerda que cuando era párroco de Astorga, en 2005, pensaba que la Guardia Civil hacía bien en rechazar a los inmigrantes. Pero luego llegó a Marruecos y se encontró con ellos. “Mi pensamiento ha cambiado, dice. Porque una cosa es hablar de la pobreza y otra cosa es encontrarte con el pobre. Ahora ya sé porque suben a la valla”. Eso mismo vale para otro tipo de marginaciones, que desgraciadamente suelen ir acompañadas de condenas. Agrelo se refiere explícitamente a dos casos sensibles: el de los homosexuales y el de los divorciados. Siguiendo un pensamiento expresado por el Papa, dice: “En la Iglesia nadie debe emitir juicios. Tu acoges, escuchas, acompañas, sigues. Eso es el Evangelio”.

Más allá de los ejemplos concretos, importa la lección de fondo: cuando escuchas y acoges, ves la realidad de una manera. Si no escuchas, la ves de otra manera. Eso no tiene nada que ver con la falta de criterios o la ausencia de principios. Pero sí tiene que ver con el modo de tratar a los demás. En cuestiones morales cada caso es un mundo distinto. No existe “el” matrimonio. Existe “mi” matrimonio. Por eso, antes de ofrecer soluciones generales y universales que valen para todo y por eso mismo, a veces, se alejan de la realidad, es necesario conocer cada situación personal. En este sentido, el sacramento de la confesión podría cobrar una gran relevancia. También ahí, con las debidas salvedades, valdría eso que se dice en medicina: no hay enfermedades, sino enfermos.

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22
Feb
2014
¿Por qué matamos, por qué amamos?
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Decía en el post anterior que la muerte es la recapitulación de todos los males. Ahora bien, quizás alguien puede pensar que lo verdaderamente odioso en la muerte es que te maten. Insisto: lo grave y preocupante no es que te maten, sino que te puedan matar. O sea, lo grave es el morir. Cierto, que te maten resulta un detalle odioso, pero menor en relación con el morir. A veces nos perdemos en los detalles y olvidamos las cuestiones de fondo. Con todo, concedamos un minuto de atención a la pregunta por el por qué matamos. Matamos porque somos pecadores, porque el ser humano, además de frágil y finito, está inclinado al mal. Está inclinado al mal por el mismo motivo que muere, porque no es Dios. Sólo Dios es la suma bondad. El humano es bueno, pero solo en parte. No es bueno del todo. Y en ocasiones, esta bondad limitada y frágil se oscurece hasta el punto de que parece desaparecer. En su lugar, aparece el odio, el rechazo del otro. El rechazo, llevado al extremo, es el deseo de que el otro desaparezca. Por eso le matamos.

La pregunta por qué matamos resulta más lacerante e intrigante si la contrastamos con la pregunta de por qué amamos. Esa es otra de las grandes, misteriosas y enigmáticas cualidades del ser humano. Aunque podamos rechazar al otro, en realidad parece que estamos hechos para el otro, que necesitamos del otro, que sin el otro no somos, no estamos completos. El ser humano es una fuente de tensiones. Una de las básicas, que está en el origen de muchas de sus contradicciones, es la tensión entre el egoísmo, neurotizante en muchas ocasiones, y el amor. El amor se manifiesta de muchas maneras, pero todas indican un deseo y una necesidad del otro.

No hay respuestas concluyentes a estos por qué. Pero lo importante es que sea cual sea la respuesta que demos, tenga su lógica. De modo que si no es una respuesta racionalmente concluyente, que se imponga, al menos sea una respuesta racionalmente posible, una respuesta coherente que ofrezca alguna explicación. ¿Por qué matamos? Porque somos seres egoístas, curvados sobre nosotros mismos, ambicionando ser dioses sin serlo. ¿Por qué amamos? Por que estamos hechos a imagen de Dios, porque somos dioses en pequeño, porque somos capaces de Dios.

¿Por qué morimos? Morimos como consecuencia del egoísmo y del amor, características contradictorias de lo humano. Morimos porque somos limitados, porque ambicionamos lo que no podemos alcanzar, y este falso deseo engañoso nos pierde. Y morimos porque somos capaces de amar, somos seres divinizables. Y el Dios verdadero, Padre de nuestro Señor Jesucristo, nos ha hecho a su imagen. Y nos quiere llevar hasta él para que podemos alcanzar nuestros mejores deseos y nuestra plena humanización. Pero, dada nuestra limitación, sólo puede llevarnos a él sacándonos de la tierra madre todoparidora, que es la condición de nuestro ser, pero también nuestro límite. Dios, sacándonos de nuestro límite nos conduce paradójicamente a la plenitud de nuestro ser. No haciéndonos dioses, porque seguimos siendo limitados, pero sí haciéndonos participar de la naturaleza divina.

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18
Feb
2014
¿Por qué morimos?
22 comentarios

Las preguntas que pueden formularse a propósito del mal son incontables. He llegado a la conclusión de que todas se resumen en una: ¿por qué morimos? En efecto, la muerte no es solo algo no deseable, es el fracaso total de la existencia. Si la muerte es el final de todo, entonces todo está definitivamente perdido y la vida acaba por no valer nada. Esta es la gran cuestión que, de una u otra forma, todos nos planteamos, la cuestión del sentido de la vida. El mal nos resulta inaceptable porque queremos que la vida tenga sentido y sea buena y favorable. Pero, en definitiva, todos los males no son más que un presagio de la muerte y a ella conducen. La muerte los recapitula a todos. Por eso digo que todas las preguntas sobre el mal se resumen en una pregunta omniabarcante: ¿por qué morimos?

Se pueden dar muchas respuestas a la pregunta por la causa del morir: la muerte es el precio que hay que pagar para vivir, pero para vivir limitadamente y con muchas penurias. ¿Vale la pena? Solo viven los que pueden morir. Ser viviente es ser falleciente. En definitiva, la muerte es la expresión suprema de la finitud humana. No somos dioses. Precisamente ahí, en el ser criatura, está la necesidad de la muerte y, por ende, la posibilidad del mal. La creatura, siendo buena, no es perfecta. Sólo Dios es perfecto. Nuestro ser finito, creatural, es lo que nos distingue de Dios. Necesitamos de un cuerpo, de una materia para vivir. En la corporalidad está la diferencia, la alteridad respecto a Dios. Si sólo fuéramos “espirituales” seríamos divinos. Pero nuestro ser, nuestra identidad, exige ser “diferentes”. Solo en la diferencia somos nosotros.

En suma, sólo los dioses, si existen, son inmortales; los humanos somos mortales. Nos gustaría ser como dioses, pero es un deseo vano e inútil. Por eso, hubo quien dijo que el ser humano es una pasión inútil, porque quiere ser dios, y esto es imposible, porque Dios no existe. En vez de dar gracias por lo que somos, nos quejamos, no asumimos nuestra identidad. En nuestro ser “de Dios” está la raíz de nuestras ambiciones y la posibilidad de la rebeldía contra Dios. Queremos ser dioses autónomamente, pero solo podemos serlo por participación.

Ahora bien, si el mal solo fuera el paso a una vida mejor, si fuera el precio que hay que pagar para vivir bien y para que nunca más volviera a aparecer el mal, entonces lo pagaríamos gustosos o, al menos, lo aceptaríamos, del mismo modo que un enfermo acepta ciertas privaciones si sabe que le van a devolver la salud. En esta línea se han expresado algunos santos y santas, convencidos de que la muerte es un paso a una vida mejor y más auténtica y, de una u otra forma, han dicho con San Pablo: “quiero morirme, porque morir es con mucho lo mejor”. Es el único modo de “estar con Cristo”.

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13
Feb
2014
Religión: leer, elegir, ligar
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Cuando Tomás de Aquino aborda la cuestión de la religión, comienza notando las tres posibles etimologías del término. En primer lugar, religión es una palabra derivada de “re-leer”. La persona religiosa continuamente lee lo concerniente a Dios. Santo Tomás dice que “a estas materias hay que darles muchas vueltas en nuestro interior”, y cita el libro de los Proverbios: “en todos tus caminos piensa en Él”. Efectivamente, por mucho que busquemos y pensemos, nunca acabamos de entender la maravilla y la grandeza del misterio de Dios. Más aún, al que busca y ama al Dios que en Jesucristo se revela, le ocurre una extraña sensación: parece que cuanto más le conoce y más se acerca a él, más ganas siente de conocerle. Es un conocimiento que se retroalimenta y que cada vez tiene más hambre. Por este motivo, la persona religiosa nunca se cansa de leer; al contrario, cuanto más lee, más ganas tiene de seguir. ¿Qué es lo que lee? Lee su historia y la historia de la humanidad como conducida por la mano de Dios, en todo descubre la huella de lo divino, por todas partes encuentra signos de su presencia.

En segundo lugar, religión podría provenir de re-elegir. La persona religiosa continuamente está eligiendo a Dios. Si no lo hacemos, corremos el riesgo de perderle. Son muchas las seducciones que quieren alejarnos de él. Por eso, la mujer y el varón religiosos están siempre optando por Dios. Al hacerlo, Dios se les presenta como una continua novedad, pues con él nunca se acaba. Y con él siempre hay nuevas cosas que descubrir. Por otra parte, optar por Dios supone estar muy atento a todo aquello que puede apartarnos de él. Para la persona religiosa Dios es la opción fundamental de vida, a la que se subordina cualquier otro deseo. Hacia Dios debe tender sin cesar nuestra elección porque él es la meta y el sentido de nuestra vida.

Finalmente, el de Aquino conoce una tercera etimología. Religión procede de re-ligar. Por medio de los actos religiosos nos unimos con Dios, lo temporal se une con el Eterno, lo criatura con su Creador. “Pues a Él es a quién principalmente debemos ligarnos como a principio indeficiente”, dice santo Tomás. Dicho de otra manera: unidos a Dios vivimos unidos a la fuente de la vida, a la suma felicidad, al amor más pleno, al que nunca falla y todo lo sostiene, pues es el origen, el fundamento y la plenitud de Dios lo que existe. Por eso, pretender desligarse de Él es pretender lo imposible, es vivir en la más absurda de las contradicciones. Lejos de Dios solo hay nada y vacío. Lejos de Dios no hay vida.

En suma, la religión, la unión con Dios, es una clave para leer la historia y los acontecimientos, para vivir adecuadamente, eligiendo lo mejor, y para conocer el sentido de todo lo que existe.

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9
Feb
2014
Vemos como somos
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La psicología nos ha enseñado que los sentidos no son canales pasivamente receptivos para que luego la mente construya sus elucubraciones, sino que ellos tienen un papel activo en esta elucubración. Los sentidos ven lo que quieren ver, oyen lo que quieren oír, gustan lo que quieren gustar. Los intereses condicionan nuestra mirada. O dicho de otra manera: el lugar en el que nos situamos facilita o impide que veamos determinadas cosas. Por eso no se predica de la misma forma cuando uno conoce, desde la cercanía y la experiencia, los problemas de aquellos a quienes se dirige, que cuando habla desde la distancia. La cercanía probablemente le conduzca a anunciar la misericordia y la comprensión, y quizás la distancia le conduzca a hacer consideraciones moralizantes.

Me parece que debemos profundizar aún más. Sin duda, los intereses y la perspectiva son condicionantes de nuestra visión y comprensión de la realidad. Pero estos intereses son expresión de nuestro propio ser. Por esto me hizo pensar una frase de Xavier Melloni: “no vemos la realidad tal como es, sino tal como somos”. ¡Vemos como somos! Consecuencia inmediata: lo que vemos en los otros nos retrata. Si solo veo lo malo de los otros, si solo tengo palabras criticas, negativas y descalificadoras, es que el negativo soy yo. Dios, como es Amor, solo tiene palabras de amor y de misericordia. Como el Hijo del Hombre solo ha venido para salvar, lo propio del diablo (el enemigo de Cristo) será hacer lo contrario, o sea condenar. Cuando condeno dejo claro quién es mi padre.

Segunda consecuencia de ver la realidad tal como somos: cuanto más me abra, en la oración, al Dios que habita lo profundo de mi ser y me constituye, más me divinizaré. En la medida en que me divinice, veré al mundo y a los otros con los ojos de Dios, los veré desde lo que soy, desde mi ser divinizado. Hay muchos niveles y estancias en nuestro corazón. La oración nos sitúa en aquellas instancias más constitutivas y nos permite juzgar con más acierto, con más responsabilidad y ternura. La intimidad con Dios, lejos de alejarnos de la realidad, nos abre a una mejor comprensión de lo real, hace que aumente nuestra capacidad de percibir lo mejor de cada persona y de cada situación. Y, al percibir lo mejor, percibimos al Dios que siempre constituye lo mejor. Cuanto más plena es la unión con Dios, más plena es nuestra unión con las otras cosas y personas.

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5
Feb
2014
Agradecimiento responsable
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La mayoría de los seres humanos funcionamos con mentalidad de propietarios. A personas con mentalidad así, les preguntaba provocativamente el apóstol Pablo: ¿qué tienes que no hayas recibido?” (1Co 4,7). Seamos o no creyentes, si lo pensamos bien, tenemos que reconocer que por encima de nuestras conquistas técnicas y culturales, nos ha sido dada previamente la vida y la naturaleza (la luz, el agua, el aire, la superficie terrestre). Estos dones fundamentales, vengan de donde vengan, son el presupuesto indispensable de toda nuestra actividad. El fundamento de todo lo que tenemos no ha sido fabricado por el hombre. Se nos ha entregado de antemano a cada uno de nosotros y al resto de los seres vivientes.

El creyente, además, entiende que Dios es el dador de todos estos bienes. ¿Cuál será, pues, la actitud que mejor se corresponde con la toma de conciencia de que todo lo que tenemos es un don? El agradecimiento responsable. Agradecer es el modo de reconocer el don y de responder al dador. Pero el agradecimiento implica cuidar, valorar y respetar el don. No valorar el don sería un desprecio al dador. La gratitud con el Creador debe agudizar, por tanto, un comportamiento respetuoso con la creación y con todos los seres vivos que la pueblan: las plantas y los animales. Evidentemente, cuanta mayor sea la grandeza y dignidad del poblador, mayor deberá ser nuestro cuidado con él. Estoy pensando en el terreno, tan cargado de graves consecuencias, de la intervención en la herencia genética humana.

Considerar la tierra como un don conduce a la gratitud. Esto significa que no podemos manipularla a nuestro antojo. Pero la gratitud comporta también otra consecuencia, a saber: que la tierra y sus dones son de todos. No pertenecen a un pueblo determinado ni a una generación concreta. De donde se deriva que cada persona, cada pueblo, cada generación solo debe consumir aquello que necesita y procurar que los bienes de este mundo lleguen a las otras personas, pueblos y generaciones futuras. La tierra es un don, pero un don del que no somos propietarios absolutos. En realidad somos administradores. Y debemos administrar en función de la voluntad del amo: “Del Señor es la tierra y cuanto la llena”. Si el hombre sólo es un administrador, deberá rendir cuentas del modo de administrar. Cuentas ante los otros co-propietarios (el resto de los seres humanos y las generaciones venideras). Los creyentes saben que también deberán rendir cuentas antes el Amo absoluto, que por ser Amor absoluto quiere que los bienes lleguen a todos porque él los ha creado para todos.

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1
Feb
2014
Cristo ilumina el misterio de lo humano
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Para un cristiano el misterio no es un enunciado incomprensible, sino una realidad muy positiva, a saber, la presencia al mismo tiempo desbordante y totalmente cercana de un Dios trascendente. La característica fundamental del Dios de la Biblia no es su incomprensibilidad, sino su manifestación en Jesucristo, anunciada por la predicación de los apóstoles y por el testimonio de la Iglesia. Cierto, este Dios está fuera de nuestro alcance y siempre nos deja pensativos, pero no es menos cierto que nos llega y nos afecta en lo más profundo de nuestro ser. Nos concierne íntimamente y opera en nosotros, ya que su revelación viene a esclarecer nuestro propio ser.

“El misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”, dice el Vaticano II. Cuando Jesús nos revela el misterio de Dios como Padre, se nos descubre al mismo tiempo el misterio del ser humano, descubrimos nuevas maneras de ser humanos, descubrimos en definitiva que somos hijas e hijos de Dios y hermanos los unos de los otros, descubrimos la dimensión divina de nuestra vida, descubrimos que el fondo más auténtico de lo humano es Dios. A la luz de Cristo, nos entendemos mejor a nosotros mismos, conocemos mejor el sentido de la vida y de la muerte.

Así se explica el corazón inquieto del hombre, su insatisfacción permanente, su no estar nunca contento con lo que tiene, su deseo de más y siempre más, en suma, sus ansias nunca colmadas de felicidad y de vida. Este corazón inquieto, esta insatisfacción permanente, estos anhelos de verdad, justicia, vida y amor, son la huella de la presencia del misterio de Dios en la vida humana.

El misterio de Dios es un misterio que nos concierne porque ilumina nuestro propio misterio. No en el sentido de una clarificación puramente intelectual, sino como autocomunicación de amor que acontece definitivamente en Jesucristo. El misterio de Dios en Jesús es amor. Un amor que llena de sentido la vida humana y la abre a un desbordamiento de amor hacia todos los humanos.

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27
Ene
2014
Dios como misterio
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Todas las religiones entienden que Dios supera nuestra capacidad de comprensión y, por eso, dicen que es un misterio. Pero un Dios que fuera incomprensible del todo no sería un misterio, sino una realidad desconocida y, por tanto, no podría hablarse de ella. El cristianismo dice que Dios es un misterio. Pero se trata de un misterio que, al menos en parte, se ha desvelado, se ha dado a conocer. San Pablo se refiere a un misterio escondido para todas las generaciones anteriores que ahora en Cristo se ha manifestado. Esto no significa que, a propósito de Dios, ya lo tengamos todo claro, porque si así fuera, Dios se habría convertido en una realidad limitada, finita, mundana. La total claridad hace desaparecer el misterio. Y Dios, incluso cuando se da a conocer en Jesucristo, no es manipulable, sigue siendo inalcanzable.

El Dios que en Jesucristo se revela resulta paradójico: es un Dios revelado y velado al mismo tiempo. Le conocemos, pero sigue siendo un desconocido. Es luz, pero una luz inaccesible, una luz que ciega. ¿Qué puede significar eso? En la humanidad de Jesús de Nazaret, Dios se nos ha dado a conocer, pero al modo humano. Jesús es la traducción humana del modo de ser, de pensar y de actuar de Dios. Precisamente porque se trata de un conocimiento humano, que está a nuestro nivel, no agota el misterio inaccesible de Dios. Dios es más grande que todas sus manifestaciones, incluida su manifestación en Jesús de Nazaret. Dios siempre es mayor.

Cuando Dios se revela en Jesús resulta sorprendente. Entendemos lo que allí se nos dice, pero esto que entendemos nos maravilla, nos sorprende, nos obliga a pensar, a plantearnos las cosas de otra manera. El encuentro con el misterio de Dios manifestado en Jesús nos obliga a cambiar, nos abre a dimensiones inesperadas, a maravillas siempre nuevas. Allí descubrimos una tierra virgen e inexplorada que nunca hubiéramos imaginado sin este encuentro con Jesús.

Lo que en Jesús se manifiesta es un misterio de misericordia, amor y gratuidad. Que siempre va más allá de nuestra manera de entender y vivir el amor y la misericordia. Por ejemplo, en la parábola del samaritano misericordioso se revela no sólo la bondad y la compasión, sino un extraño modo de amar y de compadecerse. Porque el samaritano hace cosas inesperadas: no sólo atiende al herido, sino que lo monta en su propio coche, lo conduce al hospital, se queda para cuidar de él, paga los gastos de hospitalización y anuncia que pagará todo lo necesario para curarle. El samaritano se pasó de bueno, va más allá no sólo de lo que se puede exigir, sino también de lo que se puede esperar. Allí se revela un misterio de amor que supera todos los criterios humanos, se manifiesta hasta dónde puede llegar el amor.

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23
Ene
2014
El infierno es uno mismo
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“El infierno son los otros”, dijo Sartre. Más acertado me parece T. S. Eliot cuando escribe: “¿Qué es el infierno? Es uno mismo, y es solitario”. Efectivamente, el ser humano ha sido creado a imagen de Dios, un Dios que es Amor, Comunión de tres personas. Esto significa que estamos estructurados para la comunión, y sólo cuando realizamos la comunión en el amor encontramos nuestro auténtico ser de persona. Donde no hay amor, la vida se convierte en un infierno, en algo insoportable. Vivir sin amor es vivir en contradicción con uno mismo. Por eso he comenzado diciendo que no me parece acertada la expresión de J.P. Sartre. Más que describir el infierno, lo que dice Sartre describe el cielo: el cielo son los otros. El cielo es vivir en comunión, en comunión con Dios y en comunión con los hermanos. Eso que decimos en el Credo, “creemos en la comunión de los santos”, es otra forma de describir el cielo.

En la Escritura hay distintas imágenes para describir lo que la teología llama infierno. Pero las imágenes del fuego no me parecen las mejores. Más adecuadas son esas que hablan de “llanto y crujir de dientes”. Esta imagen evoca la soledad, la imposibilidad de comunicación, el sonido inarticulado, el desencuentro. Además, ahí, en el no amor, en la soledad total, es donde está el verdadero dolor, el auténtico daño. Lo que ocurre es que como no entendemos de amores, nos cuesta comprender lo que puede ser el no amor. “¿No es suficiente infortunio el hecho de no amarte?”, se preguntaba San Agustín. Por tanto, la auténtica pena del infierno no hay que verla en los atroces castigos físicos que sugieren las imágenes del fuego. La gravedad del infierno está en la pérdida de Dios y, como consecuencia ineludible, en la pérdida de los hermanos. Si esto impresiona poco es porque en este mundo es imposible encontrar una comparación adecuada a este supremo mal.

Con lo anterior no estoy entrando en la cuestión de si el infierno está estrenado o no. Ni tampoco en la cuestión de si serán muchos o pocos o ninguno los que se condenarán. La esperanza cristiana nos mueve a pedir a Dios por la salvación de todos y cada uno de los seres humanos. Una salvación que nunca puede darse en solitario. Porque la salvación es vivir en el amor. Necesitamos a los demás para ser nosotros mismos. Si contrastamos la salvación con su contrario, entonces hay que decir: el infierno no son los demás, soy yo mismo separado de los demás, rehusando deliberadamente relacionarme, negando de este modo a Dios y quedándome yo solo con mi vacío.

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